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Siria convierte su costa en ruta alternativa a Ormuz para el petróleo iraquí, pero admite que no puede competir aún

Por: S. Bárcena

El Gobierno sirio ha lanzado una iniciativa para convertir su costa mediterránea en una ruta alternativa al estrecho de Ormuz para la exportación de petróleo iraquí, en un contexto de crecientes tensiones en Oriente Medio. El anuncio, realizado el 5 de junio de 2026, se apoya en un acuerdo bilateral firmado entre Siria e Irak en abril, que prevé el uso de la terminal petrolera de Baniyas como punto de exportación clave.

Según la Compañía Siria de Petróleo, la infraestructura ya canaliza un flujo significativo de crudo: cerca de mil camiones cisterna descargan diariamente en la terminal. Una parte de este crudo se destina al mercado interno sirio, mientras que el resto se exporta por vía marítima hacia los mercados internacionales. La iniciativa busca eludir la vulnerabilidad del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y que ha sido escenario de tensiones entre Irán y Estados Unidos en los últimos meses.

El plan, sin embargo, enfrenta limitaciones operativas y de infraestructura. Aunque el incremento de la capacidad logística ha sido notable, aún resulta insuficiente para competir con el volumen que transita por Ormuz. Siria necesitaría inversiones adicionales para modernizar la terminal de Baniyas y ampliar la red de oleoductos que conectan con los yacimientos iraquíes.

Detrás de la iniciativa se perfila el respaldo de actores regionales como Irak y, posiblemente, de Rusia, que mantiene una base naval en la costa siria y ha mostrado interés en diversificar las rutas energéticas hacia Europa. Para España y el resto de la Unión Europea, la apertura de una ruta mediterránea alternativa podría reducir la dependencia del tránsito por el golfo Pérsico y acortar los plazos de suministro, aunque la viabilidad a gran escala sigue siendo incierta a corto plazo.

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Irán anuncia que cobrará tarifas por el tránsito en el estrecho de Ormuz mientras exige a EE.UU. la liberación de sus activos congelados

Por: A. Pereda

El Ministerio de Exteriores de Irán ha anunciado este jueves que planea cobrar tarifas por los servicios prestados a los buques que transiten el estrecho de Ormuz, una de las vías marítimas más estratégicas del mundo por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo global. La medida, según explicó el portavoz de la diplomacia iraní, Kazem Gharibabadi, no afectará al derecho de paso inocente reconocido por el derecho internacional.

No se trata de un peaje por el tránsito, sino por los servicios que prestamos, declaró el portavoz en rueda de prensa en Teherán.

El estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán, canaliza cerca de 17 millones de barriles diarios de crudo. La decisión iraní supone un incremento de la presión sobre la navegación en la zona y se produce en plenas negociaciones con Estados Unidos.

Exigencia de descongelación de activos

En paralelo, Irán ha instado a Washington a liberar al menos el 50% de sus activos congelados en el exterior, inmediatamente después de la firma de un memorando de entendimiento. Gharibabadi no precisó el montante total de esos fondos, pero fuentes diplomáticas iraníes indicaron que la cantidad asciende a varios miles de millones de dólares bloqueados desde hace años por sanciones estadounidenses.

El anuncio supone un endurecimiento de la postura iraní respecto al control del estrecho, un punto de fricción recurrente en la relación con Estados Unidos y sus aliados regionales. Teherán busca así aumentar sus ingresos y utilizar su posición geográfica como palanca de presión en el marco de las conversaciones bilaterales, según analistas citados por la prensa local.

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India arrebata a Europa el crudo venezolano: Delcy Rodríguez sella acuerdos en Nueva Delhi

Por: A. Goikoetxea

La vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, llegó este jueves a Nueva Delhi con el objetivo de reforzar la cooperación energética entre ambos países. La visita, que se prolongará hasta el sábado, se produce en un contexto de tensión en el suministro global de petróleo derivado de la crisis en Oriente Próximo, que ha elevado los precios del crudo y aumentado la incertidumbre en los mercados internacionales.

India es hoy el segundo mayor comprador de petróleo venezolano, solo por detrás de Estados Unidos. La creciente demanda energética del país asiático y la necesidad de Venezuela de diversificar sus exportaciones —en un momento en que las sanciones estadounidenses limitan su capacidad de venta— han impulsado este acercamiento. Según fuentes oficiales indias citadas por medios locales, el comercio bilateral de crudo podría incrementarse en los próximos meses.

Rodríguez fue recibida por el primer ministro indio, Narendra Modi, en un encuentro que sienta las bases para futuros acuerdos energéticos. Medios locales indios citan fuentes oficiales que señalan que se abordaron temas de inversión y suministro de crudo, así como posibles proyectos conjuntos de refinación. La visita incluye reuniones con representantes de empresas petroleras estatales indias, como ONGC y GAIL.

La visita cobra relevancia para España por la creciente competencia india en el mercado petrolero, un factor que podría influir en los precios y en la estabilidad del suministro para Europa. India, como el tercer mayor consumidor de petróleo del mundo, compite directamente con los países europeos por el crudo venezolano, lo que podría tensionar aún más el mercado global en un contexto de oferta restringida.

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Irán ataca Kuwait y EE.UU. responde en Ormuz: el petróleo supera los 120 dólares

Por: N. Esteller

Una nueva escalada en el Golfo Pérsico ha sacudido la región este 4 de junio de 2026. Irán lanzó un ataque con drones y misiles contra el aeropuerto de Kuwait, causando al menos un muerto y más de sesenta heridos, según fuentes oficiales kuwaitíes. Estados Unidos respondió de inmediato bombardeando objetivos iraníes próximos al estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas más críticas del planeta.

Las negociaciones para detener la guerra y reabrir el paso clave para el comercio mundial de petróleo no registran «avances concretos», según declaró el canciller iraní a la prensa. Sin embargo, el presidente estadounidense, Donald Trump, aseguró que vislumbra un acuerdo para el próximo fin de semana, en una declaración que contrasta con la tensión bélica sobre el terreno.

El ataque contra Kuwait supone un salto cualitativo en el conflicto entre Irán y Estados Unidos. Hasta ahora, los enfrentamientos se limitaban a ataques contra bases y buques estadounidenses, pero la implicación directa de un tercer país amenaza con extender la crisis a toda la península arábiga. Kuwait es un estrecho aliado de Washington y acoge tropas de la coalición internacional.

La respuesta estadounidense se centró en instalaciones militares iraníes situadas en la costa del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del crudo mundial. El Pentágono confirmó en un comunicado que los bombardeos tenían como objetivo «neutralizar la amenaza a la navegación y a los aliados», sin precisar el alcance de los daños causados.

La comunidad internacional ha mostrado su preocupación. La Unión Europea llamó a la moderación, mientras que Rusia y China pidieron un alto el fuego inmediato. Arabia Saudí, por su parte, cerró su espacio aéreo y puso en alerta sus defensas antimisiles. El estrecho de Ormuz permanece semicerrado, lo que ha disparado el precio del barril de Brent por encima de los 120 dólares.

El conflicto, que acumula meses de hostilidades latentes, ha entrado en una fase de máxima tensión. La comunidad energética global observa con inquietud un posible bloqueo total del estrecho, que paralizaría el suministro a Europa y Asia. Para España, país altamente dependiente de las importaciones de crudo y gas, la situación genera alarma en los mercados y en las cadenas de suministro industriales.

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Dos condados de Nuevo México bombean más petróleo que Irak: el 78% de toda la producción federal de EE.UU.

Por: N. Esteller

El American Petroleum Institute (API) ha puesto de relieve un dato que refleja la extrema concentración de la producción petrolera federal en Estados Unidos: los condados de Eddy y Lea, en el sudeste de Nuevo México, generan el 78% de todo el petróleo extraído en terrenos federales del país. La cifra fue difundida el 3 de junio de 2026 a través de una publicación en X de la asociación, que calificó la situación como una «dominancia sin precedentes».

Según los datos del API, estos dos condados bombean conjuntamente 1,3 millones de barriles diarios, una cantidad que supera la producción total de países como Irak o Kuwait. La mayor parte de esa extracción se realiza en la cuenca del Pérmico, la formación geológica más productiva de Estados Unidos, que se extiende por el oeste de Texas y el sureste de Nuevo México.

Implicaciones para la seguridad energética

La concentración de la producción federal en una zona tan reducida plantea interrogantes sobre la seguridad energética del país. Cualquier interrupción en la actividad de Eddy o Lea —ya sea por desastres naturales, cambios regulatorios o problemas de infraestructura— podría afectar de forma desproporcionada al suministro nacional. El API, en su mensaje, subrayó que esta dependencia «extrema» debería ser tenida en cuenta por los responsables políticos a la hora de diseñar normativas sobre perforación y emisiones.

El dato se enmarca en un debate recurrente en Washington sobre el equilibrio entre la explotación de recursos fósiles y la transición energética. Mientras que el Gobierno federal mantiene una moratoria parcial sobre nuevas concesiones en terrenos públicos, los condados de Nuevo México han seguido batiendo récords de producción gracias a permisos preexistentes y a la alta productividad de los pozos de la cuenca del Pérmico.

La situación contrasta con otros estados productores como Dakota del Norte o Texas, donde la mayor parte de la extracción se realiza en suelo privado y no está sujeta a las mismas restricciones federales. En Nuevo México, en cambio, las tierras de titularidad pública representan un porcentaje mucho mayor del total, lo que convierte a Eddy y Lea en el epicentro de la producción federal.

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Irán golpea a Kuwait con drones: la guerra de petroleros con EE.UU. se expande al Golfo

Por: I. Caudet

Una escalada bélica sin precedentes en el Golfo Pérsico ha hecho saltar por los aires cualquier vía diplomática entre Estados Unidos e Irán. El 3 de junio, un misil Hellfire lanzado por fuerzas estadounidenses impactó contra un petrolero comercial en las inmediaciones de la isla iraní de Kharg, el principal punto de exportación de crudo del país persa, que canaliza cerca del 90% de sus ventas al exterior.

Ataques en cadena desde el Golfo

En cuestión de horas, Irán respondió con un ataque con drones contra el Aeropuerto Internacional de Kuwait, abriendo un nuevo frente en la denominada ‘guerra de petroleros’ que amenaza con estrangular el tráfico energético mundial. También se ha informado de acciones contra objetivos en Baréin, aunque sin confirmación oficial por parte de las autoridades kuwaitíes.

Kuwait ha condenado la agresión iraní como «una violación flagrante de su soberanía» y ha elevado el nivel de alerta militar en todo el emirato, según fuentes diplomáticas consultadas por agencias internacionales. El aeropuerto fue cerrado temporalmente y los vuelos comerciales desviados a aeropuertos alternativos en Arabia Saudí.

El estrecho de Ormuz, en el punto de mira

El estrecho de Ormuz, por donde transitan unos 17 millones de barriles de crudo al día, equivalente al 20% del consumo global, se ha convertido en el epicentro de la tensión. La isla de Kharg, situada a pocos kilómetros de la costa iraní, es el corazón logístico de las exportaciones de Teherán y su daño parcial podría reducir drásticamente la oferta de crudo en los mercados internacionales.

La represalia iraní, además de escenificar la vulnerabilidad de las infraestructuras civiles kuwaitíes, demuestra que Teherán está dispuesto a extender el conflicto a los países vecinos que albergan bases militares estadounidenses. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha convocado una reunión de urgencia del comité de seguimiento de la crisis energética, ante el previsible impacto en los precios de los carburantes y en la seguridad de suministro de la Unión Europea.

La comunidad internacional, a través de la ONU, ha instado a ambas partes a la desescalada, pero los hechos sobre el terreno indican que la diplomacia ha quedado sepultada bajo los misiles y los drones.

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¿Podría el estrecho de Ormuz acelerar el fin del dólar como moneda hegemónica?

Por: M. Quílez

Hace setenta años, en el verano de 1956, Gamal Abdel Nasser anunciaba la nacionalización del Canal de Suez. La decisión desencadenó la invasión de Egipto por una fuerza conjunta de tropas británicas, francesas e israelíes. Aunque la operación militar fue un éxito, resultó un desastre diplomático. Liderada por Estados Unidos, la condena internacional forzó la retirada de los invasores y marcó un punto de inflexión en la hegemonía occidental.

Siete décadas después, analistas geopolíticos se preguntan si el Estrecho de Ormuz podría desempeñar un papel similar como catalizador del declive del dólar estadounidense. El estrecho, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial, es un punto estratégico clave en las tensiones entre Irán y Occidente. La pregunta que subyace en el análisis es si un hipotético bloqueo o nacionalización en Ormuz podría replicar el efecto del Canal de Suez: acelerar la transición hacia un orden multipolar y, en particular, hacia una desdolarización del comercio energético.

El paralelismo histórico

La nacionalización de Suez no solo desafió el control colonial, sino que demostró la vulnerabilidad de las rutas energéticas. En la década de 1950, el canal era vital para el suministro de petróleo a Europa. Su cierre, aunque breve, evidenció la dependencia occidental de puntos de estrangulamiento. Hoy, Ormuz es el estrecho más importante del mundo para el transporte de crudo, y Teherán ha amenazado en repetidas ocasiones con cerrarlo en caso de conflicto.

Según fuentes de la industria energética, un cierre de Ormuz dispararía los precios del petróleo y obligaría a los importadores a buscar alternativas, lo que podría acelerar los acuerdos en monedas distintas al dólar. China, por ejemplo, ya ha comenzado a pagar parte de sus importaciones energéticas en yuanes. Si un evento como la nacionalización iraní del estrecho forzara una reconfiguración de los flujos comerciales, el dólar podría perder su papel hegemónico en el mercado petrolero.

El contexto geopolítico actual

El análisis subraya que, aunque las circunstancias son diferentes, la dinámica de poder es similar: un país en desarrollo (Egipto entonces, Irán ahora) desafía el orden establecido utilizando un recurso estratégico. Sin embargo, a diferencia de 1956, el mundo es multipolar, y potencias como China y Rusia ofrecen alternativas diplomáticas y económicas. El estrecho de Ormuz, por tanto, no solo es un punto de estrangulamiento físico, sino también un símbolo de la resistencia contra la hegemonía del dólar.

La cuestión que queda abierta es si Ormuz puede ser el detonante que lleve a una desdolarización acelerada, replicando el impacto que Suez tuvo en el fin del colonialismo.

Por ahora, la comunidad internacional observa las tensiones en el Golfo Pérsico, consciente de que cualquier chispa podría tener consecuencias globales. El estrecho de Ormuz, como Suez en su día, podría ser el escenario de un punto de inflexión geopolítico clave para el siglo XXI.

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La guerra de Trump contra Irán dispara el precio de la gasolina un 50% desde el inicio del conflicto

Por: J. Solórzano

El conflicto bélico iniciado por el presidente estadounidense, Donald Trump, contra Irán está pasando una factura económica cada vez más visible a los consumidores. Según un análisis del think tank realista Defense Priorities, los precios de la gasolina en Estados Unidos han aumentado más de un 50% desde el comienzo de las hostilidades, una evolución que contradice las promesas de campaña de la actual administración.

El coste energético de la guerra

El think tank advierte de que el conflicto no solo afecta a las gasolineras estadounidenses. El repunte del crudo supera ya las subidas registradas en crisis previas del Golfo Pérsico, y sus efectos se propagan a nivel global. «Estamos viendo un shock energético de primera magnitud», señalan los analistas, que atribuyen la escalada a la interrupción de las rutas marítimas en el estrecho de Ormuz y a las sanciones adicionales impuestas a Teherán.

El informe, difundido el 2 de junio de 2026, recuerda que la Casa Blanca había prometido durante la campaña electoral una reducción del precio de los combustibles. La realidad, sin embargo, muestra una tendencia opuesta, con una media nacional que ya supera los cuatro dólares por galón. Defense Priorities subraya que el encarecimiento castiga especialmente a los hogares de rentas bajas, que destinan un mayor porcentaje de sus ingresos al transporte.

Consecuencias en la economía global

El análisis también señala que la guerra está alimentando presiones inflacionistas en todo el mundo. La volatilidad del mercado petrolero ha llevado a la Agencia Internacional de la Energía a alertar sobre posibles tensiones en el suministro durante los próximos meses. Mientras, los productores del Golfo Pérsico incrementan su producción, pero no logran compensar el déficit iraní.

«El riesgo de una recesión global ha aumentado significativamente», concluye el documento de Defense Priorities, que urge a Washington a buscar una salida negociada al conflicto. La Casa Blanca, por el momento, no ha respondido a las conclusiones del informe.

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Irán convierte el estrecho de Ormuz en un peaje soberano: intercepta tres petroleros en una semana

Por: A. Goikoetxea

A finales de febrero de 2026, Irán cerró el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo extranjero. Lo que comenzó como una clausura caótica en plena escalada bélica regional se ha endurecido en los últimos días hasta convertirse en un régimen de peaje soberano, codificado en la ley iraní y tasado en criptomoneda.

El 18 de mayo, el régimen de los ayatolás puso en marcha la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico (PGSA, por sus siglas en inglés), una burocracia estatal con dominio propio (pgsa.ir), cuenta en la red social X y dirección de correo electrónico. Desde entonces, Teherán ha delimitado una «zona de supervisión de gestión» a lo largo del estrecho y ha anunciado un sistema de permisos de tránsito que convierte Hormuz de una vía marítima internacional en un peaje controlado.

Según fuentes de inteligencia naval citadas por analistas estadounidenses, la medida supone un desafío directo al derecho internacional marítimo y amenaza con estrangular el flujo del 20% del crudo mundial que atraviesa el estrecho. Irán, que controla la isla de Qeshm y las costas del golfo, ha desplegado baterías de misiles antibuque y lanchas rápidas para hacer cumplir la nueva regulación. Los buques que no obtengan el permiso digital quedarían expuestos a inspección o ataque.

La comunidad internacional ha reaccionado con cautela. Estados Unidos, a través de su Quinta Flota con base en Bahréin, ha declarado que no reconocerá el peaje y que mantendrá la libertad de navegación. No obstante, la marina iraní ha interceptado ya tres petroleros de bandera liberiana en la última semana, según fuentes navales citadas por medios internacionales. La crisis energética que se avecina podría disparar el precio del barril de crudo por encima de los 150 dólares, según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía.

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La guerra con Irán amenaza con dejar sin petróleo a las economías más frágiles del mundo

Por: M. Espluga

Las instituciones internacionales han lanzado una advertencia conjunta: la escalada bélica con Irán y las tensiones en el estrecho de Ormuz podrían provocar un déficit de petróleo que afectará de forma desproporcionada a las economías más vulnerables del planeta. Así lo señala una declaración firmada por la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Agencia Internacional de la Energía, fechada el 30 de mayo de 2026.

El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 30% del crudo mundial, se ha convertido en el epicentro de la crisis. Cualquier interrupción prolongada del tráfico marítimo en esa vía dispararía los precios del petróleo y reduciría la oferta global, con especial impacto en los países importadores de renta baja, que ya arrastran déficits fiscales y de balanza de pagos.

El coste recae sobre los más frágiles

Según el comunicado conjunto, las economías vulnerables —muchas de ellas en África y Asia Meridional— carecen de margen fiscal para absorber subidas bruscas del crudo. La declaración insta a la comunidad internacional a preparar mecanismos de emergencia y reservas estratégicas para mitigar el golpe, y advierte de que un déficit de petróleo no controlado podría revertir años de avances en desarrollo.

Pedimos una acción coordinada para garantizar el suministro energético a los países más expuestos y evitar que las consecuencias de esta crisis recaigan sobre los que menos han contribuido a ella.

La advertencia llega en un momento de máxima tensión en Oriente Próximo, donde los ataques contra infraestructuras energéticas iraníes han elevado el riesgo de cierre del estrecho. Fuentes del FMI han señalado a la prensa que, si bien el escenario base no contempla una interrupción total, incluso una reducción parcial del 10% del tráfico podría elevar el barril por encima de los 120 dólares durante varios trimestres.

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Irán desmiente a EE.UU.: no hay acuerdo sobre Ormuz y el programa nuclear

Por: S. Bárcena

Estados Unidos ha asegurado que un acuerdo con Irán sobre el programa nuclear y el estrecho de Ormuz está próximo, mientras que Teherán lo desmiente. En un contexto de creciente tensión en la región, fuentes estadounidenses filtraron a medios que las negociaciones estarían a punto de concretarse, según informaron este viernes 29 de mayo. El pacto, pendiente de la aprobación del presidente Donald Trump, incluiría una extensión del alto el fuego por 60 días, nuevas conversaciones sobre el programa nuclear iraní y la reapertura gradual del estrecho de Ormuz, junto con el levantamiento del bloqueo.

Sin embargo, el Gobierno iraní negó categóricamente la existencia de un acuerdo. “No se doblegará”, señalaron fuentes oficiales, en un mensaje que subraya la firmeza de su posición ante lo que consideran presiones externas. La vía marítima de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, sigue siendo el principal foco de fricción, ya que cualquier escalada afectaría los precios energéticos globales y la seguridad de suministro de países como España, que importa una parte significativa de su crudo de Oriente Próximo.

Las discrepancias entre ambas partes reflejan la profunda desconfianza que persiste en las relaciones bilaterales. Mientras Washington apuesta por una solución diplomática que alivie la tensión, Teherán insiste en que no aceptará condiciones que comprometan su soberanía. La comunidad internacional sigue de cerca los acontecimientos, a la espera de si las próximas horas traerán un anuncio oficial o una nueva escalada.

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Japón se queda sin margen: la guerra Irán-Israel dispara el petróleo y amenaza con inflación descontrolada

Por: A. Pita

El gobernador del Banco de Japón (BoJ), Kazuo Ueda, advirtió el miércoles 27 de mayo de 2026 que los bancos centrales deben prevenir que la inflación impulsada por el petróleo se descontrole, en un contexto de incertidumbre geopolítica por la guerra entre Irán e Israel y la subida del crudo. Las declaraciones reflejan la creciente presión sobre la política monetaria japonesa, afectada por factores internos y externos.

Inflación importada y riesgos de segunda ronda

En sus declaraciones, Ueda señaló que “si las expectativas de inflación ya son altas y los salarios se están acelerando, el riesgo de efectos de segunda ronda es grande”. La subida del precio del petróleo, derivada del conflicto en Oriente Medio, amenaza con trasladarse a los precios internos de Japón, un país altamente dependiente de las importaciones energéticas.

El BoJ mantiene una política monetaria ultralaxa desde hace años, pero la persistencia de la inflación y la debilidad del yen están forzando un replanteamiento. La cotización del yen ha caído a mínimos históricos frente al dólar, lo que encarece aún más las importaciones y alimenta la inflación interna.

Presión política y externa

La candidatura de Sanae Takaichi, una política conservadora que aboga por mantener los estímulos monetarios, añade presión política interna sobre la independencia del BoJ. Al mismo tiempo, la política comercial del presidente estadounidense Donald Trump genera incertidumbre sobre el comercio internacional y las cadenas de suministro, lo que complica el panorama para Japón.

Ueda no ofreció nuevas medidas concretas, pero sus palabras subrayan el difícil equilibrio que debe lograr el banco central: contener la inflación sin frenar una economía que aún no se ha recuperado del todo de la pandemia y que enfrenta desafíos estructurales.

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El último barril

Por: Nuria

El último barril

Artículo original publicado en enriquedans.com por Enrique Dans

Que más de cincuenta países se reunan en Santa Marta, Colombia, en la primera conferencia dedicada específicamente a la transición fuera de los combustibles fósiles no es una extravagancia diplomática ni un gesto para la galería. Es, en realidad, la constatación de algo mucho más incómodo: que el sistema energético basado en carbón, petróleo y gas ya no puede seguir presentándose como sinónimo de estabilidad, seguridad o sentido común.

La propia organización del encuentro habla de una participación de más de 53 naciones entre los que se encuentra España, y su mera existencia revela hasta qué punto el debate ha cambiado de naturaleza: ya no se trata de discutir si conviene «reducir emisiones» en abstracto, sino de cómo se abandona, de manera justa y ordenada, una dependencia que se ha convertido en un riesgo sistémico.

Durante décadas, la industria fósil se ha vendido como supuesto garante de la seguridad energética. Era, supuestamente, lo firme, lo serio, lo disponible, frente a unas renovables caricaturizadas como intermitentes, inmaduras y casi decorativas. Basta mirar lo ocurrido con la guerra en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz para entender que esa narrativa se ha roto. El precio del Brent subió entre un 10% y un 13% en las primeras horas del conflicto hasta rozar los 82 dólares por barril, mientras la AIE calificaba la situación como «la mayor perturbación del suministro en la historia del mercado global del petróleo». Europa podía tener «quizá seis semanas» de combustible de aviación si el bloqueo persistía, mientras en Asia varios gobiernos activaban medidas de emergencia como teletrabajo, restricciones de viajes oficiales, cierres escolares o semanas laborales de cuatro días para ahorrar combustible. Si eso es «seguridad», a lo mejor convendría revisar el diccionario.

Si alguien dudaba todavía de lo que significa esa dependencia en términos concretos, la crisis del estrecho de Ormuz lo ha aclarado de forma brutal: no solo se trata de gasolina o electricidad. Los precios spot del gas en Asia subieron más de un 140% tras el ataque al complejo de Ras Laffan en Qatar. Más del 30% de la urea mundial, el fertilizante que hace posible producir trigo y maíz a escala global, pasa por ese estrecho. Cuando se corta el suministro de gas, no sube el precio de llenar el depósito: sube el precio del pan.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que seguimos llamando «fiables» a unas fuentes de energía cuyo precio, suministro y disponibilidad dependen de estrechos marítimos, guerras regionales, petromonarquías, autocracias varias y cadenas logísticas que pueden romperse en cuestión de días. En realidad, los combustibles fósiles no ofrecen seguridad: ofrecen vulnerabilidad geopolítica aplazada. Y eso explica que la cita de Santa Marta no deba interpretarse como el delirio de un grupo de idealistas, sino como la respuesta racional de países que empiezan a comprender que la soberanía energética del siglo XXI no consistirá en encontrar el último barril, sino en dejar de necesitarlo.

A estas alturas, además, la discusión tecnológica está muy lejos de donde estaba hace apenas una década. La pregunta de si puede el mundo funcionar solo con renovables ya no pertenece al terreno de la especulación militante, sino al de la literatura científica consolidada. Un paper académico publicado en IEEE Access concluye que el 100% renovable es factible a escala global y a bajo coste. El artículo divulgativo de Helsinki Times basado en ese trabajo resume con bastante claridad algo que muchos llevamos tiempo defendiendo: solar, eólica, almacenamiento, electrificación, acoplamiento sectorial e hidrógeno para aquellos usos difíciles de electrificar forman ya una arquitectura coherente, no una colección de experimentos inconexos. Y sí, sobre esto mismo escribí ya en 2022, precisamente porque las excusas empezaban entonces a sonar viejas.

Lo interesante es que, desde entonces, la realidad ha seguido avanzando más deprisa que la conversación pública. Según el análisis global citado por AP a partir de datos de Ember, en 2025 las renovables superaron por primera vez un tercio de la generación eléctrica mundial, mientras el carbón cayó por debajo de otro tercio. Más importante aún: la electricidad limpia creció lo suficiente como para cubrir todo el aumento neto de la demanda, y solar más eólica llegaron a cubrir el 99% de ese crecimiento. Esto no significa que hayamos ganado nada de forma irreversible, pero sí que el relato de que las renovables son un «complemento» ha dejado de corresponderse con los hechos. Ya no están adornando el sistema: están empezando a redefinirlo.

Además, las dos variables que durante años sirvieron como refugio retórico de los inmovilistas, coste y almacenamiento, se están desmoronando. El coste de los módulos solares ha caído un 99% en las últimas cuatro décadas. El precio de las baterías de ion-litio ha bajado más de un 99% desde 1991. Y cuando una tecnología mejora y se abarata de ese modo, deja de ser una alternativa para convertirse en una trayectoria dominante. Por eso la cuestión ya no es si las renovables pueden competir: es cuánto tiempo más pretendemos seguir fingiendo que no han ganado ya gran parte de esa competición.

Por supuesto, un mundo sin combustibles fósiles no se construye solo con placas solares en los tejados y aerogeneradores en las costas. Requiere redes mucho más robustas, almacenamiento a distintas escalas, electrificación masiva del transporte y de la calefacción, rediseño industrial, flexibilidad de la demanda y vectores como el hidrógeno o los electrocombustibles para usos específicos donde la electrificación directa no baste. El informe Renewables 2025 de la IEA enlazado antes y las propuestas de IRENA para triplicar la capacidad renovable y doblar la eficiencia energética antes de 2030 insisten en ello. Es decir: no estamos ante una transición simple, pero sí ante una transición perfectamente imaginable, modelizable y técnicamente abordable. Lo que falta no es física. Lo que falta es decisión política, alineación regulatoria y voluntad de enfrentarse a intereses creados.

Ahí es donde la discusión se vuelve realmente incómoda: porque si el obstáculo ya no es tecnológico, entonces hay que señalar a los responsables reales del retraso. Y esos responsables tienen nombres, balances y consejos de administración. La lógica del sector fósil sigue siendo brutalmente simple: como explicaba un reportaje de The Guardian, toda compañía quiere producir el último barril vendido. No el penúltimo. No uno menos por responsabilidad climática. El último. De ahí la importancia de intentar construir marcos políticos nuevos, como la Declaración de Belém o incluso la idea de un tratado de no proliferación fósil: no porque vayan a resolver por sí solos el problema, sino porque ayudan a desplazar la norma social y política. Igual que ocurrió con otras industrias cuya legitimidad empezó a erosionarse antes de desaparecer o encogerse.

Lo utópico no es pensar en un mundo post-fósil. Lo utópico, en el peor sentido del término, es creer que podemos seguir quemando hidrocarburos como hasta ahora sin que el coste económico, social y geopolítico se nos lleve por delante.

La objeción habitual es que todo esto suena muy bien mientras no se hable de cemento, acero, fertilizantes, aviación o transporte marítimo. Pero precisamente ahí es donde la transición deja de ser un eslogan y pasa a ser una estrategia seria: electrificar todo lo electrificable, reservar las moléculas verdes para lo difícil, reducir despilfarros absurdos y reorganizar la demanda. No hay magia: hay ingeniería, planificación y prioridades. La alternativa, además, no es mantener el mundo tal como está, sino resignarnos a un sistema fósil cada vez más caro, más volátil, más litigioso, más subsidiado y más destructivo climáticamente.

La pregunta correcta, por tanto, no es si un mundo sin combustibles fósiles es posible. La evidencia disponible dice que sí lo es, y cada año con más claridad. La pregunta correcta es quién está dispuesto a acelerarlo y quiénes siguen trabajando, con subvenciones, lobby y propaganda, para retrasarlo todo lo que puedan. Porque el futuro energético ya no se decide entre lo posible y lo imposible, sino entre lo inevitable y lo bloqueado. Y cuanto antes entendamos que la dependencia fósil no es una garantía de prosperidad sino una forma de chantaje estructural, antes empezaremos a tratar las renovables no como una opción moralmente deseable, sino como lo que son: la infraestructura básica de una economía moderna, segura y civilizada.

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cuando el petróleo se acaba

Por: Radio Topo

En el programa de este domingo nos tomamos en serio lo que bien podría tomarse como una broma. La semana pasada conocíamos que el barril de petróleo Téxas cotizó a menos 40 dólares. Sí, como lo oyen, las empresas petroleras pagaron a los clientes con contratos para mayo 40 dólares por barril que retiraran de […]

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✇ATTAC España

Los indicadores financieros ocultan el peligro que amenaza a la economía real

Por: Nuria

Guerra, estrecho de Ormuz, comercio mundial / PedripolGuerra, estrecho de Ormuz, comercio mundial / Pedripol

Ilustración: Guerra, estrecho de Ormuz, comercio mundial / Pedripol 

Artículo original publicado en ctxt.es por Juan Torres López

Si la guerra continúa y no se pone fin al bloqueo de Ormuz, la cuerda que sostiene a la economía global no se va a romper por el lado de las finanzas, sino por el de la economía real

En la historia económica reciente se produce reiteradamente un mismo fenómeno: quienes marcan las directrices de la política económica reaccionan tarde o con error. No porque sean incompetentes, sino porque actúan con sesgos ideológicos, utilizan modelos equivocados y se fijan en indicadores equivocados.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora con la crisis del Golfo Pérsico y entender por qué ocurre es crucial para percibir el daño que se está acumulando mientras se mira a otro lado.

Dos fuentes de error

A mi juicio, hay dos causas que explican la ceguera con que se enfrentan a los problemas económicos quienes diseñan y orientan la política económica.

La primera tiene que ver con los modelos económicos que utilizan. Como acaba de mostrar Steve Keen para el caso que nos ocupa, no incorporan con realismo el efecto que tienen los choques energéticos sobre la producción y eso les lleva a subestimar las consecuencias que tienen sobre la economía real.

Es una limitación muy grave y merece un análisis propio, pero no la voy a abordar en este artículo.

Aquí voy a explicar una segunda causa de ceguera y error: leer la realidad tomando excesivamente en consideración los indicadores financieros. Unos indicadores que generalmente producen (por las razones que voy a explicar enseguida) una imagen de la situación sistemáticamente más tranquilizadora que la que realmente existe. 

Una metáfora para entendernos

Imaginemos que se produce un accidente que bloquea el acceso de bienes y servicios a nuestro pueblo o ciudad y que sólo se dispone del 40 % de los que habitualmente consumen las viviendas y empresas. Los vecinos tratarán de aprovisionarse, racionarán su consumo, los bienes escasearán y es muy posible que muchas tiendas y empresas paralicen su actividad.

El grifo de energía que abastece a la economía mundial lleva semanas fuertemente alterado, con caídas muy significativas en el tráfico marítimo

Imaginemos que, para saber cuál es la situación real en la que nos encontramos y tomar medidas, en lugar de fijarnos en las cantidades y en los precios del momento presente, miramos un tablero en donde aparecen los que se espera que tengan los bienes dentro de tres meses, cuando nos dicen los técnicos que ya se habrá arreglado el problema y recuperado el acceso. 

Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el Estrecho de Ormuz. El grifo de energía que abastece a la economía mundial lleva semanas fuertemente alterado, con caídas muy significativas en el tráfico marítimo. Sin embargo, los mercados financieros –el tablero donde nos dicen que miremos– fijan precios no en función de la gravedad de lo que ocurre ahora, sino considerando que el problema es manejable y temporal.

Un ejemplo simple y claro para que lo entiendas: el 13 de abril, el precio del crudo físico (el que se podía comprar en nuestro pueblo tras el bloqueo en la metáfora que acabo de poner) era de 132,74 dólares por barril. El precio del contrato de futuros para junio (el que los mercados pensaban que tendría en ese mes) era de 99,36. Una divergencia que refleja expectativas de una muy rápida normalización.

Qué es el Estrecho de Ormuz y qué está pasando allí

El Estrecho de Ormuz tiene apenas 33 kilómetros de anchura en su punto más estrecho y por allí pasa normalmente una cuarta parte de todo el petróleo que se comercia en el mundo, una quinta parte del gas natural licuado global, y volúmenes enormes de otros productos y materias primas fundamentales para la alimentación y la industria mundial.

Como sabemos, desde finales de febrero quedó prácticamente cerrado, las grandes navieras suspendieron sus tránsitos y el tráfico de barcos cayó hasta niveles casi puramente testimoniales. 

Semejante bloqueo en el suministro de fuentes de energía y materias primas esenciales producirá un impacto prácticamente proporcional en la capacidad de producir bienes y servicios de todo tipo en todo el planeta. Sin embargo, los indicadores financieros no señalan que el efecto vaya a ser demasiado grande o peligroso y la pregunta, por tanto, es cómo puede ser eso posible.

Es cierto que podría argumentarse que estos precios financieros reflejan factores como la existencia de reservas estratégicas, la capacidad de otros productores para aumentar la oferta o la experiencia histórica de interrupciones breves en el suministro. Pero estas interpretaciones descansan en supuestos que no parece que se estén cumpliendo en la situación actual: que los ajustes serán rápidos, que los cuellos de botella serán limitados y que los efectos sobre la producción serán lineales y reversibles. 

La desnaturalización de los mercados de futuros 

El indicador financiero que más pesa en la lectura de esta crisis es el precio en los mercados de futuros de los recursos que se han bloqueado en Ormuz. Y para entender por qué este indicador está fallando hay que entender, primero, qué es un mercado de futuros, para qué fue creado y qué ha pasado con él.

Estos mercados nacieron con una función muy útil, permitir que los productores y empresas pudieran hacer frente con cierta seguridad a la incertidumbre que siempre lleva consigo la variación de los precios a lo largo del tiempo. Permitían que una empresa, un agricultor o un transportista, por ejemplo, fijaran hoy el precio de lo que iban a necesitar dentro de un determinado periodo de tiempo. Así podían planificar con seguridad y enfrentarse al riesgo de cambios en el precio.

Sin embargo, esos mercados fueron siendo dominados por operadores que, en realidad, no necesitaban petróleo, ni azufre, ni gas, ni café, ni ningún producto real. Son fondos de inversión, bancos y especuladores que compran y venden esos contratos exclusivamente para ganar dinero con la diferencia de precio entre el momento de la compra y el de la venta. Sin ningún interés en la materia prima en sí, y sin necesidad de protegerse de nada.

Los mercados de futuros se han ido convertido en instrumentos especulativos donde los precios son el resultado de apuestas

El resultado ha sido que los mercados de futuros han dejado de ser lo que eran, es decir, instrumentos para que la economía real gestione el riesgo futuro. Se han ido convertido, por el contrario, en instrumentos especulativos, en donde los precios son el resultado de las apuestas que realizan (hoy día mediante algoritmos y a velocidad vertiginosa) quienes solamente buscan ganar dinero con el movimiento siguiente (que a veces ellos mismos pueden provocar).

Estos especuladores no ganan dinero analizando lo que va a pasar en la economía real dentro de seis meses, sino anticipándose al próximo titular, al próximo anuncio político, al próximo tuit presidencial, es decir, en función casi exclusiva de lo que ocurre en el muy corto plazo.

Por qué los mercados futuros están infravalorando el peligro

Cuando los mercados de futuros se convierten en máquinas de apostar al próximo anuncio político, o sobre cualquier otra que permita ganar más dinero en el menor tiempo posible, sus señales sobre lo que puede estar ocurriendo en la economía real se vuelven imprecisas y sistemáticamente engañosas. 

En estos momentos, hay al menos tres razones concretas que explican por qué están proporcionando señales equivocadas e infravalorando el peligro que realmente amenaza a la economía global.

La primera es que estos mercados no funcionan como un mercado normal donde mucha gente compra y vende en igualdad de condiciones. Están dominados por un puñado de grandes bancos y fondos de inversión o incluso por algoritmos que manejan cantidades de dinero tan enormes que cuando apuestan en una dirección, el precio se mueve hacia donde hayan indicado. Son ellos quienes marcan la señal.

Y a esos grandes operadores les interesa apostar a que el conflicto se resolverá pronto por una razón muy concreta: si apostaran a la catástrofe y acertaran, ellos también perderían. Una crisis energética prolongada hundiría la economía global, y con ella todas sus otras inversiones —acciones, bonos, préstamos… 

Apostar a la resolución rápida, en cambio, es apostar a que el juego continúa. A que los mercados siguen funcionando. A que habrá oportunidad de comprar barato ahora y vender caro después. Por eso, cuanto más dinero entra apostando a la normalización, más tranquilizadora es la señal que emiten los futuros. Y esa señal es la que acaba en los telediarios, en los análisis de los gobiernos y en la opinión pública.

La segunda razón es que los modelos que usan estos mercados para fijar precios están construidos sobre datos históricos. Y en la historia, todos los cierres del Estrecho de Ormuz han sido breves. El mercado aplica esa experiencia pasada como probabilidad futura, como si lo ocurrido antes fuera una guía fiable para lo que ocurrirá ahora. Pero esta situación no tiene precedente histórico comparable. La escala del cierre, su duración, la combinación de factores que lo rodean son nuevos. El modelo mira al retrovisor para conducir hacia adelante.

Finalmente, la tercera razón es que el cierre del Estrecho no solo produce el corte de una determinada cantidad de suministro de productos –petróleo, gas, azufre, helio…– cuyos precios se pueden registrar en el momento presente o estimar en el futuro, y sobre los que, por tanto, se pueden realizar las apuestas en las que se basan los indicadores financieros. Además, produce efectos sobre la economía real que esos indicadores sencillamente no pueden percibir ni transformar en contratos que se compren y vendan: el agricultor que no puede sembrar porque no llega el fertilizante, la fábrica que para porque no tiene insumos, el país que raciona electricidad porque no llega el gas… Esos daños no tienen precio en ningún mercado. No cotizan en ningún sitio. No existen para el sistema financiero.

El mercado construye su imagen del futuro solo con las piezas que puede ver. Y deja fuera, sistemáticamente, todos los demás daños. Su señal no es falsa, pero es estructuralmente incompleta. Y una señal incompleta sobre una crisis de esta magnitud es tan peligrosa como una señal falsa.

Finanzas que hacen negocio si el peligro no se ve

A esto que ocurre en el (desnaturalizado) mercado de futuros hay que añadir algo más. Al sistema financiero en su conjunto le interesa que la guerra sea percibida como un riesgo manejable y temporal, y no como algo que puede dar lugar a una catástrofe sistémica si no se detiene pronto.

Los fondos de cobertura son fondos de inversión que ganan dinero con los cambios a muy corto plazo de los precios o, en general, con las variaciones inmediatas en las condiciones de los mercados. Hay plataformas que mueven miles de millones de dólares apostando sobre eventos geopolíticos –si habrá o no un alto el fuego, si se atacará tal o cual infraestructura, si asesinarán a un determinado líder…–. Y quienes tienen en sus carteras las acciones de las grandes empresas petroleras y armamentísticas –en gran medida esos mismos grandes fondos que dominan los mercados de futuros– ganan dinero con cada nuevo cambio de situación.

Pues bien, lo que necesitan todos esos operadores es que el juego especulativo no se detenga. Y eso sólo puede ocurrir si la guerra –en este caso– es percibida como algo manejable. Si se procesara correctamente la gravedad de lo que está ocurriendo en el Golfo, los precios se dispararían de forma caótica, las posiciones basadas en deuda se liquidarían en cascada y el negocio especulativo colapsaría junto con todo lo demás.

La trampa 

Durante décadas nos han querido convencer de que el estado de la economía se deduce de los indicadores financieros. Si la bolsa sube, es que las cosas van bien. Si el precio del petróleo no se dispara, es que la crisis energética no es tan grave. Si los índices se mantienen, es que los fundamentales aguantan.

Si llega un momento en que los agricultores no puedan cultivar y las fábricas no tienen insumos, las herramientas habituales de política fiscal serán insuficientes

Ahí está la ceguera y, por qué no decirlo, la trampa: los indicadores financieros sirven para conocer las expectativas de quienes tienen capital para apostar, pero engañan cuando se trata de percibir lo que ocurre en la producción real, en los ciclos agrícolas, en las cadenas de fabricación o con el día a día de las personas y empresas que no participan en los mercados financieros.

Se trata de un error que, en esta ocasión, puede dar lugar a consecuencias muy peligrosas. Si la guerra continúa y no se pone fin al bloqueo rápidamente, la cuerda que sostiene a la economía global no se va a romper, como en otras ocasiones, por el lado de las finanzas, sino por el de la economía real. Si es así, si llega un momento en que los agricultores no puedan cultivar, los transportistas se paralizan y las fábricas no tienen insumos, las herramientas habituales de política fiscal y monetaria serían claramente insuficientes para hacer frente a la situación. No habrá banco central que pueda arreglar el desaguisado dando cientos de miles de millones a los bancos o modificando los tipos de interés, ni gobiernos con recursos para frenar la hecatombe.

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«Un mundo gobernado por la fuerza». El ataque a Venezuela y los conflictos que se avecinan

Por: Todo Por Hacer

El 3 de enero de 2026 nos despertamos con el bombardeo estadounidense sobre Caracas y el sibsiguiente secuestro del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores. Se trata de la detención más cara de la historia, para la cual se movilizaron 150 cazas, otros tanto helicópteros y 200 soldados de los Delta Force. Entre 80 y 100 venezolanos y cubanos fueron asesinados y la hasta entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el mando del país.

Pese a que la operación viola el Derecho Internacional de forma flagrante, Trump insiste en que está por encima de estas normas y que su único límite es su «moralidad» (de la cual sabemos que anda muy justito). Esto y el hecho de que no haya ocultado que detrás de esta operación está su voluntad de apoderarse del petróleo venezolano constatan que nos encontramos ante la «ley del más fuerte».

«Vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder», afirmó Stephen Miller en la CNN el 5 de enero de 2026, mientras exponía su programa fascista y justificaba la toma de Groenlandia por la fuerza. «Estas son las leyes de hierro que rigen el mundo desde el principio de los tiempos».

En la madrugada del 3 de enero, la Administración Trump llevó a cabo una incursión televisada en Venezuela, bombardeando al menos siete objetivos en Caracas y secuestrando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Esta operación culminaba una campaña de presión de un año de duración, durante la cual la administración calificó a los inmigrantes venezolanos en Estados Unidos como «narcoterroristas», intentó aplicar la Ley de Enemigos Extranjeros, bombardeó supuestos «barcos de drogas», confiscó petroleros y desplegó la Marina estadounidense para bloquear Venezuela.

El régimen de Trump acusó inicialmente a Maduro de dirigir el llamado «Cártel de los Soles», una invención tan ficticia como la designación de una supuesta organización denominada «Antifa» —es decir, la totalidad del movimiento antifascista— como organización terrorista. Aunque dos días después revisaron esta acusación para articular un caso legal algo menos endeble, este proceder es característico de su método: comenzar con una narrativa falsa y buscar después los medios para imponerla a la realidad.

Uno de los principales objetivos de Donald Trump era difundir una fotografía de Nicolás Maduro encadenado, evocando las imágenes que las agencias federales han publicado de personas secuestradas por el ICE. En lugar de ofrecer mejoras reales en las condiciones de vida de la población, Trump ofrece a sus seguidores la satisfacción vicaria de identificarse con carceleros y torturadores. Su objetivo es deshumanizar a sus adversarios y desensibilizar al conjunto de la sociedad ante la violencia que será necesaria para sostener su dominio y el propio capitalismo en una era de beneficios decrecientes.

Los grandes medios de comunicación corporativos están desempeñando su papel habitual de oposición leal: cuestionan la legalidad de la operación mientras demonizan a Maduro y ensalzan a su rival derechista, María Corina Machado. Para quienes aspiran a oponerse al imperialismo —anarquistas y otros movimientos— resulta imprescindible situar el ataque contra Venezuela en un contexto más amplio, reflexionar sobre qué forma podría adoptar una oposición eficaz e identificar cómo responder.

El manual

El Gobierno de Estados Unidos tiene una larga trayectoria de intervenciones imperialistas en América Latina, que abarca más de un siglo de operaciones contra Cuba, el sangriento golpe militar en Chile en 1973 o la invasión de Panamá ordenada por George Bush padre en 1989. El ataque contra Venezuela se inscribe en la continuidad de iniciativas más recientes: desde las invasiones de Afganistán e Irak bajo George W. Bush en 2002 y 2003, hasta el desmantelamiento, por parte de Joe Biden, del llamado «orden internacional basado en normas» para permitir que Benjamin Netanyahu lleve a cabo un genocidio en Palestina a partir de 2023.

Al mismo tiempo, el programa de la administración Trump supone una ruptura con las formas anteriores. Al apostar por la extracción de recursos mediante la fuerza bruta, sin siquiera la pretensión de una agenda ideológica alternativa, Trump se alinea con Vladimir Putin y Benjamin Netanyahu en la inauguración de una era de rapiña abierta y desacomplejada.

Aunque los subordinados de Trump han invocado las elecciones amañadas celebradas en Venezuela en 2024 para justificar el ataque, no existe ninguna intención real de promover elecciones libres ni «democracia» en el país. Algunas fuentes sostienen que la oposición liderada por María Corina Machado cuenta con el apoyo de cerca del 80 % de la población venezolana, pero Trump afirma que no dispone del respaldo suficiente para gobernar; presumiblemente, se refiere a la falta de apoyo de las Fuerzas Armadas. Trump preferiría tratar con un régimen autocrático que le fuera directamente leal. Al fin y al cabo, tampoco desea rendir cuentas ante las urnas, ni en Venezuela ni en Estados Unidos.

Trump está recurriendo a la guerra para esquivar una crisis interna. Aunque él mismo y un sector del Partido Republicano llevan tiempo impulsando un cambio de régimen y un refuerzo de la presencia naval en el Caribe, este golpe se ha diseñado para copar la atención mediática y desviar el foco del deterioro de las encuestas y de una serie de reveses judiciales relacionados con sus intentos de desplegar la Guardia Nacional. Paralelamente, las pruebas de su implicación en la red de abusos sexuales y violaciones vinculada a Jeffrey Epstein están empezando a resquebrajar su base de apoyo.

A medida que los autócratas ven amenazado su control del poder, se vuelven más peligrosos e imprevisibles. Las maniobras de Netanyahu para mantenerse a flote frente a sus escándalos de corrupción —incluida su disposición a sacrificar rehenes para prolongar el genocidio— son ilustrativas. Cuando la crisis se cierne sobre ellos, estos gobernantes generan nuevas crisis para distraer a la población. Toda oposición eficaz debe esforzarse por mantener la atención sobre aquello que Trump intenta ocultar. Eso es, precisamente, lo que más teme.

Entendido como una operación mediática, el ataque contra Venezuela es un ataque contra todas nosotras: un intento de intimidar a cualquiera que pudiera resistirse al régimen de Trump, de hacernos aceptar que la violencia estatal seguirá intensificándose hagamos lo que hagamos, de convencernos de que no somos protagonistas de nuestro propio tiempo.

Como ya señalamos en 2025, Trump ha copiado buena parte de su estrategia de líderes autoritarios como Vladimir Putin. Cuando Putin fue nombrado primer ministro en agosto de 1999, sus índices de aprobación eran incluso más bajos que los de Trump hoy. Resolvió ese problema mediante la segunda guerra de Chechenia, que disparó su popularidad. Desde entonces, cada vez que su apoyo se ha desplomado, ha recurrido al mismo patrón: Georgia en 2008, Crimea y el Donbás en 2014, Ucrania en 2022, consolidando progresivamente el control de la sociedad rusa hasta poder enviar a cientos de miles de personas al matadero de la guerra.

Putin ha utilizado la guerra en Ucrania como instrumento de control interno, y en Rusia este control va mucho más allá de la represión de protestas. A medida que empeoran las condiciones económicas, necesita proyectar fuerza y brutalidad constantes, al tiempo que gestiona una población cada vez más inquieta y desesperada. Reclutar a jóvenes de familias empobrecidas del interior para enviarlos al frente sirve para mantenerlos ocupados; si decenas de miles no regresan, tanto mejor: no engrosarán las cifras del desempleo ni protagonizarán protestas. El servicio militar obligatorio también ha empujado al exilio a miles de personas que podrían haber encabezado una revuelta. Es una estrategia que veremos reproducirse en otros lugares a medida que se profundice la crisis global del capitalismo.

La diferencia fundamental es que, aunque Estados Unidos es mucho más poderoso que Rusia, el control de Trump sobre el poder es mucho más frágil que el de Putin. Además, tras las desastrosas ocupaciones de Afganistán e Irak, el electorado estadounidense es hoy mucho menos tolerante con operaciones que pongan en riesgo la vida de soldados estadounidenses.

Trump no es un estratega disciplinado ni coherente. Recurre sistemáticamente a la amenaza y la intimidación, explotando la cobardía y la debilidad de sus interlocutores. Confía en que esa intimidación baste para someter a los gobiernos latinoamericanos sin necesidad de nuevas intervenciones militares. Si fracasa, probablemente recurrirá a tecnología militar, mercenarios privados y otros mecanismos para ejercer la fuerza sin desplegar tropas en el terreno. Pero la guerra, una vez iniciada, impone su propia lógica. Si la administración Trump persiste en este camino, las fuerzas estadounidenses podrían verse arrastradas a un conflicto abierto.

Tras el ataque a Venezuela, Trump y su entorno han amenazado con actuar de forma similar contra México, Cuba, Colombia, Dinamarca y otros países. Sin duda lo harán si creen actuar desde una posición de fuerza; pero incluso si las cosas se tuercen, Trump puede intentar utilizar estas maniobras como cortina de humo para ocultar su debilidad.

El regreso del saqueo

El capitalismo nació al calor del saqueo colonial y, a medida que los márgenes de beneficio se reducen en la economía mundial, los gobiernos están retomando esa vieja estrategia de acumulación.

Esto explica tanto la apropiación territorial de Putin en Ucrania como el intento de Netanyahu de utilizar el genocidio como herramienta de gentrificación, o la última aventura de Trump en Venezuela.

En un documento titulado Estrategia de Seguridad Nacional, publicado en noviembre de 2025, la administración Trump asumió explícitamente un «Corolario Trump» de la Doctrina Monroe, cuyo objetivo es «restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental» para «negar a competidores extrahemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio».

Trump ha bautizado esta estrategia como «Doctrina Donroe», proclamando que «el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Se trata, sin duda, del petróleo —Venezuela alberga alrededor del 17 % de las reservas mundiales—, pero también de una pugna geopolítica con China, principal inversor e importador del petróleo venezolano, que adquiere cerca del 80 % de sus exportaciones y ha concedido más de 60.000 millones de dólares en préstamos desde 2007. Esta orientación es anterior a Trump: la revitalización de la Doctrina Monroe, enfocada a competir con China y Rusia en el Sur Global, ya era un eje central de la Comisión 2024 sobre Estrategia de Seguridad Nacional creada bajo la administración Biden. Dicha comisión reclamaba explícitamente disputar a China y Rusia la influencia en América Latina en materia de explotación de recursos naturales y capacidades de proyección de poder. Trump representa el giro autoritario; la lógica económica y geopolítica ya estaba ahí.

En otras palabras, la brutalidad de Trump ofrece a la clase dominante una respuesta a un problema estructural del capitalismo contemporáneo: la evaporación de oportunidades rentables.

El plan de entregar la extracción de recursos venezolanos a empresas petroleras estadounidenses forma parte de una nueva fase de saqueo colonial, caracterizada por la apropiación directa de activos ajenos. Hay que entenderlo en el contexto del estancamiento económico y la financiarización. Históricamente, recuerda a periodos de «caos sistémico», cuando la caída de los beneficios empujó al capital hacia la especulación financiera y el sistema mundial solo logró recomponerse mediante una violencia masiva. El ejemplo más cercano es el periodo 1914-1945, que incluyó las dos guerras mundiales.

No se trata solo del petróleo, sino de reforzar las condiciones que permiten la especulación capitalista en general, y de anticipar una violencia de mayor escala. Estamos entrando en una fase de relaciones basadas en la fuerza desnuda, no en el «imperio de la ley» ni en la diplomacia. Este ataque, como la propia presidencia de Trump, es un síntoma, no la causa.

A diferencia del imperialismo populista del pasado, que redistribuía parte del botín para sostener el consenso interno, el ataque de Trump está diseñado para beneficiar a un grupo cada vez más reducido de capitalistas. La clase media y la clase trabajadora blanca han dejado de ser «socios menores» del proyecto colonial y tienen cada vez menos razones para identificarse con él.

La cuestión del liderazgo

En un primer momento, la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez adoptó un tono desafiante, pero pronto dio un giro hacia una retórica más conciliadora. Esto ha alimentado especulaciones sobre una posible disposición a cooperar con el régimen de Trump, o incluso sobre negociaciones ya en marcha.

Existen múltiples escenarios posibles y resulta difícil discernir cuál es el real. Tal vez Estados Unidos haya colocado a Rodríguez ante una situación extrema que esté afrontando con valentía; tal vez existan acuerdos secretos; tal vez ocurra algo distinto. En cualquier caso, la vulnerabilidad del chavismo ante el secuestro de su líder —y la posibilidad de que sectores del gobierno venezolano se conviertan en cómplices del plan de Trump para apropiarse de los recursos del país— pone de manifiesto que toda jerarquía constituye un punto débil para los procesos de liberación.

La historia reciente ofrece ejemplos claros: antiguos gobiernos revolucionarios, como el de Daniel Ortega en Nicaragua, acabaron integrándose forzosamente en el neoliberalismo y aplicando políticas de austeridad y control estatal. Ante estas derrotas, algunas corrientes concluyen que la única soberanía posible pasa por alinearse con Estados fuertes y armados nuclearmente, lo que sustenta el llamado «campismo».

Sin embargo, Rusia y China operan bajo la misma lógica autoritaria y capitalista que Estados Unidos, y quienes las apoyen no tendrán mayor capacidad de influir en sus decisiones. El resultado es la defensa impotente de autócratas genocidas. La alternativa real no es elegir un bando estatal, sino construir una resistencia internacional desde abajo, capaz de trascender fronteras.

Para que esa alternativa sea viable, la población estadounidense deberá desarrollar la capacidad de impedir que su propio gobierno bombardee y saquee otros países.

Qué esperar, cómo prepararse

El ataque contra Venezuela marca una escalada en una guerra indirecta con China. Reconducir la base industrial —incluida la industria tecnológica— hacia la industria bélica es una forma de afrontar el estancamiento económico, pero solo será viable si la administración Trump logra reavivar el «espíritu nacional» y el patriotismo. En este sentido, puede sostenerse que la prisa por asegurar la financiación y expandir la inteligencia artificial busca, en última instancia, moldear una población más dócil, crédula y fácil de controlar.

A corto plazo, cabe esperar que la administración Trump intente de nuevo recurrir a la Ley de Enemigos Extranjeros contra la población venezolana y otros colectivos. El intento anterior de Trump y Miller fue rechazado por los tribunales porque, en aquel momento, Estados Unidos no se encontraba formalmente en guerra. Ahora que han fabricado una guerra, la utilizarán para declarar nuevas emergencias y justificar una escalada represiva. También es previsible un aumento de la violencia racista contra personas latinoamericanas y chinas, así como represalias contra la política exterior estadounidense por parte de actores no estatales o intermediarios, que la administración Trump tratará de instrumentalizar para reforzar su agenda.

Las elecciones de mitad de mandato están previstas para noviembre de 2026. Trump y el Partido Republicano no parten como favoritos, pero el expresidente ha cruzado tantas líneas rojas que no puede permitirse ninguna amenaza a su poder. Ya sea mediante interferencias electorales, fraude o —más probablemente— la creación de crisis que legitimen un estado de excepción, todo apunta a que estas elecciones serán las menos «democráticas» de los últimos tiempos. Confiar únicamente en las urnas no bastará para salir de esta situación.

A medida que Trump se vea acorralado por crisis, escándalos y obstáculos crecientes, su comportamiento será cada vez más violento, errático y peligroso. Esto es una señal de debilidad, pero se trata de una debilidad respaldada por toda la potencia del aparato militar estadounidense. Debemos anticipar enfrentamientos militares de mayor envergadura antes de octubre de este mismo año, incluidos nuevos despliegues de la Guardia Nacional y, quizá, incluso la imposición de la ley marcial.

Las guerras impopulares y carentes de un mandato claro, especialmente aquellas que implican bajas estadounidenses u otros sacrificios internos, pueden precipitar la caída de un régimen. Nuestra tarea consiste en convertir esta guerra —junto con los demás errores de Trump y los conflictos que se avecinan— en una carga insoportable para toda la clase dominante. Hará falta una fuerza popular enorme para desalojar a Trump del poder, por lo que debemos impulsar propuestas igual de ambiciosas y no limitarnos a reclamar un regreso a un statu quo centrista que ya es profundamente impopular. Las personas revolucionarias deben prepararse para superar las maniobras centristas destinadas a estabilizar el Estado sin transformarlo. Aunque ahora pueda parecer difícil de imaginar, los levantamientos y las revoluciones se desarrollan con rapidez: a lo largo de 2024, las revoluciones protagonizadas por la llamada «Generación Z» derribaron regímenes en distintas partes del mundo.

En todo Estados Unidos se han repetido consignas como «No más sangre por petróleo». Sin embargo, Trump ha llegado a la conclusión de que su base social desea ambas cosas: petróleo y sangre. Los movimientos contra la guerra tienden a adoptar un enfoque conservador, centrado en presionar a las instituciones estatales; pero, como ya hicieron administraciones anteriores, el régimen de Trump ha dejado claro que no se siente condicionado por la oposición. En lugar de limitarse a protestas simbólicas y a la formulación de demandas, es necesario construir movimientos horizontales capaces de responder a las necesidades reales mediante la acción directa. Estos movimientos deben centrarse en las condiciones compartidas por la gente común, desde Caracas hasta Minneapolis: pobreza, austeridad, expolio de recursos básicos, control ejercido por mercenarios violentos y gobiernos de magnates que no rinden cuentas. En este sentido, la resistencia contra la Oficina de Inmigración y Aduanas en distintos puntos de Estados Unidos constituye un paso prometedor.

Si, como sugiere Stephen Miller, los gobiernos no representan ni los deseos ni la voluntad de quienes gobiernan; si —como ya debería resultar evidente— no actúan en defensa de nuestros intereses, sino únicamente para acaparar la mayor cantidad de riqueza posible, entonces nadie está moralmente obligado a obedecerlos. La única cuestión es cómo acumular la fuerza colectiva suficiente —el poder popular, el poder horizontal— para derrotarlos.

Apéndice: lecturas adicionales

Como punto de partida, se recomienda consultar «Denunciamos la ofensiva imperialista contra Venezuela», una declaración internacional de organizaciones anarquistas latinoamericanas publicada en diciembre de 2025.

Para profundizar en la situación venezolana, las personas lectoras hispanohablantes pueden acudir al archivo de la ya desaparecida publicación anarquista venezolana El Libertario. Allí se encuentran, entre otros materiales, una evaluación crítica de las organizaciones sociales bolivarianas de 2006 y una recopilación de textos sobre el papel de la industria petrolera en la represión de los movimientos populares de base y su integración en la economía global. Por ejemplo:

«Venezuela forma parte de un proceso de construcción de nuevas formas de gobernanza en la región, que han desmovilizado a los movimientos sociales surgidos en respuesta a las políticas de ajuste estructural de la década de 1990, relegitimando tanto al Estado como a la democracia representativa para cumplir con las cuotas de exportación de recursos naturales hacia los principales mercados mundiales» — Ley Habilitante: dictadura para el capital energético, en El Libertario, nº 62, marzo-abril de 2011.

Desde esta perspectiva, el ataque de Trump contra Venezuela puede entenderse como una continuación contemporánea de ese mismo «proceso de construcción de nuevas formas de gobernanza en la región».

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