7 de julio
Leo una detallada declaración anónima de una mujer iraquí a cuya prima de quince años ha asesinado su familia por negarse a casarse con un primo, alcohólico y abusador. Según esa declaración, los hombres que cometieron el asesinato bailaron después en público para celebrarlo. Hago una búsqueda en internet para obtener más información sobre el asesinato, pero solo encuentro la misma declaración anónima reproducida en un medio británico y en uno israelí y reproducciones en Facebook, Twitter, Instagram y Tik Tok.
He pasado por tres de esas redes sociales y las he abandonado en buena medida por la sensación de que, por mucho que una alarma interior saltase una y otra vez para avisarme de que lo leído podría ser una mentira, acababa influyendo en mis opiniones (para cambiarlas o confirmando mis prejuicios). A veces lo que leía no era tanto una mentira como una tergiversación, o una simplificación que hacía inservible la verdad sobre la que se sustentaba.
Así que desconfío de la noticia sobre esta pobre adolescente –si es que existe–, lo que puede ser terriblemente injusto para con la víctima.
Quizá sea esa una de las consecuencias más nocivas de la penetración de las noticias falsas en las redes sociales: la propagación de un escepticismo que amenaza con volvernos indiferentes.
8 de julio
El Govern balear ha hecho públicos por fin quince estudios sobre le represión franquista en las Baleares que el Ejecutivo del PP mantenía guardados en un cajón. Justo la semana pasada acababa la lectura de Maiorca, de Giovanni Dozzini, en el que se relata la participación de los aviadores italianos en la guerra civil española, sobre todo en los bombardeos de Barcelona, pero también de otras ciudades, como Durango. Dozzini organiza el festival Encuentro, en Perugia y Castiglione del Lago, donde desde hace años reúne a escritores hispanos e italianos y tiene una relación estrecha con España, en particular con Catalunya.
Maiorca es un ensayo literario que me ha descubierto muchas cosas que no sabía. Aunque conocía sin mucho detalle la parte bélica de la historia, no estaba al tanto de la feroz represión lanzada allí por el Conde Rossi, un fascista descerebrado dispuesto a exterminar a todos los comunistas, que ordenaba fusilar a cualquier prisionero que caía en sus manos.
Tampoco sabía que fue Mussolini quien ordenó los bombardeos sobre Barcelona entre el 16 y el 18 de marzo de 1938, ni que Franco le pidió que los detuviera, no por ánimo compasivo, sino para evitar las reacciones internacionales, que consistieron sobre todo en amargos lamentos de Inglaterra sin ninguna consecuencia. Mientras tanto, Italia negaba cualquier responsabilidad. La hipocresía como elemento constitutivo de la diplomacia no es un invento de nuestros días.
Italia, por cierto, cuenta Dozzini, siempre ha hecho oídos sordos a quienes han exigido, también por la vía judicial, que el Estado se disculpe ante los españoles por los crímenes de guerra cometidos y por los bombardeos dirigidos contra la población civil.
9 de julio
Esta es la última entrada del diario que publicaré este verano. Podría aprovechar para hacer un repaso de las noticias más significativas de los últimos meses, pero sería un ejercicio deprimente y tampoco sabría con qué quedarme. No tengo estómago para escribir sobre la campaña orquestada para poner bajo sospecha a los trabajadores con baja médica ni sobre las maniobras de Ayuso para mantenerse en primera página aunque sea amagando un ataque contra los derechos de las mujeres. Y por supuesto se me ocurren muchas más noticias desagradables de actualidad, pero quisiera evitar acabar la temporada en ese tono. Lo malo es que ya no nos queda el recurso de eludir asuntos espinosos o desagradables hablando de fútbol. O del tiempo. Hasta lo más inocuo y anodino se ha vuelto siniestro y amenazador. ¿No nos dejarán ni un espacio para la tranquilidad de espíritu o la conversación alegre?
Venga, no te pongas cenizo, me digo. El mundo siempre ha estado lleno de horrores, pero también de belleza. Y el arte de mantener la decencia junto con el optimismo probablemente consiste en no cerrar los ojos a los primeros pero manteniendo la pasión por la segunda. Aunque, a veces, no nos lo ponen fácil.
Me limito entonces a desearos que tengáis un feliz verano. Mi cenizo interior iba a añadir «a pesar de…» seguido de una larga lista de obstáculos, pero lo reprimo por una vez y me quedo con ese deseo sencillo.
Hasta septiembre.
La entrada ¿Se puede desear a alguien “un feliz verano”? se publicó primero en lamarea.com.





