Yuniet Morrel Quintero (IG)
Diseñadora de economía circular,
emprendedora de economía circular textil y
embajadora de la Marca País Uruguay Natural
La industria textil global enfrenta hoy una de sus mayores crisis ambientales y éticas. Convertida en uno de los sectores más contaminantes del planeta, la dinámica del fast fashion o moda rápida ha impuesto un ritmo de sobreproducción y descarte masivo que los vertederos del mundo ya no pueden asimilar. Millones de toneladas de prendas, uniformes corporativos y sobrestocks industriales terminan incinerados o sepultados diariamente, liberando gases de efecto invernadero, contaminando fuentes de agua y destruyendo ecosistemas.
Frente a este panorama alarmante, el consumo responsable ha dejado de ser una opción ética o un estilo de vida individual; hoy es una urgencia crítica de infraestructura corporativa, tecnológica y social que nos obliga a repensar el ciclo de vida de cada tejido.
Mi experiencia
Como madre, esposa y migrante cubana, mi desembarco en Uruguay me enfrentó a la necesidad de reinventarme desde los cimientos sobre un suelo completamente desconocido. En ese proceso de adaptación profunda, entendí que mi propósito de vida estaba ligado a la sostenibilidad, sin importar la tierra en la que me encontrara. Mi historia formal en este ecosistema comenzó con un debut tan audaz como inesperado en la Expo Uruguay Sostenible 2025. En aquel momento, tras haber recibido mis primeras capacitaciones junto al Servicio Jesuita a Migrantes, me lancé a participar bajo el sello de LaJaY. El proyecto recién iniciaba y, con muy poco tiempo de preparación, nos plantamos en ese gran escenario sin medir la magnitud de todo lo que se venía. Sin embargo, ese bautismo de fuego encendió la chispa definitiva al conectarnos con la cruda realidad del desperdicio y el maltrato animal y humano de la industria textil, así como la falta de canales eficientes de economía circular.
Lejos de quedarme conforme con ese primer impulso, decidí profundizar para atacar la raíz del problema. A mediados de ese mismo año, inicié un exhaustivo diagnóstico del sector para validar, de manera manual, una infraestructura que consideraba urgente: el primer banco de excedentes textiles del Uruguay. Así fue tomando forma la transición hacia Looper Life, interviniendo la cadena corporativa para rescatar kilos de uniformes y materiales en desuso que las grandes empresas descartaban.
A finales de año, buscando poner a prueba la solidez de lo que veníamos construyendo y obtener una devolución técnica del ecosistema, mi esposo y yo decidimos postularnos al programa de Oportunidades Circulares de la ANDE que nos ayudó a seguir iterando y perfeccionando un modelo eficiente capaz de estructurar los datos del sobrestock industrial del país. El crecimiento exige madurez para evolucionar y buscar aliados estratégicos para escalar el impacto. Con esa visión, consolidamos el desarrollo tecnológico de Looper Life para transformar la gestión analógica en una plataforma digital, sumando apoyos clave como el respaldo estratégico de mi par tecnológica, Cecilia Aguirrezabala, y el riguroso proceso de incubación junto al equipo de We Are Rabbit.
Mientras la plataforma digital se encontraba en pleno desarrollo y aún sin tener creada la infraestructura tecnológica con todas las condiciones definitivas, la urgencia de visibilizar la circularidad y generar conciencia colectiva sobre la contaminación de la moda nos impulsó a crear hitos que sacudieran la agenda pública. Fue bajo el techo de nuestro hogar donde mi esposo, compañero incansable en este viaje y estudiante de psicología, tuvo la genialidad de encender la chispa: crear una Semana de la Moda Sostenible como un desprendimiento orgánico y vivo de Looper Life. Con esa premisa familiar, asumí el rol de Directora Ejecutiva y, coordinando esfuerzos junto a una dirección creativa que aportó su visión estética al propósito, materializamos un hito sin precedentes: la primera Montevideo Sustainable Fashion Week, celebrada con un éxito rotundo del 22 al 25 de junio en la Intendencia de Montevideo. La respuesta institucional a este evento validó el inmenso trabajo y el sacrificio familiar detrás de un proyecto que nació con muy pocos recursos. La pasarela y los foros educativos fueron declarados de interés por el Ministerio de Ambiente, el Ministerio de Educación y Cultura y el Ministerio de Turismo, alcanzando además el máximo reconocimiento de Declaración de Interés Nacional.
Lograr este nivel de respaldo en una tierra extranjera, habiendo empezado absolutamente desde cero, tiene un significado profundo para mí. Demuestra que cuando hay convicción, preparación y un interés genuino por el planeta, los puentes institucionales se construyen. Nuestras proyecciones a futuro son claras y ambiciosas: buscamos concretar las importantes conversaciones que hoy están sobre la mesa, expandir nuestros talleres, consolidar la plataforma digital y fortalecer de manera permanente las conexiones con los ministerios para seguir sumando empresas a esta red de consumo responsable.
Porque la verdadera sostenibilidad no se reduce a métricas ambientales o grandes pasarelas; es profundamente humana, comunitaria y de género. Para mí, el trabajo con mujeres y comunidades es un pilar innegociable. La moda circular debe ser una herramienta que impulse la autonomía económica, la confianza y el desarrollo personal. Por eso, desde Looper Life tejimos una alianza estratégica con Hilos de Esperanza, una cooperativa joven de mujeres sumamente talentosas del Centro 6 de Villa García. Como aliadas directas de nuestro banco de excedentes, conectar los materiales corporativos recuperados con sus manos trabajadoras es el vivo reflejo del triple impacto: descentralizamos las oportunidades de desarrollo, brindamos herramientas de capacitación técnica y apoyamos a jefas de hogar en su camino hacia la independencia financiera.
Bajo esta misma visión de red colaborativa y fraternidad frente al dolor de la migración, sumamos el trabajo junto a Nixon Barbosa, un talentoso emprendedor venezolano cuyo proyecto aliado, JN ManoArte, se conecta directamente con la infraestructura de Looper Life para abastecerse de materias primas recuperadas, optimizando recursos y demostrando que el residuo puede transformarse en diseño con propósito. Asimismo, canalizamos parte de estos excedentes textiles a través de una alianza muy significativa con Uruvene, la organización de migrantes venezolanos en Uruguay, transformando el descarte industrial en abrigo, insumos de confección y ayuda social para familias que, al igual que yo, llegaron a este suelo buscando un futuro mejor. Este intenso viaje de validación de datos y compromiso comunitario tuvo su consagración más alta a mediados de abril de este año, cuando recibimos oficialmente el licenciamiento de Marca País por parte de Uruguay XXI.
Concluimos y seguimos
Miro hacia atrás y veo que ha sido un año de muchísimo trabajo, de un sacrificio familiar enorme y de un aprendizaje constante. Hay que tener la honestidad de decir que no siempre he hecho todo bien, pero de cada tropiezo he aprendido y he buscado crecer, avanzando firmemente un paso a la vez. Es lo que en el deporte llaman la Mentalidad Mamba: entender que el foco está en el proceso diario, en la consistencia y en saber que el trabajo nunca está terminado.
Mi gran motor es demostrarles a otras mujeres que sí se puede. Aun cuando te toca empezar absolutamente de cero en un país diferente, aun cuando te toca armar una nueva vida o levantar un emprendimiento a pulmón: siempre hay maneras de hacer las cosas y salir adelante. A quienes transitan este desafío, les recomiendo siempre que se instruyan, que busquen información de forma incansable, que no se rindan y, sobre todo, que jamás se queden quietas.
Cada mañana me levanto agradeciendo a Dios por la oportunidad de un nuevo día, mirando el lado positivo de cada circunstancia y enfocada en cómo puedo mejorar como persona, madre y colaboradora para este país que nos abrió las puertas. Portar el emblema de Marca País representa que una historia de migración hoy puede sostener con orgullo el pabellón de la sostenibilidad uruguaya. El residuo textil ya no es basura; con el apoyo de las empresas, la articulación pública y el empuje de las comunidades aliadas, es el tejido de un futuro mejor que elegimos construir.
Sobre moda y ética:
Ghana pierde: un relato sobre el desgarrador desastre en las costas africanas.
Yuniet Morrel Quintero (IG)
Diseñadora de economía circular,
emprendedora de economía circular textil y
embajadora de la Marca País Uruguay Natural
La industria textil global enfrenta hoy una de sus mayores crisis ambientales y éticas. Convertida en uno de los sectores más contaminantes del planeta, la dinámica del fast fashion o moda rápida ha impuesto un ritmo de sobreproducción y descarte masivo que los vertederos del mundo ya no pueden asimilar. Millones de toneladas de prendas, uniformes corporativos y sobrestocks industriales terminan incinerados o sepultados diariamente, liberando gases de efecto invernadero, contaminando fuentes de agua y destruyendo ecosistemas.
Frente a este panorama alarmante, el consumo responsable ha dejado de ser una opción ética o un estilo de vida individual; hoy es una urgencia crítica de infraestructura corporativa, tecnológica y social que nos obliga a repensar el ciclo de vida de cada tejido.
Mi experiencia
Como madre, esposa y migrante cubana, mi desembarco en Uruguay me enfrentó a la necesidad de reinventarme desde los cimientos sobre un suelo completamente desconocido. En ese proceso de adaptación profunda, entendí que mi propósito de vida estaba ligado a la sostenibilidad, sin importar la tierra en la que me encontrara. Mi historia formal en este ecosistema comenzó con un debut tan audaz como inesperado en la Expo Uruguay Sostenible 2025. En aquel momento, tras haber recibido mis primeras capacitaciones junto al Servicio Jesuita a Migrantes, me lancé a participar bajo el sello de LaJaY. El proyecto recién iniciaba y, con muy poco tiempo de preparación, nos plantamos en ese gran escenario sin medir la magnitud de todo lo que se venía. Sin embargo, ese bautismo de fuego encendió la chispa definitiva al conectarnos con la cruda realidad del desperdicio y el maltrato animal y humano de la industria textil, así como la falta de canales eficientes de economía circular.
Lejos de quedarme conforme con ese primer impulso, decidí profundizar para atacar la raíz del problema. A mediados de ese mismo año, inicié un exhaustivo diagnóstico del sector para validar, de manera manual, una infraestructura que consideraba urgente: el primer banco de excedentes textiles del Uruguay. Así fue tomando forma la transición hacia Looper Life, interviniendo la cadena corporativa para rescatar kilos de uniformes y materiales en desuso que las grandes empresas descartaban.
A finales de año, buscando poner a prueba la solidez de lo que veníamos construyendo y obtener una devolución técnica del ecosistema, mi esposo y yo decidimos postularnos al programa de Oportunidades Circulares de la ANDE que nos ayudó a seguir iterando y perfeccionando un modelo eficiente capaz de estructurar los datos del sobrestock industrial del país. El crecimiento exige madurez para evolucionar y buscar aliados estratégicos para escalar el impacto. Con esa visión, consolidamos el desarrollo tecnológico de Looper Life para transformar la gestión analógica en una plataforma digital, sumando apoyos clave como el respaldo estratégico de mi par tecnológica, Cecilia Aguirrezabala, y el riguroso proceso de incubación junto al equipo de We Are Rabbit.
Mientras la plataforma digital se encontraba en pleno desarrollo y aún sin tener creada la infraestructura tecnológica con todas las condiciones definitivas, la urgencia de visibilizar la circularidad y generar conciencia colectiva sobre la contaminación de la moda nos impulsó a crear hitos que sacudieran la agenda pública. Fue bajo el techo de nuestro hogar donde mi esposo, compañero incansable en este viaje y estudiante de psicología, tuvo la genialidad de encender la chispa: crear una Semana de la Moda Sostenible como un desprendimiento orgánico y vivo de Looper Life. Con esa premisa familiar, asumí el rol de Directora Ejecutiva y, coordinando esfuerzos junto a una dirección creativa que aportó su visión estética al propósito, materializamos un hito sin precedentes: la primera Montevideo Sustainable Fashion Week, celebrada con un éxito rotundo del 22 al 25 de junio en la Intendencia de Montevideo. La respuesta institucional a este evento validó el inmenso trabajo y el sacrificio familiar detrás de un proyecto que nació con muy pocos recursos. La pasarela y los foros educativos fueron declarados de interés por el Ministerio de Ambiente, el Ministerio de Educación y Cultura y el Ministerio de Turismo, alcanzando además el máximo reconocimiento de Declaración de Interés Nacional.
Lograr este nivel de respaldo en una tierra extranjera, habiendo empezado absolutamente desde cero, tiene un significado profundo para mí. Demuestra que cuando hay convicción, preparación y un interés genuino por el planeta, los puentes institucionales se construyen. Nuestras proyecciones a futuro son claras y ambiciosas: buscamos concretar las importantes conversaciones que hoy están sobre la mesa, expandir nuestros talleres, consolidar la plataforma digital y fortalecer de manera permanente las conexiones con los ministerios para seguir sumando empresas a esta red de consumo responsable.
Porque la verdadera sostenibilidad no se reduce a métricas ambientales o grandes pasarelas; es profundamente humana, comunitaria y de género. Para mí, el trabajo con mujeres y comunidades es un pilar innegociable. La moda circular debe ser una herramienta que impulse la autonomía económica, la confianza y el desarrollo personal. Por eso, desde Looper Life tejimos una alianza estratégica con Hilos de Esperanza, una cooperativa joven de mujeres sumamente talentosas del Centro 6 de Villa García. Como aliadas directas de nuestro banco de excedentes, conectar los materiales corporativos recuperados con sus manos trabajadoras es el vivo reflejo del triple impacto: descentralizamos las oportunidades de desarrollo, brindamos herramientas de capacitación técnica y apoyamos a jefas de hogar en su camino hacia la independencia financiera.
Bajo esta misma visión de red colaborativa y fraternidad frente al dolor de la migración, sumamos el trabajo junto a Nixon Barbosa, un talentoso emprendedor venezolano cuyo proyecto aliado, JN ManoArte, se conecta directamente con la infraestructura de Looper Life para abastecerse de materias primas recuperadas, optimizando recursos y demostrando que el residuo puede transformarse en diseño con propósito. Asimismo, canalizamos parte de estos excedentes textiles a través de una alianza muy significativa con Uruvene, la organización de migrantes venezolanos en Uruguay, transformando el descarte industrial en abrigo, insumos de confección y ayuda social para familias que, al igual que yo, llegaron a este suelo buscando un futuro mejor. Este intenso viaje de validación de datos y compromiso comunitario tuvo su consagración más alta a mediados de abril de este año, cuando recibimos oficialmente el licenciamiento de Marca País por parte de Uruguay XXI.
Concluimos y seguimos
Miro hacia atrás y veo que ha sido un año de muchísimo trabajo, de un sacrificio familiar enorme y de un aprendizaje constante. Hay que tener la honestidad de decir que no siempre he hecho todo bien, pero de cada tropiezo he aprendido y he buscado crecer, avanzando firmemente un paso a la vez. Es lo que en el deporte llaman la Mentalidad Mamba: entender que el foco está en el proceso diario, en la consistencia y en saber que el trabajo nunca está terminado.
Mi gran motor es demostrarles a otras mujeres que sí se puede. Aun cuando te toca empezar absolutamente de cero en un país diferente, aun cuando te toca armar una nueva vida o levantar un emprendimiento a pulmón: siempre hay maneras de hacer las cosas y salir adelante. A quienes transitan este desafío, les recomiendo siempre que se instruyan, que busquen información de forma incansable, que no se rindan y, sobre todo, que jamás se queden quietas.
Cada mañana me levanto agradeciendo a Dios por la oportunidad de un nuevo día, mirando el lado positivo de cada circunstancia y enfocada en cómo puedo mejorar como persona, madre y colaboradora para este país que nos abrió las puertas. Portar el emblema de Marca País representa que una historia de migración hoy puede sostener con orgullo el pabellón de la sostenibilidad uruguaya. El residuo textil ya no es basura; con el apoyo de las empresas, la articulación pública y el empuje de las comunidades aliadas, es el tejido de un futuro mejor que elegimos construir.
Sobre moda y ética:
Ghana pierde: un relato sobre el desgarrador desastre en las costas africanas.
Las actividades industriales generan un impacto ambiental profundo y generalizado. Es algo bien conocido, incluso por ese ente abstracto llamado «el gran público».
Podríamos preguntarnos por qué nadie actúa, pero sería una pregunta incorrecta. Hay muchas personas implicadas y trabajando, con algunas acciones de gran valor e influencia. El problema es que son demasiados los que no hacen nada, los que apenas saben nada, los que no quieren saber y los que son arrastrados por una publicidad científicamente diseñada para manipular nuestras mentes sin que nos demos cuenta.
Una forma de evitar la desinformación es ofrecer herramientas de educación ambiental como esta mini serie documental en la que se abordan diez asuntos clave en la industria actual. Si visualizamos y difundimos este material, avanzaremos hacia un mundo más consciente y crítico.
La serie está formada por diez episodios gratuitos, realizados por José Antonio Marín Gallego como parte de su TFG en la Universidad de Málaga y puede verse en el canal de YouTube de Blogsostenible. Cada vídeo dispone de una descripción donde, de forma esquemática, se enumeran todos sus contenidos. Sin ánimo de copiar esa descripción, aquí vamos a resumirla para dar una idea de los contenidos más relevantes:
Vídeo 1. Impacto ambiental del vehículo eléctrico
Ventajas de este tipo de vehículos: menor mantenimiento, menor contaminación por humo, mayor aceleración y acceso a las ZBE.
Antecedentes históricos como el de Robert Anderson.
Otros inconvenientes: autonomía, tiempo de recarga, precio y problemas de las ZBE.
Medidas de mitigación: descarbonización, reciclaje, materiales más sostenibles, reducir tamaño de los vehículos, reducir velocidad máxima, así como fomentar el autoconsumo y el transporte público.
Vídeo 2. Impacto ambiental del transporte marítimo
Importancia para el comercio mundial: capacidad de carga y eficiencia y cómo mitigar los efectos negativos.
Efectos producidos por las emisiones (óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, monóxido de carbono…).
Impacto sobre el medio acuático: derrames de petróleo, ruido, daños a la flora marina y cambios en la dinámica costera.
Diez medidas de mitigación: uso de materiales de fabricación local, empleo de maquinaria electrificada, establecer controles de polvo, ruido y emisiones, construir pasos de fauna, restauración de zonas afectadas, límites de velocidad más eficientes, empleo de neumáticos de alta durabilidad y baja abrasión, priorizar el mantenimiento preventivo y, sobre todo, desincentivar el vehículo privado.
Vídeo 4. Impacto ambiental de la aviación comercial
¿Cuánto contamina cada km realizado en avión? (Véase también este análisis).
Consecuencias de la contaminación y de las estelas de condensación.
Ruido, iluminación y efectos sobre la fauna.
Cambio climático y aviación, un círculo de retroalimentación mutua.
Medidas de mitigación: dejar de volar cuando sea viable, prohibir ciertos usos del avión, eliminar las subvenciones, imponer elevadas tasas al queroseno y penalizar al viajero frecuente.
Vídeo 5. Impacto ambiental del transporte ferroviario
Impacto ambiental en la construcción de infraestructuras ferroviarias: pérdida de vegetación, hidrología, efecto barrera, un ejemplo de fragmentación de hábitats, ruido, vibraciones, riesgo de incendios, atropellos de fauna, riesgo de electrocución y daños al paisaje.
Datos cuantitativos sobre emisiones en la construcción de diferentes líneas ferroviarias.
Comparativa con otros medios de transporte: ¿Es el ferrocarril la mejor opción?
Trenes herbicidas.
Medidas de mitigación: electrificación progresiva, reducción del ruido, pasos de fauna, vallado selectivo, mejora de la seguridad, sustitución de herbicidas, espantar aves y fomentar el ferrocarril frente a otros medios.
Vídeo 6. Impacto ambiental de la industria del acero
Ventajas e inconvenientes del acero.
Producción de acero: elevadas temperaturas que se requieren y procedimientos que abaratan el proceso.
Uso de acero por sectores: un material de vital importancia en el sector alimentario.
Impacto de la minería del hierro: eliminación de la cubierta vegetal, modificación del relieve y pérdida de biodiversidad.
Emisiones de polvo y partículas.
Contaminación de aguas: posiblemente el mayor impacto.
Consumo de carbón.
Efectos sobre la vegetación, consumo de agua y residuos de esta industria.
Medidas de mitigación: sustitución de los combustibles fósiles, mejora del aislamiento térmico y recuperación del calor, mejorar la legislación y, sobre todo, reducir el uso de acero.
Vídeo 7. Impacto ambiental del almacenamiento digital masivo y de la IA
Crecimiento en la demanda de almacenamiento de datos.
Medidas de mitigación: fomentar energías renovables, aumentar la eficiencia del hardware, optimizar sistemas de refrigeración, promover almacenamiento responsable y controlar errores de la IA.
Vídeo 8: Impacto ambiental en paneles solares FV y aerogeneradores
Evolución histórica de los paneles solares fotovoltaicos y de los aerogeneradores.
¿De qué parámetros depende la potencia generada por un panel y por un aerogenerador?
Contribución de ambas fuentes al mix energético español.
Inconvenientes e impacto ambiental de ambas fuentes de energía: ocupación del suelo, dificultad del reciclaje, corta vida útil, ruido, afecciones a la fauna y al paisaje.
Comparativa de emisiones: energía eólica terrestre, energía eólica marina y energía solar fotovoltaica.
Medidas de mitigación: detener molinos ante posibles riesgos y en periodos de migración, pintar una de las palas, alejarse de los núcleos urbanos, soterrar las líneas eléctricas, investigar para mejorar la eficiencia y mejorar las leyes para incentivar el autoconsumo.
Vídeo 9. Impacto ambiental de la industria cementera
El cemento es el segundo material más consumido en el mundo después del agua.
Emisiones por tonelada de cemento producida: ¿por qué han aumentado?
Etapas en la producción de cemento: ¿cuáles son las fases críticas?
El cemento es uno de los principales emisores de dióxido de carbono en el mundo.
Dificultad para filtrar metales pesados volátiles.
Emisiones de óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre y COV en España.
Autorizaciones demasiado permisivas para la quema de residuos.
Derechos de emisión: qué son y por qué han sido objeto de crítica.
El problema del agua: en 2050 el 75 % de la producción se concentrará en zonas de escasez hídrica.
Medidas de mitigación: fomento de soluciones constructivas alternativas, uso de materiales locales, endurecimiento de la normativa, incremento de la monitorización del aire, instalación de plantas móviles de reciclaje, fomento del transporte ferroviario en grandes volúmenes y de la rehabilitación frente a la demolición, revisión de los sistemas de asignación de derechos de emisiones y empleo del cemento cero emisiones.
Vídeo 10. Impacto ambiental de la agricultura moderna
Emisiones del sector agropecuario: uno de los más contaminantes.
Aumento de la preocupación por el impacto ambiental de la agricultura: recursos naturales, suelo, agua, energía (fertilizantes nitrogenados), recursos biológicos y minerales.
Reducción en la variedad de alimentos: ¿Por qué ocurre esto?
Impacto ambiental en la producción de alimentos cárnicos.
Emisiones de metano y óxido nitroso: uno de los grandes problemas del sector.
Impacto ambiental de plaguicidas y pesticidas: efectos sobre las especies no objetivo, sobre la salud humana, sobre el suelo, el agua y el aire. El glifosato, uno de los más utilizados, es probablemente cancerígeno.
Medidas de mitigación: selección de cultivos adaptados al clima local, evitar nuevos invernaderos o cultivos en zonas con estrés hídrico, diversificación de cultivos, aportar materia orgánica para favorecer la actividad biológica, reducir el uso de pesticidas y mejorar las técnicas de aplicación (agricultura regenerativa).
El autor de este trabajo, en la parte de agradecimientos, después de citar a su tutor, a su familia y a los profesionales cuyas publicaciones han sido utilizadas como fuentes de información, también agradece la existencia del sistema educativo español. Es justo subrayar que, para que un estudiante universitario termine sus estudios, han sido necesarias numerosas personas e instituciones a lo largo de su vida.
Para ver la serie completa, solo tienes que reservarte un par de horas. Si prefieres ver los capítulos de forma independiente, resultan también comprensibles. Aquí tienes la serie completa publicada en el canal de Blogsostenible.
Las actividades industriales generan un impacto ambiental profundo y generalizado. Es algo bien conocido, incluso por ese ente abstracto llamado «el gran público».
Podríamos preguntarnos por qué nadie actúa, pero sería una pregunta incorrecta. Hay muchas personas implicadas y trabajando, con algunas acciones de gran valor e influencia. El problema es que son demasiados los que no hacen nada, los que apenas saben nada, los que no quieren saber y los que son arrastrados por una publicidad científicamente diseñada para manipular nuestras mentes sin que nos demos cuenta.
Una forma de evitar la desinformación es ofrecer herramientas de educación ambiental como esta mini serie documental en la que se abordan diez asuntos clave en la industria actual. Si visualizamos y difundimos este material, avanzaremos hacia un mundo más consciente y crítico.
La serie está formada por diez episodios gratuitos, realizados por José Antonio Marín Gallego como parte de su TFG en la Universidad de Málaga y puede verse en el canal de YouTube de Blogsostenible. Cada vídeo dispone de una descripción donde, de forma esquemática, se enumeran todos sus contenidos. Sin ánimo de copiar esa descripción, aquí vamos a resumirla para dar una idea de los contenidos más relevantes:
Vídeo 1. Impacto ambiental del vehículo eléctrico
Ventajas de este tipo de vehículos: menor mantenimiento, menor contaminación por humo, mayor aceleración y acceso a las ZBE.
Antecedentes históricos como el de Robert Anderson.
Otros inconvenientes: autonomía, tiempo de recarga, precio y problemas de las ZBE.
Medidas de mitigación: descarbonización, reciclaje, materiales más sostenibles, reducir tamaño de los vehículos, reducir velocidad máxima, así como fomentar el autoconsumo y el transporte público.
Vídeo 2. Impacto ambiental del transporte marítimo
Importancia para el comercio mundial: capacidad de carga y eficiencia y cómo mitigar los efectos negativos.
Efectos producidos por las emisiones (óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre, monóxido de carbono…).
Impacto sobre el medio acuático: derrames de petróleo, ruido, daños a la flora marina y cambios en la dinámica costera.
Diez medidas de mitigación: uso de materiales de fabricación local, empleo de maquinaria electrificada, establecer controles de polvo, ruido y emisiones, construir pasos de fauna, restauración de zonas afectadas, límites de velocidad más eficientes, empleo de neumáticos de alta durabilidad y baja abrasión, priorizar el mantenimiento preventivo y, sobre todo, desincentivar el vehículo privado.
Vídeo 4. Impacto ambiental de la aviación comercial
¿Cuánto contamina cada km realizado en avión? (Véase también este análisis).
Consecuencias de la contaminación y de las estelas de condensación.
Ruido, iluminación y efectos sobre la fauna.
Cambio climático y aviación, un círculo de retroalimentación mutua.
Medidas de mitigación: dejar de volar cuando sea viable, prohibir ciertos usos del avión, eliminar las subvenciones, imponer elevadas tasas al queroseno y penalizar al viajero frecuente.
Vídeo 5. Impacto ambiental del transporte ferroviario
Impacto ambiental en la construcción de infraestructuras ferroviarias: pérdida de vegetación, hidrología, efecto barrera, un ejemplo de fragmentación de hábitats, ruido, vibraciones, riesgo de incendios, atropellos de fauna, riesgo de electrocución y daños al paisaje.
Datos cuantitativos sobre emisiones en la construcción de diferentes líneas ferroviarias.
Comparativa con otros medios de transporte: ¿Es el ferrocarril la mejor opción?
Trenes herbicidas.
Medidas de mitigación: electrificación progresiva, reducción del ruido, pasos de fauna, vallado selectivo, mejora de la seguridad, sustitución de herbicidas, espantar aves y fomentar el ferrocarril frente a otros medios.
Vídeo 6. Impacto ambiental de la industria del acero
Ventajas e inconvenientes del acero.
Producción de acero: elevadas temperaturas que se requieren y procedimientos que abaratan el proceso.
Uso de acero por sectores: un material de vital importancia en el sector alimentario.
Impacto de la minería del hierro: eliminación de la cubierta vegetal, modificación del relieve y pérdida de biodiversidad.
Emisiones de polvo y partículas.
Contaminación de aguas: posiblemente el mayor impacto.
Consumo de carbón.
Efectos sobre la vegetación, consumo de agua y residuos de esta industria.
Medidas de mitigación: sustitución de los combustibles fósiles, mejora del aislamiento térmico y recuperación del calor, mejorar la legislación y, sobre todo, reducir el uso de acero.
Vídeo 7. Impacto ambiental del almacenamiento digital masivo y de la IA
Crecimiento en la demanda de almacenamiento de datos.
Medidas de mitigación: fomentar energías renovables, aumentar la eficiencia del hardware, optimizar sistemas de refrigeración, promover almacenamiento responsable y controlar errores de la IA.
Vídeo 8: Impacto ambiental en paneles solares FV y aerogeneradores
Evolución histórica de los paneles solares fotovoltaicos y de los aerogeneradores.
¿De qué parámetros depende la potencia generada por un panel y por un aerogenerador?
Contribución de ambas fuentes al mix energético español.
Inconvenientes e impacto ambiental de ambas fuentes de energía: ocupación del suelo, dificultad del reciclaje, corta vida útil, ruido, afecciones a la fauna y al paisaje.
Comparativa de emisiones: energía eólica terrestre, energía eólica marina y energía solar fotovoltaica.
Medidas de mitigación: detener molinos ante posibles riesgos y en periodos de migración, pintar una de las palas, alejarse de los núcleos urbanos, soterrar las líneas eléctricas, investigar para mejorar la eficiencia y mejorar las leyes para incentivar el autoconsumo.
Vídeo 9. Impacto ambiental de la industria cementera
El cemento es el segundo material más consumido en el mundo después del agua.
Emisiones por tonelada de cemento producida: ¿por qué han aumentado?
Etapas en la producción de cemento: ¿cuáles son las fases críticas?
El cemento es uno de los principales emisores de dióxido de carbono en el mundo.
Dificultad para filtrar metales pesados volátiles.
Emisiones de óxidos de nitrógeno, óxidos de azufre y COV en España.
Autorizaciones demasiado permisivas para la quema de residuos.
Derechos de emisión: qué son y por qué han sido objeto de crítica.
El problema del agua: en 2050 el 75 % de la producción se concentrará en zonas de escasez hídrica.
Medidas de mitigación: fomento de soluciones constructivas alternativas, uso de materiales locales, endurecimiento de la normativa, incremento de la monitorización del aire, instalación de plantas móviles de reciclaje, fomento del transporte ferroviario en grandes volúmenes y de la rehabilitación frente a la demolición, revisión de los sistemas de asignación de derechos de emisiones y empleo del cemento cero emisiones.
Vídeo 10. Impacto ambiental de la agricultura moderna
Emisiones del sector agropecuario: uno de los más contaminantes.
Aumento de la preocupación por el impacto ambiental de la agricultura: recursos naturales, suelo, agua, energía (fertilizantes nitrogenados), recursos biológicos y minerales.
Reducción en la variedad de alimentos: ¿Por qué ocurre esto?
Impacto ambiental en la producción de alimentos cárnicos.
Emisiones de metano y óxido nitroso: uno de los grandes problemas del sector.
Impacto ambiental de plaguicidas y pesticidas: efectos sobre las especies no objetivo, sobre la salud humana, sobre el suelo, el agua y el aire. El glifosato, uno de los más utilizados, es probablemente cancerígeno.
Medidas de mitigación: selección de cultivos adaptados al clima local, evitar nuevos invernaderos o cultivos en zonas con estrés hídrico, diversificación de cultivos, aportar materia orgánica para favorecer la actividad biológica, reducir el uso de pesticidas y mejorar las técnicas de aplicación (agricultura regenerativa).
El autor de este trabajo, en la parte de agradecimientos, después de citar a su tutor, a su familia y a los profesionales cuyas publicaciones han sido utilizadas como fuentes de información, también agradece la existencia del sistema educativo español. Es justo subrayar que, para que un estudiante universitario termine sus estudios, han sido necesarias numerosas personas e instituciones a lo largo de su vida.
Para ver la serie completa, solo tienes que reservarte un par de horas. Si prefieres ver los capítulos de forma independiente, resultan también comprensibles. Aquí tienes la serie completa publicada en el canal de Blogsostenible.
Tras desvelar las vergüenzas de algunos museos, ahora toca visibilizar escándalos en algunas universidades y sus cátedras de “investigación” (entre comillas).
¿Debemos fiarnos siempre de la ciencia? Por desgracia, hay muchos casos en los que se llama ciencia a algo vendido a intereses particulares. Un caso muy conocido lo vemos en el sector farmacéutico. Por encima de los nombres de los autores de cada estudio científico debería ponerse, en letra grande, quién lo ha pagado. Investigar esas relaciones de intereses meramente económicos es, en general, complicado. Sin embargo, hay evidencias imposibles de negar: las cátedras universitarias pagadas por empresas privadas, no para investigar, sino para hacer estudios a medida de sus intereses. A veces es tan descarado que sorprende que empresas y universidades estrechen lazos tan ruines, solo por dinero, aparcando el interés científico sincero y el servicio a la sociedad.
Por supuesto que no estamos diciendo que las empresas no deben apoyar la investigación. De hecho, lo ideal es que lo hagan. Lo que no es admisible es que los resultados de esa investigación estén condicionados por quien los paga, incluso aunque solo haya una duda razonable. Por dejarlo claro: que no vengan los terroristas a hablarnos de amor fraternal, aunque sea con su mejor intención. La universidad no solo debe ser objetiva en sus estudios, sino también parecerlo.
Universidades sin vergüenza
Desgraciadamente, no nos podemos fiar de un estudio por el mero hecho de llevar el logotipo de cierta universidad. Eso queda demostrado con esta sucinta selección de universidades sospechosamente vendidas a intereses privados:
Universidad de Castilla-La Mancha: Sin pudor ninguno, una empresa cárnica paga la Cátedra Incarlopsa para que se ensalcen las “propiedades nutritivas y saludables” de la carne. Los resultados están fijados antes de investigar. La objetividad científica queda masacrada y ninguneada. La misma universidad tiene también la Cátedra de Responsabilidad Social Corporativa pagada por el Banco Santander, un banco muy criticado entre otras cosas por financiar la industria armamentística y todo tipo de empresas altamente contaminantes. ¿Qué tipo de responsabilidad es la que investigan? Señora Botín, aplique la RSC a su banco antes de intentar dar lecciones.
Universidad Politécnica de Madrid: Una empresa que gestiona los residuos de forma escandalosa paga la Cátedra Ecoembes que siempre concluye que el trabajo de Ecoembes es impecable. Ecoembes también paga, sin rubor, a periódicos y periodistas para que la prensa no sea ingrata con los mayores contaminadores del plástico. Desde esa cátedra se beca a profesionales especializados en preservar el modelo de usar y tirar y, para el mismo objetivo, se involucran a investigadores en otras universidades (Universidad de Alicante, Universidad de las Palmas de Gran Canaria y Universidad de Alcalá), como denuncian Alberto Vizcaíno y Liliane Spendeler. Atentos también porque en el mismo domicilio de la Cátedra Ecoembes está Ecotextil, que pretende hacer con la ropa lo mismo que con los envases: promover el modelo de usar y tirar. Lo raro es que Inditex no participe en ello (que sepamos). Y en la misma UPM encontramos también la Cátedra Iberdrola para los Objetivos de Desarrollo Sostenible en la que, suponemos que se investiga cómo incumplir tales objetivos sin que se note demasiado.
Universidad Pompeu Fabra: Mantiene la Cátedra Mercadona de “Economía Circular”. Las empresas que más plástico de usar y tirar venden son los supermercados y uno de los de más éxito pretende dar lecciones de Economía Circular. Serían más coherentes si la cátedra Mercadona fuera de “Economía hacia el Colapso”. En esta misma universidad, otra cátedra distinta sigue la estela de la UPM para generar titulares a la medida de las empresas que se lucran con los envases de usar y tirar. El problema es que esta cátedra no está financiada directamente por una empresa, sino por la ONU. Es la Cátedra UNESCO de Ciclo de Vida y Cambio Climático que, curiosamente tiene programas financiados por Ecoembes, Ecovidrio y Tetra-Pak, que son los grandes magnates en España de los envases de usar y tirar de plástico, vidrio y tetrabrik, respectivamente.
Universidad Jaume I: La Cátedra BP sobre Medio Ambiente Industrial tiene un bonito nombre, pero seguro que no investiga cómo cerrar la empresa BP por ser una de las empresas más peligrosas del planeta.
Universidad de Sevilla: Una empresa de productos químicos financia una cátedra sobre sostenibilidad, olvidando el detalle de que sus productos químicos son la principal causa de insostenibilidad y de pérdida de biodiversidad por la agricultura. La misma universidad tiene otra cátedra sobre “Comunicación y Tauromaquia”, que obviamente desprestigia a esta universidad sin necesidad de dar grandes argumentos.
Universidad de La Coruña: Acoge la Cátedra Inditex de Sostenibilidad, sin tener en cuenta que la industria textil low cost se lucra gracias a reducir costes y producir un alto impacto social y ambiental. Inditex está entre las empresas del sector de mayor impacto ambiental y social (malos salarios, abuso de trabajadoras, esclavitud infantil, artimañas financieras en paraísos fiscales…).
Universidad de Vigo: Acepta cobijar la Cátedra Naturgy de Energía y Desarrollo Sostenible. Una empresa de combustibles fósiles no es un buen interlocutor para hablar de nada que tenga que ver con sostenibilidad, pero el caso de Naturgy es más grave pues es una empresa sin escrúpulos hacia la naturaleza. También encontramos la Cátedra ENCE, una empresa altamente contaminante del mar y culpable de la desaparición de los bosques gallegos, investiga la gestión forestal.
Universidad Politécnica de Cataluña: Esta universidad tiene una cátedra de Movilidad Sostenible, financiada por una empresa automovilística (SEAT) ignorando el hecho científico de que ningún coche privado es sostenible. También levantan sospechas su cátedra de Minería Sostenible financiada por una empresa minera y de fertilizantes no ecológicos (ICL Iberia e Iberpotash), la cual es causante directa de uno de los conflictos ambientales históricos en Cataluña, además de sufrir accidentes y conflictividad laboral.
Universidad Politécnica de Cartagena: FECOAM, federación agraria y ganadera, financia una cátedra para la Agricultura Sostenible en el Campo de Cartagena. Durante años hemos visto que la agricultura sostenible no es el objetivo principal de los agricultores y ganaderos de Murcia y por si hay dudas, mirad el caso del mar Menor un desastre ambiental a la altura del Prestige o de Aznalcóllar. La empresa ya citada ICL financia también en esta universidad otra cátedra sobre sostenibilidad en la agricultura. Otra cátedra se encarga de estudiar la “sostenibilidad de los regadíos”, financiada por los regantes del trasvase Tajo-Segura (SCRATS) un trasvase claramente insostenible.
Universidad Politécnica de Valencia: Tiene la Cátedra Bayer en la que presumen de investigar en agricultura sostenible, pero la empresa Bayer es una de las empresas que más trabaja por la agricultura industrial, insostenible.
Hay bastantes más cátedras financiadas por empresas poco éticas, tales como Endesa, Iberdrola o Cepsa, pero al menos no dicen claramente que su objetivo sea la sostenibilidad, por lo que nos ahorramos la crítica, por el momento. No es ético que los terroristas investiguen en explosivos, pero al menos es coherente.
Fíate de la ciencia, pero no de toda la ciencia
La ciencia lleva años diciendo cosas muy desagradables sobre nuestro insostenible modo de vida y sobre cómo mejorar. En teoría, esto se acepta con desgana, pero en la práctica se rechaza con nuestros actos cotidianos. Nuestra sociedad confía en la ciencia, salvo que diga lo que no queremos oír. Tal vez por eso no genera el escándalo que debería que las universidades se plieguen a intereses particulares. Permitir que nos engañen con lo que otros quieren que oigamos siempre debería abrasarnos la piel.
Harari advirtió que la investigación está condicionada por el dineroy se debe a intereses políticos, económicos o religiosos, pero casos tan exagerados como los expuestos deberían ruborizarnos a todos. No solo se influye sobre las prioridades de investigación, sino que con dudosos estudios científicos se manipula a la sociedad para que el dinero fluya hacia los que pagan esas cátedras. Escandaloso.
La Universidad de Málaga vende su prestigio para lavar la imagen de una de las industrias más contaminantes de España Crean una Cátedra sobre Cambio Climático ¿Lo siguiente será una Cátedra sobre salud patrocinada por Coca-cola?https://t.co/snJrzwAnTK via @_ElObservador_
Producir nuestro alimento puede contaminar más de lo que creemos. Ante la duda, elegir opciones de origen vegetal es lo que mejor minimiza el sufrimiento, tanto animal como ambiental. En este empeño, no debemos olvidar las proteínas vegetales cuya forma más simple son las semillas y las legumbres.
Una forma sabrosa de comer legumbres es en su versión germinada. Los germinados son semillas que han iniciado el proceso de brotación. Esto activa enzimas y modifica su perfil nutricional, haciéndolas más digestivas y nutritivas. En muchos casos, aumentan las vitaminas y los antioxidantes; y se reducen los antinutrientes.
Germinar legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) es un proceso sencillo y divertido que te vamos a explicar aquí, para que te alimentes con proteínas vegetales de calidad.
Germinados de lentejas, paso a paso
Las lentejas germinadas se pueden usar en multitud de platos: como ingrediente principal, como guarnición o como un original y sabroso adorno. Son como lechuga, con más proteína y mayor versatilidad. Añádelas a ensaladas, tostadas, bocadillos, salteados, wraps, sopas o como adorno final en cremas o en el salmorejo cordobés (o porra antequerana).
Es muy simple hacer lentejas germinadas en casa:
Colocalas lentejas en un vaso o tarro, sin superar un tercio de su capacidad. Ten en cuenta que crecerán mucho en volumen.
Añade agua hasta dejarlas sumergidas. Déjalas en remojo entre 8 y 12 horas. Esto despierta la semilla más rápidamente. Si te saltas este paso, se tarda más.
Cubre el recipiente con un trozo de media o una una tela fina. Usa una goma elástica para fijarla. Esto te facilitará el proceso de escurrir.
Escurre completamente el agua. Si has puesto la media y la goma, esto es tan fácil como dar la vuelta al vaso y sacudir ligeramente varias veces.
Sumerge las semillas de nuevo en agua, remueve un poco y vuelve a escurrir.
Déjalas escurrir bien sobre un plato hondo y poniendo el recipiente con las lentejas invertido e inclinado sobre el borde del plato. Lo importante es que el agua pueda drenar. Las semillas deben mantenerse húmedas, pero no encharcadas.
Dos veces al día debes enjuagarlas: echar agua, remover, escurrir y volver a poner el vaso invertido en el plato.
En 4-5 días, tendrás tus brotes. Lo óptimo es cuando el brote mida entre 0,5 y 1 cm. Tú decides cuándo comerlas. Continua en el paso anterior si quieres un sabor más intenso.
Escurre bien al final y guarda en el frigorífico en un bote bien cerrado. Consume en un máximo de cinco días.
Observaciones:
Este vídeo te da 4 argumentos para comer menos alimentos de origen animal.
Coloca el tarro en un lugar con luz indirecta o penumbra (nunca al sol). La semilla no necesita luz para germinar. La luz puede favorecer bacterias o moho. Cuando ya han brotado (el último día), puedes ponerlas en un lugar con más luz indirecta. Esto hace que salgan mejor las hojitas verdes (más clorofila) y que tengan un sabor distinto, más fresco.
El principal riesgo es el moho. Por eso, es importante enjuagar bien en cada lavado, remover bien con suficiente agua.
Reducir el consumo de carne y pescado a cero puede ser muy complicado. Sin embargo, es fácil cocinar platos veganos cada vez con más frecuencia. Otra opción es hacer que los ingredientes animales sean solo secundarios o reservarlos para ocasiones puntuales. Nos sobran argumentos para reducir la comida de origen animal.
Producir nuestro alimento puede contaminar más de lo que creemos. Ante la duda, elegir opciones de origen vegetal es lo que mejor minimiza el sufrimiento, tanto animal como ambiental. En este empeño, no debemos olvidar las proteínas vegetales cuya forma más simple son las semillas y las legumbres.
Una forma sabrosa de comer legumbres es en su versión germinada. Los germinados son semillas que han iniciado el proceso de brotación. Esto activa enzimas y modifica su perfil nutricional, haciéndolas más digestivas y nutritivas. En muchos casos, aumentan las vitaminas y los antioxidantes; y se reducen los antinutrientes.
Germinar legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) es un proceso sencillo y divertido que te vamos a explicar aquí, para que te alimentes con proteínas vegetales de calidad.
Germinados de lentejas, paso a paso
Las lentejas germinadas se pueden usar en multitud de platos: como ingrediente principal, como guarnición o como un original y sabroso adorno. Son como lechuga, con más proteína y mayor versatilidad. Añádelas a ensaladas, tostadas, bocadillos, salteados, wraps, sopas o como adorno final en cremas o en el salmorejo cordobés (o porra antequerana).
Es muy simple hacer lentejas germinadas en casa:
Colocalas lentejas en un vaso o tarro, sin superar un tercio de su capacidad. Ten en cuenta que crecerán mucho en volumen.
Añade agua hasta dejarlas sumergidas. Déjalas en remojo entre 8 y 12 horas. Esto despierta la semilla más rápidamente. Si te saltas este paso, se tarda más.
Cubre el recipiente con un trozo de media o una una tela fina. Usa una goma elástica para fijarla. Esto te facilitará el proceso de escurrir.
Escurre completamente el agua. Si has puesto la media y la goma, esto es tan fácil como dar la vuelta al vaso y sacudir ligeramente varias veces.
Sumerge las semillas de nuevo en agua, remueve un poco y vuelve a escurrir.
Déjalas escurrir bien sobre un plato hondo y poniendo el recipiente con las lentejas invertido e inclinado sobre el borde del plato. Lo importante es que el agua pueda drenar. Las semillas deben mantenerse húmedas, pero no encharcadas.
Dos veces al día debes enjuagarlas: echar agua, remover, escurrir y volver a poner el vaso invertido en el plato.
En 4-5 días, tendrás tus brotes. Lo óptimo es cuando el brote mida entre 0,5 y 1 cm. Tú decides cuándo comerlas. Continua en el paso anterior si quieres un sabor más intenso.
Escurre bien al final y guarda en el frigorífico en un bote bien cerrado. Consume en un máximo de cinco días.
Observaciones:
Este vídeo te da 4 argumentos para comer menos alimentos de origen animal.
Coloca el tarro en un lugar con luz indirecta o penumbra (nunca al sol). La semilla no necesita luz para germinar. La luz puede favorecer bacterias o moho. Cuando ya han brotado (el último día), puedes ponerlas en un lugar con más luz indirecta. Esto hace que salgan mejor las hojitas verdes (más clorofila) y que tengan un sabor distinto, más fresco.
El principal riesgo es el moho. Por eso, es importante enjuagar bien en cada lavado, remover bien con suficiente agua.
Reducir el consumo de carne y pescado a cero puede ser muy complicado. Sin embargo, es fácil cocinar platos veganos cada vez con más frecuencia. Otra opción es hacer que los ingredientes animales sean solo secundarios o reservarlos para ocasiones puntuales. Nos sobran argumentos para reducir la comida de origen animal.
El helio (He) es un gas noble que prácticamente no reacciona con otras sustancias (es inerte). Es casi siete veces más ligero que el aire y el segundo elemento más ligero del universo, solo por detrás del hidrógeno. Además, no es inflamable y tiene su punto de ebullición extremadamente bajo. Estas propiedades hacen que el helio se use en multitud de aplicaciones, entre ellas:
Inflado de globos y dirigibles. Aunque el hidrógeno es aún más ligero que el helio, es peligroso porque es inflamable.
Medicina. El helio se utiliza en máquinas de resonancia magnética (RM) y en tratamientos para problemas respiratorios.
En la industria tiene aplicaciones muy diversas como para evitar reacciones químicas con el aire, proteger materiales sensibles como el aluminio o el titanio, detectar fugas, fabricar chips y fibras ópticas, así como en la industria aeroespacial o para enfriamiento extremo (criogenia, gas fundamental en equipos que requieren temperaturas cercanas al cero absoluto).
El helio no se fabrica: se extrae de minas
Es un recurso no renovable a escala humana. Es decir, no se puede fabricar fácilmente, sino que se obtiene de yacimientos naturales, sobre todo asociados al metano (gas natural), donde se encuentra mezclado en pequeñas cantidades (a veces menores al 1 %). Para extraerlo de forma industrial se usa un proceso llamado destilación criogénica, en el que la mezcla de gases se enfría a temperaturas muy bajas. Para separar el helio se usa la propiedad de que cada gas se licua a distinta temperatura. Este proceso es muy costoso energéticamente (cada kilo de helio requiere entre 50 y 150 kWh de energía), pero es el único método viable a gran escala.
El helio es un recurso limitado y es fácil que se escape de los yacimientos, ascienda por la atmósfera y se pierda en el espacio. Una vez liberado, no existe tecnología para recuperar el helio disperso en el aire.
Es un recurso tan sensible desde el punto de vista energético y geopolítico que algunos países tienen reservas estratégicas de helio. La más importante es la Reserva Nacional de Helio en Estados Unidos, ubicada en Texas. También destacan Qatar, uno de los principales productores actuales, así como Rusia y Argelia, entre otros.
Un costoso recurso usado en fiestas para niños
Producir helio para un solo globo de fiesta requiere entre 0,12 y 0,36 kWh, energía suficiente para mantener una bombilla LED encendida hasta 30 horas o cargar un móvil hasta 20 veces. A esto deben añadirse otros aspectos como el gasto de transporte o la fabricación de las botellas metálicas de almacenamiento.
Por si el asunto energético no te conmueve, gritemos que el helio de los globitos de tu fiesta no puede recuperarse para ser usado de nuevo. Además, la escasez de helio puede provocar, por ejemplo, retrasos en las resonancias magnéticas y el encarecimiento de procesos médicos, científicos e industriales, donde su uso es insustituible en muchos casos.
Cuando un globo se escapa, asciende a las nubes liberando el helio lentamente. Al final, el globo cae para seguir provocando daños como la contaminación de suelos y mares (con látex, plásticos, pinturas…) o el atragantamiento de especies que los confunden con comida.
El colmo de la estupidez es cuando se inflan multitud de globos con helio y se liberan voluntariamente. El efecto puede ser bonito, pero refleja una inconsciencia descomunal.
Más productos de alto impacto que tiramos sin conciencia
Ese despilfarro inconsciente no ocurre solo con el helio. Mirad:
El papel de aluminioes otro clamoroso caso de producto con alto impacto ambiental, que además contamina los alimentos, afectando a nuestra salud y, encima, se fabrica para ser usado una sola vez.
Baterías de litio que se usan para productos tan efímeros y enfermizos como los vapeadores.
Microplásticos que se usan en cosméticos (barras de labios, cremas, exfoliantes…) y limpiadores.
Envases complejos como el tetra-brick de usar y tirar.
Poliestireno expandido (EPS, corcho blanco o poliespán) para envases baratos de comida.
El helio (He) es un gas noble que prácticamente no reacciona con otras sustancias (es inerte). Es casi siete veces más ligero que el aire y el segundo elemento más ligero del universo, solo por detrás del hidrógeno. Además, no es inflamable y tiene su punto de ebullición extremadamente bajo. Estas propiedades hacen que el helio se use en multitud de aplicaciones, entre ellas:
Inflado de globos y dirigibles. Aunque el hidrógeno es aún más ligero que el helio, es peligroso porque es inflamable.
Medicina. El helio se utiliza en máquinas de resonancia magnética (RM) y en tratamientos para problemas respiratorios.
En la industria tiene aplicaciones muy diversas como para evitar reacciones químicas con el aire, proteger materiales sensibles como el aluminio o el titanio, detectar fugas, fabricar chips y fibras ópticas, así como en la industria aeroespacial o para enfriamiento extremo (criogenia, gas fundamental en equipos que requieren temperaturas cercanas al cero absoluto).
El helio no se fabrica: se extrae de minas
Es un recurso no renovable a escala humana. Es decir, no se puede fabricar fácilmente, sino que se obtiene de yacimientos naturales, sobre todo asociados al metano (gas natural), donde se encuentra mezclado en pequeñas cantidades (a veces menores al 1 %). Para extraerlo de forma industrial se usa un proceso llamado destilación criogénica, en el que la mezcla de gases se enfría a temperaturas muy bajas. Para separar el helio se usa la propiedad de que cada gas se licua a distinta temperatura. Este proceso es muy costoso energéticamente (cada kilo de helio requiere entre 50 y 150 kWh de energía), pero es el único método viable a gran escala.
El helio es un recurso limitado y es fácil que se escape de los yacimientos, ascienda por la atmósfera y se pierda en el espacio. Una vez liberado, no existe tecnología para recuperar el helio disperso en el aire.
Es un recurso tan sensible desde el punto de vista energético y geopolítico que algunos países tienen reservas estratégicas de helio. La más importante es la Reserva Nacional de Helio en Estados Unidos, ubicada en Texas. También destacan Qatar, uno de los principales productores actuales, así como Rusia y Argelia, entre otros.
Un costoso recurso usado en fiestas para niños
Producir helio para un solo globo de fiesta requiere entre 0,12 y 0,36 kWh, energía suficiente para mantener una bombilla LED encendida hasta 30 horas o cargar un móvil hasta 20 veces. A esto deben añadirse otros aspectos como el gasto de transporte o la fabricación de las botellas metálicas de almacenamiento.
Por si el asunto energético no te conmueve, gritemos que el helio de los globitos de tu fiesta no puede recuperarse para ser usado de nuevo. Además, la escasez de helio puede provocar, por ejemplo, retrasos en las resonancias magnéticas y el encarecimiento de procesos médicos, científicos e industriales, donde su uso es insustituible en muchos casos.
Cuando un globo se escapa, asciende a las nubes liberando el helio lentamente. Al final, el globo cae para seguir provocando daños como la contaminación de suelos y mares (con látex, plásticos, pinturas…) o el atragantamiento de especies que los confunden con comida.
El colmo de la estupidez es cuando se inflan multitud de globos con helio y se liberan voluntariamente. El efecto puede ser bonito, pero refleja una inconsciencia descomunal.
Más productos de alto impacto que tiramos sin conciencia
Ese despilfarro inconsciente no ocurre solo con el helio. Mirad:
El papel de aluminioes otro clamoroso caso de producto con alto impacto ambiental, que además contamina los alimentos, afectando a nuestra salud y, encima, se fabrica para ser usado una sola vez.
Baterías de litio que se usan para productos tan efímeros y enfermizos como los vapeadores.
Microplásticos que se usan en cosméticos (barras de labios, cremas, exfoliantes…) y limpiadores.
Envases complejos como el tetra-brick de usar y tirar.
Poliestireno expandido (EPS, corcho blanco o poliespán) para envases baratos de comida.
Un libro escrito por una científica y divulgadora de la Universidad de Oxford que tiene por bandera el optimismo y los datos (Anagrama, 2025). Se aleja del catastrofismo ecologista casi tanto como del negacionismo climático; y afirma que «aceptar la derrota ante el cambio climático es una postura indefendiblemente egoísta».
Hannah Ritchie aclara que su optimismo es «condicional» (i.e., condicionado a actuar adecuadamente); que es diferente a un «optimismo ciego» que confía sin promover la acción organizada. Su objetivo es conseguir que seamos la primera generación que logre alcanzar la sostenibilidad completa en los dos sentidos que recoge la definición de la ONU: satisfacer las necesidades de las generaciones actuales; y hacerlo sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. Con respecto al primer aspecto, Ritchie opina que falta mucho por hacer aunque, al menos, se ha avanzado una barbaridad en aspectos tales como: la mortalidad infantil y materna, la esperanza de vida, el hambre y la malnutrición, el acceso a recursos básicos (agua, energía…), la educación y la pobreza extrema.
Por supuesto, estos avances en la calidad de vida global también «han tenido un enorme coste medioambiental», lo cual ha empeorado de forma colosal el segundo requisito de la sostenibilidad. Para equilibrar la situación, el libro examina en detalle siete problemas medioambientales y sus interconexiones entre sí.
Antes de examinar esos siete problemas, Ritchie se distancia de dos soluciones típicas del ecologismo: despoblación y decrecimiento. La primera consiste en reducir el tamaño de la población y Ritchie afirma que realmente esa no es una alternativa, primero porque la población ya se está frenando a nivel mundial y, segundo, porque es muy complicado hacerlo de forma ética. Apunta a que más impacto que la superpoblación lo generan los estilos de vida (especialmente de los millonarios), lo cual podría estar afectado por la segunda solución que Ritchie rechaza, el decrecimiento, entendido como un retroceso o empobrecimiento. Para ella, la pobreza no implica mayor sostenibilidad, por supuesto, si consideramos los dos pilares de la sostenibilidad anteriormente indicados. En el libro, ella matiza que es cuestionable el crecimiento en los países ricos, pero que para acabar con la pobreza se necesita un crecimiento económico global. Para ella, no vale cualquier crecimiento y afirma —igual que cualquier decrecentista— que sería necesario crecer en algunos sectores y tecnologías y decrecer en otras. Tal vez, la promesa más impactante del libro es que dice demostrar que podemos reducir el impacto ambiental y, a la vez, mejorar la situación económica.
1. Contaminación atmosférica
Aunque no se suela decir, la contaminación atmosférica es«una de las principales causas de mortalidad en el mundo». Las cifras de fallecidos por esta causa son similares a las muertes por tabaquismo; seis o siete veces mayores que los muertos en accidentes de tráfico; y superan en cientos de veces la cifra de vidas perdidas por terrorismo o por guerras. Cada año, la mala calidad del aire suele ser quinientas veces más mortífera que todas las catástrofes «naturales» juntas.
La buena noticia es que se está reduciendo este tipo de contaminación, especialmente en las ciudades, lo cual baja las tasas de mortalidad. Es preciso tomar medidas locales y globales. Usemos como inspiración el Protocolo de Montreal para eliminar las sustancias químicas que degradaban la capa de ozono, un problema de cuya gravedad advirtió incluso Carl Sagan. En 1987 fue firmado por 43 países; y en 2009 se convirtió en el primer convenio internacional que logró la ratificación universal de todos los países del mundo. Un ejemplo que demuestra que hacer caso a la ciencia tiene resultados positivos.
A escala global, la mayor fuente de contaminación es quemar madera o carbón, incluyendo aquí las quemas agrícolas. Luego está la polución por actividades agropecuarias, principalmente por culpa de la ganadería y por los fertilizantes. Después viene la quema de combustibles fósiles para producir electricidad. Luego, diversas industrias (textiles, químicas, metalúrgicas…), seguidas del transporte de personas y mercancías.
Lee también un resumen de este libro de Yuval N. Harari.
Las soluciones propuestas pueden parecer caras, pero son muy baratas si las comparamos con los cientos de millones en gastos por no solucionar el problema:
Lo más urgente es «dejar de quemar cosas» y, cuando no sea posible, capturar las partículas de la combustión.
Detener las quemas agrícolas por ser una inmensa fuente de contaminación estacional fácil de evitar haciendo compost, triturando, etc.
Conseguir combustibles limpios para cocinar y calentarse. La leña puede ser muy natural, pero es la forma más contaminante de conseguir calor. Provoca múltiples enfermedades por respirar el humo.
Eliminar el azufre de los combustibles fósiles. Es tan simple como poner filtros en las chimeneas.
Transporte sostenible: caminar, ir en bicicleta o en transporte público.
Abandonar combustibles fósiles, en favor de las renovables y de la energía nuclear. Ritchie es contraria a debatir entre renovables y nuclear porque, para ella, lo importante es que son energías con bajas emisiones de CO2. No tiene en cuenta el problema de los residuos radiactivos, ni el riesgo de atentados terroristas, ni el hecho de que las nucleares no sean rentables sin subvenciones de dinero público.
2. Cambio Climático
«Un mundo 6 ºC más caliente que el actual sería devastador», nos advierte la autora. Tras comentar algunas de las consecuencias del calentamiento global, afirma que «si cada país cumpliera realmente sus compromisos climáticos, llegaríamos a los 2,1 ºC en 2100», lo cual sería una gran noticia, aunque podría ser mejor.
Hannah Ritchie asegura que «las tecnologías bajas en carbono resultan cada vez más competitivas» y «los líderes mundiales se han vuelto más optimistas». Ahora tenemos infraestructuras mejor preparadas, podemos predecir eventos climáticos extremos, organizar evacuaciones, existen redes internacionales de apoyo, etc. En definitiva, estamos mejor preparados que en el pasado y sabemos cómo reducir las emisiones de dióxido de carbono, porque hay solo dos fuentes principales: «la quema de combustibles fósiles y el cambio en el uso de la tierra» (deforestación).
La situación actual es que «las emisiones totales siguen aumentando, pero las emisiones per cápita han tocado techo». Ese dato es utilizado por la autora para ser optimista y esperar a que la contaminación empiece a declinar, al menos en los países ricos, porque dice que está demostrado que «los avances tecnológicos hacen que hoy consumamos mucha menos energía que en el pasado». Como ejemplo, afirma que en Suecia se vive con igual nivel que en Estados Unidos y, sin embargo, se emite solo una cuarta parte. Según sus datos, el crecimiento económico y la reducción de emisiones son compatibles. El problema es que mira datos de países ricos que ya son exageradamente insostenibles. En tales casos, ¿es correcto celebrar una pequeña reducción en su contaminación?
En su análisis, asegura que «las soluciones que pasan por reducir el consumo de energía a niveles muy bajos no son buenas», porque la energía es fundamental para mantener o aumentar la calidad de vida. Tampoco ve adecuado que se avergüencen los que viajan en avión, porque para ella volar es un gran invento y las ventajas son suficientes para olvidar sus serios inconvenientes. ¿Será una excusa para justificar su gusto por volar?
Soluciones que propone:
Transición hacia la energía renovable por todas sus ventajas. El inconveniente del espacio que requieren se resuelve buscando lugares adecuados: tejados, agrovoltaica, etc.
Electrificar la demanda de energía donde sea posible y aumentar el almacenamiento (baterías…). Ritchie está convencida de que esta transición requerirá menos actividad minera que con combustibles fósiles.
Replantear el transporte a larga distancia.
Alimentación. Aunque sostiene que no es preciso ser veganos, deja claro que cualquier cambio a dietas más vegetales tiene una enorme influencia en el clima, como por ejemplo elegir hamburguesas de pollo en lugar de ternera (que es la carne con más huella de carbono). Con datos muy fiables confirma que «la carne con emisiones de carbono más bajas supera las de la proteína vegetal con emisiones más altas». Y no importa demasiado si son alimentos ecológicos, de proximidad o en extensivo. La autora afirma que adoptando las siguientes medidas se liberaría suficiente tierra como para compensar las emisiones del sistema alimentario resultante:
Comer menos carne.
Adoptar las mejores prácticas agrarias.
Reducir el consumo excesivo y el desperdicio alimentario.
Reducir las emisiones por la construcción, básicamente eliminando el cemento, un material muy contaminante en su fabricación. Propone usar otros materiales y, aunque no lo cita, una opción es el cemento Sublime.
Poner precio al carbono para que los productos de altas emisiones sean más caros y menos accesibles. Como todos sabemos, los precios no reflejan los costos de los productos, y mucho menos los costos ambientales. El peligro de esta medida —y Ritchie lo subraya— es que haga que las familias pobres sean aún más pobres. Para evitarlo se deben incluir ayudas y conseguir que sean los ricos los que más paguen, porque son, de hecho, los que más carbono emiten.
Sacar a la población de la pobreza es otra medida para adaptarnos al cambio climático, porque son los pobres los más vulnerables.
No caer en la trampa psicológica de la «autoconcesión moral». Esto ocurre cuando nos permitimos algo negativo porque creemos que lo compensamos con un sacrificio en otro aspecto. Por ejemplo, comernos un filete porque reciclamos el envoltorio de plástico; o caer en las trampas del greenwashing. Para ello, es importante tener muy presente qué cosas a nivel individual tienen más y menos impacto.
Un problema de la forma de comunicar de Ritchie es que quita importancia a aspectos que, aunque no sean principales, tienen suficiente peso como para no ser despreciados. Es como si olvidara el efecto sinérgico de juntar varias fuerzas. Sumar muchos pocos hace un mucho. A veces, este tipo de contradicción se hace patente en una misma explicación. Por ejemplo, cuando literalmente escribe: «Cambiar nuestra alimentación no va a resolver el cambio climático: para ello tenemos que dejar de quemar combustibles fósiles. Pero arreglar únicamente nuestros sistemas energéticos, ignorando la alimentación, tampoco nos llevará a esa meta».
3. Deforestación
La tierra ha perdido un tercio de todos sus bosques desde el final de la última glaciación. En el último siglo, también se ha perdido mucha superficie forestal, casi toda debida a la expansión de la agricultura. Las zonas incendiadas se regeneran si se las deja. Al perder bosques se emite carbono, pero Ritchie considera que eso es secundario en comparación con la pérdida de biodiversidad.
También resalta cómo la pérdida de hábitats se puede frenar con medidas políticas. Por ejemplo, «Brasil logró reducir la deforestación en un 80 % en solo siete años bajo la presidencia de Lula da Silva».
Con respecto al aceite de palma, no considera que su consumo sea preocupante, porque no se sabe con certeza la deforestación que causa de forma directa. Opina que no sería justo culpar a ciertos campos de palmeras de la deforestación de esas áreas si los bosques fueron talados con anterioridad. Es decir, no tiene en cuenta que esas zonas podrían volver a ser bosques. Además, sostiene que usar otros tipos de aceites podría ser incluso peor. Sin embargo, hay que tener en cuenta que evitar el aceite de palma no obliga a optar por otro aceite, sino que se puede optar por no consumir productos con aceite de palma (bollería, alimentos ultraprocesados, etc.) sin sustituirlos por nada con otros aceites. En cualquier caso, apoya el uso de aceite de palma certificado como sostenible (RSPO) y deja claro que «el biodiésel de aceite de palma produce más emisiones de carbono que la gasolina o el gasóleo».
«La tala de bosques para dejar espacio al ganado bovino es responsable de más del 40 % de la deforestación mundial». El siguiente factor de pérdida de bosques es la palma y la soja y, en tercer lugar, la silvicultura (papel/celulosa). Así, pues, la mejor forma de frenar la deforestación es reducir el consumo de carne de cordero y de vacuno. En tercer lugar, se situaría el queso y los lácteos de vaca. Ritchie apoya esta opción, incluso aunque sean productos de ganadería extensiva en tierras no aptas para la agricultura, porque en estos casos considera que la mejor opción sería dejar que esas tierras se conviertan en bosques u otros espacios naturales.
Otras opciones que propone son: que los países ricos paguen a los más pobres por conservar sus bosques; y que se compensen las emisiones mediante reforestaciones (aunque esto tiene un peligro muy evidente).
Para acabar este apartado, Ritchie sostiene que no es buena idea volver de la ciudad a zonas rurales (revitalizar pueblos), ya que la principal causa de deforestación es cómo producimos nuestros alimentos y no dónde vivimos. Y también alerta de los que piensan que la alimentación vegana contribuye a la deforestación por los cultivos de soja. Los datos son muy evidentes: el 76 % de la soja se utiliza para alimentar animales y «solo el 7 % se destina a los productos veganos» (tofu, tempeh y leche vegetal).
4. Alimentación para no comerse el planeta
«La demanda humana de alimentos representa la mayor amenaza para los animales del globo». Así de contundente se manifiesta Hannah Ritchie. Afortunadamente, no es cierto que haya una fecha límite en los suelos agrícolas del mundo. Unos se están degradando y otros están mejorando, aunque en general, el suelo agrícola está siendo maltratado (y no solo por la erosión).
Una persona necesita entre 2.000 y 2.500 calorías diarias. Si dividimos la producción mundial de alimentos a partes iguales entre todos, cada uno de nosotros podría consumir unas 5.000 calorías diarias (más del doble de lo necesario). El hambre en el mundo no es un problema de falta de alimentos, sino de mala distribución (también lo apuntaron Nebel y Wrigth). Este dato sirve a Ritchie para confirmar que, en realidad, no somos demasiados humanos. El problema es que los millones que habitamos el planeta Tierra no nos contentamos solo con comer, sino que aspiramos a un consumo cada vez mayor (casas, teléfonos, aviones, IA…).
La superproducción agraria se debe principalmente a dos inventos: el de Fritz Haber y Carl Bosch (para convertir el nitrógeno del aire en amoníaco, fertilizante); y el de Norman Borlaug (para mejorar el cultivo de trigo en México). Estos logros para aumentar la producción han evitado muchas muertes, pero también han hecho que no podamos volver atrás. Es decir, «el planeta no puede limitarse a consumir solo alimentos ecológicos» (porque hay demasiadas personas a las que alimentar). Por tanto, a nivel colectivo dependemos de los fertilizantes para sobrevivir, y fabricarlos requiere grandes cantidades de energía, lo cual explica por qué los países pobres los usan poco, aunque tengan que utilizar mayor superficie agraria.
Vivimos en un mundo con grandes desigualdades, en el que algunos sufren de obesidad y otros de desnutrición; el alimento que podría saciar el hambre de millones de personas se dedica a alimentar ganado o a producir agrocombustibles para nuestros coches. Menos de la mitad de los cereales que se producen se dedican a la alimentación humana directa. Todo un 41 % se lo come el ganado, lo cual nos hace ver que comer animales es una forma muy ineficiente de conseguir proteínas. «Los animales más pequeños son más eficientes en términos calóricos», aunque surge el «dilema moral» de que hay que matar una mayor cantidad de animales pequeños para conseguir la misma cantidad de carne.
Ritchie pone un ejemplo que sirve para visualizar bien lo que implica comer animales muertos: «¿Se imagina que comprara una barra de pan, cortara una rebanada y tirara el resto —más del 90 %— a la basura? Pues bien: en términos de calorías, eso es más o menos lo que hacemos con la carne». El ganado también es ineficiente convirtiendo proteínas. Lo bueno es que son proteínas «completas» (incorporan aminoácidos importantes), lo cual se puede conseguir con dietas vegetales comiendo legumbres y cereales. La carne también tiene otros nutrientes importantes, pero el único que no existe en los vegetales es la vitamina B12 (asunto que ya se zanjó aquí).
Para entender la magnitud del problema, afirma que tres cuartas partes de la superficie agraria tienen como fin último criar ganado, y todo eso solo sirve para producir el 18 % de las calorías y el 37 % de las proteínas que consumimos. Debemos «reducir al máximo la cantidad de tierra que destinamos a la actividad agraria», lo cual mejoraría también otros problemas: deforestación, contaminación atmosférica, de aguas, de tierras, maltrato animal, etc.
Soluciones que propone:
Mejorar los rendimientos agrícolas en todo el mundo, especialmente en África.
Comer menos carne, sobre todo de vacuno y cordero, las carnes con mayor impacto (en emisiones, consumo y contaminación de agua, eutroficación, uso de tierra, etc.). Ritchie expone que no funciona instar a la ciudadanía a convertirse al veganismo, sino que es mejor invitar a hacer cambios paulatinos: poner un día a la semana sin carne, reducir las dosis, aumentar el consumo de legumbres, etc. Solo eliminando la carne de ternera y la de cordero se reduciría a la mitad nuestra necesidad de tierras de cultivo en todo el globo. Debemos entender que la dieta vegana es la más ecológica, pero no es necesario ser veganos estrictos: «El ahorro en comparación con una dieta con algo de pollo, o algo de pescado y huevos, no es tan significativo», aclara la autora del libro. Ella quiere derribar el mito de que si fuésemos veganos no habría tierra para cultivar porque, como ya se ha indicado, lo que ocurriría sería todo lo contrario: una dieta vegana requiere menos tierra de cultivo.
Invertir en sustitutos de la carne. Para Ritchie, es importante que las carnes vegetales cumplan cuatro requisitos: ser sabrosas, baratas, fáciles de encontrar y fáciles de incorporar a las dietas habituales. Ella afirma que ha probado multitud de productos vegetales y que hay algunos realmente asombrosos que, incluso, pueden llegar a gustar tanto o más que los productos cárnicos que imitan. Optar por estos productos no solo reduce la huella de carbono, sino que contribuye a bajar el precio para el resto de la humanidad.
Las hamburguesas híbridas también reducen la huella ecológica (usar carne de pollo total o parcialmente, introducir legumbres…).
Sustituir los productos lácteos por alternativas vegetales. En la UE, los productos lácteos son la causa de un mínimo de una cuarta parte de la huella de carbono. Cualquier bebida vegetal tiene una huella ecológica menor que la leche animal. Ritchie recuerda aquí también la importancia de seguir una dieta variada, para evitar carencias nutricionales.
Desperdiciar menos comida. Por ejemplo, resalta la importancia de cambiar los sacos de recogida de productos agrarios por cajas rígidas que protejan de golpes. También es importante saber que si un producto supera su fecha de «consumo preferente», no indica que no se pueda consumir.
No depender de la agricultura de interior. Aunque minimiza el espacio ocupado (agricultura en vertical), sus necesidades energéticas son tan inmensas que no compensan las ventajas, ni empleando solo energía renovable.
No centrarse en los alimentos de proximidad. Aunque el transporte es importante, supone solo el 5 % de las emisiones de GEI de la comida. El resto se debe a los procesos de producción, empaquetado y conservación. Lo más contaminante es el transporte aéreo (50 veces más que por barco), pero apenas se usa porque es caro. Por su parte, el transporte marítimo es barato, por lo que casi toda la contaminación del transporte de alimentos se produce en la carretera. En definitiva, Ritchie quiere dejar claro que está bien comer alimentos de proximidad, pero que las frutas y verduras producidas muy lejos tienen menos huella ecológica que la carne producida muy cerca.
Los alimentos ecológicos tienen menos pesticidas, pero requieren más extensión. Abonar con estiércol también puede contaminar acuíferos. Respecto al clima, no hay consenso si es mejor o peor porque depende de múltiples factores. Ritchie dice que se fija más en el contenido de los envases que en las certificaciones ecológicas.
Eliminar el plástico aumentaría el desperdicio alimentario. En la huella ecológica de los alimentos solo el 4 % de las emisiones procede de los envases. Nos advierte de que en ciertos alimentos es fácil de eliminar, pero en otros no. En todo caso, aquellos alimentos en los que el plástico es importante tal vez no sean esenciales en nuestra dieta y podemos prescindir totalmente del plástico y del alimento.
5. Pérdida de biodiversidad. Proteger la vida silvestre
«No cabe duda de que muchos animales están experimentando un preocupante y acelerado declive. Pero, si profundizamos un poco más, descubrimos que también hay algunos a los que les va bien». Lo que no debemos olvidar es que nuestra vida depende de la biodiversidad, aunque «no esté claro qué especies necesitemos y cuáles no». Recomendamos aquí leer el relato de La vida del doctor Biología. Lo cierto es que a veces prestamos más atención a ciertas especies, bonitas o más visibles, y olvidamos a las realmente importantes, como los gusanos y las bacterias.
El ser humano ha atacado a las demás especies desde sus orígenes, como bien explica Yuval N. Harari en su magnífico Sapiens. Ritchie declara que «antes de la aparición de la agricultura, hace unos diez mil años, la mayor amenaza para los animales era nuestra caza directa: una vez iniciada la actividad agraria, pasó a ser la destrucción de sus hábitats» y «en la última centuria, el ritmo de disminución ha sido aún más rápido». Un dato más: «Los vertebrados se han extinguido entre cien y mil veces más rápido de lo que cabría esperar».
Actualmente, los humanos y nuestro ganado constituimos la inmensa mayoría de los mamíferos del planeta. Estos son los datos del porcentaje de la biomasa actual y en 1900:
Mamíferos salvajes: 2 % (17 % en 1900).
Humanos: 35 % (23 %).
Ganado: 63 % (60 %).
Esta desproporción también ocurre en las aves: «la biomasa de nuestros pollos duplica la de las aves silvestres». Hay multitud de datos que llevan a poder proclamar que «nos dirigimos hacia una sexta extinción masiva». La buena noticia es que podemos frenarla.
Soluciones que propone:
Reducir al mínimo la superficie cultivada.
Utilizar fertilizantes y pesticidas de forma más prudente y eficaz.
Emplear los métodos de la UE con los que ha conseguido frenar el declive de multitud de especies: reducir el uso de tierras agrícolas, recuperar hábitats naturales, prohibición total de la caza, implementación de cuotas cinegéticas, mecanismos para detener a los cazadores furtivos, proteger zonas por ley (incluyendo también el rewilding), sistemas de compensación para reproducir determinadas especies y programas de cría y reintroducción.
Comer menos carne, porque esto reduciría la cantidad de tierra destinada a la agricultura, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la deforestación.
Detener la deforestación, lo cual implicaría reducir la pérdida de hábitats y las emisiones de GEI.
Proteger los parajes con mayor biodiversidad. El objetivo de la ONU de proteger para 2030 el 30 % de la superficie terrestre es poco ambicioso; y no son pocas las voces que piden proteger al menos el 50 % para 2050.
Frenar el cambio climático.
Detener los vertidos de plásticos en el mar.
6. Plásticos marinos
«El 44 % de todo el plástico del planeta se emplea en la fabricación de envases». Es ahí donde está el núcleo del problema de los plásticos. La autora critica el documental Seaspiracy por algunos de sus datos, pero está conforme con que el 80 % del plástico de las islas oceánicas procede de la industria pesquera. Solo el 20 % restante tiene su origen en tierra. Sin embargo, si miramos el plástico en zonas costeras, los datos podrían indicar justo lo contrario.
Ritchie dice que no hay aún evidencias de los auténticos peligros de los plásticos en el cuerpo humano, y que le parece más preocupante el daño que se causa a la fauna marina (enredos, atragantamientos…).
Soluciones:
Dejar de utilizar envases de plástico de un solo uso.
Invertir más en gestión de residuos: sistemas de recogida, centros de reciclaje, vertederos adecuados (que capturen el metano de la materia orgánica), etc. Es importante reciclar todo lo que se pueda. El problema es que no siempre se puede. El reciclado mecánico permite que los plásticos se reciclen una o dos veces. El reciclado químico es mejor, pero es «tremendamente costoso» y no compensa hacerlo en ningún caso. Tal vez sería útil un SDDR para vidrio reutilizable y, en paralelo, imponer impuestos crecientes al plástico de un solo uso.
Obligar a las industrias a un diseño más inteligente, que utilice solo plásticos reciclables y permita separarlos de forma cómoda.
Prohibir el comercio de plástico usado para que los países ricos no usen a otros como sus vertederos. La proporción de plástico que circula por esta vía no es elevada, pero muchas veces acaba en el mar. Hablamos de 1,6 millones de toneladas en 2020.
Trabajar con la industria pesquera para que no abandone su basura en el mar (redes, anzuelos, etc.). Podría castigarse a los barcos que no traigan de vuelta los aparejos con los que salieron y/o premiarse a quienes traigan basura encontrada en el mar.
Poner interceptores en los ríos. Son aparatos o líneas de burbujas que sirven para capturar los plásticos evitando que lleguen al mar. Otra solución que no contempla es poner grandes bolsas de red a la salida de los desagües pluviales o residuales de las ciudades. Dado que esas aguas arrastran multitud de basura, esas redes la capturarían.
Limpiar las playas es una forma mucho más barata de reducir el plástico en los océanos que recogerlo mar adentro.
7. Sobrepesca. Poner fin al expolio de los océanos
Esto está muy relacionado con la pérdida de biodiversidad. Según Ritchie, los animales marinos son discriminados con respecto a los terrestres. De alguna forma, su sufrimiento parece importar menos a los humanos, a pesar de las evidencias que existen de que los peces son capaces de sentir sufrimiento.
El incremento en potencia y tecnología aplicada al sector pesquero ha hecho que muchas pesquerías hayan entrado en declive o en grave colapso. Ante esto, hay dos formas de actuar. La primera es proponer «capturar muy pocos peces, por no decir ninguno». La segunda es «capturar tantos peces como sea posible, año tras año, pero sin mermar más sus poblaciones». Normalmente, se opta por la segunda opción, aunque sabemos que en demasiadas ocasiones no se cumple.
Una tercera vía (con un enorme crecimiento) ha sido la cría de pescados y mariscos: acuicultura o piscicultura. Actualmente, se crían más peces y mariscos de los que se pescan en estado salvaje. Para Ritchie es una buena noticia porque, según ella, esto reduce presión sobre los peces salvajes. No obstante, reconoce que parte de la comida de los peces de piscifactoría es, precisamente, peces salvajes, pero que, para algunas especies, se ha logrado una proporción de 0,3 (es decir, que hacen falta 0,3 peces salvajes para criar uno de forma artificial). El resto de comida lo forman, por ejemplo, piensos vegetales. La autora deja claro que «las normas de bienestar animal que rigen en las piscifactorías suelen ser bastante deficientes» (léase esto para más datos). Ella no habla de otros problemas presentes en las piscifactorías, como la contaminación que producen.
Con respecto a los atúnidos, Ritchie dice que su situación es mala, aunque algunas especies están mejorando sus poblaciones. Particularmente, alerta de la situación de los atunes en el océano Índico, donde se está sobrepescando sin control (España con la famosa operación Atalanta). El libro no habla de la amenaza del mercurio en los atúnidos.
Otro problema es la muerte generalizada de los corales. La autora demuestra ser una apasionada de estos animales y no le faltan motivos. La solución urgente a este problema es frenar el calentamiento global, evitando quemar combustibles fósiles. Si quieres enamorarte de los corales, te animamos a leer el relato de Lord Howe.
Soluciones:
Comer menos pescado, siempre que sea posible. Tal vez unos quieran no comer nada de pescado (lo cual evita el dilema del sufrimiento animal), mientras que otros opten por reducir este tipo de alimento.
Elegir bien la especie a consumir. El problema de esta opción es que requiere el esfuerzo de investigar y puede variar en el tiempo y dependiendo de la región. Escogiendo bien, podemos comer pescado con poca huella de carbono (casi todos ellos son mejores que el pollo). Ella recomienda evitar los lenguados y mariscos caros, y optar por pescados pequeños y salvajes, como arenques o sardinas.
Reglamentos estrictos para capturas incidentales y descartes. El objetivo es reducir el número de peces que se pescan sin querer y que se tiran al mar (descartes), donde siempre mueren (si no lo están ya). Algunos países han prohibido los descartes y obligan a sus barcos de pesca a desembarcar todo lo que capturen, sea comercial o no.
Prohibir la pesca de arrastre. Es el arte más perjudicial: normalmente se descarta entre el 30 y el 50 % de todo lo capturado (a veces es el 10 %), a lo que hay que sumar el destrozo del fondo marino que ocasionan, entre otros inconvenientes.
Las áreas marinas protegidas evitan ciertas actuaciones humanas dentro de ellas. Son una buena solución, aunque a veces lo que provocan es que el impacto se traslade a otro lugar.
Propuestas finales de Hannah Ritchie
El libro de Ritchie es un canto de optimismo lleno de datos realistas. Algunas de sus opiniones pueden ser controvertidas, pero la mayoría están basadas en evidencias. Es cierto que estamos avanzando en muchos aspectos, aunque no sea tan rápido como nos gustaría. También es cierto que las opciones sostenibles se están volviendo más baratas. Y, en muchos casos, el pueblo está despertando.
Hannah se siente una traidora cuando no usa las opciones más ecológicas, aunque sí sean las opciones con menor huella de carbono, como usar el microondas o consumir alimentos que no sean de proximidad. Pero alerta que, aunque los cambios individuales sean importantes, es necesario un «cambio sistémico», es decir, una acción política que lleve a aprobar leyes que nos hagan avanzar en todas las soluciones que se han propuesto más arriba. Para ello, es necesario «votar a líderes que favorezcan medidas sostenibles» (partidos verdes y ecofeministas) y también sugiere importantes aportaciones individuales como estas:
«Votar con la cartera», que quiere decir que cuando compramos estamos enviando una señal clara de nuestros intereses al mercado (a las empresas).
Donar dinero a causas ecohumanistas (proyectos, organizaciones, etc.). Ritchie —conforme con lo que propuso Peter Singer— dice que dona al menos el 10 % de sus ingresos.
Dedicar más tiempo a las cosas importantes (colaborar con ONG, por ejemplo) y menos a discusiones secundarias. Es decir, aunemos esfuerzos en la dirección correcta, aunque no opinemos todos exactamente lo mismo.
También es muy importante elegir una trayectoria profesional que nos llene y en la que podamos empujar en la dirección que deseemos.
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.
El informe Los límites del crecimiento(1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.
Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:
En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores…
La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
La tecnología más moderna será solo para las élites.
Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).
Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.
Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.
No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.
No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.
El informe Los límites del crecimiento(1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.
Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:
En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores…
La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
La tecnología más moderna será solo para las élites.
Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).
Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.
Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.
No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.
No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?
Actualmente, el gran volumen de intermediación que existe en el sector de la alimentación hace que los pequeños productores independientes se encuentren en una posición de debilidad. Estos productores ven cómo se agranda cada vez más la brecha entre el precio que ellos cobran por los productos y su precio final en los comercios (aplicando márgenes por encima de un 1000% a alimentos cotidianos). Además, una incorrecta gestión de la logística y el transporte, conlleva un daño medioambiental mayor del que podemos imaginar.
Hace más de un año se puso en marcha el proyecto hermeneus.es que fomenta la concienciación hacia la necesidad de cuidar el medioambiente y la economía local, mediante un consumo sostenible. Hermeneus.es, a través de su plataforma web, facilita herramientas de comunicación y comercio electrónico a los profesionales del sector de la alimentación para generar un mercado transparente, en el que productor y consumidor están en contacto directo.
Hermeneus.es pone en contacto a profesionales de la alimentación y consumidores por toda la península. De esta forma el consumidor sabe dónde se han producido los alimentos que consume diariamente, y la trazabilidad de los mismos hasta su origen. Al no haber ningún intermediario ni comisiones por venta en las operaciones, se evita que se incremente el precio final de los productos.
Por otra parte, al incentivar el consumo local, las rutas de los transportistas se acortan, por lo que se reducen las emisiones de CO2 a la atmósfera.
Hermeneus cuenta con 5 compromisos sociales, que constituyen los pilares sobre los cuales se basa su actividad:
Apoyar al comercio local.
Generar información transparente y neutral.
Minimizar las emisiones de CO2.
Mejorar hábitos y costumbres alimentarias.
Favorecer el acceso a nuevas tecnologías y potenciar el desarrollo rural.
El proyecto ha tenido muy buena acogida. Cuenta ya con más de 8.000 usuarios registrados, y más de 130 profesionales de la alimentación, cada uno ofreciendo diferentes productos desde verduras, frutas y hortalizas, hasta queso o jamón, pasando por aceite de oliva, o miel. Esperemos que cada vez más personas sean conscientes de la importancia de practicar un consumo que, además de apoyar a los productores locales, fomente unas prácticas más justas para estos profesionales y más beneficiosas para el medioambiente. Podéis encontrar más información en su web: www.hermeneus.es.
Hermeneus no es una ONG, ni cobra comisiones por las ventas. Los profesionales pagan una cuota fija de 25 euros mensuales, para acceder a todas las herramientas de comunicación, promoción y venta. El beneficio que obtenga cada profesional es íntegramente suyo.
Probablemente, si estás leyendo esto, serás un apasionado de los coches o de la movilidad eléctrica. Si además eres, como yo, un “común mortal”, es decir, una persona que se gana la vida trabajando, te parecerá que el precio de los coches eléctricos es sumamente elevado.
Pero ¿por qué son tan caros? La respuesta es evidente: no interesa a los fabricantes convencionales ni a las petroleras, ergo, no hay voluntad de venderlos. Pero aunque se acaba el tiempo de los coches fósiles, debemos también cambiar el enfoque: Siempre partimos de la base de “comprar”, pero ¿y si partimos del reciclaje?
Esto nos lleva al concepto de “conversión” de un coche convencional en uno eléctrico, que además sirve para reciclar y reutilizar, términos de “moda” (aunque realmente lo que deberíamos hacer es decrecer).
¿Y cómo vamos a hacer eso? Pues con “voluntad política” porque ahora mismo en España, esto es casi inviable, porque resulta que una conversión, por ejemplo, de un Citroën Saxo (poniendo tú el coche) sale por unos 12.000€, igual que uno nuevo con motor de explosión. A eso hay que sumar la homologación a la que te obliga la Ley, que puede costar sobre unos 3.000€ y un par de meses. El precio es excesivo, incluso sin homologación, debido a que en España no hay muchos que lo hagan, mientras que en otros países sale por unos 6.000, homologación incluida.
La homologación está pensada en España para el gran fabricante. Por eso es tan cara. Si un fabricante quiere vender un modelo nuevo de coche, debe homologarlo, es decir, homologar un modelo concreto le permitirá vender infinitos coches de ese modelo con una sola homologación. Evidentemente, esto no está pensado para los particulares que se ven abocados a comprar un coche nuevo.
Hablaba de “voluntad política” porque simplemente cambiando la legislación se podría facilitar que los talleres hicieran las conversiones. Se exigiría un “carnet de instalador autorizado” (ahora debe ser un ingeniero industrial colegiado) que obligue a unos mínimos estándares de seguridad y luego todo ello refrendado por una ITV (50€) que certifique que todo está correcto.
Conversión “casera” de un clásico VW “escarabajo”
Por unos 6.000€ podrías re-estrenar tu coche, en lugar de gastarte 15.000€ en uno nuevo diésel o en uno eléctrico de segunda mano (como el Nissan Leaf). Con la crisis actual, ese precio no estaría nada mal. Incluso serviría para dotar de nueva vida a coches clásicos. Esto se hace así de simple en Alemania o EE.UU., es decir, que no es nada “descabellado” y además ofrece las siguientes ventajas:
Reducimos la contaminación: el humo del diésel es cancerígeno al mismo nivel que el amianto según la OMS.
Reutilizamos los recursos al aprovechar un coche ya existente (todo menos el motor).
Aumentamos la eficiencia: un motor eléctrico es mucho más eficiente, además de recuperar la energía en las frenadas.
Dinamizamos la economía y creamos empleo con alta cualificación en los talleres ya existentes, animando a más gente a renovar su viejo coche.
Daría el impulso definitivo a las energías renovables para la creciente demanda de recargar el coche “gratis” (con tus propios paneles solares).
Reduciríamos drásticamente la contaminación acústica en las ciudades, haciéndolas más habitables y reduciendo enfermedades relacionadas con el estrés.
Por último, también podemos decantarnos por comprar uno eléctrico de segunda mano. En ese caso hay que tener en cuenta que las baterías no son nuevas, mientras que si electrificas tu coche las baterías las eliges tú. En conclusión, actualmente en España no sale rentable convertir vehículos en eléctricos por las trabas burocráticas, cosa que no ocurre en Alemania o EE.UU. Esto debe acabar, ya que todo son ventajas, pero sobretodo, porque es el futuro. Sinceramente, no me veo en casa utilizando una aspiradora con petróleo…
Jorge García, Twitter: @jorgejabali
Diplomado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Valencia
Rafael Toro Ruiz (@RToruiz), estudiante de periodismo
La generación de residuos tecnológicos destruye ecosistemas y recursos naturales.
Consumismo y obsolescencia programada: Dos términos que van de la mano. Dos tendencias perjudiciales para los ecosistemas mundiales. La sociedad se está convirtiendo en cómplice de un sistema engañoso que incita al consumo severo de todo tipo de productos, con la intención de ver aumentados los beneficios económicos de las grandes empresas multinacionales, empresas que, de la mano de la globalización, son hoy las encargadas de dictar las reglas del juego.
Un chaval que decide cambiar habitualmente su teléfono móvil, una empresa que decide renovar los ordenadores de sus oficinas, un instituto que decide adquirir nuevas impresoras de mayor calidad o una familia que decide comprar electrodomésticos nuevos para su hogar. Estas situaciones son ejemplos de cómo se producen cada año millones de toneladas de residuos tecnológicos y basura peligrosa. Y nuestro sistema es cómplice de ello.
La “obsolescencia programada” se refiere a adelantar por parte de las empresas el fin de la vida útil de un producto para que el consumidor se vea obligado a comprar otro. La sociedad aún no es plenamente consciente de que el consumismo de tecnología, unido al acortamiento de la vida útil de los productos, conducen a una contaminación cada vez mayor del medio ambiente, incluyendo la destrucción de ecosistemas en los países del tercer mundo, tanto por la extracción masiva de los diferentes recursos naturales necesarios para la fabricación, como por su desecho final.
Nuestro sistema actual, con las grandes empresas y los medios de comunicación como actores destacados, pretende hacer pagar al consumidor muchas veces en su vida por un mismo producto con modificaciones ínfimas o innecesarias. Pero, realmente, ¿este hecho es nuevo? Rotundamente no. Antecedentes de todo tipo explican el nacimiento y la consolidación de esta tendencia tan perjudicial. La obsolescencia programada es fruto de la revolución comercial, la acumulación del capital y los avances tecnológicos, así como, de la aparición del capitalismo financiero y del liberalismo económico. El “American way of life” nacido en EE.UU., poco a poco, se adentró en la sociedad. La felicidad y el bienestar basado en el consumismo eran ya reglas básicas en los años 60.
La obsolescencia programada es una práctica demasiado habitual en la industria actual y sabemos que las autoridades la toleran: “Son los consumidores los que deberían exigir que se pongan multas a las empresas para evitar esta forma de fabricar productos”, expresa con preocupación el colectivo malagueño Aulaga. Todo esto conlleva un beneficio económico para la industria, aunque tiene un impacto muy negativo sobre los recursos disponibles y los ecosistemas mundiales. “Esto no tiene en cuenta la realidad de nuestro planeta finito en el que ni los recursos ni la energía son infinitos”, afirma Fran Pérez, de Ecologistas en Acción. La obsolescencia programada bebe hoy del sistema capitalista, que usa como pozo sin fondo los recursos de los países empobrecidos. Una vez que el primer mundo disfruta de dichos recursos, estos vuelven al tercer mundo en forma de basura contaminante: “Esto perpetua una gran rueda de miseria, problemas de salud, económicos y ambientales”, expresa Fran Pérez.
Según la ONU, generamos unos 50 millones de toneladas de residuos electrónicos al año, la mayor parte de ellos producidos en Occidente, que van a parar a países en vías de desarrollo, donde se apilan sin control. Esta basura electrónica se reparte entre dos grandes vertederos: Ghana (África) y Guiyu (China). La primera y más impactante consecuencia de esto es la destrucción de los ecosistemas. La basura sustituye a la fauna y a la vegetación. La riqueza ambiental se ve sumergida en millones de residuos apilados sin control, provocando desde la contaminación de aguas subterráneas con metales pesados y otros tóxicos, hasta la contaminación del aire en caso de que estos residuos se quemen, pasando por la extracción severa de recursos y la destrucción de ecosistemas.
Es necesario sumar a lo anterior la generación de residuos no biodegradables. Si bien, muchos de los componentes que se usan para fabricar los diferentes productos electrónicos no son tóxicos cuando el aparato es útil, esto cambia radicalmente cuando el aparato se desecha. Esto pasa principalmente con plásticos, vidrios, baterías o pantallas LCD, elementos perjudiciales tanto para la salud como para el medio ambiente, por contener productos químicos tóxicos cuando se liberan al medio.
Pero, sin duda, la consecuencia número uno de la obsolescencia es el abuso extremo de los recursos naturales. Teniendo en cuenta la baja tasa de reciclado, el sistema de producción se convierte en una “extracción continua y desenfrenada”, definido así por Fran Pérez. La mayoría de productos tecnológicos necesitan para su fabricación la extracción de metales y minerales como cadmio, cromo, mercurio o coltán, entre otros, recursos considerados no renovables.
Cuando se habla de obsolescencia programada, lo que más chirría en la actualidad es la dudosa voluntad de la UE para solventar el problema, así como el desconocimiento generalizado de la sociedad, que toma en muy pocas ocasiones la iniciativa para exigir a sus dirigentes cambios a este respecto. El caldo de cultivo de todo esto es que los gobiernos occidentales, más allá de tomar medidas o no para parar la obsolescencia programada y de velar por el interés general de la ciudadanía, en demasiadas ocasiones “se decantan más por favorecer los intereses de las empresas multinacionales”, afirma Aulaga.
En octubre de 2014 un país europeo mostró sus primeros deseos de luchar contra este fenómeno. El parlamento francés aprobó, dentro de la Ley de Transición Energética, multas de hasta 300.000 euros y penas de cárcel de hasta dos años para todos aquellos fabricantes que programaran de manera consciente el fin de la vida útil de sus productos. Esta normativa se convertiría en la primera legislación europea que reconocería, de manera abierta y sin tapujos, la existencia de la obsolescencia programada. Pero el intento fue en vano. Las medidas asomaron pero, rápidamente, volvieron a esconderse y nadie ha sido condenado aún. Dos años después de la aprobación de esta medida francesa, el resto del continente sigue prácticamente igual, España incluida.
Como afirman diferentes asociaciones ecologistas, en nuestro país hubo un momento en el que la sociedad parecía ser consciente del problema. Todos querían imitar la nueva normativa surgida en Francia pero, pese a que todo indicaba que España sería otro de los países en controlar de manera férrea a las empresas “tramposas”, llegamos a 2016 sin una normativa en este sentido. Hay voces, pequeños colectivos que lo intentan, aunque una vez más queda en evidencia la falta de firmeza de nuestro gobierno en este aspecto. “Para parar la destrucción de ecosistemas debemos comenzar deteniendo la rueda consumista de la obsolescencia programada. «El mejor residuo es el que no se genera» debería ser el eslogan de una humanidad coherente con sus actos y empática con el medio que la rodea”, afirma Fran Pérez.
Teniendo en cuenta el plan llevado a cabo por Francia, en los últimos meses se ha dejado ver alguna intención para fomentar la lucha contra la obsolescencia programada.Recortes Cero–Los Verdes fue una de las pocas candidaturas ecologistas que se presentó a las elecciones generales en España en 2016. En su programa reservó un espacio donde aboga por conseguir una “España ecológica y socialmente justa”. Esta candidatura incorpora la propuesta de legislar para “prohibir por ley la obsolescencia programada”. Pretenden así poner en marcha un nuevo modelo de mercado centrado en la sostenibilidad y el respeto al medio ambiente.
Todavía son pasos insuficientes y voces demasiado débiles. La obsolescencia programada genera innecesariamente cientos de miles de residuos que podrían evitarse. España es uno de los países con mayor protagonismo, pues sus 800.000 toneladas anuales de residuos electrónicos no pasan desapercibidas. Las soluciones no llegan y el reloj corre en contra de la sociedad y del medio ambiente.
El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico. Ha sido ontológico.
Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.
No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.
Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.
La palabra cambia. El fondo no.
Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.
El espejismo del desarrollo sostenible
Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?
El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.
Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.
La idea del derecho
Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?
Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.
Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.
La anomalía
Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.
Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.
La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.
Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.
Corrección
La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.
El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.
Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.
Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.
La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.
Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.
No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.
El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico. Ha sido ontológico.
Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.
No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.
Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.
La palabra cambia. El fondo no.
Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.
El espejismo del desarrollo sostenible
Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?
El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.
Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.
La idea del derecho
Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?
Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.
Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.
La anomalía
Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.
Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.
La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.
Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.
Corrección
La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.
El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.
Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.
Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.
La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.
Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.
No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.
Internet está lleno de preguntas interesantes como esta. Más que responder, pretendemos provocar nuevas cuestiones.
Resulta obvio que a todos nos parece bien que la ropa esté recién lavada. Si no lo conseguimos, es por distintos motivos, como por comodidad. Pero además, hay otros condicionantes que debemos considerar. Entre lavar una prenda tras cada uso y no lavarla nunca, la respuesta siempre es «depende». ¿De qué depende?
Factores que influyen en la frecuencia de lavados
Tipo de prenda: no es lo mismo la ropa deportiva que la ropa de abrigo.
Nivel de sudoración (temperatura exterior).
Tipo de tejido.
Si presenta suciedad evidente.
Tiempo de uso.
Si la ropa se seca —o se ventila— entre usos.
Tipo de uso (nivel de exigencia). No es lo mismo ir a una fiesta que a trabajar a un huerto.
Antes de decidir cada cuánto tiempo lavar la ropa, tengamos en cuenta que esta acción es la principal fuente de microplásticos del mar, por delante incluso de las partículas del desgaste de neumáticos. Para reducir este problema, es importante evitar tejidos sintéticos cuando sea posible (poliéster, nylon, acrílicos), así como lavar menos y con programas suaves y de menor fricción.
Para lavar menos, es útil ventilar (secar) la ropa tras su uso. Las prendas usadas que no se vayan a lavar, especialmente las toallas, se deben situar en lugares ventilados para que se sequen del todo entre usos. Esto también alarga la vida de la prenda. Recuerda: muchas bacterias responsables del olor necesitan humedad y mueren al secarse la ropa.
Por su alto consumo energético, el peor método para secar la ropa es la secadora. Salvo que sea imprescindible, cualquier otra opción es mejor. Tender en el exterior es lo más típico, pero recuerda que el sol intenso puede provocar decoloraciones en las prendas. Si se tiende bien, la necesidad de planchar la ropa puede ser nula, por lo que nos ahorraremos esfuerzo y un buen pellizco de energía y CO2.
Recuerda que «low cost» significa que el coste se paga de otra forma. La ropa barata suele estropearse en unos pocos lavados y, aunque se pueda seguir usando, muchos usuarios prefieren deshacerse de esa prenda o arrinconarla en el armario, cosa que conviene evitar para ser eco. La mayor huella ambiental de la ropa está en su fabricación, no en el lavado. Por eso, alargar la vida útil es la acción más efectiva. Si necesitas comprar algo, tal vez puedas encontrar ropa barata y de calidad en mercados de segunda mano.
Lavar la ropa pensando en el medioambiente
Para maximizar nuestro respeto ambiental a la hora de lavar la ropa, además de lavar solo lo necesario, es importante tener en cuenta lo siguiente:
El lavado degrada fibras, colores y elasticidad. Es decir, acelera el envejecimiento.
Llena la lavadora a su capacidad máxima. Así ahorras agua, energía y detergente.
Usa agua fría (siempre que no haya ropa muy sucia).
Utiliza poco detergente comercial, pues provoca un impacto químico importante. El exceso de detergente contamina más y limpia peor (deja residuos). Y si es posible, opta por jabón casero.
Escoge el programa ECO de la lavadora (aunque sea más largo).
Evita usar suavizante. Es un producto químico innecesario y sus olores no benefician a la salud. Si para ti es importante, emplea alternativas ecológicas (bicarbonato, vinagre…).
Centrifuga a la menor velocidad. Esto ahorra energía y alarga la duración de los tejidos y de la lavadora.
Si tu ropa no tiene tintes que destiñan, no tendrás que separar por colores, ahorrando trabajo y recursos. La mayoría de la ropa no destiñe, al menos tras unos pocos lavados.
Recuerda que la ropa vieja tiene menos tóxicos que la nueva y que no hay respuesta simple a ninguna pregunta interesante, pero tampoco la necesitamos.