La Agencia Espacial Europea (ESA) y la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA) han puesto en órbita la misión conjunta SMILE (Solar wind Magnetosphere Ionosphere Link Explorer), diseñada para estudiar la interacción entre el viento solar y la magnetosfera terrestre. Sin embargo, el lanzamiento, ocurrido en 2025 a bordo de un cohete chino, marca el final de una década de cooperación estratégica y, según fuentes de la ESA, ambas agencias tomarán caminos separados en el futuro inmediato.
La misión, de clase media con un presupuesto cercano a los 300 millones de euros, integra instrumentos científicos europeos con una plataforma satelital china. Aunque las operaciones científicas se mantendrán conjuntas durante la fase de explotación de datos, no existen nuevos proyectos bilaterales en el horizonte, según explicaron portavoces de la ESA el 3 de junio de 2026.
Presiones geopolíticas y apuesta por la autosuficiencia
El distanciamiento responde a dos factores clave. Por un lado, las restricciones del reglamento ITAR estadounidense dificultan la transferencia de tecnología sensible entre socios occidentales y China. Por otro, Pekín ha priorizado su autonomía espacial con programas como las misiones lunares Chang’e y la estación orbital Tiangong, reduciendo su dependencia de colaboraciones externas.
La cooperación con China fue productiva, pero las prioridades estratégicas de ESA y CNSA ahora divergen, señalaron fuentes de la agencia europea.
El caso de SMILE ilustra cómo la geopolítica espacial está redefiniendo alianzas. Mientras la ESA refuerza sus vínculos con la NASA y apuesta por misiones como Copernicus o Galileo, China consolida su propio ecosistema espacial, con hitos como la recogida de muestras lunares o la ampliación de su estación orbital. El final de la cooperación con SMILE no implica una ruptura abrupta, pero sí el inicio de una etapa en la que europeos y chinos trazan trayectorias paralelas pero separadas.