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Aleida Guevara: “La ética revolucionaria del Che todavía no la ha alcanzado mucha gente en este país”

Por: Patricia Simón

“Esta es la última casa en la que vivimos con mi papá. Y ya después, construimos eso al frente. El centro de Fidel es toda una casa completa como museo. Está muy bien hecho. Pero este es un centro de estudios del archivo del Che, no es para turistas. Vienen investigadores de todo el mundo y se coordinan con la investigadora principal, que tiene más de 70 años. Ahora, con la falta de gasolina, no puede venir, trabaja desde casa”, explica Aleida Guevara, hija del Che Guevara, en medio de la peor crisis que atraviesa Cuba desde el triunfo de la Revolución en 1959.

Aleida Guevara (La Habana, 1960) vio a su padre por última vez cuando tenía tres años. Pero se ha pasado el resto de su vida encontrándose con su rostro en camisetas, pósters, graffitis, esculturas, tatuajes y tazas en buena parte de los lugares que ha visitado para hablar sobre Cuba. El Che Guevara sigue siendo el revolucionario por antonomasia que inspira a millones de personas con su épica entrega a la construcción de un mundo más justo.

Un mito reconocible con la reproducción de apenas un par de trazos –la boina y la mirada al horizonte– gracias a fotografías icónicas como la de Korda. Un referente de las izquierdas de todo el mundo que murió cuando intentaba replicar la revolución cubana en Bolivia. Fue capturado en 1967 durante un combate con el Ejército boliviano, que contaba entonces con apoyo de la CIA. Un día después fue ejecutado por un sargento cumpliendo órdenes de la Presidencia boliviana.

Ahora, tras una vida ejerciendo como médica pediatra, Aleida Guevara es la albacea del pensamiento guevariano. Pasados los sesenta años, su madre, Aleida March, le pidió que la sucediera en la dirección del Centro de Estudios Che Guevara. No le pudo decir que no. Ella y sus hermanos llaman «sargento de caballería» a quien trabajó en la clandestinidad como miliciana del Movimiento 26 de Julio para acabar con la dictadura de Fulgencio Batista. “Fue lo peor que pude haber hecho porque yo me retiré pero mi mamá no se retiró nunca”, dice entre risas su hija.

Antes de comenzar la entrevista, Aleida graba un sentido mensaje de solidaridad para la cadena de televisión libanesa Al Mayadeen, en la que realiza un programa semanal en español. Israel acaba de recrudecer la guerra contra Líbano y de comenzar otra contra Irán de la mano de Estados Unidos, mientras continúa el genocidio de la Franja de Gaza.

¿Cómo definiría la situación en Cuba?

Es uno de los momentos más difíciles desde la Revolución. Desde el punto de vista económico, pero tambien por la presión ideológica que se está ejerciendo sobre nosotros. El gobierno de Estados Unidos está intentando por todos los medios desaparecer la Revolución cubana.

¿Y cuál es la salida?

Lo primero, resistir. Porque si no, desaparecemos de la faz de la tierra. Y si queremos seguir viviendo como pueblo, como nación, tenemos que resistir. Después, hay que buscar alternativas. Por ejemplo, estamos buscando la electricidad en la energía alternativa. El sol no lo pueden bloquear, ni el viento. También tenemos algunos ríos caudalosos que podemos aprovechar. Tenemos muy poca producción de petróleo, que además tiene mucho azufre y rompe las máquinas. El mayor bolsón está en el mar y es muy difícil explotarlo sin dañar la naturaleza, que hay que cuidar siempre. Además, una de las cosas más lindas de Cuba son las playas, no podemos perderlas.

Mi papá fue a Japón en 1959. Después de cada viaje escribía un informe que se publicaba en la revista Verde Olivo o lo contaba en una conferencia en la televisión para explicar lo que había hecho. En esa ocasion, dijo que Japón tenía un tercio de la tierra fértil en Cuba y que producía sesenta veces más que nosotros, por lo que teníamos que aprender a cultivarla mejor. Aún no lo hemos logrado.

También habria que controlar los precios. Estados Unidos ha querido cerrar totalmente el mercado, pero ha dejado una puerta a las empresas privadas. Ellos compran sus productos en Estados Unidos y los ponen aquí a precios muy altos, especialmente para quienes tenemos salarios estatales. Entonces, el Estado tiene que controlar esos precios. O también puede ser que algunas de estas empresas tengan que abaratarlos para poder vender su mercancía.

El presidente estadounidense, Donald Trump, ha repetido en varias ocasiones que tras Irán caerá Cuba. ¿Con quién cuenta el Estado cubano para que eso no ocurra?

Primero, con nuestro pueblo. Trump, como la mayoría de los estadounidenses, no tienen idea de quiénes somos. Para ellos, América Latina siempre ha sido su patrio trasero y han hecho lo que han querido. Cuando triunfó la Revolución cubana, por primera vez, se frenó eso. Desde entonces, han tratado de asfixiarla con el bloqueo económico. Así que esto viene caminando desde hace años y el pueblo ha aprendido a resistir y a buscar alternativas, que para mí es lo más importante.

Cuba ha sembrado solidaridad durante todos los años de Revolución. En 1963 teníamos muy pocos médicos porque la mayoría había migrado a Estados Unidos y a pesar de eso, enviamos una brigada médica para Argel porque los necesitaban. Es decir, lo poco que hemos tenido lo hemos compartido, y eso ha sembrado un sentido solidario de devolver algo de lo recibido.

Desde luego, nunca nos ha faltado la solidaridad de México con Cuba. Cuando toda la América Latina nos botó de la OEA, el único país que mantuvo relaciones con Cuba, a pesar de los gringos, a pesar de todo, fue México. Ahora también tenemos al pueblo venezolano. Hemos crecido juntos en los últimos años y tenemos un gran lazo de amistad, sobre todo cuando hablamos de Chávez y Fidel. China siempre ha estado muy cerca, Vietnam, Corea del Norte –con más dificultades por la lejanía–, Rusia y Bielorrusia también se ha portado bastante bien. Aunque ideológicamente no somos iguales, son gobiernos que han mantenido los lazos de solidaridad por el amor que emana entre sus pueblos.

Por su parte, Estados Unidos no conoce la historia de nuestro pueblo, piensan que somos indios con taparrabos y negritos con levitas, como decían ellos. Es increíble como la mente de esta gente no evoluciona. Yo terminé de formarme trabajando en Nicaragua porque se habían quedado sin médicos durante la revolución sandinista. Pues estando en la Universidad Centroamericana vino un grupo de médicos estadounidenses a dar una conferencia a sus colegas nicas. Los únicos que nos quedamos hasta el final fuimos los estudiantes cubanos por pena y por educación. Los nicas se fueron indignados porque aunque venían con la mejor intención, no tenían ni idea de a quiénes estaban hablando. El mejor profesor de Medicina que tuve en mi vida fue el nicaragüense Norman Jirón, un genio, y fueron a darle una clase como si fuese un niño. Los estadounidenses no tienen idea de quiénes somos el pueblo lationoamericano y, mucho menos, el cubano, que tenemos en un nivel cultural mucho mayor. La Revolución nos ha hecho un pueblo culto con un gran deseo de vivir con dignidad. Y eso no nos lo quita nadie.

Estados Unidos tiene un mayor potencial militar así que pueden entrar en la isla, pero no te garantizo que puedan. Yo peino canas y tengo las rodillas desbaratadas, pero si entran, que me busquen un asientico con un buen rifle porque todavía tengo buena puntería. A nosotros nos conviene que no se metan, pero si lo hacen, somos un pueblo decidido a luchar hasta las últimas consecuencias.

Aleida Guevara, hija de Ernesto Che Guevara, dirige el centro de estudios sobre su figura. ÁLEX ZAPICO
Aleida Guevara, hija de Ernesto Che Guevara, dirige el centro de estudios sobre su figura. ÁLEX ZAPICO

¿Cree que Trump podría decidir invadir Cuba?

Es imposible predecir lo que puede hacer un enfermo mental. Pero ellos saben lo que es un pueblo decidido a luchar porque tuvieron que retirarse de Vietnam.

¿Qué cree que pensaría su padre sobre lo que está ocurriendo si estuviera vivo?

No puedo poner palabras que no dijo en boca de mi papá. Pero teniendo en cuenta cómo vivió, el Che estaría preparando le resistencia y nosotros con él.

Esta es la ultima casa en la que vivió en su padre.

Sí, yo nací en lo que hoy es Playa, que antes era Miramar. Pero él no quería esa casa porque era inmensa y a mi mamá tampoco le gustaba porque la guarnición, sus compañeros, estaban siempre allí y ella quería privacidad. Entonces, le dieron esta. Cuando la vio, dijo “Nos tenemos que quedar aquí porque si no, nos van a llevar al Palacio de la Revolución”.

¿Cómo describiría a su padre?

Tuve muy poco tiempo con mi papá. Además, era dirigente de un proceso revolucionario incipiente. El hombre no tenía horas de descanso, trabajaba hasta dieciocho horas diarias. A veces, para estar con nosotros nos llevaba a un trabajo voluntario los domingos. Tengo imágenes de mi papá cortando caña y yo sentada detrás de él, comiéndome una mientras le escuchaba. Él tenía que usar el poco tiempo que tenía con nosotros y la mejor educación es el ejemplo. Era un hombre muy cariñoso, nos besaba con mucha fuerza. Yo aprendí a besar así y mi mamá después se quejaba y me decía «¡Estás besando igual que tu papá!». Cuando él llegaba a casa solía ser tarde así que yo aprovechaba para dormir con mi mamá. Él me cargaba para llevarme a mi cama y me daba un beso fuerte que me despertaba un poco. Yo creo que por eso cogí miedo a la oscuridad. Mi madre me consiguió un libro de un león que acompañaba a un niño que tenía miedo. Funcionó para que yo superase el miedo. Así que mi papá me trajo un regalo tras volver de un viaje. Fue la única vez. Era un león de peluche. Todavía lo tengo.

¿Qué otras ideas de las que recogió su padre en sus diarios y conferencias quedan por aplicar?

Muchas. Mi papá era un innovador. Iba un trabajo voluntario a aprender y a tratar de mejorarlo. Un día fue a donde se empalmaban los libros. Miró cómo se hacía y después le dijo al compañero: “Yo creo que si lo hacemos al revés ganaremos tiempo y calidad». Y lo demostró. Era ese tipo de ser humano que no solamente dice una cosa, sino que es capaz de escuchar, aprender, mirar y sacar mejores conclusiones. Así que dejó escrito muchas cosas que aún no hemos logrado poner en práctica. Lo primero es su ejemplo como dirigente. Un día mi papá descubrió que en nuestra casa estábamos consumiendo productos que no entraban por la libreta de racionamiento. Aquello fue bien feo. Él era ministro, pero no quería que hubiera ninguna diferencia con respecto al pueblo. La ética revolucionaria del Che todavía no la ha alcanzado mucha gente en este país. Él nunca le habría dicho a la gente que viviese de una manera mientras él vivía de otra. Eso es un pecado mortal para la revolución. Y hay muchos dirigentes en nuestro país, sobre todo en las capas intermedias, que tendrían que aprender mucho del Che.

¿Y cómo es su madre, Aleida March?

Soy una mujer socialmente útil gracias a que ella me formó. Mi mamá es una mujer de campo, con una educación muy estricta que hizo que le costase abrirse a la vida. Cuando murió mi papá, ella se transformó en un bloque para poder seguir viviendo. Él fue su primer novio, su marido, el padre de sus hijos, su compañero, su maestro, mi papá era todo para ella. Fíjate que ella estaba dispuesta a dejarnos a nosotros para irse con él. Fue mi papá quien le pidió que se quedara con nosotros al menos dos años. Le prometió que si la guerrilla en Bolivia duraba más tiempo, él la mandaría buscar.

Mi mamá nunca permitió que nos dieran ningún trato especial. Nos educó con las mismas carencias que tenía el pueblo y eso se lo agradeceremos siempre. Decimos que es un sargento de caballería, pero gracias a ese sargento hoy somos útiles al pueblo.

¿Qué podrían haber hecho mejor los gobernantes cubanos?

Uy, un montón de cosas. Acuérdate de que las revoluciones son procesos a veces explosivos y están hechos por hombres y por mujeres. Nunca son perfectos, siempre se cometen errores. Lo que defendemos y siempre defenderemos es que los únicos que podemos subsanar esos errores somos nosotros mismos. Nadie más tiene el derecho a hacerlo. Por ejemplo, hay que trabajar el tema de las viviendas de los campesinos. Con el triunfo de la Revolución, hubo un éxodo del 83% de la poblacion rural hacia las ciudades porque los campesinos querían que sus hijos fuesen ingenieros, médicos, maestros. El campo se quedó abandonado, lo que es fatal para la economía del país porque la tierra es la que produce los alimentos que nos permiten sobrevivir. Ahora nos hemos dado cuenta de esa situación y la Revolución está arreglando las viviendas del campesino, haciendo cooperativas, para que la gente viva mejor en el campo. No lo hemos logrado al 100%, pero tenemos muchas cosas que mejorar.

También tenemos el sueño de que los institutos de medicina no estén concentrados en la capital, sino dispersos en las provincias del país, lo que obligaría a muchos de nuestros mejores médicos a vivir allí.

Otro problema es que Cuba se ha convertido en un país muy viejo y hay que reactivar las cuestiones de la juventud. En los últimos años tuvimos una emigración juvenil bastante grande. Hay que trabajar la cuestión ideológica con los jóvenes, incentivarles para que se queden, que tengan más posibilidades de expresar sus sentimientos no solo desde el punto de vista emocional sino también de cuestiones objetivas de la vida práctica.

¿Cuál es su análisis sobre el momento que está viviendo el mundo?

Hay un economista estadounidense, no me preguntes el nombre porque siempre los olvido, que decía que “si la humanidad pierde la ética para vivir, pierde el derecho a existir”. Pues nosotros estamos perdiendo el derecho a existir porque estamos perdiendo la ética. Cuando permites lo que está pasando en Gaza, en Irán, en Líbano, cuando no eres capaz de frenar a tus gobiernos para que rompan relaciones con Israel, para que no vendan armas a su gobierno, desgraciadamente te conviertes en cómplice. Y esa es una de las cosas más duras que nos ha tocado vivir. Esta impotencia tan grande de no poder frenar al enemigo hace que cueste seguir viviendo.

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Alina López: “Si dijera que me voy de Cuba, me pondrían una alfombra roja, pero quiero el cambio desde dentro”

Por: Patricia Simón
Miembro de la Academia de Historia de Cuba, Alina López Hernández es una de las voces disidentes contra el actual gobierno cubano. Se proclama de izquierdas y pide a la solidaridad internacional que atienda a la deriva autoritaria del régimen.

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Narrar la guerra persiguiendo la paz

Por: Patricia Simón

El periodismo de paz muestra el cartón piedra en el que se basa el relato épico. Hace visible que lo realmente heroico tiene lugar en la retaguardia, que lo que quieren los soldados es salir vivos de la trinchera y que lo único importante es parar la guerra.

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Fabio Fernández Batista: “Hay cubanos que creen que el mejor camino para Cuba pasa por que San Trump nos bombardee”

Por: Patricia Simón


LA HABANA // El profesor de Historia de la Revolución cubana Fabio Fernández Batista se define como reformista del sistema cubano, lamenta que muchos de sus compatriotas crean que “el capitalismo solucionará sus problemas cuando el que le toca a Cuba es el capitalismo subdesarrollado periférico dependiente, como el de República Dominicana, Guatemala u Honduras” y considera que su país sufre una “crisis espiritual que ha provocado que haya cubanos que creen que el mejor camino para Cuba pasa por que San Trump nos bombardee”.

A su llegada a la entrevista, explica la razón de su retraso: se ha encontrado una protesta en la entrada de la Universidad de La Habana cuando ha ido a hacer unas fotocopias. Al día siguiente, la concentración aparecerá en buena parte de la prensa internacional. Una treintena de estudiantes pedían facilidades para poder seguir las clases a distancia después de que el Gobierno cubano dictara el cierre de las aulas por la falta de combustible. Los continuos apagones eléctricos también acarrean caídas de Internet, cuya conexión ya resultaba inasequible para el estudiantado que no recibe apoyo económico de la diáspora. Una manifestación más de la crisis sistémica que sufre el pueblo cubano desde hace décadas, agravada por el cerco energético dictado por la Administración Trump –un castigo colectivo prohibido por el derecho internacional–.

¿Cuál es su análisis de la situación que atraviesa Cuba en la actualidad?

En Cuba hay una crisis estructural provocada por una economía renqueante desde hace mucho, que todavía acusa el golpe que significó el fin del campo socialista y que, al mismo tiempo, está golpeada por una política hostil norteamericana. Tenemos un modelo económico que tiene grandes deudas en materia de eficiencia, eficacia, productividad y todo lo que sigue en esa lista. Todo esto ha provocado una fractura del consenso político en el marco de una sociedad cada vez más plural y no han existido mecanismos para canalizar ese disenso de forma participativa.

También se ha producido un cambio del liderazgo histórico de Fidel y Raúl Castro al de Díaz-Canel, cuyo capital simbólico sería su capacidad para gestionar con eficiencia el país. Y eso no ha ocurrido. Además, tras el impacto económico de la pandemia de COVID-19 se llevó a cabo una reforma que desestructuró aún más la economía del país. Y por último, Trump ha reforzado la hostilidad contra Cuba con el bloqueo petrolero y con la presión que ha puesto en diferentes países para que corten la colaboración con Cuba en materia de exportación de servicios de salud.

Al mismo tiempo, hemos sufrido un éxodo migratorio de más de un millón de personas en un país que ha envejecido a un ritmo que no es funcional para la nación. Y añadiría que tenemos un tejido nacional lesionado, marcado por múltiples carencias y frustraciones por las que tenemos una crisis espiritual que ha provocado que haya cubanos que creen que el mejor camino para Cuba pasa por que San Trump nos bombardee.

¿El Gobierno cubano podría hacer ahora las reformas que no ha hecho las últimas décadas?

El margen de maniobra se ha ido estrechando incluso en el ámbito interno. Se han perdido dos momentos fundamentales para hacerlo. En los años noventa, Fidel Castro tenía suficiente capital político para haber transitado a un modelo como el vietnamita o el chino. En el primer lustro de los 2000, se creó la alianza con la Venezuela boyante de Chávez pensando que podía sustituir a una reforma integral del modelo económico. Después llegó Raúl Castro, que colocó la reforma en el centro de la acción política, planteando que el socialismo debía entenderse desde una conexión más orgánica con las economías de mercado, pero no terminó de llevarla a la práctica por lo que yo llamo el síndrome de la perestroika: había miedo a que, al abrir el juego, se desencadenasen cambios políticos. Y también se aplicaron reformas que beneficiaron sólo a sectores puntuales, como la construcción hotelera, en detrimento de los intereses generales del país.

¿Y ahora?

Ahora se están impulsando transformaciones como las alianzas empresariales público-privadas, pero el margen es estrecho. Reformas que se pudieron haber hecho antes se tienen que hacer ahora en un país semiparalizado porque no hay combustible. Se debería haber aprovechado el proceso de normalización con el gobierno de Obama, pero entonces ganaron los sectores más conservadores.

Tras el estallido social de 2021, ¿qué peso tienen las reclamaciones democráticas entre el alumnado universitario?

Tanto en los estudiantes como en la ciudadanía en general hay un afán por cambiar dinámicas en el sistema político para que haya más participación, más mecanismos de control popular, lo que no quiere decir necesariamente asumir los presupuestos de la democracia liberal. Claro que en Cuba hay gente que quiere lógicas económicas propias de la democracia liberal, pero también hay quienes estarían dispuestos a participar en maneras distintas de entender el funcionamiento democrático del país.

La mayor inconformidad de la gente en Cuba es con su economía diaria. Si el gobierno fuese capaz de resolverlos, habría una reducción importante de los niveles de inconformidad. En las protestas sobre todo hay gente reclamando servicios básicos como la electricidad y el agua, poder llenar la despensa… Pero desde el extranjero se suele subrayar el matiz político de la protesta.

¿Qué cree que va a pasar en las próximas semanas?

Eso nadie lo sabe. Hay una gran incertidumbre en torno a las negociaciones entre el gobierno de Cuba y el de los Estados Unidos. Defiendo que haya puntos de contacto entre ambos, de hecho es una política histórica de los gobiernos nacidos de la revolución cubana, pero no estoy de acuerdo con que impliquen una lesión en la soberanía del país. Por ejemplo, que se hable de que una línea roja es la del presidente de Cuba, es decir, que se decida en Washington quién es nuestro presidente. No me gusta el modelo venezolano en el que el chavismo ha asumido una lógica de supeditación a los mandatos de Trump.

Me gustaría una negociación en la que podamos llegar a acuerdos desde una defensa de la soberanía. No se puede olvidar que a Estados Unidos no le interesan ni los derechos humanos ni la democracia en Cuba, sino que tiene una proyección imperial, que Cuba se mueva al ritmo que le interesa.

También cabe la posibilidad de que no haya acuerdo y de que haya una profundización en la política hostil de los Estados Unidos hacia Cuba. ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Una agresión quirúrgica como la que hicieron en Venezuela? Quirúrgica… pero con un montón de muertos. ¿Quizás un bombardeo como el que están haciendo en Irán o una agresión militar tipo desembarco de Normandía? Cuba está muy cerca de Estados Unidos, por lo que cualquier escenario de desestabilización puede incidir también en su territorio. Por otra parte, hay que tener en cuenta cómo le saldrán las cosas a Trump en Irán. Un empantanamiento puede limitar su capacidad de acción contra Cuba o lo contrario: apostar por hacer algo que pueda vender como un éxito.

¿Y a nivel interno?

Hay que ver en qué medida las carencias múltiples en un país semiparalizado pueden generar una protesta social y que se mezcle la demanda política explícita con la situación económica.

Cuba
Imagen de una calle de La Habana. ALEX ZAPICO

Pero al margen del agravamiento del bloqueo con el sitio energético que ha dictado Trump, los apagones graves llevan afectando de forma regular a la población más de dos años, las desigualdades entre las clases sociales son hoy exacerbadas y muy evidentes, hay una minoría que todo el mundo ve moviéndose en coches de lujo, comiendo en restaurantes caros y comprando lo que necesita en las innumerables tiendas que se han abierto con productos importados y en las que se paga en dólares… Mientras, la mayoría social no se puede permitir siquiera comprar pollo una vez al mes ni jubilarse y dejar de trabajar porque cobra pensiones que no les dan para comer. ¿Sin el factor Trump, el Gobierno cubano habría aplicado alguna reforma?

Si quitamos la agresión más reciente de Trump, el país seguiría estando en una situación muy compleja. Ojo, el bloqueo existe y es estructural. Trump solo ha escalado en grado sumo la política de sanciones de Estados Unidos. Y los problemas de Cuba son un acumulado de cosas que no han hecho bien este gobierno y los anteriores, así como de las políticas hostiles de los Estados Unidos.

Pero al margen de Trump, hay una demanda social clara de que el país lleve a cabo una apertura económica que permita una mejoría general, que no solo beneficie a un segmento. Es decir, abrir la economía pero manteniendo políticas públicas que atiendan a la ciudadanía en su conjunto, especialmente a la más vulnerable. Por ejemplo, se habla de que en abril se modificará la libreta de racionamiento.

Pero si ya apenas entregaban nada por la libreta, hay gente que hace meses que no recibe nada.

Y aun así sigue siendo importante para algunas familias. El Estado no tiene que subvencionar el arroz a un hombre como Silvio Rodríguez, que no lo necesita, pero sí a una viejita pensionada. También tiene que ayudar a que mi amigo tenga un negocio próspero y crear mecanismos fiscales que permitan al Estado redistribuir recursos, a que la educación y la sanidad públicas sean solventes…

¿Y por qué no lo han hecho hasta ahora?

No se ha trabajado con la celeridad necesaria, lo que ha agudizado los problemas. Y hay que garantizar un escenario de bienestar, aunque sea modesto, porque es una de las conquistas más importantes de la revolución.

Cuando los cubanos se quejan de que los sistemas de salud y educación no funcionan los están comparando con los éxitos que la revolución cubana alcanzó. Hay medios que construyen un relato engañoso en el que pareciera que los cubanos añoran un capitalismo maravilloso que Fidel Castro y sus barbudos destruyeron y que nos llevó a la noche más oscura. Eso es una estafa intelectual e histórica. Claro que los cubanos tienen el referente del capitalismo que han visto cuando han viajado o por las series y películas que ven; claro que hay una visión del capitalismo que forma parte de los imaginarios cubanos, pero una parte importante de los reclamos ciudadanos en Cuba conectan con la memoria histórica de un país que, en los marcos del socialismo, funcionaba mejor que el actual. Así pues, el Estado tiene la misión importante de abrir la economía para sostener de mejor manera la educación y la salud públicas.

¿Cómo debería hacerlo?

Soy reformista, me siento conectado con los valores fundacionales de la revolución cubana, tengo una proyección de vida anticapitalista. No creo que el capitalismo sea un sistema justo. Creo que la revolución cubana avanzó por caminos alternativos frente al reino del capital y que habría que rescatar mucho de ese espíritu primigenio. Fue una revolución que tuvo mucha luz y, también, sombras desde el principio: lógicas demasiado verticalistas, burocráticas, con elementos importantes de autoritarismo… Creo que hay que refundar un proyecto de contenido socialista desde el que repensar la economía, la democracia, nuestro lugar en el escenario geopolítico.

Hay gente que ve con buenos ojos la idea de una Cuba de democracia liberal, que está muy romantizada porque tiene muchos elementos antidemocráticos.Y mucha gente que piensa que el capitalismo cubano sería como el español, el sueco, el suizo, que no son perfectos, pero que tienen colchones de bienestar. Pero el capitalismo que le toca a Cuba es el capitalismo subdesarrollado periférico dependiente, como el de República Dominicana, Guatemala, Honduras…

¿Existe realmente todavía el socialismo en Cuba? Un capitalismo exacerbado domina plenamente las vidas diarias y cotidianas de los cubanos y cubanas…

Esa es una muy buena pregunta. Yo creo que quedan lógicas en las prácticas sociales como en los imaginarios..

Por supuesto que hay una influencia de lo que representaron la revolución y sus logros en la conciencia colectiva, pero los cubanos ya viven sometidos a un capitalismo periférico, con diferencias de clase abismales, pobreza extrema y excluyente…

Hay varios expertos que dicen que Cuba se ha latinoamericanizado, que cada vez nos parecemos más al continente que tenemos al lado y al que pertenecemos. Yo creo que las lógicas del capital no imperan plenamente en Cuba. Quedan bolsas de resistencia: con todos sus defectos, sigue habiendo una apuesta por la salud pública gratuita, una educación gratuita universal, un conjunto de bienes sociales que nos pertenecen a todos…

Pero es cierto que en Cuba hace años que no hay revolución. La revolución arrancó en el 59 y se cerró a mediados de los 70. A partir de entonces, vivimos en una sociedad posrevolucionaria que ha ido evolucionando con los cambios de la vida y con las reformas impulsadas por las estructuras de poder. Y ahora vivimos otra revolución –entendida como cambio estructural de sus dinámicas–: el paso de la apuesta que fue el socialismo a una en la que vuelve el capitalismo.

Quiero pensar que el pueblo cubano encontrará mecanismos que nos lleven a un socialismo remozado más que al capitalismo, pero yo puedo ser la expresión de una minoría. Mucha gente en Cuba ha comprado el sueño de que el capitalismo nos llevará a un lugar mejor. Yo creo que es un sueño equivocado, pero el ideario de izquierda está muy golpeado. En Cuba hay un proceso de articulación progresiva y potente de fuerzas de derechas, algunas vinculadas con el fundamentalismo religioso evangelista. Hay una idea de que el Estado es un obstáculo, de que es ineficiente, de que la propiedad privada y la privatización de los servicios públicos es la respuesta a todo. Hoy, en Cuba, la palabra comunista se puede utilizar como un calificativo despectivo. Eso tiene que ver con una comprensión estrecha de lo que es el comunismo y una identificación de las políticas gubernamentales con el comunismo, cuando en la práctica no hay muchas que puedan considerarse así, sino que es todo lo contrario, hay una apertura al capitalismo.

En España también tenemos una sanidad y una educación públicas en el marco de una democracia liberal. Teniendo en cuenta que las políticas cubanas no son comunistas, ¿que Cuba se convirtiese en un Estado del bienestar socialdemócrata sería el peor o el mejor de los escenarios?

Muchos cubanos tienen una imagen del capitalismo que se mueve en códigos socialdemócratas, pero yo tengo muchas dudas de que el capitalismo cubano del futuro fuese socialdemócrata: más bien sería el latinoamericano neoliberal. Si tú me dices que el capitalismo cubano va a ser el de España o Noruega, casi me atrevo a abjurar de mi vocación marxista y me lanzo a la piscina. Pero Cuba es periferia y no hay demasiados ejemplos en los que el capitalismo socialdemócrata se haya consumado en la periferia.

Además, puede darse el caso de que tenga unos indicadores macroeconómicos extraordinarios, con una vitalidad aparente tremenda, y que debajo de todo eso subyazcan problemas estructurales graves.

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Del miedo a “los otros” al miedo “a los nuestros”

Por: Patricia Simón

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

La fotoperiodista Lee Miller, en la película en la que le da vida Kate Winslet, escucha en boca de un joven la misma pregunta a la que podremos enfrentarnos en unas décadas: «¿Cómo no os disteis cuenta de que [los nazis] estaban llegando?». La reportera, que cubrió la II Guerra Mundial tras ser una de las fotógrafas de moda más reputadas, responde lo que sentimos muchas de las personas que llevamos años investigando y advirtiendo sobre el auge de la ultraderecha: «Durante un tiempo, fue muy lento. Y, de repente, ya estaban aquí». Dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS.

En el libro Miedo. Viaje por un mundo que se resiste a ser gobernado por el odio (Debate, 2022) analicé las causas de este giro histórico y cómo los poderes políticos, económicos y mediáticos habían azuzado los miedos –a los «otros», a la pobreza, a la soledad y a la muerte– allanando el camino a los nacionalpopulistas xenófobos y a los antidemócratas. Pero el ascenso ha sido tan meteórico que mientras investigábamos la trayectoria de sus líderes, sus vías de financiación, su estrategia de cooperación internacional, mientras nos debatíamos entre destinar nuestro tiempo a desmentir sus bulos o a contrarrestar sus discursos de odio, dejamos de lado lo más obvio y, también, lo más aterrador: que acaparan tanto poder porque buena parte de la población se lo ha dado a través de las urnas. Y que, por tanto, en todos los ámbitos de la vida convivimos con personas cuyas ideas políticas no solo no son respetables, sino que son criminales: amenazan los derechos y la vida misma de quienes consideran inferiores y enemigos: las personas racializadas, migrantes, feministas, del colectivo LGBTIQ+, y todas aquellas que defendemos activamente la democracia, la igualdad, la libertad y los derechos humanos. Personas con las que nos relacionamos a diario: nuestra tendera del comercio de proximidad del barrio, nuestro médico de la sanidad pública, la profesora de nuestras hijas en la escuela pública, nuestro monitor del gimnasio, el policía que nos tomará declaración tras una agresión machista, la jueza que la tendrá que juzgar, el periodista que la contará en una tertulia, nuestro primo, nuestra hermana, nuestro padre, nuestra madre.

Las izquierdas europeas y estadounidenses solo hablaron de crecimiento de la ultraderecha cuando nos incluyó a las personas blancas entre sus enemigos. Desde los años 80 hasta hoy, las políticas de los partidos de derechas y los socialdemócratas han desarrollado políticas muy parecidas contra las personas migrantes, a las que se interpretaban como una amenaza en todos los sentidos: para el mercado de trabajo, para la seguridad así como para la convivencia. Por ello, el corpus legislativo migratorio tiene un enfoque militarista y defensivo contra unas personas que ejercen su derecho a la movilidad para buscar oportunidades y seguridad. Es decir, sus políticas migratorias siempre han sido de extrema derecha porque consideraban las vidas de las personas migrantes de menor valor. Por eso, nadie ha sido juzgado ni condenado por las políticas que han provocado la muerte de, al menos, 30.000 personas en el Mediterráneo. Por eso, esa misma política mortífera es la que se permite seguir practicando hoy el Gobierno español, uno de los pocos progresistas que quedan en el mundo.

El discurso hegemónico contra las personas migrantes, mientras su explotación hacía posible el cacareado crecimiento económico europeo y estadounidense, ha sido el caballo de Troya que ha alumbrado esta era de la crueldad. Por eso, las personas migrantes no tienen que preguntarse hoy cómo van a relacionarse con toda esa gente que las desprecia cuando se dejan su sueldo haciendo la compra en sus comercios, cuando cuidan de sus padres y madres ancianos, cuando van a la consulta del ambulatorio público –que también pagan con sus impuestos–, o cuando dejan a sus niños y niñas en la puerta del colegio. Como no se lo preguntarán quienes dejaron de ir a las celebraciones familiares o laborales para no seguir escuchando comentarios homófobos y sexistas que atentaban contra su propia existencia. Todas estas personas siempre tuvieron que protegerse del fascismo porque ya estaba ahí. Mientras, el resto, la mayoría de las personas blancas cisheterosexuales, no lo querían ver porque sus vidas cotizaban al alza en ese ecosistema fascista.

Pero ya no hay lugar al engaño. El espejo estadounidense nos está mostrando cómo incluso la burguesía blanca demócrata está en peligro: activistas, feministas, intelectuales, periodistas, académicas, juristas, científicos y científicas no se libran de la diana cuando se interponen en el camino de los paramilitares de la ICE, cuando publican información crítica con Trump, cuando defienden que se aplique la legalidad internacional contra los responsables del genocidio de Gaza o cuando denuncian el impacto de las políticas de la Casa Blanca en la crisis climática.

Hoy, a la vez que la mayor parte de nuestras sociedades se ven perjudicadas por las políticas de la ultraderecha, estamos cada vez más cerca de que también la mayoría social defienda sus postulados. Es una guerra global contra la humanidad misma, espoleada por el autoodio que ha insuflado décadas de un estilo de vida neoliberal basado en el individualismo y el egoísmo. No es solo que cada vez más obreros autóctonos odien a los obreros extranjeros, sino que odian con más ahínco aún a los sindicatos que defienden sus derechos, a las políticas que suben sus salarios y a los periodistas que defienden el beneficio común de la redistribución de la riqueza. Cada vez más mujeres no solo odian a las feministas, sino que votan a políticas que niegan nuestra discriminación y la violencia de género. Y cada vez más personas pasan sus días macerando y envenenándose con nuevos odios difundidos por canales de televisión, de YouTube, de Telegram, de WhatsApp. Gente que se despierta deseando la muerte al presidente Pedro Sánchez por las nuevas balizas de la DGT, a las feministas por denunciar los abusos sexuales cometidos presuntamente por Julio Iglesias, a los ecologistas por acabar con la vida rural, a los antirracistas por llenar el país de ladrones y violadores, a los catalanes por querer acabar con España… Hombres y mujeres con apariencia normal, que no están en el Parlamento ni en los platós, sino en tu trabajo, en la puerta del colegio de tus hijos e hijas, incluso en la casa de tu padre y de tu madre.

Gente que, incluso, dice que te quiere. Y que, probablemente, lo haga. Pero que odia lo que eres, lo que piensas y que adora a quienes quieren tomar el poder para censurarte, perseguirte, encarcelarte, castigarte, violarte, matarte. Dicen que te quieren. Y probablemente lo hagan. Pero representas a sus enemigos. No lo eres. Nunca les privarías de derechos ni libertades. Tú nunca permitirías que les hicieran daño. Pero ellos sí están haciendo todo lo posible –de pensamiento, palabra, obra y omisión– para que otros lo hagan.

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Nasser Abu Srour: “Desde el 7 de octubre, las cárceles se convirtieron en un frente más de la guerra contra Gaza”

Por: Patricia Simón

Nasser Abu Srour (Campo de refugiados de Aida, Cisjordania, 1969) es uno de los palestinos que más tiempo ha pasado preso en una cárcel israelí: 32 de sus 57 años. Durante su presidio escribió La historia de un muro, uno de los libros que mejor alumbra la fortaleza que puede llegar a tener el ser humano y un pueblo, el palestino. Mientras sufría hambre, torturas y violaciones, su obra fue traducida a siete idiomas, publicada en España por Galaxia Gutenberg y premiada con reconocimientos tan prestigiosos como el Premio de la literatura árabe 2025 del Instituto del Mundo Árabe de Francia. Pese a que acababa de ser liberado, no pudo viajar a la gala. Por ahora, solo puede salir de Egipto para instalarse en Brasil o Malasia.

En 1993, Abu Srour tenía 24 años y vivía en el campo de refugiados en el que había nacido, el de Aida, cerca de Belén. Allí estudió en la escuela de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina en Oriente Próximo), que sigue garantizando el derecho a la educación a la infancia de este gueto, cercado por el muro del apartheid israelí. Cuando cursaba Literatura Inglesa en la Universidad de Al Quds se unió a las protestas de la primera Intifada. Fue detenido y condenado a cadena perpetua por participar presuntamente en el asesinato de un oficial de la inteligencia israelí.

El nombre de Abu Srour aparecía en los listados de los palestinos que debían liberarse según los Acuerdos de Oslo y en las negociaciones de Wafa al Ahrar de 2011, por las que Israel liberó a mil palestinos a cambio de un soldado israelí. Pero Tel Aviv no cumplió.

Finalmente, en octubre de 2025, 32 años después de su encarcalamiento, fue puesto en libertad junto a otros 154 secuestrados palestinos en un intercambio acordado por el Plan de Trump para la Franja de Gaza.

Su madre, Mayzour, que se había convertido en un referente de la defensa de los derechos de los secuestrados palestinos, había muerto 70 días antes. Esta periodista tuvo la oportunidad de conocerla en su casa gracias a la mediación de Lora Abuaita, quien también ha participado en esta entrevista como traductora. En aquel encuentro, Mayzour nos mostró su armario, donde guardaba por orden cronológico los vestidos que había tejido para visitar a su hijo a lo largo de su vida. Las autoridades israelíes le prohibieron recibir visitas durante los primeros siete años de presidio. Después, ella hacía viaje de dos y tres días por el desierto para que, a menudo, los carceleros israelíes la humillasen y cancelaran a última hora el encuentro. 

Su madre es el único tema del que Abu Srour ha preferido no hablar en esta entrevista que mantuvimos por videoconferencia durante más de tres horas. Una de las primeras que ha concedido a un medio de comunicación.

«En las cárceles dan de comer el mínimo de calorías necesario para que no nos muramos y así poder seguir golpeándonos hasta matarnos del dolor«

Nasser Abu Srour tras su puesta en libertad. IMAGEN CEDIDA.

¿Cómo cambió la vida para los palestinos secuestrados en las cárceles israelíes tras el 7 de octubre de 2023?

En los años previos, el movimiento de presos había conseguido que tuviéramos acceso a comida, libros, cuadernos y a un mínimo de información del exterior. Pero desde el 7 de octubre, las cárceles se convirtieron en un frente más de la guerra contra Gaza. Como ocurrió en Cisjordania, en el Líbano, en Yemen…

La misma noche del 7 de octubre desconectaron toda comunicación con el exterior. Los guardias se cambiaron los uniformes por unos con el rótulo en el pecho de «Guerreros». Desde entonces, en las cárceles dan de comer el mínimo de calorías necesario para que no nos muramos y así poder seguir golpeándonos hasta matarnos del dolor. En las celdas donde cabíamos dos o cuatro presos, metieron a doce. A diario nos torturaban, nos golpeaban, nos violaban. Antes de 2023 también lo hacían, pero a partir de entonces fue algo totalmente diferente. No había límites. Redujeron nuestra existencia a lo puramente animal, a respirar y pensar cómo sobrevivir. 

Nos quitaron los espejos para que no nos pudiéramos ver. Cuando llovía, buscábamos charcos en el patio para vernos. Yo perdí 12 kilos, pero porque ya estaba muy delgado. Hay presos que han perdido muchos más. Nos daban de comer apenas un vasito de café con arroz, cubierto de excrementos de ave porque los dejaban en el patio antes de distribuirlos. Y si no nos lo comíamos, nos pegaban hasta la muerte. Otras veces, nos dejaban sin comer como castigo colectivo. 

Tenían un plan con todo lo que querían experimentar con nosotros y lo llevaron a cabo. Antes del 7 de octubre, te podían golpear hasta partirte los huesos, pero luego te curaban para que siguieras vivo. Pero a partir de entonces, desapareció la atención médica. Han matado a muchos presos de hambre y de falta de medicinas.

El hacinamiento, la falta de higiene, las heridas y las enfermedades han generado una variante de la sarna que se come el cuerpo de los presos. Yo he llegado a verle los huesos a algunos. Muchos han muerto por eso.

En las prisiones pusieron una foto de la Franja destruida, de seis metros de largo, con el título «La nueva Gaza». Era una forma de tortura psicológica, de decirnos “no podéis hacer nada, esto es lo que está pasando allí afuera”. 

En las 48 horas previas a ponernos en libertad, la violencia aumentó muchísimo. Nos pegaron tanto que cuando llegamos a la frontera no podíamos siquiera caminar para cambiar de autobús, no teníamos fuerzas.

El otro muro
Grafiti con el rostro del escritor palestino Nasser Abu Srour cerca de su casa familiar, en Cisjordania. VLADIMIR GUREWICH

¿Cómo está ahora?

Es difícil explicarlo. Respiro, y eso está bien. Estoy comiendo, bebiendo, amando, y eso se supone que está bien. Puedo ver las calles, algo que no podía hacer desde hace 32 años. Y puedo hablar por teléfono con personas de la Palestina ocupada y eso está bien. Pero no estoy bien. De hecho, no sé si le puedo dar las gracias a Dios por nuestra liberación porque el precio ha sido que 80.000 personas hayan sido asesinadas en Gaza. Y en las cárceles siguen matando, humillando, degradando y violando a diario. Le he escrito una carta a uno de los amigos que siguen encarcelados en la que le pido perdón por cada vez que respiro porque les he dejado solos. 

En los dos últimos años pensé en suicidarme porque era tanta la violencia que no podía controlar mi cuerpo y no quería convertirme en un animal. Le decía a mi cuerpo que no tenía hambre, pero no podía controlarlo. Lo único que me permitió mantener un mínimo de valentía para sobrevivir fue la fe en que algún día viviría en libertad.

«En las cárceles israelíes siguen matando, humillando, degradando y violando a diario«

¿Convivió con las personas que secuestraban de Gaza durante el genocidio?

No, los llevaban a una sección distinta de las prisiones. Escuchábamos sus gritos, unos desgarros que no puedo describir. Nada de lo que vivimos nosotros es comparable a lo que hacen con los presos de Gaza.

¿Cómo fue la puesta en libertad?

Nos llevaron por el sur de la Franja y lo primero que hice cuando cruzamos la frontera de Rafah fue abrir la cortinilla del autobús. Era la ventana más grande que he visto en mi vida porque solo conocía las del campo de refugiados en el que nací y las de la cárcel. Cuando llegamos al hotel no sabía qué hacer. Era la primera vez en mi vida que estaba en uno. Salía de la habitación y tenía que volver cinco veces porque siempre se me olvidaba algo. Mis hermanos que viven en Estados Unidos vinieron a verme y me trajeron muchos regalos caros, como un Iphone. Yo no sabía qué hacer con él. 

No sabía ni siquiera dar ni recibir amor. Tuve que pedirles momentos de pausa a la familia porque no podía recibir ni dar tanto cariño. En un momento dado, mi hermana me iba a abrazar y le tuve que pedir que no lo hiciese, no podía. 

Tampoco consigo reconocerme con el tiempo ni el lugar. En prisión, vivía fuera del tiempo y en un no-lugar. Estoy aprendiendo.

Primero, les alojaron en un hotel en El Cairo. Al día siguiente, el panfleto sensacionalista Daily Mail publicó una noticia en la que criticaba que turistas británicos tuvieran que desayunar en la misma sala que ustedes. La titularon El hotel de Hamás. Entonces, les vuelven a meter en un autobús y les trasladan a un hotel en medio del desierto. ¿Cómo se sintió entonces?

Sentí que nos trasladaban a otra prisión. Nos dijeron que teníamos que recoger todo lo que nuestros familiares nos habían regalado y marcharnos rápidamente porque en esa noticia decían que éramos una amenaza para la vida de los turistas y para la seguridad mundial. 

Me revivió el trauma de cuando nos cambiaban de prisión: volví a tener dolor de estómago y ganas de vomitar como entonces. Primero nos llevaron a un hotel en una ciudad deportiva en el desierto y, después, cuando lo necesitaron para unas competiciones, a otro aún más lejos, junto al Mar Rojo.

Como escribió el pensador Al-Manfaluti si no cambias tu estado emocional, da igual que cambies de lugar: seguirás sintiéndote igual. Como nos trasladaron de manera forzada y nos seguían tratando como una amenaza, yo me seguía sintiendo en prisión.

¿Dónde vive ahora? 

Los presos que tenemos apoyo económico de nuestras familias hemos alquilado apartamentos en distintas partes de Egipto. Pero hay 150 presos que siguen viviendo en ese hotel aislado.

«Nada de lo que vivimos nosotros es comparable a lo que hacen con los presos de Gaza«

La condición para salir de prisión fue que no podía volver a Palestina. 

No, el sionismo no nos permite volver a Palestina a los presos liberados porque su objetivo siempre ha sido conseguir que sea una tierra sin pueblo. Y para ello emplea los asesinatos, los genocidios, las masacres y el exilio forzado.

¿Qué mensaje le gustaría enviarle a todo el mundo?

Que el mundo vea al pueblo palestino, que dejen de hacer como si los palestinos y palestinas fuésemos invisibles, víctimas sin ningún valor. El mundo tiene que entender que el pueblo palestino lleva 100 años sufriendo genocidio tras genocidio, no solo en los últimos dos años. Y también tiene que entender que sus gobiernos siempre han sido cómplices. 

Israel no habría podido ejecutar este genocidio, y menos durante tanto tiempo, sin la financiación, las armas y el apoyo de Estados Unidos y de países de la Unión Europea para masacrar a un pueblo entero. Necesitamos que cuando el mundo escucha que en Gaza se están muriendo de hambre, no lo escuche como si fuesen solo palabras. Porque no lo son.

Seguimos en el 48, la Nakba continúa. Israel no ha dejado de matar y de aplicar políticas de opresión desde entonces. Israel es cada vez más fuerte, más brutal a la hora de cometer las masacres y los genocidios. Y lo que está pasando en Gaza es la demostración de cómo se puede eliminar a un pueblo, arrasar un territorio hasta dejarlo plano, dejar a los supervivientes en la calle hambrientos para después abrir la frontera, dejar pasar a 10 personas después de haber asesinado a 80.000 y decir que eso es la paz. El mundo tiene que dejar de ser cómplice, no solo con la Franja de Gaza sino con toda la Palestina histórica.

«No sabía ni siquiera dar ni recibir amor«

Cuando usted aún estaba preso, el escritor español José Ovejero publicó una reseña sobre su libro en la que decía que si pudiera entrevistarle la primera pregunta habría sido: “¿Por qué, en lugar de mostrar la carne tumefacta y la herida, en lugar de volver la mirada hacia el verdugo, en lugar de hacer visible la reja y la celda miserable, ha decidido escribir sobre lo que no se ve?”. Ahora que está libre se la hago yo en su nombre.

El otro muro
Portada del libro ‘La historia de un muro’. GALAXIA GUTENBERG

El ser humano tiene cinco sentidos que nos ofrecen significados muy limitados. Puedes escuchar y quedarte solo con lo escuchado; mirar, y quedarte solo con lo visto. Pero lo que normalmente no hacemos los seres humanos es darle sentido y un significado a lo que sentimos. Y todo lo que hay a nuestro alrededor puede tener miles de ellos. Y para hacerlo, tienes que aplicarle la imaginación. Si yo veo la pared de la prisión y digo “No se puede cruzar, no se puede destruir, no va a desaparecer nunca”, voy a estar preso para siempre. Pero si utilizo la imaginación para ver y sentir lo que hay tras los muros, para imaginar una flor y oler su perfume, para viajar a Barcelona, para tener una cita con una mujer… Entonces voy a intentar sobrevivir. La ciencia está demostrando que hay muchas cosas que no vemos y que existen. Y en mi escritura utilizo la imaginación para dar sentido a lo que no se ve. 

¿Ha sido la imaginación lo que le ha permitido sobrevivir a 32 años de encarcelamiento?

Sí, desarrollé este mecanismo de defensa de dar otro significado a las cosas para olvidar que iba a vivir ahí toda la vida. He vivido una vida entera con este muro. Lo he besado, lo he abrazado, he hablado con él, me ha abierto muchas puertas… Ha sido muy bonito sorprenderme con lo que me ha enseñado. Sólo los niños -hasta los diez años- y los filósofos conservan la capacidad de sorpresa. Y eso lo que yo he hecho para dar sentido a seguir vivo junto a ese muro.

Escribe que uno de los dolores más fuertes que ha sufrido en prisión se lo provocó enamorarse.

Todos nacemos con un torrente de emociones que nos acompañan a lo largo de la vida. Y hay un dicho que dice que todos nacemos con unos lazos que nos unen a unas personas. Yo crecí con ese desbordamiento de amor y lo dirigía a la familia y a personas de mi alrededor. Hasta que la conocí. Cuando la vi la primera vez, a través del cristal, pensé «Pobres los muros» porque sentí que ella podía hacerlo todo, incluso, destruirlos. Era mi abogada y cuando llevábamos dos años de relación me di cuenta de que esa mujer de 27 años necesitaba alguien que la pudiera abrazar, darle un beso, vivir con ella. Y yo ni siquiera la pude tocar. No podía dejar de sentirme culpable, no la podía condenar a perderse todo eso. Cuando rompimos la relación, sentí que un grito de alivio resonaba entre las montañas porque aquella mujer podría por fin vivir. Esa mujer es mi prometida hoy, está aquí conmigo. Volvimos a estar juntos hace un par de años y nos vamos a casar.

«El mundo tiene que dejar de ser cómplice, no solo con la Franja de Gaza sino con toda la Palestina histórica«

¿Cómo fue sacando sus escritos de prisión a lo largo de estos años? He leído a sus editores que algunos los dictó por teléfono cuando podía hacer llamadas y que otros los sacaron algunas personas que le visitaron de manera clandestina. 

Sí, pero no puedo dar detalles para no comprometer a las personas que me ayudaron.

La madre de Abu Srour, Mazyuna, en la puerta de su casa en el campo de Aida durante la visita de esta esta periodista. ALEX ZAPICO.

Tras el 7 de octubre, le quitaron el papel y los bolígrafos y le prohibieron escribir. ¿Qué supuso para usted privarle de la escritura? 

En aquel momento lo único en lo que podía pensar, yo y el resto de los presos, era en sobrevivir un día más, en esconder un mendrugo de pan para el día siguiente, en encontrar un lugar donde no morirme de frío. La escritura dejó de existir, las palabras dejaron de existir, los pensamientos se esfumaron. En mi cabeza solo había una idea: sobrevivir. 

En el listado de países a los que inicialmente podría mudarse se encontraba España, además de Malasia, Qatar y Argelia, entre otros. ¿Sabe por qué España se cayó de esa lista? 

España se retiró, no sabemos por qué. También estaba Turquía, que recibió a algunos presos pero ya no recibe a nadie más. Ahora mismo podríamos mudarnos a Brasil o a Malasia. No hemos tomado la decisión porque no queremos estar lejos de las familias y tiene que ser un destino en el que nos puedan visitar. Además, quiero vivir en un país donde haya dolor. Siempre he convivido con el dolor y quiero seguir escribiendo sobre el dolor, pero para eso necesito entenderlo. Por eso necesito que sea un lugar que se parezca en algo a nuestra vida y para eso no basta que sea árabe porque hay ciudades árabes que no tienen espíritu, ni vida. No podría vivir en un sitio así. 

Usted escribe que los palestinos son solidarios con quienes se rebelan contra la injusticia y que apoyan a quienes no han triunfado. Estamos viendo cómo el movimiento internacional contra el genocidio de Gaza se ha convertido en la mayor movilización global no sólo en apoyo a Palestina sino también contra la ola antidemocrática liderada por Trump y Netanyahu, entre otros. ¿Se siente conectado con ese movimiento internacional de solidaridad con Palestina? 

Sí, siempre son los oprimidos, los derrotados y los débiles quienes tienen la razón. El punto de partida es la solidaridad con quienes pasan por la misma experiencia. En los últimos años, con lo ocurrido en Gaza, la cuestión palestina se ha convertido en el movimiento social más grande y efectivo a nivel mundial. Ojalá les pudiera dar las gracias personalmente a cada una de las personas que participan en este movimiento, que han sido golpeados cuando se manifiestan, echados de sus trabajos y secuestrados cuando vinieron en la flotilla.


«El sionismo no nos permite volver a Palestina a los presos liberados porque su objetivo siempre ha sido conseguir que sea una tierra sin pueblo»

Como sabe, tuve el privilegio de visitar en su casa a su madre, Mazyuna, una mujer excepcional que se convirtió en una lideresa del movimiento de apoyo a los presos palestinos. Tras una vida luchando por su liberación, murió 70 días antes de que usted saliera de prisión. ¿Cómo la describiría?

Lo siento mucho, pero no puedo responder a esta pregunta. Cada vez que toco su muerte me derrumbo. Hoy tengo un compromiso y no me lo puedo permitir. Lo siento. 

Nasser Abu Srour junto a su madre, Mazyuna, en una de sus visitas a prisión. ARCHIVO FAMILIAR.

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Francesca Albanese: “Como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso”

Por: Patricia Simón

Suscríbete a La Marea y, además de la revista, te puedes llevar de regalo el nuevo libro de Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina, de Francesca Albanese.

Francesca Albanese (Italia, 1977) se ha convertido en un referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Desde que comenzase el genocidio de Gaza, su trabajo incansable a través de informes, de la participación continua en el debate público mediante entrevistas, conferencias y las redes sociales denunciando no sólo los crímenes de Israel, sino también la responsabilidad de los gobiernos, empresas y medios de comunicación occidentales, la han convertido en una figura inspiradora para millones de personas de todas las generaciones. Y, también, en una de las más odiadas, atacadas y perseguidas por los Gobiernos de Israel y Estados Unidos, así como por el lobby sionista internacional. De hecho, la Administración Trump la ha llegado a sancionar por colaborar con la Corte Penal Internacional en su intento de juzgar a los responsables del genocidio.

Ahora, Albanese publica en España Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuenta la historia de la ocupación a través del derecho internacional, pero también de sus vivencias y reflexiones personales y de las de diez personas –la mayoría, amigos y amigas de Albanese– que protagonizan cada uno de los capítulos. Y lo escribe con la claridad, la precisión y la determinación que la han convertido en una de las voces más respetadas de la esfera pública. Y, también, compartiendo el sufrimiento, el dolor y el miedo que acarrea, a veces, estar en la primera línea de la “guerra contra los valores” que están sufriendo, en palabras suyas, quienes participan en el ‘efecto Palestina’, como llama a la nueva conciencia global que ha despertado el genocidio contra Gaza.

En su libro Cuando el mundo duerme cuenta la historia de Palestina, de la ocupación, del régimen de apartheid, del genocidio con rigor y datos, y, también, mediante sus vivencias. ¿Por qué decidió escribirlo desde esta perspectiva personal?

Primero, porque había planeado escribirlo un año antes, cuando salió mi primer libro en italiano, poco después del inicio del ataque contra Gaza en octubre de 2023. En aquel caso buscaba que el público italiano tuviese una especie de punto de referencia, porque allí, desde el principio de los ataques, la retórica y la propaganda fueron muy proisraelíes. Y lo digo sin negar el sufrimiento de los israelíes ni lo duro que fue lo que sufrieron el 7 de octubre. Yo sabía que el Gobierno israelí capitalizaría ese sufrimiento y que los líderes occidentales cederían para complacer y favorecer a Israel. Así que quería ofrecer una especie de glosario.

«En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes»

Pero una vez que ese libro vio la luz, ya tenía en marcha este proyecto, en el que quería hablar sobre Palestina desde la perspectiva del derecho internacional, pero de una manera personal, humanizando esa historia y haciéndola accesible, especialmente para los más jóvenes.

En segundo lugar, también lo escribí así por mí. Fue un ejercicio muy catártico. Tuve que articular cómo había entrado en mi vida Palestina cuando llevábamos ya año y medio de genocidio y mientras trabajaba en el informe sobre la economía del genocidio.

Es un libro difícil de catalogar porque tiene mucho de historia, de ensayo, de derecho internacional, pero no es un libro de solo una de esas cosas. Tampoco una biografía ni autobiografía, aunque contiene muchas vidas. Pero creo que también eso es lo que hacemos las mujeres, mostramos quiénes somos sin ocultar nuestras debilidades. En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes. Por eso me sentí atraída a escribir este libro, en el que me expongo y comparto tanto de mi viaje personal.

«Estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo»

El libro es también una carta de amor a la amistad, a los amigos palestinos, israelíes y judíos no israelíes que le han permitido comprender la realidad de Palestina. De hecho, lo comienza con una cita de Alisa Weise: “La solidaridad es una manifestación política de amor”. ¿Cómo describiría el papel de la amistad en su compromiso y en el movimiento internacional de solidaridad global con Palestina que ha surgido a raíz del genocidio?

Es interesante porque cuando leí el libro en octubre, meses después de su publicación en Francia, me di cuenta de que parecía deliberado que hubiese palestinos e israelíes, como si los quisiera reunir en una mesa. No fue así. Los elegí porque son mis amigos y porque me enseñaron muchas cosas. Alon Confino era probablemente el más israelí de todos, pero nunca pensé en él como un israelí porque era una persona universal.

Además, mi círculo de amigos ha crecido mucho a partir del genocidio. Personas que van desde el colegio de mis hijos al ámbito público, que me han apoyado siempre, que han querido estar cerca de mí cuando he sufrido los ataques más feroces. Como cuando el gobierno y los medios de comunicación de Italia, donde no son muy libres, empezaron a atacarme hasta por estornudar. Siento que estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo.

Para mí, la relación más profunda de la vida no es el amor que sientes por tu pareja, tus hijos, tus hermanos o tus padres: para mí, el valor más importante es la amistad. La amistad es la red que te mantiene unido, que no te deja caer en el aislamiento. Además, la amistad es un valor para el futuro. Necesitamos recuperar la humanidad en nuestras vidas, estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino.

Francesca Albanese. Foto cedida: FAROOQ ZAMIR.

«Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia»

Sostiene que el genocidio de Gaza ha despertado una nueva conciencia global a través del movimiento internacional de solidaridad con Palestina. ¿Cómo puede este movimiento contribuir a frenar la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos?

Veo un movimiento que llamo una, como el plural en latín de unus (unidad), porque reúne tantas realidades individuales que se convierten en una colectividad. Se trata de un movimiento sin líderes, pero con valores muy fuertes, identificables, y con una primera línea. Siento que soy parte de esa primera línea con los palestinos, Greta Thunberg, Yanis Varoufakis, el movimiento BDS, las organizaciones de derechos humanos, los abogados, los periodistas que hablan a pesar de la censura… Llamo a este movimiento “efecto Palestina” porque Palestina nos ha despertado, nos ha mostrado la diferencia entre los valores y sus contrarios, como la luz y la oscuridad. Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia. Me gusta este concepto porque es resistencia y firmeza, la capacidad de adaptarse, transformar, repensar. Y es un movimiento que no se puede vivir individualmente, tiene que ser colectivo para sea transformador; una elección ética que concierne a todo: al medio ambiente, a los animales, a los seres humanos. Y esto es, en definitiva, lo que Palestina representa para mí.

El “efecto Palestina” es despertar, unir y movilizar, con un espíritu de hermandad, como estamos viendo. Y la relación de amistad que hemos creado personas que, en un principio, éramos camaradas es más fuerte que la que tengo con algunas personas que han formado parte constante de mi vida. Luchamos y, aunque no sepamos cuándo veremos el final, nos vamos enriqueciendo al unirnos en torno a unos valores comunes.

Y al mismo tiempo que provoca esta reacción de admiración e inspiración, también genera mucho odio por lo que representa: la autoridad de la ley y los derechos de Palestina frente a la impunidad del poderoso Israel. En el libro explica que una de las razones por las que más odio ha recibido es por señalar que Israel es un proyecto colonial. ¿Por qué algo tan obvio genera tanta virulencia?

Si hubiéramos tenido esta discusión en la década de 1950 o incluso a principios de la década de 1960, nadie habría dicho ni una palabra porque entonces el colonialismo no era visto como la madre de todos los males, como sí ocurre hoy. Por eso entiendo que a los israelíes no les guste que los llamen pueblo colonial.

El proyecto del Estado de Israel precedió al Holocausto, y no hay duda de que el pueblo judío fue perseguido y que el proyecto nacional surgió para protegerlo. No era la única solución, también lo podría haber protegido donde estaban. Pero es cierto que las circunstancias hicieron que tuvieran que abandonar sus hogares en Europa y no había muchos países que los quisieran. Incluso supervivientes del Holocausto fueron rechazados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia cuando huían como refugiados de Europa.

El caso es que podrían haber ido como refugiados a Palestina. Pero no, fueron como parte de un proyecto nacional colonial que cogía la tierra y los hogares de otras personas, de los pueblos indígenas. Entiendo que muchos creen o les gusta creer que Dios les dio esa tierra, pero Dios no es un agente inmobiliario y no le dio la tierra a nadie.

Hoy estamos gobernados por la ley e Israel no debería haber sido creado a expensas –no digo que no debería haber sido creado– sino que no debió crearse a expensas de casi un millón de palestinos, de los cuales unos 750.000 fueron expulsados y nunca se les permitió regresar. Además, Israel ha seguido comportándose como una colonia de colonos en lo que quedaba de la Palestina histórica, en el territorio palestino ocupado, en Gaza, Cisjordania o Jerusalén Este. Y lo presentan con la burbuja del origen divino de Israel, como si se tratase del pueblo judío regresando a su tierra. No digo que el pueblo judío no tenga vínculos con la Tierra Santa. Solo digo que lo que hicieron fue violento y que esa violencia perdura. Además, contar que es un proyecto colonial desmiente el mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Y claro, todo eso no les gusta.

«Estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino»

¿Qué debería hacer la Unión Europea con respecto a Israel si decidiese cumplir con el derecho internacional?

En primer lugar, al menos, debería suspender, o incluso derogar, el acuerdo de asociación de la UE con Israel. En segundo lugar, debería considerar permitir que los Estados puedan cumplir con la ley, porque eventualmente los Estados miembros utilizan a la Unión Europea como excusa para incumplir sus obligaciones internacionales, que imponen detener el comercio de armas, dejar de comprar armas a Israel y cortar los lazos económicos. Un embargo de armas es necesario, pero también cortar los lazos con la economía israelí, porque Israel está perpetrando los crímenes de apartheid y de genocidio. ¿Qué más tiene que hacer Israel para que la Unión Europea haga todo esto? La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia. Productos que han sido probados con los palestinos, tanto en el campo de batalla como en sistemas de seguridad, y que se han convertido en sofisticados equipos utilizados para matar o aterrorizar a toda una población durante los últimos dos años.

Comienza el libro con un capítulo dedicado a las violencias que Israel emplea contra la infancia palestina. ¿Cómo es posible que la Unión Europea y Estados Unidos hayan mantenido su apoyo a Israel, incluso después de que haya cometido un infanticidio en Gaza y de todos los asesinatos, encarcelamientos, torturas y otros crímenes que comete contra los niños y niñas palestinos de Cisjordania y Jerusalén?

Me gustaría recordar que Estados Unidos es el único país del mundo que no ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. Además, creo que los soldados israelíes y muchos sectores de la sociedad israelí no ven a los niños palestinos: solo ven a palestinos, a los que ven como posibles amenazas terroristas y a la seguridad. Existe una profunda deshumanización. Nunca he visto nada parecido al nivel de racismo institucionalizado y generalizado contra todo un pueblo que vive a tu lado. Y esa demonización no solo afecta a Israel, sino también a algunos de nosotros en el mundo global de minorías blancas privilegiadas.

Quizás sea una fantasía, pero imagino a gente yendo libremente a Gaza y ayudando a limpiar la zona. Me imagino que los seres humanos pueden ayudar a reconstruir la Franja y ayudar a los palestinos a sanar las heridas. Se requerirá mucha humanidad para contrarrestar la inhumanidad que han mostrado el Gobierno y los soldados israelíes, así como las sociedades occidentales.

Francesca Albanese. Foto cedida: MONA VAN DEN BERG.

«La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia»

Una de las consecuencias del genocidio ha sido la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba a buena parte de los medios occidentales. ¿Cree que podrán ser juzgados por su responsabilidad en el genocidio?

Sí, aquellos que han sido apologistas del genocidio deberían ser juzgados. Y también deberían dejar de tener lectores y clientes. Pero le contaré más en unos meses porque esta es una de las investigaciones que estoy realizando.

TikTok acaba de cerrar la cuenta del periodista gazatí Bisan Ota y YouTube ha eliminado miles de vídeos subidos por soldados israelíes que publicaban sus propios crímenes de guerra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina?

Muchas de ellos han silenciado, censurado y alterado contenido palestino y en solidaridad con los palestinos. Esto no es neutral, no respeta la libertad de expresión ni la primera enmienda –ya que la mayor parte de ellas están radicadas en Estados Unidos–. Estos medios y gigantes tecnológicos han elegido en qué parte de la historia han querido posicionarse y al menos yo, como abogada, deseo verlos investigados judicialmente.

Pero mientras eso ocurre, [estas plataformas] deberían perder a sus seguidores. Y espero que tenga éxito Upscrolled, creada por un empresario palestino como una versión libre de censura de TikTok. Tuvo un millón de descargas en un día y espero que siga creciendo a ese ritmo porque lo necesitamos. Mi temor es que se generen cámaras de eco y que TikTok siga siendo para los proisraelíes y los crédulos, mientras que el otro sea donde se divulgue la información. En cualquier caso, necesitamos alternativas.

¿Cree que lo sucedido con el genocidio podría ser una oportunidad para impulsar una reforma democratizadora de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad?

No sucederá. No sucederá a menos que se revisen los cimientos del sistema, basado en el privilegio o la dominación de algunos Estados. No creo que ocurra. Y como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso.

Espero que países como los que integran el Grupo de La Haya se conviertan en actores importantes y que España juegue un papel importante dentro de él. Porque no solo el Gobierno español, sino el pueblo español, las universidades españolas y los medios de comunicación españoles han sido un gran ejemplo de compromiso positivo y ético. Por eso espero que el Gobierno de España se una al Grupo de La Haya pronto.

¿Qué medidas debe tomar la sociedad civil en esta nueva fase del genocidio de Gaza?

En primer lugar, apoyar los esfuerzos de quienes intentan lograr justicia, como la Fundación Hind Rajab –en España también hay abogados persiguiendo a las empresas [que participan en el genocidio]–. Debería investigarse más a los actores privados que han sido cómplices de los crímenes israelíes. Debe haber una presión continua para que las instituciones sigan haciendo lo correcto, porque no creo que el Gobierno español hubiera hecho lo que ha hecho sin el empuje del pueblo español. Y luego, el consumo ético –nadie debería vender productos relacionados con la ocupación israelí–, la banca ética –comprobar que sus bancos no tienen inversiones relacionadas con la ocupación–, y adherirse a la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

La reclusión, la erradicación y la persecución del pueblo palestino siguen siendo el principal objetivo del gobierno actual de Israel. Y el horizonte es incierto porque es un plan que no tiene fin.

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