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El decrecimiento económico no promete, propone

Por: Nuria

El capitalismo actual necesita de la escasez, haciendo de ella algo intrínsecoEl capitalismo actual necesita de la escasez, haciendo de ella algo intrínseco

Artículo original publicado en ethic.es por Fernando Valladares

«El decrecimiento económico es una oportunidad única y brillante no solo para evitar los escenarios más distópicos en lo social, en lo ambiental y en lo económico, sino para poner la vida en el centro de las decisiones urgentes que debemos ir tomando», afirma Fernando Valladares, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

A una sociedad habituada a considerar el crecimiento en todos los ámbitos y especialmente en el económico como una señal de éxito, se le puede atragantar una apremiante pieza de actualidad: en un planeta finito en el que la humanidad ha rebasado 7 de los 9 límites físicos para su propia seguridad, el decrecimiento en la producción y el consumo es de las pocas cosas de las que podemos estar seguros que van a ocurrir. Nos guste o no, tengamos las opiniones e informaciones que tengamos, el decrecimiento, especialmente en el Norte Global, es solo cuestión de tiempo. Nuestra inteligencia ahora se puede poner al servicio de mantener la ilusión del crecimiento perpetuo o bien al servicio de garantizar el bienestar humano en convivencia con otros seres vivos y en armonía con las leyes de la física y de la química.

En el artículo «La falsa promesa del decrecimiento», Manuel Alejandro Hidalgo defiende que el crecimiento económico es la herramienta más eficaz para el progreso humano, citando la manida reducción de la pobreza extrema del 35% al 8,5% en las últimas décadas. Sin embargo, su propuesta colisiona, ni más ni menos, con los límites planetarios, es decir, con las condiciones físicas, químicas y biológicas para que el ser humano tenga cabida en el planeta. Tanto Hidalgo como un gran número de economistas convencionales afirman que la solución al dilema del crecimiento perpetuo es el «desacoplamiento absoluto», donde la economía crece mientras el consumo de recursos, la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero disminuyen.

Aunque varios países desarrollados han logrado reducir un poco sus emisiones de CO2 mientras sus economías crecen, no lo hacen al ritmo suficiente para mantenerse dentro de los márgenes de seguridad climática. En la mayoría de países y regiones, y durante amplios periodos de tiempo, los crecimientos económicos se acompañan indefectiblemente de un incremento en impactos y emisiones. Algo que la eficiencia y la tecnología, que el crecimiento verde y la circularización de la economía (recordemos que la economía circular no existe) solo logran amortiguar en parte. De hecho, cada vez más científicos de ámbitos tan dispares como la física, las matemáticas, las ingenierías, la filosofía, la antropología, la economía y la sociología cuestionan la posibilidad real de desacoplar del crecimiento económico no solo las emisiones, sino también el uso de materiales, biomasa y agua, al ritmo necesario para no seguir adentrándonos en zona insegura habiendo rebasado ya la mayoría de los límites planetarios.

La humanidad ha rebasado 7 de los 9 límites físicos para su propia seguridad

Es habitual argumentar, como hace Hidalgo, que imponer el decrecimiento es una forma de imponer «colonialismo» y «austeridad ecológica», algo que negaría a los países en desarrollo el acceso a necesidades básicas como el agua potable, la salud y la educación. El error de este argumento radica en entender el decrecimiento como una propuesta que afectaría por igual a todos, cuando las teorías de decrecimiento proponen una reducción planificada para las economías ricas, de forma que se liberara espacio ecológico para el Sur Global. Plantear una distribución equitativa de los recursos parecería ignorar las dificultades de implementación de algo así, dificultades que chocan con los intereses del sector privado y que derivarían en grandes tensiones sociales. Pero, en realidad, al plantear esta equitatividad se pone en evidencia que la continuación del modelo de crecimiento económico actual en naciones opulentas acelera el agotamiento de recursos de los que dependen tanto los países más vulnerables, con lo que las tensiones irían en aumento, como los más ricos, con lo que se aceleraría el colapso de las actividades económicas más atractivas y rentables y del propio sistema capitalista convencional que las impulsa y de las que depende.

Es interesante constatar que el colapso del capitalismo no es una amenaza futura. Ni una leyenda propia de los antisistema. Es una realidad constatada ya, y con gran preocupación, por las principales entidades aseguradores: ante los impactos del cambio climático, el sistema actual de seguros se hace financieramente inviable. Sin el sector seguros, podemos olvidarnos de préstamos e inversiones, la base de nuestro modelo económico. Esta inviabilidad financiera real y presente ya en el mundo bajo el nuevo clima en el que vivimos, con la fractura fundamental del capitalismo que implica, la confesaron los consejeros delegados (CEO) de las compañías aseguradoras más grandes del mundo en una amplia entrevista del periódico The Guardian, publicada el 3 de abril de 2025. Esta entrevista se publicó tan solo dos meses después del escándalo de la cancelación de 90.000 pólizas de seguros del hogar poco antes de los catastróficos incendios de California en enero de 2025. Una cancelación que dejó sin nada a miles de familias y que planteó la necesidad de un debate nacional e internacional sobre la insolvencia del sistema de seguros ante el nuevo clima.

Mientras que ante la implacable realidad ambiental y geopolítica, el capitalismo avanza en lo que viene a llamarse «necroeconomía» (conjunto de prácticas económicas y políticas que generan rentabilidad a partir del dolor, la desgracia, la injusticia o la muerte, incluyendo la manipulación de datos económicos y la mentira política, y que se apoyan en herramientas como los cat bonds o bonos catástrofe), el decrecimiento plantea una alternativa luminosa, aunque difícil de implementar por las inercias y los conflictos de interés.

El capitalismo actual necesita de la escasez, haciendo de ella algo intrínseco

Inquieta a muchos que hacer hincapié en el decrecimiento institucionalizaría la escasez, alimentando movimientos populistas y regímenes autoritarios. Para la economía convencional, el crecimiento es la única forma de evitar el conflicto social al no tener que repartir la riqueza económica global. En primer lugar, esta riqueza global se apoya en la ficción del dinero como préstamo con interés y no basado en riqueza real. Algo que impulsa la degradación ambiental por sí mismo y que constantemente empuja ciclos de profunda inflación y crisis económica. En segundo lugar, esta riqueza está cada día más amenazada por la sobreexplotación, la contaminación y el cambio climático. Por lo tanto, el conflicto que se busca evitar es inevitable, especialmente a medida que nos acercamos a un colapso de los sistemas naturales. De hecho, el conflicto, bajo el modelo extractivista actual, tiende a crecer y las perspectivas son aciagas. Basta con leer el informe anual del Foro Económico Mundial sobre las amenazas a la economía.

El riesgo en la gestión de la contracción económica ha sido muy estudiado y siempre se han desarrollado soluciones concretas para resolverlo coyuntural y no estructuralmente. Pero además de esta dificultad práctica para resolver esas contracciones «que acontecen», dentro del sistema económico imperante se ignoran o minimizan los riesgos de inestabilidad social y también económica derivados de unas crisis ambientales que son cada vez más extremas. El decrecimiento económico no solo no trae escasez, sino que es un modelo diseñado para reducirla. Por el contrario, el capitalismo actual necesita de la escasez haciendo de ella algo intrínseco. Los 12 millones de personas que mueren de hambre son necesarios para el funcionamiento de un sistema alimentario global basado en este modelo, no son una disfunción del mismo, como nos gustaría (y tranquilizaría) a todos creer. El decrecimiento económico promueve la abundancia radical, ya que abre la oportunidad para que abunden convenios, seguros y garantías que permitan consolidar los derechos humanos en cada vez más regiones del planeta. Mientras el capitalismo requiere de la incertidumbre, la desconfianza, la inseguridad, el individualismo, el unilateralismo, la competencia y el conflicto, el decrecimiento económico propone un marco para reducir todo esto en aras de la solidaridad, la confianza y la colaboración.

También inquieta mucho que el decrecimiento pueda desincentivar la innovación y la inversión en I+D al contraer los mercados. Esta inquietud se apoya en la idea de que la innovación solo puede prosperar en un entorno de expansión de mercado. Esta inquietud se desvanece cuando la innovación se reorienta y, en lugar de trabajar en la eficiencia para producir más (lo que a menudo lleva al efecto rebote o paradoja de Jevons), se enfoca en la suficiencia y la regeneración. Este enfoque fortalece la creación de empleo y permite crecer en numerosos ejes sociales que no tienen huella ecológica.

La propuesta de un crecimiento inteligente y sostenible suena bien, pero depende enteramente de la fe en la tecnología para resolver la contradicción entre un sistema económico infinito y un planeta con límites físicos finitos. Se trata de una contradicción que nadie termina de resolver sin recurrir a la promesa, aquí si que hablamos de promesa, de un desacoplamiento total. El artículo de Hidalgo se apoya en la visión tradicional de que el crecimiento es la única vía para el progreso, pero la literatura científica actual sugiere justo lo contrario.

El análisis histórico y la simulación matemática de distintos escenarios socioeconómicos revela que el capitalismo perpetúa la desigualdad imperial, juega «sucio» con la ciencia de las emisiones al confiar en tecnologías no probadas y subestima el deseo de la población de transitar hacia un sistema que priorice el bienestar de la sociedad sobre la riqueza de las élites, y la integridad del ecosistema sobre el PIB. Cuando se habla de falta de aceptación del modelo de decrecimiento económico no se tiene en cuenta la realidad que muestran las encuestas: aunque el nombre no despierta apoyo, cuando el decrecimiento se presenta como una propuesta completa (sin ceñirse a la etiqueta), el 72% de la población en países consumistas como Estados Unidos y el 82% en países europeos como el Reino Unido la apoyan. Existe la tendencia a equiparar el decrecimiento con una recesión prolongada o una crisis económica no planificada. Mientras que una recesión en el capitalismo es desastrosa y genera desempleo, el decrecimiento se propone como una transformación democrática y planificada para mejorar el bienestar reduciendo solo la producción no esencial.

El rechazo inicial a la palabra decrecimiento parece basarse en prejuicios y en impresiones superficiales, como la del miedo a perder el empleo o a que disminuyan los ingresos. Una vez que la población comprende los principios de bienestar y servicios públicos universales asociados al decrecimiento, así como la sostenibilidad a largo plazo del modelo frente a la inestabilidad creciente del capitalismo, el apoyo se mantiene alto, lo que sugiere que la propuesta decrecentista tiene potencial para ser adoptada democráticamente.

El decrecimiento económico no promete, propone. El aval histórico del economista y matemático Nicholas Georgescu-Roegen y el filósofo francés Serge Latouche, al que se han ido uniendo otros como los filósofos Kohei Saito y Jorge Riechmann, los economistas Joan Martínez Alier y José Manuel Naredo, el ingeniero Miguel Valencia y numerosos científicos de la talla de Jason Hickel, Giorgos Kallis, Tim Jackson, Peter A. Victor, Kate Raworth, Juliet Schor, Julia K. Steinberger, Diana Ürge-Vorsatz o el mismísimo Johan Rockstrom, principal impulsor del concepto y la cuantificación de los límites planetarios, hace que el decrecimiento económico, llamémoslo como lo llamemos, es una oportunidad única y brillante no solo para evitar los escenarios más distópicos en lo social, en lo ambiental y en lo económico, sino para poner la vida en el centro de las decisiones urgentes que debemos ir tomando.

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Frenar la Especulación con la Tasa Tobin: ¿Otra Solución a la Crisis o simple Justicia? #ITFya

Por: Pepe Galindo
 Robin Hood: Una tasa contra la pobreza.
Robin Hood: Una tasa contra la pobreza.

Nota de Actualización: En Octubre 2012 la tasa Tobin fue aprobada por España y otros 10 países de Europa, pero el presidente de España, Mariano Rajoy, no quiere decir dónde irán esos fondos, mientras sanidad, educación, cooperación internacional, e investigación sufren los peores recortes de la historia (por lo que escribimos un artículo). Por ello, Intermón Oxfam pide que ese dinero vaya a quien más lo necesita, y ha creado una ciberacción que puedes firmar para pedirlo, y evitar que vaya a salvar bancos, por ejemplo. Te animamos a seguir leyendo lo siguiente.

El Nobel de Economía James Tobin propuso en 1971 un impuesto que podría resolver “parte” de esta crisis económica. La crisis económica no es producto sólo de la mala fortuna, o de mentes maquiavélicas, sino que es un fallo del propio sistema económico. El propio sistema está mal creado: El economista Georgescu-Roegen criticó las enseñanzas universitarias en Economía, y fundó las bases de la Bio-economía.

La tasa Tobin, tasa Robin Hood, ITF o TTF (Impuesto o Tasa a las Transacciones Financieras) es un impuesto sobre el flujo de capitales en el mundo, para que estas operaciones económicas paguen impuestos, como todo el mundo (todos pagamos impuestos cada vez que compramos algo).

En el mercado de Londres, por ejemplo, sólo el 6% de las operaciones no son especulativas. El restante 94% de las operaciones financieras tienen el objetivo exclusivo de ganar dinero sin aportar nada a la sociedad, haciendo subir los precios y aprovechándose de ello, perjudicando así al medio ambiente y a gran parte de la sociedad mundial. No estamos hablando de una nimiedad: La especulación financiera es 70 veces superior al PIB de todo el mundo. Si quieres ser parte de la solución puedes firmar esta petición al presidente Mariano Rajoy. Si tienes más curiosidad mira este vídeo y sigue leyendo:

La Tasa Tobin o ITF, solicitada por muchas ONGs como Intermón-Oxfam, no sólo sería un freno a la feroz especulación que genera crisis ambiental, económica y alimentaria,  sino que sería una fuente de ingresos estupenda para frenar la oleada de recortes en Europa: Sanidad, Educación, y proyectos de diversas ONGs podrían recibir de la Tasa Tobin unos 200.000 millones de euros sólo en Europa. No se trata de aprovecharse de los especuladores, sino de hacer que paguen impuestos con sus operaciones financieras, como los pagamos el resto de las personas.

Georgescu-Roegen y su Bioeconomía
Georgescu-Roegen y su Bioeconomía (pincha en la imagen para aprender más)

Creemos que esta es otra solución más a la crisis, por la que será necesario pasar si queremos avanzar en el camino correcto. Además, ya cuenta con apoyo de muchos países, y de casi toda la ciudadanía.

Por nuestra parte, también hemos aportado otras SOLUCIONES: ecológicas (consumir localmente), económicas y laborales (gastar y trabajar menos), filosóficas (austeridad voluntaria y trabajo a tiempo parcial), demográficas (frenar la superpoblación), reducir el fraude fiscal (si los políticos quisieran), aprovechar bien los recursos, y hasta un cambio de paradigma en nuestra forma de prestar dinero con interés, amén de otras alternativas (eliminar paraísos fiscales, más democracia, pedir responsabilidad a las multinacionales…) y unas estupendas charlas de Joan Melé que merecen disfrutarse varias veces.

Así pues, un futuro sostenible y con justicia nos lleva a la Tasa Tobin, a un decrecimiento (voluntario o forzoso), y a un vivir sin tanta deuda externa, insostenible por naturaleza.

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Economía y Conservación (sobre economía sostenible y tecnología imposible)

Por: Pepe Galindo

A propósito de la entrada anterior de este blog, llama la atención la afirmación de Raimundo Real Giménez (Catedrático de Zoología de la Universidad de Málaga), en la revista Uciencia 5 (Nov. 2010), que dice que “una especie será más susceptible de ser conservada si tiene alguna importancia para los seres humanos». Hay ejemplos que demuestran que eso no es tan cierto como nos gustaría (los quaggas de sudáfrica se cazaron por su carne y su piel… hasta su extinción, casi lo mismo ocurrió con el búfalo americano, y algo similar está pasando hoy con el atún rojo…).

Más sorprendente aún resulta un artículo posterior de la misma revista, en el que el Dr. José Luís Torres Chacón (Director del Dpto. de Teoría e Historia Económica de la Universidad de Málaga) analiza la “economía sostenible“. Es muy complicado de entender que afirme, literalmente que «cualquier economía es sostenible», basándose en la ley de la oferta y la demanda. No es sostenible lo que no puede perdurar indefinidamente en el mismo estado, y muchos economistas prestigiosos (como B. De Jouvenel, Georgescu-Roegen, o Herman Daly) han demostrado que nuestro sistema económico no es sostenible (demostrado de forma simple con la paradoja del hámster imposible). El mismo Georgescu-Roegen criticó muy duramente la pésima formación sobre ecología-biología que se imparte en las titulaciones de Economía, llegando a afirmar que: «La economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre».

Más adelante el Dr. Torres parece bromear al afirmar que el petróleo no llegará a agotarse nunca pues la dificultad de su extracción motivará la sustitución por otro tipo de energía. Resulta más que evidente que el petróleo no se agotará hasta su última gota. Lo que no es evidente es que se pueda sustituir alegremente «por otro tipo de energía». Es muy posible que no exista ninguna forma de energía capaz de sustituir al petróleo en igualdad de condiciones y respetando el mismo ritmo de consumo y tipo de vida. Confiar en la ciencia ciegamente es demasiado peligroso. Ya en 1992, un comunicado conjunto de las Academias de Ciencias de Estados Unidos de América e Inglaterra afirmaba que: «Ya no se puede confiar en los avances de la ciencia para paliar el deterioro ambiental y la pobreza».

El Dr. Torres resalta dos elementos clave para la sostenibilidad: El aumento de los recursos naturales utilizados, y el aumento de la población mundial. Respecto al primer punto llega a afirmar que «las necesidades humanas son ilimitadas [y] pueden ir satisfaciéndose cada vez en mayor medida gracias al desarrollo de tecnologías más avanzadas». Y por si queda alguna duda, lo aclara: «Mientras el progreso tecnológico sea lo suficientemente elevado, es perfectamente posible satisfacer mayores deseos». Pero esa afirmación es tan cierta como decir que se puede viajar a la Luna en 3 segundos si el progreso tecnológico es lo suficientemente elevado. Si ponemos los pies en la Tierra, nos damos cuenta de que hoy día no están satisfechas ni las necesidades más básicas de gran parte de la población mundial, y no necesitamos tecnologías mejores, sino mentes lúcidas que reconozcan el problema donde está.

Para terminar, el propio Torres derrumba el mito del progreso tecnológico porque la población humana crece desmesuradamente. Pero aunque la población fuera “estable” sería imposible que el progreso tecnológico hiciera frente a consumos exponenciales de energía y materiales. Es sencillamente imposible, hoy en día. Puede que algún día la tecnología nos sorprenda y podamos todos los humanos consumir desmesuradamente, pero eso es tan exageradamente difícil que, mientras, no debemos confiar demasiado en la inexistente tecnología futura.

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