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Cuba, entre el desastre de la economía y el bloqueo petrolero: “Eres tu propio país” 

Por: Eileen Sosin Martínez

LA HABANA // “El humo afecta, mancha bastante. Si no tienes más de una hornilla, demoras el doble en realizar todas las labores”. Así describe Raúl González* su rutina para cocinar con carbón. “A la hora de apagar, no se le echa agua; el agua le quita su capacidad de combustión y después es muy difícil de encender”. Entonces la llama simplemente se deja morir, o se le echa tierra, explica. El proceso completo le toma entre 40 minutos y tres horas. 

Raúl es estudiante de la Universidad de La Habana, y ahora está de vuelta en su provincia, Pinar del Río, desde que, a principios de febrero, la educación superior pasó a la “modalidad semipresencial”. Esta fue una de las primeras medidas anunciadas por el Gobierno cubano tras la orden ejecutiva del presidente estadounidense, Donald Trump, que amenaza con aranceles a los países que envíen petróleo a Cuba

“Semipresencial” significa que estudiantes como Raúl deberán utilizar una plataforma online para acceder a materiales docentes y continuar el curso escolar. Sin embargo, las pocas horas diarias de electricidad también limitan esta alternativa –los mismos apagones que han dejado casi inutilizados sus equipos electrodomésticos y lo obligan a cocinar con carbón desde hace más de dos años–. 

Mientras, en La Habana, la reducción drástica del transporte resulta uno de los efectos más evidentes de la carencia de combustible. Desde principios de mes se suspendió la venta de gasolina en pesos cubanos; sólo se oferta en dólares, hasta 20 litros por cliente, y mediante un sistema digital que traslada a la virtualidad las filas en las gasolineras. Taxis colectivos que cubren rutas fijas han comenzado a cobrar el doble de los precios habituales

“A ver cómo nos vamos a mover a partir de ahora”, comentaba días atrás Javier Reyes, un mototaxista de la aplicación La Nave. La vez anterior que consiguió gasolina en el mercado informal estaba a 900 pesos cubanos, pero ya el precio andaba sobre los 2.500 pesos por litro (unos cinco dólares). Meses atrás, el litro costaba 400 pesos. “Ya no compro más”, afirma Javier. Como medida individual de contingencia, empezaría a hacer los mandados de su casa en bicicleta. 

Glenda Estévez*, madre de una niña de seis años, también dejó su carro parqueado y va a todas partes pedaleando. Sus jornadas de trabajo en una empresa mixta se han reducido a un día por semana, todavía sin afectaciones al salario. Previendo un eventual aumento de la escasez, ha ido creando su propia reserva de comida. 

La hija de Glenda sigue asistiendo diariamente a la escuela, aunque a veces ha recibido “clases” de niñas de cuarto, quinto o sexto grado que pertenecen al círculo de interés pedagógico. “Ayer había sólo tres profesoras para toda la escuela. Las otras no pudieron llegar”, cuenta. “[Los maestros] son los que más están soportando esta desgracia”. 

Un viraje reciente de las autoridades permite que las micro, pequeñas y medianas empresas privadas (mipymes) importen combustible, hasta ahora prerrogativa de las entidades estatales. No obstante, el potencial beneficio de esa opción está por verse. 

Yonny Osmel Pérez, socio de la mipyme Vera & Jhon SRL, de Baracoa, Guantánamo, inició las gestiones de importación (sólo autorizada para autoconsumo), pero el proceso parece ser “demorado y burocrático”. 

“No hay experiencia ni conocimiento [en esta área], lo que puede generar desde estafas hasta incendios. Luego, se debe evaluar el alcance de las acciones del Gobierno de Estados Unidos contra nosotros los privados”, señala. 

Las afectaciones a su negocio, que incluye una cafetería-restaurante, un taller de impresión y una tienda mixta, comenzaron antes del bloqueo petrolero a la isla. Por ejemplo, durante el año pasado los apagones de hasta 20 horas seguidas le impidieron elaborar alimentos y enfriar las bebidas. 

Han utilizado carbón, estaciones portátiles de carga y generadores eléctricos a base de gasolina. Por último, decidieron invertir en la instalación de paneles solares. Sin embargo, el empeño o la resiliencia no superan ciertos límites que impone la realidad. 

“Casi estamos parados, en cero. Hace más de un mes que no hemos podido ir a La Habana a buscar mercancías por la falta de combustible. Trasladar un contenedor con pollo desde el puerto de Mariel hasta Baracoa (más de mil kilómetros) antes me costaba entre 500.000 y 750.000 pesos. Ahora estamos ofreciendo entre 2,5 y tres millones de pesos, y [aun así] no aparece el combustible”.  Y si al principio de la cadena logística aumenta el costo, al final lo paga la gente. Productos como el pollo, el aceite y la leche en polvo ya aparecen más caros. 

Este dilema adquiere proporciones nacionales porque Cuba importa el 80% de los alimentos que necesita. Tras décadas de sanciones estadounidenses y políticas económicas fallidas, la agricultura aporta una fracción del consumo, y la industria se encuentra obsoleta o paralizada. Se importa hasta el azúcar, en un país de tradición cañera; y la sal, a pesar de tener más de cinco mil kilómetros de costa. 

A su vez, se dificulta transportar viandas y vegetales frescos del campo a las ciudades. El vendedor de un puesto de hortalizas en el municipio Playa, oeste de La Habana, afirma que su proveedor está intentando adquirir el petróleo para traer el próximo envío. “Hace falta que lo encuentre porque, si no, vamos a tener que dedicarnos a otra cosa… a vender plantas ornamentales”, augura. 

Por otro lado, la canasta básica que entrega el Estado se ha encogido radicalmente en los últimos años. En la capital, la ración correspondiente a febrero comprende una libra de azúcar y 10 onzas de chícharos por consumidor, y un kilogramo de leche en polvo para niños de hasta dos años. 

Todavía algunos municipios aguardan recibir las tres libras de arroz y 1,5 libras de azúcar pendientes del mes de enero. Para abril, se espera que los subsidios cubran a los grupos más vulnerables y no a los productos, sin mayores detalles respecto a qué criterio se utilizará para designar qué personas y mercancías. 

Desde la entrada del hospital Comandante Manuel Fajardo se nota la reestructuración de los servicios de salud. Donde solía haber un gentío, apenas transitan o esperan algunas personas. “No se están dando turnos”, rezonga tras la ventanilla una señora delgada. “Para ninguna consulta”, aclara a alguien más que se acerca a preguntar. 

Cómo está siendo la atención sanitaria

Según la información oficial, se mantiene la atención sanitaria básica, con prioridad para las urgencias médicas, la salud materno-infantil y el programa de cáncer. Incluso si la reconfiguración alcanza a amortiguar el problema del combustible, no cambia un estado de cosas plenamente asentado. 

Hace poco Carmen Alfonso, ahogada por el asma, fue a su policlínico local, en el municipio Marianao, buscando mejorarse con un aerosol. “¿Trajo la boquilla?”, le preguntaron. Como no la tenía, regresó sin alivio alguno. 

La escena le recordó a otra similar, hace tres o cuatro meses. Su hermana, paciente de cáncer, necesitaba una prueba cardiovascular y, cuando ya les tocaba, la técnica les preguntó si habían llevado los electrodos. 

“El individualismo impera –reconoce Glenda Estévez*, resignada– . Toca tener tu propia luz, tu propia agua, tu propia escuela, tu propio combustible. Eres tu propio país. Y no puedes ocuparte del otro, porque a duras penas estás sobreviviendo tú”. Ahora la hermana de Carmen necesita una tomografía, pero les dijeron que el somatón está roto.

Entretanto, aflora una retórica encendida que recuerda a los años sesenta. “Estamos en guerra, somos una plaza sitiada”, remataba el conductor de un programa de televisión que se presenta como “contrapropaganda comunista”. 

Aunque se pospuso la Feria del Libro, se mantiene el Festival de la Salsa, en marzo. Si bien las calles lucen vacías, dentro de las Casas de la Música la vida sigue. 

Raúl González*, el estudiante de la Universidad de La Habana, relata que, con el paso de los días, en Pinar del Río han ido cerrando centros de trabajo estatales y desaparecen productos de los mercados privados, sobre todo el aceite. 

Él y sus abuelos se sostienen con el dinero que envían sus padres de fuera. En el futuro, reunirse con su mamá, en Uruguay, o con su papá, en México, lo ubica en la senda migratoria de otros tantos jóvenes cubanos. “Cuando me gradúe será. Mientras, no”.

*Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de las personas entrevistadas.

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