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Aquel obrero de derechas

Por: Pablo Batalla Cueto

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

Mono azul, gesto adusto, ceño muy fruncido, un envarado saludo militar. La capilla ardiente de Francisco Franco en el Palacio de Oriente convoca una larguísima cola de gente entre la que hay partidarios como este, simples curiosos y algún antifranquista que quiere asegurarse de que el rigor mortis del eterno Generalísimo está atado y bien atado. Y este obrero. Suponemos que lo era, por el mono azul. Es una imagen icónica. Se queda ahí, tieso como una vela o un garrote vil, y el servicio de seguridad tiene que empujarlo para que avance.

No sabemos quién era, como no conocemos la identidad de aquella señora que, en otra grabación emblemática de aquellos años transicionales, berrea a cámara que el Sagrado Corazón de Jesús nos ayudará en este baño de sangre. Perdieron su nombre y apellidos y se convirtieron en arquetipos: la furia nacionalcatólica, el obrero de derechas.

Hubo obreros franquistas, un obrerismo franquista, había habido un obrerismo falangista. El azul mahón de la camisa-uniforme de Falange provenía de aquellos monos; el rojo y negro de la enseña del partido, de la bandera anarquista. Trampas bastante burdas de lo que fundamentalmente eran señoritos con apellidos como Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, pero reclutaron a algún obrero real, igual que lo habían hecho los sindicatos católicos.

¿Nada más tonto que un obrero de derechas? ¿Sería, pues, el sumun de la tonticie ser un obrero franquista? No necesariamente. A algunos obreros puede interesarles que la derecha triunfe, porque es complejo el asunto del interés. Nunca se limita al dinero. Hay siniestros salarios emocionales: ser, por ejemplo, caudillo de tu casa, generalísimo de una esposa de pata quebrada, que en casa te reciba, después de que te exploten en el tajo, con una cena caliente, las zapatillas preparadas y una copita de Soberano, y a la que puedas calzarle una hostia sin que se queje. Las leyes del franquismo dictaminaban que la mujer debía pedir permiso a su marido para trabajar, firmar contratos o abrir cuentas; su delito de adulterio se ensañaba solo con las adúlteras; si a un uxoricidio se le apreciaba «causa de honor», la pena se atenuaba considerablemente. Y de esto se beneficiaban los gobernadores civiles, pero también los fresadores de la Perkins.

Malvados, pero no tontos

Franco y los franquistas eran malvados, pero no tontos, aunque a cierto mito antifranquista persistente le guste conceptuarlos así. Si hubieran sido tontos, no hubieran ganado tres guerras: la literal de 1936-1939; la supervivencia post-1945, tras la derrota del Eje, y, treinta años más tarde, la de la transición reformista o rupturista.

Con respecto a los obreros, supieron repartir, no solo palos, sino también zanahorias. Franco se había forjado en el Rif, pero también en la Asturias natal de su esposa, oriunda de una ciudad en la que, en 1934, la última comuna obrera de Europa Occidental –que la República de derechas encargó sofocar a Franco, con técnicas rifeñas– había reventado con dinamita la Cámara Santa de la catedral. El recuerdo de la Asturias roja preocupó siempre a un dictador que supo que, para desactivarla, hacía falta usar algo más que la violencia.

Los derechos recogidos en el Fuero del Trabajo, a los cuales se acogía el antifranquismo entrista; la vivienda de protección oficial o algunos proyectos emblemáticos del franquismo autárquico (de las universidades laborales a poblados modelo como Ciudad Pegaso, en Madrid; Llaranes, en Asturias, vinculado a ENSIDESA; o el poblado de ENCASO en Puertollano), fueron algunas de esas zanahorias.

Eran mucho menores y de peor calidad que las prebendas que conquistaban los trabajadores de las democracias keynesianas, que las consagraban como derechos en lugar de repartirlos como óbolos de caridad, cancelables a capricho del poder dictatorial y en cualquier momento. En Reino Unido, Países Bajos, Suecia o Francia la inversión pública en vivienda comportaba del 2 al 5% del PIB; se sujetaba a normativas de metros mínimos por habitante, calefacción, baño propio, cocina equipada y servicios urbanos modernos; y generó porcentajes del 20 o 30% del parque total, que se disparaba más allá en algunas ciudades.

Aquel obrero de derechas
Escudo de Falange en la fachada de un edificio de la calle Francisco Silvela, en Madrid. Octubre de 2025. ÁLVARO MINGUITO

Mientras tanto, en España la vivienda protegida no pasaba del 0,5% del PIB y del 5 a 7% del parque construido, y lo frecuente era que se construyera con superficies muy reducidas, sin baño completo o calefacción, con materiales baratos y rodeada de un adecentamiento urbanístico negligente o inexistente. Negligencia que hacía que muchos de esos vecinos forjaran poderosas asociaciones para reclamar alumbrado, asfaltado o colegios, que solieron acabar más o menos vinculadas al partido comunista.

Pero la memoria es selectiva, y ante problemas actuales como la crisis habitacional, al neofranquismo le resulta muy fácil convertir esos aspectos de la dictadura en nostalgia política del siglo XXI, propagada a través de memes y bulos. En ellos se deslizan nostalgias de otro tipo: no había «negros», «moros», «manolos» o «feminazis» en Llaranes. Y lo que sí había era lo que así recuerda una de sus habitantes, Ana Rosa Iglesias, en una entrevista en Nortes:


Se vigilaba a las familias. Había una monja, sor Vicenta, que se encargaba de eso. Las familias tenían que tener a los niños de una manera, no se podían hacer determinadas cosas, había que ir a misa… O el tema de los malos tratos. Porque había muchos malos tratos. Yo recuerdo vivirlo de bien pequeña. Vi saltar a una mujer por una ventana con el cuchillo del marido, borracho, detrás. Había mucho de eso. Y de padres a hijos, también. Lo veías en el colegio y en las casas de alrededor. Un día, tendría yo doce años, vinieron a detener a los padres de una niña, porque la habían intentado vender. Las familias normales trataban de ocultarte estas cosas, pero lo veías. O a lo mejor atar a un guaje que había hecho algo mal y llevarlo por alrededor de las casas dándole latigazos, para que la gente viera que el padre podía con el hijo.


La nostalgia del cuchillo y del latigazo puede ganar, hoy, unas elecciones. Votada por señoritos, y también por obreros.

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Obrero

Por: Ana Carrasco-Conde

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Obrero (lat. operarius) no es sólo el que obra, esto es, el que hace o trabaja, sino quien precisamente debido a su hacer genera o produce una obra, que en latín se dice opera, de donde proceden tanto nuestro término «obrero» como el cultismo «operario». Obrero y operario no sólo son aquellos que trabajan para otro (trabajadores) sino que hacen, es decir, que aunque padecen las condiciones a veces paupérrimas que les dicta su empleador, son eminentemente sujetos activos. Son efectivamente «fuerza» de trabajo y no mera materia pasiva. Podemos preguntarnos por un lado qué hace el obrero con esa fuerza como sujeto activo, además del producto de su trabajo, pero también, y esto es más inquietante, qué opera en el obrero o, dicho de otro modo, qué mecanismos padece que afectan a la manera y el sentido en la que dirige y aplica su fuerza. El adjetivo obrero, y estos incordios son siempre adjetivos, hace referencia a todo aquello relacionado con el trabajador, de modo que podríamos hablar del padecimiento obrero que da lugar por ejemplo al movimiento obrero, cuando se reivindican unas condiciones de trabajo dignas, pero también a aquello que obra en el obrero. Serían dos pasiones obreras: la primera apunta a su libertad, la segunda a su esclavitud siempre y cuando no sea consciente de aquellas fuerzas que a él también le atraviesan. Pueden parecer la misma cosa por sus efectos, como el obrero que lucha por sus derechos, pero se manifiesta su diferencia en el momento en el que quedan claras cuáles son las causas que arguye en torno a sus males y malestares. Y aquí se define ser obrero de izquierdas o, paradójicamente, obrero de derechas. Ahora bien ¿el obrero de derechas desatiende sus derechos o le presta atención a algo distinto que lo obrero en él?

Hace 30 años François Furet planteó una tesis que no fue ajena a la polémica: la cercanía entre comunismo y fascismo entorno precisamente, entre otros factores, a la clase de los trabajadores. En su diálogo con Jünger en El trabajador (1932) argumentó que de lo que se trataba era de escribir una nueva historia donde el trabajador fuera quien la pusiera en movimiento. La cuestión es, claro, qué trabajador. Lo cierto es que la fuerza del fascismo vino del movimiento que padeció una campaña ideológica de tal grado de manipulación que consideró que aquello que le perjudicaba no eran las condiciones dictadas por el empleador, sino el resultado de aquellos que le robaban el pan, el trabajo y el dinero. En los primeros minutos del documental Das Wort aus Stein (1939), de Kurt Rupli, tras las imágenes de escombros y bloques de piedra arrastrados por cadenas, como metáfora de la caída de una nación, se vislumbra poco a poco, conforme el polvo se disipa, la silueta de quienes llevan a cabo la reconstrucción y son la fuerza que tira de esas cadenas. Aparece entonces un conjunto escultórico que representa al hombre alemán, que es quien reduce las antiguas ciudades a escombros para poder construir una ciudad que pueda estar a la altura del ideal, de la límpida y auténtica esencia alemana. Este conjunto escultórico no es otro que el de Josef Thorak con el nombre de Denkmal der Arbeit («Monumento al trabajo»), esculpido en tamaño monumental por encargo del propio Albert Speer en 1939 para situarlo, como imagen del trabajo comunitario, en la mediana de la autopista de Salzburgo: la escultura transmite una visión heroica de los trabajadores, transformados en una encarnación moderna de la renacida raza alemana. También la obra del escultor del nazismo, Arno Breker, se centra en mostrar un cuerpo: el del hombre alemán que levanta la nación. Así lo expresa Goebbels en un fragmento muy conocido de El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl: «La brillante llama de nuestro entusiasmo nunca será extinguida. […] Proviene de la profundidad del pueblo. Y de esta profundidad del pueblo debe siempre nuevamente encontrar sus raíces y su fuerza […] Es mejor ganar y mantener el corazón de un Pueblo». Lo aterrador es por tanto cómo la fuerza de la clase trabajadora hace posible la ascensión del fascismo cuando en él opera la manipulación y cuando se han interiorizado, con la eficiencia de pasiones como la ira y sentimientos como la frustración, los principios ideológicos de aquellos debiéramos combatir. La estrategia se basa en dirigir la mirada hacia la causa equivocada a través de la falsa idea de que el dirigente y el obrero quedan igualados ante un enemigo común a combatir y oculta con trazo grueso que las verdaderas causas son precisamente el dirigente o el líder carismático, como diría Weber. Y lo hace porque aquello que busca el obrero de derecha no son sus derechos como obrero, sino como hombre, como español, como macho. Lo obrero pasa, en principio, a un segundo plano.

En el «otro trabajador» comienza a pesar más «el otro» que el adjetivo «obrero». El inmigrante, el desfavorecido, la mujer, el extranjero, quedan de pronto convertidos en el Otro hostil y peligroso. Y el adjetivo obrero que lo acompaña y que nos iguala en condición, en preocupación, en aspiración y en lucha común, adquiere el significado de la competencia: es el otro quien ocupa nuestros puestos de trabajo, es el otro quien recibe subsidios que no le corresponden porque no es de aquí. Y aquellos de izquierdas en los que prima lo que nos iguala como obreros se transforman a su vez en «otros», quienes aunque hayan nacido en la misma tierra son traidores a la patria, es decir, traidores a su patrón. Y es que este es el desplazamiento: entender que la patria es defender los intereses del patrón, interiorizarlos, como quien integra los malos modos de un maltratador y la víctima los acaba reproduciendo en otros para tratar de parecerse al ideal al que aspira (mejor dominador que dominado) en lugar de aceptar que en el sistema económico actual el cambio no procede de demonizar al otro obrero, sino de neutralizar las manipulaciones que padecemos. La derecha consigue que la identificación como obrero desaparezca y el adjetivo devenga sinónimo de pueblo, de nación, de hombre blanco. Logra por tanto quebrar la identidad de clase y que lo que funcione sea la identidad como patriota, como hombre concreto desposeído de lo que debería tener y otros le roban, que luche por sus derechos como raza blanca superior a las demás.

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Sindicalismo de derechas: entre el activismo político y la irrelevancia

Por: Miguel Ángel Fernández

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Hablar de sindicalismo de derechas podría parecer un oxímoron si no fuera porque desde los mismos orígenes del movimiento obrero hubo organizaciones patronales dedicadas a promocionar la creación de sindicatos «amarillos» que pudieran servir a sus intereses atrayendo a trabajadores desclasados. El sindicalismo de derechas explotaría con toda virulencia en España en las primeras décadas del siglo XX, y muy particularmente en su epicentro industrial: Barcelona. Allí se fundarían en 1919 unos sindicatos «libres» de la mano de los círculos tradicionalistas, que en los siguientes años iban a confrontar de manera violenta la hegemonía de una todopoderosa CNT capaz de arrancar la jornada de las ocho horas en la huelga de La Canadiense.

Integrados en un principio por trabajadores del comercio, la banca y otros sectores no industriales, pronto reclutarían también una amalgama de mercenarios de fortuna que, bajo la protección del gobernador civil, el general Martínez Anido y el jefe superior de policía Arlegui, se dedicarían a intentar descabezar a la anarcosindical a fuerza de atentados. Así caerían asesinados su secretario en Catalunya, Salvador Seguí, y el abogado de los sindicalistas Francesc Layret; y quedaría gravemente herido Ángel Pestaña, secretario nacional de la Confederación. Por su parte, los cenetistas responderían con la misma receta, entrando de ese modo en la espiral del pistolerismo que tan bien reflejaría Eduardo Mendoza en La verdad sobre el caso Savolta.

Con similar objetivo nacería en 1934 la Central Obrera Nacional-Sindicalista (CONS) en Madrid, que pronto se dedicaría al esquirolaje violento, en ramas como la de la construcción. Tanto los sindicatos libres como la CONS desaparecerían con la guerra civil sin haber conseguido implantarse de manera significativa.

Después de 1939, y con las organizaciones obreras ilegalizadas, el régimen fundaría la Organización Sindical Española (OSE), comúnmente conocida como Sindicato Vertical, un Frankenstein que agrupaba de manera obligatoria en su seno a obreros y empresarios –«productores» en la terminología franquista– y cuya estructura reflejaba los ideales fascistas del Estado corporativo. Creado para cercenar cualquier atisbo de conflictividad laboral, iría perdiendo influencia durante los últimos años de la dictadura.

Sindicatos de derechas
Copia de un carné del Sindicato Vertical.

Nuevos sindicatos

De los rescoldos del franquismo surgiría Fuerza Nueva, un partido heredero del régimen presidido por el procurador en Cortes Blas Piñar; y poco después, un sindicato, Fuerza Nacional del Trabajo (FNT), correa de transmisión del primero, que sería presentado públicamente en 1979 como «la presencia del ideario político de Fuerza Nueva, en lo laboral», entendiendo como trabajador a «todo el que participa en la producción nacional, ya lo haga como obrero, técnico o empresario». Los requisitos para afiliarse eran «la creencia en la existencia de Dios, la defensa de la unidad de la Patria y la defensa de la justicia social».

Pese a organizar cooperativas de taxistas en algunas provincias, en general tuvo una implantación reducida a ciertos sectores de la sanidad, a algún departamento en el Ayuntamiento de la capital y poco más.

Décadas después, Vox daría un paso similar con la creación de Solidaridad: «Un sindicato nacional en defensa de nuestros trabajadores, nuestras familias y nuestro patrimonio, frente al callejón sin salida de la inmigración ilegal masiva». Su primer secretario, Rodrigo Alonso, diputado del partido en el parlamento andaluz, cedería el testigo en 2005 a Jordi de la Fuente, exdirigente del partido neonazi MSR (Movimiento Social Republicano). A Solidaridad no se le conoce actividad sindical reseñable, y la movilización que más espacio ha ocupado en los medios, la huelga general de 2023 «contra la ley de amnistía y los pactos del PSOE con los independentistas», se saldó con un nulo seguimiento, tan solo respaldado por Denaes, fundación afín al partido; Revuelta, la sección juvenil implicada recientemente en el escándalo del desvío de fondos por la dana… y no mucho más. Por otro lado, en su página web no se especifica estructura territorial o sectorial alguna salvo, paradójicamente, el de una sección sindical de riders, colectivo fundamentalmente migrante y racializado.

Sindicato de reminiscencias fascistas es también Unión Nacional de Trabajadores (UNT), fundado en enero de 1978 y considerado heredero de la CONS original. Se trata de una pequeña organización que, según sus propios datos, está implantada en sectores como el de la seguridad, el profesorado de religión o las administraciones de loterías. Desde 2008, su presidente es el abogado y exmilitar Jorge Garrido San Román.

Sin llegar a los extremos de Solidaridad o UNT, actualmente existen otros sindicatos que podrían considerarse sociológicamente conservadores como la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF), mayoritaria en la función pública o la Asociación Nacional de Profesionales de la Enseñanza (ANPE), aunque ambos se definen independientes y no supeditados a ninguna ideología política. Más cercana a discursos de la extrema derecha estaría Justicia Policial (JUPOL) que, pese a su supuesta independencia política, suele participar en protestas amparadas tanto por PP como por Vox.

Bola extra

Dejamos para el final el singular fenómeno de Manos Limpias, el autoproclamado sindicato de funcionarios públicos fundado en 1995 por Miguel Bernad, quien debería haber sido el sucesor de Blas Piñar en Fuerza Nueva si el partido no hubiera desaparecido antes. Manos Limpias destaca por su protagonismo en procesos mediáticos como el juicio del 11-M, la querella contra Baltasar Garzón o los últimos casos de corrupción, reales o ficticios, que han vuelto a colocar al pseudosindicato en el foco mediático al personarse como acusación popular en la causa contra Begoña Gómez, la jueza de la dana o el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz.

Aparentemente, no constan mejoras laborales para su afiliación, pero de lo que no queda duda es de su activismo político. Recientemente, su letrado en el caso de Begoña Gómez renunciaba a seguir representando a la organización, acusándola de situarse exclusivamente «en el terreno de la controversia política y mediática».

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¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?

Por: Guillermo Martínez

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Lo dicen todas las encuestas. Lo vemos en la tele, en la calle. Lo escuchamos en las conversaciones más cercanas. Nos salta en nuestras redes sociales. No hace falta irse a lugares remotos para darse cuenta (de una vez por todas) de cómo la ultraderecha está ascendiendo peligrosamente, a base de ruido, de desinformación, de mentiras, a golpes de Trump, en todo el mundo. Con Kast en Chile, con Milei en Argentina, con Meloni en Italia, la lista es larga… Con Vox como estandarte en España y Ayuso como principal valedora. Y sí, como si no fuera con nosotros, como si los obreros que se decantan por estos partidos vivieran realidades diferentes a las nuestras, siempre nos hacemos la misma pregunta con esa incredulidad que suscita que políticas, en muchos casos contrarias a los derechos humanos, estén consiguiendo el apoyo de la ciudadanía: ¿por qué la clase obrera vota cada vez más a la ultraderecha si supuestamente gobierna en contra de sus intereses?

Sumados a la apatía y el hartazgo que provocan las opciones políticas que históricamente han reivindicado la defensa de los trabajadores, los sentimientos y afectos generados a través los discursos de partidos como el liderado por Santiago Abascal, Se acabó la fiesta (SALF) o Aliança Catalana en Catalunya están terminando de desplazar la conciencia de clase en este país, según los diferentes analistas consultados para este reportaje.

La imagen del currela sin estudios universitarios votando de forma disciplinada a la izquierda tiene ya, a estas alturas, más de imagen mitológica que de real, describe gráficamente el investigador en el Instituto de Filosofía del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) César Rendueles, que incide no solo en el cambio de voto, sino en la necesidad de cambiar el análisis para entender por qué se produce ese viraje: «Entre la izquierda se da una especie de ilusión intelectualista y moralista que nos hace pensar que el voto es resultado de un proceso de análisis complejo y concienzudo, pero no vivimos en las relaciones de producción».

Esas relaciones, al igual que las económicas, que sí pueden marcar la clase social a la que pertenecemos, aparecen mediadas por las emociones, «por la vida cotidiana y la relación con los demás», prosigue Rendueles. «Los sentimientos son un motor político de primer orden. Es algo que nos cuesta muchísimo aceptar y tendemos a creer que las personas más humildes que se decantan por la extrema derecha son malvadas o idiotas, pero no es así», afirma. Estudiar la composición de clases en España no es tarea fácil. Para poder analizar la población con gravísimas dificultades económicas para llegar a fin de mes o en una situación de pobreza relativa o material severa, hay que fijarse en el 30% de quienes menos ganan. «Los intereses de esas personas no están en el programa electoral de ningún partido», explica el investigador del CSIC.

¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Manifestación de agricultores en Madrid, en febrero de 2024. ÁLVARO MINGUITO

Es decir, mencionar palabras como «obreros» y «asalariados», o conceptos como «clase trabajadora» en los discursos políticos puede llegar a movilizar a algunas personas, «pero su uso abusivo viene cuando creemos que así se movilizan los intereses de todo el mundo», reflexiona Rendueles. En todo ese viraje, según las fuentes consultadas –desde especialistas a particulares–, la migración, la inseguridad y la incertidumbre se convierten en los factores más repetidos.

¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Fuente: CIS (julio de 2025).

Jesús C. A., transportista autónomo de Granada, tiene 44 años y lleva más de media vida, desde los 21, en la carretera: «Yo siempre he escuchado decir a mi padre que la izquierda era el partido del obrero». Ahora asegura sentirse cada vez más inseguro «con leyes que defienden al delincuente», por lo que ha decidido dejar al PSOE a un lado y apoyar al partido de Abascal. Para este camionero, los avances logrados en materia de derechos laborales por el Ministerio de Trabajo y Economía Social, con Yolanda Díaz al frente, al final no se materializan en el día a día del trabajador y simplemente «sirven para exprimir al empresario».

Jesús señala la migración como uno de los principales asuntos que le han hecho cambiar su voto. «Estoy harto de ver cómo el Gobierno se llena la boca diciendo que da ayudas. Está feo decirlo, pero aquí parece que solo te las dan si tienes apellido marroquí o eres de etnia gitana», sostiene. En España, sin embargo, no existe ningún procedimiento administrativo que priorice la adjudicación de ayudas según la procedencia de las personas y, a pesar de ello, es un bulo que se ha extendido como la pólvora. De todas formas, en ese contexto, el camionero granadino recalca que es la inseguridad lo que le hace pensar que Vox «es el único partido que tiene un plan para frenarla».

El chivo expiatorio

La evidencia científica constata que hay una desalineación muy clara entre la clase a la que se pertenece y la ideología de cada uno, sostiene Manuel Rodríguez, consultor político y de innovación social en Cámara Cívica, una entidad de economía social especializada en acercar la política a la ciudadanía mediante la divulgación, la educación y la comunicación política. Según los últimos estudios realizados y citados por este politólogo, existe una percepción social cada vez mayor de la desconexión entre los partidos de izquierda que dicen representar a la clase obrera y las preocupaciones de esa misma clase. «A la vez, la derecha radical ya no siempre es elitista, así que también puja por ese voto», añade.

El discurso de la extrema derecha también se basa en ideas como la igualdad, pero siempre desde un punto de vista excluyente. «Algo así como esa idea de que un español tiene derecho a vivir bien y son los inmigrantes los que le quitan el trabajo y los servicios públicos. Así señalan un chivo expiatorio, un enemigo, y se genera un integrismo contra una supuesta amenaza externa», destaca. Marta G. Alcántara tiene 47 años y trabaja en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Conduce las pasarelas telescópicas que unen el avión con la terminal, y vive en Vicálvaro, un barrio al este de la capital. Estudió en la escuela pública y proviene de una familia humilde. A lo largo de su vida, ha trabajado cuidando niños, en una gasolinera, en un locutorio y limpiando, hasta que llegó al aeropuerto en 2006 con la apertura de la T-4. En su casa siempre fueron de izquierdas, dice, pero ella se decanta por la derecha: «Me parecen todos el mismo perro con diferente collar, pero esto de la corrupción en la izquierda… Es que roban a los curritos».

También considera que la derecha es «más seria» con la inmigración, una cuestión que considera en estos momentos como «descontrolada». Alcántara dice que aún no ha votado a la ultraderecha, aunque conoce a gente de su alrededor afín a la izquierda que ya ha apoyado en las urnas al partido de Abascal. Según una encuesta del instituto 40dB. para El País y la Cadena SER, Vox se dispara al 18% y eleva a 13 puntos la ventaja del bloque de la derecha sobre la izquierda.

Las entrevistas se realizaron entre el pasado 29 de diciembre y el 5 de enero, es decir, después de la intervención de Donald Trump sobre Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, que Santiago Abascal apoya sin fisuras. De este modo, la tesis planteada por los especialistas consultados ve como un error pensar que el voto se decide tras un análisis de las condiciones materiales de vida. Lo que realmente define el voto, según los expertos, tiene que ver con constructos como la pérdida de la identidad nacional, la amenaza cultural o preocupaciones vinculadas al estilo de vida. «Estos son aspectos mucho más importantes de lo que nos creemos», insiste Rodríguez, que ilustra la idea con ese pensamiento ligado a la batalla del penúltimo contra el último: «Bien, yo soy un español, un currela, pero lo que no voy a permitir es que alguien de otro país esté por encima de mí en el mío propio».

¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Un grupo de vecinos y vecinas observa una concentración ultra en el madrileño barrio de Tetuán, donde hay una alta densidad de población migrante. ÁLVARO MINGUITO

Esa idea de «los españoles primero» es la que ha conseguido que Santiago Martínez se decante por Vox y el PP. Él es camarero, tiene 32 años y vive en casa de sus padres, en Alcalá de Henares: «Yo voto a la derecha pero me han catalogado los demás como facha. Sí es verdad que mis ideas están más ligadas al patriotismo, no a la política partidista, sino a la unión de la nación».

Intentó vivir independizado, pero con su sueldo solo podría «sobrevivir», así que decidió volver con sus progenitores. La vivienda es otro tema crucial para él. «Los alemanes y los belgas han comprado toda la Costa del Sol y sus casas están vacías. ¿Eso qué mueve la economía? ¿Solo en verano? Y los pisos vacíos de los bancos deberían salir a unos precios razonables», se pregunta. Sobre la migración, Martínez, como otras personas entrevistadas que han cambiado su voto, también cree que «ha crecido demasiado». Desde su punto de vista, es un fenómeno que se debería haber controlado. «Si decía algo así hace unos años me podían llamar racista, pero ahora no. Eso sí que ha cambiado», indica. Esta normalización de los discursos xenófobos está contribuyendo también al crecimiento de potenciales votantes de izquierda entre la extrema derecha.

Pese a todo, este camarero admite haber votado a PACMA en las últimas elecciones europeas. Sin embargo, en el caso de los comicios municipales de 2023, la papeleta que introdujo en la urna, según indica, fue la de Vox. También dice que votó a Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid. «En Alcalá quería hacer más daño, ser más drástico y castigar de forma más severa, así que decidí buscar el extremo», explica el trabajador.

Contra el feminismo

La extrema derecha también ha sabido explotar el aspecto más social. Por un lado, una de sus banderas es la lucha contra el movimiento feminista, las políticas públicas encaminadas a la igualdad de género y lo que consideran como «chiringuitos subvencionados». La misma trabajadora del aeropuerto Marta G. Álcántara, sin haber votado a Vox, ha comprado parte del discurso ultra al asumir postulados como el siguiente, referido a la violencia machista: «No me considero feminista porque hay mujeres que pueden abusar o maltratar a un hombre». Por otro lado, estos partidos son los primeros en articular discursos xenófobos contra el migrante con el tan repetido «cuidado que vienen a ponerle el burka a tu mujer». «Y hacen lo mismo con el colectivo LGTBI. No quieren que lo llamen matrimonio, o que tengan hijos, pero no van a permitir que los extranjeros apedreen a los homosexuales patrios», ejemplifica el consultor.

Anita Fuentes, investigadora en el Instituto de Estudios Feministas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), afirma que la precariedad y la incertidumbre reinantes también han activado unos «sentimientos muy masculinistas, nacionalistas y xenófobos, en lugar de impulsar una lucha de clases orientada a un mundo más justo e igualitario para todas». Esta especialista en cultura digital y estudios culturales reconoce que «la derecha da respuestas muy simples a problemas muy complejos». Y, como otros expertos, insiste en el chivo expiatorio, como las mujeres, las disidencias sexuales o las personas migrantes y racializadas.

Desde su punto de vista, la izquierda «se ha dejado absorber por el neoliberalismo y no realiza propuestas ambiciosas» al mismo tiempo que «la derecha ha ofrecido narrativas muy potentes a las que la gente con dudas le ha venido muy bien agarrarse». En definitiva, considera que la izquierda española se ha derechizado. Eso ha sido posible, en parte, por las plataformas digitales y redes sociales, con sus coaches e influencers de referencia, que han consolidado estas ideas alrededor de la decepción con la izquierda. «Estas aparentes contranarrativas han tenido mucho que ver. Milei es el ejemplo perfecto. Es el presidente de Argentina, pero también un trol en las redes. El ámbito digital no se debería obivar a la hora de pensar por qué la derecha gana cada vez más adeptos», reflexiona Fuentes.

Las contradicciones

Estefanía C. M. ha tenido varios trabajos a lo largo de sus 33 años. Ha sido socorrista, electromecánica, comercial y actualmente estudia una FP superior de Informática en un instituto público. Vecina de Fuenlabrada, al sur de la Comunidad de Madrid, también afirma que la «inmigración descontrolada» es lo que le ha hecho apoyar a la derecha. «He votado a la izquierda toda mi vida hasta que me cansé. La última vez voté a Sumar, y hoy votaría a la derecha o a SALF», cuenta siendo consciente de que, al pensar en el partido liderado por Alvise Pérez, está cayendo en una contradicción: «Está en contra de mí, porque pertenezco al colectivo LGTBI». Esa lucha contradictoria consigo misma se ve sustentada en factores más allá de la renta o la clase social: «España debería ser católica porque siempre ha sido cristiana, aunque cada vez haya más ateos», asegura.

Ambivalente también ha sido el voto de Fran Capitán, profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Madrid. Tiene 50 años y se crio en Getafe, procedente de una familia obrera. Admite haber votado a IU, al PSOE, al PP y a Vox, aunque a este último únicamente en las primeras elecciones europeas a las que se presentaron. «Yo creo que el descontento con la izquierda viene de la corrupción y de un cansancio del bipartidismo. Con la derecha funcionan mejor las cosas, a pesar de los pesares», opina este docente que, cuenta, siempre soñó con ser periodista.

Eduardo Fernández, politólogo del Instituto Juan de Mariana, incide en la inclusión en la agenda ultra de temas como el feminismo, el ambientalismo o la identidad sexual. «El voto lo decide una amenaza de riesgo en lo que muchas veces son cambios de carácter cultural». En este sentido, señala que aquella persona autodenominada obrera también puede ser conservadora y valorar ideas emblemas de la derecha, como el orden, el concepto de nación, ciertas tradiciones y la defensa de la homogeneidad cultural. Sin embargo, que se perciba ese riesgo no significa que exista.

¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Concentración frente el Ministerio de Medio Ambiente en enero de 2023. ÁLVARO MINGUITO

«En el voto se mezclan muchos factores y normalmente se suele hablar de la identidad como si fuera algo simple, cuando somos individuos complejos con muchas identidades», analiza el politólogo en referencia a la experiencia personal de Estefanía, la estudiante de Fuenlabrada.

En el caso concreto de Vox, el politólogo precisa que ha encontrado un importante nicho que explotar: el trabajador conservador culturalmente pero que apoya cierto proteccionismo de carácter económico. «Esas dos variables, conservadurismo cultural y proteccionismo, abren hueco para competir electoralmente en un espacio que no había ocupado ningún partido hasta ahora», asume.

Fernández también destaca la «polarización afectiva», siguiendo de ese modo la tesis planteada por el catedrático de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra Mariano Torcal en De votantes a hooligans. La polarización política en España (Catarata, 2023). Esta realidad encuentra su razón de ser en cómo las emociones, de nuevo, pueden crear estados de percepción que, más tarde, se materializan en el voto.



Así seducen los líderes ultras a la clase trabajadora


¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Donald Trump, presidente de EE. UU.

Enero de 2026

«Durante mucho tiempo, comprar y ser propietario de una casa fue la máxima expresión del sueño americano. Era la recompensa por el trabajo duro y por hacer lo correcto, pero ahora, debido a la inflación provocada por Biden y los demócratas, ese sueño está fuera del alcance de demasiadas personas, especialmente de los jóvenes estadounidenses».


¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Isabel Díaz Ayuso, presidenta madrileña

Mayo de 2022

«No hay clases sociales como nos intentan vender desde la izquierda. En Madrid, ganas con el respeto, la ilusión y los proyectos comunes. Nos han intentado vender que, por el origen y por el bolsillo, nos tenemos que enfrentar entre nosotros. Intentan provocar odios, colectivizar y llevar a la gente a las urnas a través del agravio».


¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
Santiago Abascal, presidente de Vox

Mayo de 2024

«Cualquiera de vosotros, si tenéis un plato para vuestros hijos se lo dais primero a vuestros hijos; y si podéis, luego al vecino, y luego a alguien próximo. Aquí no nos sobra; aquí hay muchos jóvenes que no tienen futuro, que no encuentran trabajos adecuados para el esfuerzo que han hecho… Nosotros venimos a decir aquí que las primeras ayudas para los de aquí».


¿Por qué la clase obrera vota a la extrema derecha?
J. Antonio Kast, presidente electo de Chile

Mayo de 2025

«Chile está funcionando al revés: los delincuentes están libres y los ciudadanos honestos viven encerrados. El Plan Implacable es la respuesta firme que millones de chilenos estaban esperando. Pondremos fin a la criminalización de víctimas que se defienden».




Los deseos que no se cumplieron con la izquierda


La protagonista de Pipas (Pepitas de calabaza, 2024), de Esther L. Calderón, dice: «La primera generación de adolescentes nacidos en democracia tuvo el mandato de imaginar, pero no imaginar cualquier cosa ni de cualquier modo, sino aquello que serviría para encarnar los deseos frustrados de sus padres y abuelos».

Y esos deseos imaginados no se cumplieron. De ahí la decepción de mucha gente que se politizó al albor del 15-M. «Eso produce un poso muy rentable para las extremas derechas que aportan otro tipo de soluciones a los problemas que no resuelven ni PP ni PSOE», argumenta el periodista Miquel Ramos, experto en movimientos de ultraderecha.

De esta forma, el voto obrero que va a parar a la derecha no lo hace porque le vaya a beneficiar en cuanto clase trabajadora, sino porque le ofrece otra cosa. «Puedes votar a la derecha aunque vaya contra tus intereses de clase únicamente porque apoyas su actitud frente al feminismo o porque te ofrece un lugar seguro más allá de la clase en ideas como la masculinidad o la patria», prosigue Ramos.

El periodista considera que la extrema derecha ha sabido desencorsetarse para llegar a un público diferente con un particular tipo de mensaje. Y subraya que la derecha ha sido muy hábil a la hora de ser potable para muchos públicos que se salen del cliché del facha clásico. «Se rompen los moldes. Estamos en un momento en que tu condición sexual, identidad de género o creencia religiosa no condiciona el voto, no significa apenas nada», concluye.

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Qué nos dice la muerte de un militante de extrema derecha en Francia a manos del antifascismo

Por: Arsenio Cuenca

De todas las paradojas y sincretismos ideológicos que conforman el pensamiento fascista, la relación entre futurismo y presentismo analizada por el historiador François Hartog es sin duda una de las más interesantes. Su estudio detallado del Manifesto futurista (1909) de Filippo Marinetti descubre, precisamente, el peso del presentismo en el propio futurismo. Citando el texto del vanguardista italiano que reza “el Tiempo y el Espacio murieron ayer. Vivimos ya en lo absoluto porque ya hemos creado la eterna velocidad omnipresente”, Hartog concluye que el presente se ha “futurizado”, que “por la velocidad, el presente se transforma en eternidad”. La prisa, la velocidad y el ahora absoluto: este es el tiempo por el que abogaba Marinetti para el orden fascista que estaba por venir y que, para algunos, resuena con la temporalidad del momento histórico que vivimos.

El pasado sábado 14 de febrero, el militante de extrema derecha francés Quentin Deranque falleció tras pasar dos noches hospitalizado en estado crítico. En principio –la investigación judicial todavía tiene que determinarlo–, su muerte se produjo tras una reyerta en la ciudad de Lyon con antiguos militantes del colectivo antifascista de la Jeune Garde (‘Joven Guardia’); el enfrentamiento terminó en una paliza con consecuencias mortales. Deranque formaba parte de la escolta del colectivo femonacionalista Némesis, un grupúsculo identitario compuesto mayoritariamente por mujeres que tenía como objetivo boicotear una conferencia de la eurodiputada de La Francia Insumisa (LFI) Rima Hassan en el Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po Lyon). Los alborotadores acudieron allí armados con gas pimienta y tubos metálicos. Si la muerte de Deranque ha tomado proporciones mediáticas de primer orden es fundamentalmente por la vinculación que, desde gran parte de la esfera política y mediática, se está haciendo entre la Jeune Garde y LFI. Aparte de la presencia de Hassan, su fundador y portavoz, Raphaël Arnault, que cesó su cargo en este colectivo en 2022, es actualmente diputado insumiso en la Asamblea Nacional francesa.

Presentados los hechos, en vez de entrar en la vorágine presentista que induce a enjuiciarlos de forma supuestamente objetiva (es decir, sin matices ni contexto y condenándolos de entrada), la situación exige un momento de reflexión sobre las etapas que han llevado a este trágico suceso.

A día de hoy, hablar de Lyon es hablar de la ciudad francesa con mayor implantación de la extrema derecha grupuscular en Francia. Históricamente, fue en la metrópoli lionesa donde se fundó en 1968 el conocido Grupo de Investigación y Estudios para la civilización europea (GRECE), el principal órgano de difusión del mayor intento de renovación del pensamiento de extrema derecha europeo tras la derrota del fascismo: la Nueva Derecha francesa. Sociológicamente, en esta ciudad, la derecha está influenciada por un catolicismo tradicionalista que la lleva a posiciones más reaccionarias que la derecha conservadora clásica, ampliando la capilaridad de la ideología de extrema derecha. No es casualidad que allá por 2018, el ISSEP de Marion Maréchal abriera sus puertas aquí.

Más recientemente, en un informe de 2019 del Servicio central de inteligencia francés (SCRT), Lyon es identificada como la “cuna”de la extrema derecha gala, punto de convergencia del activismo identitario, neofascista y neonazi en Francia. Según el programa “Violences et Radicalités Militantes”, las agresiones cometidas entre 1986 y 2017 por grupos neofascistas, skinheads neonazis e identitarios asciende a 82, una cifra muy por encima de la media en comparación con el resto del territorio francés. Como se puede apreciar en el monográfico de Alain Chevarin Lyon et ses extrêmes droites (La Lanterne, 2021), el perfil de las agresiones es variado. Durante un tiempo implantados en torno a locales que hacen las veces de bar, sala de conferencias y club de boxeo, militantes de Generación Identitaria o de otros grupúsculos similares se dedicaron durante la década de 2010 a salir de caza armados por el centro de Lyon. Las principales agresiones se registran contra militantes anarquistas, personas asociadas a la izquierda volviendo de manifestaciones, magrebíes, así como contra locales de sindicatos, librerías o restaurantes de comida oriental.

Es en este contexto que nace la Jeune Garde lionesa en 2018, básicamente, como otro grupo de autodefensa antifascista. Así nos lo explicaba Raphaël Arnault en una entrevista en profundidad. La percepción de la amenaza estaba lejos de ser constatada exclusivamente por sus miembros, siendo fácil encontrar años antes titulares, incluso en medios de derechas, del estilo “Lyon, ¿nueva capital de la ultraderecha?” o “Lyon, ¿capital de la extrema derecha francesa?”. Además, el objetivo de la formación fundada por Arnault consistía en ampliar el espacio de lucha contra esta amenaza, antagonizando no solo con el militantismo grupuscular, sino también contra la extrema derecha institucional y mediática, tejiendo alianzas con otros partidos y sindicatos. La confrontación directa a pie de calle no era la prioridad del colectivo.

La condena sin análisis ni contexto

La violencia se debe lamentar. Pero el simple ejercicio que “condena la violencia” es fútil si no viene acompañado de un análisis mínimo que permita entender las causas que han llevado a esta. ¿O hay que condenar la violencia de los afroamericanos que se armaron para intentar prevenir la masacre racista de Tulsa de 1921? ¿O la de los obreros italianos organizados contra los camisas negras de Mussolini en la misma época? No obstante, este tipo de condena vacía de fondo fue la empleada por la propia Francia Insumisa en un primer momento, acorralada en medio de una estrategia de demonización. El líder de los insumisos, Jean-Luc Mélenchon, publicaba en primera instancia en su cuenta de X que “la violencia obstaculiza nuestros movimientos y genera un miedo contagioso”. Incluso Arnault manifestó de inmediato su “horror y rechazo” por la muerte de Deranque. No sería hasta días después que LFI adoptaría un argumentario menos defensivo, como las declaraciones del secretario de la organización Manuel Bompard, situando lo acontecido en un contexto de autodefensa popular.

Mientras tanto, la actuación del resto de la clase política francesa ha sido la habitual en estos casos. Desde varios sectores del centro-izquierda, no se ha perdido la oportunidad de volver atacar a LFI, al tiempo que se condenaba lo sucedido de forma ciegamente presentista. Destacan las declaraciones del antiguo presidente de la República y actual diputado del Partido Socialista, François Hollande, tratando a la Jeune Garde de grupo “que hace del combate físico su propósito y su método” y que “esto era generalmente lo que existía a en los partidos extremistas”. Una vez más igualando el antifascismo al fascismo y desdibujando por completo la línea política de la Jeune Garde.

Por su parte, el gobierno de Emmanuel Macron ya anunció que se cancelará todo acto en la enseñanza universitaria asociado a posibles alteraciones del orden público. La universidad, lugar privilegiado para el debate de ideas, en el centro de la crítica del macronismo desde hace años, es otra de las víctimas de estos tristes acontecimientos.

Al mismo tiempo, desde la presidencia de la Asamblea Nacional, igualmente controlada por el gobierno de Macron, se pidió un minuto de silencio por la muerte de Quentin Deranque. El mismo que no se pidió por la muerte del jugador de rugby argentino Federico Martín Aramburú, asesinado en marzo de 2022 en París a manos de un militante neofascista, al que le reprendió por estar profiriendo insultos racistas en un bar. O, de paso, por todas las víctimas de los mismos grupúsculos violentos con los que presumiblemente simpatizaba Deranque.

Desde los grandes grupos de comunicación se ha mandado también un mensaje tremendamente problemático. Tras la manifestación del 21 de febrero en Lyon, convocada por el neofascismo grupuscular para honrar la muerte de Deranque, a pesar de los eslóganes racistas y LGTBI-fóbicos que se lanzaron; a pesar incluso de algunos saludos nazis, varios grandes medios afirmaron que “la marcha se desarrolló en calma”, que “fue bien”. El mensaje está claro. Aquí está el verdadero rostro de la corrección política.

¿Qué nos dice pues la muerte de Quentin Deranque? Desgraciadamente, nada bueno. Nos revela la voluntad de buena parte del arco político francés de, en el mejor de los casos, abandonar al antifascismo a su suerte; y en el peor, de criminalizarlo. Igualmente, nos dice que la sociedad francesa se está acostumbrando de forma cada vez más tácita a la violencia de la extrema derecha. Y, sobre todo, que hemos entrado en una temporalidad presentista, de tintes profundamente reaccionarios, que nos incita a darle la espalda a la historia, para vivir ciegos en un día a día abocado al desastre. Frente a esta triple amenaza, y ante los ecos del futurismo de Marinetti, hoy más que nunca, siamo tutti antifascisti.

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Los fachas y el jurado número 12

Por: Antonio Avendaño

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En apenas una década, han pasado de darnos risa a darnos miedo: en las elecciones de 2005 sacaron 58.114 votos y cero diputados y en las de 2023 sumaron 3.031.308 votos y 33 diputados, que en la próximas, según las encuestas, superarán los 60. La cantidad ha modificado la cualidad: de ¡¡¡pobres fachas!!! a ¿fachas pobres? a ¿¿¿pero de verdad hay fachas pobres??? Un buen número de gente modesta, y con una elevada proporción de jóvenes en ella, se ha vuelto facha. ¿Qué hacer para que dejen de serlo? ¿Cómo combatir la forma en que la ultraderecha pesca en este nuevo caladero? «Hay que atajar la compra de vivienda por parte de fortunas extranjeras. La clase media está desvalijada», dice el portavoz de Vivienda de Vox, Carlos Hernández Quero, intentando exprimir –como han hecho con otros temas– la emergencia habitacional.

¿Se frenará este ascenso cuando la vivienda vuelva a ser un bien asequible para los jóvenes? Vale, sí, razones tienen de sobra. Según el INE, el precio se ha encarecido un 70% en la última década. Esto es verdad. Pero ni en el mejor de los casos se parará a la ultraderecha si seguimos dejando campar a sus anchas las mentiras. ¿Se frenará combatiendo los bulos? Puesto que somos periodistas y no ministros de Vivienda, vayamos a ello.? ?Pertrechado con las gotas de verdad que suele contener, el bulo tiene a su favor la verosimilitud: en él la apariencia de verdad devora a la verdad. Alcanzar la verdad requiere cierto tiempo y esfuerzo; abrazar la verosimilitud, casi ninguno. Las cosas que los jóvenes creen sobre la inmigración, la delincuencia, la okupación, el franquismo, el feminismo o las ayudas sociales no son verdaderas pero sí verosímiles: el problema es que destruir su verosimilitud requiere un tiempo de escucha o lectura que los crédulos no están dispuestos a perder.

Los fachas y el jurado número 12
Henry Fonda en una escena de 12 hombres sin piedad (1957). FILMIN

Los nuevos fachas, los fachas pobres operan ante la realidad como aquellos 11 jurados de 12 hombres sin piedad que habrían condenado al pobre chico que parecía haber matado a su padre de no haber intervenido el jurado número 12 –Henry Fonda en el cine, José María Rodero en la televisión– para demostrarles que aquello que a todos les había parecido verdadero, en realidad era solo verosímil. Los 11 jurados que, aun de buena fe, estaban en el error rectificaron su posición porque dedicaron un tiempo prudencial a escuchar las razones del jurado número 12. De no ser por este, el chico inocente habría sido condenado: él convenció a los otros 11 de que había más cosas entre el cielo y la tierra de las imaginadas por sus miedos, sus prisas, sus prejuicios, su ignorancia o su pereza. Y ahí está la dificultad de estos tiempos: encontrar ese jurado número 12 todos los días para que los otros 11 puedan cambiar su veredicto en las urnas.

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Cosas oídas en un taxi en Barcelona una noche de febrero de 2026

Por: Antonio Avendaño

Fue en Barcelona, hace solo unos días. El trayecto en taxi duró unos veinte minutos, quizá veinticinco. Fue subirnos al vehículo y el conductor empezó a hablar, primero con prudencia, como tanteando el terreno que pisaban sus clientes, para inmediatamente después, tras informarse de que procedíamos de España española, tomar aire, ganar confianza y deslizarse imparable por una pendiente discursiva que, incontenible, no cesaría hasta llegar a nuestro ansiado destino. 

El hombre al volante rondaba el medio siglo, y de su franco, desinhibido y detallado discurso podía colegirse que su existencia venía transcurriendo desde mucho tiempo atrás por los desolados arrabales del fracaso vital y profesional. Escuchándole se llegaba pronto a la conclusión de que nuestro inesperado speaker debía ser, aunque él nunca lo explicitó así, votante de Vox. Confesó sin amargura visible ganar 1.200 euros al mes, no lamentaba la precariedad de su sueldo: su obsesión era España y cómo estaba menguando el número de quienes se decían españoles.

Sin saberlo, nos impartió una lección magistral de sociología electoral que, en un contexto académico y dictada por un experto en demoscopia, bien habría podido titularse ‘Perfil psico-sociológico de un asalariado que vota a la extrema derecha’. Bien pensado, y a la vista de la magnitud de la derrota existencial que su relato dejaba entrever, la franqueza descarnada del mismo despertaba en los viajeros inermes más piedad que ira, más compasión que enojo

En estos términos, y con un marcado acento vasco, habló nuestro hombre:  

“¿De Sevilla? Buen sitio Sevilla, allí tendría que irme yo, soy aragonés pero he vivido muchos años en Euskadi, he tenido allí buenos jefes, gente seria ¿eh?, pero que si podía engañarte con el finiquito, te engañaba, lo malo es que allí, si no eres euskaldún, pues no prosperas, ya te digo, así de claro, y eso que el PNV mucho hablar pero bien que estaban con Franco, los de ETA salieron de allí, una escisión del PNV, y Euskadi sur la fundó don Diego López de Haro, que era de La Rioja, hay que estudiar un poco de Historia para que no te engañen, pero luego pasa lo que pasa, que ya no hay españoles, aquí ya nadie dice que es español, dice soy catalán, soy madrileño, soy andaluz, y a mí lo que me importa es España, yo soy español, y lo digo así, que soy español, tal cual… aquí en Barcelona me va bien, me defiendo, se puede vivir, aunque en Euskadi ganaba más, aquí salgo por 1.200 euros al mes, más el mes de vacaciones, ahora tengo la jornada de ocho horas, porque este mes es malo y no vale la pena cogerse el horario de 12 horas, para estar todo el día haciendo tiempo y sin que lleguen clientes, pues que no compensa, ¿entienden?

Y ahora pago 500 por una habitación, pero he tenido suerte con el piso, sí, bastante suerte, y eso que en otra habitación hay una pareja con su niña, son moritos o como se diga, que a mí me da igual, y no paran de usar la cocina, vas a hacerte algo y allí está la madre cocinando no sé qué para la niña, joder, pero bueno… de Euskadi ya me despedí, aunque mi hermano sigue allí y le va bien, lo que pasa es que lleva ya dos matrimonios y dos divorcios, mi hermano es que tiene un carácter fuerte, pero no es un abusón ¿eh?, no, solo que no le gusta que le digan lo que tiene o no tiene que hacer, y eso hoy en día…

En cambio yo nunca me casé, antes quería formar una familia y tener hijos y que mi padre, que en paz descanse, tuviera nietos, pero nada, y con 51 años ya sé que no va a poder ser, ya me he olvidado de eso, y tampoco quiero estar siempre aquí en Barcelona, yo soy español, no me gusta cómo va España, con Franco no era todo bueno, había cosas malas pero también cosas buenas, los pantanos, la Seguridad Social, y luego había cosas malas que algunos dicen que hacía, pero quienes las hacían eran los que tenía alrededor, la camarilla, no él, hay que estudiar un poco de historia para saber las cosas y que no te engañe cualquiera, aunque yo creo que Franco apoyaba más a la clase media alta que a los pobres, eso sí…”.

Llegamos a nuestro destino. Acaba de caer la noche sobre Barcelona. Nos alojamos en la zona alta de la ciudad. Vista desde las últimas laderas que la aprisionan, la ciudad resplandece y centellea como lo hacía en la edad no siempre dorada de mis veinte años. Abajo sigue el tráfago de coches, tiendas, turistas, idiomas, calles cortadas, vagones atestados, improperios contra Renfe.

No es la Barcelona de mi juventud, pero sigue siendo Barcelona. Tampoco los asalariados de hoy son los de entonces, pero siguen siendo asalariados: aunque hayan dejado de llamarse obreros a sí mismos; aunque piensen, al contrario que los de entonces, que Franco también hizo cosas buenas; aunque sepan o crean saber mucha historia y la patria menguante les preocupe más que ese sueldo de mierda que el partido al que votan nunca menciona.

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Trabaja, produce, enferma… y sigue trabajando

Por: Arantxa Tirado

 El pasado 15 de febrero supimos, a través de la prensa, que el Departamento de Salud de la Generalitat de Catalunya prevé condicionar el presupuesto de los Centros de Atención Primaria (CAP) a la duración de las bajas médicas que concedan. La propuesta, comunicada a los CAP, implica una suerte de estímulo económico, calculado en el 5% de los recursos asignados, si los médicos de los centros evitan que las bajas de salud mental o de lesiones osteomusculares se prolonguen “más de lo debido”. Una medida que pone la presión en el colectivo médico, ya de por sí sometido a condiciones laborales estresantes que lo han llevado esta semana a convocar huelga en todo el Estado.

Este “más de lo debido” condensa toda la lógica de funcionamiento del capitalismo: la clase trabajadora no puede enfermarse “más de la cuenta” pues el tiempo es oro. El sistema necesita cuerpos sanos, fuertes, útiles para que la maquinaria de la producción siga funcionando, a costa de la salud –nunca mejor dicho– de quienes sólo tienen su fuerza de trabajo y, por tanto, su cuerpo y su mente, para poder subsistir en este sistema. 

Como se han encargado de recordarle estos días a la consellera Olga Pané, médico especialista en Medicina del Trabajo, máster en gestión hospitalaria por la Universitat de Barcelona, diplomada en gestión de hospitales por ESADE y responsable última de esta propuesta, la administración de un ente público, y mucho más de uno que tenga en sus manos la gestión de la salud de los ciudadanos, no debería guiarse bajo criterios empresariales de costo y beneficio. Sin embargo, esta propuesta, por lo demás de una Generalitat gobernada por el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), no es una decisión improvisada o un simple globo sonda. Supone una línea de continuidad en el Departamento de Salud, encabezado por Pané.

Ya en diciembre de 2025 la CGT Catalunya denunció la campaña iniciada por dicho departamento para que la clase trabajadora hiciera “buen uso” de las bajas médicas. Como explicaba el sindicato, la Generalitat no sólo criminalizaba a los más débiles, sino que trasladaba implícitamente la responsabilidad a los trabajadores enfermos y a los médicos, a la vez que desviaba la atención de las causas estructurales detrás de la enfermedad: las condiciones de vida y las condiciones de trabajo. 

CGT recordaba, por ejemplo, cómo el aumento del 20% en las bajas médicas de Catalunya se debía, en buena medida, a la salud mental. Y daba datos alarmantes sobre cómo la juventud trabajadora del Estado, con condiciones estructurales de precariedad laboral, con bajos salarios, 36% de sobre cualificación, contratos temporales y a tiempo parcial, concentraba el 32,5% de las bajas laborales, con un “incremento significativo de las bajas por problemas de salud mental, como estrés, ansiedad y depresión”. Una juventud trabajadora que ve cómo su formación –universitaria o no universitaria– no garantiza una inserción laboral que asegure unos ingresos mínimos para poder afrontar los precios desbocados de la vivienda, además. Pero la juventud trabajadora no es la única que padece la presión de un sistema enfocado a maximizar beneficios exprimiendo el tiempo, es decir, la vida, de la fuerza de trabajo. Estamos ante un problema que afecta a la clase trabajadora en su conjunto.

Si los cuerpos y las mentes jóvenes no aguantan una presión que no sólo es del ámbito laboral, pero que pasa por él, ¿qué se puede esperar de quienes llevan décadas de desgaste? Pues que se incrementen las enfermedades, en términos globales, pero que también, como muestran datos de la Encuesta de calidad y condiciones de trabajo 2025 de la Generalitat de Catalunya, el presentismo, esto es, el asistir a trabajar a pesar de estar enfermo, se imponga. Así, el 51,3% de la clase trabajadora catalana declara haber ido a trabajar enferma en los últimos doce meses. Un presentismo que tiene mayor incidencia entre mujeres y las personas con bajos niveles formativos, así como en sectores como la hostelería, educación, agricultura, servicios sociales o actividades sanitarias.

A pesar de ello, y de todos los mecanismos de presión que tiene la patronal en su relación de fuerzas asimétrica con la clase trabajadora para hacer que ésta anteponga los beneficios empresariales a su bienestar, los empresarios consiguen posicionar su queja sobre el aumento del absentismo laboral. La prensa nos recuerda que las empresas están introduciendo “cláusulas antiabsentismo” para dar incentivos a las personas trabajadoras que no hagan uso de su derecho a ir al médico y evitar así las ausencias en el centro de trabajo. Queda claro que la salud laboral es una molestia para los empresarios, un estorbo que les hace perder dinero, que es lo único que les importa al final

Pero también queda claro que, en esta ofensiva patronal, los empresarios presionan para echar por la borda derechos adquiridos por la clase trabajadora a lo largo de décadas de lucha, con la ayuda inestimable de sus amigos en los gobiernos que dicen ser de izquierda y que, paradójicamente, reciben el voto de esa clase trabajadora a la que venden cuando llegan a posiciones de poder.  

El punto del debate, por tanto, no es el absentismo laboral, ni las bajas que se extienden “más de lo debido”, sino por qué tantos trabajadores acaban yendo a trabajar, incluso enfermos, ante un sistema que los usa y los desecha cuando son inservibles. Por qué las administraciones públicas han permitido que exista un sistema de mutuas privadas decidiendo por la salud de la clase trabajadora, y organismos siniestros como el Instituto Catalán de Evaluaciones Médicas (ICAM), capaces de negar la incapacidad laboral a personas con cáncer metastásico. Y, no, no es un caso aislado. Plataformas como la PAICAM llevan años denunciando estos abusos en Catalunya. Una realidad que, por desgracia, no es exclusiva de este territorio pues atiende a una lógica capitalista global.

El mensaje que envía el capitalismo a la clase trabajadora es claro: trabaja, produce, enferma, sigue trabajando y muere. Pero no te enfermes antes de la cuenta, espérate a la jubilación. Si te mueres justo después de la jubilación mejor que mejor, es más, le haces un favor a las “arcas del Estado” porque ya sabemos que los jubilados viven a tutiplén a costa de los pobres jóvenes que no se pueden emancipar por su culpa, como nos repiten algunas jóvenes en los medios, la prensa y hasta en libros, en un mensaje que no sólo no cuestiona, sino que legitima, el orden del capitalismo.

Estamos en tiempos en que recordar cosas básicas se hace vital. La explotación en el trabajo y la precariedad laboral enferman. La clase trabajadora tiene derecho –al menos hasta ahora en el territorio en el que se escriben estas líneas– a no ir a trabajar si no está en condiciones de hacerlo. Por tanto, no hay un problema de absentismo laboral sino de trabajadores que enferman por culpa del trabajo y que, a pesar de ello, siguen yendo a trabajar.

Las bajas o incapacidades temporales, como puntualiza el abogado laboralista Vidal Aragonés, del Col·lectiu Ronda: “son el ejercicio de un derecho y de una obligación que suspende el contrato de trabajo y la relación laboral a efectos de que la persona trabajadora pueda recuperarse de una situación que justifica su ausencia en el trabajo”. Y el ejercicio de este derecho no debería ni cuestionarse ni limitarlo presionando, todavía más, a las personas trabajadoras y a los facultativos médicos. Tome nota, señora Pané, gracias.

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Del miedo a “los otros” al miedo “a los nuestros”

Por: Patricia Simón

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La fotoperiodista Lee Miller, en la película en la que le da vida Kate Winslet, escucha en boca de un joven la misma pregunta a la que podremos enfrentarnos en unas décadas: «¿Cómo no os disteis cuenta de que [los nazis] estaban llegando?». La reportera, que cubrió la II Guerra Mundial tras ser una de las fotógrafas de moda más reputadas, responde lo que sentimos muchas de las personas que llevamos años investigando y advirtiendo sobre el auge de la ultraderecha: «Durante un tiempo, fue muy lento. Y, de repente, ya estaban aquí». Dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS.

En el libro Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio (Debate, 2022) analicé las causas de este giro histórico y cómo los poderes políticos, económicos y mediáticos habían azuzado los miedos –a los «otros», a la pobreza, a la soledad y a la muerte– allanando el camino a los nacionalpopulistas xenófobos y a los antidemócratas. Pero el ascenso ha sido tan meteórico que mientras investigábamos la trayectoria de sus líderes, sus vías de financiación, su estrategia de cooperación internacional, mientras nos debatíamos entre destinar nuestro tiempo a desmentir sus bulos o a contrarrestar sus discursos de odio, dejamos de lado lo más obvio y, también, lo más aterrador: que acaparan tanto poder porque buena parte de la población se lo ha dado a través de las urnas. Y que, por tanto, en todos los ámbitos de la vida convivimos con personas cuyas ideas políticas no solo no son respetables, sino que son criminales: amenazan los derechos y la vida misma de quienes consideran inferiores y enemigos: las personas racializadas, migrantes, feministas, del colectivo LGBTIQ+, y todas aquellas que defendemos activamente la democracia, la igualdad, la libertad y los derechos humanos. Personas con las que nos relacionamos a diario: nuestra tendera del comercio de proximidad del barrio, nuestro médico de la sanidad pública, la profesora de nuestras hijas en la escuela pública, nuestro monitor del gimnasio, el policía que nos tomará declaración tras una agresión machista, la jueza que la tendrá que juzgar, el periodista que la contará en una tertulia, nuestro primo, nuestra hermana, nuestro padre, nuestra madre.

Las izquierdas europeas y estadounidenses solo hablaron de crecimiento de la ultraderecha cuando nos incluyó a las personas blancas entre sus enemigos. Desde los años 80 hasta hoy, las políticas de los partidos de derechas y los socialdemócratas han desarrollado políticas muy parecidas contra las personas migrantes, a las que se interpretaban como una amenaza en todos los sentidos: para el mercado de trabajo, para la seguridad así como para la convivencia. Por ello, el corpus legislativo migratorio tiene un enfoque militarista y defensivo contra unas personas que ejercen su derecho a la movilidad para buscar oportunidades y seguridad. Es decir, sus políticas migratorias siempre han sido de extrema derecha porque consideraban las vidas de las personas migrantes de menor valor. Por eso, nadie ha sido juzgado ni condenado por las políticas que han provocado la muerte de, al menos, 30.000 personas en el Mediterráneo. Por eso, esa misma política mortífera es la que se permite seguir practicando hoy el Gobierno español, uno de los pocos progresistas que quedan en el mundo.

El discurso hegemónico contra las personas migrantes, mientras su explotación hacía posible el cacareado crecimiento económico europeo y estadounidense, ha sido el caballo de Troya que ha alumbrado esta era de la crueldad. Por eso, las personas migrantes no tienen que preguntarse hoy cómo van a relacionarse con toda esa gente que las desprecia cuando se dejan su sueldo haciendo la compra en sus comercios, cuando cuidan de sus padres y madres ancianos, cuando van a la consulta del ambulatorio público –que también pagan con sus impuestos–, o cuando dejan a sus niños y niñas en la puerta del colegio. Como no se lo preguntarán quienes dejaron de ir a las celebraciones familiares o laborales para no seguir escuchando comentarios homófobos y sexistas que atentaban contra su propia existencia. Todas estas personas siempre tuvieron que protegerse del fascismo porque ya estaba ahí. Mientras, el resto, la mayoría de las personas blancas cisheterosexuales, no lo querían ver porque sus vidas cotizaban al alza en ese ecosistema fascista.

Pero ya no hay lugar al engaño. El espejo estadounidense nos está mostrando cómo incluso la burguesía blanca demócrata está en peligro: activistas, feministas, intelectuales, periodistas, académicas, juristas, científicos y científicas no se libran de la diana cuando se interponen en el camino de los paramilitares de la ICE, cuando publican información crítica con Trump, cuando defienden que se aplique la legalidad internacional contra los responsables del genocidio de Gaza o cuando denuncian el impacto de las políticas de la Casa Blanca en la crisis climática.

Hoy, a la vez que la mayor parte de nuestras sociedades se ven perjudicadas por las políticas de la ultraderecha, estamos cada vez más cerca de que también la mayoría social defienda sus postulados. Es una guerra global contra la humanidad misma, espoleada por el autoodio que ha insuflado décadas de un estilo de vida neoliberal basado en el individualismo y el egoísmo. No es solo que cada vez más obreros autóctonos odien a los obreros extranjeros, sino que odian con más ahínco aún a los sindicatos que defienden sus derechos, a las políticas que suben sus salarios y a los periodistas que defienden el beneficio común de la redistribución de la riqueza. Cada vez más mujeres no solo odian a las feministas, sino que votan a políticas que niegan nuestra discriminación y la violencia de género. Y cada vez más personas pasan sus días macerando y envenenándose con nuevos odios difundidos por canales de televisión, de YouTube, de Telegram, de WhatsApp. Gente que se despierta deseando la muerte al presidente Pedro Sánchez por las nuevas balizas de la DGT, a las feministas por denunciar los abusos sexuales cometidos presuntamente por Julio Iglesias, a los ecologistas por acabar con la vida rural, a los antirracistas por llenar el país de ladrones y violadores, a los catalanes por querer acabar con España… Hombres y mujeres con apariencia normal, que no están en el Parlamento ni en los platós, sino en tu trabajo, en la puerta del colegio de tus hijos e hijas, incluso en la casa de tu padre y de tu madre.

Gente que, incluso, dice que te quiere. Y que, probablemente, lo haga. Pero que odia lo que eres, lo que piensas y que adora a quienes quieren tomar el poder para censurarte, perseguirte, encarcelarte, castigarte, violarte, matarte. Dicen que te quieren. Y probablemente lo hagan. Pero representas a sus enemigos. No lo eres. Nunca les privarías de derechos ni libertades. Tú nunca permitirías que les hicieran daño. Pero ellos sí están haciendo todo lo posible –de pensamiento, palabra, obra y omisión– para que otros lo hagan.

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El Manifiesto del Partido Woke

Por: Jorge Dioni López

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«Toda la historia de la sociedad humana hasta la actualidad es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos». Es el comienzo de El Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, publicado en 1848, año de la quinta y última oleada de revoluciones burguesas. Cuatro años después, Marx publicó El 18 de brumario de Luis Bonaparte, donde señalaba que ese ciclo había acabado. Cuando alguien accede a un sitio caliente, existe la tentación de cerrar la puerta. La república burguesa había derivado en una forma de salvaguarda de privilegios similar a la monarquía del Antiguo Régimen. Los burgueses de la Ilustración habían abandonado a los trabajadores para aliarse con los aristócratas a quienes se habían enfrentado. El pacto representado en el cuadro La libertad guiando al pueblo estaba roto. Incluso habían restaurado la monarquía.

A través de sus diversas encarnaciones, el socialismo no dejó de insistir en señalar las estructuras de dominación de la burguesía hasta que logró que la puerta se abriera y forzó un contrato social de breve duración y extensión que conocimos como estado del bienestar. Sus principales beneficiarios fuimos los trabajadores varones blancos occidentales y su desarrollo logró cambiar el relato de la lucha colectiva por otro basado en el esfuerzo individual. La promesa de ese contrato entre capital y trabajo era la movilidad social; y su principal herramienta, la redistribución a través de los servicios públicos financiados con impuestos proporcionales: formación, sanidad, transporte o, en otros países, vivienda. Ese contrato está roto. El capital acumula tras librarse de los impuestos. En España, 33 personas tienen la misma riqueza que 19 millones. El Estado ha dejado de ser garante de los servicios porque estos han dejado de estar vinculados a derechos y se han integrado en el mercado, que es el formato que se extiende por el mundo gracias, precisamente, a ese relato centrado en el esfuerzo individual.

La vida ha dejado de ser una promesa para convertirse en una competición. La sensación de desconfianza, desamparo e incertidumbre que crea el incumplimiento del viejo contrato social puede provocar un movimiento de reacción porque asumimos que todo el mundo puede ser un enemigo en la lucha por el trozo del pastel. Sobre todo, los otros que están por abajo, los que llaman a la puerta, a los que el capital señala como enemigos.

Los protagonistas de la reacción somos sus principales beneficiados porque, como en el XIX, las estructuras de poder ya existentes aprovecharon las reivindicaciones de nuevos grupos sociales para dividir e imponerse. Para crear un enemigo claro, lo llamaron a todo Woke (feminismo, anticolonialismo o movimiento LGTBIQ+). El concepto se presentó como una amenaza difusa, pero con una gran capacidad de destrucción que incluía ese contrato social. Todo se había estropeado porque había llegado más gente que sostenía que la división entre opresores y oprimidos no estaba tan clara. La clase es un factor, pero el género o la raza son otros.

Normalmente, la dominación se basa en el empoderamiento selectivo para que, dentro de cada grupo social, haya una nueva jerarquía. Lo mismo que el socialismo señaló las estructuras de dominación, explotación y subordinación del estado burgués, el feminismo desveló las del patriarcado, muchísimo más antiguo. El colonialismo nos indicó que el anterior contrato social se construyó sobre la explotación y el atraso de otros países. Como les sucedía a los burgueses, es complicado reconocerse en ese espejo incómodo y la tentación de unirse a las viejas estructuras de poder es enorme.

Los varones blancos occidentales vivimos nuestro 18 de brumario. Para algunos, la propiedad o la identidad como nativo o varón pueden ser factores más relevantes que su condición de trabajador y preferir a movimientos autoritarios que señalen un enemigo como causante de la pérdida. Hay gente convencida de que aliarse con el capital a través de los elementos culturales, el movimiento MAGA, le permitirá quedarse en la casa caliente, aunque sea en el porche. Perseguir a otros hará que ellos no sean perseguidos. Se equivocan. Cuando se desprecia la dignidad del ser humano, la categoría de prescindible se va extendiendo hasta que la tienes en el portal de tu casa.

El viejo contrato social no va a volver. La respuesta no está en el pasado, sino en el futuro: ampliar el mundo. Y con mucha audacia. Socialismo y feminismo, anticolonialismo o movimiento LGTBIQ+ son parte del mismo proyecto, contradictorio a veces, en el que también están la revolución científica, la Ilustración o el liberalismo de las revoluciones burguesas. Los procesos históricos dentro de la modernidad amplían el mundo paulatinamente porque la otra opción es reducirlo. Libertad, igualdad, fraternidad rima con diversidad, inclusión y equidad. Frente al movimiento MAGA, el movimiento Woke.

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Por una esfera pública libre de acoso, amenazas y odio

Por: La Marea

El miedo es la antesala del silencio y muchas voces públicas sienten miedo hoy en el Estado español. No podemos tolerarlo. Las y los abajo firmantes –periodistas, escritores, juristas, activistas, profesores, sindicalistas, artistas, ciudadanía y organizaciones sociales– pedimos a la sociedad civil y a las instituciones que protejan el espacio público y con él a sus agentes democráticos, que son un dique necesario frente al acoso, las amenazas y la impunidad de la extrema derecha trumpista y su industria del odio.

La historia enseña que el fin último del autoritarismo es silenciar todo relato diferente al suyo. Y esa historia está de vuelta otra vez. Las fórmulas nos suenan desgraciadamente familiares. Mentiras, insultos, machismo, homofobia, racismo, desinformación y violencia coordinada, en las redes sociales, los medios o las calles, con el objetivo de amedrentar a las voces comprometidas con la democracia que resultan incómodas a los ultras.

Los casos son tantos que no se pueden achacar a coincidencias. Una periodista es señalada por un partido neofascista por su activismo contra la violencia machista. Un diario de gran audiencia miente sobre el salario de una informadora de la televisión pública. Tres neonazis agreden y graban en la calle a un reportero, sin detenciones. Una comentarista racializada es amenazada con la deportación. Un cómico, acusado falsamente de reírse de las víctimas de un accidente fatal. Tras las mentiras llegan las amenazas y el desgaste emocional que hace que nada merezca la pena.

En las últimas semanas, el nombre de una analista de izquierdas ha aparecido escrito en el centro de una diana dibujada junto a las tumbas vandalizadas de luchadoras antifascistas de otro tiempo. Y la trabajadora de un pequeño medio digital ha tenido que darse de baja tras sufrir amenazas de muerte en redes. Su crimen: haber contado cómo se financian los acosadores disfrazados de periodistas.

Son las voces atacadas de una democracia en riesgo.

Los medios, personas y organizaciones abajo firmantes pedimos a la sociedad civil y a las instituciones que se impliquen a fondo en esta lucha, porque en la libertad de expresión no cabe ni la libertad de mentir ni los discursos de odio, y porque es preciso perder el miedo a señalar y denunciar a los autores de esos ataques y extorsiones.

Reclamamos por tanto al Gobierno y a los grupos parlamentarios progresistas que tomen nota de esta gravísima situación y adopten medidas para frenarla. Creemos que son necesarias reformas legales que permitan sancionar y negar toda financiación pública a las redes organizadas para esparcir desinformación y odio de forma intencionada con el propósito de estigmatizar o difamar a personas y colectivos vulnerables.

La fiscalía, los jueces y las fuerzas de seguridad deben contar con más medios y formación especializada para proteger con mayor eficacia a las víctimas de odio, amenazas y persecución.

Es urgente defender la democracia frente a ese imperio de la manipulación sufragado con los impuestos de todas y todos, cuyo objetivo es destruir la convivencia mediante mentiras e intimidación.

La violencia institucional de corte racista que vemos estos días en las calles de Estados Unidos es el final de un camino que algunos pretenden empezar a recorrer en nuestro país. No podemos permitirlo.

Llamamos a las y los ciudadanos demócratas a levantarse contra el monocultivo del miedo. Frente al autoritarismo, todas somos la misma cosa. También aquí, si atacan a una nos atacan a todas.



Primeras firmas

Yayo Herrero, presidenta de la Fundación Contexto y Acción

Pastora Filigrana, directora de Acción Contra el Odio (ACO)

Vanesa Jiménez, directora de CTXT

Manuel Rico, director de Público

Xosé Manuel Pereiro, codirector de Luzes

Virginia Pérez Alonso, directora de Infolibre

Sara Plaza Casares, periodista de El Salto

Magda Bandera, directora de La Marea

Julián Macías, Pandemia Digital

Chema Garrido, director de El Plural

Julio Martínez-Cava, Revista Sin Permiso

Javier F. Ferrero, Spanish Revolution

Pablo Iglesias, director de Canal Red

Gerardo Tecé, periodista

Ignacio Sánchez-Cuenca, catedrático

José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Supremo

Mónica Oltra, abogada

Miguel Mora, periodista

Ana Pardo de Vera, periodista

Soledad Gallego-Díaz, periodista

Jesús Ceberio, periodista

Samantha Hudson, artista y activista

Jesús Maraña, director editorial de Infolibre

Danilo Albín, periodista

Mónica Andrade, periodista

Irma Ferrer, abogada

Fernando Lezcano, presidente de la Fundación 1 de mayo

Nieves Concostrina, periodista

Jordi Évole, periodista

Olga Rodríguez, periodista

Maruja Torres, periodista

Germán Labrador, profesor

Sarah Santaolalla, analista política

Aitana Sánchez-Gijón, actriz

Antonio Turiel, científico

Belén Barreiro, socióloga

Pilar del Río, periodista

Lorena Vallejo, gerente

Álex Blasco Gamero, periodista

Ángeles García, periodista

Manuel Rivas, escritor

Marina Lobo, cómica

Carmen de la Ossa, profesora

Joaquín Estefanía, periodista

Alvaro Guzmán, periodista

Antonio de la Torre, actor

Mercedes de Pablos, periodista

Pierluigi Morena, abogado

Paco Cano, gestor cultural

Juan Bordera, activista

Ignacio Echevarría, editor

Sebastiaan Faber, profesor

Gonzalo Torné, escritor

Diego Delgado, periodista

Guillem Martínez, periodista

Raquel Prado, abogada

Alberto San Juan, actor

Joaquín Urías, profesor

Antonio Tena, profesor

Marina Sáenz, catedrática

Paco Audije, periodista

Juan Carlos Ortiz, periodista

Pablo Oliveira, periodista

Sato Díaz, periodista

Pablo Romero, periodista.

Víctor López, periodista

Alicia G. Criado, periodista

Begoña P. Ramírez, periodista

Erly Quizhpe, periodista

Jose Carmona, periodista

Emilio de la Peña, periodista

Marga Espino, funcionaria UE

Javier Valenzuela, periodista

Andrea Momoitio, periodista

Pablo Beramendi, profesor

Marina Fortuño, periodista

Mariano Muniesa, periodista y consejero de RTVE

Ricardo Robledo, historiador

Alejandra Martínez, periodista

Laura Arroyo, periodista

Irene Zugasti, periodista

Raúl Sánchez Cedillo, analista

Manuel Levin, periodista

Rubén Sánchez, periodista

Marta Carrasco, periodista

Carmen Otero, periodista

Lourdes Gómez, periodista

Carlos Arenas, catedrático

Emilio Abejón, economista

Lola Cintado, periodista

Ana Mercedes Cano, periodista

Mohamed Haidour, activista por los Derechos Humanos

Marta Sanz, escritora

Fernando Valladares, científico

Fernando Moraño, cómico

José Cabrera, cómico

Pilar Ruiz, guionista y escritora

Carlos Sánchez-Mato, profesor

Aurora F. Polanco, profesora

Pablo Elorduy, periodista

Aurora Báez, periodista

Susana Albarrán, periodista

Patricia Reguero Ríos, periodista

Yago Álvarez, periodista

Álvaro Minguito, fotógrafo

Olmo González, social media manager

Jose Durán Rodríguez, periodista

Queralt Castillo Cerezuela, periodista

Javier H. Rodríguez, periodista

Susana Ye, periodista

Cristina Peñamarín, profesora

Víctor Alonso Rocafort, profesor

Carlos Aristu, secretario general CCOO Sevilla

Ana Jiménez, cooperativista y activista

Gorka Castillo, periodista

Félix Andrada, editor de arte

Francesc Relea, periodista

Roberto Uriarte, profesor EHU

Carlos Molinero, guionista

Víctor Sampedro, catedrático

Tomás Rodríguez, editor

Luis García Montero, poeta

Miren Gorrotxategi, profesora EHU

Carmen Cortés, bailaora

Carlos Enrique Bayo, periodista

Carlos Berzosa, catedrático jubilado

Atxe, ilustradora

Ana Veiga, periodista

Xandru Fernández, profesor y escritor

Belén Jaráiz, jubilada

Javier Navarro, profesor y arquitecto

Bárbara Celis, periodista

Carlos Hernández de Frutos, periodista

Juan Cabello, arquitecto y profesor

Olga Ruiz, jurista

Alain-Paul Mallard, escritor

Ritama Muñoz-Rojas, periodista

Pedro Olalla, escritor

Steven Forti, historiador

Jorge Urdánoz, filósofo

Celia Montoya Montoya, actriz y activista

Pedripol, viñetista

Carlos Prieto, ingeniero jubilado

Dolors Comas d’Argemir, antropóloga

Francisco Jurado, jurista

Marjorie Eljach, escritora

Juan Francisco Casas, artista plástico

Andrés Villena, economista

Javier Divisa, escritor

Enric Bonet, periodista

Ramón J. Campo, periodista

Eduardo Gómez Cuadrado, abogado

Silvina M. Romano, investigadora

Alberto González Pulido, jurista

Georgina Cisquella, periodista

Helena Sardà Grau, periodista

Jaime Conde, periodista

Paco Sarria, periodista

Ana Liste, periodista

Juan Oliver, periodista

Lluís Pardo, Periodista

Suso Iglesias, periodista

Gemma del Valle, directora de comunicación

Luis María González, periodista

José Manuel Rodríguez Victoriano, profesor

Asier Mensuro, historiador

Tomás Grau, profesor de la UAB

Cristina Santamarina, socióloga

Eva Lootz, artista

Elena Benarroch Vila, socióloga

José Carlos Ruiz, guionista

Diana Lafuente, conservadora de museos

Lucas Platero, profesor de la URJC

Avelino Sala, artista plástico

Carlos Pascual, economista

Isabel Camacho, periodista

Rosa María Artal, periodista

Yolanda Virseda, profesora

Cláudia Morán, periodista

Sonia Vizoso, periodista

Marcos Sanluis, periodista

Ana Cermeño, guionista

Lois Pérez Díaz, escritor

Javier Hernández, profesor y escritor

Clàudia Munné, periodista

Amelie Aranguren, activista cultural

Jesús Dionisio, arquitecto

Isolina Dosal, diseñadora gráfica

Felipe Nieto, historiador

Luisa Aleñar, periodista jubilada

Silvia Alcoba, artista visual, docente

Jacqueline Pingarrón, diseñadora de moda

Isabel Martinez Reverte, periodista

Antonia Moya, bailaora de flamenco

Juan Aranzadi, antropólogo

Celia Montolío, traductora

Carlos Garzón, realizador de TV

Rafael Díaz Arias, profesor y periodista

Luisa Aleñar, periodista jubilada

Jose Candón Mena, catedrático

Joan Busquet, periodista

Juan Manuel Rodríguez, informático

Daniel Granados, consultor cultural

Ferràn Peracho, galerista

Pepa Moreno, editora de arte

Sergio Riesco, profesor en la UCM

Mónica López Pineda, psicóloga

Luis López de la Peña, ayudante parlamentario

Lola Fernández Palenzuela, periodista

Rafa Esteve, periodista

Marta Lage de la Rosa, profesora UCM

Luisa Martín-Rojo, profesora

Lola Gómez de Aranda, editora de arte

Ricardo Robledo, profesor

Juan Tortosa, periodista

Héctor Grado, profesor

Agustín Martínez , periodista

Elisabeth Anglarill, periodista

Belén Fernández Suárez, profesora de universidad

Luis Mengs, realizador y productor

Fernando Berlín, periodista

Isabel Jubert, productora

Jordi Serrano, editor de Memoria del Futuro

Susana Hernández, actriz

Miguel de Casas, productor audiovisual

Juan Ramón Mora, viñetista

Paloma Farré, traductora

Organizaciones

Facua

La Fragua Projects

Al Descubierto, Centro de Estudios Contra el Odio y la Desinformación

Asociación de Víctimas y Afectados por Noticias Falsas (AVANF)

Asociación Repensar el Sistema

Federación de Asociaciones de Estudiantes Solidarios Aragoneses (FAESA)

Asociación Redes para la Transformación Social

Federación de Asociaciones de Estudiantes de Aragón (FADEA) Federación de Alumnos Plataforma de Asociaciones de Estudiantes (FAPAE)

Fundación de Acción Laica

Asociación INTEGRA

Voluntariado Joven

Asociación Magenta

Colectivo LGTB de Aragón

Asociación Mujeres Libres

Asociación Juvenil Movimiento por los Derechos del Alumnado (MOVIDA)

Asociación Contra el Cambio Climático del Planeta


No dejemos que la extrema derecha nos expulse del espacio público.


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Candela Sierra, ilustradora: “Votar a la ultraderecha es cavar tu propia tumba”

Por: Ana Veiga

Decir sin nombrar es algo muy de aquí. No sé si es atribuible a la picardía española o si, más bien, procede de los silencios y guiños heredados de tantas generaciones anteriores, que miraban de reojo a la vecina y leían entre líneas, rellenando los huecos a partir de la experiencia propia. La ilustradora, cineasta y guionista Candela Sierra materializa este concepto en Lo sabes aunque no te lo he dicho, su segunda novela gráfica que le ha valido el premio Premio Nacional del Cómic de 2025. Es también la autora de la portada del nuevo número de La Marea, donde ha retratado su visión de las clases trabajadoras que votan a la ultraderecha.

¿Ha cambiado mucho su trayectoria profesional desde que es Premio Nacional del Cómic 2025? 

Sí, lo noto. Aunque no ha pasado mucho tiempo desde el anuncio del premio, el galardón viene con muchas propuestas y sobre todo mucha confianza en mi trabajo. Me siento muy afortunada.

El jurado ha destacado su cómic por su «habilidad para reflejar un afiladísimo análisis de nuestra sociedad”. ¿Cómo se construye una ilustración que no sea solo consumo rápido?

Es complicado, porque todo circula muy rápido y en formatos muy comprimidos. Yo intento que, aunque la imagen funcione de manera directa, tenga algo que se resista un poco: una tensión, un destello, una segunda lectura. Y también es importante no subestimar a quien mira. Cuando la ilustración confía en la inteligencia del espectador, deja de ser solo decorativa o consumible y puede propiciar un espacio de pensamiento.

¿Qué capacidad tiene una imagen para desafiar las ideas dominantes que imponen los discursos hegemónicos?

Mucha, porque los discursos hegemónicos también son visuales. Construyen imaginarios sobre el éxito, el cuerpo, el género, el trabajo… constantemente. La ilustración puede intervenir ahí desplazando códigos: cambiando quién ocupa el centro, qué cuerpos se representan, qué gestos aparecen. Y diría que, en muchos casos, es más efectivo cuando no es una denuncia explícita. 

El cuerpo es un elemento central en su obra, especialmente el femenino. ¿Qué relaciones de poder busca visibilizar? ¿Cómo evita que la representación del cuerpo se convierta en una cosificación o espectacularización?

Me interesa el cuerpo como un lugar donde se cruzan muchas cosas: el deseo, el trabajo, el cansancio, la violencia, los afectos. Es decir, no me interesa tanto el cuerpo idealizado como el cuerpo atravesado por experiencias. Y para evitar la espectacularización supongo que intento huir de lo meramente complaciente. Trabajo desde la extrañeza, desde la incomodidad, desde lo cotidiano. El cuerpo no es un objeto de consumo visual sino una oportunidad para abordar conflictos.

«No me interesa tanto el cuerpo idealizado como el cuerpo atravesado por experiencias».

¿Cómo dialoga esto con los feminismos actuales?

Dialoga porque forma parte del mismo clima, aunque no siempre de manera literal. No hago imágenes “sobre” el feminismo, pero sí toca cuestiones que están ahí, como por ejemplo las relaciones de poder o la precariedad. También me gusta que no todo sea una afirmación rotunda. Hay contradicciones, ambivalencias… Yo misma estoy llena de contradicciones y, a menudo, no me da tiempo a reflexionar con la profundidad que me gustaría. Y creo que eso también forma parte de los feminismos actuales.

¿Cree que la ilustración puede intervenir en el debate político con la misma potencia que el texto?

Sí, aunque lo hace desde otro lugar. El texto argumenta, desarrolla, persuade de manera racional. La imagen, en cambio, entra por una vía más directa, más emocional y también más ambigua. Puede sintetizar ideas complejas y activar lecturas simultáneas. No diría que una es más potente que la otra, sino que operan en registros distintos. Hay imágenes que se vuelven icónicas y atraviesan el debate público con una velocidad que el texto difícilmente alcanza. Pero también es cierto que, sin un contexto o sin una mediación crítica, pueden ser más fácilmente absorbidas o banalizadas. En mi caso, hay veces que entiendo mejor lo que pienso cuando ya lo he dibujado.

«El texto argumenta, desarrolla, persuade de manera racional. La imagen, en cambio, entra por una vía más directa, más emocional y también más ambigua (…) Hay veces que entiendo mejor lo que pienso cuando ya lo he dibujado».

¿Qué contradicciones aparecen cuando una obra con carga política circula dentro del mercado cultural? ¿Es posible sostener un posicionamiento crítico trabajando para grandes medios o marcas?

Como decía, las contradicciones son inevitables. Trabajamos dentro de estructuras económicas que reproducen aquello que criticamos. La cuestión, para mí, no es situarse en una postura casi imposible de sostener sino ser consciente de esos márgenes y actuar desde ahí. Además, el margen individual es limitado. Las luchas deberían ser siempre colectivas y apuntar al poder. Hay encargos que permiten introducir fricción y otros que no. Saber cuándo aceptar, cuándo tensionar y cuándo decir que no también forma parte de la práctica política.

¿Cuál es el rol de la ilustración política en el contexto de crisis social y avance de discursos reaccionarios?

Creo que tiene una función importante dentro del ecosistema simbólico. No cambia estructuras por sí sola, pero sí contribuye a construir imaginarios. Y en contextos de crisis o de avance reaccionario, crear contraimágenes o desmontar ciertos relatos se vuelve especialmente relevante.

«[La ilustración política] no cambia estructuras por sí sola, pero sí contribuye a construir imaginarios».

¿Se espera o exige que los artistas tengan una posición política explícita?

No lo sé. Para mí es importante porque lo considero parte de mi identidad y porque todo es política, aunque reconozco que muchas veces no sé qué decir ni cómo… Porque nos falta tiempo para conversar, aprender y construir ideas. De todas formas, no toda toma de posición tiene que ser panfletaria, ¡menos mal! También hay posicionamientos formales, afectivos o simbólicos que son igual de políticos, a pesar de que no estén reivindicados como tal. 

¿Qué riesgos tiene la neutralidad en el campo cultural?

La neutralidad casi siempre es una ficción. Y lo malo de no posicionarse es que suele beneficiar a quien ya está en una posición de poder. En ese sentido, la equidistancia puede funcionar como complicidad pasiva. Otra cosa, igual de importante, es no reducir la práctica artística a consigna.

¿Qué incomodidades le interesa generar con su trabajo?

Las pequeñas, las que obligan a detenerse. No me interesa escandalizar por escandalizar, sino desplazar un poco la mirada.

«La neutralidad casi siempre es una ficción. Y suele beneficiar a quien ya está en una posición de poder».

¿Y hacia dónde considera que debe ir esa mirada?

Personalmente, me interesa cómo los grandes temas atraviesan la vida cotidiana y los vínculos. Pero creo que cualquier tema es pertinente siempre que se haga con honestidad. 

¿La ilustración puede ser una herramienta de transformación social?

Puede generar imaginarios, plantear preguntas, acompañar luchas, emocionar. Puede ayudar a que ciertas cosas se nombren o se vuelvan visibles. Lo que no puede es sustituir la organización política ni la acción colectiva. La transformación material ocurre en otros espacios, aunque la imagen pueda empujar o sostener ese movimiento.

En la sociedad actual, el uso de la inteligencia artificial (IA) está creciendo a pasos agigantados. ¿Qué opina del papel de la IA en la ilustración?

Ilustración de la portada del nuevo número de La Marea en papel.

Me preocupa, por un lado, en términos de derechos y condiciones laborales. Se alimenta de imágenes hechas por artistas que no han dado permiso ni reciben nada a cambio, y eso ya plantea un problema serio. Luego está la cuestión estética: si aprende de lo que más circula, tiende a reforzar lo dominante. Me inquieta esa posible homogeneización… que todo empiece a parecerse demasiado. Yo lo llamo destilación de lo mainstream

Y, por último, me da pena que haya una “herramienta” que fulmine lo más bonito del trabajo creativo que es… el propio trabajo creativo. El proceso de hacer una imagen es mágico; se descubren cosas, hay sorpresas y también problemas que resolver. Me entristece que todo se reduzca a resultados (más imágenes, más rápido) y que nos olvidemos de que lo que hay en medio es lo interesante. 

Como creadora de la portada del último número de La Marea, ¿por qué ha escogido esta imagen y qué reacción espera generar en la audiencia?

Después de valorar otras ideas, pensé que esta ilustración era apropiada porque refleja lo que creo que la ultraderecha puede hacer con los intereses (y los derechos) de la clase obrera. Es una corriente nociva que no piensa en el bien común, a pesar de lo que proclame. Votar a la ultraderecha es cavar tu propia tumba. 

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“Maestra, yo no soy racista, pero…”

Por: Olivia Carballar

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

No es ningún espóiler contar a estas alturas que Vecna, el malo de Strangers Things, intenta penetrar en las mentes de los niños al creer que son más débiles, y que podrá, de ese modo, ejecutar su plan de fusionar el mundo real con el abismo. Eso hace especialmente con el pequeño Will (Noah Schnapp), a quien su madre, extraordinariamente interpretada por Winona Ryder, no sabe cómo rescatar del mundo del revés. Siguiendo con el género de terror, eso hace también el payaso Pennywise con los niños y sus traumas en It. Y eso es lo que, en el fondo, hace en la realidad la ultraderecha: inocular sus discursos de odio a los más jóvenes, a los adolescentes, aprovechando la vulnerabilidad de un grupo que, como analiza la profesora Ana Fernández, está buscando su lugar en este mundo del derecho, y cada vez más derechas. 

«La adolescencia es una etapa de búsqueda de la identidad, de la pertenencia a un grupo, una edad de ‘soy rebelde porque el mundo me ha hecho así’, en la que cuentan con muy poco contexto histórico, no saben situar de dónde venimos y tienen la sensación de que no van a tener futuro. La ultraderecha saca partido a esto, juega a la desconfianza en la política en general y por eso los chavales se creen todo lo que dice un influencer en Tik Tok, que se presenta no como un político, sino como una persona normal, un tío guay que tiene un canal», explica.

Fernández es vicedirectora y docente del área de inglés en el IES Jacarandá, en Brenes, un pueblo de Sevilla de unos 13.000 habitantes con un alto porcentaje de población dedicada al campo y con un elevado número de inmigrantes. Su experiencia en este instituto, el único centro de secundaria obligatoria y postobligatoria en la localidad, confirma que la polarización que se vive en España se refleja, cual mundo del revés, en las aulas a diario: «Nos encontramos con el rechazo de mucho alumnado cuando proponemos talleres, actividades, cuando hablamos de feminismo –“ya está otra vez la pesada esta con el rollo”– o de medio ambienteY escuchamos eso de que con Franco se vivía mejor, que es ya un mantra para ellos», prosigue. 

Herramientas éticas y democráticas

El Jacarandá, con un claustro de casi 100 profesores, es un centro muy implicado socialmente, muy activo, que intenta, más allá del contenido curricular, dotar al alumnado de herramientas éticas y democráticas para la vida. Ana pasa largos minutos de la charla citando todos los proyectos en los que está embarcado, desde los que dicta la administración hasta los que organiza el propio instituto. No es extraño oír todo eso desde la calle Diamantino García, el cura obrero, símbolo de la lucha jornalera en Andalucía. Profesora combativa, sindicalista de USTEA, dice también Ana que cuando llegó aquí, hace ya siete años, supo que era su lugar: «No sabría trabajar en otro centro».

La profesora Ana Fernández. cedida por la entrevistada
La profesora Ana Fernández. Cedida por la entrevistada

Las cosas han cambiado desde entonces. Y, desde su punto de vista, hay varios factores que han influido en la derechización de la sociedad y de la juventud en particular: por un lado, las redes sociales y la consecuente expansión de los bulos de la mano de pseudoperiodistas; y, por otro, y asociado a lo anterior, el consumo rápido de información –o desinformación–, que no les permite pensar. «De ese modo –analiza Fernández–, la ultraderecha les mete la información errónea, es la línea de actuación por la que está entrando en este grupo que, como decíamos, es fácil de convencer. Disfrazan sus mensajes con humor, con memes, con estrategias que casan con su perfil adolescente, ridiculizan el feminismo, el cambio climático… Simplifican problemas complejos y ofrecen culpables, que es todo lo que viene de fuera. ¿Y qué hacen los jóvenes? Pues pensar que les toca ser jóvenes, ser rebeldes y esa rebeldía ahora se manifiesta yendo en contra de los derechos humanos». Hasta tal punto, asegura esta profesora, que el discurso de odio se normaliza: «Y te dicen: ‘Maestra, yo no soy racista, pero…’. Ya no es que no te dé vergüenza decir que eres racista, es que hay orgullo al decirlo». 

En este contexto, Fernández menciona otro factor importante: el profesorado. «Hay docentes que optan por no participar en determinadas iniciativas, como las actividades del 25-N o la defensa de los derechos LGTBIQ+ por motivos personales». Ella enmarca esta situación en un contexto más amplio en el que la defensa de los derechos humanos tiende a abordarse «desde posiciones diversas, tanto en el ámbito educativo como institucional».

Desmontar las mentiras

En el aula, mientras tanto, «hay que explicar conceptos básicos, como que el feminismo no es igual que el machismo, qué significa una dictadura, qué pasó realmente con Franco… Porque se les desdibuja dónde está el límite entre lo aceptable y lo que no se puede aceptar, se blanquean discursos extremistas y se les inculca la idea de que no se puede hablar, que esto es una dictadura. Muchos alumnos, además, creen que las mujeres tenemos más derechos que ellos». Según el informe Juventud en España 2024, publicado por el Ministerio de Juventud e Infancia el pasado verano, el 23% de los chicos considera que la violencia de género es un invento ideológico. La cifra es casi el doble que en 2019 y, además, aumenta del 6% al 13% en el caso de las chicas.

¿Cómo se combate todo esto? La docente del IES Jacarandá explica actuaciones que parten de una base: desmontar las mentiras. «Tratamos de echar abajo las fake news, los bulos, todos los engaños generados con la IA», insiste Fernández, que destaca unas jornadas de orientación profesional y académica: «Porque ahora quieren ser influencers o futbolistas, llevar un Jaguar, zapatillas Dior. Y cuando les dices ‘bueno, no está mal, pero hay que estudiar’, ellos te responden: ‘Pero, ¿para qué, maestra? Si el tipo que sigo ¡no ha terminado la ESO y factura millones y no tiene que pagar impuestos, maestra!’».

No obstante, lo más importante, aclara la docente, es crear espacios de diálogo, donde se puedan expresar sin ser ridiculizados ni atacados, que sientan que los proyectos son suyos: «Hay que tener mucha calma, yo he aprendido a escuchar barbaridades, que debes desmontar después con tono conciliador». El lenguaje es clave. «La semana próxima iremos a un curso a Ámsterdam sobre la potenciación y la reivindicación del lenguaje democrático», explica. En el instituto también están preparando estos días unas jornadas filosóficas, en las que se plantean varios temas controvertidos para poder argumentar y reflexionar: «Lo preparan mis compañeros Mariló y Luis, dos cracks, y se pretende generar el pensamiento crítico. ¿Es lo mismo opinar que desinformar? ¿Somos libres o vamos detrás de un algoritmo? ¿Es responsable compartir bulos?».

Ahora sí va espóiler. Diez años después de los primeros tintineos de luces en la casa de Winona Ryder, su hijo Will consigue dominar a Vecna con algo muy sencillo y muy complicado a la vez: la superación de su propio miedo, en este caso, el miedo al rechazo por ser homosexual. Solo cuando Will se arma de valor y comprueba que es libre siendo él mismo y que sus amigos lo quieren de la misma manera; solo cuando los niños de It se liberan de sus traumas ya mayores, el monstruo, el payaso, el mal, se esfuma. «Estamos en eso, en acabar con los miedos, el miedo que da ver este ambiente de odio, y tirar para adelante», concluye la profesora.   

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¡Vaya hostia! El 8-F de Aragón en 9 claves

Por: Antonio Avendaño

1. El gol del honor

“¡Vaya hostia!”. Es lo que le salió del alma herida a Susana Díaz Pacheco aquella aciaga noche de 2017 en que perdió ante Pedro Sánchez las primarias del partido. Lo mismo podría haber dicho anoche la exministra y candidata socialista a la Presidencia de Aragón, Pilar Alegría. Lo mismo, en realidad, podría haber dicho anoche toda la izquierda aragonesa, cuya humillante derrota a manos de las derechas apenas quedó maquillada por esos seis diputados de la Chunta Aragonesista que venían a ser como el gol del honor de las izquierdas al término del que sin duda fue uno de sus peores partidos de la temporada. En casos así en el fútbol, los dueños del equipo suelen echar al entrenador. Con los partidos es más complicado porque el propietario y el entrenador suelen ser la misma persona.

2. Perder ganando, ganar perdiendo

Los datos crudos de las elecciones aragonesas de ayer son estos: el PP suma 26 escaños, aunque pierde dos; el PSOE se queda en los huesos con 18, que son cinco menos que en 2023; Vox engorda hasta lograr 14, el doble que en las anteriores autonómicas; Chunta Aragonesista da también la campanada pasando de tres a seis diputados; Aragón Existe tenía tres y se queda en dos; Izquierda Unida-Sumar conserva el que tenía y Podemos, que ya estaba semidesaparecido, desaparece. La mayoría absoluta son 34 escaños y las derechas suman 40, aunque con sensaciones muy distintas en cada uno de los dos partidos: el PP gana pero pierde y Vox pierde pero gana. Como en Extremadura. 

3. Sudor y tinta

Jorge Azcón no necesitará comprar tinta para recargar la pluma con que firmará su primer decreto como presidente de Aragón: tendrá de sobra con la que le hará sudar Vox. Parafraseando a aquella profesora de danza de la serie Fama, Santiago Abascal ya tiene preparada la frase que le dirá a Alberto Núñez Feijóo la próxima vez que lo vea: “Buscas el poder, pero el poder cuesta; y aquí es donde vas a empezar a pagar… con sudor”. O con tinta. Jorge Azcón en Aragón y María Guardiola en Extremadura adelantaron elecciones siguiendo las órdenes de Génova y el Señor los ha castigado a ambos haciendo mayor su dependencia de la ultraderecha. Sánchez está más débil que ayer, pero ellos también.

4. ¡Muerte al ‘Perro’!

El PP logra su objetivo táctico de debilitar a Pedro Sánchez, pero no su objetivo estratégico de liberarse de Vox. Anoche, los francotiradores de Génova se apresuraron nuevamente a dar por muerto al ‘Perro’, pero el maldito chucho se resiste a morir pese a los dos tiros que ya lleva en la barriga: el tiro extremeño y el tiro aragonés. El tercer disparo será el castellano y el cuarto el andaluz. Demasiado plomo para que el bicho llegue vivo al verano de 2027. Y sin embargo… Sánchez se aparece en las pesadillas de Feijóo como ese personaje de las películas que el espectador da por muerto tras haber recibido varios disparos, pero que en el último momento logra empuñar su arma desde el suelo y descerrajarle a su agresor un tiro certero entre ceja y ceja. En el PP no pueden dejar de preguntarse cuánto plomo hay que meterle al ‘Perro’ para que expire de una maldita vez. 

5. El espectro de Ohio

Como los de Ohio en Estados Unidos, ¿los resultados de Aragón anticipan los de España en las legislativas que el PP querría ver convocadas ya mismo? Todo indica que sí. Difícilmente podrá Sánchez cumplir el calendario prometido de no celebrar elecciones hasta el verano de 2027. Cuando el mes que viene se abran las urnas en Castilla y León y de nuevo las izquierdas muerdan el polvo, ¿acaso los presidentes autonómicos y alcaldes socialistas no redoblarán la presión sobre Ferraz para que haga coincidir las generales con las andaluzas de junio de este año? A la ministra y candidata María Jesús Montero le vendría bien. No querrá ser una Pilar Alegría 2: en unas autonómicas en solitario la participación será baja y la factura de esa abstención la pagarán las izquierdas. 

6. El hombre del tren

Lo bueno de la coincidencia de generales y andaluzas es que haría subir sensiblemente la participación y mejoraría las expectativas del voto progresista. Lo malo, que muy probablemente PP y Vox sí lograrían esta vez la mayoría absoluta del Congreso que acariciaron en 2023. Por eso parece poco probable que Sánchez adelante los comicios: porque ningún gobernante, y mucho menos él, lo hace si cree que va a perderlos. Y porque el presidente sigue confiando en el efecto movilizador de la pinza gobernante PP-Vox en un electorado de izquierdas que a lo largo de este 2026 iría viendo los temibles efectos de la irrupción ultra, ya sea en los programas de gobierno, ya sea en los gobiernos mismos. ¿Le saldrá la jugada, como ya le salió en julio de 2023? Veremos. No es probable. Sánchez se asemeja al fugitivo al que sus enemigos rastrean dentro del tren donde viajan perseguidores y perseguido. Sánchez pasa de vagón en vagón dejando atrás a sus acosadores, pero el número de coches que tiene el tren es limitado: vagón Extremadura, vagón Aragón, vagón Castilla y León, vagón Andalucía. Estación término: España.

7. ¿Quién refuerza a Vox?

Se acusan mutuamente socialistas y populares de reforzar a Vox con sus estrategias de desgaste, al precio que sea, del adversario. No parece que tengan razón ni el uno ni el otro, salvo en el sentido de que la erosión de la institucionalidad y la centralidad que ambos practican al demonizar sistemáticamente al otro favorece el crecimiento de formaciones antisistema como la de Abascal. Lo malo, lo peor del ascenso de Vox es que parece producirse por generación espontánea: sus votos crecen en el electorado como las setas en el bosque cuando caen cuatro gotas. Los ultras crecen en España, en Francia, en Alemania, en Italia, en Hungría, en Holanda, en Dinamarca, en Noruega, en Chile, en Argentina, en Estados Unidos… Se diría que son imparables. Nadie sabe muy bien qué diablos hacer para frenarlos. ¿Un cordón sanitario? ¿Un pacto de no agresión o incluso de colaboración de PP y PSOE? ¿Génova y Ferraz firmando la paz? Imposible tal entendimiento entre quienes están embelesados contemplando las tempestades provocadas por los vientos que tan irresponsablemente han sembrado durante años. 

8. Ideas y emociones

Es cierto que la Chunta ha salvado el honor de las izquierdas no socialistas, pero los partidos no viven de honor sino de votos. Los partidos han nacido para gobernar, no para ponerse estupendos. Y los votos no dejan de menguar debido a la proverbial división que reina en esa franja ideológica que la demoscopia cifra en torno a un 15% del electorado. Lo paradójico de tal división es que sus causas son más personales que propiamente ideológicas: si milagrosamente mañana desaparecieran de la escena pública Yolanda Díaz, Mónica García, Ione Belarra, Irene Montero o Pablo Iglesias, quizá sería posible armar un Podemos de nuevo unificado, pues en rigor no hay diferencias ideológicas significativas entre Sumar y los morados; no los dividen las ideas, los dividen las emociones: la ira, el resentimiento, la soberbia, el afán de revancha…

9. Dos en uno

El PSOE no tiene, ciertamente, los problemas de la otra izquierda. Aparece como un partido unido, pero su cohesión está en gran medida sustentada en el hecho de estar gobernando. El día que Pedro caiga habrá lío interno, como, por otra parte, siempre lo ha habido cuando el líder ha dejado de ser presidente del Gobierno. Hoy, la contestación interna en el PSOE es casi anecdótica, se diría que orgánicamente inviable. ¿Despertará esa contestación si Feijóo llega a la Moncloa? A principios de los 90 el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra entró en crisis: Felipe se ocupaba del Gobierno y Alfonso del partido, pero aquel tándem se quebró tras una década de Gobierno. Hoy no cabe quiebra alguna porque Pedro Sánchez es a la vez Guerra y González, manda en el partido y manda en el Gobierno. Inimaginable un Pedro enemistándose con Sánchez o un Sánchez rompiendo con Pedro. En Aragón no ha perdido su ministra, ha perdido él. 

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Elecciones en Aragón: el PP vuelve a ganar, Vox se crece y el PSOE cae con fuerza

Por: La Marea

No ha habido sorpresas en la urnas. El PP ha vuelto a ganar las elecciones de Aragón y necesitará otra vez el apoyo de Vox para gobernar. La diferencia ahora, con respecto a 2023, es que el PP, más debilitado, tendrá que lidiar con un Vox más fortalecido. Tanto, que el partido de ultraderecha ha doblado sus resultados de hace tres años. La otra gran diferencia es el estado del PSOE, que ha perdido aún más fuerza de la que ya perdió entonces y baja a los niveles de 2015.

Con el 98,6% escrutado, el PP ha obtenido 26 escaños, dos menos que en 2023; el PSOE se queda en 18, cinco menos que hace tres años; Vox gana siete diputados y escala hasta los 14; Chunta Aragonesista (CHA) también dobla: de tres a seis escaños.

Teruel Existe ha perdido uno de sus tres diputados; y IU-Movimiento Sumar mantendrá el escaño que tiene. Podemos-Alianza Verde y el PAR se quedan sin el único diputado que tenían. Y Se Acabó La Fiesta, que era la primera vez que se presentaba, no ha obtenido representación.

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Costa Rica: la continuidad del cambio

Por: Arantxa Tirado

En el año 2005, trabajaba como joven investigadora del Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya. Escribí un artículo, Costa Rica, tan lejos de Suiza, tan cerca de Centroamérica, sobre los casos de corrupción que salpicaban a varios exmandatarios costarricenses, reflexionando sobre cómo Costa Rica había construido, no sin cierto sentimiento de superioridad, una imagen nacional basada en las diferencias culturales y políticas respecto a sus vecinos del istmo que se estaba desmoronando en los últimos años. El título tenía su dosis de provocación y así fue. Un sociólogo costarricense envió una réplica a mi centro de trabajo, con la solicitud de ser publicada, Costa Rica, cerca de Centroamérica y de la Europa del bienestar, destacando la capacidad de las instituciones de su país para enfrentar la crisis y lo injusto que era, por mi parte, no valorar esa fortaleza institucional. 

Pero la causa exclusiva de la crisis de principios de los 2000 era más profunda y no se circunscribía a los casos de corrupción. Se vivía ya una transformación del pacto fundacional de la nación, posterior a la guerra de 1948, según el cual el Estado propiciaría la movilidad económica y la estabilidad social a través de unas potentes políticas sociales. Gracias a este acuerdo de las élites políticas, la sociedad costarricense mantuvo durante décadas unos estándares de vida superiores a la media centroamericana, además de gozar de relativa paz social en un contexto regional de revoluciones, lucha armada y contrainsurgencia estadounidense. Se acuñó el mito de la “Suiza centroamericana”, un supuesto oasis que, en realidad, era un espejismo detrás del cual se escondía la desigualdad, la pobreza y una represión a la disidencia más sutil pero no menos efectiva. La izquierda, fuera de la socialdemocracia gobernante, era minoritaria y Costa Rica se alineaba claramente con EE. UU. en tiempos de la Guerra Fría.

Sin embargo, los años noventa y sus políticas de ajuste afectaron a Costa Rica, como al resto de países de América Latina y el Caribe, iniciando la penetración de las políticas neoliberales. El país se movilizó en contra del intento de privatización en 2001 del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), que consiguió frenarse, y también contra el Tratado de Libre Comercio (TLC) con EE. UU., que, este sí, entrará en vigor en 2009, después de un referéndum nacional en 2007 que lo aprobó con el 51,22% de los votos.

La introducción de la agenda neoliberal produjo el descrédito del liderazgo político que se tradujo en un cambio en el sistema de partidos costarricense. La implosión del bipartidismo o, a decir de otros, del hegemónico Partido Liberación Nacional (PLN), de tinte socialdemócrata, aunque cómplice del desmontaje del Estado social, dio lugar al surgimiento de nuevas fuerzas políticas que trataron de canalizar el descontento, bajo el liderazgo de exmiembros del PLN, como el centrista Partido Acción Ciudadana (PAC). 

Ese fue el caso de Luis Guillermo Solís, politólogo, profesor e investigador, que ganó las elecciones presidenciales con el PAC en 2014, después de una primera vuelta en que la izquierda del Frente Amplio (FA) alcanzó más del 17% de los votos, un hecho inédito en la historia de este moderado país. A Solís le siguió otro gobierno del PAC, encabezado por Carlos Alvarado, quien disputó la segunda ronda a un partido evangélico que obtuvo el 24% de los votos. La fragmentación partidaria llegó a la Asamblea Legislativa.  

Alvarado y el PAC, que pretendían ser gobiernos de ruptura, no lograron contener el avance de la desigualdad. Algunas de las medidas fiscales que tomaron después de 2018 tampoco ayudaron a mejorar la situación y acabaron generando rechazo. La pandemia agravó la situación. La aprobación de una “ley anti-huelgas” en 2020 dejó claros los límites para canalizar las demandas sociales. El incumplimiento de la promesa democrática sobre la que se erigió la Segunda República costarricense era un hecho y dejó el camino allanado para la emergencia de nuevos liderazgos, como el de Rodrigo Chaves. Un personaje que se presentaba como outsider a pesar de haber sido ministro de Hacienda en la administración Alvarado y ser, además, un exfuncionario de carrera del Banco Mundial, con 27 años de servicio a sus espaldas y varias denuncias de acoso sexual. 

Ello no fue óbice para que Chaves fuera el hombre capaz de presentarse como la solución al descontento. Ganó en 2022 frente a un candidato del PLN, el expresidente José María Figueres Olsen, protagonista de uno de los escándalos de corrupción que relataba en mi artículo de 2005. Chaves ha gobernado estos cuatro años con niveles de popularidad superiores al 60%. Su retórica de mano dura contra la delincuencia contrasta con el hecho de que durante su mandato el narcotráfico ha podido penetrar en Costa Rica como nunca. Si su modelo político es El Salvador de Nayib Bukele, de quien ha copiado la idea de crear una mega cárcel en la que encerrar a los delincuentes, un discurso que cala a medida que los índices de criminalidad se multiplican, su modelo económico es la Argentina de Javier Milei. De hecho, el también economista Chaves ha logrado subsumir bajo su liderazgo a los libertarios costarricenses, es decir, a los representantes del supuesto “anarcocapitalismo”.

Sus detractores destacan sus ataques al resto de poderes del Estado desde el Ejecutivo, su persecución a la oposición política desde el Gobierno, la confrontación con los medios y el victimismo constante que, sin embargo, ha acrecentado sus apoyos y reforzado un perfil antisistema que no es tal. Chaves no necesita ser coherente entre lo que dice y lo que hace. Tiene un discurso y unas prácticas que lo alinean con las extremas derechas continentales y mundiales, aunque con características ticas. También en su caso ha contado con un ecosistema de medios favorables en las redes sociales cuya financiación se desconoce. 

Chaves ha gozado del apoyo de los EE. UU. de Trump para que Costa Rica siga siendo el fiel aliado estadounidense en Centroamérica que siempre fue, reforzando una agenda compartida de securitización de las migraciones y de combate selectivo al crimen organizado que apuntala las alianzas geopolíticas de Washington en un momento de rearticulación hemisférica estadounidense. Un respaldo que seguirá teniendo, sin duda, la próxima presidenta, Laura Fernández, elegida este 1 de febrero con más del 48% de los votos, quien se convertirá en la segunda mujer mandataria. Fernández, joven politóloga, ha sido la candidata del Partido Pueblo Soberano (PPS) ante la imposibilidad de la reelección inmediata en el país centroamericano. Ya ha anunciado el inicio de una Tercera República y la “continuidad del cambio” que, en su caso, supone una profundización de las líneas establecidas por su antecesor y mentor, Rodrigo Chaves. 

Para acometer algunos de los cambios, que podrían requerir modificaciones constitucionales, el PPS de Fernández cuenta con 31 de los 38 diputados necesarios para lograr la mayoría de dos tercios sobre los 57 diputados de la Asamblea Legislativa. La mayoría simple de 29 diputados ya la tiene. Entre las propuestas que prevén algunos analistas está la aprobación de la reelección presidencial, la venta del Banco Central de Costa Rica, el desfinanciamiento del Estado o la redacción de una nueva Constitución. 

Pero, más allá de especulaciones, lo que sí le tocará a esta nueva bancada es renovar a la mitad de los miembros de la Corte Suprema de Justicia, con afectaciones en la Sala Tercera y la Sala de Casación Penal encargada del combate a la corrupción y el narcotráfico. Esta renovación afecta asimismo a áreas como la Sala Constitucional, que en Costa Rica depende del Poder Judicial, la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo de Elecciones y la Policía Judicial. Por ello, varios expresidentes han mostrado su preocupación ante lo que ven como un “riesgo para la democracia”

No obstante, la evolución de la política costarricense en las últimas décadas, las transformaciones de su sociedad y los impactos económicos experimentados por las políticas neoliberales de las administraciones precedentes, así como la presencia creciente de una realidad desconocida como el narcotráfico, demuestran que Costa Rica no es inmune a las problemáticas que asolan Centroamérica y América Latina en general. Tampoco a las corrientes ideológicas que parecen imponerse en el mundo. Y no está claro que la fortaleza de sus instituciones vaya a resistir la arremetida.

Pero el respaldo a la “continuidad del cambio” en estas elecciones deja otro elemento para la reflexión, quizás menos evidente pero más acuciante, que apunta a una erosión de las promesas y los consensos democráticos que vendría de lejos. Aquí radica hoy, como antes, el origen de los problemas que enfrenta Costa Rica. La revisión pormenorizada de los resultados de votación por cantones –unidades administrativas– muestra que los cantones con peor índice de desarrollo han votado mayoritariamente por Fernández, en porcentajes superiores al 60% en muchos casos. Lo lógica inversa se encuentra en los cantones con mejor índice de desarrollo. La desigualdad se expresa en las preferencias electorales y en la búsqueda de soluciones.

Como en otras latitudes, cuando la democracia liberal no logra satisfacer las condiciones materiales de vida de la gente, la frustración puede ser canalizada por quienes dicen venir a mejorar los problemas pero, en realidad, no son más que oportunistas defensores del mismo sistema económico capitalista que está en la base de la generación de pobreza y desigualdad. En este sentido, lo que está pasando en Costa Rica no es más que parte de un fenómeno ya visto en otros escenarios que, dadas las características de la historia política costarricense, se puede interpretar como altamente excepcional, aunque no lo sea tanto. Estamos ante un caso más de víctimas votando a sus verdugos en una espiral de autodestrucción que está llevando a la humanidad a la barbarie colectiva. 

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¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Por: La Marea

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Mientras cerrábamos el número 110 de la revista de La Marea, la policía migratoria de Donald Trump tiroteó al enfermero Alex Pretti en Minneapolis. Unos días antes, el ICE había matado ya a Renée Good. Las acciones del presidente de EE. UU. y la inacción de la comunidad internacional están dejando sin palabras a una sociedad que, paradójicamente, mira cada vez más a los líderes ultras. Lo hemos visto en Chile recientemente o, más cerca aún, en Portugal. En España, Ayuso se mueve con soltura y las encuestas pronostican también una amplia subida de Vox. Lo peor es que no es nuevo –ya buscamos en estas mismas páginas hace diez años antídotos de izquierdas–. Y lo aún peor es que va a más.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Ahí tenemos siempre al Carnaval de Cádiz cantando las mejores crónicas: «Mamá, perdóname, pero yo de mayor quiero ser un fascista». En el dossier de nuestra última revista (con portada de Candela Sierra, premio Nacional de Cómic 2025) tratamos de dar respuesta a todas estas cuestiones, qué lleva a la clase obrera a votar políticas en contra de sus propios intereses. ¿Por qué hay cada vez más obreros de derechas o, como dice el pasodoble de Los hijos de Cádiz, más fascistas modernos? Por un lado, en un reportaje firmado por Guillermo Martínez, contamos con los testimonios de trabajadores y trabajadoras forjados en la izquierda que han terminado virando su voto en los últimos tiempos hacia opciones como Vox. Y, por otro, con entrevistas y análisis de especialistas (Pablo Batalla, Patricia Simón, Sebastiaan Faber, Olivia Carballar, Jorge Dioni López, Barbara Celis, Antonio Avendaño…) que interpretan las causas más profundas del contexto global en el que estamos inmersos. La conciencia de clase ya no es un factor clave en la elección del voto, avisan. Y ridiculizarlos tampoco es la solución.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y además…

En este número también nos hemos desplazado a la frontera entre Venezuela y Colombia para tomar el pulso a la doctrina Donroe, ese nuevo viejo orden impuesto desde la Casa Blanca y que sitúa a América Latina, con ánimos redoblados, como su «patio trasero».

Entrevistamos a Hernán Zin, cineasta y reportero con 20 años de experiencia en conflictos armados. Su última película, nominada al Goya, es el documental Todos somos Gaza. Es la segunda parte de Nacido en Gaza (2014) y en ella sigue los pasos, en mitad del genocidio, de tres de los niños (ya adultos) que aparecían en la primera entrega.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Fieles a nuestra agenda, seguimos cerca del Sáhara Occidental. En esta ocasión nos acercamos a una paradójica realidad: alejados de su mar y de uno de los bancos de pesca más importantes del mundo, el pueblo saharaui cría pescado fresco en una piscifactoría situada en mitad del desierto, cerca de los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Sin perder de vista la actualidad, tras el trágico accidente de Adamuz y el de Rodalies en Barcelona, ponemos el foco en el impacto que tiene el cambio climático sobre las infraestructuras dedicadas a la movilidad.

Por su parte, nuestro compañero Eduardo Robaina, coordinador de Climática, nos explica qué es y cómo nos afecta la calima, el polvo en suspensión procedente del desierto. En torno a este fenómeno meteorológico ha publicado un foto-libro con imágenes espectaculares.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y Bob Pop nos presenta a Víctor, alguien verdaderamente fascinante: recoge ropa de la basura y la reutiliza, con un ojo excelente para combinar prendas y un discurso político muy potente contra la moda del usar y tirar.

La Marea 110. Obreros de ultraderecha: ¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Que no falte la cultura

Como siempre, llevamos temas muy interesantes en nuestra sección cultural, El Periscopio, que en esta ocasión cuenta con una preciosa portada diseñada por Sara Betula (sí, ahora que abundan las ilustraciones instantáneas generadas por IA, nosotras seguimos apostando, más que nunca, por las manos humanas).

Entrevistamos a la canadiense Sophie Deraspe, directora de Hasta la montaña, un bucólico alegato contra las prisas y las pantallitas que nos amargan la existencia. Analizamos el papel subalterno de las mujeres en las películas de romanos. Y publicamos fragmentos del diario personal de la artista Marta Cárdenas.

Como veis, la revista de enero-marzo viene cargada de temas actuales, profundos y sugestivos.

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César Rendueles: “La conciencia de clase se construye colectivamente”

Por: Guillermo Martínez

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Primero le preguntaron los ingresos aproximados de su hogar. Después, a qué clase social creía pertenecer. La periodista Noelia Ramírez respondió: a la clase trabajadora. “Lo dije dubitativa, añadiendo ‘de la cultura’ como si eso justificase por qué me metía en ese saco”, escribió en Nadie me esperaba aquí. Apuntes sobre el desclasamiento (Anagrama, 2025).

No es la única que duda sobre su clase social. En el barómetro del CIS de octubre de este año, el 0,3% de las personas encuestadas respondieron de manera espontánea que eran “proletarios”. El 14,6% acabó encuadrado en la clase trabajadora, mientras que a la clase media-media se apuntó el 37,8%. En el mismo mes de 2024, el 10,5% de los encuestados dijo pertenecer a la clase trabajadora, y la clase media-media se quedó en el 40,8%. Un 0% de las personas respondieron que pertenecían al proletariado.

El sociólogo César Rendueles, integrante del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aborda en estas líneas cómo la idea de conciencia de clase a veces ha tenido una dimensión intelectualista que, dice, “es un poco falsa y sobre todo bastante inútil políticamente”.

¿Por qué cree que sucede esto?

En ocasiones, la conciencia de clase se entiende como una especie de hermanamiento de las relaciones de producción con nuestra cabeza, como si fuera un rayo mágico que nos hace ver la realidad social que provocan las relaciones de producción, y pensamos que quien no siente ese rayo mágico es torpe, tonto o está alineado, pero eso no es así.

¿Cómo se construye entonces la conciencia de clase?

Es algo que se construye colectivamente y que requiere de mediadores institucionales. Tradicionalmente, han sido los sindicatos de clase los que de alguna forma construían esa conciencia. Del mismo modo, tiene que ver con la sensibilidad de cada uno, sus afectos, sensaciones, proceso de socialización… Y eso se ve en los centros de trabajo, pero también en relaciones dentro del barrio o de la familia.

La desaparición de este tipo de mediadores ha hecho que la conciencia de clase cambie. De ahí que aumente tanto la gente que responde que pertenece a la clase media. Cuando ha desaparecido el entramado de socialización que te permitía adscribirte a una clase u otra, la gente busca algo que evita el compromiso, lo neutro.

La gente no se identifica como proletaria, pero tampoco como clase alta.

Si le preguntan al 5% de personas que más dinero ganan en España, que no es tanto dinero, no son los súper ricos, la mayor parte de ellos dirían que son clase media, y si tienen una idea más cabal de la estructura de rentas española, dirían media-alta. No es que el proletariado haya desaparecido, es que se han descompuesto esas mediaciones colectivas que generaban el campo sociológico y político proclive a la creación de la conciencia de clase.

¿Cómo se podría volver a vertebrar esa conciencia?

La pérdida de la conciencia de clase ha sido un proceso muy largo, de décadas, y que tiene que ver con una batalla perdida. Nos han derrotado en ese campo. Solo lo conseguiremos revertir si articulamos nuevos actores colectivos que estructuren ese campo de estrategia política. Si no, la conciencia de clase no aparecerá por arte de magia.

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La izquierda en Aragón: negociando como nunca, separados como siempre

Por: Óscar F. Civieta

Dicen que Aragón es tierra de pactos. De ello se enorgullecen habitualmente los políticos y las políticas de ese lugar. Allí, por ejemplo, se fraguó en 2019 una entente que se antoja antinatura, con el PSOE, Podemos, Chunta Aragonesista (CHA) y el Partido Aragonés (PAR), al frente del primer gobierno cuatripartito en la historia de la comunidad. 

Sin embargo, esa facilidad para el acuerdo postelectoral transmuta en incapacidad en la izquierda (a la izquierda del PSOE) en los periodos preelectorales, cuando hay que decidir las siglas y los nombres que concurrirán a los comicios. Los de 2026 no serán una excepción, a pesar de que desde Podemos e IU (la opción de que CHA también se integrara en una candidatura unitaria siempre estuvo lejos) aseguran que nunca han estado tan cerca. 

El efecto de este nuevo desacuerdo es incierto, aunque los antecedentes más cercanos no invitan al optimismo. En las últimas elecciones municipales en Huesca, la dispersión fue máxima, ya que se presentaron cuatro candidaturas de izquierdas y todas recabaron (por muy poco) menos del porcentaje mínimo de apoyos que hay que recibir para obtener representación, que en las elecciones a los ayuntamientos se establece en el 5%: Podemos (4,68%), Cambiar Huesca (4,47%), CHA (4,43%) y EQUO (4,3%). Resultado: gobierno en solitario del PP, que obtuvo 12 concejales. El Pleno se completó con los 10 del PSOE y tres de VOX. 

Ni aquella estruendosa llamada de atención ni el hecho de que las encuestas para las elecciones del 8 de febrero de 2026 barrunten subidas del PP y, sobre todo, del partido de ultraderecha de Abascal, además de una caída del PSOE (con la exportavoz del Gobierno central Pilar Alegría al frente), han hecho sonar la alerta a la hora de pergeñar las listas electorales: tres opciones a la izquierda del PSOE estarán en las papeletas: CHA, Podemos e IU-Sumar

¿Qué pasó en otras elecciones autonómicas?

La realidad es que esta discordia no es noticia, y no solo porque sea una impronta histórica de la izquierda española, sino porque en Aragón nunca ha habido unión en esa izquierda alternativa. A pesar de ello, esta sí ha sido capaz de gobernar. 

En 2015, la unidad era una utopía. Era el momento de Podemos y, lógicamente, no estaban dispuestos a perder ni un ápice de visibilidad y protagonismo. Las urnas les dieron la razón: los morados (con Pablo Echenique como candidato a la Presidencia) lograron 137.325 votos, que les otorgaron 14 escaños. CHA consiguió dos (30.618 votos) e Izquierda Unida se quedó con uno (28.184 votos). En total, 196.127 votos. El socialista Javier Lambán se convirtió en presidente, con el apoyo de Podemos, CHA e IU, aunque solo los aragonesistas entraron en el Gobierno con una consejería.

Cuatro años más tarde, el gran problema –grosso modo– estuvo en los puestos que ocuparía cada partido en las listas. Finalmente, aquellos comicios estuvieron marcados por el descalabro de Podemos, que perdió más del 50% de los votos: recibieron 54.252 (cinco escaños). CHA subió hasta los 41.879 (tres) e IU descendió a 22.229 (uno). En total, 118.360 votos (-39,6% respecto a 2015). De nuevo, Lambán consiguió ser investido, con el apoyo de Podemos (que esta vez sí entró en el Ejecutivo), CHA (que repitió con una consejería), el PAR (que se hizo con la Vicepresidencia y la cartera de Industria) e IU (que se siguió quedando fuera).

Y en 2023 la fricción preelectoral advino por el enfoque que había que darle a la campaña: Podemos pretendía basarla en su buena gestión durante el gobierno de coalición con el PSOE, e IU quería marcar distancia. Los morados continuaron en caída libre: 26.923 votos y un escaño. CHA se quedó con 34.163 (tres asientos) e IU mantuvo su escaño, aunque perdió votos (20.959). La suma fue 82.045 votos (-58,2% sobre los resultados de 2015).

Las ‘reuniones’ entre la izquierda

Con las encuestas a favor, la imposibilidad de sacar adelante los presupuestos generales fue la excusa perfecta para que el presidente de Aragón, Jorge Azcón, anunciara un adelanto electoral para el próximo 8 de febrero. Otra vez, planeaba la idea de que hubiera unidad a la izquierda del PSOE. Como era de prever, esta no ha llegado.

Los hechos confirmados por las fuentes de los tres partidos con las que ha hablado La Marea son: entre CHA y Podemos solo ha habido conversaciones telefónicas; CHA e IU llegaron a sentarse; Podemos e IU lo intentaron hasta el último momento, y no ha habido ninguna reunión a tres bandas. Partiendo de lo anterior, lo que varía es la visión de cada una de las formaciones acerca de cómo se condujeron esas negociaciones y quién puso más (o menos) para lograr la unidad.

En Chunta Aragonesista (CHA) reiteran que querían una reunión con todos los partidos, en la que cada uno planteara sus condiciones. Lo consideraban (obviamente) un punto de partida imprescindible para la unidad, pero la realidad es que los aragonesistas nunca propusieron de manera oficial que se produjera ese encuentro.

Deslizan (y critican) injerencias y vetos estatales por parte de Podemos, tanto a CHA como a Sumar (que surge como una pieza distorsionadora del posible puzle, por la negativa de los morados a compartir ningún tipo de espacio con ellos). «Si era una candidatura de coalición, tenía que ser de todas las fuerzas políticas y sin mandatos desde Madrid, que es lo que ha pasado», aseguran fuentes de la formación nacionalista. 

Se da la circunstancia, de que el candidato de CHA a la Presidencia de Aragón, Jorge Pueyo, es actual diputado por Sumar en el Congreso de los Diputados. A este respecto, desde Chunta indican que el problema surge cuando Sumar se constituye como partido político: «Era un paraguas y ha dejado de serlo». Sobre cómo puede responder el votante de izquierdas, afirman que tienen una fidelidad de voto muy alta y que no creen que les perjudique el concurrir separados. 

La izquierda en Aragón
De izq. a dcha., Marta de Santos, Ione Belarra, María Goikoetxea (candidata a la presidencia de Aragón), Irene Montero y Juantxo López de Uralde en un acto de campaña de Podemos. PODEMOS

Los (escasos) momentos clave del proceso se corroboran escuchando a Podemos (excepto la mención a Sumar): solo hablaron por teléfono con CHA, y con IU hubo opciones hasta el final. Pero los detalles cambian, puesto que aseveran que los aragonesistas nunca les dieron opción a hablar de nada.

Respecto a IU, afirman que «Podemos era quién más interés tenía en la unidad», que hablaron de la condición programática y que había coincidencia en muchos puntos. Los morados explican que hicieron la última oferta a IU el mismo día 26 por la mañana, y les acusan de tener ya cerrado un pacto con Sumar mientras seguían negociando con ellos

¿Les castigará el electorado? Reconocen que siempre hay miedo a que eso suceda, pero que los y las votantes son lo suficientemente inteligentes como para entender el momento crucial que se está viviendo y que el verdadero enemigo es la extrema derecha.

La izquierda en Aragón
Candidatos y candidatas de IU en las próximas elecciones autonómicas de Aragón. IZQUIERDA UNIDA

IU y CHA sí llegaron a sentarse, aunque parece que con pocas esperanzas, ya que, como señalan fuentes de IU a este medio, Chunta nunca ha querido unidad en los procesos autonómicos, porque consideran que si van con otras formaciones se diluyen y pierden su identidad. 

A Podemos, detallan, les propusieron un reparto igualitario (50-50) de recursos y visibilidad, pero el problema fue quién lideraba la lista. Confirman esa última oferta del día 26 y la concretan en que los morados ofrecían un 60-40 de recursos a favor de IU, y con su candidata, María Goikoetxea, liderando. En IU lo recibieron como una suerte de compra de la cabeza de lista y lo rechazaron. Reconocen también que tenían un pacto con Sumar, pero con una salvedad: este incluía una condición consistente en que, si alcanzaban un acuerdo con Podemos, cancelaban el que habían cerrado con Sumar. 

Como el resto de formaciones, en IU quieren mirar hacia adelante y conseguir que la gente vaya a votar, porque la derecha en Aragón no es tan grande, advierten. En 2023 únicamente subieron dos escaños, «el problema es que perdimos muchos votos por la izquierda».

El futuro

A pesar de este nuevo fiasco en el intento de conseguir la unidad de la izquierda en Aragón, y de que el foco esté puesto en las elecciones del próximo 8 de febrero, en Podemos miran un poco más allá e indican que seguirán trabajando para crear esa unión, y que la nueva dirección del partido en la Comunidad tiene ganas de trabajar y está dispuesta a levantar una izquierda alternativa que le dé certezas a la ciudadanía. 

También son optimistas en Izquierda Unida. Fuentes de esta formación señalan que incluso han visto en CHA una actitud algo más favorable que en otras ocasiones. Para IU ya ha pasado el tiempo de las confluencias y es la hora de las coaliciones, una fórmula que permite mostrar una cara de unidad total al exterior, aunque internamente haya diferencias y una separación de partidos.

En su opinión, se han fijado unas bases para el futuro, respecto al reparto igualitario de recursos o visibilidad, aunque el elefante en la habitación sigue siendo el de siempre: cómo decidir quién lidera la candidatura. Hay que establecer un mecanismo, y en IU creen que ahora están más cerca de lograrlo.

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