El Gobierno de India ha anunciado este viernes una inversión multimillonaria para potenciar su industria de semiconductores, con el objetivo de reducir la elevada dependencia del suministro de Taiwán, el principal proveedor mundial de chips. La iniciativa busca fortalecer la autosuficiencia india en un sector estratégico para la tecnología y la defensa.
El anuncio, realizado el 24 de julio de 2026, forma parte de un plan a largo plazo para posicionar al país como un actor relevante en la cadena global de semiconductores. Aunque el Ejecutivo indio no ha precisado el monto exacto de la inversión, fuentes oficiales han confirmado que se trata de un desembolso de varios miles de millones de dólares, destinados a la construcción de nuevas plantas de fabricación y al desarrollo de centros de investigación.
Un sector crítico para la economía global
Taiwán concentra actualmente la mayor parte de la producción mundial de chips avanzados, lo que convierte a la isla en un eslabón indispensable para industrias que van desde la automoción hasta los dispositivos móviles. La pandemia de covid-19 y las tensiones geopolíticas en el estrecho de Taiwán evidenciaron la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, impulsando a países como Estados Unidos, Alemania y ahora India a invertir en capacidad local.
La apuesta india por los semiconductores se enmarca en el programa Make in India y en la estrategia de autosuficiencia tecnológica promovida por el Gobierno de Narendra Modi. Además del componente industrial, el sector tiene implicaciones directas para la defensa: los chips son componentes esenciales en sistemas de armas, comunicaciones militares y equipos de vigilancia.
La iniciativa india llega en un momento en que la demanda global de semiconductores sigue al alza, impulsada por la inteligencia artificial, el 5G y la electrificación del transporte. Con esta inversión, Nueva Delhi espera captar una parte de ese mercado y reducir la dependencia de un único proveedor, fortaleciendo su posición en la geopolítica tecnológica mundial.
En los grupos de Telegram se revela, además de la misoginia evidente, una identidad masculinizada hecha trizas, un deseo insatisfecho de identidad, pertenencia y trascendencia y una violencia inacabable.
Desde la imposición de sistemas complejos de vigilancia digital en Argentina, probados durante genocidios, hasta la creación de territorios que se definen “autónomos” desconociendo las instituciones de los países, como en el caso de Honduras, los planes de los tecnofascistas se instalan en nuestra América. ¿Cómo hacerles frente desde los feminismos territoriales que piensan las tecnologías?
Las acciones tecnológicas chinas han experimentado un notable repunte durante la semana del 22 de julio, impulsadas por la intervención del gobierno para estabilizar el mercado y las positivas noticias procedentes de la startup de inteligencia artificial Moonshot AI. El nuevo modelo de IA presentado por la compañía ha generado un efecto similar al de DeepSeek en un mercado que se mostraba frágil, recordando a los inversores la rapidez con la que la industria china está cerrando la brecha tecnológica con Silicon Valley, según el reporte desde Tokio.
El rescate del ‘equipo nacional’ de Xi
El repunte se produce después de que el llamado «equipo nacional» —el conjunto de fondos e instituciones controlados por el Estado— interviniera para apuntalar las acciones del sector tecnológico, en una operación que fuentes del mercado citadas por la agencia Asia Times describen como un rescate orquestado por Pekín. La intervención estatal ha sido un factor clave para contrarrestar la volatilidad que afectaba a las empresas del sector.
Mientras la «nueva economía» capta la atención mediática, las dificultades de la «vieja economía» china continúan lastrando el panorama general del país. El mercado refleja así una dualidad: por un lado, el dinamismo de las startups de IA y la apuesta gubernamental por la innovación; por otro, los problemas estructurales que persisten en sectores tradicionales como el inmobiliario o el industrial, que aún lastran la confianza inversora.
El nuevo modelo de Moonshot AI ha recordado a los inversores la velocidad a la que China está cerrando la brecha tecnológica con Silicon Valley.
La noticia de Moonshot AI ha sido especialmente relevante porque, al igual que sucedió con DeepSeek, demuestra la capacidad del ecosistema tecnológico chino para generar avances competitivos a nivel global. La startup ha logrado captar la atención del mercado en un momento en que la confianza en el sector tecnológico chino se tambaleaba por las tensiones geopolíticas y la regulación interna.
El efecto conjunto de la intervención del «equipo nacional» de Xi Jinping y el empuje de la inteligencia artificial ha devuelto cierto optimismo a la bolsa china, aunque los analistas consultados por medios locales advierten de que la recuperación sostenida dependerá de cómo se resuelvan los desequilibrios de la economía real.
La multinacional europea EKOLOT Aerospace & Defense, con sede en Polonia, ha presentado el ZEUS PHOENIX PX-100, un nuevo UAV táctico multirotor de propulsión híbrida diseñado para misiones militares y de seguridad. El dron, presentado el 21 de julio de 2026, destaca por su capacidad de carga útil de 30 kilogramos, una autonomía de 4 horas y un alcance de 140 kilómetros, según informó la compañía.
Prestaciones técnicas del PX-100
El ZEUS PHOENIX PX-100 emplea un sistema de propulsión híbrido (motor de combustión más baterías), lo que le permite superar en autonomía y alcance a los multirotores eléctricos convencionales. Su capacidad de carga útil de 30 kg posibilita el transporte de sensores avanzados, sistemas de comunicaciones o cargas especializadas para operaciones duales (militares y civiles). EKOLOT ha subrayado que el vehículo está concebido para entornos operativos complejos, ofreciendo flexibilidad en misiones de vigilancia, reconocimiento y apoyo táctico.
Contexto en el sector de defensa
El nuevo dron se suma a una oferta creciente de UAV tácticos en el mercado europeo, donde la demanda de sistemas aéreos no tripulados con mayor resistencia y capacidad de carga sigue en aumento. Aunque la sede central de EKOLOT está en Polonia, la compañía tiene presencia en el mercado español y latinoamericano, donde este tipo de plataformas pueden tener aplicación en tareas de seguridad fronteriza, lucha contra incendios o vigilancia de infraestructuras críticas.
El ZEUS PHOENIX PX-100 compite en un segmento donde priman la autonomía y la versatilidad, factores que la empresa espera que le den ventaja frente a otros multirotores del mercado. No se han revelado ni el precio ni los primeros clientes, pero la compañía ha indicado que ya está en conversaciones con potenciales usuarios institucionales.
La economista argentina analiza cómo las gigantes tecnológicas profundizan nuevas formas de dependencia mediante un extractivismo gemelo de conocimiento y de naturaleza. Frente a esto, reivindica una planificación democrática del ecosistema digital.
'Feminazi the Triggering' o 'Woman simulator' son algunos videojuegos de autor que se crean únicamente como herramienta política de la extrema derecha, especialmente desde la manosfera.
El artículo de Radios Libres para número 17 de la revista digital de Internet Ciudadana que lleva el título “Instalando Alternativas al monopolio digital”.
Te recomendamos este número de la revista que incluye temas de actualidad (y peligrosidad) como “Palantir: la piedra vidente que amenaza la soberanía de América Latina” (por Rafael Bonifaz); “Software libre, Cuerpos libres”, donde Cielito Saravia, de Bolivia, aborda la alianza pendiente entre la Comunidad de Software Libre y el movimiento Feminista, o las experiencias de robótica educativa en Argentina. La revista recoge también dos artículos sobre el FLISOL que se celebró en abril del 2026, uno de ellos escrito por Radios Libres que te presentamos a continuación.
El FLISOL es un “Festival” porque la idea es juntarse en un ambiente lúdico y cercano a compartir saberes en torno a las tecnología libres. Es “Latinoamericano” porque surgió en esta región en abril de 2005. Y es de “Instalación de Software Libre” porque ese fue su espíritu original: ayudar a liberar computadoras con programas informáticos que:
(1) se pueden ejecutar para cualquier propósito;
(2) su código interno está disponible para ser estudiado y modificado según las necesidades, por ejemplo para traducirlo a otro idioma;
(3) se pueden distribuir copias del mismo legalmente;
(4) y también difundir las copias con las modificaciones realizadas.
Libre, en castellano, no es sinónimo de gratuito. En inglés para ambas cosas se emplea la palabra “free” y eso a veces genera confusión. Entre las 4 libertades del Software Libre que acabamos de mencionar no hay ninguna que hable del precio. Si bien es cierto, la mayoría de software libre es también gratuito, hay algunos que requieren de un pago para ser usados.
Lo interesante de este movimiento es su filosofía que concibe el conocimiento como un bien común colectivo, también el que se deposita en la tecnología: “sabemos lo que sabemos porque lo aprendimos de otros”, afirma la sabiduría popular. Por eso, lo devolvemos de forma abierta a la comunidad.
Esta mirada, además, tiene ventajas técnicas importantísimas aparte de las filosóficas. La principal, que no convierte los desarrollos tecnológicos en cajas negras imposibles de auditar. El software libre es transparente, se puede verificar que hace lo que nos dicen que hace. Además, uno pueden construir con otras personas, en colectivo, adaptando lo que alguien previamente programó a las necesidades propias.
Difundir este paradigma es el objetivo central del FLISOL, por encima de finalizar las jornadas con cientos de computadoras migradas. Por eso, la mayoría de sedes organizan charlas sobre distintas herramientas y su uso, además de promover los valores del movimiento.
En la primera edición celebrada en 2005 se autoconvocaron 106 ciudades de 13 países. En esta última edición de 2026, celebrada el último sábado de abril en la mayoría de lugares –aunque cada sede puede ajustar la fecha a sus tiempos– , se registraron 139 nodos en la página oficial (https://flisol.info/)
Una de estas sedes fue la Universidad Técnica Nacional de Mendoza donde su Centro de Estudiantes Tecnológico Enrique Mosconi (CETEM) junto al colectivo Cybercirujas estuvieron encargados de la organización: “en el evento hubo charlas y talleres sobre programas libres para diseño, programación 3D, gestión radiofónica o herramientas para la investigación académica. Ademas, tuvimos un espacio permanente para la instalación de sistemas operativos y herramientas libres”, relata Pablo García, presidente del CETEM.
Una facultad pública que ofrece carreras relacionadas con la tecnología, “tiene la responsabilidad de formar profesionales que comprendan como funcionan por dentro. Promover un software que permite acceder al código fuente, fomenta el pensamiento critico y reduce la dependencia de soluciones privativas que tienen altos costos para la universidad y sus contribuyentes”, afirma Pablo.
Agustín Pérez, conocido como “Retsa” en el mundo del desarrollo de videojuegos, es parte de Cybercirujas, el otro colectivo convocante del FLISOL en el nodo mendocino. Retsa remarca la necesidad de “educar y difundir” que no hace falta depender de las grandes empresas monopólicas como Microsoft o Google: “hay herramientas desarrolladas por la comunidad, una comunidad inmensa que te apoya y acompaña. El mundo del software y la computación puede ser mil veces más divertido e interesante de lo que uno lo que todos creemos”.
En un momento histórico donde opacos algoritmos pertenecientes a tecnomagnates autoritarios están comenzando a tomar decisiones sobre ámbitos de los que depende la humanidad, abordar la tecnología como algo político es clave para Retsa: “estamos en guerra contra los grupos económicos hiperconcentrados que tiene el interés de forzar este capitalismo de datos y de vigilancia”.
En este escenario, Fractus, uno de los participantes del FLISOL, concibe el software libre como un “antídoto y pócima mágica para este mundo, y sobre todo para el que vendrá. Pienso en el software libre como principio aplicable a todos los ámbitos: el código de todo aquello que construye civilización debe ser abierto, criticable y libremente reproducible por la mayor cantidad de personas posible. Tanto las técnicas, como las maquinas, los rituales, las instituciones, las ideas y todo lo demás”.
Nunka Paka, se acercó por primera vez a un Festival de Instalación y regresó a su casa con su computadora liberada: “hace tiempo venía cuestionándome porqué muchas opciones tecnológicas se nos presentan como ‘únicas y predeterminadas’. Estoy disgustada con muchas cosas de Google, me molesta que tenga que actualizar Windows para seguir usando mi modesta PC que, considero, aun puede durar más. Hablé con una amiga y me contó de este mundo nuevo de software libres y me entusiasme en conocerlo. Como en otros ámbitos de mi vida, también en lo tecnológico, quiero encontrar la soberanía en lo que decido usar/habitar/construir/utilizar. Es una decisión política”.
Un mito que es necesario derribar es la dificultad del software libre. Hay personas que se imaginan una pantalla negra en la que incluyen comandos informáticos inteligibles. La interfaz de un sistema operativo libre es prácticamente igual que la de un privativo. Y lo mejor, es que se puede modificar y adaptar a tu gusto.
Interfaz Debian 13, sistema operativo libre GNU/Linux, con el entorno de escritorio KDE.
Sin embargo, tampoco es cierto que por ser libre, el software es más sencillo. Al igual que cualquier dispositivo, entraña cierta dificultad. La ventaja respecto a lo privativo, es que el ámbito de lo libre siempre existe una comunidad dispuesta a acompañar, no un soporte técnico a través de un bot. “Hasta ahora fue un poco difícil para mi porque desconozco mucho sobre programación e informática”, cuenta Nunka, “pero pedí ayuda a las mismas personas del FLISOL por el grupo de Cybercirujas y ellxs me acompañan en cada duda o dificultad. Eso lo hace más llevadero y menos frustrante. Además, me invita a investigar y a indagar que opciones alternativas puedo usar, respecto a lo que ya estaba acostumbrada”.
El equipo organizador ya está pensando en nuevas actividades porque, como comenta Guadix, otras de las integrantes de Cybercirujas, “es urgente seguir promoviendo debates y abrir perspectivas nuevas sobre la tecnología, y no hay muchos espacios en donde se ponga en cuestión a estas herramientas o hacia dónde está yendo la sociedad respecto a las tecnologías que se producen y usan, generalmente se impone el discurso de las grandes corporaciones frente al paradigma del software libre, colectivo y comunitario”.
Ya puedes ir buscando la sede más cercana para acercarte para la próxima edición del FLISOL en tu ciudad en abril de 2027. Encontrarás programadoras, diseñadores, artistas, creadoras de videojuegos, activistas y un montón de personas interesadas en liberar a la tecnología de sus cadenas.
El trabajo esclavo para entrenar a los chatbots y que parezcan humanos se invisibiliza para ocultar las contradicciones de esta industria. Mientras quienes consumimos IA nos hacemos más conscientes de lo que implica, las personas trabajadoras se organizan para luchar contra la precarización extrema.
Una iniciativa de la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación (CLADE) en la que ha trabajado Radios Libres.
La IA ya impacta en múltiples aspectos de nuestras vidas. Además del laboral y el ecológico, una de las áreas que requiere mayo atención es la educativa: ¿cómo están afectando estas plataformas la forma en que aprendemos y educamos?
CLADE intenta responder estas preguntas en el marco del proyecto Educación en Voz Alta (EVA). En la guía, se aportar diferentes estrategias para incluir dichas herramientas tras discusiones críticas y pensando siempre en quien aprende.
Con este material se abona a la profundización de la reflexión sobre las posibilidades de un uso de la IA en sintonía con la perspectiva de la red sobre tecnologías digitales, es decir, basado en la ética y en los derechos humanos, priorizando el uso de tecnologías digitales libres, abiertas y desarrolladas para el bien común, aspirando la soberanía digital y a una alfabetización digital crítica.
Esta guía sistematiza y resume los contenidos del curso virtual “Uso crítico y ético de la Inteligencia Artificial en la ducación”, celebrado entre los meses de octubre y diciembre de 2025. Una capacitación organizada por la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación (CLADE) junto a la Unidad Regional de Gestión de Educación en Voz Alta (EVA), una iniciativa financiada por el fondo de la Alianza Mundial por la Educación para la promoción y la responsabilidad social, curso en el que Radios Libres desarrolló la metodología y los contenidos y estuvo a cargo de la implementación junto al equipo de CLADE.
La Llotja de Mar, símbolo del comercio marítimo barcelonés desde el siglo XIV, albergó durante dos días una conversación sobre los flujos invisibles que mueven el mundo contemporáneo: datos, algoritmos, plataformas, derechos. El I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales –organizado en el marco de la Mobile World Capital Barcelona y financiado con fondos europeos de NextGenerationEU– acogió mesas redondas, charlas magistrales y sesiones de participación ciudadana sobre un mismo eje temático abordado desde ángulos muy distintos: el impacto de la inteligencia artificial y las plataformas digitales sobre los derechos fundamentales, la democracia y el trabajo.
Y, sin embargo, uno de los mensajes más repetidos a lo largo de las dos jornadas fue precisamente ese: que el debate llega tarde. Que mientras académicos, juristas y representantes sindicales discuten marcos regulatorios y garantías democráticas, las tecnologías que pretenden regular llevan años operando a escala masiva, moldeando conductas, eliminando empleos y concentrando un poder sin precedentes en manos de unas pocas corporaciones privadas. El congreso no podía resolver esa contradicción, pero al menos la nombraba sin eufemismos.
Buena parte de los asistentes que debatían sobre el empoderamiento de los trabajadores y la necesidad de escuchar voces colectivas lo hacían ataviados con traje. Una contradicción menor, quizás, pero elocuente: la urgencia por democratizar el debate digital convive, todavía, con los códigos y los circuitos de siempre.
El vehículo sin carriles
Geertrui Mieke De Ketelaere, ingeniera e investigadora de inteligencia artificial desde los años noventa y autora de The Chatbot Trap, fue una de las voces más contundentes de la primera jornada. Lleva décadas estudiando cómo las sociedades adoptan tecnología y ha aprendido a reconocer ciertos patrones que se van repitiendo, pero el que ve ahora con el desarrollo de la llamada “Inteligencia Artificial” le inquieta: “Cuando hay un accidente de coche, los daños están a la vista, pero con la IA los daños se esconden”. Su diagnóstico fue claro: el modelo habitual –primero optimizar, luego pensar en el impacto– se está repitiendo con la inteligencia artificial, pero a una velocidad y con una opacidad sin precedentes. “Tenemos que apresurarnos en ponerle carriles al vehículo”, resumió. El coche ya está en marcha, pero la carretera todavía no existe.
De Ketelaere fue más allá de la necesidad de regulación para hablar de algo más estructural, lo que ella llamó “la economía del apego”, es decir, la forma en la que las grandes plataformas explotan mecanismos dopamínicos para generar dependencia emocional, presentándola como mejora de las relaciones sociales cuando los efectos reales apuntan en dirección contraria. La adicción como business model.
Este tipo de análisis, que hace apenas una década habría sonado alarmista en un foro institucional, fue recibido en la Llotja de Mar sin apenas cuestionamiento. Algo ha cambiado en el consenso experto. La pregunta es más qué herramientas disponemos para actuar.
«Estamos entrenando a la máquina para que nos sustituya»
Si la sesión sobre sostenibilidad digital habló del problema en términos sistémicos, la mesa dedicada al impacto de las tecnologías emergentes en el trabajo sirvió para bajarlo a ras de suelo. María Luz Rodríguez, catedrática de Derecho del Trabajo de la Universidad de Castilla-La Mancha, arrancó desmontando una coartada habitual: “No estamos hablando del futuro del trabajo. Estamos hablando del presente”. Puso el ejemplo de los centros de atención telefónica, donde la voz de los trabajadores se graba sistemáticamente para entrenar a los bots que acabarán sustituyéndoles. “Estamos trabajando para que nos acaben desalojando”, resumió. Y aquí paz y después gloria.
Rodríguez reclamó que el debate sobre la propiedad de los datos laborales se sitúe en el centro de la agenda política y sindical. Los datos que generan los trabajadores en su actividad cotidiana tienen un valor económico enorme. Ese valor se captura, se monetiza y raramente revierte sobre quien lo produce. “No podremos transformar la sociedad sin la voz de las personas implicadas”, insistió. La transformación digital, advertía, requiere un diseño plural que vaya más allá de la perspectiva empresarial.
La mesa completó ese diagnóstico con otras voces. José Varela, responsable de IA y digitalización de UGT Confederal, distinguió entre empleo y empleabilidad: perder un trabajo es un drama individual, pero cuando una tecnología elimina categorías enteras de ocupación, lo que se destruye es la posibilidad misma de encontrar empleo en ese sector. “Eso está ocurriendo”, advirtió. Eva Rimbau-Gilabert, profesora de la UOC, añadió que el control tecnológico excesivo sobre los trabajadores siempre genera desafección y rompe el contrato psicológico. “La IA se está usando para sustituir, cuando debería ser utilizada para complementar”, concluyó. Las empresas, dijo, se están buscando un problema a medio plazo.
Democracia, juventud y el espejo iberoamericano
La primera jornada cerró con una mesa que amplió el foco geográfico y generacional. Alexandre Pupo, secretario general del Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica, aportó un dato que debería figurar en cualquier informe sobre el estado de las democracias: si en 2010 una mayoría de jóvenes iberoamericanos declaraba apoyar la democracia, en 2020 ese apoyo había caído al 45%. En el mismo período, las tasas de trastorno emocional y depresión se duplicaron.
Ciertamente, correlación no implica necesariamente causalidad. Pero en este caso, y a falta de que baje un estadista y lo certifique, todo apunta a que ambos conceptos se dan de la mano.
Pupo rechazó la narrativa de los que los jóvenes de hoy son “nativos digitales”, identificándola como una trampa conceptual. “Nos toca vivir en esta realidad, pero no nacemos preparados para ella”, dijo. Y apuntó a un dato que da que pensar. “En 2010 ocurre algo…Facebook crea el botón de me gusta”. Correlación no implica causalidad. Pero haríamos bien en recordar estos datos y atar algunos cabos.
Gustavo Gómez, director ejecutivo de OBSERVACOM, señaló la asimetría regulatoria que subyace a todos estos debates: se regula con más intensidad a los usuarios que a los dueños de las plataformas. En América Latina, ese desequilibrio tiene consecuencias políticas directas que los marcos europeos tienden a subestimar. La cuestión de fondo es quién tiene el poder de definir qué se ve, qué se amplifica y qué se silencia en el espacio público.
Lo que queda pendiente
El I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales no pretendía resolver los problemas que ponía sobre la mesa, y no los resolvió. Pero consiguió algo más difícil en el clima actual: reunir en un mismo espacio a personas que habitualmente hablan en registros y foros distintos –el académico, el sindical, el jurídico, el activista, el institucional– y forzarlas a escucharse. En un momento en que la velocidad del cambio tecnológico tiende a dejar obsoletos los marcos de análisis antes de que sean adoptados, esa lentitud deliberativa tiene un valor que no debe subestimarse.
Lo que el congreso dejó en evidencia es que el tiempo del diagnóstico se agota. Durante años, investigadores y activistas han documentado los riesgos de la concentración tecnológica, la explotación de datos, la manipulación algorítmica y la destrucción de empleo. Esa documentación existe. Los marcos regulatorios europeos –el AI Act, el Digital Services Act– existen también, aunque sean insuficientes. Lo que falta es, de algún modo, lo de siempre: voluntad política para actuar a la altura de un problema que ya nos está superando, y hacerlo en clave democrática en contra los intereses del poder tecnofeudal creciente.
Dos guías de DW Akademie para defender los territorios empleando el periodismo de investigación desde el abordaje de la Acción Sin Daño.
“Un periodismo al servicio de las comunidades que construye audiencias con ellas. Los medios comunitarios y algunos locales son los últimos bastiones de un periodismo directamente vinculado a sus territorios. Desde estos ecosistemas se puede realizar un ejercicio comunicativo relevante para la sociedad, que tenga impacto y que apunte a una posible incidencia en lo social-político”.
El núcleo metodológico propone ocho pasos que van desde la planificación estratégica y el mapeo de actores y riesgos, hasta la investigación periodística, la difusión participativa y la evaluación de resultados. La guía incluye herramientas prácticas pensadas para fortalecer capacidades y facilitar procesos colaborativos entre periodistas, comunicadores comunitarios y organizaciones indígenas, entre otros actores clave.
“La publicación demuestra que el periodismo local y comunitario, cuando está arraigado en los territorios y conectado con sus audiencias, puede cerrar brechas de información, fortalecer la participación ciudadana y contribuir a transformaciones sociales y ambientales. La guía invita, en definitiva, a repensar el periodismo como una práctica colectiva, útil y necesaria para la defensa de la Amazonía y para comunidades mejor informadas, críticas y articuladas.”
Radios, TIC y derecho a la comunicación. Compartimos el artículo que escribimos para el libro Lo ancestral funciona, una reflexión para intentar responder una pregunta clave en esta época: ¿Podemos resignificar las actuales tecnologías de información y comunicación?
Todo desarrollo tecnológico es hijo de su época y nace condicionado por el sistema económico, político y cultural del que surge. Los valores y creencias de quienes lo inventan lo moldean de igual manera. Las personas que posteriormente usen dichas tecnologías se las apropiarán de múltiples formas. Agregarán a la ecuación sus propios valores personales y sociales, transformando o resignificando los usos imaginados por los desarrolladores. Esos ajustes, sin embargo, siempre estarán limitados por los sesgos preexistentes en la concepción y posterior diseño del artefacto.
Por ejemplo, las tecnologías de telecomunicación que emergieron durante el siglo XIX –como el telégrafo, el teléfono y las radiocomunicaciones– nacieron en plena expansión del capitalismo financiero que genera riqueza a través de la especulación, algo que condicionó enormemente su modelo de desarrollo futuro. Los grandes magnates del ferrocarril que invirtieron enormes cantidades de dinero en instalaciones telegráficas, lo hicieron en beneficio propio y no para ofrecer un medio de comunicación a la sociedad. De hecho, aquellas familias adineradas –J.P. Morgan, Rockefeller, Vanderbilt o Gould– continúan, al día de hoy, interviniendo en el mundo de las finanzas. La prensa de aquel tiempo los bautizó como los “barones ladrones” por sus prácticas despóticas e ilegales para obtener ganancias que incluían la estafa y la coacción. Algo similar sucedió con distintas tecnologías de radiocomunicación. La mayoría de sus inventores –como Reginald Fessenden, inventor del primer transmisor que permitió emitir voz, o Lee de Forest, creador del audión, un pequeño amplificador de gran potencia que minimizó el tamaño de estos equipos– terminaron perdiendo sus propias empresas a manos de los socios inversionistas que solo se preocupaban por la rentabilidad del negocio.
“Los protectores de nuestras industrias”. Caricatura de Puck Magazine (1883). Muestra a los magnates del ferrocarril Cyrus West Field, Jay Gould, Cornelius Vanderbilt y Russell Sage sentados sobre bolsas de dinero a hombros de sus trabajadores. Imagen en Dominio Público.
Con este afán de lucro desmedido como objetivo principal de los desarrollos tecnológicos de la época, se originaron eternos litigios de patentes y disputas sobre su autoría. Se ignoraba, así, el carácter colectivo de todos estos avances, originados a partir de descubrimientos previos de otros científicos. Guglielmo Marconi nunca hubiera podido inventar su equipo de radiocomunicación sin las ecuaciones que formuló James Maxwell o los experimentos de Heinrich Hertz.
¿Qué hubiera sucedido con estas tecnologías si el modelo de desarrollo elegido hubiera estado abocado a garantizar derechos en vez de enfocarse en su rentabilidad?, ¿a dónde habríamos llegado si en vez del proteccionismo de las patentes los inventores hubieran contribuido abiertamente entre ellos?, ¿y si los Estados hubieran mantenido cierto control sobre su despliegue e implementación?, ¿o si en vez de hombres del Norte Global hubieran participado más mujeres y científicos del Sur?.
Preguntas como estas nos invitan a cuestionar el tan extendido paradigma de la neutralidad tecnológica. El debate no es si las tijeras sirven para hacer el bien o para asesinar a alguien, sino preguntarnos que sesgos transmiten o perpetúan. Algo que entienden perfectamente las personas zurdas que tienen que usar tijeras diseñadas para diestros.
El argentino Enrique Chaparro, miembro de Fundación Vía Libre, resumió este planteamiento en 2009 de la siguiente manera:1
Las tecnologías, en tanto producto de un sistema económico-político hegemónico, no solo están teñidas de ideología sino que además son vectores de ella. […] Es cierto que podemos subvertir algunos artificios tecnológicos, pero no podemos desprendernos de la ideología subyacente en el propio concepto del artificio.
Chaparro propone abordar el uso de la tecnología con una “visión crítica y razonable escepticismo”, desechando el estéril debate sobre los usos buenos o malos y las acusaciones cruzadas entre ciberutópicos y apocalípticos. De esta forma, se puede evaluar y cuestionar la veracidad de las promesas de progreso y modernidad que han acompañado el despliegue de cada tecnología de información y comunicación (TIC). Una invitación a situarnos como actores propositivos en la discusión sobre los modelos de desarrollo posibles y no como meras usuarias o consumidores fascinados por el último gadget o plataforma con la que el mercado nos pretende seducir.
Una actitud crítica que, históricamente, mantuvieron las radios populares, comunitarias y alternativas de América Latina y el Caribe, quienes concibieron la radiodifusión como un soporte tecnológico para promover el derecho a la comunicación. Un derecho éste, articulador y habilitador de otros derechos. A lo largo de todo el continente, estas emisoras hackearon la unidireccionalidad original del medio radiofónico, implementando una comunicación participativa de doble vía, como estrategia de democratización de la palabra. Eligieron el ámbito de la comunicación como un territorio en el que disputar la hegemonía a quienes tenían el monopolio en la creación de sentidos e imaginarios. Plantearon la discusión desde el plano político e ideológico, no meramente desde el tecnológico.
Estas radios, que se autodenominaron de formas muy diversas,2 constituyeron redes nacionales de coordinación y organizaciones regionales como la Asociación Latinoamericana de Educación y Comunicación Popular (ALER) y la oficina para América Latina y el Caribe de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC-ALC). Junto a otros colectivos vinculados a la comunicación, como la World Association for Christian Communication (WACC) o la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), ALER y AMARC-ALC elaboraron propuestas legislativas para garantizar el derecho de la ciudadanía a acceder a los medios de comunicación. Sus demandas –respaldadas en reiteradas ocasiones por organismos internacionales como la Unesco o la Corte Interamericana de los Derechos Humanos de la OEA– se podrían resumir en los siguientes puntos: entender la comunicación como un derecho antes que una mercancía; limitar la concentración de la propiedad evitando monopolios y oligopolios; fomentar el acceso equitativo a las frecuencias de radio y televisión para configurar un mapa mediático más plural y diverso; y disputar el poder dominante para que la ciudadanía participe ampliamente en el debate público.
Creemos que estos ejes de reivindicación y análisis no han perdido vigencia y son igualmente válidos para ayudarnos a entender y a transformar el sistema infocomunicacional contemporáneo.
¿Podemos resignificar las actuales tecnologías de información y comunicación?
Los medios populares y comunitarios han demostrado históricamente una notable capacidad para apropiarse y resignificar las TIC y ponerlas al servicio de sus fines políticos y comunicacionales. Sin embargo, sería importante analizar las estructuras y relaciones de poder actuales para evaluar las posibilidades de lograrlo en este nuevo escenario.
La propuesta es realizar este análisis desde tres abordajes complementarios: sirviéndonos de la economía política de la comunicación para entender la estructura de concentración de la propiedad de las TIC; observando los cambios que esta estructura híperconcentrada han provocado en las lógicas de producción y distribución de las industrias culturales; y por último, analizando cómo estas transformaciones están cuestionando la identidad de los medios populares y comunitarios.
1. Concentración del poder en favor de la restricción de derechos
A inicios de la década de los 90, las TIC comenzaron a llegar a las radios populares y comunitarias de la región. Computadoras, editores de audio digitales o receptores satelitales se integraron al trabajo diario de las emisoras. Incluso, había organizaciones sociales como Chasque, en Uruguay, Nicarao, en Nicaragua, o Ecuanex, en Ecuador, que ofrecían acceso a internet ante el desinterés de los Estados o empresas privadas por aquellas “nuevas tecnologías”.3
Con ese internet incipiente, en 1996, al equipo de AMARC-ALC se le ocurrió fundar Pulsar, una agencia de noticias que enviaba boletines por correo electrónico. Al año siguiente, ALER inauguró su red satelital descentralizada, llamada ALRED, a través de la cual intercambiaban todo tipo de contenidos y producciones. En aquel momento, estos nuevos soportes se asumieron como herramientas para amplificar las voces, aumentar la incidencia y alcanzar la tan ansiada masividad. Por fin, el sector alternativo tenía a disposición las mismas tecnologías que el comercial. En el tejado de una pequeña emisora popular del altiplano andino o una comunitaria de la Amazonía, se podía ver la misma parabólica que los medios comerciales instalaban en las principales capitales latinoamericanas.
A inicios de la década del 2000, se terminó de profundizar el proceso de privatización y convergencia de las TIC, fusionándose por completo el sector de las telecomunicaciones con los medios tradicionales y los nuevos canales de difusión digitales. Tras la grave crisis económica de 2008, el capital especulativo redirigió sus inversiones a las denominadas “plataformas”. Algunas ya consolidadas, como Facebook o Twitter, y otras que acababan de surgir, como Uber, Airbnb o Spotify.
Actualmente, una radio sale al aire por FM mientras alcanza audiencias mundiales por Youtube o un canal de streaming y difunde sus noticias por redes sociales corporativas. Resulta difícil no fascinarse con estas posibilidades para potenciar y amplificar las narrativas de un sector como el de los medios alternativos que siempre compitió en desventaja. El principal inconveniente es que la convergencia amplió a escala global los desequilibrios en la distribución de la propiedad de las tecnologías asociadas a internet y al resto de las telecomunicaciones de las que dependen actualmente todos los medios de comunicación.
Si los índices de concentración sobre las frecuencias de radio y televisión eran exagerados, los datos actuales son aún más escandalosos.4 Solo dos compañías se reparten el 99% del mercado de los sistemas operativos para móviles (Android con el 71% y iOS el 28%); en computadoras de escritorio las cifras son parecidas, el 87% de equipos usan sistemas operativos de Microsoft (72%) o de Apple (15%); dos navegadores tienen una cuota de mercado del 85% (Chrome 65% y Safari el 18%); un solo buscador, Google, acapara el 91.6% de las búsquedas; entre Apple eMail (56%) y Gmail (31%) suman el 87% de los buzones mundiales de correo electrónico; respecto al uso de redes sociales, entre Facebook, Instagram y Whatsapp suman más de siete mil millones de usuarios –las tres plataformas pertenecen a la misma compañía, Meta–. Si observamos la cuota de mercado entre los proveedores de infraestructura de nube para que terceros desarrollen sus servicios y aplicaciones, tres empresas se reparten el 66%: Amazon Web Services (31%), Azure Microsoft (24%) y Google Cloud (11%).5
Lo más sorprendente es que, aunque los datos corresponden a distintas capas o segmentos –sistemas operativos móviles y de escritorio, redes sociales, correo electrónicos o servicios de cloud– solo mencionamos a cinco empresas. Las llamadas Big Tech, conformadas por Google/Alphabet, Amazon, Facebook/Meta, Apple y Microsoft (GAFAM), controlan estos servicios globalmente, sobre todo en Occidente.6 Los ámbitos de dominio se expanden aún más si tenemos en cuenta que estas empresas están incursionando, por ejemplo, en la instalación de fibra óptica submarina. Las Big Tech acaparan prácticamente todas las capas que constituyen actualmente las TIC: desde la infraestructura física de cables y servidores hasta el software que usamos en los dispositivos finales.
Niveles menos exorbitantes de concentración, como fueron los del sector infocomunicacional en la década de los 70, contribuyeron a establecer un movimiento global que reclamaba la constitución de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC). También impulsaron la conformación de un movimiento social latinoamericano por la democratización de la comunicación que consiguió que varios gobiernos de la región aprobaran, más de tres décadas después, leyes para garantizar el derecho a la comunicación.
Hoy pareciera existir cierta permisividad hacia estos oligopolio tecnológicos que, en cualquier otro ámbito, generarían, al menos, debates y preocupación. También en el sector de los medios populares y comunitarios que pareciera haber atenuado el espíritu crítico sobre las tecnologías en favor de un enfoque instrumental al incorporar estas nuevas herramientas de producción y difusión sin cuestionar quiénes son sus dueños o sus posibles impactos.7
No hay duda de que las redes sociales corporativas ayudaron a instalar en la agenda la lucha de los movimientos indígenas y campesinos colombianos del Cauca o visibilizaron los crímenes contra periodistas en México. Sin embargo, sus nombres no son recordados y sus stories no acaparan tantos likes como aquellas de los influencers, que enseñan a maquillarse o bailar una coreografía a sus millones de seguidores. Tras años intentando hacer la revolución desde Facebook o subvertir Twitter –ahora X–, los imaginarios y sentidos que triunfaron no fueron los que hubiéramos deseado. Los discursos de odio y negacionistas, la desinformación, la regresión de derechos que se creían ganados y la apertura de debates históricos que se daban por saldados, se impusieron con la complicidad de los dueños de estas plataformas.8 Espacios que se presentaban como ágoras públicas y democráticas exacerbaron el consumismo salvaje y el individualismo desmedido que el sistema capitalista busca, mercantilizando así todas las esferas de la vida, también las tecnologías.
Mientras, los principales magnates tecnológicos rinden pleitesía a líderes populistas como Donald Trump, quien tomó posesión de su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos en enero de 2025 rodeado por todos ellos. Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta), Sundar Pichai (Google) y Elon Musk (Tesla y X)9 abrazaron sus políticas de austeridad, conservadoras, negacionistas, machistas, racistas y homófobas. Estos modernos “barones ladrones”, ponen a disposición de Trump todo su poderío mediático y coquetean con total impunidad con los partidos de ultraderecha del mundo entero.
Los riesgo de depender de estos “señores feudales tecnológicos”10 para producir una comunicación contrahegemónica son evidentes. Significaría ir de la mano en esta lucha con los hombres más ricos del planeta. Por cierto, todos ellos blancos, heterosexuales, angloparlantes, y con ciudadanía estadounidense.11 Unos tecnomagnates que acumulan riqueza a unos niveles y con una rapidez nunca antes vista. Usar sus servicios incrementa, más aún, su poder y sus ganancias. Dinero que termina financiando a grupos con ideales antagónicos a los del movimiento popular y comunitario. Sería como aliarse en los 90 con los grandes grupos mediáticos comerciales que acusaban a estas radios de robarse el espectro o utilizar las ondas para fomentar el narcotráfico y el terrorismo.
2. Nuevas lógicas de producción al servicio de las plataformas.
La concentración y la profundización de la mercantilización y privatización de las TIC expuesta en el apartado anterior no solo tienen implicaciones económico-políticas sino que han alterado los modelos de negocio y las lógicas de producción y distribución de las industrias culturales. Es posible agrupar estas transformaciones en tres aspectos: la dictadura de los formatos, la dependencia de las plataformas de terceros, y la capacidad de elección de las audiencias en este nuevo escenario.
La dictadura de los formatos
Las redes sociales y el resto de plataformas de difusión de contenidos –independientemente de que éstas sean libres o privativas–, al igual que cualquier otra herramienta de información y comunicación, median y condicionan los procesos comunicativos: “activan y potencian nuevas prácticas y modos de acceder a la información, nuevas formas de organización, de movilización, de interacción, de comprar, de relacionarse”.12
Por ejemplo, el podcast, un formato habilitado por internet, revolucionó la temporalidad de la escucha al ofrecer la posibilidad de consumir “radio a la carta” frente a las instantáneas transmisiones en vivo. A partir de su popularización, las emisoras de todos los sectores se vieron obligadas a subir los programas a plataformas de podcast para responder a los nuevas prácticas de consumo de sus audiencias.13Algo similar ocurrió con las transmisiones de streaming de video a las que muchas emisoras se están apuntando, emitiendo en FM o AM y en simultáneo por YouTube o Twich.
Las dinámicas de distribución de contenidos en internet han sometido a todos los medios de comunicación, no solo a las radios, a una frenética carrera para adaptarse a la plataforma de moda. Sus lógicas de producción y difusión se alteraron, no por una convicción periodística o comunicacional, sino meramente comercial. Primero se vieron obligados a resumir una investigación en 140 caracteres; luego en stories de video de 30 segundos; y ahora deben gamificar sus contenidos e ignorar las clásicas reglas del periodismo en pos del clickbait y la monetización.
Esta evolución de la producción la imponen las plataformas que se nutren de una peligrosa economía de la atención. Los propios medios de comunicación fueron excluidos de esas decisiones, mucho más sus audiencias. Se les usurpó el poder de elegir la evolución de sus propias dinámicas de trabajo. La rapidez de estos cambios obliga a los medios a saltar de uno al otro sin tan siquiera terminar de adaptarse al anterior y, mucho menos, a reflexionar sobre su conveniencia o sus efectos.
El último informe sobre las tendencias del periodismo, medios y tecnología del Reuters Institute for the Study of Journalism University of Oxford alertó sobre “el poder disruptivo de la inteligencia artificial” y cómo está afectando, no solo a la producción de las noticias, sino también a su distribución. Esto provocó que los medios hayan visto descender drásticamente las visitas provenientes de las redes sociales más antiguas –“en 2023 el tráfico desde Facebook a los sitios de noticias cayó 48% y desde X [Twitter] disminuyó 27%”.14 Mientras, los chatbots gestionados con IA generativa se posicionan como los nuevos canales de distribución de la información a través de programas inicialmente concebidos para la mensajería instantánea interpersonal como Whatsapp. La mayoría de directores entrevistados en el estudio decidieron enfocarse más en esa plataforma, algo que también hicieron muchos medios alternativos en la región.
Esta dinámica se convierte en un círculo vicioso que los medios de comunicación no adivinan cómo romper. Por un lado se alarman por la incapacidad actual de las audiencias para consumir contenidos de más de un minuto de duración. Por el otro, se ven obligados a superficializar sus informaciones para aumentar el tráfico y subsistir así con la venta de publicidad digital. Mientras, compiten con influencers y creadores de contenido independientes que les superan notablemente en seguidores e incidencia.
Dependencia de plataformas de terceros
Además de modificar las lógicas de producción y distribución de múltiples formas, el uso de redes o plataformas corporativas acentúa la dependencia de terceros con los riesgos que eso conlleva para un medio de comunicación. El salvadoreño Leonel Herrera, expresidente de ALER, alertó en 2019 sobre estas herramientas corporativas: “responden al modelo de negocio de las transnacionales y no a la lógica de participación de la gente. En un momento dado cambia su modelo de negocio y dejan fuera a toda la gente que estaba participando en esa red”. Dos años después de estas premonitorias declaraciones, Elon Musk compró Twitter. Además de rebautizarla, impulsó cambios que han puesto en entredicho su continuidad.
La permanencia de estas empresas está ligada a su rentabilidad o al capricho del magnate que las controla y las vende o cierra de un día para otro. No hace tantos años el único chat era el de MSN Messenger. La red social de moda era Myspace. Second Life permitía vivir una vida virtual alternativa. Las fotos se subían a Flickr y los archivos se compartían a través de Megaupload. En pocos años, estas aplicaciones fueron cerrando o perdieron la mayoría de usuarios.
Ciertamente, mantener nuestra propia infraestructura es costoso, pero igualmente puede salir muy caro para un medio de comunicación delegar toda su memoria digital a una empresa sobre la que no tiene ningún control y con la que firma unos términos de servicio ilegibles que van cambiando constantemente. Acuerdos que se rigen por legislaciones de países en los que es extremadamente complicado reclamar si un día una de esas compañías censura un contenido y lo borra de sus servidores sin previo aviso.
Es frecuente que los medios populares y comunitarios ya no mantenga una web propia donde ofrecer sus contenidos que solo se encuentran en las plataformas corporativas. Ni tan siquiera guardan un respaldo en una nube propia o en la computadora local. Sería como entregar la llave de la antigua discoteca a los dueños de Google para que eliminaran vinilos a su antojo de un día para otro. O si Amazon controlara el transmisor de la emisora y decidiera el momento en que se apaga y se enciende. O como tener a Musk operando la consola y muteando discrecionalmente los micrófonos para silenciar ciertos mensajes.
Capacidad de elección de las audiencias en este nuevo escenario
En el ámbito de la radiodifusión, el ejercicio del derecho a la comunicación se vinculó estrechamente con el acceso al soporte tecnológico. Ese acceso lo podemos separar en dos partes, los equipos técnicos y la autorización legal. Para acceder a los equipos de transmisión hay que disponer de recursos económicos para comprar los dispositivos homologados. La siguiente es obtener el permiso del Estado para utilizar una frecuencia radioeléctrica de transmisiones. Cumpliendo ambas condiciones, una escuela radiofónica con suficientes recursos como Radio Sutatenza, logró equiparse con los transmisores más potentes del mercado y superó en cobertura a todos los medios comerciales de su país, llegando incluso a ser la cadena radial con más vatios de la región. O Radio Enriquillo, de República Dominicana, que con una programación innovadora, fresca y callejera, consiguió situarse como la emisora más escuchada de la zona.
A riesgo de que el planteamiento peque de reduccionista, ya que, ciertamente, hay otros factores que influyen en estas decisiones –sociales, culturales, económicos–, podríamos afirmar que contar con una licencia legal y con los recursos para garantizar los artefactos tecnológicos, sumado a la libertad de elección de la audiencia ante una propuesta comunicacional relevante, posibilitó a muchos medios populares y alternativos competir con los medios comerciales sin otro tipo de intervenciones o mediaciones. Incluso, en un sistema infocomunicacional que les era adverso. Por tanto, una política pública que garantizara el acceso a las frecuencias como soporte tecnológico y el acceso a recursos para adquirir los equipos, resolverían, en gran medida, la histórica demanda por el ejercicio del derecho a la comunicación.
Ahora bien, el escenario tecnológico actual es mucho más complejo. A esos factores que mencionamos, se suma un entramado de variables tecnológicas muy difíciles de controlar, incluso para los medios comerciales que pueden invertir cuantiosos recursos para intentarlo. En el ámbito de las plataformas y redes sociales comerciales –siendo las TIC más usadas actualmente–, tener a disposición y de forma “gratuita” ese soporte no garantiza posibilidades similares a las de la etapa anterior donde una radio tenía total potestad sobre el uso que hacía del transmisor y el resto de artefactos.
Hoy, esas tecnologías corporativos de las que dependemos, no solo no son propiedad de los medios sino que, además, aparecieron los algoritmos para mediar la interacción con las audiencias. Unos intermediarios que, lejos de ser inocuos o neutrales, favorecen a unos sectores frente a otros y ejercen de gatekeepers, censurando contenidos sin ofrecer explicación alguna. A eso hay que añadir que, de forma arbitraría y ocultando los motivos, las plataformas aplican filtros a cuentas o temáticas determinadas, lo que se conoce como showbaning. Y como las empresas dueñas son transnacionales que no están sujetas a políticas nacionales de comunicación, evitan cualquier tipo de restricción o sanción –además de ahorrarse el pago de impuestos–.
Asimismo, estos algoritmos restringen la libertad de elección de la audiencia. Si un usuario acostumbró al algoritmo que su preferencia son los medios de comunicación cercanos a una ideología determinada, muy probablemente ese algoritmo nunca le sugiera un medio de la ideología contraria. Incluso, aunque el periódico o la radio haya pagado para aumentar su visibilidad en dicha plataforma: “vivimos en una gubernamentalidad algorítmica”, afirma el reconocido comunicólogo Nestor García Canclini.
3. La disputa de la identidad de los medios populares y comunitarios
El comunicólogo Fernando Reyes Matta decía que “la comunicación puede ser alternativa solo en la medida que emerge y se sostiene por su capacidad para que puedan participar en ella sectores postergados” (1986). Actualmente, personas de esos sectores pueden intervenir en las conversaciones globales y lograr una incidencia mayor desde una cuenta personal de Tik Tok sin necesidad de la intermediación o representatividad de un medio tradicional.
El rol de los medios de comunicación en general, pero en particular el de aquellos que construyeron su identidad sobre la representatividad de los sectores oprimidos y olvidados, está profundamente cuestionado por estas nuevas lógicas de comunicación e información. El modelo que proponen las actuales plataformas mediáticas y las redes sociales corporativas se construye sobre individualidades en frontal oposición al modelo colectivo de la comunicación alternativa.
Precisamente, uno de los principales cismas de la comunicación popular a finales de los años 70 fue la preocupación por aumentar la participación de la comunidad. En una autoevalución crítica, identificaron que los maestros, curas y sindicalistas se habían apropiado de los micrófonos de las radios populares. Malinterpretando aquella frase de “ser la voz de los sin voz”, hablaban en nombre de la población en vez de abrir las puertas de la emisora o sacar los equipos a la calle para que los vecinos y vecinas se expresaran.
Manual de capacitación 1, “La entrevista” (ALER, 1983).
Es por eso que en la década siguiente, inspirados por las preceptos de Paulo Freire y los teólogos de la liberación, involucraron a sus audiencias en todo el proceso: desde el diseño de la programación hasta en la producción, operación y conducción de los diversos espacios de la radio. Pasaron de ser meros receptores que participaban de vez en cuando a convertirse en emisores y protagonizar el proceso comunicativo. Es por eso que la comunicación popular y comunitaria se gesta en colectivo, una minga de la palabra.
Más que en medios de comunicación, las radios se convirtieron en espacios de diálogo e intercambio de ideas, de articulación barrial, sindical o escolar. Muchas de ellas abrieron telecentros, cafeterías, restaurantes, no solo como fuente de sostenibilidad, sino como lugar para encontrarse. De esas articulaciones también surgieron conciertos, talleres o festivales de instalación de software libre. Y se fue conformando así un movimiento latinoamericano por la democratización de la comunicación sostenido por las coordinadoras nacionales, las redes regionales y las alianzas internacionales.
Toda este espíritu colectivo y comunal se opone diametralmente a las lógicas que promueven las redes sociales capitalistas que invitan, tanto a producir, como a consumir individualmente desde tu propio teléfono y plataforma. Y aunque los medios alternativos han intentado promover usos colectivos o disruptivos de estos espacios, ya expusimos las enormes limitaciones que tienen para hacerlo: tanto ideológicas –opuestas a los principios que defienden y promueven–; como políticas –son propiedad de los hombres más ricos y poderosos del planeta quienes sostienen el status quo que aspiramos a subvertir–; o de autonomía –generan una dependencia extrema de terceros sobre los soportes tecnológicos que usamos–; y periodística –condicionan nuestras lógicas de producción y la forma en que nos relacionamos con nuestras audiencias–.
Otros modelos de desarrollo posibles ya existen
Este texto no pretende ser una invitación para abandonar el uso de tecnologías. Todo lo contrario. Nos apasionan, tanto las radiofónicas como las tecnologías que nos permiten acceder a internet que, por cierto, contienen muchísimos servicios además de las plataformas comerciales. Cuando el movimiento por la democratización de la comunicación criticó la concentración de las frecuencias y se enfrentó al modelo de gestión del espectro que lo había privatizado y entregado el sector comercial, no se le calificó de “radioapocalípticos”. Eran conscientes del potencial de contar con medios propios para la construcción de esos otros mundos posibles y lucharon por ello. Por ese motivo, nos sentimos en la obligación y en la necesidad de debatir y proponer otros modelos de desarrollo tecncientífico que no dependan de los caprichos de un puñado de magnates multimillonarios, ególatras y vanidosos.
Creemos que, para actualizar aquellos planteamientos y demandas al contexto actual, podemos comenzar con algunas preguntas: ¿qué posibilidades tenemos de lograr un mundo más justo y equitativo, aliados con las empresas más poderosas del planeta cuyos dueños pertenecen a ese 1% que acumula más riqueza que el 95% de la población mundial? ¿Qué implica promover el derecho a la comunicación en este escenario de convergencia digital acelerada? ¿Qué impacto en el medio ambiente tienen los artefactos que usamos? En definitiva, ¿qué tecnologías necesitamos para el mundo que queremos construir y de qué forma nos apropiamos de ellas?
Para los sociólogos de la tecnología, existen cuatro formas de apropiarnos de los desarrollos tecnológicos.15 La apropiación adoptada o reproductiva de los usos, cuando es apropiada para los fines que fue desarrollada. La adaptada o creativa, se refiere a la innovación de usos originales más allá de los establecidos inicialmente en su concepción, usos denominados como “disruptivos”. La cooptativa, que excede el uso individual. Se presenta cuando una empresa o gobierno se apropia de una tecnología de forma directa, por compra o por imitación, casi siempre con un objetivo comercial. Y, por último, nuestra preferida, la creación tecnológica. En vez de incorporarse o apropiarse, la tecnología es directamente producida ya sea con fines económicos, sociales o activistas.
A lo largo de la historia de los medios populares y comunitarios, encontramos varios ejemplos en los que fueron innovadores en este sentido. Además de los proyectos mencionados anteriormente como la agencia digital Pulsar (AMARC-ALC), el sistema satelital ALRED (ALER) o el proyecto de Ecuanex promovido, entre otros, por ALER y ALAI, existen muchos más. A principios de los años 90, FM La Tribu de Buenos Aires, desarrollo su propio “tandero”, un automatizador de programación radiofónica que compartieron con otras emisoras. Años más tarde, impulsaron un sistema operativo libre GNU/Linux llamado Cafeína. También en Argentina, en 2010, la Red Nacional de Medios Alternativos (RNMA), junto a Antena Negra y el colectivo DTL, organizaron diversos talleres para que las radios fabricaran sus propios transmisores y antenas. Al finalizar la capacitación “llevaban consigo la tecnología necesaria para arrancar con un sueño”.16 Son apenas algunos ejemplos de creación tecnológica que representan la inquietud pionera del sector alternativo por desarrollar colectivamente sus propios artefactos tecnológicos.
Siguiendo la estela de aquella experiencias, otras organizaciones mantienen vivo ese espíritu, todas ellas con conexiones con el ámbito de la comunicación popular y comunitaria: Redes AC, Rizhomatica, Colnodo o Altermundi, promueven redes de internet, intranet y telefonía comunitaria en la región junto a varios medios alternativos; la Red de Radios Comunitarias y Software Libre acompaña a las emisoras que quieren liberarse tecnológicamente y desarrollan el sistema operativo libre GNU/Linux EterTICs y el automatizador G-Radio; o Internet Ciudadana, que agrupa a varias organizaciones que trabajan por una internet democrática y, entre otras iniciativas, facilita talleres para quienes quieren migrar al Fediverso, el universo de redes libres, federadas y descentralizadas, como Mastodon, Pixelfed o PeerTube.17
Más allá de las experiencias pioneras, el principal legado de los medios comunitarios y populares y las asociaciones que los articularon, fue politizar la discusión en torno al derecho a la comunicación. Su capacidad para movilizar a amplios sectores de la ciudadanía, propició la aprobación de varias legislaciones regionales que fueron elogiadas globalmente. E instalaron en la opinión pública la idea –secundada por diversos organismos nacionales e internacionales– de que sin medios comunitarios no hay democracia.
Es por eso que, antes de migrar a GNU/Linux o abrir una cuenta en el Fediverso –o al mismo tiempo, al menos–, hay comenzar tejiendo otros imaginarios en torno a la tecnología, no pensándola en tanto dispositivos o plataformas sino como sistemas de conocimiento y poder que reproducen o disputan hegemonía.
Esperamos que los argumentos expuestos a lo largo de este texto contribuyan en este sentido. Es urgente politizar las tecnologías. Cada día surgen más evidencias de que el modelo de desarrollo tecnológico capitalista y quienes lo lideran están poniendo en jaque a la democracia. ¿Lo vamos a permitir?18
Agencia Informativa del Foro Argentino de Radios Comunitarias (Farco).
Referencias bibliográficas
1 Publicado en “Tecnología: Definiciones. Muerde”, Colectivo La Tribu, 2009, pp. 73-74.
2 Mineras y sindicales, educativas, populares, comunitarias y ciudadanas. Emisoras rebeldes, clandestinas, insurgentes o revolucionarias. Sociales, asociativas, libres, participativas, independientes, interactivas, contrainformacionales o truchas. Indígenas, autónomas, comunales, rurales, campesinas, locales, barriales o vecinales; Cooperativas, escolares o religiosas. De mínima cobertura o baja potencia. Alternativas o alterativas, como decía Rafael Roncagliolo, por su objetivo es alterar el orden social y provocar.
4 Siempre se menciona el ejemplo de México donde un duopolio controla el 95% de las concesiones televisivas del país. Para un análisis completo de este panorama: La concentración infocomunicacional en América Latina (2000-2015): Nuevos medios y tecnologías, menos actores. Martín Becerra y Guillermo Mastrini. Universidad Nacional de Quilmes.
5 Datos obtenidos en enero 2024 de StatCounter, Litmus, Statista, Forbes y PewResearch.
6 El correlato chino de las GAFAM son las BATX: Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi.
8 Zuckerberg anunció que terminará con su programa de verificación de información por terceros en Facebook e Instagram que había sido criticado duramente por Trump y Musk. Y Jeff Bezzos, dueño de Amazon y del periódico The Washington Post, expresó que “Escribiremos todos los días en apoyo y defensa de dos pilares: las libertades personales y los mercados libres”, lo que provocó la salida de su jefe de opinión y un alineamiento explicito a las ideas del nuevo Presidente de los EEUU.
9 Musk, entró a formar parte del gobierno estadounidense encabezando el departamento de recortes del gabinete (DOGE), blandiendo una motosierra que le regaló el presidente argentino Javier Milei. Además de paralizar las ayudas para el desarrollo del gobierno de los EEUU, propone le despido de miles de empleados públicos en todas las áreas gubernamentales.
10 Concepto desarrollado por Cédric Durand en “Tecnofeudalismo: crítica de la economía digital” (2021) y por Yanis Varoufakis en “Tecnofeudalismos: el sigiloso sucesor del capitalismo” (2024).
12 “Gritos en el coro de señoritas: la apropiación del rol político de las mujeres a través de los medios”, publicado por AMARC-ALC en 2008
13 No es algo circunscrito a la radio, los canales tradicionales de televisión han vivido un proceso similar por la presión de las plataformas de streaming. Ahora, la mayoría cuentan con sus propias plataformas donde ofrecen los mismos programas y series que transmiten en vivo pero “bajo demanda”.
15 “La apropiación de tecnologías en América Latina: una genealogía conceptual” (2019). Luis Ricardo Sandoval. Revista Virtualis.
16 Declaración de Juan Pablo Berch y Sofía Loviscek, del colectivo América Profunda y la inicicativa RadioxRadio. Hay registro de iniciativas similares anteriores. En octubre de 1991, AMARC-ALC junto a las organizaciones CEPES, ILLA y CNR y la cooperación de la fundación italiana Crocevia, realizó un taller piloto en Lima con 9 campesinos aficionados a la electrónica. En apenas 15 días, cada uno de los participantes fabricó su pequeña emisora. Luego, se mejoraron los prototipos y se modificaron para emitir a 20 watts. La experiencia se documentó en un manual que otras radios emplearon para elaborar sus transmisores artesanales.
17 Estas plataformas no tienen un enfoque comercial ni tampoco venden los datos de quienes las usan. Tampoco tiene publicidad ni están mediadas por algoritmos. https://radioslibres.net/fediverso/
18 “Politizar la tecnología: radios comunitarias y derecho a la comunicación en los territorios digitales” (2020), por Inés Binder y Santiago García Gago. https://radioslibres.net/politizar-la-tecnologia/
Participa de alguna de las casi cien sedes que se reúnen del 18 al 30 de abril para festejar el software libre.
El FLISOL es un espacio autogestionado por comunidades locales que, desde 2005, se encuentran para difundir el uso de software libre a través de distintas actividades: desde la instalación de sistemas operativos libres hasta charlas de divulgación y encuentro de usuaries.
El equipo de Radios Libres participará de las actividades de la sede en Mendoza. La cita será en la Universidad Técnica Nacional, Facultad Regional Mendoza, el sábado 25 de abril a las 14 hs. Tendremos: Charlas relámpago (10 minutos): presentación de proyectos, iniciativas, ideas, etc. Charlas largas (30 minutos): un tema en profundidad. Talleres (1 hora): espacios de experimentación práctica sobre un tema específico. ¡Y un espacio para instalaciones de distintas distribuciones de software libre durante toda la jornada!
Los partidarios del “pensamiento positivo y de la ley de la atracción” opinan que es mejor estar “a favor” de algo, que estar en contra de su opuesto, aunque no hay fundamento científico real al respecto. Según eso, es preferible estar “a favor” de las energías renovables, que “en contra” de las energías sucias. Pero ante el tema de la energía nuclear hay que situarse, aunque ya está casi todo dicho.
La energía nucleares “razonablemente segura”. Eso está demostrado con los “pocos” accidentes que ha habido en la historia. En ese argumento no miramos la opinión de los que murieron, o tienen cáncer, o deformaciones de nacimiento… La cuestión es que muchos pensamos que las centrales nucleares son un RIESGO innecesario. Aunque la central de Fukushima (Japón) hubiera resistido… ¿Quien nos asegura que no vendrá un terremoto más grande en un periodo de miles de años?
Recordemos que los residuos nucleares y las centrales nucleares (aunque se cierren) son contaminantes durante miles de años (el Plutonio-239 tiene 24000 años de vida media). Lo cual nos lleva a lo CARÍSIMO que es “guardar” residuos nucleares durante miles de años: ESTAMOS USANDO ENERGÍA HOY, Y HASTA NUESTROS TATARANIETOS… TENDRÁN QUE PAGAR LA FACTURA… Estaremos pagando mucho más tiempo que la vida de una central nuclear que debería tener una vida máxima de apenas unos 50 años, siempre si se mantiene bien y se parchean los desperfectos… No quiero que mis descendientes paguen por la electricidad que usamos AHORA. Y eso, sin contar el altísimo riesgo de guerras, atentados terroristas o desastres naturales durante esos miles de años.
Si alguien tiene la indecencia de afirmar que la energía nuclear no es cara, que ponga precio a lo que están pasando la multitud de japoneses desplazados de sus casas, enfermedades… Nadie va a pagar por eso. No hay seguro que lo cubra.
La energía nuclear es MUY CARA, INJUSTA y PELIGROSA. No necesitamos accidentes para asegurar que es peligrosa: los riesgos son evidentes y duraderos. Unos científicos estadounidenses hicieron un estudio sobre la energía nuclear en este estupendo libro: Ciencias Ambientales. Si es tan cara… ¿por qué se usa esta energía? Muy fácil: Porque está subvencionada por los gobiernos y porque gran parte de los costos no los pagamos ahora, sino que los pagarán otros en el futuro.
La industria nuclear y los que ganan dinero con esto suponen que las medidas de seguridad son suficientes, pero la vida demuestra que nos equivocamos (y más si se ahorran gastos en seguridad y no siguen las recomendaciones de los expertos, como la del sismólogo japonés Ishibashi Katsuhiko, quien avisó de los riesgos…). Chernóbyl existió, pero si no hubiera habido Chernóbyl, los que estamos en contra, seguiríamos en contra de esta energía porque los dos únicos argumentos a favor de la energía nuclear son muy pobres y egoístas.
El lobby nuclear argumenta siempre diciendo que los accidentes son escasos, sin importarles cuán graves puedan ser. Nos da igual que los accidentes sean escasos, porque la basura nuclear no desaparece y los accidentes y desastres naturales ocurren. En cientos de años… volverá a pasar, tarde o temprano. Dicen que el lobby nuclear paga a gente para que opine a favor de esta energía en los foros sociales y blogs de internet.
NOTA: La segunda parte de este artículo se titula
“¿Son Defendibles las Centrales Nucleares?” (la lotería nuclear)
(Hay argumentos a favor de las centrales nucleares,
y en los comentarios pondremos noticias interesantes).
Nota: En un comentario más abajo se han puesto datos nuevos tras 15 años del atentado. Son aterradores y se incluye el artículo completo de donde salen esos datos.
Rafael Toro Ruiz (@RToruiz), estudiante de periodismo
La generación de residuos tecnológicos destruye ecosistemas y recursos naturales.
Consumismo y obsolescencia programada: Dos términos que van de la mano. Dos tendencias perjudiciales para los ecosistemas mundiales. La sociedad se está convirtiendo en cómplice de un sistema engañoso que incita al consumo severo de todo tipo de productos, con la intención de ver aumentados los beneficios económicos de las grandes empresas multinacionales, empresas que, de la mano de la globalización, son hoy las encargadas de dictar las reglas del juego.
Un chaval que decide cambiar habitualmente su teléfono móvil, una empresa que decide renovar los ordenadores de sus oficinas, un instituto que decide adquirir nuevas impresoras de mayor calidad o una familia que decide comprar electrodomésticos nuevos para su hogar. Estas situaciones son ejemplos de cómo se producen cada año millones de toneladas de residuos tecnológicos y basura peligrosa. Y nuestro sistema es cómplice de ello.
La “obsolescencia programada” se refiere a adelantar por parte de las empresas el fin de la vida útil de un producto para que el consumidor se vea obligado a comprar otro. La sociedad aún no es plenamente consciente de que el consumismo de tecnología, unido al acortamiento de la vida útil de los productos, conducen a una contaminación cada vez mayor del medio ambiente, incluyendo la destrucción de ecosistemas en los países del tercer mundo, tanto por la extracción masiva de los diferentes recursos naturales necesarios para la fabricación, como por su desecho final.
Nuestro sistema actual, con las grandes empresas y los medios de comunicación como actores destacados, pretende hacer pagar al consumidor muchas veces en su vida por un mismo producto con modificaciones ínfimas o innecesarias. Pero, realmente, ¿este hecho es nuevo? Rotundamente no. Antecedentes de todo tipo explican el nacimiento y la consolidación de esta tendencia tan perjudicial. La obsolescencia programada es fruto de la revolución comercial, la acumulación del capital y los avances tecnológicos, así como, de la aparición del capitalismo financiero y del liberalismo económico. El “American way of life” nacido en EE.UU., poco a poco, se adentró en la sociedad. La felicidad y el bienestar basado en el consumismo eran ya reglas básicas en los años 60.
La obsolescencia programada es una práctica demasiado habitual en la industria actual y sabemos que las autoridades la toleran: “Son los consumidores los que deberían exigir que se pongan multas a las empresas para evitar esta forma de fabricar productos”, expresa con preocupación el colectivo malagueño Aulaga. Todo esto conlleva un beneficio económico para la industria, aunque tiene un impacto muy negativo sobre los recursos disponibles y los ecosistemas mundiales. “Esto no tiene en cuenta la realidad de nuestro planeta finito en el que ni los recursos ni la energía son infinitos”, afirma Fran Pérez, de Ecologistas en Acción. La obsolescencia programada bebe hoy del sistema capitalista, que usa como pozo sin fondo los recursos de los países empobrecidos. Una vez que el primer mundo disfruta de dichos recursos, estos vuelven al tercer mundo en forma de basura contaminante: “Esto perpetua una gran rueda de miseria, problemas de salud, económicos y ambientales”, expresa Fran Pérez.
Según la ONU, generamos unos 50 millones de toneladas de residuos electrónicos al año, la mayor parte de ellos producidos en Occidente, que van a parar a países en vías de desarrollo, donde se apilan sin control. Esta basura electrónica se reparte entre dos grandes vertederos: Ghana (África) y Guiyu (China). La primera y más impactante consecuencia de esto es la destrucción de los ecosistemas. La basura sustituye a la fauna y a la vegetación. La riqueza ambiental se ve sumergida en millones de residuos apilados sin control, provocando desde la contaminación de aguas subterráneas con metales pesados y otros tóxicos, hasta la contaminación del aire en caso de que estos residuos se quemen, pasando por la extracción severa de recursos y la destrucción de ecosistemas.
Es necesario sumar a lo anterior la generación de residuos no biodegradables. Si bien, muchos de los componentes que se usan para fabricar los diferentes productos electrónicos no son tóxicos cuando el aparato es útil, esto cambia radicalmente cuando el aparato se desecha. Esto pasa principalmente con plásticos, vidrios, baterías o pantallas LCD, elementos perjudiciales tanto para la salud como para el medio ambiente, por contener productos químicos tóxicos cuando se liberan al medio.
Pero, sin duda, la consecuencia número uno de la obsolescencia es el abuso extremo de los recursos naturales. Teniendo en cuenta la baja tasa de reciclado, el sistema de producción se convierte en una “extracción continua y desenfrenada”, definido así por Fran Pérez. La mayoría de productos tecnológicos necesitan para su fabricación la extracción de metales y minerales como cadmio, cromo, mercurio o coltán, entre otros, recursos considerados no renovables.
Cuando se habla de obsolescencia programada, lo que más chirría en la actualidad es la dudosa voluntad de la UE para solventar el problema, así como el desconocimiento generalizado de la sociedad, que toma en muy pocas ocasiones la iniciativa para exigir a sus dirigentes cambios a este respecto. El caldo de cultivo de todo esto es que los gobiernos occidentales, más allá de tomar medidas o no para parar la obsolescencia programada y de velar por el interés general de la ciudadanía, en demasiadas ocasiones “se decantan más por favorecer los intereses de las empresas multinacionales”, afirma Aulaga.
En octubre de 2014 un país europeo mostró sus primeros deseos de luchar contra este fenómeno. El parlamento francés aprobó, dentro de la Ley de Transición Energética, multas de hasta 300.000 euros y penas de cárcel de hasta dos años para todos aquellos fabricantes que programaran de manera consciente el fin de la vida útil de sus productos. Esta normativa se convertiría en la primera legislación europea que reconocería, de manera abierta y sin tapujos, la existencia de la obsolescencia programada. Pero el intento fue en vano. Las medidas asomaron pero, rápidamente, volvieron a esconderse y nadie ha sido condenado aún. Dos años después de la aprobación de esta medida francesa, el resto del continente sigue prácticamente igual, España incluida.
Como afirman diferentes asociaciones ecologistas, en nuestro país hubo un momento en el que la sociedad parecía ser consciente del problema. Todos querían imitar la nueva normativa surgida en Francia pero, pese a que todo indicaba que España sería otro de los países en controlar de manera férrea a las empresas “tramposas”, llegamos a 2016 sin una normativa en este sentido. Hay voces, pequeños colectivos que lo intentan, aunque una vez más queda en evidencia la falta de firmeza de nuestro gobierno en este aspecto. “Para parar la destrucción de ecosistemas debemos comenzar deteniendo la rueda consumista de la obsolescencia programada. «El mejor residuo es el que no se genera» debería ser el eslogan de una humanidad coherente con sus actos y empática con el medio que la rodea”, afirma Fran Pérez.
Teniendo en cuenta el plan llevado a cabo por Francia, en los últimos meses se ha dejado ver alguna intención para fomentar la lucha contra la obsolescencia programada.Recortes Cero–Los Verdes fue una de las pocas candidaturas ecologistas que se presentó a las elecciones generales en España en 2016. En su programa reservó un espacio donde aboga por conseguir una “España ecológica y socialmente justa”. Esta candidatura incorpora la propuesta de legislar para “prohibir por ley la obsolescencia programada”. Pretenden así poner en marcha un nuevo modelo de mercado centrado en la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente.
Todavía son pasos insuficientes y voces demasiado débiles. La obsolescencia programada genera innecesariamente cientos de miles de residuos que podrían evitarse. España es uno de los países con mayor protagonismo, pues sus 800.000 toneladas anuales de residuos electrónicos no pasan desapercibidas. Las soluciones no llegan y el reloj corre en contra de la sociedad y del medio ambiente.
Compartimos nuestra contribución a la nueva revista de Internet Ciudadana. Este nuevo número, el 16, llega con artículos sobre la inteligencia artificial, la falacia de la neutralidad o la “ingenuidad tecnológica”, un término que bautiza este artículo y que pronunció alguien impensado.
“Desde hace tiempo existen múltiples pruebas de que algoritmos proyectados para maximizar la implicación en las redes sociales —redituable para las plataformas— premian emociones rápidas y penalizan en cambio expresiones humanas que necesitan tiempo, como el esfuerzo por comprender y la reflexión. Encerrando grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación, estos algoritmos debilitan la capacidad de escucha y de pensamiento crítico y aumentan la polarización social.
A esto se sumó una confianza ingenuamente acrítica en la Inteligencia Artificial como ‘amiga’ omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, ‘oráculo’ de todo consejo. Todo esto puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de modo analítico y creativo, de comprender los significados, de distinguir entre sintaxis y semántica.
Aunque la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y conformarnos con una recopilación estadística artificial, a la larga corre el riesgo de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas.”
Esta cita no es nuestra. Tampoco pertenece a Evgeny Morozov, Shoshana Zuboff o algún otro acérrimo crítico del actual sistema sociotécnico y sus plataformas digitales. Aunque no lo creas, estos párrafos son parte del “Mensaje del Santo Padre León XIV para la 60a jornada mundial de las comunicaciones sociales”. Una misiva plagada de párrafos contundentes que alertan sobre los riesgos de las actuales TIC digitales y los desafíos a los que nos enfrentamos como humanidad por la adopción acrítica de la Inteligencia Artificial.
A pesar de profesar un profundo ateísmo, más si se trata de una institución como la Iglesia Católica, no podemos estar más de acuerdo con las afirmaciones del Santo Padre. ¿Se habrá convertido León XIV en un ciberpesimista? ¿Estará apostatando de la tecnología? ¿Perdió la fe en las redes sociales? ¿En un agnóstico de la Inteligencia Artificial?
Nada de eso. Robert Prevost, nombre bautismal del Papa León XIV, solo analiza críticamente los riesgos del actual modelo de desarrollo de las tecnologías digitales de comunicación e información. Un modelo impulsado por un puñado de magnates autoritarios y financiado por poderosos fondos de inversión especulativa que, guiados por un afán desmesurado e ilimitado de riqueza, ignoran las repercusiones sociales de su avaricia, algunas de ellas señaladas por el Papa y por las que ya están enfrentando a la justicia.1
Muy probablemente, al abordar este tema de ese modo, el Papa se sienta como Juan el Bautista: un predicador en el desierto. O como Moisés, indignado ante una sociedad embriagada de tecnomisticismo que idolatra a ChatGPT o se postra ante la última aplicación de moda.
Sin embargo, León XIV no se amedrenta en su carta y, al igual que hizo Jesús cuando agarró el látigo para expulsar a los mercaderes del templo, azota directamente a los falsos profetas de esta nueva religión binaria: los fundadores de un “puñado de empresas” que, aprovechando el control oligopólico de los algoritmos y los sistemas de Inteligencia Artificial, son “capaces de orientar sutilmente los comportamientos e incluso reescribir la historia de la humanidad”.22
“Confianza ingenuamente acrítica en la Inteligencia Artificial”
Ciertamente, es muy sencillo claudicar y dejarse seducir por este nuevo becerro de oro que nos maravilla con sus prodigiosas capacidades de procesamiento informático. Sin embargo, el Papa alerta de los peligros de confiar ciega e ingenuamente en las promesas que acompañan el despliegue de la Inteligencia Artificial. Promesas tecnofetichistas que no son nuevas. Los mismos argumentos que hoy repiten los medios de comunicación, ponentes en webinarios académicos o tu cuñado en la cena familiar, son los que a finales de los 90 acompañaron el despliegue de Internet y, una década después, el desarrollo de las redes sociales y las plataformas 2.0.
También entonces depositamos en aquellos sistemas la esperanza para: democratizar la comunicación y conformar una esfera pública más plural, diversa e informada; empoderar a la ciudadanía para una participación política más activa; reducir la brecha digital; educar de forma innovadora y más eficiente mejorando las posibilidades de los estudiantes más desfavorecidos; aumentar la transparencia y la rendición de cuentas de gobiernos y empresas que serían fiscalizadas por la ciudadanía; o la creación de comunidades globales que nos permitieran alcanzar mayor equidad y justicia social.
Sería demagógico afirmar que nada de esto se alcanzó. Evidentemente, Internet y sus aplicaciones, posibilitan la producción colaborativa de conocimiento, permiten comunicarnos con una inmediatez impresionante, articular con personas de cualquier parte del planeta o aprender y divertirnos con memes y videos, entre otras muchas cosas.
Pero si profundizamos el análisis, ¿cuáles de aquellas promesas se cumplieron realmente?, ¿qué hemos logrado transformar estructuralmente?, ¿tenemos sociedades más democráticas y justas o creció la exclusión y la inequidad? Casualmente, la acertada carta del Papa coincidió con dos noticias globales que aportan respuestas concretas a estas preguntas.
Noticia 1: prohibiciones
La primera es que Francia y España, siguiendo los pasos de Australia, prohibirán el uso de redes sociales a menores de 15 y 16 años, respectivamente.3 Esta controvertida medida fue aprobada por mayoría en la Asamblea Nacional francesa –130 votos a favor frente a 21 en contra– y cuenta con el respaldo del 79% de los adultos y de un 67% de los jóvenes que la consideran justificada.
Estas leyes se aprobaron para mitigar los daños, evidentes y probados, que provocan en la salud mental de jóvenes (y adultos): “estas redes sociales prometían conectar, fragmentaron. Prometían informar, saturaron. Prometían divertir, encerraron.”, afirmó una de las diputadas que respaldó la iniciativa.
El presidente español, Pedro Sánchez, anunció que las plataformas como Instagram, Facebook, TikTok, Snapchat, X o Twitch, tendrán que implementar obligatoriamente mecanismos de verificación de la edad de quien accede. De esta forma, aspira a proteger a los menores del “salvaje Oeste digital” donde abunda la pornografía, la manipulación y desinformación, la violencia o los abusos.
Al anunciar las restricciones –que la Unión Europea está estudiando implementar en todos los países miembros porque “enganchan a los niños a algoritmos manipuladores”– Sánchez apuntó contra los “amos del algoritmo”, gobernantes de “Estados fallidos” donde no se respetan legislaciones ni se persiguen los delitos. Y señaló particularmente a uno de estos tecnooligarcas: Elon Musk y su Inteligencia Artificial Grok, investigado por la creación de millones de imágenes pornográficas de mujeres sin su consentimiento: “los directores generales de estas plataformas tecnológicas se enfrentarán a responsabilidades penales por no eliminar contenidos ilegales o que inciten al odio. Se acabó ocultarse bajo el código y decir que la tecnología es neutra”. Sus declaraciones le valieron los insultos de “tirano y traidor” por parte de Musk.
Noticia 2: rentabilidad
La segunda noticia que coincidió con la carta del Pontífice, fue el anuncio del crecimiento exagerado de las ganancias de las Big Tech, alimentado por las inversiones en IA Generativa. Tesla/X, Alphabet, Amazon, Meta, Nvidia, Oracle y Microsoft alcanzaron en 2025 “cifras inéditas” que no solo aumentan su ya inmensa riqueza –los dueños de estas empresas integran la lista de las diez personas más ricas del mundo, en el orden que las citamos– sino que consolidan su descomunal poder. Un poder que les autoriza a insultar presidentes o ignorar leyes.
No. El presidente español, en sus declaraciones, apuntó en la dirección adecuada al recordar que la tecnología no es neutra. Una falacia que, de tanto repetirla, se ha convertido en una especie de virtud teológica tecnocientífica.
Un mito muy útil ya que deriva la responsabilidad sobre quienes usan la tecnología y no sobre quienes la producen: “No son ellos a quienes hay que señalar, sino a esos traficantes que con sus algoritmos crean adicciones. Hay que neutralizarlos”, alegó el diputado francés Rodrigo Arenas, al oponerse a la ley aprobada en su país por creer que culpabiliza a las familias y profesores, cuando son las víctimas de las plataformas.
No existe la “neutralidad técnica”, ni siquiera de objetos sencillos como un martillo o un cuchillo. Desde una concepción instrumental y funcional, ciertamente estos artefactos pueden ser usados para algo bueno o malo. Eso no significa que sean neutras, porque cualquier tecnología está imbuida de valores humanos, empezando por los principios y la visión de mundo de quienes diseñan o financian. En ese diseño influyen también otros factores externos como el contexto social, económico, político.
Por lo tanto, no son solamente herramientas sin implicaciones éticas. Todas encarnan valores, principalmente cuando se integran dentro de un sistema tecnológico más amplio que modela los comportamientos sociales y consolida estructuras de poder.
No hay que perder la fe
El Papa León XIV termina su misiva con una recomendación: ser escépticos y no dejarnos dominar por la ingenuidad. Sin embargo, esa penitencia no implica perder la fe y dejar de creer en la tecnología.
Negar la neutralidad nos permite reconocer que todo desarrollo se rige por ciertas reglas, valores y normas que están presentes en el diseño de los objetos técnicos. Estas especificaciones integran lo que el filósofo canadiense Andrew Feenberg llama el “código técnico”. Este código naturaliza las decisiones de dominación como si fueran puramente técnicas o relacionadas con la eficiencia, neutrales, cuando son profundamente sociopolíticas y económicas. En el caso de las TIC y la IA, este código lo redactan los hombre (blancos, del Norte Global, heteronormativos) más ricos del planeta.
Feenberg, al igual que León XIV, nos invita a un “involucramiento táctico”. Esto significa apropiarse de los “elementos técnicos” para diseñar tecnologías desde otros paradigmas y alejarnos así de los códigos opresores. Solo evaluando seriamente sus impactos sociopolíticos o medioambientales podremos construir tecnologías con un verdadero fin democrático y liberador.
Por ejemplo, los elementos técnicos que permiten las creación de redes sociales se puede regir por un código técnico que favorece los intereses de un personaje como Elon Musk que nos traiciona entregando nuestros datos por varios puñados de monedas de plata o por otro que crea redes libres y diversas como las del Fediverso.4 Y así con cada una de las TIC digitales.
León XIV tiene claro que el código técnico que rige el desarrollo actual de la Inteligencia Artificial no augura un futuro prometedor para la humanidad. Sorprendentemente, su opinión coincide con la de Dario Amodei, que nada tiene que ver con la religión. Amodei es el director ejecutivo de Anthropic/Claude, una empresa fundada por exempleados de OpenIA (ChatGPT) que abandonaron la compañía debido a las polémicas decisiones de su presidente Sam Altman.
En un extenso manifiesto publicado en enero de 2026, Amodei afirma que “la humanidad debe despertar ante los peligros de la IA”5 . Y esboza cinco áreas críticas de riesgo: que la IA escape del control humano; que se use con fines destructivos; que se profundice la exclusión económica y se concentre más la riqueza debido a los cambios en el ámbito laboral que implica esta tecnología; que sea controlada por actores irresponsables y autoritarios concentrando el poder;6 y que no podamos enfrentarnos a los efectos imprevisibles de la IA. Cómo “única solución”, Amodei aboga por legislación y propone una “Constitución de la IA” definiendo claramente qué podrán hacer, y qué no, los algoritmos que rigen su funcionamiento.
Pareciera que la Inteligencia Artificial logró algo impensado: poner de acuerdo a ciencia y religión. Tanto la fe como los postulados científicos coinciden en recomendarnos que evitemos la confianza ingenua y acrítica en la Inteligencia Artificial y en todas las promesas que la rodean. Ojalá como humanidad estemos a la altura de dar respuesta a este desafío sin tener que esperar al Juicio Final.
Notas y referencias
“Los gigantes tecnológicos se enfrentan a un juicio histórico en EE. UU. por acusaciones de adicción a las redes sociales”. Meta, YouTube y TikTok acusados de crear productos intencionadamente adictivos y perjudiciales para los jóvenes. Meta, incluso, es consciente de que muchos de sus anuncios son engañosos o, directamente, estafas. Así lo evidencian documentos internos de la compañía que calculan que el 10% de sus ingresos se obtienen por estos anuncios fraudulentos, unos 15.000 millones de anuncios fraudulentos al día. Sin embargo, evitan tomar medidas porque eso implicaría perder miles de millones de ingresos por publicidad. ︎
Este empeño autoritario por reescribir la historia llevó a Elon Musk a ofrecer millones de dólares a Wikipedia para que cambie su enfoque, acusando a la enciclopedia colaborativa de ser “woke”. Al ignorar su propuesta, Musk anunció su propia alternativa Grokipedia, alimentada por su inteligencia artificial. ︎
Medidas polémicas sobre las que no se ha cerrado el debate pero que tienen su correlato en el mundo fuera de línea con prohibiciones para el acceso de los jóvenes a otros productos dañinos como la venta de alcohol o tabaco o el acceso a las apuestas deportivas. ︎
“Las redes sociales existentes se adaptan mucho mejor al programa iliberal que a un proyecto emancipador. Cuanto más disparatada sea la campaña, cuanto menos dependa de la construcción de lazos políticos sólidos, mejor es la relación entre esfuerzo invertido y resultados. Dedicando una hora al día a Twitter puedes convencer a millones de que la Tierra es plana y de que Hillary Clinton participa en una red de pedofilia satánica en una pizzería de Washington. Hacen falta vidas enteras de huelgas y asambleas para convencer a la gente de que el jefe que los explota es un explotador”, afirma el sociólogo César Rendueles en su último libro titulado “Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia”. ︎
Hace dos años ya publicó otro con bastante repercusión sobre los posibles ámbitos donde impactaría la IA. ︎
Durante cuatro encuentros, entre julio y septiembre de 2025, docentes y estudiantes exploraron herramientas digitales libres, reflexionaron sobre el uso de datos y experimentaron con producción de contenidos en audio y video. Todo el proceso estuvo acompañado por materiales pedagógicos, asistencia técnica —presencial y virtual— y una metodología participativa que promovió el aprendizaje colectivo.
La experiencia culminó con la creación conjunta de un video grupal y una serie de podcasts, resultado del trabajo colaborativo entre estudiantes y docentes, y evidencia del potencial transformador de una educación digital crítica, inclusiva y participativa.
El próximo objetivo de las organizaciones participantes en la iniciativa sería replicar la experiencia en otras escuelas de la región y escalarlo para que sea incorporado en la política pública de educación en distintos países de América Latina y el Caribe.
El podcast de la experiencia
El Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO) ha producido este audio sobre la experiencia que puedes descargar y transmitir por tu radio para que se conozca este interesante laboratorio de alfabetización tecnológica crítica. Hay testimonios de organizadores, docentes y estudiantes involucrados. ¡Quizás, al escucharlo, alguna otra escuela se anima a implementarlo!