Los ataques del ejército israelí sobre el Líbano, más allá del sur, extendiéndose a todo el país, muy especialmente a Beirut, requieren un análisis reposado difícil durante una guerra con múltiples focos.
La agresión de Israel y EE.UU. contra Irán ha incendiado toda la región, especialmente al muy debilitado Líbano. La novedad de esta nueva guerra sionista no es tanto su violación del Derecho internacional, habitual en un Estado paria del orden jurídico internacional, como la demostración de su progresiva soledad y las limitaciones materiales y militares de dos de los ejércitos más poderosos del mundo. Ambos Estados agresores están siendo debilitados militarmente, en su capacidad de influencia internacional (ya casi nula), en el relato y, también, en el diseño de un futuro satisfactorio para ellos.
Sin embargo, los imperios y los proyectos colonizadores racistas, cuando se desmoronan, cuando están heridos, son aún más peligrosos. El historiador israelí Ilan Pappé ya da por finiquitado el Estado sionista y anuncia su colapso y desaparición. Ante esta posibilidad, cada vez más evidente pero aún incierta, el gobierno y una gran parte de la sociedad israelí han extendido el terror a la Cisjordania ocupada y, de forma más sangrienta, al Líbano. Los bombardeos masivos sobre Beirut, la demolición de edificios de viviendas, el asesinato de más de 3.000 personas, fundamentalmente civiles, la destrucción de pueblos enteros, la ocupación de una parte del territorio, y su intención declarada de extenderla hasta el sur del río Zahrani, son muestra de ello.
Frecuentemente, y con razón, el mundo se desespera con la ONU o el Derecho internacional porque no pueden impedir inmediatamente los crímenes internacionales de ciertas potencias. Y es cierto.
Los agresores, los genocidas, también se desesperan. Porque conocen la fuerza del orden internacional y de las Naciones Unidas. No es baladí recordar que EE.UU. está intentando, con nulo éxito, amedrentar a fiscales y jueces de la Corte Penal Internacional, por haber emitido una orden de detención internacional contra Netanyahu. Lo que le impide viajar a la mayor parte del planeta. Hasta su fallecimiento o detención. Ninguna de las sanciones contra los miembros de la Corte ha funcionado. Más agresiva es aún la persecución a Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, y que sufre el bloqueo de sus cuentas, persecuciones y amenazas. En vano.
Nadie persigue a quien no supone una amenaza. Los diferentes relatores de la ONU están documentando cada crimen cometido por Israel. Y esta documentación servirá como prueba de actos que marcarán para siempre la Historia del Estado sionista y también su responsabilidad jurídica.
Fácil calificación
No parece muy complejo calificar los bombardeos de viviendas de civiles en Beirut como un crimen de guerra, según las diferentes normas internacionales, interestatales y penales, pues son ataques deliberados y directos contra población civil. Lo mismo ocurre con los asesinatos de periodistas y personal sanitario, ya comportamientos clásicos de un ejército, el israelí, carente de mínimos éticos o humanitarios.
En Líbano, un millón de personas (un 35% menores de edad, según ACNUR) han tenido que huir de sus hogares y el ejército invasor anuncia la aniquilación y pillaje de toda la zona sur del país. Al ser este un ataque deliberado, sistemático y flagrante contra la población civil, compuesto de asesinatos y traslados forzosos permanentes, esta acción, de completarse, constituiría un crimen de lesa humanidad.
Para poder juzgar, en este momento (recuerden que son crímenes que no prescriben y la Historia tiende a sorprender) a Israel por estos crímenes, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) debería ser competente, y no lo es por la negativa de Israel a aceptar su jurisdicción sobre estas cuestiones. Para que la Corte Penal Internacional (CPI), por su parte, fuera competente y pudiera perseguir a los dirigentes sionistas y a los militares israelíes, Líbano, lugar donde los crímenes están siendo cometidos, debería haber aceptado su jurisdicción. Y no lo ha hecho. Esta es la diferencia con Palestina, y por esto hay orden de detención contra dirigentes israelíes. Palestina sí aceptó la competencia de la Corte y todo lo que allí ocurra está protegido por la CPI.
En el caso de Israel, es evidente la razón de no aceptar la jurisdicción de ningún tribunal internacional. Si los asesinos en serie pudieran, tampoco permitirían que los tribunales les juzgaran. Los Estados pueden negarse. Extraña piedra angular de un sistema que necesita de recovecos para funcionar: la voluntariedad de los Estados genera adhesión a los principios y procedimientos. Casi siempre. Porque negarse suele suponer aislarse.
El papel de la Corte Internacional de Justicia
De hecho, como es sabido, Israel está siendo juzgado por genocidio en la Corte Internacional de Justicia tras la demanda presentada por Sudáfrica. En su eterna arrogancia, sí otorgó competencia a la Corte para juzgar este crimen porque nunca creyó que ningún Estado se atreviera a denunciarle por ello, y que la Corte, en todo caso, nunca aceptaría un caso así. Se equivocaron en ambos casos.
Volviendo a lo que ocurre en Líbano, y dado que la Corte sí puede juzgar a Israel por genocidio, ¿puede intentarse esta vía para la agresión actual sobre el Estado mediterráneo? El Derecho internacional, en toda su complejidad, es más variado y amplio que las órdenes estatales, y la impunidad puede esquivarse de diferentes maneras. La imposibilidad de perseguir los crímenes de guerra y de lesa humanidad israelíes nos lleva obligatoriamente al genocidio.
Un genocidio, como estamos viendo en Gaza, implica “intentar destruir de manera total o parcial a un grupo nacional, étnico, racial o religioso” mediante la comisión, por ejemplo, de asesinatos o deportaciones. En este sentido, deberíamos concretar si Israel está atacando y destruyendo una parte del pueblo libanés, por ejemplo, la parte palestina del mismo o la población chií.
Es evidente que los actos materiales los está cometiendo, pues los asesinatos y desplazamientos son diarios. Lógicamente, al igual que en el caso de Gaza, lo más difícil será probar la intención de destrucción de una parte del pueblo (en aquella ocasión, la intención genocida se ha probado, indiciariamente, en los discursos de los altos cargos). Para ello son necesarias pruebas, discursos, planes, sentencias internas o leyes que justifiquen y demuestren dicha intención. Otra posibilidad, tal vez más viable, es extender la causa respecto a Gaza al territorio libanés. Porque, ¿no es esta invasión una forma de perseguir al pueblo palestino y acabar con él, incluso en los Estados donde se refugió de las anteriores oleadas genocidas?
Es demasiado pronto para responder a todas estas preguntas, nos faltan datos y elementos concretos de calificación. En esta salvaje huida hacia delante de Israel, desconocemos el punto límite a su delirio expansionista. Sabemos que será dañino y sangriento. Y sabemos también que, antes o después, el Derecho internacional, con su exasperante lentitud, estará esperando.
Ander Gutiérrez-Solana Journoud es profesor de Derecho Internacional Público UPV/EHU
La entrada Los crímenes de Israel en Líbano: ¿una extensión del genocidio? se publicó primero en lamarea.com.