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Educadas en la pederastia

Por: Patricia Simón

Este artículo forma parte del dossier ‘Pederastas’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.


Stepfather y stepdaughter son dos de las temáticas más demandadas en las webs de pornografía, según los datos publicados anualmente por una de las más importantes, Pornhub. Padrastro e hijastra en español, subterfugios para evitar el concepto que realmente evocan, el incesto. Es decir, una de las construcciones del deseo más demandadas por los consumidores de pornografía a nivel global es aquella en el que niñas, adolescentes y jóvenes son violadas por un adulto en posición de superioridad, que, además, es pareja de sus madres, y que en realidad, representan el rol de sus hijas. Es decir, la representación de una de las violencias pederastas que más afectan a las menores en todo el mundo –aquella que ejerce un adulto de su entorno familiar y social más estrecho– engrasa uno de los negocios más lucrativos reproduciendo un modelo de la sexualidad violento y basado en el poder sobre los menores, las personas más vulnerables –en el porno, son una minoría las escenas que representan una sexualidad libre, igualitaria, segura y consentida–.

En el caso del incesto, los vídeos se dividen, mayoritariamente, en dos tramas: el sometimiento de la menor contra su voluntad o, por el contrario, la seducción del hombre que, pese a sus reparos, no se puede resistir a la tentación de la menor. El binomio desde el que tradicionalmente se nos ha leído a las niñas y mujeres: víctimas perfectas o pérfidas manipuladoras. En estas producciones, las actrices deben ser mayores de edad porque, de lo contrario, las empresas estarían incurriendo en un delito de trata de menores para la explotación sexual. Por ello, eligen a las que tienen rostros más aniñados y cándidos, y suelen obligarlas a depilarse totalmente el pubis, algo que se ha extendido a buena parte de las actrices porno. Es decir: el aspecto predesarrollo menstrual como cenit de lo deseable. Y todo ello, presentado como manifestaciones de la juventud, un concepto que en el imaginario sexual masculino abarca la década de la veintena, suele extenderse hasta la barrera legal de los 18 años, y otros, muchos, a la fantasía de los «15 años tiene mi amor», como escuchamos cantar durante décadas al Dúo Dinámico. En España, sólo desde 2015 la pederastia incluye relaciones con menores de 16 años. En Francia, el límite se establece en los 15, en Alemania en los 14 y en Argentina baja hasta los 13.

La mayoría de las nacidas en los años 80 ya no crecimos cantando «las niñas bonitas no pagan dinero» pero sí inauguramos la adolescencia asumiendo que entrábamos en las discotecas gratis porque la mercancía éramos nosotras: un reclamo para los chicos adolescentes y, también, para hombres adultos que podrían haber sido nuestros padres. Probablemente para entonces ya habíamos escuchado más de una vez aquello de «donde hay pelito, no hay delito» y nos habría dado tiempo a normalizar que, desde que nos desarrollamos, familiares y amigos de nuestros padres empezaran a sexualizarnos con la mirada, hacer comentarios sobre nuestro cuerpo y bromear o preguntar por los novios. Algo que sigue ocurriendo hoy exactamente igual. Con la diferencia de que por entonces, nuestras experiencias vitales eran legitimadas por la narrativa de buena parte de los productos audiovisuales que consumíamos.

En 1990, se estrenaba Pretty Woman, una cinta en la que Richard Gere interpretaba a un putero multimillonario de 40 años que sacaba de la calle a una prostituta de 22. En 1994, se estrenó en todo el mundo Mi padre, qué ligue. Considerada una comedia para mayores de siete años, retrata la envidia y la admiración que despierta la relación de pareja que, supuestamente, mantienen un Gérard Depardieu de 41 años y una Katherine Heigl de 14 durante unas vacaciones en una isla. La cinta es una versión norteamericana de la misma historia estrenada tres años antes en Francia, con gran éxito, y también protagonizada por el actor galo. En realidad, son un padre y su hija que se hacen pasar por pareja, y si entonces su visionado provocaba preguntas incómodas entre el público adolescente que la veíamos, hoy resulta nauseabunda –y eso, sin tener en cuenta las condenas y acusaciones por abusos sexuales contra Depardieu–.

Un lustro después, inauguramos los 2000 con una de las películas más taquilleras de la década, Otoño en Nueva York. Protagonizada por Richard Gere, de nuevo, y Winona Ryder, idealizaba una relación entre un hombre de 48 años con una joven de 22. Una diferencia de edad de 26 años no era algo excepcional en aquella época en la que, en la televisión, también veíamos cómo jóvenes modelos como Sofía Mazagatos o Mar Flores conseguían el marchamo de respetabilidad cuando se emparejaban con empresarios y aristócratas, al menos, 20 años mayores que ellas.

Cuando accedimos a la considerada cultura elevada, descubrimos que el director más venerado por la intelectualidad europea estaba casado con una de sus hijastras y denunciado por abusos sexuales por parte de otra de ellas. Woody Allen hizo pública su relación con Soon-Yi Previn en 1992, cuando ella cumplió 21 años, él, 57, y cuando Dylan Farrow denunció que sufrió sus agresiones sexuales. Tenía siete años y el caso nunca se resolvió.

En 2010, el escritor y agitador ultra Sánchez-Dragó publicó una biografía en la que se jactaba de haberse acostado con dos niñas de 13 años en Japón, admitiendo en público lo que no era sino una violación. Casi al mismo tiempo, en Telemadrid, el polemista Salvador Sostres se guaseaba sobre su preferencia por «las vaginas que no huelen a ácido úrico». Y en los carnavales, la fiesta donde tenemos licencia para ser otras personas, las niñas y las mujeres nos encontramos, entonces y ahora, con que el uniforme de colegiala sigue considerándose como un disfraz sexy y vendiéndose como tal no solo en los bazares, sino también en los sex shops. Para que el look sea total, dos trenzas o coletas. De hecho, Francia y la UE están investigando al gigante chino Shein por vender muñecas penetrables con aspecto infantil. Y en la cuna de la Ilustración cada vez salen más libros y documentales protagonizados por supervivientes de depredadores sexuales de la élite intelectual y artística del país, violadas sistemáticamente cuando eran niñas, a menudo con el conocimiento de progenitores y círculo social.

El multimillonario pederasta Jeffrey Epstein entendió que no había método más eficaz para atraer a empresarios, políticos, aristócratas e intelectuales de todo el mundo que ofreciéndoles mujeres jóvenes y niñas para su explotación sexual. Según declararon los demócratas Jamie Raskin y Ro Khanna y el republicano Thomas Massie tras revisar en el Departamento de Justicia algunos de los documentos que no se han hecho públicos, habría referencias a víctimas de hasta 9 años explotadas por funcionarios de alto nivel de un gobierno .

Epstein sabía que el concepto de jóvenes en el mercado del sexo es un concepto líquido, resbaladizo, interpretable y subjetivo que puede abarcar desde los señores diligentes que esperan que las ‘piezas de la cacería’ cumplan o superen la mayoría de edad para preservar su respetabilidad hasta quienes claramente entran en la categoría de pederastas. En medio, un abanico infinito de manipulación psicológica, oprobios, abusos y violencias físicas, psíquicas y sexuales que aún estamos aprendiendo a identificar y nombrar. Y sobre todo, el abismo de asumir que la mayoría de los victimarios no son multimillonarios ni pobres desconocidos, sino padres, padrastros, abuelos, tíos, profesores, entrenadores, vecinos y amigos de la familia. Hombres normales educados, como nosotras, en un sistema cultural correosamente pederasta.

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La brecha de género tras el consenso sobre prostitución y pornografía en España

Por: Ana Ordaz / Democráter

Actualmente, en la sociedad española existen amplios consensos sobre la percepción de la prostitución y la pornografía. Como que la mayoría de la población considera que la primera supone una forma de violencia hacia las mujeres, y que la segunda la fomenta. Así se desprende de un reciente estudio del Ministerio de Igualdad elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

La encuesta sobre la percepción de la prostitución en España arroja gran cantidad de información y revela que existe una sensibilidad y una conciencia social sobre esta realidad. Por ejemplo, la ciudadanía percibe la prostitución como un fenómeno estrechamente vinculado a la vulnerabilidad socioeconómica y a la violencia. Sin embargo, al analizar los datos por sexos y comparar las respuestas de hombres y mujeres, aparecen los matices.

Amplio consenso, pero con matices

Es el caso de la batería de preguntas relacionadas con la percepción de la pornografía. A nivel general, el 43,5% de la población está «muy de acuerdo» con que la pornografía fomenta la violencia hacia las mujeres –esta cifra asciende al 72% si se suman a quienes respondieron estar «bastante de acuerdo»–; sin embargo, hay más de 18 puntos de diferencia entre la respuesta de los hombres (un 34%) y la de las mujeres (un 52%).

Algo similar ocurre al preguntar si la pornografía es una forma saludable de explorar la propia sexualidad: la negativa a esta afirmación es contundente; pero mientras que el 64% de las mujeres declara estar «nada de acuerdo» con esta afirmación, esta cifra en hombres cae al 44%, 20 puntos porcentuales menos.

La población se divide casi en un 50-50 a la hora de valorar si la pornografía transmite que violar a una mujer puede ser excitante, pero las percepciones por género varían notablemente. Más de la mitad de las mujeres (el 55%) está muy o bastante de acuerdo con esta afirmación, pero en hombres esta proporción cae 11 puntos, hasta el 44%. La distorsión es aún más llamativa si nos fijamos sólo en quienes responden «muy de acuerdo»: el 37% de las mujeres frente al 23% de los hombres.

Brecha de género en las respuestas

Lo mismo ocurre en la batería de preguntas sobre la prostitución. Por ejemplo, parece existir consenso social en que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres (así lo afirma el 69% de la población). Y, aunque existe un 21% de mujeres que declara estar poco o nada de acuerdo con esta afirmación, este porcentaje es del 35% entre los hombres: es una diferencia de 14 puntos porcentuales.

En la misma línea, el 28% de los hombres considera que la prostitución es un trabajo como otro cualquiera, una percepción que sólo comparte el 17% de las mujeres. Por otro lado, un 23% de los hombres entiende que prostituirse es una forma de ejercer la libertad sexual, frente al escaso 13% de las mujeres que están muy de acuerdo o bastante de acuerdo con esta idea. Como en el gráfico anterior, todas las respuestas se pueden consultar al detalle a continuación.

Otra divergencia llamativa entre las repuestas de hombres y mujeres la encontramos a la hora de valorar que un hombre de nuestra familia pague por sexo. En general, la sociedad española muestra un rechazo mayoritario: al 63% le parecería mal frente a un residual 2% que se mostraría de acuerdo, si bien un tercio de la población se mostraría indiferente.

Pero, al analizar los datos por sexos, encontramos que mientras que al 71% de las mujeres les parecería mal que un hombre de su familia pagase por mantener relaciones sexuales, los hombres se muestran más tolerantes, y este rechazo es del 54%: no es una desviación menor, se trata de una diferencia de 17 puntos.

Tampoco coinciden las percepciones de hombres y mujeres sobre las razones por las que los hombres pagan por sexo. Las respuestas aportadas al CIS revelan que, mientras que los hombres consideran mayoritariamente que lo hacen «para satisfacer sus necesidades sexuales» (43%), casi la mitad de las mujeres (el 49%) opinan que es «para realizar prácticas o cumplir fantasías que otras mujeres no aceptan».

Del mismo modo, los hombres aluden que «no conocen a mujeres que quieran tener sexo con ellos» en un 30% de las respuestas, frente al 21% de las mujeres que esgrimen este motivo. Pero, sin duda, una de las mayores disonancias la encontramos en la razón «para sentir que dominan la relación sexual»: sólo el 12% de los hombres menciona este motivo, pero es señalado por el 26% de las mujeres.

Prostitución 2.0

También encontramos interesantes brechas de género en las respuestas relativas a las plataformas digitales de contenido íntimo y sexual. El 65% de los hombres conoce plataformas como OnlyFans o JustForFans, 10 puntos porcentuales más que las mujeres. Y, sin embargo, el 10% de las encuestadas conoce a alguien de su entorno que se dedica a la creación de este tipo de contenidos, frente al 6% de los hombres.

En cuanto a si pagar por contenidos íntimos y sexuales en este tipo de plataformas puede considerarse prostitución, de nuevo encontramos una respuesta generalizada (el 71% de la población considera que sí), pero con matices por sexos: el 78% de las mujeres afirma que se trata de una forma de prostitución; en hombres, esta respuesta es del 63%. Una diferencia de 15 puntos porcentuales.

A la vista de las respuestas ofrecidas por los encuestados a lo largo del estudio, podría deducirse que, en general, la sociedad española ha progresado en su percepción, conciencia y sensibilidad hacia las complejas realidades de la prostitución y la pornografía. Sería muy interesante contar con series históricas a través de la cuales estudiar dicha evolución, así como con otras encuestas con las que poder comparar los datos. Lamentablemente, no existen demasiadas fuentes actualizadas sobre el tema.

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