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Alegato (científico y religioso) contra la ingenuidad tecnológica

Por: Radios Libres

Compartimos nuestra contribución a la nueva revista de Internet Ciudadana. Este nuevo número, el 16, llega con artículos sobre la inteligencia artificial, la falacia de la neutralidad o la “ingenuidad tecnológica”, un término que bautiza este artículo y que pronunció alguien impensado.


“Desde hace tiempo existen múltiples pruebas de que algoritmos proyectados para maximizar la implicación en las redes sociales —redituable para las plataformas— premian emociones rápidas y penalizan en cambio expresiones humanas que necesitan tiempo, como el esfuerzo por comprender y la reflexión. Encerrando grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación, estos algoritmos debilitan la capacidad de escucha y de pensamiento crítico y aumentan la polarización social.

A esto se sumó una confianza ingenuamente acrítica en la Inteligencia Artificial como ‘amiga’ omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, ‘oráculo’ de todo consejo. Todo esto puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de modo analítico y creativo, de comprender los significados, de distinguir entre sintaxis y semántica.

Aunque la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y conformarnos con una recopilación estadística artificial, a la larga corre el riesgo de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas.”

Esta cita no es nuestra. Tampoco pertenece a Evgeny Morozov, Shoshana Zuboff o algún otro acérrimo crítico del actual sistema sociotécnico y sus plataformas digitales. Aunque no lo creas, estos párrafos son parte del “Mensaje del Santo Padre León XIV para la 60a jornada mundial de las comunicaciones sociales”. Una misiva plagada de párrafos contundentes que alertan sobre los riesgos de las actuales TIC digitales y los desafíos a los que nos enfrentamos como humanidad por la adopción acrítica de la Inteligencia Artificial.

A pesar de profesar un profundo ateísmo, más si se trata de una institución como la Iglesia Católica, no podemos estar más de acuerdo con las afirmaciones del Santo Padre. ¿Se habrá convertido León XIV en un ciberpesimista? ¿Estará apostatando de la tecnología? ¿Perdió la fe en las redes sociales? ¿En un agnóstico de la Inteligencia Artificial?

Nada de eso. Robert Prevost, nombre bautismal del Papa León XIV, solo analiza críticamente los riesgos del actual modelo de desarrollo de las tecnologías digitales de comunicación e información. Un modelo impulsado por un puñado de magnates autoritarios y financiado por poderosos fondos de inversión especulativa que, guiados por un afán desmesurado e ilimitado de riqueza, ignoran las repercusiones sociales de su avaricia, algunas de ellas señaladas por el Papa y por las que ya están enfrentando a la justicia.1

Muy probablemente, al abordar este tema de ese modo, el Papa se sienta como Juan el Bautista: un predicador en el desierto. O como Moisés, indignado ante una sociedad embriagada de tecnomisticismo que idolatra a ChatGPT o se postra ante la última aplicación de moda.

Sin embargo, León XIV no se amedrenta en su carta y, al igual que hizo Jesús cuando agarró el látigo para expulsar a los mercaderes del templo, azota directamente a los falsos profetas de esta nueva religión binaria: los fundadores de un “puñado de empresas” que, aprovechando el control oligopólico de los algoritmos y los sistemas de Inteligencia Artificial, son “capaces de orientar sutilmente los comportamientos e incluso reescribir la historia de la humanidad”.22

“Confianza ingenuamente acrítica en la Inteligencia Artificial”

Ciertamente, es muy sencillo claudicar y dejarse seducir por este nuevo becerro de oro que nos maravilla con sus prodigiosas capacidades de procesamiento informático. Sin embargo, el Papa alerta de los peligros de confiar ciega e ingenuamente en las promesas que acompañan el despliegue de la Inteligencia Artificial. Promesas tecnofetichistas que no son nuevas. Los mismos argumentos que hoy repiten los medios de comunicación, ponentes en webinarios académicos o tu cuñado en la cena familiar, son los que a finales de los 90 acompañaron el despliegue de Internet y, una década después, el desarrollo de las redes sociales y las plataformas 2.0.

También entonces depositamos en aquellos sistemas la esperanza para: democratizar la comunicación y conformar una esfera pública más plural, diversa e informada; empoderar a la ciudadanía para una participación política más activa; reducir la brecha digital; educar de forma innovadora y más eficiente mejorando las posibilidades de los estudiantes más desfavorecidos; aumentar la transparencia y la rendición de cuentas de gobiernos y empresas que serían fiscalizadas por la ciudadanía; o la creación de comunidades globales que nos permitieran alcanzar mayor equidad y justicia social.

Sería demagógico afirmar que nada de esto se alcanzó. Evidentemente, Internet y sus aplicaciones, posibilitan la producción colaborativa de conocimiento, permiten comunicarnos con una inmediatez impresionante, articular con personas de cualquier parte del planeta o aprender y divertirnos con memes y videos, entre otras muchas cosas.

Pero si profundizamos el análisis, ¿cuáles de aquellas promesas se cumplieron realmente?, ¿qué hemos logrado transformar estructuralmente?, ¿tenemos sociedades más democráticas y justas o creció la exclusión y la inequidad? Casualmente, la acertada carta del Papa coincidió con dos noticias globales que aportan respuestas concretas a estas preguntas.

Noticia 1: prohibiciones

La primera es que Francia y España, siguiendo los pasos de Australia, prohibirán el uso de redes sociales a menores de 15 y 16 años, respectivamente.3 Esta controvertida medida fue aprobada por mayoría en la Asamblea Nacional francesa –130 votos a favor frente a 21 en contra– y cuenta con el respaldo del 79% de los adultos y de un 67% de los jóvenes que la consideran justificada.

Estas leyes se aprobaron para mitigar los daños, evidentes y probados, que provocan en la salud mental de jóvenes (y adultos): “estas redes sociales prometían conectar, fragmentaron. Prometían informar, saturaron. Prometían divertir, encerraron.”, afirmó una de las diputadas que respaldó la iniciativa.

El presidente español, Pedro Sánchez, anunció que las plataformas como Instagram, Facebook, TikTok, Snapchat, X o Twitch, tendrán que implementar obligatoriamente mecanismos de verificación de la edad de quien accede. De esta forma, aspira a proteger a los menores del “salvaje Oeste digital” donde abunda la pornografía, la manipulación y desinformación, la violencia o los abusos.

Al anunciar las restricciones –que la Unión Europea está estudiando implementar en todos los países miembros porque “enganchan a los niños a algoritmos manipuladores”– Sánchez apuntó contra los “amos del algoritmo”, gobernantes de “Estados fallidos” donde no se respetan legislaciones ni se persiguen los delitos. Y señaló particularmente a uno de estos tecnooligarcas: Elon Musk y su Inteligencia Artificial Grok, investigado por la creación de millones de imágenes pornográficas de mujeres sin su consentimiento: “los directores generales de estas plataformas tecnológicas se enfrentarán a responsabilidades penales por no eliminar contenidos ilegales o que inciten al odio. Se acabó ocultarse bajo el código y decir que la tecnología es neutra”. Sus declaraciones le valieron los insultos de “tirano y traidor” por parte de Musk.

Noticia 2: rentabilidad

La segunda noticia que coincidió con la carta del Pontífice, fue el anuncio del crecimiento exagerado de las ganancias de las Big Tech, alimentado por las inversiones en IA Generativa. Tesla/X, Alphabet, Amazon, Meta, Nvidia, Oracle y Microsoft alcanzaron en 2025 “cifras inéditas” que no solo aumentan su ya inmensa riqueza –los dueños de estas empresas integran la lista de las diez personas más ricas del mundo, en el orden que las citamos– sino que consolidan su descomunal poder. Un poder que les autoriza a insultar presidentes o ignorar leyes.

“Tal vez lo más llamativo es lo sencillo que ha sido este proceso de transformación de la utopía en distopía tecnológica. Lo familiar y coherente que nos ha resultado esta situación de indefensión colectiva y dependencia digital extrema”. César Rendueles, Redes vacías Tecnología catastrófica y el fin de la democracia.

¿Será que estamos usando mal las tecnologías?

No. El presidente español, en sus declaraciones, apuntó en la dirección adecuada al recordar que la tecnología no es neutra. Una falacia que, de tanto repetirla, se ha convertido en una especie de virtud teológica tecnocientífica.

Un mito muy útil ya que deriva la responsabilidad sobre quienes usan la tecnología y no sobre quienes la producen: “No son ellos a quienes hay que señalar, sino a esos traficantes que con sus algoritmos crean adicciones. Hay que neutralizarlos”, alegó el diputado francés Rodrigo Arenas, al oponerse a la ley aprobada en su país por creer que culpabiliza a las familias y profesores, cuando son las víctimas de las plataformas.

No existe la “neutralidad técnica”, ni siquiera de objetos sencillos como un martillo o un cuchillo. Desde una concepción instrumental y funcional, ciertamente estos artefactos pueden ser usados para algo bueno o malo. Eso no significa que sean neutras, porque cualquier tecnología está imbuida de valores humanos, empezando por los principios y la visión de mundo de quienes diseñan o financian. En ese diseño influyen también otros factores externos como el contexto social, económico, político.

Por lo tanto, no son solamente herramientas sin implicaciones éticas. Todas encarnan valores, principalmente cuando se integran dentro de un sistema tecnológico más amplio que modela los comportamientos sociales y consolida estructuras de poder.

No hay que perder la fe

El Papa León XIV termina su misiva con una recomendación: ser escépticos y no dejarnos dominar por la ingenuidad. Sin embargo, esa penitencia no implica perder la fe y dejar de creer en la tecnología.

Negar la neutralidad nos permite reconocer que todo desarrollo se rige por ciertas reglas, valores y normas que están presentes en el diseño de los objetos técnicos. Estas especificaciones integran lo que el filósofo canadiense Andrew Feenberg llama el “código técnico”. Este código naturaliza las decisiones de dominación como si fueran puramente técnicas o relacionadas con la eficiencia, neutrales, cuando son profundamente sociopolíticas y económicas. En el caso de las TIC y la IA, este código lo redactan los hombre (blancos, del Norte Global, heteronormativos) más ricos del planeta.

Feenberg, al igual que León XIV, nos invita a un “involucramiento táctico”. Esto significa apropiarse de los “elementos técnicos” para diseñar tecnologías desde otros paradigmas y alejarnos así de los códigos opresores. Solo evaluando seriamente sus impactos sociopolíticos o medioambientales podremos construir tecnologías con un verdadero fin democrático y liberador.

Por ejemplo, los elementos técnicos que permiten las creación de redes sociales se puede regir por un código técnico que favorece los intereses de un personaje como Elon Musk que nos traiciona entregando nuestros datos por varios puñados de monedas de plata o por otro que crea redes libres y diversas como las del Fediverso.4 Y así con cada una de las TIC digitales.

León XIV tiene claro que el código técnico que rige el desarrollo actual de la Inteligencia Artificial no augura un futuro prometedor para la humanidad. Sorprendentemente, su opinión coincide con la de Dario Amodei, que nada tiene que ver con la religión. Amodei es el director ejecutivo de Anthropic/Claude, una empresa fundada por exempleados de OpenIA (ChatGPT) que abandonaron la compañía debido a las polémicas decisiones de su presidente Sam Altman.

En un extenso manifiesto publicado en enero de 2026, Amodei afirma que “la humanidad debe despertar ante los peligros de la IA”5 . Y esboza cinco áreas críticas de riesgo: que la IA escape del control humano; que se use con fines destructivos; que se profundice la exclusión económica y se concentre más la riqueza debido a los cambios en el ámbito laboral que implica esta tecnología; que sea controlada por actores irresponsables y autoritarios concentrando el poder;6 y que no podamos enfrentarnos a los efectos imprevisibles de la IA. Cómo “única solución”, Amodei aboga por legislación y propone una “Constitución de la IA” definiendo claramente qué podrán hacer, y qué no, los algoritmos que rigen su funcionamiento.

Pareciera que la Inteligencia Artificial logró algo impensado: poner de acuerdo a ciencia y religión. Tanto la fe como los postulados científicos coinciden en recomendarnos que evitemos la confianza ingenua y acrítica en la Inteligencia Artificial y en todas las promesas que la rodean. Ojalá como humanidad estemos a la altura de dar respuesta a este desafío sin tener que esperar al Juicio Final.


Notas y referencias

  1. “Los gigantes tecnológicos se enfrentan a un juicio histórico en EE. UU. por acusaciones de adicción a las redes sociales”. Meta, YouTube y TikTok acusados de crear productos intencionadamente adictivos y perjudiciales para los jóvenes. Meta, incluso, es consciente de que muchos de sus anuncios son engañosos o, directamente, estafas. Así lo evidencian documentos internos de la compañía que calculan que el 10% de sus ingresos se obtienen por estos anuncios fraudulentos, unos 15.000 millones de anuncios fraudulentos al día. Sin embargo, evitan tomar medidas porque eso implicaría perder miles de millones de ingresos por publicidad. ↩
  2. Este empeño autoritario por reescribir la historia llevó a Elon Musk a ofrecer millones de dólares a Wikipedia para que cambie su enfoque, acusando a la enciclopedia colaborativa de ser “woke”. Al ignorar su propuesta, Musk anunció su propia alternativa Grokipedia, alimentada por su inteligencia artificial. ↩
  3. Medidas polémicas sobre las que no se ha cerrado el debate pero que tienen su correlato en el mundo fuera de línea con prohibiciones para el acceso de los jóvenes a otros productos dañinos como la venta de alcohol o tabaco o el acceso a las apuestas deportivas. ↩
  4. “Las redes sociales existentes se adaptan mucho mejor al programa iliberal que a un proyecto emancipador. Cuanto más disparatada sea la campaña, cuanto menos dependa de la construcción de lazos políticos sólidos, mejor es la relación entre esfuerzo invertido y resultados. Dedicando una hora al día a Twitter puedes convencer a millones de que la Tierra es plana y de que Hillary Clinton participa en una red de pedofilia satánica en una pizzería de Washington. Hacen falta vidas enteras de huelgas y asambleas para convencer a la gente de que el jefe que los explota es un explotador”, afirma el sociólogo César Rendueles en su último libro titulado “Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia”. ↩
  5. Hace dos años ya publicó otro con bastante repercusión sobre los posibles ámbitos donde impactaría la IA. ↩
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Clickea la escuela: caso modelo en educación digital crítica

Por: Radios Libres

Una experiencia para crear y ofrecer un modelo replicable que pueda inspirar políticas públicas en educación digital crítica.

Con información de CLADE y CADE.

La Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación (CLADE), la Campaña Argentina por el Derecho a la Educación (CADE), con la participación de la Federación Argentina de Instituciones de Ciegos y Ambliopes (FAICA), Comuna Digital y el apoyo de Internet Ciudadana, implementaron en 2025 un caso modelo de educación digital crítica en la Escuela Secundaria N°1 de Boulogne, localizada en la Provincia de Buenos Aires, Argentina.

Durante cuatro encuentros, entre julio y septiembre de 2025, docentes y estudiantes exploraron herramientas digitales libres, reflexionaron sobre el uso de datos y experimentaron con producción de contenidos en audio y video. Todo el proceso estuvo acompañado por materiales pedagógicos, asistencia técnica —presencial y virtual— y una metodología participativa que promovió el aprendizaje colectivo.

La experiencia culminó con la creación conjunta de un video grupal y una serie de podcasts, resultado del trabajo colaborativo entre estudiantes y docentes, y evidencia del potencial transformador de una educación digital crítica, inclusiva y participativa.

El próximo objetivo de las organizaciones participantes en la iniciativa sería replicar la experiencia en otras escuelas de la región y escalarlo para que sea incorporado en la política pública de educación en distintos países de América Latina y el Caribe.

El podcast de la experiencia

El Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCO) ha producido este audio sobre la experiencia que puedes descargar y transmitir por tu radio para que se conozca este interesante laboratorio de alfabetización tecnológica crítica. Hay testimonios de organizadores, docentes y estudiantes involucrados. ¡Quizás, al escucharlo, alguna otra escuela se anima a implementarlo!

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Créditos:

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Sean MacBride le dio like: derecho a la comunicación en los territorios digitales

Por: Radios Libres

Artículo de RadiosLibres para el número 15 de la Revista Internet Ciudadana.

En un mundo partido en dos, el Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) promovió, en la década de los setenta, un Nuevo Orden Económico Mundial. Para lograrlo, entendían, que era indispensable establecer un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC) que subvirtiera los escandalosos desequilibrios informacionales existentes. Una de esas asimetrías, denunciada por este bloque conformado por países del llamado Tercer Mundo, era que cuatro agencias del Norte global producían entre el 80% y el 90% de la información que se difundía en el mundo.

Unesco se comprometió con este debate convocando la Comisión Internacional para el Estudio de los Problemas de Comunicación –conocida como Comisión MacBride, por el apellido de su director–. El informe final terminó desencadenando una profunda crisis en el interior de la Unesco y la salida de Estados Unidos de la organización, al contener conclusiones tan contundentes como esta:

La libertad del ciudadano para tener acceso a la comunicación, como receptor y como contribuyente, no puede compararse con la libertad de un inversionista para obtener de los medios un beneficio: la primera es un derecho humano; la última permite la comercialización de una necesidad social. (MacBride et al., 1980, p. 42)

La academia latinoamericana también fue un actor clave en aquellos procesos estableciendo las bases conceptuales de los debates sobre el derecho a la comunicación. Fueron años de ebullición intelectual, de nuevas teorías y desarrollo de campos de estudio que después se extenderían por el mundo como la comunicación alternativa. Una época de alianzas estratégicas con las organizaciones regionales que promovían la existencia de medios de comunicación alternativos, populares o comunitarios y de trabajo conjunto en los territorios.

Objetivamente, hoy la situación es mucho más grave que la denunciada en los 70 por los no alineados. El monopolio que ejercen un puñado de megacorporaciones norteamericanas sobre las herramientas de comunicación e información es asfixiante ya que controlan todas sus áreas: desde la infraestructura física, hasta el código y las herramientas de difusión del contenido (Becerra y Mastrini, 2017).

Gracias a un lobby agresivo han implantado un modelo de desarrollo tecnológico sostenido sobre los pilares de la neutralidad tecnológica y la autorregulación. Así burlan las legislaciones nacionales y escapan a la fiscalización de los países que intentan controlar sus excesos. Al tiempo que se apoyan en una maquinaria publicitaria con la que construyen relatos de innovación y progreso para acelerar los ciclos de consumo envueltos en un fetichismo tech que nadie parece cuestionar.

Los medios de comunicación, la academia y los movimientos sociales parecen haber bajado los brazos:

  • La mayoría de medios de comunicación se han rendido a los algoritmos y producen noticias bajo los estándares y condiciones de la plataforma que esté de moda, más interesados en el clickbate que en informar a su audiencia. El resto, no da a basto intentando desmentir las fakenews que inundan las redes sociales.
  • Gran parte de la academia está más preocupada por la meritocracia del ranking y aborda la problemática desde una perspectiva instrumental en vez de aproximarse desde la economía política o la sociología, tal como lo hizo el Informe MacBride: niveles de concentración, imperialismo tecnológico, desequilibrio de los flujos de información o la necesidad de políticas nacionales que garanticen el derecho a la comunicación. Seguramente, si la Comisión se convocara hoy, hablaría de los derechos laborales de los trabajadores de plataformas, del nuevo proletariado cognitivo, del impacto ambiental de la fabricación de dispositivos o del derecho a la privacidad y al anonimato.
  • También parte de los movimientos sociales, incluso los que promovieron el derecho a la comunicación, abrazaron el discurso tecnosolucionista con la esperanza de resignificar las plataformas comerciales para amplificar sus demandas, al tiempo que las fortalecían y hacían más y más poderosas. Y quienes buscamos alternativas a este modelo no terminamos de encontrar un argumentario convincente que no esté teñido de una velo ludita.

Para agregar un nuevo elemento a este complejo escenario, la Inteligencia Artificial revive –una vez más– el tan manido argumentario del progreso, la modernidad y la neutralidad (“todo depende de cómo la usemos”) para consolidar sin oposición un nuevo ciclo de acumulación de capital especulativo sobre una tecnología digital como ya hicieron con Internet, con las redes sociales o con las plataformas. Un capitalismo digital –o tecnofeudalismo, si se prefiere– de rostro amable, cool y eficiente pero igual de voraz, peligroso y colonial que se alimenta de ingentes recursos naturales (Moreno, 2024; Binder y García-Gago, 2025).

Creemos que, para defender el derecho a la comunicación y promover la democratización de los medios de comunicación en este siglo, sería necesario radicar el debate, no desde un abordaje comunicacional o tecnológico, sino ideológico y político, tal como sucedió en los años setenta. Es urgente pensar y ensayar otros modelos de desarrollo para las tecnologías digitales. Modelos sostenibles basados en la gestión común, en la libertad y en el acceso abierto, con una perspectiva decolonial, antirracista y feminista, que pueden resumirse en estas cuatro líneas de acción:

1. Tecnologías apropiables: software libre

Al no utilizar tecnologías libres que puedan ser auditadas, modificadas y compartidas, se entrega el futuro de la comunicación a un puñado de empresas privadas: “En una sociedad moderna, quien controla el software controla la comunicación social. Controla quién puede comunicarse con quién, cuándo y para decir qué”. (Heinz, 2008, p. 94).

2. Infraestructuras autónomas

Es tan complejo y costoso gestionar las distintas capas que hacen posible Internet y el resto de tecnologías asociadas, que apenas un grupo reducido de grandes organizaciones, empresas, universidades y gobiernos se encargan de ello a nivel global. En este contexto, parecería reducida la capacidad de incidencia que los movimientos sociales y las organizaciones de base pueden tener, sobre todo respecto de las capas lógicas (software) y de infraestructura de Internet. Sin embargo, diversos proyectos en la región que gestionan comunitariamente redes de telecomunicaciones (internet y telefonía celular), intranets o servidores autónomos, demuestran su viabilidad Binder y García-Gago, 2020).

3. La privacidad como derecho

Para garantizar la privacidad en línea, una de las medidas a tomar sería impedir que las grandes plataformas accedan a la información personal que circula por Internet. Sin embargo, este volumen de datos crece constantemente, al igual que las vulneraciones a la privacidad. Por ejemplo, el número de asistentes virtuales para el hogar –estos aparatos a los que se les habla para que reproduzcan una canción o hagan una llamada– aumenta día a día. Para poder ejecutar estas ordenes, su micrófono está siempre encendido. Tras una investigación periodística Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft terminaron por reconocer que transcriben audios privados de quienes los usan. Las compañías alegan que lo hacen para “mejorar la capacidad de sus asistentes virtuales para entender el lenguaje humano” (del Castillo, 2019). Microsoft, incluso, se vio forzado a confirmar que transcribe algunas grabaciones de Skype. Sería escandaloso imaginar que algo así sucediera con el correo postal. Que se violara el derecho a la privacidad y se leyeran cartas para entrenar a un software de Inteligencia Artificial. Cuando estas prácticas se trasladan al mundo digital pareciera que no importa renunciar a derechos con tal de recibir un mejor servicio.

Decir que no te importa la privacidad porque no tienes nada que esconder no es diferente a afirmar que no te importa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir; o que no te importa la libertad de prensa porque no te gusta leer; o que no te importa la libertad de religión porque no crees en Dios; o que no te importa la libertad de reunión pacífica porque eres un agorafóbico, perezoso y antisocial. El hecho de que esta o aquella libertad no tenga importancia para ti ahora mismo no quiere decir que la tenga o que no la vaya a tener mañana, para ti o para tu vecino (Snowden, 2019, p. 196).

4. Cultura libre y conocimiento abierto

Esta corriente concibe al conocimiento y a la cultura como bienes comunes y promueve los entornos abiertos de creación, difusión y distribución, respetando los derechos de quienes crean. Sus principios no legitiman la llamada “piratería”, es decir, usos no autorizados de obras literarias, artísticas o intelectuales. Por el contrario, este movimiento propone un sistema donde quienes crean puedan vivir de sus obras, las empresas intermediarias tengan márgenes de ganancia racionales y la ciudadanía tenga acceso asequible –que no quiere decir que en todos los casos sea gratuito– a libros, artículos, música, cine y otras creaciones culturales. Las TIC facilitan el surgimiento de estos entornos donde el soporte físico ya no resulta imprescindible y es más sencillo lograr un equilibrio entre derechos y beneficios.

A pesar de que en materia tecnológica el Informe MacBride fluctuó entre el paradigma desarrollista de la modernización y las teorías de la dependencia (Carlsson, 2005), dedicó un extenso apartado de recomendaciones defendiendo sus potencialidades al tiempo que abordó los peligros que presentaba su adopción: “el resultado depende de decisiones vitales y de dónde y por quién se tomen. Por lo tanto, es urgente organizar el proceso de decisiones en forma participativa, con base en una conciencia plena del efecto social de diferentes alternativas” (MacBride, 1980, p. 219). Una recomendación que complementa las cuatro líneas propuestas para promover un futuro democrático de las comunicaciones y las tecnologías.

Inés Binder y Santiago García Gago, son doctores en sociología por la UCM, comunicadores sociales, radialistas e integrantes de RadiosLibres.net. Residen en Mendonza, Argentina, y militan en diversos espacios que promueven las tecnologías libres. Son autores de “Politizar la Tecnología: radios comunitarias y derecho a la comunicación en los territorios digitales” y “Radios Pospandemia: herramientas y estrategias para la nueva normalidad”.

Referencias

Becerra, M., y Mastrini, G. (2017). La concentración infocomunicacional en América Latina (2000-2015): Nuevos medios y tecnologías, menos actores. Universidad Nacional de Quilmes.

Binder, I., y García-Gago, S. (2020). Politizar la tecnología: Radios comunitarias y derecho a la comunicación en los territorios digitales (Primera edición). Ediciones del Jinete Insomne.

Binder, I., y García-Gago, S. (2024). El impacto mediambiental de las tecnologías. Revista digital Internet Ciudadana N° 13.

Carlsson, U. (2005). El Informe MacBride, visto en perspectiva. Quaderns del CAC, 8(21), 59–63.

Del Castillo, C. (2019). Microsoft se une a Google, Facebook, Amazon y Apple y reconoce que transcriben audios privados de sus usuarios. Eldiario.es.

Heinz, F. (2008). Código software: de la torre marfil a la mesa ciudadana. En Genes, bytes y emisiones: Bienes comunes y ciudadanía. Ediciones Böll.

MacBride, S. y otros (1980). Un solo mundo, voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo. Fondo de Cultura Económica.

Moreno, A. (2024). El costo ambiental de entrenar Inteligencia Artificial Generativa. Revista digital Internet Ciudadana N° 12.

Quirós, F., y Caballero, F. S. (eds.). (2016). El Espíritu MacBride: Neocolonialismo, Comunicación-Mundo y alternativas democráticas (Vol. 4). Ediciones Ciespal.

Snowden, E. (2019). Vigilancia permanente. Editorial Planeta.

Winner, L. (2001). Dos visiones de la civilización tecnológica. En J. A. López, y J.M. Sánchez (Eds.), Ciencia, tecnología, sociedad y cultura en el cambio de siglo, p. 64. Biblioteca Nueva, Organización de Estados Iberoamericanos.

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Todo lo que la IA puede hacer por vos y tu radio

Por: Santiago Garcia Gago

Cómo un insignificante cambio que llega para “solucionarnos la vida” puede implicar que nadie visite tu página web o lea artículos como este. (Sumamos el audio de la entrevista que nos hicieron en “Una Radio Muchas Voces” sobre esta nota).

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Procesar y resumir enormes cantidades de datos y ponerlos a disposición de empresas, universidades o Estados. Analizar millones de informes médicos para realizar diagnósticos más precisos. O usos más cotidianos como traducir textos a otros idiomas, programar scripts informáticos o producir podcasts. Estas son algunas de las muchas funciones para las que actualmente se emplea Inteligencia Artifical (IA). Sin duda alguna, es uno de los avances tecnocientíficos más importantes de esta época.

Sin embargo, es conveniente recordar que la IA no es más que una programación informática que, al seguirse alimentando de cada vez más datos, aumenta su capacidad de ejecutar acciones. Eso no significa que aprenda en un sentido humano, a pesar de que este mito esté muy extendido.

De hecho, todos los desarrollos tecnocientificos relacionados con las TIC llegaron siempre acompañados de un optimismo exagerado y un misticismo mágico. Cuando apareció Internet nos prometieron que el desarrollo alcanzaría a todas las áreas desfavorecidas de la tierra o que sería un ágora democrática. Luego, que las Redes Sociales servirían para democratizar la libertad de expresión y pensamos que las podríamos resignificar para hacer la revolución. Veinte años después de su aparición estamos clamando por legislaciones que eviten que la juventud se exponga a estos espacios convertidos en burbujas de odio que promueven el consumismo y el individualismo exacerbado.

Y no, no ha sido porque las usemos mal. Como hemos repetido en otras ocasiones, las tecnologías no son neutras. Si desarrollamos ciencia y tecnología en un contexto monopólico de empresas que solo buscan ganancias desorbitantes, inevitablemente, estos son los resultados. Ese puñado de compañías se convirtieron en las más ricas del planeta, mientras continuan ignorando las investigaciones de sus propios empleados que alertan de los riesgos psicológicos y de adicción que pueden sufrir quienes usan sus plataformas.

Tampoco la IA es neutra. De hecho, se alimenta de los sesgos que tiene los datos con que se entrena y, esos sesgos, se transmiten a la decisiones que toma. (Por cierto, también se alimenta de ingentes cantidades de agua como ya hablamos en este otro texto).

Por ejemplo, si empleamos un modelo genérico de IA para procesar y resumir entrevistas de audio o un grupo de documentos académicos, ¿en base a qué hará ese recorte? Al no tener acceso para matizar ese algoritmo, por mucho que definamos la instrucción (lo que se conoce como promt) siempre existirá un recorte subjetivo. Ciertamente, también sería subjetivo el resumen que haríamos cada uno de nosotros y nosotras, pero tendríamos el poder de ponderar ciertos aspectos que a la IA se les escapan: como que estén más presentes las voces de mujeres o minorías porque siempre son relegadas; entender que la voz de los pueblos originarios no suele estar en los textos de historia porque tienen una tradición oral y siempre fueron los occidentales quienes escribieron sobre ellos; o que la academia suele priorizar teorías del norte global que son las más repetidas, en contraposición con los postulados de quienes investigan desde el sur global.

Pero hay otros peligrosos recortes que ya podemos cuantificar, que están simplificando –aún más– la forma en que aprendemos o procesamos el conocimiento, debido principalmente al modelo oligopólico privado de desarrollo tecnocientífico que venimos denunciando.

El buscador de Google se emplea en 9 de cada 10 búsquedas que se hacen en Internet. La posición dominante de esta herramienta de la compañía Alphabet –que se suma a la que tiene en otros segmentos con servicios como Youtube, GMaps, GDrive o GMail, entre un larguísimo ectcetera– le permite tomar decisiones que afectan radicalmente la lógica en que consumimos los contenidos en Internet.

Google nunca abrió su algoritmo por lo que solo podemos intuir por qué prioriza unas páginas web por encima de otras: una buena gestión de etiquetas en el sitio web con palabras claves, algo en lo que se afanan quienes hacen SEO (optimización de motores de búsqueda); que una página web sea enlazada por otras; y otras estrategias que quienes trabajan como community manager intentan adivinar.

Hasta hace unos meses, el buscador de la compañía funcionaba de forma sencilla. Alguien introducía una pregunta, por ejemplo, “cómo instalar una radio en línea” y en la página aparecían los resultados que Google filtraba en función del idioma de la búsqueda, del país o región donde te encuentres o, incluso, relacionándolo con tus búsqueda anteriores. Un necesario intermediario entre quienes creamos contenidos y nuestras audiencias, en un mar infinito de páginas web y plataformas de contenido.

Como gran parte de los ingresos de Google son por publicidad, entre los primeros resultados muestra algunos patrocinados, pero el buscador lo indica claramente. De este modo, sabes que aparecen destacados porque pagan y no porque tenga un buen posicionamiento dentro del buscador. Luego, promociona varios videos de su servicio Youtube. Y después, las páginas con los resultados que podías visitar para encontrar la respuesta a la búsqueda realizada. (Clic aquí o en la imagen para ver en grande).

Ahora bien, desde que Google incorporó por defecto a su buscador la “Visión general IA” (AI Overviews), al realizar esa misma pregunta, lo que aparece destacado en primer lugar es un resumen realizado por esa Inteligencia Artificial [1].

Aunque Google añade el enlace a los contenidos originales con los que confecciona dicho resumen, la mayoría de las personas se quedan con la respuesta que les ofrece el extracto y no visitan esos sitios. Incluso, a pesar de que el mismo buscador alerta expresamente de queLa visión general creada por IA puede cometer errores y, de hecho, los tendrá. De ser un mediador necesario, Google paso a acaparar todo el tráfico que ya no se traduce en visitas a las páginas que proveen el contenido.

“Google se transforma en el ensamblador de contenido ajeno y de paso es el único que obtiene el tráfico que produce con las respuestas que ofrece. Gracias a eso, se queda con la audiencia”.

Juan Carlos Camús, Huellas Digitales.

Esta nueva dinámica en las búsquedas se ha traducido en un descenso drástico de las visitas a las páginas web generadoras del contenido. Varios blogs venían alertando de esta situación pero, la pasada semana, la revista JotDown, lo cuantificó con los siguientes datos:

“Durante los primeros cinco meses de 2025, la versión digital de Jot Down ha perdido un 35,8 % de sus lectores. Las sesiones han bajado un 40,5 %, las páginas vistas un 15,9 %. Google nos ha traído un 31,8 % menos de visitas que el año pasado”.

Ángel Fernández Recuero, Jot Down

Este descenso se suma al que ya venían experimentando por las visitas que llegaban desde las redes sociales “Twitter, un 56 % menos. Facebook, un 35 %”.

En un crudo editorial titulado “Qué hacer cuando nadie nos busca”, Jot Down pronostica que “la web, tal como la conocíamos, está dejando de existir” y llaman a conformar una “comunidad contralgorítmica”. Comunidad que, por cierto, lleva tiempo existiendo y sosteniendo alternativas como medios comunitarios, infraestructura autónoma o el fediverso.

Otros grandes medios internacionales, como New York Times o Wall Street Journal’s, han reportado caídas similares de su tráfico orgánico.

“En el caso de Business Insider, el descenso fue del 55% entre abril de 2022 y abril de 2025. Esta situación obligó al medio a despedir al 21% de su personal”.

Carolina Martínez Elebi, Observacom.

Ciertamente, la IA seguirá avanzando. Las empresas siguen apostando a su desarrollo porque obtienen ganancias descomunales. Pero esos avances, que a veces parecen insignificantes y como usuarias valoramos porque nos “hacen la vida más sencilla”, van moldeando nuestros hábitos, nuestras formas de aprender y elaborar el conocimiento, de disfrutar del arte y la cultura, o de relacionarnos entre nosotres.

Usar una u otra tecnología es una decisión personal pero politizar su desarrollo es una cuestión que deberíamos asumir como sociedad. Al menos quienes tenemos la convicción de que la comunicación es un derecho humano y apostamos por las tecnologías libres y los medios comunitarios. ¿De qué sirve usar IA para llenar una radio o una página web de contenidos si nadie los lee, y si con ello no provocamos diálogos participativos o transformamos las condiciones de vida de nuestras comunidades?


Cuando este año estrenamos el nuevo logo, varias personas nos preguntaron si el símbolo que sustituye a la “O” era un ovni o un ojo divino que todo lo ve. Ninguna de las dos. Es un banquito de tres patas. Porque aunque nuestro proyecto se construye desde y para Internet, seguimos reivindicando esas antiguas tecnologías de comunicación que nos permiten sentarnos junto a otres, con un mate o un café, a dialogar.


Más recursos para debatir sobre una IA ética:

Notas:

[1] Google indica que si quieres ver los resultados sin el resumen, puedes hacer clic en los filtros superiores, concretamente en “Web” (está junto al de Imágenes, Videos o Herramientas. Pero eso solo puedes hacerlo una vez que ya te mostró los resultados, con el resumen Overview incluido. Nuestro querido Dani Cotillas (de Nodo Común, Comunicación Abierta o Club Manhattan) nos compartió un sencillo truco para que muestra los resultados sin IA y es sumar alguna mala palabra en la búsqueda como “joder”, lo probamos y anda :D.

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La riqueza de las redes

Por: Radios Libres

Yochai Benkler. Licencia Creative Commons BY-NC-SA 2.5

Aunque este libro ha sido calificado como una «versión neoliberal» de la reivindicación del procomún y no siempre sale airoso de las limitaciones individualistas de su enfoque, Benkler reconoce explícitamente estar adoptando herramientas analíticas mainstream para desacreditar los presupuestos teórica y empíricamente infundados del papel del copyright y las patentes para fomentar la innovación.

De lo más lúcido del texto, por eso lo compartimos, es la metáfora de las capas (tomada de la arquitectura de redes) para ubicar los proyectos y conflictos ligados al procomún en un marco conceptual que permite comprenderlos de un modo integral.

Texto basado en la introducción a cargo de los editores: Florencio Cabello y Andoni Alonso. Publicado por Icaria.

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Y ahora, ¿quién podrá defendernos? ¡La Inteligencia Artificial!

Por: Santiago Garcia Gago

Un reflexión acerca del desarrollo tecnológico y lo que podemos esperar de la Inteligencia Artificial. Este artículo se publico originalmente en el número 12 de la revista Internet Ciudadana, donde puedes leer más artículos sobre este tema.

Internet Ciudadana es una iniciativa en construcción que apuesta a generar un espacio latinoamericano y caribeño, donde las organizaciones que trabajan por la justicia social, la democracia, la democratización de la comunicación, el software libre y abierto, la neutralidad de la red o la amplia gama de los derechos humanos, así como para el empoderamiento de la ciudadanía, puedan confluir para construir agendas comunes hacia la Internet de los pueblos.


A lo largo de la historia, un buen número de inventores avezados y empresas pioneras desplegaron diferentes tecnologías y, en la mayoría de ocasiones, acompañaron su distribución con desproporcionadas promesas de progreso y modernidad.

En lo que se refiere a las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), tanto el telégrafo como las radiocomunicaciones en el siglo XIX y, en época más reciente, Internet, se erigieron por sus promotores como soluciones, cuasi mágicas, para el desarrollo y la democratización de la sociedad. Para dotar de convicción este discurso, revistieron a las tecnologías con una infalible cualidad: su “neutralidad”. Un paradigma reforzado por los medios de comunicación que se ocuparon de destacar sus incalculables beneficios. Cualquier cuestionamiento acerca del modelo de desarrollo tecnológico hegemónico sería tildado de apocalíptico o ludita. TIC a TIC, los profetas tecnologicistas comerciales nos persuadieron de que ése, y no cualquier otro, era un camino i-ne-vi-ta-ble del cual era irracional dudar ya que, la presupuesta neutralidad, terminaría imponiendo socialmente los “usos buenos” de esas tecnologías.

Este planteamiento parte de un supuesto errado al ignorar que cualquier desarrollo tecnocientífico contiene sesgos heredados de las personas, de la sociedad, del momento histórico y del sistema político-económico donde se inventó o promovió. Por lo tanto, no pueden ser “neutras” ya que están fuertemente condicionadas por todos esos factores. Por ejemplo, la carrera por llenar el espacio de satélites artificiales tuvo su etapa álgida en plena Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, años de aguda tensión bélica que dividieron el mundo en dos bloques. En paralelo, el uso civil de los satélites se extendió y actualmente dependemos de ellos para comunicarnos o geolocalizar algún lugar. Pero como las potencias globales los siguen valorando más por sus usos militares que por cualquier otro, restringen el uso de determinados componente que, aunque no sean estrictamente considerados como armamento, podrían ser utilizados por terceros países con ese fin. Es decir, que los elementos técnicos más avanzados que existen se reservan exclusivamente para la defensa y la seguridad nacional. Lentes de ultraprecisión, sistema de radiocomunicación punteros o componentes que aguantan radiación, no son accesibles para las empresas civiles-comerciales o para otros países. [1] Los mejores satélites, por tanto, siempre serán los que sirven para hacer la guerra, no los empleados para “hacer el bien”, previniendo la deforestación, observando la meteorología o actuando ante catástrofes climáticas.

Viejos argumentos para nuevas tecnologías

Desde hace una década, las principales empresas tecnológicas se han lanzado en una carrera desenfrenada por dominar el sector de la última tecnología digital en alza: la Inteligencia Artificial. Inversiones multimillonarias han inflado esta nueva burbuja especulativa mientras los medios de comunicación nos convencen de sus ilimitadas bondades. La posibilidad de aplicación en múltiples áreas como la medicina, la comunicación, la programación informática o en el análisis de datos, incrementa hasta el infinito las promesas de evolución y prosperidad: desde detectar y erradicar enfermedades hasta optimizar el trabajo en cualquier sector como asistente personal, a crear música, videos o imágenes, traducir textos o redactar tareas escolares. Y aunque existen voces de alarma sobre la necesidad de algún tipo de regulación, los lobbies ya están diseñando políticas a la medida de las Big Tech que no afecten sus intereses. De hecho, estas compañías tecnológicas han aumentando considerablemente su inversión anual en cabildeo. Entre Alphabet, Meta, Microsoft y Amazon ya gastan 64.2 millones de dólares.[2] Del otro lado, como sociedad, no salimos del asombro. Es imposible no deslumbrarse con lo que estos algoritmos y programas informáticos pueden lograr.

Sin embargo, para quienes asistimos al despliegue de Internet en los años 90, ésta es una historia repetida. El argumentario con el que se promociona la IA se asemeja enormemente al que escuchamos entonces. Es como revivir el discurso de Al Gore, vicepresidente de los Estados Unidos, prometiendo en 1994 que con las “autopistas de la información” llegaría una “nueva era ateniense de democracia”.[3] Internet también se vendió como la panacea para erradicar enfermedades incurables o para la modernización y desarrollo de los países más pobres. Y del mismo modo que con la IA, también nos deslumbraron sus posibilidades. ¡Cómo olvidar la primera vez que hicimos una videollamada!

Más de tres décadas después de que se popularizara Internet, la evidencia desmiente aquellos augurios tan optimistas. La brecha entre pobres y ricos se amplió aún más, también la digital. El mundo es más desigual que entonces y quienes ocupan ahora la punta de la pirámide son, paradójicamente, las empresas del sector de las TIC. ¿Es culpa de la sociedad que no supo usar correctamente esta nueva tecnología? ¿O más bien es fruto de una tecnología que se engendró en el seno de una sociedad capitalista que antepone el lucro y la extracción de ganancias a cualquier otro beneficio o valor?

Ciertamente, Internet nos ha permitido conectarnos, articularnos o enterarnos de cómo muchos ambientalistas e indígenas del Cauca murieron defendiendo sus territorios. Pero ninguno de ellos se han convertido en “influencer” global. Las plataformas más usadas de Internet encumbraron a personas individualistas y consumistas que reflejan el modelo de sociedad capitalista en el que convivimos con dichas tecnologías. Espacios que, en vez de ágoras democráticas terminaron convirtiéndose en el vehículo idóneo para amplificar bulos y discursos de odio y segmentaron la discusión pública hasta reducirla a pequeñas burbujas donde entramos para ratificar nuestras propias convicciones.[4]

A pesar de que Internet es casi inabarcable en cuanto a tipos de aplicaciones y servicios, el 68% del tráfico en América Latina lo acaparan 8 plataformas: Alphabet (Google), Meta (Instagram/Whatsapp/Facebook), TikTok, Netflix, Microsoft, Apple, Amazon y Disney. Y lo más llamativo es que entre un 15% y un 30% del tráfico que se genera dentro de esos espacios es spam o publicidad no solicitada por sus usuarios.[5] Otra promesa incumplida, la de democratizar las voces y las industrias culturales que hoy están más concentradas que nunca: “existe mayor capacidad de los individuos para expresarse por sí mismos y alcanzar una audiencia distante, creando una sensación de mayor pluralismo, a la vez que se verifican mayores niveles de concentración tanto en los medios tradicionales como en los online”.[6]

¿Qué podemos esperar, entonces, de la IA?

Desechando el precepto de la neutralidad, es evidente que cuánto más poderoso y consolidado sea el sistema político-económico que nos gobierna y dentro del que se desarrollan sus avances tecnocientíficos, más limitados serán los márgenes de reapropiación de esas tecnologías. Teniendo en cuenta que, actualmente, la riqueza económica se extrae del sector especulativo tecnológico, hay pocas esperanzas de que la IA se desvincule de esos intereses o se regule para propiciar un despliegue más democrático.

Sin duda alguna, muchos de sus usos estarán enfocados en mejorar los tratamientos médicos o evitar tareas rutinarias que se podrán realizar de forma más eficiente. Pero primarán los usos militares o comerciales y las empresas con poder de decisión descartarán las iniciativas que, a pesar de sus posibles beneficios, no generen rentabilidad. Al igual que el ejemplo expuesto anteriormente con la tecnología satelital, Estados Unidos ya impuso sanciones en 2022 para restringir el acceso de tarjetas de video –esenciales para el entrenamiento de la inteligencia artificial– a Rusia y China.[7] Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, personajes como Elon Musk que lo apoyaron abiertamente durante su campaña, tendrán un mayor protagonismo en esta batalla por la supremacía estadounidense en el avance de la IA.

Se evadirán también los cuestionamientos incómodos que evalúan sus impactos, por ejemplo, los medioambiantales. Un reciente estudio publicado en la revista científica Nature Computational Science, estimó que solo la inteligencia artificial generativa (IAG), triplicará los desechos electrónicos de 1,2 a 5,0 millones de toneladas en la década de 2020 a 2030.[8]

¿Nos rendimos entonces? Todo lo contrario. Sugerimos abandonar los debates desde el abordaje instrumental de la neutralidad que nos conduce a dicotomías inútiles como tecnologías buenas o malas o ciberutópicos versus apocalípticos, para llevarla al terreno de la economía política: ¿quiénes son los dueños de las tecnologías y qué intereses tienen? ¿qué tan concentrada está su propiedad? ¿quiénes intervienen en su desarrollo? ¿por qué se priorizan unas y no otras? ¿hay posibilidades de otro desarrollo al margen del hegemónico capitalista especulativo? Y, por qué no, también del campo de la sociología: ¿nos ubicamos como simples consumidoras o usuarios o nos preguntamos si es ésta la tecnología que necesitamos para el mundo que queremos construir?[9]

Notas

[1] Estados Unidos, por ejemplo, cuenta con el Reglamento sobre el Tráfico Internacional de Armas (ITAR), un conjunto de leyes que controlan la exportación de tecnologías militares y de defensa con el fin de salvaguardar la seguridad nacional.  Más información en: https://www.thenewatlantis.com/publications/the-future-of-satellites

[2] En Estados Unidos, donde las empresas y organizaciones deben registrar y publicar las actividades de cabildeo que realizan sus grupos de presión con los diferentes actores políticos, se comprueba cómo ha crecido el interés en el tema. Solo en 2023 se triplicaron el número de grupos de lobby que incorporaron Inteligencia Artificial en sus temas de incidencia política, pasando de 158 en 2022 a 458.

[3] Al Gore realizó este anunció en la primera Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones celebrada en Buenos Aires en 1994 y las recogió Armand Mattelart en su libro Geopolítica de la cultura (2002).

[4] Este mercado de “creadores de contenido” seguirá creciendo y amenaza los medios tradicionales de creación y difusión de noticias. La cifra que recaudan por publicidad y patrocinio “podría duplicarse en tamaño durante los próximos cinco años hasta llegar a los 480.000 millones de dólares en 2027, frente a los 250.000 millones de dólares actuales”, calcula la consultora Goldman Sachs.

[5] The Global Internet Phenomena Report, en el Informe sobre el uso de Redes Móviles en América Latina de GSMA (2024).

[6] Frase de Eli Noam, recogida por Martín Becerra y Gillermo Mastrini en su libro La concentración infocomunicacional en América Latina (2000-2015): Nuevos medios y tecnologías, menos actores. Universidad Nacional de Quilmes (2017).

[7] https://www.escudodigital.com/

[8] E-waste challenges of generative artificial intelligence (2024). Peng Wang, Ling-Yu Zhang y Wei-Qiang Chen Wang. Nature Computational Science.

[9] Para profundizar sobre un abordaje desde la economía política recomendamos autores como los mencionados Becerra y Mastrini, o Fernando Quirós, Francisco Sierra, César Bolaño o Bernadette Califano. Y de la sociología crítica de la tecnología la obra de Langdon Winner y Andrew Feenberg.

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Chau X…¡Hola Fediverso!

Por: Radios Libres

La arremetida neocoservadora, colonial, misógina, homofóbica y racista se extiende y contagia por todo el planeta. Los más ricos del mundo han dejado de creer en la democracia y como son, al mismo tiempo, dueños de las principales plataformas tecnológicas de información y comunicación, están empleando estas herramientas para instaurar sus ideas.

Elon Musk apoya abiertamente al partido nazi alemán; Mark Zukerberg suavizará considerablemente las moderaciones y verificaciones en las aplicaciones de Meta al tiempo que aboga por más “energía masculina” y menos políticas de diversidad que “castran” la agresividad de la cultura corporativa; y Jeff Bezos ha sido el último en sumarse a esta oleada reaccionaria anunciando que suprimirá sus políticas corporativas de protección hacía las personas negras y LGBTQ.

Hace dos años, cuando Musk compró Twitter, ya reflexionamos sobre las implicaciones que tendría para los medios comunitarios la adquisición de esta red social privativa por parte del magnate. Creemos que nos quedamos cortas en el análisis. Queda claro que no hay resquicios ni grietas en las BigTech comerciales y privativas para resignificarlas o reapropiarlas. A través de ellas, este patriarcado revitalizado esta ganando su “batalla cultural” promoviendo la erradicación de cualquier política pública que proteja los derechos de quienes no encajen en el protohombre que estos personajes representan. Usarlas es fortalecer el poder, la influencia y la riqueza de quienes están en contra del medioambiente, de las diversidades, en definitiva, de los derechos humanos. ¿Qué hacer? Abandonarlas definitivamente y usar otras que sintonicen con los principios que defendemos.

Desde 2018 que abrimos la cuenta de Radios Libres en Mastodon habíamos dejado de usar X, en aquel momento aún Twitter, aunque republicábamos lo que anunciábamos en el Fediverso. Pero este lunes 20 de enero de 2025, fecha en que Trump y Musk asumen el gobierno de los Estados Unidos, nos sumamos a la campaña global para irnos de esa red (anti)social…¡vámonos juntas!

Son muchas organizaciones las que han adherido esta iniciativa, entre ellas Internet Ciudadana, con quienes facilitaremos un taller el próximo viernes 24 de enero para aprender a sacar el máximo provecho a las redes sociales libres, federadas y descentralizadas del Fediverso. ¿Te anotas? Dile adiós a X/Twitter

¡Enviaremos los detalles en el boletín de la próxima semana!

Mastodon: mejor tootear que tuitear

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