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Arte para transformar la realidad. O la cuenta bancaria.

Por: José Ovejero

14 de febrero

Me gusta el cine de Wim Wenders desde que vi Alicia en las ciudades; me gusta incluso cuando hace películas que en conjunto me parecen fallidas, como ¡Tan lejos, tan cerca! o El hotel del millón de dólares. En todas encuentro momentos que me emocionan o interesan, quizá por su atención a detalles mínimos de lo humano que cobran relieve no solo por lo que dicen y hacen los personajes, sino también por la atmósfera –los encuadres, los colores, los silencios, la música– en la que discurre todo.

No me sorprende sin embargo su declaración sobre la postura de la Berlinale en cuanto al genocidio en Gaza. Al fin y al cabo, su obra apenas se acerca a asuntos sociales y políticos, mucho más centrada en cuestiones estéticas y de eso que, podríamos llamar, aunque sea simplificar un asunto complejo, la emoción individual.

Wim Wenders ha afirmado que la Berlinale debe mantenerse al margen de la política. Lo entiendo: un certamen internacional al que concurren películas de tantos países, de tantas culturas, de tantos sistemas y valores debe ser muy precavido a la hora de pronunciarse sobre cuestiones políticas, también por el riesgo de hacerlo a partir del sesgo de nuestras democracias liberales. Pero hay casos en los que mantenerse al margen de la política significa mantenerse al margen de la humanidad. Gaza es uno de ellos.


El final de la frase es importante. Quizá deberíamos preguntarnos por qué exigimos que festivales e instituciones se pronuncien sobre el genocidio en Gaza –y me parece muy bien que se haga, que nadie me malinterprete– pero no sobre el genocidio en Sudán. Y creo que tampoco se hizo con la misma intensidad cuando tuvo lugar el genocidio en Ruanda.

La respuesta obvia es que sabemos menos de esas zonas del mundo. Pero también podríamos preguntarnos por qué.


18 de febrero

Conversación en unos encuentros culturales. Una vez más sale el tema de la proliferación de escritores y escritoras que parecen más empresas de autopromoción y networking que creadores centrados en su obra. Me consuela que las críticas no vengan solo de gente de más de cincuenta años; también los hay más jóvenes y expresan su rechazo hacia una manera de concebir el arte en la cual este es secundario frente a la tarea de obtener el apoyo y la atención pública. Si no fuese por ellos, tendría la impresión de estar en un grupo de viejos refunfuñando sobre la siguiente generación. Cuento que en un papiro egipcio ya se menciona que los «jóvenes de hoy» no tenían respeto, tema que, cambiando levemente la crítica, ha atravesado los siglos y las civilizaciones.

Pero además sería injusto decir que el automarketing –puede que me acabe de inventar este palabro– y el me placement –venga, sigamos generando anglicismos de mercadotecnia– sean solo iniciativas de creadores jóvenes. Se me ocurre más de uno ya entrado en años que ha aprendido las técnicas con una agilidad sorprendente para su edad.


Por críticos que seamos con él, tendemos a apreciar más el mundo del que venimos que el que llega. Quizá porque hemos olvidado la mayoría de los miedos y malestares pasados –sabemos que los tuvimos, pero las sensaciones se han difuminado– y son más vívidos los que provoca un presente amenazante. Pero el presente siempre ha sido amenazante, en cada tiempo a su manera. La guerra fría, la guerra de Vietnam, la amenaza nuclear en los sesenta y setenta, la crisis del petróleo en los setenta, el desmantelamiento de los sindicatos y el inicio del imperio de un neoliberalismo feroz en los ochenta, las convulsiones en el Este y la guerra en la ex Yugoslavia en los noventa, el atentado contra las Torres Gemelas, guerras en Oriente Próximo, Chernóbil, Fukushima, crisis bancaria a principios de este siglo, y por supuesto los cambios de mentalidad que fue introduciendo la transición de los sistemas del bienestar a una mentalidad de competencia, individualismo y frío social.

Lo malo del presente es que su resolución es incierta, mientras que el pasado, para bien o para mal, ya ha cumplido sus promesas y sus amenazas.


No sé por qué entro en las redes a estas horas de la tarde con lo mal que me sienta. Hoy descubro a mi pesar un vídeo repulsivo de dos políticos de Vox hablando de lo que les gustaría hacer si llegan al poder. Cada vez que la extrema derecha habla del futuro, salen palabras como motosierra, buldócer, lanzallamas. Por sus metáforas los conoceréis.


19 de febrero

Durante un coloquio en Málaga sobre La ética de la crueldad, sale el tema de la insensibilización a la que nos somete la hiperviolencia en las pantallas. Y es verdad que la casquería se ha instalado en ellas de forma ya estomagante, pero pensemos que hace siglo y medio el público acudía a ejecuciones como entretenimiento.

¿Es eso lo que nos insensibiliza, asistir a la violencia en videojuegos, películas, informativos y redes sociales? ¿Es eso lo que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno? Puede que todo ello no sea la causa sino el resultado de un sistema que nos empuja a romper los lazos de solidaridad, presentando al «otro» como enemigo, amenaza o, por lo menos, competidor. El arte de cada época refleja el inconsciente colectivo, con sus hegemonías y sus disidencias. Y aunque yo aún creo que el arte cambia la realidad, también creo que la realidad cambia más aún el arte.

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De la guerra de los Balcanes a Palestina y Sudán

Por: Vivi Alfonsín Rodríguez

El libro 'No matarían ni una mosca. Retratos de los criminales de las guerras balcánicas', de Slavenka Drakulić, invita a indagar en los espacios de negación histórica.

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El fin de la violencia

Por: Pepe Galindo

Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para ciertos intereses (destructivos).

Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.

  • El patriarcado se reconoce cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
  • El antropocentrismo —decía Marta Tafalla— nos ha llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
  • El ecocidio es una forma de brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos (especialmente mujeres, niños y personas pobres).
  • El racismo —disfraz común de la aporofobia— necesita violencia sobre la que articularse.
  • Los paraísos fiscales, el turismo depredador o los impuestos regresivos (el IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les interesa.

Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y también se puede desaprender.

La paz como camino

El camino de la no violencia (ahimsa) no es el de la resignación ni el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos cotidianos: en lo que consumimos, en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.

En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse a hacerlo —de jóvenes— en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el mundo real.

Lo saben bien los cazadores y los taurinos. Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro sangrando. Una mente educada en la paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos aceptable termina dejando de practicarse.

Tiempos turbios como el petróleo

Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio, exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el Premio Nobel de la Paz. La contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera compartirlo con Donald Trump por el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.

Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro como Repsol, que se han arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la España del «No a la guerra» contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una empresa que roba a un país hermano?

España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una educación comprensiva o que justifica cierta violencia.

Sumar gestos para la paz

No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya palestina. Consumir es más poderoso que votar.

La no violencia —especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que, además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes, que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas aparentemente inamovibles. La fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la existencia sin derramar nada de sangre.

Un buen punto para comenzar a construir una sociedad pacífica sería acercarnos al veganismo. Si conseguimos una sociedad sensible al sufrimiento de un pez o de una gamba, habremos caminado en paz más de la mitad del camino.

♦ Sobre pacifismo:

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El fin de la violencia

Por: Pepe Galindo

Una noticia reciente: El Gobierno lleva a la Fiscalía los discursos de odio contra meteorólogos y divulgadores climáticos. Una vez más, vemos que la polarización y el negacionismo trabajan para ciertos intereses (destructivos).

Para corregir un error, lo primero es admitirlo. Reconozcamos que algunos de los pilares de nuestra sociedad están construidos sobre la violencia.

  • El patriarcado se reconoce cuando vemos la agresividad contra las mujeres y los niños.
  • El antropocentrismo —decía Marta Tafalla— nos ha llevado a que se pierdan especies a un ritmo insólito.
  • El ecocidio es una forma de brutalidad contra toda la biosfera, humanos incluidos (especialmente mujeres, niños y personas pobres).
  • El racismo —disfraz común de la aporofobia— necesita violencia sobre la que articularse.
  • Los paraísos fiscales, el turismo depredador o los impuestos regresivos (el IVA, por ejemplo) son una forma legal de promover una desigualdad que salpica violencia contra los más pobres, a los que expulsa fuera de los márgenes para luego culparlos por buscarse la vida donde a las élites no les interesa.

Afirmar que la violencia es intrínseca al ser humano es negarse a comprender que detrás de cada misil, de cada bala y de cada puñetazo hay una mano gobernada por una mente humana. La violencia —como la paz— se puede enseñar, se puede aprender y también se puede desaprender.

La paz como camino

El camino de la no violencia (ahimsa) no es el de la resignación ni el de la indiferencia. Implicarse en la paz exige coherencia en los gestos cotidianos: en lo que consumimos, en lo que toleramos y en lo que legitimamos. Nuestro voto democrático y nuestras exigencias políticas influyen e importan, incluso aunque nuestra opción no consiga ni un escaño. Cada día es un reto para educar (y educarnos) en pacifismo, feminismo, ecoanimalismo, etc.

En este sentido, deberíamos rechazar productos o eventos que apoyen actos de violencia. Por ejemplo, productos procedentes de países que ejercen violencia desmedida (Israel, Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Marruecos…), pero también películas, publicidad o videojuegos, contenidos que normalizan la violencia. Por supuesto, la gran mayoría de adolescentes sabe distinguir entre disparar en un videojuego y disparar en la vida real, pero acostumbrarse a hacerlo —de jóvenes— en el mundo virtual, facilita dar el salto a hacerlo en el mundo real.

Lo saben bien los cazadores y los taurinos. Si no enseñas a los niños este tipo de agresividad, será más difícil que de mayores quieran disparar a un ciervo o disfrutar del sufrimiento de un toro sangrando. Una mente educada en la paz jamás disfrutará de la violencia. Lo que deja de parecernos aceptable termina dejando de practicarse.

Tiempos turbios como el petróleo

Corren tiempos extraños en los que un presidente de Estados Unidos insulta, promueve la rebelión, ataca, bombardea, justifica un genocidio, exige un aumento del gasto militar…, y acto seguido pide para sí mismo el Premio Nobel de la Paz. La contradicción ya no escandaliza: se ha normalizado. Resulta igualmente revelador que la ganadora del premio en 2025 —la venezolana María Corina Machado— quisiera compartirlo con Donald Trump por el mérito de haber secuestrado —mediante bombas y crueldad— al presidente de Venezuela. Por muy indigno presidente que fuera Nicolás Maduro, usar la violencia contra él jamás debería ser el argumento para merecer un premio pacifista.

Ante el petróleo robado, han surgido empresas-vampiro como Repsol, que se han arrodillado ante Trump para conseguir un trozo de la sangre venezolana. Repsol se hundiría en ventas y en bolsa, si la España de hoy fuera la misma que la España del «No a la guerra» contra Aznar (2003) o la España del 15-M (2011). ¿Quién quiere repostar en una empresa que roba a un país hermano?

España estalló contra la guerra de Irak en la que nos metió el presidente Aznar. ¿Qué protestas hay en Estados Unidos contra el robo de petróleo a otros países? ¿Qué protestas hay en Israel contra el genocidio de sus vecinos palestinos? Apenas las hay; en parte porque ha existido una educación comprensiva o que justifica cierta violencia.

Sumar gestos para la paz

No hace falta gritar en las calles. Basta con boicotear todo lo que provenga de empresas o países violentos o que se aprovechen de la violencia de otros. Cada gesto —también en redes sociales— suma o resta. No es lo mismo presumir de unos pendientes de oro que posar con una kufiya palestina. Consumir es más poderoso que votar.

La no violencia —especialmente hacia los animales— es un arma muy poderosa que, además, se contagia por vía oral. Hay mil ejemplos, desde Gandhi hasta casos más recientes, que muestran que la resistencia no violenta puede erosionar sistemas aparentemente inamovibles. La fuerza de la no violencia no reside en la pasividad, sino en su capacidad de deslegitimar la violencia sin reproducirla. Palestina ha encontrado más éxito y más apoyo internacional ejerciendo la no violencia que con atentados terroristas. La Flotilla de la Libertad es solo un ejemplo vivo que nace para frenar a una potencia violenta, para desacreditarla y para complicarle la existencia sin derramar nada de sangre.

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♦ Sobre pacifismo:

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Francesca Albanese: “Como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso”

Por: Patricia Simón

Suscríbete a La Marea y, además de la revista, te puedes llevar de regalo el nuevo libro de Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina, de Francesca Albanese.

Francesca Albanese (Italia, 1977) se ha convertido en un referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Desde que comenzase el genocidio de Gaza, su trabajo incansable a través de informes, de la participación continua en el debate público mediante entrevistas, conferencias y las redes sociales denunciando no sólo los crímenes de Israel, sino también la responsabilidad de los gobiernos, empresas y medios de comunicación occidentales, la han convertido en una figura inspiradora para millones de personas de todas las generaciones. Y, también, en una de las más odiadas, atacadas y perseguidas por los Gobiernos de Israel y Estados Unidos, así como por el lobby sionista internacional. De hecho, la Administración Trump la ha llegado a sancionar por colaborar con la Corte Penal Internacional en su intento de juzgar a los responsables del genocidio.

Ahora, Albanese publica en España Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina (Galaxia Gutenberg), un ensayo en el que cuenta la historia de la ocupación a través del derecho internacional, pero también de sus vivencias y reflexiones personales y de las de diez personas –la mayoría, amigos y amigas de Albanese– que protagonizan cada uno de los capítulos. Y lo escribe con la claridad, la precisión y la determinación que la han convertido en una de las voces más respetadas de la esfera pública. Y, también, compartiendo el sufrimiento, el dolor y el miedo que acarrea, a veces, estar en la primera línea de la “guerra contra los valores” que están sufriendo, en palabras suyas, quienes participan en el ‘efecto Palestina’, como llama a la nueva conciencia global que ha despertado el genocidio contra Gaza.

En su libro Cuando el mundo duerme cuenta la historia de Palestina, de la ocupación, del régimen de apartheid, del genocidio con rigor y datos, y, también, mediante sus vivencias. ¿Por qué decidió escribirlo desde esta perspectiva personal?

Primero, porque había planeado escribirlo un año antes, cuando salió mi primer libro en italiano, poco después del inicio del ataque contra Gaza en octubre de 2023. En aquel caso buscaba que el público italiano tuviese una especie de punto de referencia, porque allí, desde el principio de los ataques, la retórica y la propaganda fueron muy proisraelíes. Y lo digo sin negar el sufrimiento de los israelíes ni lo duro que fue lo que sufrieron el 7 de octubre. Yo sabía que el Gobierno israelí capitalizaría ese sufrimiento y que los líderes occidentales cederían para complacer y favorecer a Israel. Así que quería ofrecer una especie de glosario.

«En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes»

Pero una vez que ese libro vio la luz, ya tenía en marcha este proyecto, en el que quería hablar sobre Palestina desde la perspectiva del derecho internacional, pero de una manera personal, humanizando esa historia y haciéndola accesible, especialmente para los más jóvenes.

En segundo lugar, también lo escribí así por mí. Fue un ejercicio muy catártico. Tuve que articular cómo había entrado en mi vida Palestina cuando llevábamos ya año y medio de genocidio y mientras trabajaba en el informe sobre la economía del genocidio.

Es un libro difícil de catalogar porque tiene mucho de historia, de ensayo, de derecho internacional, pero no es un libro de solo una de esas cosas. Tampoco una biografía ni autobiografía, aunque contiene muchas vidas. Pero creo que también eso es lo que hacemos las mujeres, mostramos quiénes somos sin ocultar nuestras debilidades. En estos dos años he llegado a aceptar la vulnerabilidad de una forma en la que no lo había hecho antes. Por eso me sentí atraída a escribir este libro, en el que me expongo y comparto tanto de mi viaje personal.

«Estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo»

El libro es también una carta de amor a la amistad, a los amigos palestinos, israelíes y judíos no israelíes que le han permitido comprender la realidad de Palestina. De hecho, lo comienza con una cita de Alisa Weise: “La solidaridad es una manifestación política de amor”. ¿Cómo describiría el papel de la amistad en su compromiso y en el movimiento internacional de solidaridad global con Palestina que ha surgido a raíz del genocidio?

Es interesante porque cuando leí el libro en octubre, meses después de su publicación en Francia, me di cuenta de que parecía deliberado que hubiese palestinos e israelíes, como si los quisiera reunir en una mesa. No fue así. Los elegí porque son mis amigos y porque me enseñaron muchas cosas. Alon Confino era probablemente el más israelí de todos, pero nunca pensé en él como un israelí porque era una persona universal.

Además, mi círculo de amigos ha crecido mucho a partir del genocidio. Personas que van desde el colegio de mis hijos al ámbito público, que me han apoyado siempre, que han querido estar cerca de mí cuando he sufrido los ataques más feroces. Como cuando el gobierno y los medios de comunicación de Italia, donde no son muy libres, empezaron a atacarme hasta por estornudar. Siento que estamos en una especie de guerra contra los principios, contra los ideales puros. Y quienes luchamos en ella compartimos algo muy profundo.

Para mí, la relación más profunda de la vida no es el amor que sientes por tu pareja, tus hijos, tus hermanos o tus padres: para mí, el valor más importante es la amistad. La amistad es la red que te mantiene unido, que no te deja caer en el aislamiento. Además, la amistad es un valor para el futuro. Necesitamos recuperar la humanidad en nuestras vidas, estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino.

Francesca Albanese. Foto cedida: FAROOQ ZAMIR.

«Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia»

Sostiene que el genocidio de Gaza ha despertado una nueva conciencia global a través del movimiento internacional de solidaridad con Palestina. ¿Cómo puede este movimiento contribuir a frenar la ola reaccionaria y antidemocrática que sufrimos?

Veo un movimiento que llamo una, como el plural en latín de unus (unidad), porque reúne tantas realidades individuales que se convierten en una colectividad. Se trata de un movimiento sin líderes, pero con valores muy fuertes, identificables, y con una primera línea. Siento que soy parte de esa primera línea con los palestinos, Greta Thunberg, Yanis Varoufakis, el movimiento BDS, las organizaciones de derechos humanos, los abogados, los periodistas que hablan a pesar de la censura… Llamo a este movimiento “efecto Palestina” porque Palestina nos ha despertado, nos ha mostrado la diferencia entre los valores y sus contrarios, como la luz y la oscuridad. Palestina nos ha iluminado y nos está mostrando el camino para resistir, que no es solo resistencia, es también resiliencia. Me gusta este concepto porque es resistencia y firmeza, la capacidad de adaptarse, transformar, repensar. Y es un movimiento que no se puede vivir individualmente, tiene que ser colectivo para sea transformador; una elección ética que concierne a todo: al medio ambiente, a los animales, a los seres humanos. Y esto es, en definitiva, lo que Palestina representa para mí.

El “efecto Palestina” es despertar, unir y movilizar, con un espíritu de hermandad, como estamos viendo. Y la relación de amistad que hemos creado personas que, en un principio, éramos camaradas es más fuerte que la que tengo con algunas personas que han formado parte constante de mi vida. Luchamos y, aunque no sepamos cuándo veremos el final, nos vamos enriqueciendo al unirnos en torno a unos valores comunes.

Y al mismo tiempo que provoca esta reacción de admiración e inspiración, también genera mucho odio por lo que representa: la autoridad de la ley y los derechos de Palestina frente a la impunidad del poderoso Israel. En el libro explica que una de las razones por las que más odio ha recibido es por señalar que Israel es un proyecto colonial. ¿Por qué algo tan obvio genera tanta virulencia?

Si hubiéramos tenido esta discusión en la década de 1950 o incluso a principios de la década de 1960, nadie habría dicho ni una palabra porque entonces el colonialismo no era visto como la madre de todos los males, como sí ocurre hoy. Por eso entiendo que a los israelíes no les guste que los llamen pueblo colonial.

El proyecto del Estado de Israel precedió al Holocausto, y no hay duda de que el pueblo judío fue perseguido y que el proyecto nacional surgió para protegerlo. No era la única solución, también lo podría haber protegido donde estaban. Pero es cierto que las circunstancias hicieron que tuvieran que abandonar sus hogares en Europa y no había muchos países que los quisieran. Incluso supervivientes del Holocausto fueron rechazados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Australia cuando huían como refugiados de Europa.

El caso es que podrían haber ido como refugiados a Palestina. Pero no, fueron como parte de un proyecto nacional colonial que cogía la tierra y los hogares de otras personas, de los pueblos indígenas. Entiendo que muchos creen o les gusta creer que Dios les dio esa tierra, pero Dios no es un agente inmobiliario y no le dio la tierra a nadie.

Hoy estamos gobernados por la ley e Israel no debería haber sido creado a expensas –no digo que no debería haber sido creado– sino que no debió crearse a expensas de casi un millón de palestinos, de los cuales unos 750.000 fueron expulsados y nunca se les permitió regresar. Además, Israel ha seguido comportándose como una colonia de colonos en lo que quedaba de la Palestina histórica, en el territorio palestino ocupado, en Gaza, Cisjordania o Jerusalén Este. Y lo presentan con la burbuja del origen divino de Israel, como si se tratase del pueblo judío regresando a su tierra. No digo que el pueblo judío no tenga vínculos con la Tierra Santa. Solo digo que lo que hicieron fue violento y que esa violencia perdura. Además, contar que es un proyecto colonial desmiente el mito de la tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Y claro, todo eso no les gusta.

«Estamos demasiado aislados, somos demasiado individualistas, y la amistad, este vínculo que nos une a todos, es un buen camino»

¿Qué debería hacer la Unión Europea con respecto a Israel si decidiese cumplir con el derecho internacional?

En primer lugar, al menos, debería suspender, o incluso derogar, el acuerdo de asociación de la UE con Israel. En segundo lugar, debería considerar permitir que los Estados puedan cumplir con la ley, porque eventualmente los Estados miembros utilizan a la Unión Europea como excusa para incumplir sus obligaciones internacionales, que imponen detener el comercio de armas, dejar de comprar armas a Israel y cortar los lazos económicos. Un embargo de armas es necesario, pero también cortar los lazos con la economía israelí, porque Israel está perpetrando los crímenes de apartheid y de genocidio. ¿Qué más tiene que hacer Israel para que la Unión Europea haga todo esto? La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia. Productos que han sido probados con los palestinos, tanto en el campo de batalla como en sistemas de seguridad, y que se han convertido en sofisticados equipos utilizados para matar o aterrorizar a toda una población durante los últimos dos años.

Comienza el libro con un capítulo dedicado a las violencias que Israel emplea contra la infancia palestina. ¿Cómo es posible que la Unión Europea y Estados Unidos hayan mantenido su apoyo a Israel, incluso después de que haya cometido un infanticidio en Gaza y de todos los asesinatos, encarcelamientos, torturas y otros crímenes que comete contra los niños y niñas palestinos de Cisjordania y Jerusalén?

Me gustaría recordar que Estados Unidos es el único país del mundo que no ha ratificado la Convención sobre los Derechos del Niño. Además, creo que los soldados israelíes y muchos sectores de la sociedad israelí no ven a los niños palestinos: solo ven a palestinos, a los que ven como posibles amenazas terroristas y a la seguridad. Existe una profunda deshumanización. Nunca he visto nada parecido al nivel de racismo institucionalizado y generalizado contra todo un pueblo que vive a tu lado. Y esa demonización no solo afecta a Israel, sino también a algunos de nosotros en el mundo global de minorías blancas privilegiadas.

Quizás sea una fantasía, pero imagino a gente yendo libremente a Gaza y ayudando a limpiar la zona. Me imagino que los seres humanos pueden ayudar a reconstruir la Franja y ayudar a los palestinos a sanar las heridas. Se requerirá mucha humanidad para contrarrestar la inhumanidad que han mostrado el Gobierno y los soldados israelíes, así como las sociedades occidentales.

Francesca Albanese. Foto cedida: MONA VAN DEN BERG.

«La Unión Europea debería alentar a sus Estados miembros a cortar lazos con Israel y, también, debería dejar de financiar proyectos de investigación israelíes, especialmente en el sector militar y de vigilancia»

Una de las consecuencias del genocidio ha sido la pérdida de la poca credibilidad que le quedaba a buena parte de los medios occidentales. ¿Cree que podrán ser juzgados por su responsabilidad en el genocidio?

Sí, aquellos que han sido apologistas del genocidio deberían ser juzgados. Y también deberían dejar de tener lectores y clientes. Pero le contaré más en unos meses porque esta es una de las investigaciones que estoy realizando.

TikTok acaba de cerrar la cuenta del periodista gazatí Bisan Ota y YouTube ha eliminado miles de vídeos subidos por soldados israelíes que publicaban sus propios crímenes de guerra. ¿Qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina?

Muchas de ellos han silenciado, censurado y alterado contenido palestino y en solidaridad con los palestinos. Esto no es neutral, no respeta la libertad de expresión ni la primera enmienda –ya que la mayor parte de ellas están radicadas en Estados Unidos–. Estos medios y gigantes tecnológicos han elegido en qué parte de la historia han querido posicionarse y al menos yo, como abogada, deseo verlos investigados judicialmente.

Pero mientras eso ocurre, [estas plataformas] deberían perder a sus seguidores. Y espero que tenga éxito Upscrolled, creada por un empresario palestino como una versión libre de censura de TikTok. Tuvo un millón de descargas en un día y espero que siga creciendo a ese ritmo porque lo necesitamos. Mi temor es que se generen cámaras de eco y que TikTok siga siendo para los proisraelíes y los crédulos, mientras que el otro sea donde se divulgue la información. En cualquier caso, necesitamos alternativas.

¿Cree que lo sucedido con el genocidio podría ser una oportunidad para impulsar una reforma democratizadora de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad?

No sucederá. No sucederá a menos que se revisen los cimientos del sistema, basado en el privilegio o la dominación de algunos Estados. No creo que ocurra. Y como no se puede reformar, la ONU se está volviendo cada vez más irrelevante, y eso es peligroso.

Espero que países como los que integran el Grupo de La Haya se conviertan en actores importantes y que España juegue un papel importante dentro de él. Porque no solo el Gobierno español, sino el pueblo español, las universidades españolas y los medios de comunicación españoles han sido un gran ejemplo de compromiso positivo y ético. Por eso espero que el Gobierno de España se una al Grupo de La Haya pronto.

¿Qué medidas debe tomar la sociedad civil en esta nueva fase del genocidio de Gaza?

En primer lugar, apoyar los esfuerzos de quienes intentan lograr justicia, como la Fundación Hind Rajab –en España también hay abogados persiguiendo a las empresas [que participan en el genocidio]–. Debería investigarse más a los actores privados que han sido cómplices de los crímenes israelíes. Debe haber una presión continua para que las instituciones sigan haciendo lo correcto, porque no creo que el Gobierno español hubiera hecho lo que ha hecho sin el empuje del pueblo español. Y luego, el consumo ético –nadie debería vender productos relacionados con la ocupación israelí–, la banca ética –comprobar que sus bancos no tienen inversiones relacionadas con la ocupación–, y adherirse a la campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

La reclusión, la erradicación y la persecución del pueblo palestino siguen siendo el principal objetivo del gobierno actual de Israel. Y el horizonte es incierto porque es un plan que no tiene fin.

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¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Por: La Marea

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Mientras cerrábamos el número 110 de la revista de La Marea, la policía migratoria de Donald Trump tiroteó al enfermero Alex Pretti en Minneapolis. Unos días antes, el ICE había matado ya a Renée Good. Las acciones del presidente de EE. UU. y la inacción de la comunidad internacional están dejando sin palabras a una sociedad que, paradójicamente, mira cada vez más a los líderes ultras. Lo hemos visto en Chile recientemente o, más cerca aún, en Portugal. En España, Ayuso se mueve con soltura y las encuestas pronostican también una amplia subida de Vox. Lo peor es que no es nuevo –ya buscamos en estas mismas páginas hace diez años antídotos de izquierdas–. Y lo aún peor es que va a más.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Ahí tenemos siempre al Carnaval de Cádiz cantando las mejores crónicas: «Mamá, perdóname, pero yo de mayor quiero ser un fascista». En el dossier de nuestra última revista (con portada de Candela Sierra, premio Nacional de Cómic 2025) tratamos de dar respuesta a todas estas cuestiones, qué lleva a la clase obrera a votar políticas en contra de sus propios intereses. ¿Por qué hay cada vez más obreros de derechas o, como dice el pasodoble de Los hijos de Cádiz, más fascistas modernos? Por un lado, en un reportaje firmado por Guillermo Martínez, contamos con los testimonios de trabajadores y trabajadoras forjados en la izquierda que han terminado virando su voto en los últimos tiempos hacia opciones como Vox. Y, por otro, con entrevistas y análisis de especialistas (Pablo Batalla, Patricia Simón, Sebastiaan Faber, Olivia Carballar, Jorge Dioni López, Barbara Celis, Antonio Avendaño…) que interpretan las causas más profundas del contexto global en el que estamos inmersos. La conciencia de clase ya no es un factor clave en la elección del voto, avisan. Y ridiculizarlos tampoco es la solución.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y además…

En este número también nos hemos desplazado a la frontera entre Venezuela y Colombia para tomar el pulso a la doctrina Donroe, ese nuevo viejo orden impuesto desde la Casa Blanca y que sitúa a América Latina, con ánimos redoblados, como su «patio trasero».

Entrevistamos a Hernán Zin, cineasta y reportero con 20 años de experiencia en conflictos armados. Su última película, nominada al Goya, es el documental Todos somos Gaza. Es la segunda parte de Nacido en Gaza (2014) y en ella sigue los pasos, en mitad del genocidio, de tres de los niños (ya adultos) que aparecían en la primera entrega.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Fieles a nuestra agenda, seguimos cerca del Sáhara Occidental. En esta ocasión nos acercamos a una paradójica realidad: alejados de su mar y de uno de los bancos de pesca más importantes del mundo, el pueblo saharaui cría pescado fresco en una piscifactoría situada en mitad del desierto, cerca de los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Sin perder de vista la actualidad, tras el trágico accidente de Adamuz y el de Rodalies en Barcelona, ponemos el foco en el impacto que tiene el cambio climático sobre las infraestructuras dedicadas a la movilidad.

Por su parte, nuestro compañero Eduardo Robaina, coordinador de Climática, nos explica qué es y cómo nos afecta la calima, el polvo en suspensión procedente del desierto. En torno a este fenómeno meteorológico ha publicado un foto-libro con imágenes espectaculares.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y Bob Pop nos presenta a Víctor, alguien verdaderamente fascinante: recoge ropa de la basura y la reutiliza, con un ojo excelente para combinar prendas y un discurso político muy potente contra la moda del usar y tirar.

La Marea 110. Obreros de ultraderecha: ¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Que no falte la cultura

Como siempre, llevamos temas muy interesantes en nuestra sección cultural, El Periscopio, que en esta ocasión cuenta con una preciosa portada diseñada por Sara Betula (sí, ahora que abundan las ilustraciones instantáneas generadas por IA, nosotras seguimos apostando, más que nunca, por las manos humanas).

Entrevistamos a la canadiense Sophie Deraspe, directora de Hasta la montaña, un bucólico alegato contra las prisas y las pantallitas que nos amargan la existencia. Analizamos el papel subalterno de las mujeres en las películas de romanos. Y publicamos fragmentos del diario personal de la artista Marta Cárdenas.

Como veis, la revista de enero-marzo viene cargada de temas actuales, profundos y sugestivos.

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Trivial

Por: Ana Carrasco-Conde

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¿Es lo banal algo trivial? ¿Es el mal banal? ¿Y el daño? ¿Son triviales? ¿Qué hay de trivial en matar a alguien? ¿Es eso lo trivial? ¿Hemos naturalizado que el que haya bajas en la guerra sea «normal»? ¿Es eso lo que carece de valor o de interés? ¿Qué hace que un asesinato sea tolerable y otro intolerable? ¿El modo de matar o el modo de morir?

El adjetivo banal hace referencia a un vocablo francés que apunta a lo común de un pueblo que comparte la figura de un gobernante, de ahí bando. Tan común es que carece de importancia, ¿lo común no es importante? ¿Y si es precisamente lo más importante? ¿Y si a lo que debemos prestar atención es precisamente al modo en el que nuestras formas sociales de organizarnos normalizan ciertos actos que deberían causarnos un profundo rechazo? ¿Y si lo banal tuviera que ver con cerrar los ojos?

Entonces la banalidad del mal, según la conocida fórmula de Hannah Arendt, no sería aquella relacionada con la falta de reflexión, sino con la normalización de lo que en realidad va contra toda norma: atentar contra la vida de personas (y otros animales) inocentes. Entonces, ¿atentar contra la vida de culpables sí es lo normal? Con pesar, esta pregunta puede responderse afirmativamente. Ahora bien, ¿quién es culpable en una guerra y de qué? ¿Qué es una guerra? ¿Y qué una matanza? ¿Cuál es la diferencia entre matanza y genocidio?

Para responder a estas cuestiones, volvamos a la palabra trivial: ¿hay un mal trivial o hay un daño trivializado? Lo trivial es asunto intrascendente, elemental y sabido por todo el mundo. Es por ello objeto de conversación vacua y superficial, tema de ascensor o, como apunta el origen del término, de lo que se habla en el cruce de caminos en el que se encontraban viajantes y posadas (lat. trivium). Lo trivial sería, entonces, por un lado, lo común que todos saben y, por otro, tema fácil de conversación.

Desde esta perspectiva, cuando pensamos en una guerra, todo el mundo sabe que mueren personas y pueden darse expresiones circunspectas que dan cuenta de lo mal que está el mundo, como qué horror lo que sucede en la otra punta del planeta. Elemental. Desde este punto de vista, el genocidio en Gaza es trivial: tema de conversación en el que todos saben lo que sucede y todo el mundo opina.

Sin embargo, lo trivial es la conversación, no el asunto mismo, es decir, trivializamos algunas cosas cuando, en lugar de convertirlo en tema sobre el que pensar, lo convertimos en tema del que charlar. Esta sería una banalización del mal (el que se ejerce) y del daño (el que se experimenta). Para pensar en un tema sin trivializarlo es preciso profundizar en él y para ello, en lugar de buscar información que secunde lo que queremos pensar, escuchar también lo impensado por nosotros hasta el momento.

¿Qué hace de una matanza un genocidio? La planificación de la muerte. ¿Es lo acontecido en Gaza uno? Algunos dirán que no, que son víctimas de una guerra, de la que tan responsable es Hamás como Israel. Pero profundicemos un poco más. Tenemos matanzas masivas, torturas, guerras incesantes, prácticas brutales, conflictos de sangre y restos mortales, tenemos desaparición de cuerpos, descuartizamiento de personas, hambrunas por corte de suministro, guetos, caza de brujas, de mujeres, de personas por su identidad u orientación sexual. Hay donde elegir. ¿Todo esto es banal? ¿Todo ello se debe a la falta de reflexión? Afirmar tal cosa es no entender qué se afirma cuando se habla del mal banal o del daño trivializado.  

En otros lugares he señalado que no es cierto que el mal se repita, sino que es nuestra forma de abordarlo la que nos da sensación de ciclicidad y repetición. Decir que el ser humano es violento o malo, sea por naturaleza o a causa de la sociedad, es etiquetarlo y con ello ceder a la pereza de pensar y pensarnos. La etiqueta nos posiciona en un punto de vista que muchas veces es difícil abandonar. No se trata de juzgar, de opinar, de creer, sino de analizar, profundizar y comprender.

Si el ser humano es violento, ¿qué podemos hacer salvo quejarnos, darnos por vencidos, condenarnos o atarnos con leyes que nos protejan de los demás? Porque son los demás, según pensamos muchas veces, los que hacen daño, casi nunca nosotros. Una de las primeras acciones que podemos llevar a cabo es no trivializar el daño, esto es, convertirlo en objeto de una conversación vacua, en la que nos escandalizamos pero al poco tiempo, pasamos a otra cosa. Romper esta inercia a la que tendemos, incluso en la más inocente intención y sincera preocupación, es ya interrumpir el círculo de la repetición para abrir la posibilidad a otro modo de referirse a lo que a alguien le está sucediendo y alguien está realizando.

Ahora bien, ¿entonces cómo hablar de ello? ¿cómo pensarlo? Preguntándonos cómo hablamos de ello y en qué contexto, si se reduce a una conversación aunque sea preocupada o si pensamos en emprender acciones que vayan más allá de lo corriente y que alteren las lógicas de lo común de los modos del mal naturalizados, que no sea motivo de cháchara en encrucijadas de caminos, es decir, que no sea trivial en sentido literal, sino que lo sea en otro sentido: el de ponernos a nosotros mismos en la encrucijada, en el cambio de dirección y de sentido. Que no sea insignificante, digno de olvido, sino que signifique porque en sentido contrario nos significamos como personas superficiales incapaces de responder ante una situación y ejercer la libertad con conciencia. Saber de lo que hablamos es también saber cómo lo hablamos. 

Decía al comenzar que lo común es lo más importante. Por eso no hay que caer en la ceguera de lo corriente: para reconstituir y recomponer lo común. Aunque haya culpables en una guerra, no por ello se merecen la peor de las muertes. Ahora bien, los genocidios, aunque suelan darse en el contexto de una guerra, no son sinónimo de guerra. Son el resultado de todo un mecanismo planificado de exterminio de quien solo es culpable de ser. Asesinar a miles por tener en común la cualidad de ser de una determinada manera. Eso sería un genocidio. Habrá que pensar entonces en el modo en el que lo común de ellos es también lo común que tenemos con ellos.

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Mikaelah Drullard: “Zis izateko zuri izan beharra dago”

Por: Teresa Villaverde

Trabestia, beltza, idazlea, pentsalaria, aktibista, cimarrona eta dominikarra da Mikaelah Drullard. Ona Ediciones argitaletxearen eskutik 'El feminismo ya fue' liburua argitaratu du; bertan, feminismoa rekin erabat haustea proposatzen du, kolonizatzailea dela uste baitu, eta cimarronajea proposatzen du.

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Mikaelah Drullard: “Para ser cis hay que ser blanca”

Por: Teresa Villaverde

Travesti, negra, escritora, pensadora, activista, cimarrona, la dominicana habla de su libro 'El feminismo ya fue', de Ona Ediciones, en el que propone una ruptura total con el feminismo por considerarlo colonizador y propone el cimarronaje.

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“Hay un movimiento queer palestino que trabaja desde la agencia y el deseo y no solo desde la supervivencia”

Por: Zuriñe Rodriguez

“Anímica y emocionalmente el genocidio nos ha pasado por encima, pero la solidaridad global también ha sido enorme”, cuenta el activista palestino Murad Odeh.

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Holocausto gitano bajo el nazismo. ¿Es que no ocurrió lo que Hollywood silencia?

Por: periodicoellibertario

Queralt Castillo  
 
María Sierra (Sevilla, 1964) ha publicado un libro capital. Holocausto gitano. El genocidio romaní bajo el nazismo (Arzalia Ediciones, 2020) es un relato exhaustivo no solo de lo que les ocurrió a los romaníes en los campos de concentración de la Alemania nazi sino una fotografía detallada del período de entreguerras y de las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar los gitanos para ver reconocida su condición de víctimas una vez acabada la Segunda Guerra Mundial.

Sierra, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, ha trabajado durante años en este ensayo imprescindible para entender el alcance de un genocidio estudiado y documentado, pero poco difundido, al contrario de lo que ha pasado con el Holocausto judío. A través del estudio minucioso de la documentación disponible y los archivos, la historiadora explica al detalle las leyes antigitanas en las cuales se amparó el acorralamiento y el asesinato de medio millón de gitanos durante la época nazi. Reivindica la memoria de aquellos gitanos y gitanas que perdieron la vida en los campos de concentración a través de la literatura memoralística y el testimonio de aquellos que sobrevivieron para contarlo. El decreto de Auschwitz para combatir “la plaga gitana”, las actuaciones preventivas, la separación de las familias o los experimentos científicos que se hicieron con los romaníes de diferentes partes de Europa.

A partir de 1941 no solo hubo un aumento exponencial de las deportaciones, sino que además también se intensificaron los experimentos y se dio divulgación a teorías supuestamente científicas que alentaban el odio contra los gitanos aludiendo a su “condición biológica para la criminalidad y no adaptación”. Nombres como Robert Ritter o Eva Justin, responsables de parte de esas teorías funestas, aparecen más que los del propio Hitler o Himmler.

El tercer capítulo quizá sea uno de los más interesantes del libro. En las páginas centrales se explica cómo los gitanos europeos callaron durante demasiado tiempo por miedo a las represalias y cómo ni las administraciones posteriores a 1945 ni la sociedad civil exigieron responsabilidades a quienes habían perpetrado la persecución de la minoría romaní. “A los gitanos se les denegó de manera sistemática y durante mucho tiempo el reconocimiento de víctimas, argumentando que su persecución no había sido motivada por temas raciales, se amparaba ante ‘la lucha preventiva contra el crimen’”, se puede leer en una de sus páginas. Prosigue Sierra: “(…) lo tardío del reconocimiento oficial del Holocausto romaní en Alemania significa que muchas de las víctimas habían fallecido sin tener ocasión de conocer reparación”.

La prolongación de la discriminación de los gitanos de manera legal en Europa se ve hasta la década de los setenta. Solo hace falta trasladarse a República Checa, país que permitió la esterilización de las mujeres gitanas hasta bien entrados los setenta. De hecho, después de 1945, Alemania mantuvo los ficheros criminales del nazismo sobre los gitanos alemanes. La falta de financiación para la investigación de los crímenes, la falta de divulgación y la percepción generalizada de que fueron víctimas de segunda son algunos de los temas que también se abordan en el libro de María Sierra, que tras años de investigación consigue crear un relato redondo e imprescindible para entender el pasado y el presente de las comunidades romaníes en Europa.  

- ¿Qué le impulsa a escribir este libro?

° Esa es la gran pregunta que yo misma me he hecho varias veces y ahora lo veo más claro que al principio. He escrito este libro por varios motivos, todos ellos relacionados. En primer lugar, porque se trata de un tema muy importante. Cuando hablo con mis alumnos, siempre les recuerdo: ‘si tenéis que elegir un tema para un trabajo de investigación, elegid un tema con sustancialidad, un tema relevante’. Este es un tema muy importante, porque hablamos de una época en la que la agresividad rozó la locura, el Holocausto fue una acción extrema que afectó a la vida de millones de personas. Y no hago solo referencia a las víctimas directas, sino a una red más amplia. Y por este motivo, es un tema relevante. En segundo lugar, el Holocausto gitano, y eso no es cuestionable, es un tema poco conocido y poco difundido.

- Eso lo comenta en el libro: hay investigación, pero poca divulgación.

° Hay investigación, sí, pero es incomparable con la documentación que hay acerca de otros aspectos del Holocausto. Lo que me parece significativo es que haya poca transmisión de la investigación; lo que yo llamo: conocimiento público, que es aquello que la sociedad manejamos como ‘una cosa nuestra’. Sobre el Holocausto judío, la mayoría de la sociedad tenemos un conocimiento interiorizado: hay literatura, películas y otros productos culturales de masas que han hecho popular la investigación de los archivos. Eso no se producen en el caso del Holocausto gitano: hay investigación, pero no se ha transferido al público. Hay pocos productos culturales, como exposiciones, y no hay muchas deficiencias en la enseñanza. Hay, por otra parte, una gran ausencia de referencias que no aparecen en los manuales de historia. Esa falta de transmisión de conocimiento es muy significativa porque refleja la pervivencia de una visión que minusvalora el sufrimiento del pueblo romaní en su momento. Manifiesta, además, la persistencia de un racismo profundo en las sociedades europeas.

- En todos los países. Resulta insoportable.

° Y ese es, precisamente, el tercer motivo por el cual he escrito este libro. El Holocausto romaní parece un fenómeno del pasado, pero en sus fundamentos culturales aprecio líneas de continuidad. A lo largo de estos años, no han desaparecido. Aprecio una estigmatización y la continuación de los estereotipos negativos que estuvieron vigentes durante la época de entreguerras. Los historiadores e historiadoras tenemos que ser muy cautos, porque apreciar las líneas de continuidad en las actitudes y percepciones nos ayuda a advertir hacia el presente y el futuro.

- ¿A qué se refiere?

° Aún es frecuente la asociación entre delincuencia y modo de vida gitano. Es necesario que la sociedad sepa hasta dónde puede llegar el ataque de un colectivo a causa de un estereotipo.

- Menciona en el libro algo muy interesante: se ha hablado muy poco de las confiscaciones a gitanos de clase media. Tierras y otros bienes que se les expoliaron. Nunca ha habido una compensación por ello.

° Territorialmente, hubo confiscación de propiedades, pero no hay un estudio amplio que haya abordado este tema de manera global. Los indicios dan para pensar que hubo un expolio importante de propiedades de familias sinti y romaníes en toda Europa. Habría que contraponer realidades y hablar de los gitanos como propietarios. Es el caso de la familia de Philomena Franz, por ejemplo. Ellos eran gitanos seminómadas, cuando terminaban la temporada, tenían su casa. Esa riqueza patrimonial fue expoliada.

- A lo largo de su estudio también menciona que, en un primer momento, la comunidad gitana fue tratada como espías, por su condición de nómada.

° Es una de las grandes paradojas, y eso se da incluso antes de la irrupción del nazismo. Teóricamente, las políticas de finales del siglo XIX se aplicaron a los gitanos de toda Europa: se pretendía que se incorporasen a la sociedad a través de la asimilación, pero luego se adoptaban decenas de decretos que no les permitían asentarse en los territorios. Eso provocaba desarraigo. Los gobiernos creaban una criminalidad donde no la había.

- Me ha llamado la atención la pretendida ‘reserva gitana de Himmler’. Según Himmler, “el origen indio de los romaníes los convertía en portadores remotos pero directos de la ‘arianidad’, y, por lo tanto, en un objeto de estudio y quizás de protección por parte del nazismo. Hitler desbarató sus planes. Resulta descabellado.

° Esto se conoce muy poco. Ni siquiera yo, que soy historiadora, lo sabía antes de empezar a documentarme para la escritura del libro. Ese episodio del nazismo está muy poco trabajado. Himmler puso en marcha el proyecto, pero nunca se llegó a desarrollar; de hecho, apenas hay estudios, pero tenemos lo suficiente como para saber que en esta megalomanía de la raza aria se podían incluir incoherencias de este tipo.

- Menciona mucho en el libro a Robert Ritter, a Eva Justin y a Mengele, científicos que contribuyeron de manera definitiva y sustancial a la exterminación con argumentos biológicos. “Había que exterminar a los gitanos porque llevaban impreso en su ADN la criminalidad y la vagancia”. Salen más que el propio Hitler, Himmler, Goebbels o Eichmann.

° El papel de la comunidad científica me parece muy importante. En el estudio insisto mucho en ellos porque estas personas se encargaron de concretar los argumentos científicos para que las instituciones policiales tuvieran un objetivo claro: exterminar a los gitanos, a los judíos y a otros colectivos. Es importante destacar y llama la atención que muchos de estos responsables se mantuvieron en puestos públicos después de 1945. Hay un conjunto de funcionarios policiales a los que los sinti se encontraron como testigos técnicos del genocidio: gente que era responsable directa de su persecución pero que nunca fueron juzgados. Ahí entra la responsabilidad de los propios sujetos, pero también de la sociedad. Los argumentos científicos tenemos que estudiarlos siempre con precaución, porque habitualmente se le da a la comunidad científica un halo de objetividad y validez que puede no existir. Eso es peligroso. Luego, todos estos científicos nazis quedaron desacreditados, pero durante mucho tiempo sus argumentos fueron creíbles para buena parte de la sociedad.

- “El prejuicio tradicional contra los gitanos, reelaborado con un discurso científico que hablaba de criminalidad genética, se impuso entre la mayoría de la población. Incluso entre los no simpatizantes del nazismo”, escribe.

° Exacto. En el libro hablo de la responsabilidad civil de lo que les pasó a los gitanos. Lo que mencionas es un dato impactante. En uno de los primeros estudios que se hizo sobre el genocidio romaní, se comentaba eso: es muy expresivo que las sociedades que se consideran democráticas no reconozcan los fallos internos que tienen. Durante el nazismo, personas que estaban dispuestas a ayudar a los judíos no estaban dispuestas a ayudar a los gitanos. En ese sentido, siempre lo tuvieron más difícil los gitanos que los judíos. Es el discurso de: ‘Si están en campos, por algo será. Es un grupo que no se va a asimilar a la sociedad’. Es un discurso que continúa dándose.

- “Los estereotipos románticos del XIX están en la base de esta esquizofrenia cultural que exalta a gitanos ficticios mientras se persigue a gitanos reales”. Es otra reflexión importante.

° Sobre todo, en países como España. Lo gitano se ha incorporado a la parafernalia de la identidad y la cultura española. Esa visión romántica del gitano es algo sobre el papel. La sublimación de lo gitano no existe, y ha sido inventado por una mirada no gitana. De hecho, va de la mano de la estigmatización de los gitanos reales. Es lo que yo llamo una esquizofrenia cultural. Identitariamente, lo gitano es irrenunciable como parte de la cultura española. Forma parte de ella de manera transversal. Sin embargo, como sociedad tenemos poca capacidad para luchar contra el racismo banal.

- ¿Qué espera de este libro?

° Que tenga difusión. El libro es un intento de aportar algo, en un ejercicio de una tarea más amplia y extensa que tiene que tener más aportes y los recursos de los diferentes agentes culturales y sociales. En algunos países, como Alemania, si haces un recorrido por los museos, las asociaciones sinti han podido introducir aspectos sobre el genocidio romaní. Se entrevé una participación el proceso de reconstrucción de la memoria. Sin embargo, creo que hay que hacer un trabajo más acumulativo y continuar insistiendo, cada uno desde el lugar desde el cual pueda aportar algo.

- ¿Tiene algún proyecto más entre manos, relacionado con la comunidad gitana?

° Voy a intentar publicar las memorias de Philomena Franz. Tenemos lista la traducción, pero no aún no han sido publicadas. Hay que dar difusión a la lectura de memorias. La literatura memorialista te confronta con un sufrimiento particular; con el sufrimiento de una red familiar. Y esto tiene eficacia a la hora de crear conciencia. También trabajo mucho desde mi vertiente de docente: siempre introduzco el Holocausto gitano; y me suelen llamar la atención las reacciones de mis alumnos, porque muchos no saben nada. Es un universo por reconstruir.

- En la parte final del libro explica cómo hubo cierto “acostumbramiento” por parte de la población gitana. ¿Se acostumbraron, los gitanos, a ser maltratados?

° Esto les pasó tanto a los gitanos como a los judíos. Los nazis anulaban la capacidad de reacción de los prisioneros. Algo parecido sucedió durante la posguerra, mientras se les negó cualquier tipo de reconocimiento como víctimas. Entonces, las comunidades gitanas callaron, porque creían que no iba a servir de nada hablar. ¿Cómo se puede, además, hablar delante de las mismas personas que te han mandado a un campo de concentración?

- Hay algunas fechas que fueron importantes para el reconocimiento de las víctimas del Holocausto gitano: el juicio de Eichmann en Jerusalén en 1961, los procesos de Auschwitz en 1963, la publicación del artículo de Franz Calvelli Adorno en 1971 o la celebración del Primer Congreso Romaní también en el mismo año. Fueron puntos de inflexión para que la población tomara conciencia de la barbarie de las matanzas.

A finales de los setenta e inicios de los ochenta fue cuando la sociedad empezó a conocer que había habido un Holocausto paralelo al de los judíos, el Holocausto gitano, a pesar de que antes ya había habido reclamaciones tanto individuales como colectivas. Desde los años sesenta encontramos a supervivientes que alzaron la voz, pero hasta finales de los setenta no hubo capacidad social para escuchar esas voces.

- Ionel Rotaru fue una figura fundamental para la consolidación del movimiento internacional romaní, sin embargo, fue desacreditado por las instituciones.

° Es un personaje que me interesa mucho. Fue cuestionado como dirigente de una asociación gitana en Francia con el argumento de que no era gitano. Era un argumento del gobierno francés pero que también tuvo eco en varios grupos gitanos. En mi opinión, tuvo la capacidad de imaginar un proyecto original para su época, a mediados de los sesenta. Reclamaba para el pueblo romaní en todo el mundo una serie de derechos.

- En el libro hay un proceso de documentación exhaustivo, con muchísimo material. ¿Cómo ha priorizado los datos?

° Hay que imaginar el proceso como un acordeón. He recogido la información durante varios años y mi prioridad era escribir un libro que fuese comprensible. Para ello fue fundamental concebir la estructura, que me limitó, en el buen sentido de la palabra. El resumen es la clave en la transmisión de conocimientos.

- A mediados de marzo, cuando la crisis sanitaria actual empezó a golpearnos, vimos muchísimo racismo en el brote en Santoña. Allí un colectivo gitano se contagió y el racismo reflotó. Se vio de manera muy clara en cómo trataron el tema los medios de comunicación. También se ha demostrado que cuando llega una crisis, los estereotipos y la xenofobia salen a flote.

° Mi ámbito de estudio es la época de entreguerras. En aquel entonces hubo una crisis económica brutal y, por supuesto, estaba detrás de las fobias sociales. Estamos hablando de miedos sociales que se construyen en determinados momentos históricos y contextos: se construyen enemigos para buscar responsabilidades. Y normalmente, esos enemigos son los que son diferentes a la sociedad mayoritaria, ‘el otro’. Este mecanismo social viene dado desde dentro y desde fuera de la sociedad. Hay grupos e instituciones que a lo largo de la historia han tenido la capacidad de buscar chivos expiatorios, que siempre han sido los colectivos más vulnerables. Ese mecanismo ha funcionado y continuará funcionando, porque estos colectivos han sido expropiados del derecho a definir su propia imagen. Desde hace décadas muchas asociaciones romaníes intentan construir otro tipo de imaginario, pero es una tarea difícil y lenta, y tiene que luchar en contra de siglos de acumulación de imágenes negativas.

- Tengo que terminar esta entrevista preguntándole sobre la actualidad política. El auge de la extrema derecha en Europa y el resto del mundo atemoriza, sobre todo a las minorías. Es poco probable que pase lo que pasó durante el nazismo, pero se oyen ecos de aquellos discursos.

° Es ciertamente terrible. El resurgir de la extrema derecha, los ultranacionalismos, el racismo y la xenofobia llegan en un momento histórico en el que los gitanos aún no habían podido superar el racismo clásico originado durante los siglos XIX y XX. El racismo institucionalizado es algo muy complicado de desmontar, pero parecía que las instituciones estaban dispuestas a considerar que había habido racismo contra los gitanos y que había que fomentar unas políticas de igualdad. Cuando esto parecía que podía suceder, llega esta segunda ola. La situación me parece preocupante. El racismo antigitano es el más arraigado de todos los racismos en el pensamiento occidental. Aún no se había desarraigado cuando ha empezado una nueva ola de control de fronteras, cuestionamiento de los derechos fundamentales etc. Obviamente eso no solo afecta a la comunidad gitana. Habrá que luchar para no dejar que pase y continuar luchando contra el racismo.

[Tomado de https://www.anred.org/2021/04/11/maria-sierra-el-holocausto-gitano-es-un-tema-poco-conocido-y-poco-difundido.]


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