El abad del Templo Shaolin, uno de los monasterios budistas más emblemáticos de China, ha sido condenado a 24 años de prisión por un tribunal del país, según ha informado la agencia oficial Xinhua. La sentencia, dictada el 30 de mayo de 2026, no especifica los delitos imputados, pero se inscribe en el contexto de control estatal sobre las religiones que el Partido Comunista chino ha intensificado en los últimos años.
Un símbolo bajo presión
El Templo Shaolin, situado en la provincia de Henan, cerca de la ciudad de Zhengzhou, es conocido mundialmente por su vínculo con las artes marciales y el budismo chan. Su abad, cuyo nombre no ha sido revelado por las autoridades, es la máxima autoridad del monasterio y un referente para millones de budistas en Asia. La condena se produce tras un proceso judicial del que apenas han trascendido detalles, algo habitual en causas relacionadas con la libertad religiosa en China.
El gobierno chino ha reiterado en numerosas ocasiones que las organizaciones religiosas deben someterse a la legislación nacional y no interferir en asuntos políticos. En los últimos años, las autoridades han aumentado la vigilancia sobre templos budistas, mezquitas e iglesias cristianas, acusándolos en ocasiones de actividades ilegales o de ser focos de influencia extranjera.
China respeta la libertad de creencias religiosas, pero todas las actividades religiosas deben realizarse dentro del marco legal, ha declarado en el pasado el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino.
La condena del abad del Templo Shaolin ha provocado reacciones de preocupación entre organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos, que denuncian un patrón de persecución religiosa en China. Amnistía Internacional ha señalado que el caso refleja la falta de independencia judicial y la instrumentalización de la ley contra figuras religiosas.
El Templo Shaolin ha mantenido en el pasado relaciones tensas con las autoridades locales debido a la comercialización de su imagen y a disputas por la propiedad de terrenos. Sin embargo, la condena de su abad supone un escalada sin precedentes en la presión estatal sobre una institución que, pese a su simbolismo, no había sufrido una represión tan directa en décadas.
