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Juan Roig y las lamentaciones de mercadillo

Por: El Apunte

Hay mucho mito en torno a las grandes empresas españolas. En realidad, son muy poco españolas, ya que la inmensa mayoría de ellas pertenecen a fondos de inversión internacionales. Ana Botín, por ejemplo, puede presentarse como mandamás del Santander, pero en realidad pinta lo justo. Es una empleada más que debe rendir cuentas a sus verdaderos jefes, los gestores de esos grandes fondos. En España, entre los grandes empresarios, hay muy pocos que tengan la última palabra sobre el rumbo de sus compañías. Quizás el único de ellos sea Juan Roig, el presidente de Mercadona. ¡Y qué palabras gasta!

A Roig le encanta hablar. Lo hace a sabiendas de que sus declaraciones crearán revuelo, pero no le importa. Está tan seguro de su fortaleza empresarial que, diga lo que diga, sabe que no tendrá consecuencias en su cuenta de resultados. Los compradores no le darán la espalda. No lo harán ni siquiera aunque los precios suban desproporcionadamente. Y mucho menos por sus prácticas antisindicales. No lo harán ni aunque pronuncie despropósitos como el siguiente: «La gente dice: “Habéis subido los precios”. Los precios nosotros no los subimos. Los subimos porque las materias primas suben y los bajamos porque las materias primas bajan. No depende de nosotros».

Roig, patrón de una empresa 100% familiar, sin participación de ningún fondo extranjero y que ni siquiera cotiza en bolsa, confiesa, cariacontecido, que el precio de sus productos no lo decide él. Lo hizo ayer, durante la presentación de sus resultados en 2025, que son –quién podría dudarlo– espectaculares: 1.729 millones de euros de beneficios, un 25% más que un año antes. Y siempre tiene una excusa para subir los precios y que parezca que él no decide nada. Es la mano invisible del mercado la que mete el dinero en su bolsillo. Él simplemente pasaba por allí.

A veces, incluso sube los precios por el propio bien de la sociedad. Él no quiere hacerlo, pero alguien debe velar por nosotros. «Hemos subido los precios una burrada, pero si no lo hubiéramos hecho el desastre en la cadena de producción hubiera sido impresionante», admitía en 2023, vinculando ese alza al impacto de la guerra de Ucrania.

Roig nunca quiere subir los precios. Es más, ningún empresario quiere hacerlo. Lo hacen a regañadientes, de mala gana. ¿Quién querría ganar un dinero extra? «Todos los comerciantes y los distribuidores, lo que más queremos es bajar precios», insistía ayer Roig. «No hay nadie que se quede contento por subir un precio. En absoluto. Porque sabemos que la atracción del cliente, que es lo normal y lo humano, es comprar al mejor precio posible. Pero dependemos de las materias primas de forma constante y todo eso nos influye». El conflicto en Irán les obliga a ganar más dinero. Como si les pusieran una pistola en la cabeza, no tienen más remedio que ceder. Y cómo sufren. Nadie sabe lo duro que es ser millonario, todo el día a merced de los caprichos del mercado.

Si suben las materias primas, subimos los precios. Y si bajan, pues los bajamos, dice Roig, contando, como buen negociante que es, sólo la mitad de la historia. «Nosotros, por ejemplo, entre enero y febrero, hemos bajado 300 productos, porque las materias primas estaban bajando», asegura el empresario valenciano. Esa bajada –puntualísima– ha sido del -0,9% en el conjunto de los supermercados, según datos de la OCU. Pero en 2025 se registró una subida de los precios de Mercadona de un +4% (el IPC se situó en torno al +3%). Sin querer, eh, fue obligado por las circunstancias. No se sabe muy bien cuáles serían esas circunstancias, pero algo pasaría, porque… «todos los comerciantes, lo que queremos es bajar los precios».

Roig se ha convertido en un consumado maestro en el arte de las lamentaciones de mercadillo: ¿Qué quieres que yo te pida por esto? Si te lo estoy dando regalado. Ea, dame 10 euros. Ni pa ti ni pa mí.

Todo el mundo sabe que en esos –por otra parte encantadores– regateos de baratillo hay un pacto tácito. Quien compra acepta, de buen grado, pagar un poco de más. Incluso disfruta del teatro que impone la situación. Cada uno (vendedor y comprador) tiene sus necesidades y nadie va a salir de la transacción ni arruinado ni con 1.700 millones de euros en la riñonera. Esa es la diferencia. En el mercadillo no hay tanta cara dura. Al menos no de un nivel estratosférico.

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