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Dron ucraniano abre un agujero en la central nuclear de Zaporozhie, la mayor de Europa

Por: C. Vasallo

Un dron ucraniano impactó el pasado 30 de mayo en el edificio de la sala de máquinas de la sexta unidad de potencia de la central nuclear de Zaporozhie, la mayor de Europa y actualmente bajo control ruso. El ataque, que no provocó víctimas ni fugas radiológicas inmediatas según las autoridades locales, sí causó daños estructurales en una zona sensible de la instalación.

El director general de la corporación estatal rusa Rosatom, Alexéi Lijachov, confirmó el impacto y detalló que «se abrió un agujero en la pared» del edificio. La central, ubicada en el sureste de Ucrania, ha sido objeto de ataques recurrentes desde que las fuerzas rusas tomaron su control en marzo de 2022, avivando el temor a una catástrofe nuclear en plena guerra.

Un riesgo constante bajo fuego cruzado

El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha alertado en repetidas ocasiones sobre la vulnerabilidad de la planta, cuyos reactores requieren un suministro eléctrico externo constante para mantener los sistemas de refrigeración. Aunque este último ataque no afectó a los reactores —la sala de máquinas alberga turbinas y generadores, no el núcleo nuclear—, la proximidad del impacto a infraestructura crítica eleva la preocupación. «Cada incidente incrementa el riesgo de un accidente grave», advirtió el OIEA en su último informe.

El jefe de la administración rusa de la central, Yuri Chernichuk, declaró a la agencia Sputnik que el dron ucraniano había sido «neutralizado» antes de alcanzar su objetivo, pero el impacto directo contradice esa versión. Las autoridades prorrusas han denunciado que Ucrania utiliza la central como «escudo humano» y que los ataques buscan desacreditar la seguridad de la instalación. Kiev, por su parte, acusa a Rusia de utilizar la planta como base militar y de realizar sus propios bombardeos para culpar a Ucrania.

El incidente se produce en un contexto de intensificación de las hostilidades en la región de Zaporiyia, donde las fuerzas ucranianas han lanzado ofensivas para recuperar territorio. El Ministerio de Defensa ruso informó que derribó otros seis drones sobre la provincia en las últimas 24 horas, sin precisar si alguno de ellos se dirigía a la central. La comunidad internacional ha instado a ambas partes a establecer una zona de seguridad alrededor de la planta, algo que hasta ahora no se ha concretado.

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El superpoder de los miserables

Por: José Ovejero

5 de mayo

En una entrevista que hace un diario berlinés a una escritora ucraniana leo que en su país en todas las carreras universitarias hay que estudiar una asignatura de literatura y lengua ucranianas. No me imagino la reacción de los estudiantes españoles, pongamos de Medicina o Física, si les obligasen a estudiar –y examinarse– de literatura y lengua castellana; o catalana; o gallega.

Tampoco estaría mal, aunque por otros motivos, que quienes estudian Filosofía o Literatura o Filología tuvieran que aprobar una asignatura de Ciencias Naturales.


6 de mayo

Creo que fue la noche antes de que Héctor Abad Faciolince saliese de viaje, que le llevaría primero a Grecia y después a Ucrania, cuando cenamos juntos en un restaurante, con un pequeño grupo de amigos. Hicimos algunas bromas tontas sobre su arriesgado viaje –probablemente no valorábamos de verdad ese riesgo– y pocos días después recibimos la noticia de que había estado a punto de morir por un misil ruso que cayó en un pizzeria de Kramatorsk en la que cenaba. Acabo de empezar a leer el libro en el que relata este hecho, Ahora y en la hora, pero antes he acabado el que estaba escribiendo Victoria Amelina, con quien Héctor compartía una mesa en el restaurante: Looking at women looking at war. Como es sabido, Héctor resultó herido y Amelina murió en el ataque.

En el libro de Amelina leo:


No hay reglas claras para sobrevivir durante una guerra. Puedes obedecer todas las recomendaciones, acudir a los refugios antiaéreos en su momento, llevar contigo un botiquín de emergencia, intentar evacuar, y que aun así te maten.

No hay reglas para sobrevivir, pero sí las hay para vivir. Estaba en nuestra mano salvar un escarabajo, cruzar las calles desiertas con el semáforo en verde, ser amables, ser elegantes y ser humanos.


Amelina se esfuerza por vivir según esas reglas, un empeño que la lleva a investigar crímenes de guerra jugándose la vida, a ayudar a evacuar a personas en peligro y a intentar vivir cada día esforzándose por preservar esa humanidad que siempre corre el riesgo de desaparecer durante una guerra.

Se lee el libro con el corazón en un puño: no solo por las atrocidades que describe sin ningún tipo de efectismo; tampoco solo por las historias que va transmitiendo de todas esas mujeres que en muchos casos son víctimas de la guerra pero también protagonistas de alguna forma de resistencia, desde la que empuña un arma y lucha en el frente contra los invasores rusos a la que intenta preservar una biblioteca de la destrucción. Si resulta un libro doloroso en cada página es porque vas leyendo las luchas y las ilusiones, también los miedos, de esa mujer que sabes acabará muriendo jovencísima asesinada en un ataque ruso. Cuando habla del futuro tú ya sabes que no llegará.

En la última anotación del libro, escrita un par de meses antes de morir, dice:


…sencillamente, he dejado de tener miedo a la muerte. Incluso imagino que todas las mujeres sobre las que escribo se reúnen en mi funeral (…) Pero entonces recuerdo que todavía tengo que terminar mi libro, ver a mi hijo crecer e incluso unirse al ejército en unos años.


No acabará el libro, no verá crecer a su hijo –que ha dejado a salvo en Polonia–, no verá liberado su país de los agresores rusos ni volverá a ver a esas mujeres resistentes de las que escribe con admiración y amor.

Ahora seguiré leyendo el libro de Héctor, y buscaré algún otro de esta mujer entrañable y admirable.


Llevo un par de años leyendo sobre todo ensayos sobre la historia y la cultura europeas del siglo XX. La sensación más hiriente de estas lecturas es que rara vez nos damos cuenta de que lo excepcional es que no estemos gobernados por cómplices de asesinatos, torturas, secuestros; bien por impotencia –han de someterse a otros gobiernos más poderosos–, bien porque les parece que son medios necesarios en el día a día de la política internacional –para proteger intereses económicos o promover un determinado reparto de poder, cosas que a menudo van de la mano–. Está de más decir que ahora mismo no estamos en uno de esos momentos excepcionales.


7 de mayo

Algo que dice Victoria Amelina en su libro y que no se me va de la cabeza es que los articulistas sumisos que trastocan la verdad para agradar al poder –y para lucrarse– son responsables de la invasión y agresión rusas. Ellos, con sus mentiras, con sus bulos, con sus agresiones verbales, preparan el terreno a los misiles y blanquean los asesinatos.

Pienso en nuestros periodistas más deleznables, que generan el odio a los inmigrantes y a los homosexuales, o/y niegan la violencia de género, y pienso: son ellos los primeros responsables de agresiones y muertes, son ellos los que transforman a los más vulnerables en peligrosas amenazas. Pero a ellos las consecuencias les dan igual.

La indiferencia es el superpoder de los miserables.

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Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego (y 4)

Por: Unai Aranzadi

Un anciano se baja de una vieja marshrutka (minibús), se pone un gorro, unos guantes y una espesa bufanda de lana hecha por su mujer, quien le espera en casa. Una vez abrigado, se hace la señal de la cruz, desprende la cuerda de un pequeño trineo en el que carga dos cajas con víveres e inicia un camino a pie hacia el río Konka, en un paraje desolado, con nieve, sin gente. Una deshilachada red antidrones protege parte de su próximo recorrido. Se ha bajado en la última parada de la marshrutka que va de Kushuhum en dirección a Malokaterynivka, dos asentamientos rurales del sur de Zaporiyia, la ciudad de medio millón de habitantes, industrial y levantada por cosacos a orillas del río Dniéper, que da nombre a toda esta provincia.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Alexander carga su trineo en dirección a Malokaterynivka. UNAI ARANZADI

La ruta de este ucraniano valiente es la de tantas otras personas que, por pura necesidad, han de jugarse la vida para salir de casa a por medicinas, comida y útiles que les ayuden a superar este invierno, uno de los más fríos que por estos pagos se recuerdan. Son por lo general hombres de más de 60 años y, por lo tanto, libres de ser reclutados para combatir a los invasores rusos, que en este caso se encuentran extremadamente cerca, dando lugar a esa cruel paradoja que es librarte de ser enviado al frente, al tiempo que el frente te es enviado a ti. Asimismo, las mujeres, igualmente audaces y maduras, visten con abrigos acolchados y cargan con las icónicas bolsas de croché soviéticas, a las que en su juventud llamaban avoska, que en ruso significa “por si acaso”, esto es, una malla de rejilla que vacía apenas ocupa espacio y toda señora portaba en su bolso para cuando surgiese la oportunidad de llevarse algún producto de las tiendas de comestibles oficiales.

Según la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, en este año 2026, hay 10,8 millones de personas que necesitan ayuda humanitaria, de los cuales 3,7 se encuentran desplazadas en el interior del país. Sin embargo, ¿qué sucede con aquellas personas que deciden no ser evacuadas de las zonas de combate y quedan alejadas de los puntos donde se distribuye la ayuda humanitaria? Este es el caso de la población del sur de Kushuhum, y más concretamente, del asentamiento de Malokaterynivka. Para Maxim, chófer de la última marshrutka que más se está acercando a este lugar, su servicio es tan imprescindible como arriesgado. “Es una cuestión difícil la de decidir si seguimos brindando el servicio de transporte público o no. Por un lado, sabes que tú eres la única conexión que les queda con el mundo, pero por otro también sabes que acercarte aquí te puede costar la vida. De modo que cuando la situación se hace insostenible, vamos reduciendo paradas. De momento salimos de la ciudad de Zaporiyia hacia Kushuhum. Son 9 kilómetros arriesgados. Lo asumimos. Pero los siguientes 4 o 5 kilómetros más al sur, hacia el asentamiento de Malokaterynivka, ya suponen una situación mucho más extrema. Los drones y la artillería son permanentes. Lo siento, pero no podemos hacer el trayecto completo, así que la gente se baja y recorre los últimos kilómetros a pie hasta sus casas”, se lamenta.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
La carretera de Zaporiyia a Malokaterynivka protegida por una red antidrones. UNAI ARANZADI

Una de esas personas que se bajan en la última parada de la marshrutka, se santiguan, arropan o cargan cajas sobre trineos antes de emprender una marcha a pie, camino al asentamiento de Malokaterynivka y el río Konka, es Alexander, un hombre de 53 años prematuramente desgastado por la pobreza y la guerra. Tal y como aconseja antes de iniciar la marcha, “lo importante es andar rápido y mejor solo que en grupo. Aunque lo más peligroso es en coche. Si ven uno, atacan seguro”, señala mientras prepara su trineo junto a otras dos personas que también se han bajado de la marshrutka y están a punto de iniciar un escalofriante recorrido hasta sus viviendas.

Por el camino Alexander se cruza con Sergei y Denis, dos soldados pertrechados con pistola en el pecho, fusil de asalto en el hombro izquierdo y escopeta de postas en el derecho. Caminan lentamente mirando hacia el cielo con el casco bien calado y un chaleco antibalas que no solo los protege de la metralla, sino también del frío. Consultados por las condiciones de seguridad y la presencia de unas tropas rusas que ya se encuentran al otro lado del río Konka, los soldados advierten sin entrar en muchos detalles: “Sí, están allí, lo que es peligroso porque con sus drones llegan aquí en menos de cinco minutos. Sin embargo, hay más problemas…”. Y efectivamente los hay. Tal y como reportan los últimos informes del Ministerio de Defensa ucraniano, la poca profundidad de los ríos que rodean a esta comunidad, han permitido a las fuerzas armadas rusas llevar a cabo incursiones que, si bien no han prosperado, indican lo que podría ser un futuro asalto a este suburbio de Zaporiyia, y por ende a la propia capital de la provincia, situada a unos 12 kilómetros de este punto.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Dos soldados patrullan la carretera de Malokaterynivka. UNAI ARANZADI

El suburbio de Malokaterynivka, ubicado en la orilla norte del río Konka, y última barrera natural de los ucranianos con la que hoy se topa el ejército ruso antes de la ciudad de Zaporiyia, se encuentra separado de las posiciones rusas por los 2.000 metros de agua que dividen ambas márgenes de este afluyente del río Dniéper. “Los rusos están al otro lado del río, en la localidad de Prymorske. Es por eso por lo que este servicio de la marshrutka está a punto de desaparecer”, explica Ludmilla, una mujer que regresa de casa de un tío suyo, aislado por la crudeza del invierno y las dificultades de movilidad propias de su avanzada edad. “Todo el sur de Zaporiyia –continúa– y más aún este lugar donde estamos, al sur de Kushuhum, es ya un escenario de guerra abierta en el que quedan muy pocas personas viviendo”. Preguntada por si existen servicios que asisten a estos ancianos que no quieren abandonar sus hogares, Ludmilla responde que hay organizaciones humanitarias que se acercan en vehículos blindados, pero, según explica, sus visitas son ya muy puntuales, “pues la gran evacuación de gente se produjo hace meses”.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
El centro de Kushuhum protegido por una red. UNAI ARANZADI

Siguiendo el camino hacia el sur, en dirección a Malokaterynivka, se llega a un cruce en el que se yergue un edificio desconcertante. Rodeado de mallas metálicas para evitar el impacto directo de los drones, esta singular construcción de ladrillos es el último negocio que permanece abierto antes de llegar a la zona desde donde dispara la artillería ucraniana. Con un letrero colgando, luces de discoteca y un porche que hace las veces de sala de fiestas, el local acoge en su interior a dos mujeres en estado de embriaguez tratando de hacer sonar un destartalado equipo de sonido al tiempo que se escuchan algunas detonaciones de fondo. A su alrededor se esparcen decenas de botellas de vodka vacías, ceniceros atestados de colillas y la certeza de que la guerra ha agravado problemas sociales como el del alcoholismo y las drogadicciones. De acuerdo con el último informe mundial sobre drogas de la ONU, la producción de estupefacientes sintéticos, así como de cannabis, ha sufrido un claro incremento desde el inicio de la invasión rusa en febrero del 2022. A esto se suman otros desafíos, como el de la depresión y la ansiedad que sufren, no solo los civiles sino también los militares. Para la sociedad ucraniana no es ningún secreto que muchos soldados que regresan de primera línea con estrés postraumático recurren a las drogas, como tampoco lo es el hecho de que en el propio frente se consumen más que nunca. No en vano, un estudio de la ONG Life Rivne Network indica que un 38% de los soldados ucranianos admiten haber consumido anfetaminas para sobrellevar la fatiga de combate y marihuana –e incluso opioides– para los momentos de descanso. Tal y como apuntan muchas de las personas con las que se comparte esta preocupación, los sueldos de los soldados han tenido, sin quererlo, algo que ver en todo esto. Si el salario mínimo de un trabajador no supera los 170 euros en la Ucrania del 2026, el de un soldado puede multiplicar esa cifra por 10 si es que se encuentra en la línea de combate.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Uno de los últimos negocios abiertos al sur de Kushuhum. UNAI ARANZADI

“Verás que aquí hay de todo”, advierte Alexander al abrir la puerta del local bunkerizado que se encuentra tras el porche y la extraña sala de fiestas. Como si de un oasis se tratara, en el interior hay luz, calor, y una mujer de pelo largo, sonriente y fornida que se llama Victoria. Según explica esta, su negocio hace las veces de farmacia, bar, economato, refugio y cocina. “Sí, aquí viene mucha gente necesitada, pero vivimos un momento en el que no todo es hacer negocio. También hay que ayudarse los unos a los otros”, señala, no sin razón, antes de explicarnos dónde está el lugar en el que nos encontramos y lo mal que está la situación con las tropas rusas al otro lado del río Konka. “Si continuáis caminando hacia el sur ya estaréis al borde del río en Malokaterynivka”, explica. Con varias provisiones adquiridas en la tienda, Alexander retoma la caminata en la dirección que Victoria señala como muy peligrosa. “Es que allí está mi casa”, se excusa.

Pese a la heroica defensa de las fuerzas ucranianas, los avances del ejército ruso en Zaporiyia han sido lentos pero implacables, sobre todo en el último año. Controlando ya el 75% de toda la región, y con la central nuclear más grande de Europa en su poder desde marzo del 2022, existe la posibilidad de que, una vez llegado a Kushuhum, el Kremlin pueda comenzar un verdadero asedio a la capital de esta provincia, la cual fue declarada parte de la Federación Rusa en un referéndum que ni respondió al derecho internacional ni ha reconocido ningún país del mundo más allá de Corea del Norte, Nicaragua, Bielorrusia, Venezuela y Cuba.

Para Alexander, quien está a punto de llegar a su casa, la irrupción de los ocupantes rusos en su asentamiento no sería motivo de huida. “Soy mayor y estoy un poco cansado. Yo he decidido quedarme para cuidar de mis animales”, explica mientras abre la puerta de una pequeña dacha. Ya dentro, le recibe una colonia de gatos a los que acaricia con mimo. “Vivo solo. Es todo cuanto tengo”, afirma sonriente mientras va dejándoles comida. Después de servir un té, se sienta y da cuenta de la que es, hoy por hoy, su mayor preocupación. “Lo que no me gustaría es que mi casa sea dañada. Con esta estufa de leña y un poco de comida puedo sobrevivir, pero sin un techo todo cambiaría”.

Última ‘marshrutka’ hacia la línea de fuego
Alexander en su casa. UNAI ARANZADI

En un informe elaborado por Naciones Unidas el pasado año se dice que alrededor del 10?% de las viviendas de Ucrania han sido dañadas o destruidas desde el inicio de la invasión rusa. Resulta interesante sumar otro dato menos conocido de la misma organización. En este se dice que, desde la independencia del país hace 35 años, solo se han construido entre un 7 y un 10% de todas las viviendas actuales, siendo el 90 o 93?% restante obra del periodo soviético que transcurrió en las cuatro décadas anteriores. Sin ir más lejos, la de Alexander es una de estas moradas: precaria, unifamiliar y con un pequeño jardín sobre el cual vuelan los drones a diario. Tanto es así que en un momento dado se levanta y exclama: “Tienes que ver esto. Sal y mira”. Cruzando el tejado de su dacha se aprecia un hilo que brilla al sol. Se trata del rastro dejado por un dron ruso dirigido por fibra óptica, la mayor amenaza para los civiles de esta zona y el motivo para abandonar el lugar tan rápido como se pueda.

A pesar del frío y la desolación, en la caminata de regreso hacia la capital de la provincia es posible encontrar algunos signos de vida, desde oportunistas que van a la husma del cobre en las casas destrozadas por la artillería rusa hasta bandadas de perros en busca de un hueso que llevarse al hocico. También, muy de cuando en cuando, otros civiles que van a coger la última marshrutka en dirección aKushuhum y Zaporiyia.Oleg, un setentón con bigote y sombrero de lana, es de los primeros en llegar a la marquesina donde serán recogidos. Lleva consigo una Beretta de 9mm en una funda de cuero. Asegura que es su mejor defensa contra los drones. “Si se acerca uno, ¡pum! Lo disparo y asunto resuelto”, afirma con desbordante optimismo.

Según se va regresando ya a bordo de la marshrutka, primero se pasa por el centro de Kushuhum, donde un reciente ataque contra una marquesina ha dejado heridas a dos mujeres de 72 y 52 años. A continuación, ya superado el control militar que da acceso a la ciudad de Zaporiyia, comienzan a verse carteles que animan a sumarse a las brigadas de voluntarios. Entre ellas, Khartia es una de las que ha tenido más aceptación. Sin embargo, hay algo inquietante en la publicidad que utilizan en este invierno del 2026. Si hace año y medio mostraban aguerridos combatientes posando en un estudio fotográfico, hoy sus vallas publicitarias ofrecen como reclamo la triste imagen de una litera metálica y un vehículo 4×4 para la extracción de heridos.

La convicción de que, pese al indudable coraje demostrado por las tropas ucranianas, la guerra está perdida y de que hay muchos políticos y militares beneficiándose de la situación, es otro de los grandes tabús informativos de este conflicto, en el que las cifras del desencanto hablan por sí solas: de los 11 millones de hombres ucranianos en edad de combatir (de 25 a 60 años) apenas 1,1 millón han atendido al llamado de sumarse a filas. ¿Qué tendría que decir al conjunto de la sociedad esa mayoría silenciosa que elude prestar servicio en las Fuerzas Armadas? ¿Dónde están? ¿Se puede hablar de pluralidad informativa cuando las motivaciones de un sector tan amplio y determinante de la sociedad no son sujeto de debate ni en los medios ni en la esfera política?

Llegada por fin la última parada de la marshrutka, los pasajeros descienden aliviados. “Resulta triste que nos sintamos seguras al llegar a una ciudad en la que casi todos los días caen bombas, pero, comparado con los lugares de los que venimos, resulta mucho más tranquila”, señala Oksana, una mujer habituada a hacer este desplazamiento para conseguir algunos alimentos y medicinas. Mientras ella se pierde por las calles de la ciudad se va formando una nueva cola para ascender a la marshrutka en su viaje de regreso a Kushuhum. “Si no tienes un coche, este es nuestro último medio de conexión con el resto de Ucrania. Esperemos que no corten esta ruta a Kushuhum, como acaba de pasar con la de Malokaterynivka”, comenta una de las mujeres que espera subirse para viajar de vuelta al último bastión defensivo que protege por el sur la ciudad de Zaporiyia.



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Rusia y Ucrania, cuatro años después: una guerra estancada en el mapa

Por: Guillem Pujol

En el este de Ucrania, el frente apenas se ha movido en meses. Las líneas de trincheras continúan prácticamente en el mismo lugar, pero el entorno ha cambiado de forma radical. Ciudades destruidas, infraestructuras energéticas bajo ataque constante y una población civil sometida a una guerra que ya no avanza, pero tampoco retrocede.

Durante las primeras semanas de la invasión, la posición rusa era respaldada (aunque con la boca pequeña), por una parte de la izquierda española que veía en el movimiento ruso la inevitable respuesta ante la expansión del imperialismo americano y de la OTAN. Cuatro años después, son pocas, si es que las hay, las voces que se sitúan al lado de Putin.

Según la Misión de Observación de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania (HRMMU), 2025 fue el año más letal para la población civil desde el inicio de la invasión a gran escala, con al menos 2.514 muertos y 12.142 heridos, un 31% más que en 2024. Este aumento no responde a grandes ofensivas puntuales, sino a la consolidación de una dinámica de desgaste sostenido basada en ataques a distancia y una violencia distribuida en el tiempo.

Este estancamiento militar coincide con otro desplazamiento menos visible, pero igual de decisivo: el cambio en el marco internacional desde el que se interpreta el conflicto. “En muy poco tiempo ha cambiado el escenario”, señala Francesc Serra Massansalvador, doctor en Relaciones Internacionales por la Universitat Autònoma de Barcelona y especialista en la Rusia contemporánea. Moscú, explica, ha dejado de ocupar el centro de atención global. La agenda internacional se ha desplazado hacia otros focos de conflicto y otros actores, desde China hasta Oriente Próximo, y por supuesto, Irán. Ese cambio no implica una menor gravedad de la guerra en Ucrania, sino su progresiva integración en un contexto más amplio de inestabilidad.

Para Serra, este desplazamiento refleja un problema más profundo: la pérdida de capacidad del sistema internacional para ordenar los conflictos. Lo que en 2022 aparecía como una ruptura –la invasión a gran escala de un Estado soberano– hoy se inscribe en una dinámica más amplia de normalización del uso de la fuerza. Esa misma erosión del marco internacional preocupa especialmente a las organizaciones de derechos humanos.

“Estamos viendo una bajada de la determinación internacional para exigir responsabilidades”, advierte Daniel Vilaró, responsable de Amnistía Internacional en Catalunya. El cambio de posición de Estados Unidos, añade, ha debilitado el compromiso con la investigación de los crímenes de guerra y ha abierto la puerta a escenarios en los que la impunidad se convierta en moneda de cambio para alcanzar un acuerdo de paz.

El cruce entre ambos planos –el geopolítico y el jurídico– define el momento actual del conflicto. Mientras el frente se estabiliza sobre el terreno, el marco que debía garantizar sus límites empieza a desdibujarse. Sobre el mapa, la guerra parece congelada. Sobre el terreno, no lo está.

Los combates continúan, pero ya no se traducen en avances significativos. En los últimos tres años, las ofensivas de ambos bandos se han saldado con desplazamientos mínimos del frente. Pueblos pequeños, posiciones tácticas, enclaves cuya importancia estratégica se diluye a medida que quedan arrasados. La única variación relevante fue la retirada rusa de la ciudad de Jersón, que respondió más a una decisión operativa que a una derrota estructural. “Desde hace tiempo no hay grandes movimientos”, explica Serra. “Lo que vemos es una guerra de desgaste, donde cada parte intenta mejorar ligeramente su posición de cara a una eventual negociación”.

Ese horizonte negociador existe. Las conversaciones, más o menos discretas, se han producido en distintos escenarios durante los últimos meses. Estambul, Abu Dabi u otros espacios intermedios han acogido contactos que, aunque no han desembocado en acuerdos concretos, indican que el conflicto ha entrado en una fase distinta.

El problema es que las posiciones de partida son incompatibles: Rusia busca consolidar el control sobre los territorios ocupados y transformar la situación militar en una realidad política estable. Ucrania, por su parte, no puede aceptar esa pérdida territorial sin asumir un coste interno difícilmente sostenible. El resultado más plausible, según los analistas, no es una paz definitiva, sino una forma de suspensión del conflicto.

Un armisticio de facto

“Lo más probable es que se llegue a una situación de congelación del frente”, apunta Serra. “Algo que no se reconoce jurídicamente, pero que en la práctica se mantiene durante años o décadas”. El precedente de Chipre, dividido desde 1974, aparece como referencia recurrente. Pero este tipo de “solución” no cierra la guerra. En el mejor de los casos, la congela.

En paralelo a este estancamiento militar, el coste humano sigue aumentando. Los ataques contra infraestructuras críticas –centrales eléctricas, redes de suministro, sistemas de transporte– han intensificado su impacto sobre la población civil. La guerra se ha desplazado progresivamente desde el frente hacia la vida cotidiana. Menos ofensivas relámpago, más presión constante.

En las zonas ocupadas, las denuncias recogidas por organizaciones internacionales dibujan un patrón de control sostenido. Torturas a prisioneros de guerra, trabajos forzados y procesos de adoctrinamiento en el sistema educativo forman parte de un mismo dispositivo orientado a consolidar la ocupación.

“Tenemos constancia de prácticas que constituyen crímenes de guerra”, afirma Vilaró. “Y lo preocupante es que, en el contexto actual, existe el riesgo de que muchos de estos crímenes no lleguen a investigarse”.

A medida que se abre la posibilidad de negociaciones, emerge una tensión de fondo: hasta qué punto la paz puede implicar la renuncia a la justicia. La historia reciente ofrece múltiples ejemplos de acuerdos que han priorizado la estabilidad sobre la rendición de cuentas. Ucrania podría convertirse en uno más. Para Amnistía Internacional, esa deriva resulta inaceptable. “Cualquier presión sobre Ucrania para que renuncie a exigir responsabilidades por los crímenes cometidos es ilegítima”, sostiene Vilaró. No solo por una cuestión moral, sino por el precedente que establecería en el sistema internacional.

Desgaste más allá del campo de batalla

En Rusia, la guerra se ha convertido en un factor de transformación interna. La represión política, ya presente antes de la invasión, se ha intensificado de forma significativa. El caso de Alexéi Navalni, cuya muerte en prisión ha sido calificada por distintas investigaciones como un asesinato, marca un punto de inflexión.

A partir de ahí, el endurecimiento del control estatal se ha extendido a distintos ámbitos. Más de un centenar de procesos penales vinculados a su entorno, condenas a abogados y periodistas, restricciones crecientes sobre las redes sociales y un aumento de la vigilancia sobre las comunicaciones digitales configuran un escenario de cierre progresivo del espacio público.

El objetivo es claro: reducir al mínimo la capacidad de organización de la sociedad civil”, explica Vilaró. Organizaciones independientes, movimientos sociales y colectivos críticos (especialmente el movimiento antiguerra y el colectivo LGTBIQ+) han sido objeto de campañas de presión, tanto legales como informales.

Una parte significativa de esta estrategia se basa en mecanismos administrativos. La catalogación de entidades como “extremistas”, “terroristas” u “organizaciones indeseables” permite ilegalizar de facto cualquier estructura incómoda para el poder. En el último año, más de 60 organizaciones han sido incluidas en estas listas.

No toda la represión es visible. “También existe una represión más difusa, orientada a generar miedo y desgaste”, añade Vilaró. Un proceso gradual de reducción del espacio cívico.

En ese contexto interno, la capacidad de Rusia para sostener la guerra plantea una paradoja. Desde el inicio del conflicto, numerosos análisis anticipaban un colapso económico que no se ha producido. Las sanciones han tenido impacto, pero no han generado un deterioro inmediato del sistema. La economía rusa ha mostrado una capacidad de adaptación mayor de la prevista. “Hace cuatro años que se dice que Rusia no aguantará, y sigue aguantando”, resume Serra.

Esa resistencia, sin embargo, tiene límites. Parte de la estabilidad se concentra en grandes ciudades como Moscú o San Petersburgo, donde la vida cotidiana mantiene una apariencia de normalidad. Fuera de esos núcleos, el deterioro es más evidente.

A largo plazo, los factores estructurales apuntan en otra dirección. La pérdida de población joven –con cientos de miles de personas que han abandonado el país para evitar el reclutamiento–, el envejecimiento demográfico y las dificultades para mantener el ritmo de incorporación de nuevos soldados configuran un escenario de desgaste acumulativo. “Hay tensiones que se van acumulando y que en algún momento pueden estallar”, señala Serra. No se trata de un colapso inminente, sino de una fragilidad latente.

El papel de los aliados añade otra capa de complejidad: China, principal socio estratégico de Rusia, mantiene una posición ambivalente. Ha evitado una implicación directa en el conflicto y ha aprovechado la situación para reforzar su propia posición. En el ámbito energético, por ejemplo, compra gas ruso en condiciones más ventajosas que las que ofrecía el mercado europeo. “No es una relación de igualdad”, explica Serra. “China sale beneficiada en casi cualquier escenario”.

En otras regiones, como Asia Central, África o América Latina, ambas potencias compiten por influencia. La guerra no ha consolidado una alianza, sino que ha acentuado una relación asimétrica.

Al mismo tiempo, el bloque occidental empieza a mostrar signos de desgaste. La Unión Europea mantiene formalmente su apoyo a Ucrania, pero las fisuras son cada vez más visibles. Gobiernos como los de Hungría o Eslovaquia han expresado reticencias a continuar con la ayuda, reflejando una fatiga que podría intensificarse si el conflicto se prolonga. “El apoyo sigue, pero ya no es tan sólido como al principio”, apunta Serra.

Cuatro años después, la guerra en Ucrania ya no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre dos Estados. Es también un síntoma que revela las limitaciones de un sistema internacional incapaz de prevenir la guerra, de detenerla una vez iniciada y, cada vez más, de juzgar sus consecuencias.

Sobre el terreno, las líneas de frente permanecen. En el plano político, las líneas que definían el orden global se han vuelto más difusas.

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Raihodorok, la vida a tiro de tanque (y 3)

Por: Unai Aranzadi

Andrei, sexagenario y rusohablante, respira con dificultad. A sus espaldas se encuentra el río Donets, el cual acaba de cruzar, y no por un puente, que está derruido, sino por el hielo que lo recubre este invierno, terriblemente frío. Si no fuera por el atronador estruendo de la artillería pesada, parecería que estamos frente a un bucólico paisaje en el que solo se distingue una estrecha carretera atravesando un bosque repleto de nieve virgen. Sin embargo, tal y como explica Andrei, la realidad es bien distinta. “Hay drones que van y vienen todo el rato. Si te fijas, verás los hilos que dejan a su paso”, es lo único que alcanza a decir mientras empuja una vieja bicicleta de fabricación soviética. “Los hilos” a los que se refiere son los finísimos cables que utilizan los drones kamikaze controlados por fibra óptica. Estas pequeñas aeronaves vuelan libremente durante una docena o dos de kilómetros sin que ningún sistema de inhibición sea capaz de interferir en su ruta. De hecho, aquí, a orillas del río Donets, la situación es tan insostenible, que ni siquiera hay red antidrones, puesto que no hay civiles que proteger, tan solo soldados, que muy de cuando en cuando, y preferiblemente de noche, acuden a sus trincheras en un desplazamiento que, a estas alturas de la guerra, es más peligroso que la propia estancia en una pequeña fortificación de primera línea. Según recogen los reportes militares, más adelante de donde se encuentra Andrei, tras el río y después de un par de rectas inquietantemente vacías, se encuentran las posiciones rusas de esta guerra a ciegas, hecha de túneles, drones imperceptibles y cañones que cambian de posición por la noche, después de permanecer semanas semienterrados a la sombra de las coníferas.

Raihodorok
Andrei, con su vieja bicicleta de fabricación soviética. UNAI ARANZADI

El río Donets nace en Rusia y, después de pasar por las provincias ucranianas de Járkiv, Donetsk y Lugansk, regresa a ese país, en un viaje de ida y vuelta que bien podría interpretarse como una parábola de los encuentros y desencuentros que se vienen produciendo entre estos dos países hermanos. No obstante, en lo que ambos sí que están de acuerdo es que el término Donbás viene del acrónimo “cuenca del Donets”, una contracción lingüística que, afortunadamente, funciona tanto en ruso como ucraniano. Así pues, el lugar al que se dirige Andrei con su bicicleta es Raihodorok, la última población en manos de los ucranianos en este sector del Donbás que va de la ciudad de Sloviansk hacia el oriente del país a través de la carretera T0514.

En la actualidad, este pequeño asentamiento rural cuenta con una población de aproximadamente 400 habitantes, muy lejos de los 3.000 que llegó a tener antes del inicio de la invasión rusa. Fundado por un grupo de cosacos del Don que a principios del siglo XVIII comenzó a explotar los recursos salinos de la zona, Raihodorok sufrió inundaciones, cambió de ubicación y finalmente, ya a mediados del mismo siglo, fue colonizado por el Imperio ruso. Esta anexión territorial ocurrió en el marco de su expansión hacia las llamadas “llanuras salvajes”, término empleado en aquel entonces para referirse al escasamente habitado centro y este de lo que hoy es Ucrania. Durante este proceso, se fundaron fortificaciones, puertos y ciudades que hoy tienen gran relevancia, como es el caso de Odesa, Dnipro, Jersón o Kramatorsk. Posteriormente, con la llegada del siglo XIX y en pleno auge de la revolución industrial, los zares impulsaron la puesta en marcha de importantes minas y fábricas trayendo mano de obra de todo el Imperio y dando origen al próspero Donbás del siglo XX, motor económico de Ucrania en sus diferentes etapas, bien como república soviética, bien como Estado independiente. El cambio de paradigma que dio inicio al actual conflicto llegó en 2014 con la destitución violenta del presidente electo, Víktor Yanukóvich, natural de esta región rusófona. Desde entonces, quienes más han sufrido las consecuencias de esa ruptura han sido las gentes del Donbás, habitantes de dos provincias fronterizas (Donetsk y Lugansk) que albergan varias singularidades socioculturales y no responden al retrato de una sociedad monocolor descrita por Putin y Zelenski.

Para comprobarlo conviene echar la vista atrás y recuperar una de las poquísimas encuestas llevadas a cabo en la primavera de 2014, poco antes de que se consumara la fractura total del territorio. Mencionada en muy pocos medios y dirigida por el sociólogo, Volodymyr Kipen, miembro del Instituto de Investigación Social y Análisis Político de Donetsk (afín al orden de Kiev), el estudio concluía que en esa provincia existía un 5% que quería un Estado totalmente independiente de Ucrania y Rusia. Un 18,6% que no quería ningún cambio. Un 27% que quería formar parte de la Federación Rusa, y un 47% que deseaba una nueva relación con Kiev bajo un marco federal. En otras palabras: los ucranianos del Donbás, deseaban de forma abrumadora (en un 79%) algún tipo de amparo tras haber sido degradados a ciudadanos de segunda tras el golpe del Euromaidán (dos ejemplos: los grandes partidos a los que votaron fueron ilegalizados y la cooficialidad del ruso prohibida incluso a nivel local) siendo la continuidad en una Ucrania federal y no ultranacionalista, su opción más deseada (47%). Esto es, ni echarse a los brazos de Rusia (un 27%) ni aún menos, dar por buena la continuidad en la Ucrania pos-Maidán (solo un 18%).

Raihodorok, guerra de Ucrania
Un misil ruso sin explotar permanece en la plaza de Raihodorok. UNAI ARANZADI

Así las cosas, la violencia, naturalizada desde aquel decisivo 2014, se muestra hoy desafiante en medio de la plaza de Raihodorok, donde hay un potente misil ruso, modelo Grad, sin detonar. Está incrustado en el suelo, y dadas las condiciones de seguridad, aún no ha venido ningún artificiero para neutralizarlo. “La vida aquí es un estrés constante”, según explican Yelenia y su marido, propietarios de uno de los últimos cuatro negocios que, cubiertas sus paredes con listones de madera y sacos terreros, aún permanecen abiertos en la localidad. “Vivimos bombardeos permanentes, ataques de drones sin parar. La verdad es que es imposible acostumbrarse a esto. Sin embargo, de alguna forma, seguimos viviendo. ¿Por cuánto tiempo será posible? ¿Tendremos que irnos de aquí? No lo sabemos. Fíjate que un comercial que trabaja para nosotros vino de los territorios ocupados por Rusia y ahora quizás se tenga que marchar otra vez. Es muy difícil no saber qué va a pasar, qué será lo siguiente”, se lamentan.

Raihodorok
Artilleros cambian de posición en un vehículo antidrones. UNAI ARANZADI

Raihodorok es uno de esos asentamientos rurales que, al estar tan cerca de la primera línea, tiene tras de sí, y no delante, las posiciones de artillería pesada. Siendo así, cada cierto tiempo se distingue el colosal silbido de un obús lanzado por los potentes cañones Howitzer de las fuerzas armadas de Ucrania, el cual dibuja un largo arco sonoro que se corona con el lejano estallido en posiciones rusas. Igualmente, de cuando en cuando se escucha el fuego de llegada alrededor del río Donets, con un fragor lento y profundo. Según relata un soldado que ha salido a por comida, los rusos están a unos 6 kilómetros, en el bosque que se encuentra al otro lado del río y separa la población de Lyman (hoy mundialmente famosa por una fotografía viral en la que se la ve completamente cubierta por miles de cables de fibra óptica) y la aldea de Dibrova, igualmente desierta y solo operativa como trinchera para la lucha cuerpo a cuerpo. Preguntado por si hay tanques en su batallón (debido a la irrupción de un blindado en un camino adyacente), dice que no le está permitido dar detalles de su misión, pero según comenta, lo que sí hay son tanques rusos apuntando hacia este asentamiento. “Es natural que lo hagan porque somos la barrera a eliminar en su camino hacia Sloviansk y Kramatorsk”, explica.

Raihodorok
Vladimir (derecha) y un compañero de la 53.ª Brigada Mecanizada. UNAI ARANZADI

En el único lugar de la aldea en el que despachan cafés, se encuentra Vladimir, un joven soldado de la 53.ª Brigada Mecanizada. Como tantos otros combatientes, pasa varias noches en una de las viviendas rurales que se encuentran diseminadas por la zona, acumulando fuerzas para la próxima incursión en primera línea. Con él lleva una potente escopeta de postas, “lo único verdaderamente efectivo para defenderte de los drones”, asegura, y acto seguido explica que el calibre 7,62mm de las balas que disparan los fusiles AK47 son muy poco efectivas si se compara con todos los perdigones que arroja una escopeta como la que lleva consigo en sus desplazamientos por esta aldea. “No se te ocurra ponerte a pasear por aquí. Los drones están por todas partes”, advierte, como ya lo han hecho antes todos y cada uno de los soldados que circulan por este solitario asentamiento. “Si te confías, estás muerto. Mira este vídeo. Es de hace unos meses. Venía en coche un amigo, ¡y pum!, en segundos un dron lo hizo saltar por los aires justo aquí donde estamos”. Y para despejar toda duda, reproduce un vídeo en el que la cámara de un dron ruso está viendo, precisamente, la misma esquina en la que está ahora sentado hablando. El dron se dirige a un coche que estaba aquí aparcado. El ocupante sale corriendo y, a duras penas, consigue salvar la vida al abandonar velozmente del vehículo dos segundos antes de que estalle. “¿Lo ves?”, inquiere. “Esto es diferente a todo lo de antes. La guerra ha cambiado para siempre”, advierte, al tiempo que da un sorbo a su café, y se pierde bajo las estrellas con su escopeta y otro soldado que ha venido a buscarle.

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