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Lo negarán hasta cuando lo vean

Por: Pepe Galindo
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

El informe Los límites del crecimiento (1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.

Con los datos del tiempo transcurrido desde entonces, estudios más recientes sostienen que las proyecciones de aquel informe eran bastante acertadas. O sea, que vamos mal.

Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:

  • En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
  • Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores
  • La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
  • Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
  • Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
  • Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
  • También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
  • Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
  • Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
  • Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
  • Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
  • Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
  • Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
  • La tecnología más moderna será solo para las élites.
  • Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
  • Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).

Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.

Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.

No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.

No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?

♦ Más sobre (de)crecimiento:

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Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

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Lo negarán hasta cuando lo vean

Por: Pepe Galindo
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.
Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

El informe Los límites del crecimiento (1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.

Con los datos del tiempo transcurrido desde entonces, estudios más recientes sostienen que las proyecciones de aquel informe eran bastante acertadas. O sea, que vamos mal.

Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:

  • En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
  • Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores
  • La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
  • Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
  • Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
  • Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
  • También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
  • Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
  • Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
  • Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
  • Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
  • Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
  • Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
  • La tecnología más moderna será solo para las élites.
  • Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
  • Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).

Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.

Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.

No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.

No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?

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Valorar lo pequeño, para valorar lo grande

Por: Pepe Galindo

Si no valoras lo pequeño, lo grande será pequeño (siempre puede haber algo más grande). Esto puede ser una crisis de valores.

Un estudiante estadounidense de 14 años se ha hecho famoso en todo el mundo por su estudio para el colegio en el que concluye que el tipo de letra “Garamond” gasta menos tinta y por tanto podría ahorrar mucho dinero al gobierno de su país, hasta 370 millones de dólares. El segundo tipo de letra en ahorro es Courier (ver ranking), pero la que más tinta ahorra es la conocida como Ecofont, que es una variante de cualquier tipo de letra que incluye pequeñísimos agujeros en cada letra, de forma que ahorra mucha tinta, sin cambiar el estilo de letra, ni apenas su legibilidad. Lo malo es que no es una opción por defecto en los programas habituales, y hay que comprarla.

La económica letra Garamond tiene una legibilidad aceptable, aunque puede que aún algunos sigan prefiriendo la famosa Times, porque el ahorro es poco, o porque lo que más tinta ahorra es no imprimir (además del evidente ahorro en papel).

Valorar lo pequeño es básico en el ser ecologista. El tipo de letra es cuestión de gustos, pero lo importante es destacar que lo pequeño es importante. Que pequeños cambios, pueden suponer grandes cambios. Que necesitamos soñar con grandes cambios, y actuar con los pequeños. Lástima que haya pastillas para dormir, pero no para soñar…

Y no te importe ser raro, porque todas las personas lo somos de alguna forma, y porque en un mundo con tanto horror, ser raro es un buen indicio.

Volviendo al ejemplo inicial, ahorrar en tinta es malo para los fabricantes de tinta. “El negocio de la tinta debe crecer” (dicen las élites políticas y económicas)… ¿Cuando aprenderemos que “crecimiento económico” HOY, significa gastar más recursos de las siguientes generaciones?

Para cualquier compra… No es ecológico, si no es importante (en comparación con sus efectos). El mundo de la moda nos ofrece buenos ejemplos (como la tragedia de Bangladesh, la contaminación por tóxicos, o el desastre del mar Aral)… cuando la moda más ética es no ir a la moda.

Una economía ecológica es lo mejor para la sociedad. Pero no interesa a algunas élites políticas y económicas. Sin embargo… ¡Somos MAYORÍA! Y podemos demostrarlo actuando cada día, en nuestras compras, y en nuestra forma de ver el mundo… y también votando con conciencia en cada votación, como por ejemplo en las próximas elecciones europeas del 25 de Mayo, en la que se presentan algunos partidos muy interesantes, como la coalición Primavera Europea (que incluye a EQUO, y que supone una apuesta clara por la economía ecológica), el Partido Animalista contra el Maltrato Animal (PACMA, que su nombre lo dice todo), o Escaños en Blanco (el partido con el programa electoral más breve, que pide el voto en blanco computable y promete dejar vacío su escaño, con el consiguiente ahorro en sueldo a políticos). Tu voto lo eliges tú, pero elige bien, que nos afecta a todos.

Más información:

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Hambre que provoca HAMBRE (sobre la crisis alimentaria y sus causas)

Por: Pepe Galindo
Precios de los alimentos según la FAO (en 2011 se superan hasta los precios de 2008)
Precios de los alimentos según la FAO (en 2011 se superan hasta los de 2008)

No es la primera vez que hablamos del hambre, de la comida, o de los pobres, pero resulta curioso el contador de hambrientos que el Banco Mundial tiene en su web sobre el precio de los alimentos. El contador no para de aumentar (a fecha de hoy), y se acerca a los 940 MILLONES. En Febrero, la FAO dijo que los precios de los alimentos básicos alcanzaron otro record histórico (ver gráfico), más que en la crisis alimentaria de 2008, la cual fue más comentada en los medios… ¿acaso nuestra crisis de juguete nos impide hablar de otras crisis?

Las causas de esta “nueva” crisis alimentaria son diversas, y todos los que lean esto tendrán en su mano actuar, de alguna forma, en algún sentido:

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La anomalía humana y el mito del derecho a dominar

Por: invitadoespecial

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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invitadoespecial

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Por: invitadoespecial

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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Repensar nuestra relación con la naturaleza

Por: invitadoespecial

El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.

Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
Bloguero en El rincón ecocéntrico

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Repensar nuestra relación con la naturaleza

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El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.

Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.

Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?

El problema no es solo técnico; es cultural y ético

La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.

Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.

La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva

Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo  hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.

Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.

Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda

En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.

Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.

Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.

La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología

La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:

  • Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
  • Priorizar economías locales y circulares (sin greenwashing) frente a cadenas globales hipertensivas (o multinacionales de alto riesgo).
  • Reparar, reutilizar y alargar la vida de los objetos en lugar de reemplazarlos constantemente por otros nuevos.
  • Defender la biodiversidad; no como un lujo, sino como la base de toda estabilidad futura.
  • Potenciar una educación ambiental completa y continuada.
  • Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.

Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella

No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.

La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.

David Orgaz Barreno
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Europa Compra Barato a China, porque allí no hay Derechos Básicos: Denuncia de Liu Xiaobo (Nobel de la Paz, 2010)

Por: Pepe Galindo
Libertad para Liu Xiaobo en China
Libertad para Liu Xiaobo en China

Si el gobierno de un país no permite a uno de sus ciudadanos ir a recoger el Premio Nobel de la Paz por sus denuncias contra ellos, es un indicio claro de que el premio es merecido. Eso es lo que le ocurrió al chino Liu Xiaobo y ya nos indignamos con la lista de los 18 países que apoyaron a China en tal abuso de poder.

RBA edita el libro «No tengo enemigos, no conozco el odio» con ensayos y poemas de Xiaobo escritos durante más de 20 años, denunciando la falta de libertad en China, el abuso del PCCh (Partido Comunista Chino), la violación de Derechos Humanos, la contaminación de sus ríos y paisajes, y hasta la esclavitud infantil de su país, ante la pasividad de los países ricos que compran sus productos sin importar sus costes ocultos.

6-4 Movimiento del 4 de Junio: (liusi): Literalmente significa “seis cuatro”, en referencia al día cuatro de junio, cuando se produjo la masacre de Tiananmen. La expresión es prácticamente imposible de encontrar en la prensa china y su búsqueda está bloqueada en Internet.
(liusi): Literalmente significa “seis cuatro” en chino, por el 4 de Junio, cuando se produjo la masacre de Tiananmen. La expresión es prácticamente imposible de encontrar en la prensa china y su búsqueda está bloqueada en Internet.

Breve biografía y sus peticiones

Liu Xiaobo, activista por los derechos humanos y la democratización de China, fue profesor en la Universidad de Pekín, y fue arrestado en diversas ocasiones. En 1989 regresó de Estados Unidos para participar en el Movimiento que desembocó en la masacre del 4 de Junio en Tiananmen, donde muchos murieron pidiendo democracia en China, y por lo que ingresó en prisión acusado de «propaganda e incitación contrarrevolucionaria». Para él «la libertad de expresión es el fundamento donde se asientan los derechos humanos, la esencia de la humanidad, la madre de la verdad».

Reconoce que a final del siglo XX China se ha desembarazado «de la pobreza generalizada y el totalitarismo absoluto de la era Mao», han mejorado las condiciones de vida, los derechos sociales y las libertades, pero su caso es una muestra de que aún hay mucha represión en su país, y el gigante crecimiento económico de China deja al margen a mucha gente, mientras el PCCh usa el soborno para «comprar la estabilidad con dinero» y «solo recurre a la represión violenta ante esa minoría que no se vende».

En Diciembre 2008 fue detenido por ser uno de los redactores y firmantes de la Carta 08. Al año siguiente fue condenado a 11 años de cárcel que cumple actualmente. En dicha carta, firmada por miles de chinos, se pide, en síntesis, la reforma constitucional, la separación de poderes, democracia, derechos humanos (abolir el sistema de reeducación por el trabajo), libertad de asociación y formación de partidos políticos, libertad de reunión, manifestación y de expresión («erradicar definitivamente la práctica de considerar las palabras como crímenes»), libertad de prensa, de cátedra, de culto, derecho a la propiedad privada, seguridad social (sanidad, jubilación, educación, y empleo), protección medioambiental (sostenibilidad con responsabilidad hacia las generaciones venideras), y «liberar a todos aquellos que han sido criminalizados por sus creencias e ideales».

La nueva China, consumista, acomodada e hipócrita

Liu Xiaobo nos dibuja distintos puntos de vista de China. Como la de los jóvenes nacidos tras la masacre del 4 de Junio en Tiananmen, jóvenes que han vivido el apogeo económico y no vacilan en esgrimir la abundancia para justificar las injusticias del gobierno, y a los que Xiaobo etiqueta como malcriados, egocéntricos absolutos, y consumistas. Xiaobo critica que algunos jóvenes salieron del campo para ir a la universidad, y luego se han despreocupado de mitigar la pobreza de la que proceden. También critica un tipo de nacionalismo chino imperante en las juventudes, que es falso y radical, que quiere ingresar en el Partido sin tener fe en el comunismo, con pasión patriótica antiamericana, pero con todas las modas que provienen de ese país, que critican al régimen actual, pero que contribuyen a su estabilidad, que critican, como todos, el lujo ilimitado de los altos oficiales, pero sólo en privado.

Xiaobo critica un patriotismo violento y falso, que magnifica los éxitos chinos, hasta inventarse «noticias falsas para inflar la vanidad nacional», y arremeter contra occidente, sin importar los valores que van predominando en la humanidad desde la II Guerra Mundial (Derechos Humanos, pacifismo, democracia…), valores que no llegan a China a pesar de que la liberalización gradual de su economía ha llevado un desarrollo económico relativamente alto. Para Xiaobo, «una característica que todos los dictadores comparten es hacer sonados y reverenciales llamamientos a la paz internacional mientras en el fondo de su corazón adoran la violencia, pues siempre ambicionan hacerse con el control y dominar el mundo». Pero según él, «el mundo se ha encaminado hacia unas relaciones basadas en la ayuda y el respeto mutuo, asumiendo por el contrario que el hombre es un hombre para el hombre. Ante un orden injusto, la resistencia pacífica fue reemplazando las luchas violentas», y la negociación aparcaba la violencia. Afirma que «en estos tiempos, los verdaderos héroes ya no son los que hacen demostraciones de fuerza, ni mucho menos los déspotas que mantienen sus sistemas dictatoriales mediante la violencia. Los héroes de hoy son personas como Gandhi», Martin Luther King, la birmana Aung San Suu Kyi, el sudafricano Nelson Mandela, o el palestino Yasser Arafat.

El totalitarismo personal de la era Mao se apoyó, según Xiaobo, en cuatro pilares: «La nacionalización total, que despojó a los individuos de la más mínima autonomía económica», «la organización total, que eliminó todas las libertades individuales e hizo a todas las personas dependientes», «la tiranía férrea» que consiguió que todos estuvieran controlando a todos los demás, y la «dominación del espíritu, lograda por medio de la imposición ideológica». Ante esto, Xiaobo resalta que «la excelencia de la resistencia no violenta reside en que, allí donde los seres humanos se ven forzados a sufrir la violencia dictatorial, responden al odio con amor, al prejuicio con tolerancia, a la arrogancia con humildad, a la humillación con dignidad, a la violencia con razón. (…) La víctima invita al verdugo a entrar de nuevo en razón, le invita a la paz y las reglas de la humanidad, trascendiendo así el círculo vicioso que sustituye una tiranía por otra, que responde a la violencia con violencia». En el mismo artículo indica que China necesita «la desobediencia civil y los movimientos por los derechos civiles», que fuercen un cambio de régimen paulatino.

Las últimas reformas en China son también criticadas, por dar «prioridad a la productividad descuidando la justicia social», y por idolatrar el PIB, mientras la libertad se coarta prohibiendo hasta cierta música (como la de Deng Lijun con su dulce voz, prohibida por hablar de amor en un régimen insensible), y cercenando la libertad de expresión del llamado Movimiento del Muro de la Democracia, surgido en un muro del barrio pekinés de Xidan donde los estudiantes colgaron carteles con sus reivindicaciones hasta que el gobierno lo impidió en 1979, por criticar al Partido. Según Xiaobo, este movimiento alentó un sentido de justicia colectivo y su generación es pionera en la lucha por la libertad en China.

El despertar de China ante la corrupción y la esclavitud infantil

Pero el pueblo chino está despertando, pues ya hay miles de campesinos de muchos municipios que se han organizado para repartirse la tierra, sin contar con el PCCh (además de otras victorias recientes del pueblo chino). Durante años, Mao y el PCCh han estado abusando de los campesinos, los más débiles, quitándoles sus tierras. La rebelión contra eso se está extendiendo por toda China, ante la acumulación exagerada de casos de corrupción, abusos, y violaciones de los derechos humanos. En cualquier momento, por ejemplo, las autoridades pueden echar a la gente de su casa, y ante tanta injusticia, el número de gente que se inmola para protestar también va en aumento. Esto contrasta con el aumento de la desigualdad y la corrupción en China: «El más capitalista entre los capitalistas palidece ante la rápida acumulación de propiedad privada de los poderosos». Con dinero los poderosos en China compran a las élites intelectuales, silencian las resistencias, regatean con los países occidentales, y compran el apoyo de ciertos países: «Quizás en su fuero interno, las élites se oponen a la ideología del régimen actual, e incluso lo desprecian, pero la gran seducción de las ganancias tangibles y los altos riesgos ligados al terror político se combinan para que se supediten al régimen». «En la trastienda de semejante milagro económico se encuentran los milagros de la corrupción sistémica, de la injusticia social, de la moral en ruinas, del futuro hipotecado, del precio desorbitado que pagan los derechos humanos».

Uno de los puntos más espinosos son los innumerables casos de esclavitud infantil, para trabajar en hornos clandestinos de ladrillos. Se raptan niños, se les maltrata, y las autoridades hacen la vista gorda y, los casos que llegan a juicio acaban con penas muy blandas, y castigando principalmente a oficiales de bajo rango, por lo que el sistema que origina el trabajo forzado infantil a gran escala se perpetúa. Xiaobo cuenta el caso de unos padres que buscaron a su hijo visitando cientos de hornos, y denuncia que el sistema judicial es «una herramienta del poder dictatorial del PCCh», a lo que se une la falta de libertad de prensa, y de expresión, que mantiene a la gente en la ignorancia. Xiaobo termina diciendo sobre esto que «los dictadores del PCCh han demostrado que se preocupan tan solo por su poder, la vida humana no les importa. Y en consecuencia, sin un cambio de sistema, crímenes como el de los hornos clandestinos no podrán sanearse, y mucho menos cortarse de raíz».

Alabanza a Internet

Sin embargo, gracias a Internet, la gente se va enterando cada vez más de todo, «ha mejorado las condiciones para la expresión en el país», y se va saliendo de ese «servilismo» (del que Xiaobo culpa a una errónea visión tradicional de Confucio). Xiaobo afirma que «Internet es verdaderamente un regalo del cielo para que la gente china pueda defender sus derechos». Como ejemplo de esto cuenta casos que el gobierno intentó ocultar, pero que no pudo hacerlo por la existencia de Internet (como el incidente de Weng’an).

Internet tiene en China una doble visión: como «herramienta para amasar grandes fortunas», básica en el de desarrollo económico, pero también como herramienta para «el despertar de la conciencia civil y en la defensa de los derechos humanos», porque su bloqueo total es imposible. «Ingentes cantidades de dinero se invierten en la vigilancia policial de la red, forzando también a las compañías occidentales a colaborar en la censura por medio de incentivos económicos».

Xiaobo recuerda cuánto le costaba antes recoger firmas para alguna petición, en bici, en bus, puerta a puerta, mientras que ahora Internet facilita mucho la tarea, y hasta hay portales dedicados a la salvaguarda de los derechos. «El impacto de la opinión de los internautas ha obligado a innumerables oficiales a comparecer públicamente, e incluso las autoridades han tenido que castigar a algunos a modo de chivo expiatorio» (como los casos de SARS, accidentes en la minería, o la contaminación del río Songhua).

Datos del crecimiento económico de China

«La reserva de divisas extranjeras es ya la primera del mundo (supera el billón de dólares americanos), su fuerza militar ha crecido sustancialmente, los peces gordos del PCCh tienen inversiones por todo el mundo, los productos chinos llegan a todos los rincones del planeta, los turistas chinos gastan dinero a espuertas, los chinos son los primeros del mundo en teléfonos móviles» … pero «China paga un altísimo precio por el desarrollo económico»: «Los productos baratos y de baja calidad provienen de la falta de derechos de los trabajadores y de las fábricas de sangre y sudor, (…) el despilfarro de recursos naturales y el deterioro medioambiental». Y por eso afirma que China «nunca podrá llegar al nivel económico de EE.UU. y Japón, pues el planeta no puede soportar el peso de otra superpotencia». Y concluye: «Yo no sitúo mis esperanzas en la prosperidad de ninguna nación o colectividad».

Ausencia de derechos humanos en la base de los éxitos de China

Hasta los éxitos deportivos. Xiaobo dice que han convertido a China en «el paraíso del deporte elitista, y el infierno del deporte popular. El número uno en medallas viene de la inversión financiera número uno (…), inversión humana y material»: 4 veces el gasto en sanidad de 2007, y 3 veces el gasto en educación: «Un deporte tan lujoso como éste sólo puede realizarlo un país dictatorial que ignora el interés colectivo» y que se usa como «instrumento de propaganda de los dictadores» (el record en medallas lo tiene la antigua URSS en los juegos olímpicos de Seúl 88, mientras que en Pekín 2008 fue China la número uno). Para conseguir tantos éxitos deportivos, China entrena a sus atletas desde muy niños, perdiendo éstos su libertad, sus relaciones familiares, y su salud (como el caso de las enfermedades oculares de los saltadores de trampolín, ocasionadas por su exagerada juventud).

Fortalezas y debilidades de la cultura occidental: Una NUEVA civilización

Ante los graves problemas en su China natal, Xiaobo reconoce que idealiza la cultura occidental y que ignora «adrede las muchas debilidades (…) de la cultura occidental que revelan precisamente las debilidades de la especie humana». Xiaobo se da cuenta de que muchos occidentales recurren a la cultura ancestral de China buscando alternativas, pero en su opinión «uno de los mayores errores cometidos por la humanidad en el siglo XX ha sido justamente intentar salir del atolladero recurriendo a las civilizaciones existentes», mientras que «la humanidad no ha sido capaz de crear una civilización totalmente nueva que pueda resolver los problemas de la superpoblación, la crisis energética, el desequilibrio ecológico, la proliferación de armas nucleares, el hedonismo extremo»… o «los dolores espirituales». En esta línea el libro El odio a Occidente, de Jean Ziegler, responsabiliza a los países desarrollados de los males del mundo.

Xiaobo levanta un monumento a Lin Zhao diciendo que el testamento que escribió con su vida es la única voz de libertad que aún existe en la China contemporánea. Lin Zhao (1932-1968) fue una mujer intelectual condenada por criticar el régimen maoísta, y que se hizo célebre por escribir desde la cárcel, con su propia sangre, críticas a Mao y al Partido.

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Medidas alternativas al PIB: el Crecimiento Económico no implica Crecer en Bienestar

Por: Pepe Galindo
El consumo genera daños ambientales
¿Qué es el consumo responsable?    (PINCHA EN LA IMAGEN)

¿Qué es crecimiento económico? Casi todos los políticos, cuando hablan de “crecimiento” se refieren al crecimiento del  PIB (Producto Interior Bruto), y no al crecimiento del bienestar de la gente. El PIB es una medida muy mala del desarrollo de un país, pues sólo mide la cantidad de dinero que se mueve en un país, y no en qué se gasta.

Veamos algunos ejemplos que hacen que suba el PIB. A esto le llaman “crecimiento económico”:

  • Un bosque sólo influye en el PIB si se tala y se vende su madera. Si se deja vivo, no tiene valor para el PIB, y por tanto no mejora la economía. ¿Cuánto vale un bosque?
  • Dejar luces encendidas hace subir el PIB. No importa si ese gasto sirve para alumbrar a alguien o no.
  • Tener mala salud, hace subir el PIB, porque genera gastos en cuidados y medicinas. Un país enfermo con dinero para pagar sus medicinas, tendrá mejor PIB que un país sano.
  • El excesivo tráfico de vehículos genera más accidentes, mayor consumo de combustible, y enfermedades respiratorias, todo lo cual aumenta el PIB. Mejorar el transporte público no es buena idea si queremos subir el PIB.

Para aumentar el PIB, los políticos decidieron en 2014 que la prostitución y el narcotráfico se tuviesen en cuenta al calcular el PIB. ¡Qué fácil es subir el PIB!

Como vemos, el PIB es una mala medida, incluso aunque viviéramos en un planeta con recursos infinitos. Pero por desgracia, los recursos son finitos y menguantes, por lo que es urgente reducir nuestro consumo de materiales y de energía, y reconducir nuestro crecimiento, no hacia crecimiento económico, sino hacia crecimiento en bienestar, en justicia, en equidad, y en sostenibilidad. De hecho, los recursos (bosques, pesca, minerales…) han sido ya tan fuertemente explotados que somos muchos los que vemos que los países ricos deberían reducir su PIB, por justicia global. Es lo que se ha llamado decrecimiento.

Los gobernantes deben entender que la gente demanda mejoras en su calidad de vida, y no a cualquier precio. La gente no quiere comprar ropa barata a costa de la semi esclavitud de trabajadoras (niñas incluso) en Bangladesh. Los que compran esa ropa no son responsables (si ignoran lo que esa ropa esconde). Los máximos responsables son los que lo hacen, y los gobiernos que lo consienten a sus empresas, o en su territorio.

Mucha gente piensa que si aumentamos el consumo, crecerá el PIB y se crearán empleos. Es posible. Pero si no se tienen en cuenta factores de sostenibilidad, serán empleos NO sostenibles. Talar un bosque crea empleo, pero cuando el bosque se agota sólo queda destrucción, y los empleos que se crearon, se pierden.

La austeridad es mejor que gastar dinero en algo insostenible, que nos hunda más en el problema.

Ya hay medidas alternativas al PIB que usan más factores que el meramente monetario. Examinemos algunas de manera rápida, empezando por la más importante:

1. IPG o IPR (Indicador de Progreso Genuino, o Real, genuineprogress.net)

Definido por Lew Daly, el IPG se usa ya en algunos estados de EE.UU. (Maryland o Vermont). Si comparamos el PIB con el IPG en ese país, vemos que mientras el primero no ha parado de subir, el segundo es casi estable desde 1968. Ahí se muestra que mientras una minoría gasta más dinero, hay sectores de la sociedad que están empeorando en aspectos claves de la calidad de vida. Mientras el PIB sólo mide un aspecto, el IPG incluye 26 indicadores en 3 áreas temáticas:

  • Indicadores económicos: Incluyen medidas económicas, como los gastos en general, pero también tienen en cuenta la duración de los bienes duraderos (electrodomésticos, coches…). Esto último beneficiará a las sociedades que construyan bienes más duraderos, evitando la obsolescencia programada. El PIB en cambio, crece más cuánto más se rompan las cosas. El IPG también tiene en cuenta lo que llama subempleo (desempleados crónicos, a tiempo parcial sin desearlo, etc.), además de la desigualdad de ingresos, y las inversiones netas (deudas y déficit).
  • Indicadores ambientales: Miden la contaminación del aire, del agua, y por ruido, además de la pérdida de ecosistemas (humedales, tierras de cultivo, bosques…). También se cuantifican los daños del cambio climático (93 dólares por tonelada de CO2), los costos del agotamiento del ozono, y los costos del agotamiento de recursos no renovables. Sin embargo, el actual PIB considera beneficioso el agotamiento de recursos, porque ese proceso mueve dinero.
  • Indicadores sociales:  En este apartado se pretende medir la calidad de vida de las personas. Por tanto, considera positivo y cuantifica actividades que el PIB ignora totalmente: tareas del hogar, cuidados de los hijos, trabajo de voluntariado, valor de la educación, y el uso de infraestructuras. Ahora como algo negativo, mide el coste del crimen, si el tiempo libre disminuye, los gastos familiares para contrarrestar la contaminación (por ejemplo, en China mucha gente compra aparatos purificadores de aire, lo cual es bueno para el PIB, pero demuestra una peor calidad de vida), el coste de los accidentes de tráfico, y el coste en los desplazamientos (pagar el medio de transporte, y por emplear tiempo que podríamos usarlo en otra actividad más agradable o productiva). En general, se trata de valorar como negativas las principales cosas que empeoran la calidad de vida de la gente.

2. SCAEI (Sistema de Contabilidad Ambiental Económica Integrada)

Elaborado por la ONU en el lejano 1993, el SCAEI incluye un completo análisis ambiental, aunque deja fuera aspectos que sí mide el ya visto IPG. Sintetizando, el SCAEI incluye el agotamiento de los recursos naturales en la producción y el consumo final, además de los efectos de la contaminación causada por las actividades de producción y consumo en la calidad del medio ambiente (emisiones).

El SCAEI amplía el concepto de capital para abarcar no sólo el capital producido por el hombre sino también el capital natural no producido, como los recursos marinos o los bosques tropicales, la tierra, el suelo, los activos del subsuelo (yacimientos minerales), y los recursos aire y agua.

3. PIB Verde

Consiste en dar valor económico a los daños provocados a la Naturaleza, y restarlos al PIB tradicional. China prometió usarlo, pero los resultados fueron tan negativos que se descartó usar el PIB Verde, pues resultó mejor para la economía taparse los ojos a los daños ambientales. Aunque no es fácil medir el valor de la biodiversidad, de los bosques… lo cierto es que es un error muy grave no medir nada de eso, y eso es justamente lo que hace el actual PIB.

4. IDH (Índice de Desarrollo Humano)

Definido por la ONU, usa 3 parámetros para medir la calidad de vida de un país:

  • Esperanza de vida,
  • Nivel de vida digno (PIB per cápita), y
  • Educación (años de educación obligatoria, alumnos matriculados en distintos niveles, y tasas de alfabetización).

Es una medida muy referenciada, pero muy incompleta, pues no mide nada de lo ambiental, ni la desigualdad existente. Para evitar la injusticia de no considerar la desigualdad existe el IDH ajustado por desigualdad, que será igual al IDH en un país en el que no haya desigualdad en salud, educación e ingresos (los 3 únicos aspectos que se tienen en cuenta).

5. Indicadores tipo Huellas: La huella ecológica y la huella hídrica

Miden la sostenibilidad de una región, producto o actividad, respecto a su consumo de recursos naturales. Valores altos de estos indicadores indican un alto consumo de recursos, es decir, mayor huella indica menor sostenibilidad. La huella ecológica mide la cantidad de territorio que se requiere para mantener una actividad o modo de vida, y la compara con el territorio disponible real. Todos los países industrializados necesitan para mantener su estilo de vida más del doble del territorio que poseen, por lo que están usando recursos que, en justicia, corresponden a otras personas. La huella ecológica es una de las medidas que usa el Informe Planeta Vivo de WWF.

Por su parte, la huella hídrica mide el volumen de agua dulce empleado por un producto, empresa, país… teniendo en cuenta todo su ciclo y no sólo el empleo directo de agua. Así, por ejemplo suelen sorprender estos datos:

  • 1 kg. de oro requiere 230 000 litros de agua (además de la contaminación que no se cuenta aquí);
  • 1 kg. de carne de vaca requiere utilizar 13 000 litros de agua (y también produce contaminación que no contamos);
  • 1 kg. de pollo necesita 3 920 litros de agua;
  • 1 camiseta de algodón, 2 700 litros de agua;
  • 1 kg. de papel, 2 000 litros de agua;
  • 1 café necesita más agua que la que se bebe: 140 litros de agua;

¿Cuál es la huella ecológica de lo que usas cotidianamente, o de lo que fabrica tu empresa? Por internet hay webs que te permiten calcular tu huella personalizada, y también se habla del foodprint, la huella de nuestra comida (agricultura, transporte…).

6. FIB (Felicidad Interior Bruta)

Conscientes de que tener muchos bienes materiales no implica tener felicidad, en Bután definieron este indicador que tiene en cuenta la asistencia sanitaria, el tiempo disponible para la familia y los amigos, la conservación de los recursos naturales y el medio ambiente, o el disfrute del arte. Así por ejemplo, reducir la jornada laboral es sin duda una buena medida, porque no sólo se reduciría el paro, sino que tendríamos más tiempo libre. La idea es muy interesante, siempre que no sirva para dejar de preocuparse por la pobreza y la desigualdad.

Conclusión

Sin quitar importancia al hecho de medir la economía, es absolutamente inaceptable que no se mida la ecología. Decía Georgescu-Roegen que «la economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre».

Aunque todos los indicadores tienen su utilidad práctica, el indicador que debería estandarizarse debiera ser, por ahora, el IPG, ya que es suficientemente completo. La ONU, y todos los gobiernos, deberían calcular el IPG y estudiar en qué aspectos del IPG se puede, o se debe, mejorar en cada país o región, para conseguir una sociedad mejor para todos.

A partir de ahora, cuando alguien hable de que hay que potenciar el “crecimiento”, tal vez queramos preguntar: “¿Crecimiento de qué? ¿de PIB? NO, GRACIAS”.

Más información:

NOTA: Este artículo fue publicado en El Samón Contracorriente, medio informativo sobre economía real, ecología y mucho más. LEER artículos del mismo medio.

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