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Emplazamos al PSOE a presentar recurso de inconstitucionalidad para las leyes de Montes y de Gestión Ambiental

Por: Andalucía
  • Ecologistas en Acción de Andalucía recuerda al PSOE andaluz su compromiso adquirido en la reunión celebrada el 13 de Mayo con los miembros de la dirección del PSOE andaluz Alejandro Moyano, secretario adjunto de organización; Ignacio Henares, secretario de Acción Climática y Transición Energética y Paco Cuenca, portavoz y coordinador de Cultura y Nuevos Derechos de Ciudadanía. 

En dicha reunión quedó clara la involución que supone tanto la Ley para la Gestión Ambiental de Andalucía (LEGAM), como la Ley de Montes, cuestión compartida también  por el Colegio de Ambientólogos de Andalucia y los Agentes de Medio Ambiente.

Ambas leyes inciden en la privatización, desregulación y externalización tanto de la gestión de los montes andaluces como del control ambiental de actividades y proyectos, entrando en contradicción con la legislación básica estatal, por lo que son perfectamente recurribles. Los montes públicos podrán ser descatalogarlos, instalando usos en suelo forestal incompatibles con su carácter.  En el caso de la Legam, las obligatorias labores de la Administración de control y fiscalización de actividades con repercusión ambiental, podrán ser llevadas a cabo por empresas privadas.

El recurso de inconstitucionalidad por parte del grupo parlamentario socialista es imperioso; para llevarlo al Congreso hacen falta 50 diputados. Pasadas las elecciones, seguimos esperando y el plazo termina en el mes de junio.

Aportamos nota de prensa publicada el 14 de Mayo, explicando la reunión mantenida con este colectivo, en la cual hubo un compromiso por parte de la candidata María Jesús Montero de recurrir estas leyes con visos de clara inconstitucionalidad.

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Éxito de la jornada de puertas abiertas en la salina de San José

Por: El Puerto de Santa María
  • Ha tenido lugar la jornada de puertas abiertas en la salina de San José. Esta salina ha sido rehabilitada recientemente con un proyecto desarrollado por Aponiente, y en el que ha colaborado Ecologistas en Acción.
  • Ante la avalancha de solicitudes para asistir a esta jornada, se limitó el cupo a 50 personas, previa inscripción.

Fotografía del grupo que ha participado en la jornada

Ángel León dio la bienvenida a los asistentes destacando su persistencia por convertir este espacio degradado en un huerto marino, y agradeciendo a Ecologistas en Acción que le haya dado una visión más social al proyecto, abriéndolo al público y posibilitando el desarrollo de actividades de educación ambiental y de regeneración de su flora y fauna.

Los participantes han tenido ocasión de recorrer la salina recibiendo diversas explicaciones sobre el proyecto ejecutado, que incluye esteros para la acuicultura tradicional y para cultivos de plantas marinas como la salicornia y la zostera, una salina artesanal y una zona para la renaturalización de la marisma. Además, se ha adecuado un circuito para uso público con paneles interpretativos sobre la vida en las marismas, su flora y fauna, los recursos y los servicios ecosistémicos que aporta y la cocina tradicional marismeña.

Una de las zonas visitadas ha sido la repoblada por personal voluntario entre 2016 y 2019, comprobando los asistentes el buen estado y el gran desarrollo de los acebuches, tarajes, algarrobos, lentiscos y pinos plantados.

Juan Carlos Sánchez, el salinero que va a gestionar la nueva salina, explicó la situación precaria en la que se encuentran las escasas salinas tradicionales que sobreviven, destacando el lugar privilegiado de la Bahía de Cádiz para producir sal marina virgen, al tener los dos elementos necesarios: sol y viento. Esta sal es de una extraordinaria calidad, al poseer microelementos necesarios para una dieta equilibrada y para la salud. Sánchez se mostró convencido de la aportación de este proyecto a la recuperación de la tradición salinera artesanal en la Bahía de Cádiz.

Al término del recorrido los participantes disfrutaron en la misma salina de una degustación de productos marinos ofrecidos por Aponiente.

Ecologistas en Acción muestra públicamente su satisfacción por el éxito de esta primera jornada de puertas abiertas, a la que seguirán en los próximos meses otras actividades en este nuevo espacio como, visitas a la salina ya en funcionamiento, realización de trabajos forestales para favorecer el desarrollo del arbolado o la mejora de hábitat de especies de la avifauna amenazada.

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La naturaleza se levanta: cerca de medio centenar de acciones reclaman restaurar los ecosistemas y frenar su destrucción

Por: Naturaleza
  • La Semana de Acción por la Naturaleza activará cerca de medio centenar de iniciativas de restauración y defensa de los ecosistemas.
  • Incendios, sequías e inundaciones evidencian la urgencia de restaurar ecosistemas sanos y funcionales.
  • La Alianza por la Restauración de la Naturaleza reclama un Plan Nacional de Restauración ambicioso, con medidas efectivas, financiación suficiente y participación social.

Ver mapa en pantalla completa

Coincidiendo con la Semana de Acción por la Naturaleza, que se celebrará del 30 de mayo al 7 de junio con cerca de una treintena de acciones en distintos puntos del Estado, la Alianza por la Restauración de la Naturaleza hace un llamamiento a reforzar la protección y recuperación de los ecosistemas frente al deterioro ambiental y al debilitamiento de las políticas destinadas a protegerlos. Las organizaciones recuerdan que restaurar la naturaleza es una cuestión de justicia ecológica y social imprescindible para garantizar territorios habitables y resilientes ante la crisis climática.

Las organizaciones integrantes de la Alianza alertan de que los impactos de la crisis climática y ecológica son cada vez más visibles: inundaciones, incendios forestales, sequías y olas de calor evidencian la vulnerabilidad de nuestros territorios y la necesidad de ecosistemas sanos capaces de amortiguar estos fenómenos extremos. Al mismo tiempo, advierten de que herramientas de protección ambiental están siendo cuestionadas bajo argumentos como la simplificación administrativa o la competitividad económica, precisamente cuando la emergencia climática y la pérdida de biodiversidad exigen reforzarlas.

España alberga una de las mayores riquezas naturales de Europa, pero gran parte de sus ecosistemas se encuentran degradados. “La restauración ecológica no consiste en maquillar los daños ni en compensar la destrucción; consiste en devolver vida a los ecosistemas y garantizar que las personas puedan vivir en territorios sanos, resilientes y biodiversos. Invertir en ecosistemas sanos es invertir en resiliencia social y económica”, señala la Alianza por la Restauración.

Durante la Semana de Acción por la Naturaleza se desarrollarán en torno a medio centenar de iniciativas impulsadas por colectivos sociales, vecinales, científicos y ecologistas en todo el Estado. Habrá acciones de restauración y cuidado de ecosistemas, actividades divulgativas, encuentros comunitarios y movilizaciones destinadas a visibilizar conflictos ambientales y defender la recuperación de los territorios.

La Alianza recuerda además que España debe remitir a la Comisión Europea su Plan Nacional de Restauración antes de septiembre de este año, en cumplimiento del Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza. Por ello reclama un plan ambicioso, con financiación suficiente, participación social efectiva e integración de la restauración ecológica en las políticas agrarias, forestales, hídricas y territoriales.

“Restaurar la naturaleza es recuperar la capacidad de los territorios para sostener la vida. Es reparar daños acumulados, fortalecer comunidades y construir un futuro más justo y habitable. Frente a quienes consideran la naturaleza un recurso para explotar, reivindicamos que protegerla y restaurarla es una responsabilidad colectiva. Por eso esta semana salimos a actuar, organizarnos y movilizarnos”, concluye la Alianza.

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¿Corremos el riesgo de que la UE debilite las Directivas de Aves y Hábitats?

Por: Naturaleza

Este 2026, la Comisión Europea llevará a cabo un “Stress Test” (Prueba de Resistencia) de las Directivas de Aves y Hábitats. Esta medida forma parte de la ola de “hachazos” a la legislación y normativa de protección de la naturaleza y la salud que Europa está llevando a cabo con la excusa de la “simplificación”. 

Su objetivo real es mejorar la “competitividad” de la UE, es decir, de los lobbies empresariales que más contaminan y los promotores que ven la conservación de especies y hábitats como un obstáculo para lograr mayor beneficio económico.

El enfoque del “Stress Test” de las Directivas de Aves y Hábitats ignora el papel crucial que desempeña la naturaleza en nuestra sociedad. Según la Comisión, el objetivo de dicha prueba es «evaluar si las directivas siguen siendo pertinentes, proporcionadas y adecuadas para alcanzar sus objetivos de manera rentable, entre otras cosas identificando oportunidades para reducir la carga administrativa innecesaria».

Este enfoque es limitado, ya que ignora las razones por las que se adoptó esta legislación. Refuerza además una narrativa errónea que presenta la legislación ambiental y de la naturaleza como “burocracia” y un obstáculo para la competitividad de la UE. Hasta ahora, el debate tiende a olvidar los siguientes aspectos importantes:

  • Las Directivas de Aves y Hábitats (BHD), también conocidas como Directivas de Naturaleza, son la piedra angular de la política de biodiversidad de la UE, sobre la que se construye la Red Natura 2000, la mayor red coordinada de áreas protegidas del mundo. Estas directivas proporcionan el marco legislativo principal para que todos los países de la UE protejan la biodiversidad más valiosa y amenazada. Gracias también a la seguridad jurídica aportada por las orientaciones de la Comisión y las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), este marco ha permitido una cooperación constructiva entre las partes interesadas a lo largo de los años.
  • Proteger los hábitats y las especies es fundamental para mantener ecosistemas saludables, base de la que dependen nuestra sociedad y economía. Estos ecosistemas proporcionan aire y agua limpios, suelos sanos y servicios de polinización. Además, almacenan carbono y nos protegen frente a riesgos relacionados con el clima como inundaciones, sequías e incendios forestales.
  • La naturaleza desempeña un papel clave en el disfrute de derechos humanos fundamentales (vida, salud, alimentación, agua, cultura), y la pérdida de biodiversidad los socava directamente. La biodiversidad se reconoce cada vez más como una cuestión de derechos humanos en el derecho internacional. El acceso a entornos naturales saludables se ha relacionado con numerosos beneficios para la salud física y mental, incluyendo reducción del estrés, mejora del estado de ánimo, mayor capacidad cognitiva y menor riesgo de enfermedades crónicas. La pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas también se han vinculado con violaciones de derechos humanos al provocar o agravar la inseguridad alimentaria y aumentar la exposición a desastres climáticos y enfermedades.
  • Nuestra economía depende de la naturaleza. Se estima que dos tercios del valor añadido bruto de la UE tienen una dependencia media o alta de la naturaleza. Más del 70% de las empresas de la zona euro dependen en gran medida de al menos un servicio relacionado con la naturaleza que proporcionan los ecosistemas saludables. El coste financiero de la degradación ambiental es considerable: se calcula una pérdida económica de activos de 650.000 millones de euros entre 1980 y 2022, de los cuales 52.300 millones solo en 2022. Se espera que los impactos ambientales en cascada aumenten la exposición a riesgos en el futuro.

El “Stress Test” de las Directivas de Aves y Hábitats distrae de lo verdaderamente importante: mejor aplicación, financiación y cumplimiento de las Directivas de Naturaleza de la UE

Aunque la Comisión sostiene que la agenda de simplificación no debilitará la legislación ambiental, las numerosas propuestas “ómnibus” muestran lo contrario. En lugar de este ejercicio, la Comisión y los Estados miembros deberían centrar sus esfuerzos en mejorar la aplicación, financiación y cumplimiento de las Directivas de Naturaleza, tal como ya concluyó la evaluación (“Fitness Check”) hace diez años.

  • En 2015-2016, el Fitness Check REFIT evaluó exhaustivamente las Directivas de Aves y Hábitats según cinco criterios: eficacia, eficiencia, pertinencia, coherencia y valor añadido de la UE. La conclusión fue clara: dentro del marco de la política de biodiversidad, las directivas son adecuadas para su propósito, pero alcanzar plenamente sus objetivos depende de mejorar significativamente su aplicación.
  • Esta conclusión sigue siendo válida hoy. La actual prueba de estrés podría ser útil para evaluar la situación actual de la aplicación, pero no debería conducir a una revisión ni debilitamiento de estas leyes. Además, la reducción de cargas administrativas ya se señaló en 2016 como algo que puede lograrse mediante enfoques de aplicación a nivel nacional y regional.

Puntos clave sobre los principales temas de la prueba de estrés

  • Protección de especies:
    • Los cambios en el nivel de protección deben basarse en la ciencia y alinearse con tratados internacionales.
    • Cualquier ajuste técnico debe incluir la opinión de un organismo científico.
    • Debilitar la protección implicaría aumentar significativamente los esfuerzos de seguimiento por parte de los Estados miembros.
    • La conversación se centra actualmente en eliminar especies de la lista, cuando debería abordarse añadir nuevas en función de su deterioro.
  • Aplicación del artículo 6 (Natura 2000):
    • Ya ha habido cambios importantes en los procedimientos de autorización, lo que repercute en la forma en que se aplican los procedimientos de evaluación pertinentes para los espacios Natura 2000, por ejemplo, en el ámbito de las energías renovables, mediante la modificación de la Directiva sobre energías renovables (RED III).
    • Como parte de la ola de hachazos, ya se están negociando nuevas propuestas legislativas (por ejemplo, el Reglamento para la aceleración de las evaluaciones de impacto ambiental, en el marco del Paquete Ómnibus Ambiental; y la Directiva sobre la aceleración de los procedimientos de concesión de autorizaciones para proyectos de infraestructura, en el marco del Paquete GRIDS), que están de facto reduciendo por sí mismas la aplicación del Artículo 6.
    • En lugar de debilitar normas, debería promoverse las buenas prácticas existentes que muestran que los procesos pueden ser rápidos y eficaces sin reducir la protección.
    • La UE no está en camino de cumplir los objetivos de áreas protegidas y conservadas eficazmente a los que se ha comprometido en el Marco Mundial de Biodiversidad.
  • Directivas frente a la emergencia climática:
    • El marco actual es adecuado y ofrece flexibilidad.
    • Las orientaciones recientes guían de forma suficiente a los Estados miembros a adaptar la Red Natura 2000 a las presiones del cambio climático. El documento aclara cómo se aplican las disposiciones de las Directivas de Aves y Hábitats al designar y gestionar los espacios Natura 2000 en el contexto de los impactos del cambio climático. También proporciona recomendaciones sobre medidas prácticas de adaptación y un marco de adaptación al cambio climático para los gestores de la Red Natura 2000, las autoridades nacionales y las partes interesadas responsables de salvaguardar los hábitats y especies más valiosos de Europa. Establece cómo planificar y aplicar medidas de adaptación, ajustar los límites de los espacios o los objetivos de conservación, restaurar hábitats degradados para aumentar la resiliencia y crear asociaciones estratégicas con sectores como la agricultura, la gestión del agua y la prevención de desastres (por ejemplo, inundaciones e incendios forestales). En resumen, las orientaciones muestran que los Estados miembros pueden cumplir sus obligaciones al tiempo que hacen uso de las flexibilidades existentes en las Directivas de Aves y Hábitats al adaptar las medidas de conservación al cambio climático.

¿Y ahora qué?

Europa se enfrenta a graves impactos derivados de crisis ecológicas y climáticas interconectadas. Debilitar las leyes ambientales agravaría estos problemas y sus costes. Cuestionar los estándares actuales genera incertidumbre y debilita la cohesión social en un momento crítico. Como uno de los mayores bloques económicos y líder en estándares políticos, la UE tiene un papel clave en garantizar la estabilidad y resiliencia de sus ciudadanos, ecosistemas y economía.

Entre los distintos procesos en marcha, la previsión para el frente de ataque a las Directivas de Aves y Hábitats se plantea así:

  • Consulta pública de 12 semanas en primavera: su inicio estaba previsto en abril, pero la fecha de inicio aún está por confirmar.
  • Consulta específica (todos los Estados miembros y partes interesadas): marzo-mayo; no está claro si ya ha comenzado.
  • Entrevistas en profundidad en 9 Estados miembros (Alemania, Estonia, España, Francia, Malta, Países Bajos, Polonia, Suecia y Eslovaquia); no está claro si ya han comenzado.
  • Evento «Reality check» en Bruselas los días 21 y 23 de septiembre (autoridades y partes interesadas en días distintos).
  • Diálogo sobre la implementación con la Comisaria de Medio Ambiente, Jessika Roswall en otoño.
  • Informe final (con resumen de la consulta pública) a finales de 2026.

Es necesario dar visibilidad a este proceso y asegurarse de que durante las consultas no se abra el camino a escenarios de desmantelamiento de las Directivas.

 

Mi salud y la naturaleza no están en venta: Firma y comparte.

 

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La presión de los ‘lobbies’ empresariales amenaza el futuro de las Directivas de Aves y Hábitats

Por: Naturaleza
  • La Comisión Europea realizará un “Stress Test” (prueba de resistencia) de las Directivas de Aves y Hábitats con el que pretenden justificar que se “simplifiquen” ambas directivas.
  • Ecologistas en Acción advierte de que este procedimiento oculta un nuevo intento de la derecha europea de “desregulación” de la normativa de protección de la naturaleza para el beneficio de las grandes corporaciones y promotores.
  • Desde la campaña europea Hands Off Nature, en la que participa Ecologistas en Acción, se anima a la ciudadanía a que muestre su oposición participando en una recogida de firmas que ya sobrepasa los 431.000 apoyos.

Necesitamos tu firma: Protege las leyes que me protegen

En el último semestre la Comisión Europea ha anunciado numerosas propuestas legislativas para reducir la protección ambiental, social y de salud de la población europea. Ya hay aprobados o en tramitación diez paquetes de recortes a la legislación que protege el medio ambiente y la salud de las personas. Pero de especial gravedad es la posible modificación de las Directivas de Aves y Hábitats utilizando como excusa  la “simplificación” y la mejora de la “competitividad” de los lobbies empresariales de la UE que más contaminan e invaden hábitats naturales, para los que la conservación de especies y hábitats es un obstáculo para lograr mayor beneficio económico.

La Comisión Europea ha anunciado que se iniciará de forma inminente un “Stress Test” (prueba de resistencia) de las Directivas de Aves y Hábitats. El objetivo es “evaluar si las directivas siguen siendo pertinentes, proporcionadas y adecuadas para alcanzar sus objetivos de manera rentable, entre otras cosas identificando oportunidades para reducir la carga administrativa innecesaria” a través de un procedimiento de consulta a los Estados miembros y otras partes interesadas. Ecologistas en Acción alerta de que este enfoque ignora el papel crucial que desempeña la naturaleza en nuestra sociedad y se opone a las razones por las que se adoptó esta legislación. Las Directivas de Aves y Hábitats son la piedra angular de la política de biodiversidad de la UE, sobre la que se construye la Red Natura 2000, la mayor red coordinada de áreas protegidas del mundo. Estas directivas proporcionan el marco legislativo principal para que todos los países de la UE protejan la naturaleza más valiosa y amenazada.

Ecologistas en Acción denuncia que la ola de “desregulación” europea está afianzando una narrativa errónea que presenta a la legislación ambiental y de la naturaleza como “burocracia” y un obstáculo para la competitividad de la UE. En realidad, esta operación dirigida por los poderes políticos europeos, en complicidad con lobbies empresariales y grandes promotores, disfraza de mejoras para agilizar la economía lo que en realidad son facilidades para acelerar proyectos de grave impacto para la naturaleza vinculados a la minería, los centros de datos, infraestructuras energéticas o la industria más contaminante. Conservar la naturaleza no puede considerarse una carga, es una obligación. Modificar ambas directivas (eliminando especies o hábitats de los anexos, cambios en los niveles de protección, cambios en los procedimientos de autorización, flexibilizando el marco actual, debilitando la Red Natura 2000, etc) para favorecer actividades dañinas para el medio ambiente supondría el mayor ataque a la conservación de la naturaleza desde la creación de la Unión Europea, tirando por tierra el trabajo de decenas de años e incumpliendo el Marco Mundial de Biodiversidad que firmó la Unión Europea.

Eliminar controles y restricciones para lograr el beneficio a corto plazo de unas pocas corporaciones es una grave amenaza para nuestra salud y futuro. Proteger los hábitats y las especies es fundamental para mantener ecosistemas saludables, base de la que dependen nuestra sociedad y economía. Estos ecosistemas proporcionan aire y agua limpios, suelos sanos y servicios de polinización. Además, almacenan carbono y nos protegen frente a riesgos relacionados con el clima como inundaciones, sequías e incendios forestales. Se estima que dos tercios del valor añadido bruto de la UE tienen una dependencia media o alta de la naturaleza. Más del 70% de las empresas de la zona euro dependen en gran medida de al menos un servicio relacionado con la naturaleza que proporcionan los ecosistemas saludables. El coste financiero de la degradación ambiental es considerable: se calcula una pérdida económica de activos de 650.000 millones de euros entre 1980 y 2022, de los cuales 52.300 millones solo en 2022.

Para Ecologistas en Acción el “Stress Test” de las Directivas de Aves y Hábitats invisibiliza lo verdaderamente importante: la necesidad de mejorar su aplicación, su financiación, y el adecuado cumplimiento en la UE. Aunque la Comisión sostiene que la agenda de simplificación no debilitará la legislación ambiental, las numerosas propuestas “ómnibus” demuestran lo contrario. En lugar de este ejercicio, la Comisión y los Estados miembros deberían centrar sus esfuerzos en mejorar la aplicación, financiación y cumplimiento de las Directivas de Naturaleza, tal como ya concluyó la evaluación (“Fitness Check”) hace diez años.

Por ello, Ecologistas en Acción insta a la ciudadanía a mostrar su oposición a la desregulación que está imponiendo la Comisión Europea, y en concreto a la modificación de las Directivas de Naturaleza, participando en la recogida de firmas de la campaña europea Hands Off Nature (“Quitad las manos de la naturaleza”). Hasta la fecha se han recogido más de 431.000 firmas. Además, la organización ecologista reclama al gobierno español, que es uno de los nueve Estados miembros que serán entrevistados en profundidad durante el “Stress Test”, que asuma un perfil claro en defensa de las Directivas de Aves y Hábitats. Sin cumplir estos marcos regulatorios no se podrá sostener la transición ecológica.

 

Llega la primavera: ¿Por qué las aves están tan calladas?

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La naturaleza se va apagando ante nuestros ojos

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El 80% de los hábitats naturales de Europa se encuentran en mal estado

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Y cuando nuestra naturaleza sufre, lo notamos

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Aire y agua más contaminados, crecidas de los ríos y cultivos que se marchitan sin ser polinizados
Europa está cediendo a la presión de los 'lobbies'

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Las Directivas de Aves y Hábitats son la base de nuestras políticas de biodiversidad

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¿Y por qué se las quieren cargar?

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Mi salud y la naturaleza no están en venta

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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Por: invitadoespecial

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Por: invitadoespecial

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Organizaciones de protección animal y de conservación de la naturaleza celebran la publicación del Proyecto de Real Decreto para la creación de un Listado Positivo de animales de compañía

Por: Naturaleza
  • El proyecto normativo se encuentra en trámite de información pública y el plazo para envío de aportaciones estará abierto hasta el 8 de mayo.
  • AHE, CRARC, Coalición para el Listado Positivo, Ecologistas en Acción, SECEM, GREFA, SEO/BirdLife y WWF España apoyan este paso adelante en la legislación.

Organizaciones de protección animal y de conservación de la naturaleza como Asociación Herpetológica Española (AHE), Centro de Recuperación de Anfibios y Reptiles de Cataluña (CRARC), Coalición para el Listado Positivo (formada por ANDA, FAADA y AAP Primadomus), Ecologistas en Acción, Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat (GREFA), Sociedad Española para la Conservación y Estudio de los Mamíferos (SECEM), SEO/BirdLife y WWF España, aplauden la publicación por parte del Gobierno del Real Decreto que regulará la creación de un Listado Positivo de animales de compañía.

Las organizaciones respaldan y apoyan firmemente la creación de este listado como una herramienta preventiva clave, ya recogida en la ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales, para asegurar que las especies mantenidas como animales de compañía puedan vivir en condiciones adecuadas de bienestar y no supongan riesgos para la biodiversidad, la salud o la seguridad de las personas.

El Listado Positivo permitirá valorar, objetivamente, los riesgos relativos a la invasividad y conservación de las especies, la seguridad ciudadana, la salud pública y el bienestar de los animales. En consecuencia, establecerá, basándose en criterios científicos, las especies que se puedan mantener en el hogar, quedando prohibida la tenencia de todas las demás.

Desde las organizaciones señaladas, se participará en el proceso de consulta abierto por el Gobierno para mejorar el texto propuesto en aspectos importantes, tales como las excepciones planteadas, la transparencia del proceso en todas sus fases y el seguimiento de los criterios aplicables a las especies objeto de estudio.

Una herramienta preventiva que debe estar basada en criterios científicos

La tenencia de especies exóticas como animales de compañía ha crecido en los últimos años, generando problemas graves de conservación y de sanidad. Algunas mascotas,  al escaparse o  abandonarse en la naturaleza al no poder atender sus necesidades, pueden convertirse en especies invasoras y amenazar la supervivencia de las especies silvestres de flora y fauna autóctonas. Algunos ejemplos conocidos de mascotas en el pasado que hoy están prohibidas por su carácter invasor son el galápago de florida, el mapache o la cotorra argentina. Además, la tenencia de mascotas exóticas sin limitaciones supone un riesgo para la salud pública porque algunos  de estos animales pueden actuar como portadores de enfermedades zoonóticas; para la seguridad ciudadana por su posible naturaleza depredadora, agresiva o venenosa; así como para la salud y seguridad de otros animales.

El Listado Positivo busca prevenir nuevos problemas en el futuro, no generar restricciones innecesarias, y permitirá limitar la tenencia a un número reducido de especies que sean seguras y adecuadas, facilitando el control por parte de las autoridades y evitando el comercio de animales que puedan sufrir en cautividad o convertirse en un problema ambiental.

Sin impacto negativo en los animales de compañía actuales

Las organizaciones recuerdan también que este listado no afectará a la inmensa mayoría de los animales actualmente presentes en los hogares españoles. Aparte de los perros, gatos y hurones que ya son considerados animales de compañía, es de esperar que otras especies como muchos peces tropicales, canarios, conejos, cobayas o hámsters puedan mantenerse con normalidad.

Por otro lado, el listado no tendrá carácter retroactivo, es decir, los animales cuya tenencia pase a estar prohibida que ya estén en los hogares, podrán mantenerse informando a las autoridades.

 

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Más de un centenar de organizaciones se levantan con la naturaleza en el Día de la Tierra

Por: Málaga ciudad

  • Cenacheras, El Bosque Urbano, Ecologistas en Acción Ciudad de Málaga y Cel Fosc se unen al manifiesto impulsado por la Alianza por la Restauración de la Naturaleza en el que advierte del debilitamiento de las políticas ambientales y exige situar la restauración ecológica en el centro de la agenda pública.
  • Las organizaciones hacen un llamamiento a colectivos vecinales y ecologistas malagueños a sumarse al manifiesto y movilizarse en la semana de acción por la naturaleza del 30 de mayo al 7 de junio, para exigir naturaleza frente a las políticas antisociales de los últimos años.

En el marco del Día de la Tierra, más de un centenar de organizaciones sociales y ecologistas de todo el Estado, entre las que se encuentran las organizaciones malagueñas Cenacheras, El Bosque Urbano, el grupo local de Ecologistas en Acción y Cel Fosc han lanzado el manifiesto “Nos levantamos con la naturaleza”, un llamamiento a la movilización ante el deterioro ambiental y a favor de situar la restauración ecológica en el centro de las políticas públicas.

Impulsado por la Alianza por la Restauración de la Naturaleza, el manifiesto alerta del actual contexto de retroceso en las políticas ambientales, en el que avances logrados tras años de movilización social se están debilitando desde las instituciones europeas y autonómicas. Según las organizaciones firmantes, se están erosionando normativas y marcos de protección europeos bajo argumentos como la “simplificación” o la “competitividad”, lo que pone en riesgo las normativas estatales y autonómicas de protección de la naturaleza y favorece actividades de alto impacto sobre ecosistemas y territorios. Estas dinámicas responden a un modelo que prioriza beneficios económicos para unos pocos a corto plazo frente al interés general, la salud pública y la protección de los ecosistemas. “No podemos olvidar que estamos viviendo una emergencia climática y de pérdida de biodiversidad, que pone en riesgo nuestro bienestar y futuro, y el del planeta”, subrayan las organizaciones.

Como participantes de esta campaña, las organizaciones malagueñas que impulsan el manifiesto ponen sobre la mesa la necesidad de Renaturalizar el río Guadalmedina en su tramo urbano. Creando un corredor verde que transforme un espacio degradado de hormigón en un pulmón que oxigena la ciudad, nos ayuda a combatir las altas temperaturas y nos pone en contacto con la naturaleza. En la parte naturalizada ya podemos ver abundante vegetación y avifauna típica de ríos como garcetas, patos, paseriformes, etc.

El grupo local de Ecologistas en Acción ya se ha reunido con el Área de Sostenibilidad Medioambiental y Servicios Operativos del Ayuntamiento para denunciar el abandono de la parte alta del río,  naturalizado por la Junta de Andalucía, donde basuras, árboles secos y especies invasoras campan a sus anchas. El Ayuntamiento ha prometido un plan de mantenimiento de la parte más alta del cauce para 2027, pero sigue apostando por el proyecto de Puentes Plaza para el tramo urbano, una infraestructura faraónica que choca de frente con la naturalización total del cauce. “No queremos más cemento. Queremos un río vivo”, subrayan desde la organización.

Igualmente, desde la capital de la provincia andaluza más contaminada luminicamente, se reivindica tener en cuenta la dimensión nocturna de los ecosistemas y se insta a la recuperación de la noche, lo cual tendría múltiples beneficios ambientales y para el buen vivir de la población. “La noche también es necesaria y, hasta ahora, las medidas que se están tomando tienden a ir en dirección contraria a su restauración”, insisten desde la asociación contra la contaminación lumínica Cel Fosc.

Cenacheras, El Bosque Urbano, Ecologistas en Acción Ciudad de Málaga y Cel Fosc hacen un llamamiento a la ciudadanía y a colectivos malagueños a sumarse al manifiesto y a organizar acciones colectivas en la ciudad en la Semana de Acción por la Naturaleza que tendrá lugar del 30 de mayo al 7 de junio, coincidiendo con el Día Mundial del Medio Ambiente. Las luchas vecinales y ecologistas nos ponemos en pie con la naturaleza para exigir una Málaga verde, apostando por la restauración del Bosque Urbano, la laguna de Soliva, los Baños del Carmen, el cauce del Guadalmedina o la dimensión nocturna de la Naturaleza. “Es tiempo de organizarnos, de movilizarnos y de actuar por la naturaleza”.

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Progreso tecnológico y felicidad

Por: invitadoespecial

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Progreso tecnológico y felicidad

Por: invitadoespecial

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
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¿Qué es Naturaleza? (2)

Por: Andarríos

Con esta entrada te invitamos a que participes en la encuesta. Tu colaboración contribuirá al estudio de la Naturaleza y no te llevará mucho tiempo.
A continuación se exponen los espacios más representativos:

La selva virgen tropical representa la máxima expresión de la Naturaleza

Selva tropical

Algunos bosques tropicales son tan inaccesibles que la influencia humana es difícilmente perceptible.

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Ecosistema alterado

Puesto que apenas existen espacios vírgenes sobre La Tierra, muchos de los ecosistemas actuales están marcados por la influencia humana.

 

 

Cultivo ecológico

Las huertas que respetan el medio ambiente conservan, del mismo modo, una rica biodiversidad.

 

 

Cultivo intensivo

Los cultivos monoespecíficos tratados con fertilizantes y fitosanitarios acogen una biodiversidad muy baja.

Jardín

En los espacios verdes urbanos la composición en especies está controlada por el ser humano, al igual que las condiciones ambientales.

Espacio urbano

Las ciudades son espacios creados, controlados y directamente influenciados por el ser humano. La biodiversidad en estos entornos es, pues, muy baja.

Selecciona los espacios que consideras que son Naturaleza (multirrespuesta):

Take Our Poll

Gracias por participar.
Para seguir estudiando la Naturaleza:

¿Qué es Naturaleza?

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La Albufera Valenciana: Paraíso para ver, pero no tocar

Por: Pepe Galindo
Aves de la Albufera (Valencia, España)
Aves de la Albufera (Valencia, España)

La Albufera de Valencia se formó por el aporte de materiales de los ríos Turia al norte, y Júcar al sur, que fueron formando una lengua de tierra (restinga) que crearía una laguna salada. En el siglo XIII la pesca era abundante y se generaban grandes ingresos económicos, que degeneraron con la industrialización de la zona. Desde el siglo XVII, los arrozales fueron comiendo terreno a la laguna, reduciendo su tamaño a una quinta parte aproximadamente.

La actual laguna es Parque Natural protegido, lo que evita que sigan creándose más arrozales. El paisaje de la Albufera es maravilloso para todos los ojos, y son muchos los que así lo han constatado (como Goya, el pintor). Desde la laguna puede verse la capital valenciana. Entre cañaverales y aneas se disfruta también de un espectacular lugar para la observación de aves, con miradores en el centro de visitantes, el cual también ha sufrido recortes, “por la crisis”.

Precioso azul del cielo desde el barco de Jaime
Precioso azul del cielo desde el barco de Jaime

Desde la pedanía de El Palmar se puede tomar un barquito para dar un paseo por el lago. Jaime, el barquero, nos comenta con pena que cuando era pequeño se bañaba detrás del cementerio. Ya no se puede. La industria, los pesticidas y abonos de la agricultura, el plomo de los cazadores de patos, y tantos detergentes que usamos, ha contaminado el barro del fondo con metales pesados y otras sustancias tóxicas. Aún se sigue pescando, lo que se puede, pero el fondo es tóxico (15 millones de m3 de lodos contaminados).

Según Jaime hace 30 años les dijeron que en 30 años estaría recuperado, pero no lo está. La naturaleza tiene su ritmo, y para descontaminar metales pesados su ritmo es lento.

Curiosidades:

  1. Una albufera es una laguna litoral de agua salina o ligeramente salobre. La palabra procede del árabe “al buhaira“, diminutivo de “al bhar“, el mar. En España, tenemos otra en Alcudia (Mallorca) que también es parque natural protegido.
  2. La pesca actual es de lubina, anguila, múgil y cangrejo americano (especie introducida en los años 80). ¿Habrá suficientes controles para garantizar que no están contaminadas estas especies y son aptas para consumo humano?
  3. Entre las aves que pueden verse en la Albufera valenciana hay 90 especies reproductoras habituales, y más de 240 que visitan la laguna habitualmente. Entre ellas están numerosas garzas, charranes, cigüeñelas, patos, cormoranes, somormujos, y el calamón común (Porphyrio porphyrio) recuperado de su extinción en todo el litoral mediterráneo.
  4. En la época de los romanos (siglo II) la laguna tenía 30.000 ha. y ahora sólo tiene 2.837 ha. La causa principal ha sido el cultivo del arroz, introducido por los árabes. Los romanos construyeron un templo dedicado a Diana en una isla de la Albufera. Ese templo estaba situado donde hoy se sitúa la catedral de Valencia.
  5. Cerca de Cullera, en el extremo sur, hay una ermita donde se puede visitar el museo del arroz. En toda la zona preparan un arroz exquisito de variadas formas. Recomendamos la paella vegetariana.
Entre los arrozales de El Palmar (Valencia, España)
Entre los arrozales de El Palmar (Valencia, España)
Embarcadero de El Palmar (Valencia, España)
Embarcadero de El Palmar (Valencia, España)
Observatorio de Aves en el Centro de Información de la Albufera (Valencia, España)
Observatorio de Aves en el Centro de Información de la Albufera (Valencia, España)
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La anomalía humana y el mito del derecho a dominar

Por: invitadoespecial

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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La anomalía humana y el mito del derecho a dominar

Por: invitadoespecial

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Repensar nuestra relación con la naturaleza

Por: invitadoespecial

El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.

Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

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Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

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La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

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  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
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  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

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No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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