Un artículo conjunto de las áreas de Ecofeminismos de Ecologistas en Acción y Greenpeace España.
Hechos que creíamos ya asumidos por el grueso de la población, como la existencia de una crisis climática; demandas que parecían ampliamente respaldadas, como las reivindicaciones feministas; normativas internacionales que se suponían de consenso o valores que pensábamos formaban ya parte del sentido común, como los derechos humanos, están siendo contestados por una parte inesperada de la población. No sólo por los sujetos privilegiados sino también por personas en situación de precariedad. Las reacciones de perplejidad, la incomprensión, el enfado o la descalificación han ocupado parte de nuestras conversaciones y han puesto en riesgo nuestra confianza en el activismo y en la fuerza de los movimientos emancipatorios.
Tras varias décadas de políticas neoliberales, de despojo intenso de los sures, vivimos un entretejido de crisis materiales, políticas y culturales y el desmoronamiento de los sistemas de protección allí donde existían. La tierra ya no es lo que era; el futuro tampoco. Nos hemos percatado abruptamente de las falsas promesas del desarrollo. Este difícil contexto genera las condiciones oportunas para que se dé una tormenta perfecta del ascenso de los autoritarismos.
En un marco de precariedad y desigualdad crecientes se hacen hueco fácilmente dinámicas que reorientan la frustración hacia la búsqueda de culpables. Y señalan no hacia arriba, hacia las grandes fortunas, sino a aquellos colectivos más vulnerabilizados y próximos como las personas migrantes, las mujeres o las personas en situación de pobreza. Incluso las políticas de protección ambiental llegar a ser identificadas como enemigos
Un orden político sumiso a los poderes económicos, que necesita contener el desorden social que podría desatar esta frustración, aprovecha esta situación y hace soñar con el regreso a un pasado que nunca existió, donde “cada cosa estaba en su sitio”, y plantea la falsa promesa de poder cumplir nuestras más deseadas aspiraciones. Un mundo en el que las mujeres ocupaban amablemente su lugar en la casa, las disidencias sexuales debían esconderse de puertas hacia dentro, se explotaban los recursos naturales sin limitaciones o las personas extranjeras eran turistas exóticos. Una imagen que esconde la realidad y el futuro que las propuestas fascistas preparan para los colectivos que consideran subalternos.
Pero esa ficción a la que se entrega una parte de la población precaria esconde miedos, dolores, necesidades y deseos. Y es desde ahí donde debemos intentar hacer camino. Nos toca ahora respirar hondo y tratar de comprender, para reorganizar nuestra rabia y nuestra acción. Nos toca escuchar, repensar y reaprender para comprender qué queremos cambiar realmente. Los ecofeminismos integran propuestas que necesitamos para responder a la complejidad de conexiones, opresiones e imaginarios que se entrelazan en el contexto en el que nos encontramos. Parten del reconocimiento de la vulnerabilidad de los seres vivos y de la tierra, pero también de la capacidad de los vínculos para construir y sostener vida. Reconocen los miedos, las dificultades, la fragilidad, y desde ellos construyen mundos posibles.
No se trata solo de luchar contra el autoritarismo, el imperialismo o el individualismo patriarcales, de desmontar argumentos o desenmascarar mentiras. Se trata de construir pedazos de mundos habitables que respondan a otras reglas, aquellas que priorizan el respeto a todas las vidas. Son las pautas que sostienen muchas comunidades campesinas, edificios comunitarios, cooperativas de trabajo, asociaciones en defensa de la salud o grupos de vecinas en los barrios.
Se trata por lo tanto de politizar la frustración, de convertirla en fuerza de cambio real. Tenemos que hablar menos (menos es menos, no es dejar de hablar de) de emisiones de dióxido de carbono, mixes eléctricos o curvas de extracción de combustibles y más de alimentación, de hogar, de dignidad, de vecindad, de tierra, de igualdad. De los elementos que conforman condiciones para que las vidas se puedan desarrollar en plenitud.
Se trata de recentrar el conflicto, deconstruir al enemigo cercano y señalar con claridad a los grandes proyectos del capital como promotores de este proceso de destrucción que cada vez deja fuera a más personas y a más territorios vivos. Se trata de atender, en palabras de Yayo Herrero, todas las urgencias polisémicas, la climática y también la de Gaza y tantas otras.
Se trata –no es fácil– de llegar a ese motor del deseo y de las aspiraciones para construir imaginarios y expectativas compatibles con un mundo vivo y justo. Se trata de crear vínculos y alianzas.
Una de las claves ecofeministas de mayor potencia es la de entender la transición ecosocial no como un punto de llegada, sino un camino a recorrer, como un horizonte de sentidos comunes contrahegemónicos que dé vida a presentes que permitan imaginar mejores futuros. En ocasiones nos embarga el desánimo por el desequilibrio existente entre poderes y nos cuesta poner el foco en esas acciones transformadoras que ya se están llevando a cabo. Ejemplos como el Foro Social Más Allá del Crecimiento o la Asamblea Catalana per la Transició Ecosocial nos muestran la importancia de llevar a cabo la gran conversación y de seguir generando espacios de poder colectivo que sean capaces de cambiar las cosas, como Altri Non o como la paralización del Guggenheim en Urdaibai, por nombrar dos grandes victorias recientes.
Dice Flora Partenio que es momento de sostener presencia, resistir y reconstruir. Este 8 de marzo nos encontraremos en las calles, y después, en los infinitos espacios colectivos que sostenemos e inventamos cada día para hacer propuestas de transición ecosocial justa, para todas las personas. Nos va la vida en la construcción de opciones antifascistas. Sacamos fuerza de la alegría de vivir y de estar juntas. Somos muchas, somos más.
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