Me gustaría contestar que no, con rotundidad. Pero la verdad es que no estoy seguro. No creo que Vox ofrezca mejores respuestas a los problemas de esta generación, pero conviene tomarse en serio qué hace que su discurso resulte tan atractivo para una parte de los jóvenes, especialmente varones, que crecen entre precariedad, expectativas bloqueadas y hartazgo político.
No, la juventud no ha girado en bloque hacia la ultraderecha. Al contrario: una parte importante de la juventud ha demostrado una enorme capacidad de movilización en el feminismo, la lucha climática y la defensa de derechos. Lo veo en mis clases en la universidad: hay conciencia social y preocupación por el futuro. Precisamente por eso, la pregunta es qué proyectos políticos están sabiendo capitalizar las preocupaciones de la gente joven.
¿Qué tiene la propuesta de Vox para explicar su crecimiento? Desde la Psicología Social, la pregunta no es solo qué propone Vox, sino qué función cumple su discurso: qué identidad ofrece, qué amenaza construye y hacia dónde dirige la frustración. Empecemos por lo que no es. Vox se ha presentado en las últimas elecciones de Andalucía, Aragón, Extremadura y Castilla y León con un discurso casi idéntico y, en algunos casos, con candidatos poco conocidos. Esto permite descartar que su éxito dependa de una lectura precisa de los problemas concretos de cada territorio. Sus grandes temas son siempre los mismos: inseguridad, inmigración, antifeminismo, familia tradicional, “sentido común”, “los nuestros”. Vox no tiene una propuesta técnica y razonada de solución de problemas; ofrece una explicación emocionalmente eficaz del malestar de toda una generación: quién soy, quién me amenaza y contra quién debo dirigir mi frustración.
El acceso a la vivienda, la precariedad laboral, la pérdida de expectativas, el deterioro de los servicios públicos o la dificultad para emanciparse son problemas estructurales y complejos. Vox los traduce a una narrativa simple: “Te han quitado algo que era tuyo”. Frente a la frustración o la incertidumbre ofrece culpables fáciles de identificar y la promesa de recuperar un orden perdido. La ultraderecha traduce el malestar social en una gramática de competencia y agravio: “Si otros ganan, tú pierdes”.
¿Y quién es ese “nosotros” del discurso ultra? La gente normal, los españoles, los trabajadores, las familias, el campo, quienes cumplen; frente a la población migrante, las feministas, las élites progresistas, los okupas, “los que viven de las subvenciones”, los “MENAS”. Esa frontera organiza su discurso y también modela la percepción de la realidad: cuando el mundo se lee en clave de “nosotros” vs. “ellos”, una ayuda social, una beca o una lista de espera dejan de verse como derechos y pasan a interpretarse como privilegios concedidos a colectivo que no se lo han ganado. Aquí está una de sus claves: junta la amenaza material y la amenaza simbólica. Además de decirnos “te quitan recursos”; añaden “también te están quitando tu mundo”. Cuando una persona joven no encuentra un horizonte claro, Vox le ofrece un bando desde el que sentirse reconocida y luchar por lo que supuestamente le han arrebatado.
En contextos de crisis, cambio social acelerado o inseguridad vital, el discurso ultra conecta con la necesidad de orden, control y certezas. Vox convierte la incertidumbre en nostalgia de un orden pasado. Esa tradición perdida aparece como refugio cuando el futuro no ofrece garantías. Otro giro eficaz es presentar posiciones conservadoras como si fueran transgresoras. Ser antifeminista o antiinmigración aparece como “atreverse a hablar claro”. Han logrado que la rebeldía cambie de bando.
Esto conecta especialmente con gran parte de los varones jóvenes. Vox ofrece una explicación cómoda: si te sientes desplazado, no es solo por la precariedad o la falta de futuro, sino porque “otros” han avanzado demasiado. El antifeminismo ofrece a muchos varones jóvenes una explicación de su pérdida de estatus y funciona como una pedagogía del agravio: convierte la igualdad en amenaza y transforma el desconcierto masculino en identidad política. “El problema es el feminismo”, “ya no se puede decir nada” o “los hombres están desprotegidos” suenan con enorme eco en una generación cansada y sin garantías de futuro.
Otra clave de la eficacia de Vox es la exclusión como gestión razonable. “Prioridad nacional” suena a criterio; “proteger a los nuestros” o “controlar las ayudas” suenan a responsabilidad y eficiencia. Su éxito está en legitimar desigualdades como si fueran criterios de gestión.
Por eso no se combate solo con datos. Si el discurso de Vox cumple funciones de identidad, pertenencia, autoestima, orden y control, la información no basta. Hay que disputar el marco emocional y ofrecer otros relatos de pertenencia, futuro, masculinidad, comunidad y derechos. Además, el choque frontal puede activar una postura defensiva y fomentar la polarización. Si hemos llegado a no poder hablar de política en casa o entre amistades, es que algo hemos hecho mal.
La respuesta democrática tiene que hacer tres cosas a la vez: nombrar mejor los problemas reales, ofrecer soluciones viables y construir vínculos, pensamiento crítico y límites frente al odio. Los medios de comunicación deberían dejar de actuar como amplificadores involuntarios del marco ultra: menos tertulias de alto voltaje, titulares virales y fragmentos descontextualizados; más entrevistas en profundidad, programas de debates en los que no se llegue a exabrupto o espacios temáticos con reportajes de largo alcance.
Los partidos democráticos tampoco deberían confundir hablar a jóvenes con imitar sus formatos. Estar en TikTok no es hablar el idioma de una generación si el contenido no responde a sus problemas. También deberían revisar el tono: la crispación permanente, el insulto personal y la teatralización del conflicto educan en el enfado y hacen más habitable el terreno de la ultraderecha.
También necesitamos educación democrática: enseñar a distinguir entre causa estructural y chivo expiatorio: cómo se fabrican los enemigos, cómo se manipula el miedo y cómo la frustración se convierte en prejuicio. En familia se pueden favorecer conversaciones, compartiendo y respetando diferencias y poniendo límites sin humillar. Y las amistades también importan: la ultraderecha se normaliza en bromas, memes y silencios en grupos de WhatsApp. Poner límites en estas situaciones es cuidar las normas mínimas de convivencia.
Creo que la respuesta democrática debe ser firme con el odio y cuidadosa con el malestar. Si hoy tuviera 20 años, probablemente me vería atraído por el discurso de Vox porque me sentiría enfadado y lejos de alcanzar una vida digna. Precisamente por eso, me gustaría encontrar una democracia capaz de ofrecerme algo más que miedo, nostalgia y culpables. La pregunta que nos debemos hacer no es solo por qué muchos jóvenes escuchan a la ultraderecha, sino qué sociedad queremos construir para que su promesa deje de parecer una salida.
Rubén García Sánchez. Doctor en Psicología. Coordinador del Máster en Intervención Psicosocial y Comunitaria. Docente e investigador del Dpto. de Psicología Social y Metodología de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid.
La entrada Si tuviera 20 años hoy, ¿me sentiría atraído por el discurso de Vox? se publicó primero en lamarea.com.


