Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.
En apenas una década, han pasado de darnos risa a darnos miedo: en las elecciones de 2005 sacaron 58.114 votos y cero diputados y en las de 2023 sumaron 3.031.308 votos y 33 diputados, que en la próximas, según las encuestas, superarán los 60. La cantidad ha modificado la cualidad: de ¡¡¡pobres fachas!!! a ¿fachas pobres? a ¿¿¿pero de verdad hay fachas pobres??? Un buen número de gente modesta, y con una elevada proporción de jóvenes en ella, se ha vuelto facha. ¿Qué hacer para que dejen de serlo? ¿Cómo combatir la forma en que la ultraderecha pesca en este nuevo caladero? «Hay que atajar la compra de vivienda por parte de fortunas extranjeras. La clase media está desvalijada», dice el portavoz de Vivienda de Vox, Carlos Hernández Quero, intentando exprimir –como han hecho con otros temas– la emergencia habitacional.
¿Se frenará este ascenso cuando la vivienda vuelva a ser un bien asequible para los jóvenes? Vale, sí, razones tienen de sobra. Según el INE, el precio se ha encarecido un 70% en la última década. Esto es verdad. Pero ni en el mejor de los casos se parará a la ultraderecha si seguimos dejando campar a sus anchas las mentiras. ¿Se frenará combatiendo los bulos? Puesto que somos periodistas y no ministros de Vivienda, vayamos a ello.? ?Pertrechado con las gotas de verdad que suele contener, el bulo tiene a su favor la verosimilitud: en él la apariencia de verdad devora a la verdad. Alcanzar la verdad requiere cierto tiempo y esfuerzo; abrazar la verosimilitud, casi ninguno. Las cosas que los jóvenes creen sobre la inmigración, la delincuencia, la okupación, el franquismo, el feminismo o las ayudas sociales no son verdaderas pero sí verosímiles: el problema es que destruir su verosimilitud requiere un tiempo de escucha o lectura que los crédulos no están dispuestos a perder.

Los nuevos fachas, los fachas pobres operan ante la realidad como aquellos 11 jurados de 12 hombres sin piedad que habrían condenado al pobre chico que parecía haber matado a su padre de no haber intervenido el jurado número 12 –Henry Fonda en el cine, José María Rodero en la televisión– para demostrarles que aquello que a todos les había parecido verdadero, en realidad era solo verosímil. Los 11 jurados que, aun de buena fe, estaban en el error rectificaron su posición porque dedicaron un tiempo prudencial a escuchar las razones del jurado número 12. De no ser por este, el chico inocente habría sido condenado: él convenció a los otros 11 de que había más cosas entre el cielo y la tierra de las imaginadas por sus miedos, sus prisas, sus prejuicios, su ignorancia o su pereza. Y ahí está la dificultad de estos tiempos: encontrar ese jurado número 12 todos los días para que los otros 11 puedan cambiar su veredicto en las urnas.
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Sobre manipulación…