Al final de la Guerra Civil Española y durante esos primeros tres meses de 1939, muchas personas lograron evadir el avance fascista en España navegando hacia la costa norte africana. Una menoría logró nuevamente embarcar con dirección hacia las américas. Lamentablemente numerosas de estas personas quedaron atrapadas en la zona del Magreb, sufriendo infinidades de peripecias en campos de concentración establecidos por las autoridades francesas, donde muchos dejaron la piel y la vida.
No fue hasta la liberación del norte de África, y la finalización de la Segunda Guerra Mundial, que muchos nuevamente cogieron rumbo hacia otras localidades, Inglaterra, Francia y diversos territorios del continente sud americano.
Otros, decidieron permanecer y rehacer sus vidas por las tierras norte africanas del Magreb, una gran proporción de ellos eligieron establecerse en Marruecos consiguiendo un “Certificado de Nacionalidad” emitido por la “Oficina Central para Refugiados Españoles” con acuerdo a la Aplicación del Decreto Nº 45.766 del 15 de marzo de 1945, teniendo que renovarlo cada tres años. Una vez que se estableció la Oficina Marroquí de Protección de los Refugiados y Apátridas, bajo el control del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reinado de Marruecos, todo exiliado tuvo que obtener y renovar cada tres años un Certificado de Refugiado según la Convención del 28 de julio 1951.
Intentando obtener más documentación que reforzara y reflejara su identidad de españoles, muchos eligieron conseguir un Certificado de Nacionalidad con el Consulado General de la República Española, en los Estados Unidos Mexicanos.
Y aunque los refugiados simpatizaban con las distintas organizaciones de independencia, -la descolonización del territorio, los cambios socio económicos y la cooperación política por parte del gobierno Marroquín con las autoridades españolas-, la mayoría de los exiliados españoles en Marruecos fueron repatriados por las Naciones Unidas a diversos países, Francia, Bélgica, Canadá y Australia.
Las siguientes páginas manifiestan una de esas muchas historias que se podrían contar, las circunstancias de un segundo éxodo y repatriación hacia diferentes localidades del planeta. Para nosotros, fue hacia las tierras de las antípodas Australes en 1965.
Debo agradecer al Profesor José Miguel Santacreu Soler, quien me ha sugerido escribir mis recuerdos de ese largo viaje hace 60 años, distanciándonos de la familia y apreciadas amistades, haciendo el sueño de retornar a las tierras ibéricas más difícil, reflejando la realidad enfrentada por muchos de los “vencidos”…
Tratemos de determinar cuál podía ser la actitud de los cristianos de las dos primeras generaciones hacia el poder. Tomemos el Apocalipsis porque es uno de los textos (escrito entre 100 y 130 después de Cristo) más violentos, que se inscribe en la línea de las palabras de Jesús, pero más duro [32]. Es un texto que se dirige evidentemente a Roma (pero no sólo a la presencia de los romanos en Judea: se trata del poder central, imperial, de Roma misma). En todo el conjunto del libro hay una oposición radical entre la Majestad de Dios y todas las potencias y poderes de la tierra (de ahí el considerable error de quienes dicen que hay continuidad entre el poder divino y los poderes terrestres o, también, como sucedió bajo la monarquía, que a un Dios único, todo poderoso, que reina en el cielo, debe corresponder en la tierra un Rey único, igualmente todo poderoso; el Apocalipsis dice exactamente lo contrario).
En todo el conjunto de ese libro hay un cuestionamiento del poder político. Sólo retendré de él dos grandes imágenes: la primera es la de las “dos bestias” –que retoma una imagen de los últimos profetas– que, en efecto, representa los poderes políticos de su tiempo como bestias. La primera es “la bestia que sube del mar” (probablemente Roma, cuyas tropas llegaban por mar). Ella tiene un “trono” que le es dado por el Dragón (caps. 12 y 13) (el Dragón representa al anti-Dios), quien le atribuyó “toda autoridad a la Bestia”. Los hombres la adoran y declaran: “¿Quién puede combatir contra ella?” Le fue dada “toda autoridad y poder sobre toda tribu, todo pueblo, toda lengua y toda nación”. Creo que no se puede ser más explícito para designar al poder político que tiene autoridad, fuerza militar y que exige la adoración (en consecuencia, la obediencia absoluta). A esta Bestia la crea el Dragón (misma relación que ya encontramos entre el poder político y el diabolos). Lo que confirma la idea de que la Bestia es el Estado, que al final del Apocalipsis aparece como la Gran Babilonia (Roma) que es destruida (cap. 28).
Luego viene el combate en donde la Bestia reúne a todos los reyes de la tierra para hacer la guerra contra Dios, y a la Bestia se le aplasta y se le condena después del aplastamiento y condenación de su principal representante. En cuanto a la segunda Bestia, que sube de la tierra, mi interpretación pareció completamente absurda a los especialistas, pero la sostengo: cómo se caracteriza a esta Bestia, “hace que todos los habitantes de la tierra adoren a la primera bestia”; “seduce a los habitantes de la tierra”, “les pide hacer una estatua a la primera bestia”. “Anima la imagen de la bestia y habla en su nombre”. “Hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, reciban una señal sobre la mano derecha o sobre la frente, y que nadie pueda comprar ni vender sin que tenga la señal de la bestia”. En lo que a mí respecta veo la descripción muy exacta de la Propaganda asociada con la Policía. Ella, efectivamente, tiene discursos que llevan a la gente a obedecer al Estado, a adorarlo; da “señales” que permiten vivir en esta sociedad. Por último, a quienes no obedecen a la primera Bestia se les matará. Creo que la designación es clara, sobre todo si se toma en cuenta que uno de los principales medios de la propaganda era el establecimiento de un culto de Roma y del Emperador con altares, templos, etcétera, y que los reyes judíos de la época obedecían a ello perfectamente. Por ello, el texto habla de una Bestia que sube de la tierra, pues las autoridades locales de las provincias de Oriente eran las más entusiastas para que se desarrollara el culto de Roma. Es, por lo tanto, un poder que actúa sobre la inteligencia o la credulidad y que obtenía la obediencia voluntaria de la primera Bestia. Pero, recordemos que para los judíos que escribían ese texto, el Estado y su propaganda son dos poderes que vienen del Mal.
Finalmente, el último texto a considerar es el famoso capítulo 18 sobre la caída de la Gran Babilonia. Todo el mundo está de acuerdo en considerar que bajo ese nombre se visualiza a Roma. Pero es muy claro que en ese texto Roma se identifica con el poder político supremo. Todas las naciones han bebido el vino del furor de sus vicios (primer carácter interesante, el del furor, el de la violencia en el mal). Todos los reyes de la tierra se han abandonado con ella al adulterio (se trata del poder político en su cumbre, pues todos los reyes se han acostado con ella). Los mercaderes de la tierra se han enriquecido por el poder de su lujo (esto no tiene comentario: el Estado es un medio de concentración de la riqueza, enriquece a sus clientes. Hoy en día sucede lo mismo con las empresas “de grandes trabajos” y la fabricación de armamento. Conjugación del poder político y del poder del dinero). Cuando se hunda, “todos los reyes de la tierra se lamentarán, se desesperarán. Los capitalistas lloran…” Sigue una larga enumeración de todo lo que se vendió y se compró en Roma, pero lo más interesante es que al final de esta enumeración encontramos lo siguiente: la Gran Babilonia compra y vende “cuerpos y almas de hombres”. Si hubiera solamente cuerpos se podría pensar que se trata de esclavos. Pero está también la palabra alma. No es el comercio de esclavos lo que se cuestiona. Es el hecho de que el poder político detenta todo el poder sobre el hombre. Y lo que se promete es la pura y simple destrucción de ese régimen político. Sin duda alguna, Roma, pero no solamente ella, sino también todo lo que es el poder y cualquier supremacía que se muestran específicamente como enemigos de Dios. Dios juzga este poder político que es llamado la gran Prostituta. No hay ninguna justicia, ninguna verdad, ningún bien que podamos esperar de él; el único resultado es la destrucción. Estamos muy lejos de la eventual rebelión de Jesús contra la colonización romana. Dicho de otra manera, conforme los cristianos se volvían más numerosos y su pensamiento evolucionaba, se endurecía contra el poder político.
Sólo un pensamiento reduccionista puede pretender limitar exclusivamente ese texto a Roma. Quizás ese endurecimiento se debe a que las persecuciones comenzaban, cosa que el texto deja ver, ya que dice que la Gran Prostituta estaba “ebria de sangre de los santos y de la sangre de los testigos de Jesús”. “Encontramos en la gran ciudad la sangre de los profetas, y de todos los que han sido degollados sobre la tierra” (se trata no sólo de la masacre de los primeros cristianos, sino de todos los hombres justos).
Se nos enseña en ese texto que a quienes asesinaron a causa de su pertenencia cristiana eran decapitados (cap. 20, 4). No se trata todavía del espectáculo del circo, de los leones, etcétera. De esa manera el Poder no sólo mata a los cristianos, sino a todos los “justos”. Es verdad que esta experiencia aumentó la certeza de la condena al poder político. Creo que no hay en las primeras generaciones cristianas ninguna otra posición global. El cristianismo es en ese momento completamente hostil al Estado.
(…) en Asturias, León, Aragón y Castilla esencialmente, los municipios conservaron extensos montes comunales y que muchos poblados pudieron federarse libremente para la ayuda recíproca. Fue así como en las comarcas campesinas se conservaron prácticas federalistas durante siglos: se reunía la gente del municipio en el atrio de la iglesia, o en la plaza de la ciudad, y se distribuían las tierras cultivables en lotes equitativos todos los años, al objeto de que cada familia tuviera la parte correspondiente de acuerdo con los brazos hábiles de que disponía para cultivarla. Y de ese modo, los jóvenes al casarse podían emanciparse de sus familias de origen y, con su trabajo, organizar libremente su vida.
«Y no sólo distribuían el terreno en parcelas sino que daban a cada uno la oportunidad de llevar sus animales a las dehesas del común, y cuando algún padre de familia se encontraba enfermo, los demás cultivaban su pegujal o recogían su cosecha en un gesto de solidaridad realmente admirable que aún perdura en algunos pequeños pueblos» [36].
Todo esto, que la Iglesia y los nobles fueron recortando incesantemente mediante robos abusivos [37], y los reyes con dádivas inicuas, desapareció finalmente con la tristemente famosa ley de Desamortización de Mendizábal, y otras que le precedieron, y en virtud de las cuales muchas de aquellas tierras municipales, o de montes blancos, fueron vendidos con otras del clero. Pretendían que las compraran los braceros del agro que no tenían para mal comer. ¿Con qué dinero? No se les concedió ningún crédito y los ricos terratenientes, con otros de la nueva burguesía, se apoderaron de los campos. Entonces, los campesinos, desposeídos de sus predios y campos del Común, quedaron en la más espantosa miseria. De este elocuente pasado federalista de nuestro agro, se encuentran retazos admirables en la obra de Joaquín Costa ya citada.
(…)
Las comunas aldeanas, que comenzaron siendo libres, aunque luego fueron sometidas por los señores feudales o el rey, se desenvolvieron según normas federales de autogestión y apoyo mutuo, ya que aún cuando no hubiera un igualitarismo total había muchas riquezas en común y todo se resolvía en la asamblea del pueblo, Vicens Vives, refiriéndose a una aldea castellana nos dice entre otras cosas [72]: «El término se dedicaba a los siguientes usos: la defesa, o sea la dehesa, donde pastaban los bovinos; el cotus, bosque donde se cazaba; la mesta, –nombre que alcanzó importancia en la vida económica castellana–, donde se llevaba a apacentar los rebaños de corderos y, finalmente, la piscaria, o sea lagos o ríos, donde el aprovechamiento de la pesca era colectivo». Todo ello, lo mismo que las parcelas de cultivo, se redistribuían periódicamente a fin de que cada família tuviera las tierras que pudiera cultivar para satisfacer las necesidades con su propio esfuerzo; aunque lo más importante que los municipios han de reconquistar es su autonomía para poder gestionar libremente la vida cívica y económica de cada población.
Pero a partir de mediados del siglo XIV, los antiguos concejos de Castilla y otras regiones, nombrados por el pueblo, fueron sustituidos por otros designados por el rey o sus representantes mediante órdenes reales. Fue así como la autoridad central acabó con la autonomía de los pueblos y cómo éstos quedaron subordinados y regidos por decretos que venían de lejos y que nada sabían de las necesidades y aspiraciones de tales municipios. Esto queda corroborado con las apreciaciones de Zancada [73] cuando escribe: «Entre los varios factores que contribuyeron poderosamente a la dignificación y mejora del municipio, figura un elemento común que favoreció intensamente el desarrollo de estas organizaciones populares. Este elemento que disponía de grandes energías, fue la asociación professional de la población artesana, que actuaba a modo de contrapeso contra la tiranía de los barones feudales y bajo cuyo amparo el artesano logró hacer respetar sus derechos».
Esta intencionalidad de sometimiento y tiranía se ve diáfanamente en el Decreto de Felipe V, cuando sometió a Cataluña y le quitó sus Fueros. Así dictaminó para el nombramiento de los nuevos ayuntamientos [74]: «Quedan extintos y abolidos todos aquellos congresos, Juntas, consejos o ayuntamientos que en los lugares de Cataluña en numeroso concurso de personas solían congregarse al toque de campana, trompeta o voz o bien en otra cualquier forma refundiéndose en ellos toda la representación de aquel pueblo, y siendo estos numerosos concursos de gente regularmente perniciosos al estado, quedan totalmente abolidos y extintos y refundido todo el poder que ellos antes ejercían en las personas del bayle y regidores; cuyo nombramiento pertenece a nos y real audiencia». El tono despótico del decreto nos exime de todo comentario.
[37] Tales robos por parte de los señores, los reyes y la Iglesia, se hicieron a espaldas del «Fuero de León» que establecía: «Quien vendiera raíz de concejo, pierda tanta a tal raíz al concejo; a quien la comprare, pierda el precio y deje la heredat».
[72] Vives, Vicens. Óp. cit.
[73] Zancada, Práxedes: El Obrero en España. Barcelona: Maucci, 1902. Pág. 44.