«Esta guerra no se acaba», afirma uno de los soldados de la patrulla que recorre a pie el norte de Stetskivka, una de las últimas aldeas en manos ucranianas antes de llegar a la línea de contacto con los militares rusos. «Pero hay que lucharla, aunque es difícil combatir contra los drones, que aquí están por todas partes», asegura señalando la gran cantidad de vehículos calcinados que se encuentran desperdigados por el centro de este asentamiento rural en el que apenas se ve un alma y desde el cual se dispara con artillería pesada a las posiciones rusas. «Y por si fuera poco –añade uno de sus compañeros– la Federación Rusa está como a 10 minutos en coche, por lo que este frente de Sumy es particularmente peligroso».
Cuando Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero del 2022, la provincia de Sumy, situada en el noreste del país, fue uno de los primeros territorios en los que se produjeron combates entre ocupantes y ocupados. Tras varias semanas de lucha, las fuerzas ucranianas consiguieron expulsar a las fuerzas rusas, las cuales, en un repliegue estratégico, regresaron por donde vinieron al otro lado de la frontera. Así las cosas, a partir del 11 de abril del 2022, los habitantes de la ciudad y provincia de Sumy se sobrepusieron hasta alcanzar una relativa calma, al menos si se compara con lo vivido desde entonces en otras regiones que también hacen frontera con Rusia.
Sin embargo, todo cambió radicalmente cuando el 6 de agosto de2024, el ejército ucraniano comenzó una inesperada invasión de Rusia. El punto por donde se dio inicio a esta gran operación militar fue precisamente la provincia de Sumy. Según explicaron las propias autoridades al mando, una de sus motivaciones era conquistar territorio ruso de cara a una deseada negociación con el Kremlin. Este plan suponía un giro de 180 grados a todo lo dicho hasta entonces por Volodímir Zelenski, quien llevaba más de dos años jugando la baza de la victoria total e incluso criminalizando toda idea de pacto o negociación con la potencia ocupante. Esa política quedó materializada en el Decreto presidencial 679, que Zelenski interpuso el 30 de septiembre del 2022 para bloquear cualquier negociación con el Gobierno de Vladímir Putin. Tras haberse iniciado varias rondas de negociaciones en Suiza y los Emiratos Árabes Unidos, resulta obvio que aquel decreto presidencial es hoy papel mojado.
Lejos del calor de los Emiratos y el confort de la hospitalidad suiza, los escasos habitantes que aún permanecen en aldeas del frente de Sumy, como esta de Stetskivka (5.500 habitantes antes de la guerra), salen de casa lo justo para aprovisionarse, y preferiblemente cuando alguna patrulla a pie se encuentra en la zona con sus escopetas de postas apuntando hacia las alturas. «En realidad, lo que más preocupa a la gente en este momento es el clima. A la guerra estamos acostumbrados ya, pero es que Sumy es una de las provincias más frías de todo el país, y este invierno está siendo particularmente duro. No solo por las temperaturas, sino también por los ataques rusos al suministro energético», afirma Lesia, una mujer de mediana edad que se ha arriesgado a salir de casa para realizar unas compras en la capital de la provincia, que también se llama Sumy y tenía 256.000 habitantes antes de la invasión rusa.
Con temperaturas que durante la noche alcanzan los 24 grados bajo cero, sin calefacción y con cortes de electricidad frecuentes, es natural que aquí el frío sea una amenaza tan real como la propia metralla incandescente que azota al pueblo. «Así que, si quieres ponerte a resguardo un rato y ver dónde vivo con mi madre, puedes venir a nuestra casa», se ofrece apresuradamente para evitar pasar mucho tiempo a cielo abierto y ser pasto de las ráfagas heladas del Burán (un viento estepario típico de la región) y de la atenta mirada de los drones, «que ataquen o no, lo ven todo desde las alturas porque siempre están volando sobre nosotros», advierte Lesia mirando al cielo.
El trayecto hasta su vivienda es un rosario de motos de cuatro ruedas calcinadas, furgonetas destrozadas y edificios dañados por unos drones que han atacado recientemente y de los cuales es posible ver sus componentes sin que aún los haya cubierto la nieve. «La guerra nos golpea a diario», señala mientras camina hasta una casita de adobe verdaderamente modesta. En el interior de la vivienda, que es un espacio abierto con cama, mesa y fogón, se encuentra un amigo de la familia, Ivan, quien ha dejado el Ejército hace poco, tras cuatro años de servicio por todo el país. La madre de Lesia, Olga, hierve unas empanadas rellenas de cerdo y ofrece una sopa de borsch; Ivan, por su parte, saca una botella de vodka.

Tanto por la gastronomía, como por el paisaje, la arquitectura, historia e idioma, salta a la vista todo aquello que tienen en común con sus vecinos rusos. Sin embargo, ni Lesia ni Ivan quieren saber nada sobre una reconciliación con los muchos familiares y conocidos que tienen al otro lado de la frontera. «¿Cómo podemos seguir siendo amigos con todo lo que nos han hecho?», se pregunta Lesia. «Con los rusos, ¡nunca más!», exclama Ivan. Sin embargo, Olga, la madre, tiene una visión más crítica de lo sucedido en Ucrania a raíz de las revueltas del llamado Euromaidán, pero prefiere no hablar, y menos aún con un desconocido. «Es que hay espías por todas partes –denuncia Lesia–. Una ya no sabe de quien fiarse… Antes todo era mejor, no había los problemas de ahora. Yo era profesora de inglés en esta aldea. Teníamos 330 niños. Ahora apenas queda ninguno. Los han evacuado, pero nosotros nos quedaremos aquí hasta que nuestros soldados expulsen a los rusos al otro lado de la frontera», asegura convencida.

La «aventura de Kursk», tal y como se refieren algunos medios de Kiev a la invasión de Rusia iniciada por el ejército ucraniano desde esta región de Sumy el 6 de agosto de 2024, tuvo tres objetivos fundamentales. El primero y más importante, ganar territorio para ser intercambiado en una negociación. El segundo, mermar la capacidad ofensiva de Rusia en el Donbás. Y el tercero y último, dar la imagen de una Ucrania victoriosa en un momento en el que se constataba la pérdida definitiva de amplios territorios a manos de fuerzas rusas. En las primeras semanas, esta operación, casi propagandística, funcionó. Rusia no solo fue militarmente humillada, sino que fue invadida por primera vez desde que lo hicieran las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la euforia de Zelenski y su gobierno duró muy poco. Un mes y medio después, ya en septiembre, el ejército ruso no solo contuvo el avance ucraniano, sino que con la ayuda de las fuerzas norcoreanas desplegadas en su territorio para frenar la invasión (existía ya en vigor un tratado de cooperación militar ruso-norcoreano) fue capaz de aniquilar a las tropas ucranianas con una efectividad desconocida hasta la fecha. No por casualidad, las pérdidas humanas de los ucranianos en esa operación, calificada como «película de terror», «catastrófica» y «de pánico» por muchos supervivientes que tras su retirada hablaron con medios como BBC, es un tabú para el gobierno de Zelenski, quien no reconoce el gran número de bajas sufrido entonces, pero estima en 50.000 las muertes del bando ruso a lo largo de su incursión transfronteriza. Por ende, en marzo de 2025, Ucrania ya no tenía en su poder ni un solo metro de los 1.300 kilómetros cuadrados (el 0,0076% de toda la Federación Rusa) que había tomado medio año antes.
Si bien, tal y como ha demostrado la historia, la idea de invadir Rusia, el país más grande del mundo, es en sí misma un despropósito –«Y una vez crucemos, ¿cuál es el objetivo?», llegó a decirle a Zelenski el depuesto comandante en jefe de las fuerzas armadas, Valerii Zaluzhny–, hacerlo cuando ya se sabía que se estaba perdiendo la guerra supone una quimera aún más desacertada en opinión de muchos analistas militares que a través de revistas e instituciones, publican informes en la red. Asimismo, fuentes consultadas por medios influyentes como Politico o el New York Times, calificaron la invasión de Kursk de, «apuesta innecesaria», puesto que la operación no solo supuso el sacrificio inútil de miles de vidas (cuando el coste humano de la guerra ya era bárbaro), sino que pudo servir para justificar aún más la «operación especial» en Ucrania, dado que a ojos del Kremlin, la invasión demostraba la necesidad de poner límites a la capacidad militar de sus vecinos proatlantistas. Tanto fue así que, tras la «aventura del Kursk», los alistamientos se incrementaron dentro de Rusia y Putin reforzó su imagen, debilitada en aquel entonces por el estancamiento de su criminal guerra contra Ucrania. Por si fuera poco, a partir del otoño de 2024 el ejército ruso aceleró su avance no solo en el Donbás, sino en otras regiones como la de Járkiv, Zaporiyia o Dnipropetrovsk, donde ni siquiera tenía antes presencia. Pese a todo, y en una clara huida hacia adelante, en abril del pasado año Zelenski dio por zanjado el asunto con un lacónico «la misión ya se ha cumplido».
Hoy, el frente de Sumy en el que viven civiles como Ivan, Lesia u Olga, es producto de la aventura de Kursk –lo que aquí llaman el efecto boomerang– puesto que Rusia ocupa, a lo largo de la frontera, más de una docena de poblaciones ucranianas, so pretexto de mantener una zona de amortiguamiento que evite nuevas incursiones de los de Kiev en su territorio. Según cuenta Oleg, un miembro de la defensa territorial que regresa de permiso a casa tras pasar varios meses en primera línea, «la situación es complicada. Hemos pasado meses muy malos con ataques muy fuertes y algunos avances del enemigo, pero tenemos la moral alta, han venido refuerzos y podremos contenerlos antes de que se acerquen más hacia Sumy ciudad».
Precisamente en la ciudad de Sumy, desde la cual se escucha día y noche el eco lejano de los combates, se está celebrando el funeral de un soldado caído en la incursión de Kursk. Su nombre era Yurii Toloka, de 33 años, y sus restos han llegado a la catedral de Sviato-Voskresenskyi en un ataúd escoltado por media docena de uniformados. Su madre y su hermana lloran desconsoladas sobre el féretro que se ha cubierto con una bandera de Ucrania. Según relatan, el cuerpo les ha sido entregado ahora, pero su muerte se produjo hace tiempo en Sudzha, la población rusa más importante (5.100 habitantes) que las fuerzas ucranianas tomaron durante su invasión de Rusia. «Aún hoy nos llegan cuerpos y prisioneros producto de los intercambios que realizan rusos y ucranianos», explica Nikolai Mefodiy, arzobispo de Sumy presente en el templo. Preguntado por cuántos oficios realizan a la semana, o cuántos cuerpos se entierran al mes, elude la cuestión para no entrar en contradicción con aquello que puedan decir, o callar, las fuentes gubernamentales, quienes hasta la fecha solo admiten la muerte de 55.000 soldados y la desaparición de otros 90.000 personas, casi todos militares, según ha declarado recientemente el comisario del Estado ucraniano para los Desaparecidos en Circunstancias Especiales, Artur Dobroserdov. En suma, se admitirían implícitamente alrededor de 145.000 uniformados muertos, aunque medios occidentales, como el servicio público de radio y televisión del Reino Unido, afirman que la cifra podría alcanzar los 200.000 ucranianos caídos en acto de servicio.

Cualesquiera que sean las cifras reales, en frentes algo olvidados como el de Sumy –donde las acciones armadas de rusos y ucranianos se han caracterizado por su carácter errático–, el fin de la guerra, con sus consecuencias y detalles, parece aún lejano. La provincia sigue sufriendo bombardeos atroces, como el que costó la vida a 30 personas en abril del pasado año, y los drones continúan haciendo estragos allí donde menos se les espera, incluyendo las incursiones que estas aeronaves hacen en territorio ruso, donde las fuerzas armadas de Ucrania también asesinan deliberadamente a civiles.
Para vecinos de Sumy, como el transportista Dima, los drones generan un tipo de inquietud nueva. Según explica, la posibilidad de ser visto y elegido como objetivo por parte de un operador que te está observando en tiempo real a través de un monitor, se vuelve algo mucho más personal que la muerte por fuego de artillería lanzado al azar. «Además, los nuevos drones FPV [con visión en primera persona] tienen un cable finísimo de fibra óptica y recorren 20 kilómetros o más. Nada puede detenerlos, más allá de una escopeta, y sólo si se dispara cerca», asegura.

A escasa distancia de aquí, durante la invasión de Kursk, fue cuando los rusos comenzaron a desarrollar tecnológicamente estos drones por fibra óptica como método de ataque frecuente y masivo. Las fuerzas ucranianas, que solo contaban con medios para causar interferencias en los drones que eran pilotados a través de emisoras de radiofrecuencia, sufrieron cientos de ataques que apenas pudieron detener. Expertos militares aseguran que esta novedosa forma de hacer volar los drones fue una de las causas de su desastre en territorio ruso. Un año y medio después, este método de lucha se ha convertido en uno de los estándares más letales para todo aquel, soldado o civil, que se mueva, no solo en primera línea, sino en espacios de la retaguardia que hasta hace poco se consideraban relativamente seguros. Valga como ejemplo el ataque de un dron ruso ocurrido al norte de Sumy el pasado 21 de febrero. En él murieron cuatro personas: los dos trabajadores de la ambulancia y los dos jóvenes que estaban siendo evacuados, lejos de la línea de fuego en la que combaten los soldados.
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