La administración del presidente estadounidense, Donald Trump, ha aumentado el límite de refugiados procedentes de la comunidad afrikáner de Sudáfrica, pero ha mantenido las restricciones de capacidad para el resto de países, según informaron fuentes oficiales este viernes. La medida ha generado el rechazo de los obispos católicos de Estados Unidos, que piden ampliar los criterios de acogida a otros grupos perseguidos.
El obispo de la Diócesis de Victoria, Texas, Mons. Brendan J. Cahill, expresó su desaprobación ante la decisión. En declaraciones a la prensa, el prelado consideró que la política migratoria estadounidense debe basarse en la necesidad humanitaria y no en criterios étnicos o nacionales. «La persecución no conoce fronteras ni etnias; cualquier persona que huya de la violencia o la discriminación merece ser considerada», afirmó.
La comunidad afrikáner y la persecución en Sudáfrica
Los afrikáneres, descendientes de colonos europeos, denuncian desde hace años una persecución sistemática en Sudáfrica, que incluye expropiaciones forzosas de tierras y violencia rural. El Gobierno de Trump ha considerado que esta situación justifica un trato preferencial en el programa de reasentamiento, aunque los obispos advierten de que otros colectivos, como los cristianos de Nigeria o los rohinyás de Birmania, también sufren una violencia equiparable.
La decisión de la Casa Blanca se produce en un contexto de endurecimiento general de la política migratoria, con cuotas reducidas para la mayoría de los países. Según datos de la Conferencia Episcopal estadounidense, el número de refugiados admitidos en 2026 sigue muy por debajo de los niveles históricos, lo que ha generado críticas tanto de organizaciones religiosas como de defensores de los derechos humanos.
No podemos cerrar los ojos ante el sufrimiento de los afrikáneres, pero tampoco ignorar a otros que huyen de la misma muerte o la misma opresión. La compasión no admite excepciones arbitrarias.
Mons. Cahill instó a la Administración a «revisar las cuotas globales» y a «priorizar la protección de todos los perseguidos», independientemente de su origen. La Iglesia católica en EE.UU. mantiene una red de acogida para refugiados que, según los obispos, se ve «infrautilizada» por las restricciones impuestas.