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Rusia y Ucrania, cuatro años después: una guerra estancada en el mapa

Por: Guillem Pujol

En el este de Ucrania, el frente apenas se ha movido en meses. Las líneas de trincheras continúan prácticamente en el mismo lugar, pero el entorno ha cambiado de forma radical. Ciudades destruidas, infraestructuras energéticas bajo ataque constante y una población civil sometida a una guerra que ya no avanza, pero tampoco retrocede.

Durante las primeras semanas de la invasión, la posición rusa era respaldada (aunque con la boca pequeña), por una parte de la izquierda española que veía en el movimiento ruso la inevitable respuesta ante la expansión del imperialismo americano y de la OTAN. Cuatro años después, son pocas, si es que las hay, las voces que se sitúan al lado de Putin.

Según la Misión de Observación de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania (HRMMU), 2025 fue el año más letal para la población civil desde el inicio de la invasión a gran escala, con al menos 2.514 muertos y 12.142 heridos, un 31% más que en 2024. Este aumento no responde a grandes ofensivas puntuales, sino a la consolidación de una dinámica de desgaste sostenido basada en ataques a distancia y una violencia distribuida en el tiempo.

Este estancamiento militar coincide con otro desplazamiento menos visible, pero igual de decisivo: el cambio en el marco internacional desde el que se interpreta el conflicto. “En muy poco tiempo ha cambiado el escenario”, señala Francesc Serra Massansalvador, doctor en Relaciones Internacionales por la Universitat Autònoma de Barcelona y especialista en la Rusia contemporánea. Moscú, explica, ha dejado de ocupar el centro de atención global. La agenda internacional se ha desplazado hacia otros focos de conflicto y otros actores, desde China hasta Oriente Próximo, y por supuesto, Irán. Ese cambio no implica una menor gravedad de la guerra en Ucrania, sino su progresiva integración en un contexto más amplio de inestabilidad.

Para Serra, este desplazamiento refleja un problema más profundo: la pérdida de capacidad del sistema internacional para ordenar los conflictos. Lo que en 2022 aparecía como una ruptura –la invasión a gran escala de un Estado soberano– hoy se inscribe en una dinámica más amplia de normalización del uso de la fuerza. Esa misma erosión del marco internacional preocupa especialmente a las organizaciones de derechos humanos.

“Estamos viendo una bajada de la determinación internacional para exigir responsabilidades”, advierte Daniel Vilaró, responsable de Amnistía Internacional en Catalunya. El cambio de posición de Estados Unidos, añade, ha debilitado el compromiso con la investigación de los crímenes de guerra y ha abierto la puerta a escenarios en los que la impunidad se convierta en moneda de cambio para alcanzar un acuerdo de paz.

El cruce entre ambos planos –el geopolítico y el jurídico– define el momento actual del conflicto. Mientras el frente se estabiliza sobre el terreno, el marco que debía garantizar sus límites empieza a desdibujarse. Sobre el mapa, la guerra parece congelada. Sobre el terreno, no lo está.

Los combates continúan, pero ya no se traducen en avances significativos. En los últimos tres años, las ofensivas de ambos bandos se han saldado con desplazamientos mínimos del frente. Pueblos pequeños, posiciones tácticas, enclaves cuya importancia estratégica se diluye a medida que quedan arrasados. La única variación relevante fue la retirada rusa de la ciudad de Jersón, que respondió más a una decisión operativa que a una derrota estructural. “Desde hace tiempo no hay grandes movimientos”, explica Serra. “Lo que vemos es una guerra de desgaste, donde cada parte intenta mejorar ligeramente su posición de cara a una eventual negociación”.

Ese horizonte negociador existe. Las conversaciones, más o menos discretas, se han producido en distintos escenarios durante los últimos meses. Estambul, Abu Dabi u otros espacios intermedios han acogido contactos que, aunque no han desembocado en acuerdos concretos, indican que el conflicto ha entrado en una fase distinta.

El problema es que las posiciones de partida son incompatibles: Rusia busca consolidar el control sobre los territorios ocupados y transformar la situación militar en una realidad política estable. Ucrania, por su parte, no puede aceptar esa pérdida territorial sin asumir un coste interno difícilmente sostenible. El resultado más plausible, según los analistas, no es una paz definitiva, sino una forma de suspensión del conflicto.

Un armisticio de facto

“Lo más probable es que se llegue a una situación de congelación del frente”, apunta Serra. “Algo que no se reconoce jurídicamente, pero que en la práctica se mantiene durante años o décadas”. El precedente de Chipre, dividido desde 1974, aparece como referencia recurrente. Pero este tipo de “solución” no cierra la guerra. En el mejor de los casos, la congela.

En paralelo a este estancamiento militar, el coste humano sigue aumentando. Los ataques contra infraestructuras críticas –centrales eléctricas, redes de suministro, sistemas de transporte– han intensificado su impacto sobre la población civil. La guerra se ha desplazado progresivamente desde el frente hacia la vida cotidiana. Menos ofensivas relámpago, más presión constante.

En las zonas ocupadas, las denuncias recogidas por organizaciones internacionales dibujan un patrón de control sostenido. Torturas a prisioneros de guerra, trabajos forzados y procesos de adoctrinamiento en el sistema educativo forman parte de un mismo dispositivo orientado a consolidar la ocupación.

“Tenemos constancia de prácticas que constituyen crímenes de guerra”, afirma Vilaró. “Y lo preocupante es que, en el contexto actual, existe el riesgo de que muchos de estos crímenes no lleguen a investigarse”.

A medida que se abre la posibilidad de negociaciones, emerge una tensión de fondo: hasta qué punto la paz puede implicar la renuncia a la justicia. La historia reciente ofrece múltiples ejemplos de acuerdos que han priorizado la estabilidad sobre la rendición de cuentas. Ucrania podría convertirse en uno más. Para Amnistía Internacional, esa deriva resulta inaceptable. “Cualquier presión sobre Ucrania para que renuncie a exigir responsabilidades por los crímenes cometidos es ilegítima”, sostiene Vilaró. No solo por una cuestión moral, sino por el precedente que establecería en el sistema internacional.

Desgaste más allá del campo de batalla

En Rusia, la guerra se ha convertido en un factor de transformación interna. La represión política, ya presente antes de la invasión, se ha intensificado de forma significativa. El caso de Alexéi Navalni, cuya muerte en prisión ha sido calificada por distintas investigaciones como un asesinato, marca un punto de inflexión.

A partir de ahí, el endurecimiento del control estatal se ha extendido a distintos ámbitos. Más de un centenar de procesos penales vinculados a su entorno, condenas a abogados y periodistas, restricciones crecientes sobre las redes sociales y un aumento de la vigilancia sobre las comunicaciones digitales configuran un escenario de cierre progresivo del espacio público.

El objetivo es claro: reducir al mínimo la capacidad de organización de la sociedad civil”, explica Vilaró. Organizaciones independientes, movimientos sociales y colectivos críticos (especialmente el movimiento antiguerra y el colectivo LGTBIQ+) han sido objeto de campañas de presión, tanto legales como informales.

Una parte significativa de esta estrategia se basa en mecanismos administrativos. La catalogación de entidades como “extremistas”, “terroristas” u “organizaciones indeseables” permite ilegalizar de facto cualquier estructura incómoda para el poder. En el último año, más de 60 organizaciones han sido incluidas en estas listas.

No toda la represión es visible. “También existe una represión más difusa, orientada a generar miedo y desgaste”, añade Vilaró. Un proceso gradual de reducción del espacio cívico.

En ese contexto interno, la capacidad de Rusia para sostener la guerra plantea una paradoja. Desde el inicio del conflicto, numerosos análisis anticipaban un colapso económico que no se ha producido. Las sanciones han tenido impacto, pero no han generado un deterioro inmediato del sistema. La economía rusa ha mostrado una capacidad de adaptación mayor de la prevista. “Hace cuatro años que se dice que Rusia no aguantará, y sigue aguantando”, resume Serra.

Esa resistencia, sin embargo, tiene límites. Parte de la estabilidad se concentra en grandes ciudades como Moscú o San Petersburgo, donde la vida cotidiana mantiene una apariencia de normalidad. Fuera de esos núcleos, el deterioro es más evidente.

A largo plazo, los factores estructurales apuntan en otra dirección. La pérdida de población joven –con cientos de miles de personas que han abandonado el país para evitar el reclutamiento–, el envejecimiento demográfico y las dificultades para mantener el ritmo de incorporación de nuevos soldados configuran un escenario de desgaste acumulativo. “Hay tensiones que se van acumulando y que en algún momento pueden estallar”, señala Serra. No se trata de un colapso inminente, sino de una fragilidad latente.

El papel de los aliados añade otra capa de complejidad: China, principal socio estratégico de Rusia, mantiene una posición ambivalente. Ha evitado una implicación directa en el conflicto y ha aprovechado la situación para reforzar su propia posición. En el ámbito energético, por ejemplo, compra gas ruso en condiciones más ventajosas que las que ofrecía el mercado europeo. “No es una relación de igualdad”, explica Serra. “China sale beneficiada en casi cualquier escenario”.

En otras regiones, como Asia Central, África o América Latina, ambas potencias compiten por influencia. La guerra no ha consolidado una alianza, sino que ha acentuado una relación asimétrica.

Al mismo tiempo, el bloque occidental empieza a mostrar signos de desgaste. La Unión Europea mantiene formalmente su apoyo a Ucrania, pero las fisuras son cada vez más visibles. Gobiernos como los de Hungría o Eslovaquia han expresado reticencias a continuar con la ayuda, reflejando una fatiga que podría intensificarse si el conflicto se prolonga. “El apoyo sigue, pero ya no es tan sólido como al principio”, apunta Serra.

Cuatro años después, la guerra en Ucrania ya no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre dos Estados. Es también un síntoma que revela las limitaciones de un sistema internacional incapaz de prevenir la guerra, de detenerla una vez iniciada y, cada vez más, de juzgar sus consecuencias.

Sobre el terreno, las líneas de frente permanecen. En el plano político, las líneas que definían el orden global se han vuelto más difusas.

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Raihodorok, la vida a tiro de tanque (y 3)

Por: Unai Aranzadi

Andrei, sexagenario y rusohablante, respira con dificultad. A sus espaldas se encuentra el río Donets, el cual acaba de cruzar, y no por un puente, que está derruido, sino por el hielo que lo recubre este invierno, terriblemente frío. Si no fuera por el atronador estruendo de la artillería pesada, parecería que estamos frente a un bucólico paisaje en el que solo se distingue una estrecha carretera atravesando un bosque repleto de nieve virgen. Sin embargo, tal y como explica Andrei, la realidad es bien distinta. “Hay drones que van y vienen todo el rato. Si te fijas, verás los hilos que dejan a su paso”, es lo único que alcanza a decir mientras empuja una vieja bicicleta de fabricación soviética. “Los hilos” a los que se refiere son los finísimos cables que utilizan los drones kamikaze controlados por fibra óptica. Estas pequeñas aeronaves vuelan libremente durante una docena o dos de kilómetros sin que ningún sistema de inhibición sea capaz de interferir en su ruta. De hecho, aquí, a orillas del río Donets, la situación es tan insostenible, que ni siquiera hay red antidrones, puesto que no hay civiles que proteger, tan solo soldados, que muy de cuando en cuando, y preferiblemente de noche, acuden a sus trincheras en un desplazamiento que, a estas alturas de la guerra, es más peligroso que la propia estancia en una pequeña fortificación de primera línea. Según recogen los reportes militares, más adelante de donde se encuentra Andrei, tras el río y después de un par de rectas inquietantemente vacías, se encuentran las posiciones rusas de esta guerra a ciegas, hecha de túneles, drones imperceptibles y cañones que cambian de posición por la noche, después de permanecer semanas semienterrados a la sombra de las coníferas.

Raihodorok
Andrei, con su vieja bicicleta de fabricación soviética. UNAI ARANZADI

El río Donets nace en Rusia y, después de pasar por las provincias ucranianas de Járkiv, Donetsk y Lugansk, regresa a ese país, en un viaje de ida y vuelta que bien podría interpretarse como una parábola de los encuentros y desencuentros que se vienen produciendo entre estos dos países hermanos. No obstante, en lo que ambos sí que están de acuerdo es que el término Donbás viene del acrónimo “cuenca del Donets”, una contracción lingüística que, afortunadamente, funciona tanto en ruso como ucraniano. Así pues, el lugar al que se dirige Andrei con su bicicleta es Raihodorok, la última población en manos de los ucranianos en este sector del Donbás que va de la ciudad de Sloviansk hacia el oriente del país a través de la carretera T0514.

En la actualidad, este pequeño asentamiento rural cuenta con una población de aproximadamente 400 habitantes, muy lejos de los 3.000 que llegó a tener antes del inicio de la invasión rusa. Fundado por un grupo de cosacos del Don que a principios del siglo XVIII comenzó a explotar los recursos salinos de la zona, Raihodorok sufrió inundaciones, cambió de ubicación y finalmente, ya a mediados del mismo siglo, fue colonizado por el Imperio ruso. Esta anexión territorial ocurrió en el marco de su expansión hacia las llamadas “llanuras salvajes”, término empleado en aquel entonces para referirse al escasamente habitado centro y este de lo que hoy es Ucrania. Durante este proceso, se fundaron fortificaciones, puertos y ciudades que hoy tienen gran relevancia, como es el caso de Odesa, Dnipro, Jersón o Kramatorsk. Posteriormente, con la llegada del siglo XIX y en pleno auge de la revolución industrial, los zares impulsaron la puesta en marcha de importantes minas y fábricas trayendo mano de obra de todo el Imperio y dando origen al próspero Donbás del siglo XX, motor económico de Ucrania en sus diferentes etapas, bien como república soviética, bien como Estado independiente. El cambio de paradigma que dio inicio al actual conflicto llegó en 2014 con la destitución violenta del presidente electo, Víktor Yanukóvich, natural de esta región rusófona. Desde entonces, quienes más han sufrido las consecuencias de esa ruptura han sido las gentes del Donbás, habitantes de dos provincias fronterizas (Donetsk y Lugansk) que albergan varias singularidades socioculturales y no responden al retrato de una sociedad monocolor descrita por Putin y Zelenski.

Para comprobarlo conviene echar la vista atrás y recuperar una de las poquísimas encuestas llevadas a cabo en la primavera de 2014, poco antes de que se consumara la fractura total del territorio. Mencionada en muy pocos medios y dirigida por el sociólogo, Volodymyr Kipen, miembro del Instituto de Investigación Social y Análisis Político de Donetsk (afín al orden de Kiev), el estudio concluía que en esa provincia existía un 5% que quería un Estado totalmente independiente de Ucrania y Rusia. Un 18,6% que no quería ningún cambio. Un 27% que quería formar parte de la Federación Rusa, y un 47% que deseaba una nueva relación con Kiev bajo un marco federal. En otras palabras: los ucranianos del Donbás, deseaban de forma abrumadora (en un 79%) algún tipo de amparo tras haber sido degradados a ciudadanos de segunda tras el golpe del Euromaidán (dos ejemplos: los grandes partidos a los que votaron fueron ilegalizados y la cooficialidad del ruso prohibida incluso a nivel local) siendo la continuidad en una Ucrania federal y no ultranacionalista, su opción más deseada (47%). Esto es, ni echarse a los brazos de Rusia (un 27%) ni aún menos, dar por buena la continuidad en la Ucrania pos-Maidán (solo un 18%).

Raihodorok, guerra de Ucrania
Un misil ruso sin explotar permanece en la plaza de Raihodorok. UNAI ARANZADI

Así las cosas, la violencia, naturalizada desde aquel decisivo 2014, se muestra hoy desafiante en medio de la plaza de Raihodorok, donde hay un potente misil ruso, modelo Grad, sin detonar. Está incrustado en el suelo, y dadas las condiciones de seguridad, aún no ha venido ningún artificiero para neutralizarlo. “La vida aquí es un estrés constante”, según explican Yelenia y su marido, propietarios de uno de los últimos cuatro negocios que, cubiertas sus paredes con listones de madera y sacos terreros, aún permanecen abiertos en la localidad. “Vivimos bombardeos permanentes, ataques de drones sin parar. La verdad es que es imposible acostumbrarse a esto. Sin embargo, de alguna forma, seguimos viviendo. ¿Por cuánto tiempo será posible? ¿Tendremos que irnos de aquí? No lo sabemos. Fíjate que un comercial que trabaja para nosotros vino de los territorios ocupados por Rusia y ahora quizás se tenga que marchar otra vez. Es muy difícil no saber qué va a pasar, qué será lo siguiente”, se lamentan.

Raihodorok
Artilleros cambian de posición en un vehículo antidrones. UNAI ARANZADI

Raihodorok es uno de esos asentamientos rurales que, al estar tan cerca de la primera línea, tiene tras de sí, y no delante, las posiciones de artillería pesada. Siendo así, cada cierto tiempo se distingue el colosal silbido de un obús lanzado por los potentes cañones Howitzer de las fuerzas armadas de Ucrania, el cual dibuja un largo arco sonoro que se corona con el lejano estallido en posiciones rusas. Igualmente, de cuando en cuando se escucha el fuego de llegada alrededor del río Donets, con un fragor lento y profundo. Según relata un soldado que ha salido a por comida, los rusos están a unos 6 kilómetros, en el bosque que se encuentra al otro lado del río y separa la población de Lyman (hoy mundialmente famosa por una fotografía viral en la que se la ve completamente cubierta por miles de cables de fibra óptica) y la aldea de Dibrova, igualmente desierta y solo operativa como trinchera para la lucha cuerpo a cuerpo. Preguntado por si hay tanques en su batallón (debido a la irrupción de un blindado en un camino adyacente), dice que no le está permitido dar detalles de su misión, pero según comenta, lo que sí hay son tanques rusos apuntando hacia este asentamiento. “Es natural que lo hagan porque somos la barrera a eliminar en su camino hacia Sloviansk y Kramatorsk”, explica.

Raihodorok
Vladimir (derecha) y un compañero de la 53.ª Brigada Mecanizada. UNAI ARANZADI

En el único lugar de la aldea en el que despachan cafés, se encuentra Vladimir, un joven soldado de la 53.ª Brigada Mecanizada. Como tantos otros combatientes, pasa varias noches en una de las viviendas rurales que se encuentran diseminadas por la zona, acumulando fuerzas para la próxima incursión en primera línea. Con él lleva una potente escopeta de postas, “lo único verdaderamente efectivo para defenderte de los drones”, asegura, y acto seguido explica que el calibre 7,62mm de las balas que disparan los fusiles AK47 son muy poco efectivas si se compara con todos los perdigones que arroja una escopeta como la que lleva consigo en sus desplazamientos por esta aldea. “No se te ocurra ponerte a pasear por aquí. Los drones están por todas partes”, advierte, como ya lo han hecho antes todos y cada uno de los soldados que circulan por este solitario asentamiento. “Si te confías, estás muerto. Mira este vídeo. Es de hace unos meses. Venía en coche un amigo, ¡y pum!, en segundos un dron lo hizo saltar por los aires justo aquí donde estamos”. Y para despejar toda duda, reproduce un vídeo en el que la cámara de un dron ruso está viendo, precisamente, la misma esquina en la que está ahora sentado hablando. El dron se dirige a un coche que estaba aquí aparcado. El ocupante sale corriendo y, a duras penas, consigue salvar la vida al abandonar velozmente del vehículo dos segundos antes de que estalle. “¿Lo ves?”, inquiere. “Esto es diferente a todo lo de antes. La guerra ha cambiado para siempre”, advierte, al tiempo que da un sorbo a su café, y se pierde bajo las estrellas con su escopeta y otro soldado que ha venido a buscarle.

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Narrar la guerra persiguiendo la paz

Por: Patricia Simón

El periodismo de paz muestra el cartón piedra en el que se basa el relato épico. Hace visible que lo realmente heroico tiene lugar en la retaguardia, que lo que quieren los soldados es salir vivos de la trinchera y que lo único importante es parar la guerra.

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Sumy, la guerra que no lleva a ninguna parte (2)

Por: Unai Aranzadi

«Esta guerra no se acaba», afirma uno de los soldados de la patrulla que recorre a pie el norte de Stetskivka, una de las últimas aldeas en manos ucranianas antes de llegar a la línea de contacto con los militares rusos. «Pero hay que lucharla, aunque es difícil combatir contra los drones, que aquí están por todas partes», asegura señalando la gran cantidad de vehículos calcinados que se encuentran desperdigados por el centro de este asentamiento rural en el que apenas se ve un alma y desde el cual se dispara con artillería pesada a las posiciones rusas. «Y por si fuera poco –añade uno de sus compañeros– la Federación Rusa está como a 10 minutos en coche, por lo que este frente de Sumy es particularmente peligroso».

Cuando Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero del 2022, la provincia de Sumy, situada en el noreste del país, fue uno de los primeros territorios en los que se produjeron combates entre ocupantes y ocupados. Tras varias semanas de lucha, las fuerzas ucranianas consiguieron expulsar a las fuerzas rusas, las cuales, en un repliegue estratégico, regresaron por donde vinieron al otro lado de la frontera. Así las cosas, a partir del 11 de abril del 2022, los habitantes de la ciudad y provincia de Sumy se sobrepusieron hasta alcanzar una relativa calma, al menos si se compara con lo vivido desde entonces en otras regiones que también hacen frontera con Rusia.

Sin embargo, todo cambió radicalmente cuando el 6 de agosto de2024, el ejército ucraniano comenzó una inesperada invasión de Rusia. El punto por donde se dio inicio a esta gran operación militar fue precisamente la provincia de Sumy. Según explicaron las propias autoridades al mando, una de sus motivaciones era conquistar territorio ruso de cara a una deseada negociación con el Kremlin. Este plan suponía un giro de 180 grados a todo lo dicho hasta entonces por Volodímir Zelenski, quien llevaba más de dos años jugando la baza de la victoria total e incluso criminalizando toda idea de pacto o negociación con la potencia ocupante. Esa política quedó materializada en el Decreto presidencial 679, que Zelenski interpuso el 30 de septiembre del 2022 para bloquear cualquier negociación con el Gobierno de Vladímir Putin. Tras haberse iniciado varias rondas de negociaciones en Suiza y los Emiratos Árabes Unidos, resulta obvio que aquel decreto presidencial es hoy papel mojado.

Lejos del calor de los Emiratos y el confort de la hospitalidad suiza, los escasos habitantes que aún permanecen en aldeas del frente de Sumy, como esta de Stetskivka (5.500 habitantes antes de la guerra), salen de casa lo justo para aprovisionarse, y preferiblemente cuando alguna patrulla a pie se encuentra en la zona con sus escopetas de postas apuntando hacia las alturas. «En realidad, lo que más preocupa a la gente en este momento es el clima. A la guerra estamos acostumbrados ya, pero es que Sumy es una de las provincias más frías de todo el país, y este invierno está siendo particularmente duro. No solo por las temperaturas, sino también por los ataques rusos al suministro energético», afirma Lesia, una mujer de mediana edad que se ha arriesgado a salir de casa para realizar unas compras en la capital de la provincia, que también se llama Sumy y tenía 256.000 habitantes antes de la invasión rusa.

Con temperaturas que durante la noche alcanzan los 24 grados bajo cero, sin calefacción y con cortes de electricidad frecuentes, es natural que aquí el frío sea una amenaza tan real como la propia metralla incandescente que azota al pueblo. «Así que, si quieres ponerte a resguardo un rato y ver dónde vivo con mi madre, puedes venir a nuestra casa», se ofrece apresuradamente para evitar pasar mucho tiempo a cielo abierto y ser pasto de las ráfagas heladas del Burán (un viento estepario típico de la región) y de la atenta mirada de los drones, «que ataquen o no, lo ven todo desde las alturas porque siempre están volando sobre nosotros», advierte Lesia mirando al cielo.

El trayecto hasta su vivienda es un rosario de motos de cuatro ruedas calcinadas, furgonetas destrozadas y edificios dañados por unos drones que han atacado recientemente y de los cuales es posible ver sus componentes sin que aún los haya cubierto la nieve. «La guerra nos golpea a diario», señala mientras camina hasta una casita de adobe verdaderamente modesta. En el interior de la vivienda, que es un espacio abierto con cama, mesa y fogón, se encuentra un amigo de la familia, Ivan, quien ha dejado el Ejército hace poco, tras cuatro años de servicio por todo el país. La madre de Lesia, Olga, hierve unas empanadas rellenas de cerdo y ofrece una sopa de borsch; Ivan, por su parte, saca una botella de vodka.

Sumy
Lesia, profesora de inglés, en su casa de Stetskivka. UNAI ARANZADI

Tanto por la gastronomía, como por el paisaje, la arquitectura, historia e idioma, salta a la vista todo aquello que tienen en común con sus vecinos rusos. Sin embargo, ni Lesia ni Ivan quieren saber nada sobre una reconciliación con los muchos familiares y conocidos que tienen al otro lado de la frontera. «¿Cómo podemos seguir siendo amigos con todo lo que nos han hecho?», se pregunta Lesia. «Con los rusos, ¡nunca más!», exclama Ivan. Sin embargo, Olga, la madre, tiene una visión más crítica de lo sucedido en Ucrania a raíz de las revueltas del llamado Euromaidán, pero prefiere no hablar, y menos aún con un desconocido. «Es que hay espías por todas partes –denuncia Lesia–. Una ya no sabe de quien fiarse… Antes todo era mejor, no había los problemas de ahora. Yo era profesora de inglés en esta aldea. Teníamos 330 niños. Ahora apenas queda ninguno. Los han evacuado, pero nosotros nos quedaremos aquí hasta que nuestros soldados expulsen a los rusos al otro lado de la frontera», asegura convencida.

Sumy
Vehículos destruidos en Stetkivska. UNAI ARANZADI

La «aventura de Kursk», tal y como se refieren algunos medios de Kiev a la invasión de Rusia iniciada por el ejército ucraniano desde esta región de Sumy el 6 de agosto de 2024, tuvo tres objetivos fundamentales. El primero y más importante, ganar territorio para ser intercambiado en una negociación. El segundo, mermar la capacidad ofensiva de Rusia en el Donbás. Y el tercero y último, dar la imagen de una Ucrania victoriosa en un momento en el que se constataba la pérdida definitiva de amplios territorios a manos de fuerzas rusas. En las primeras semanas, esta operación, casi propagandística, funcionó. Rusia no solo fue militarmente humillada, sino que fue invadida por primera vez desde que lo hicieran las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, la euforia de Zelenski y su gobierno duró muy poco. Un mes y medio después, ya en septiembre, el ejército ruso no solo contuvo el avance ucraniano, sino que con la ayuda de las fuerzas norcoreanas desplegadas en su territorio para frenar la invasión (existía ya en vigor un tratado de cooperación militar ruso-norcoreano) fue capaz de aniquilar a las tropas ucranianas con una efectividad desconocida hasta la fecha. No por casualidad, las pérdidas humanas de los ucranianos en esa operación, calificada como «película de terror», «catastrófica» y «de pánico» por muchos supervivientes que tras su retirada hablaron con medios como BBC, es un tabú para el gobierno de Zelenski, quien no reconoce el gran número de bajas sufrido entonces, pero estima en 50.000 las muertes del bando ruso a lo largo de su incursión transfronteriza. Por ende, en marzo de 2025, Ucrania ya no tenía en su poder ni un solo metro de los 1.300 kilómetros cuadrados (el 0,0076% de toda la Federación Rusa) que había tomado medio año antes.

Si bien, tal y como ha demostrado la historia, la idea de invadir Rusia, el país más grande del mundo, es en sí misma un despropósito –«Y una vez crucemos, ¿cuál es el objetivo?», llegó a decirle a Zelenski el depuesto comandante en jefe de las fuerzas armadas, Valerii Zaluzhny–, hacerlo cuando ya se sabía que se estaba perdiendo la guerra supone una quimera aún más desacertada en opinión de muchos analistas militares que a través de revistas e instituciones, publican informes en la red. Asimismo, fuentes consultadas por medios influyentes como Politico o el New York Times, calificaron la invasión de Kursk de, «apuesta innecesaria», puesto que la operación no solo supuso el sacrificio inútil de miles de vidas (cuando el coste humano de la guerra ya era bárbaro), sino que pudo servir para justificar aún más la «operación especial» en Ucrania, dado que a ojos del Kremlin, la invasión demostraba la necesidad de poner límites a la capacidad militar de sus vecinos proatlantistas. Tanto fue así que, tras la «aventura del Kursk», los alistamientos se incrementaron dentro de Rusia y Putin reforzó su imagen, debilitada en aquel entonces por el estancamiento de su criminal guerra contra Ucrania. Por si fuera poco, a partir del otoño de 2024 el ejército ruso aceleró su avance no solo en el Donbás, sino en otras regiones como la de Járkiv, Zaporiyia o Dnipropetrovsk, donde ni siquiera tenía antes presencia. Pese a todo, y en una clara huida hacia adelante, en abril del pasado año Zelenski dio por zanjado el asunto con un lacónico «la misión ya se ha cumplido».

Hoy, el frente de Sumy en el que viven civiles como Ivan, Lesia u Olga, es producto de la aventura de Kursk –lo que aquí llaman el efecto boomerang– puesto que Rusia ocupa, a lo largo de la frontera, más de una docena de poblaciones ucranianas, so pretexto de mantener una zona de amortiguamiento que evite nuevas incursiones de los de Kiev en su territorio. Según cuenta Oleg, un miembro de la defensa territorial que regresa de permiso a casa tras pasar varios meses en primera línea, «la situación es complicada. Hemos pasado meses muy malos con ataques muy fuertes y algunos avances del enemigo, pero tenemos la moral alta, han venido refuerzos y podremos contenerlos antes de que se acerquen más hacia Sumy ciudad».

Precisamente en la ciudad de Sumy, desde la cual se escucha día y noche el eco lejano de los combates, se está celebrando el funeral de un soldado caído en la incursión de Kursk. Su nombre era Yurii Toloka, de 33 años, y sus restos han llegado a la catedral de Sviato-Voskresenskyi en un ataúd escoltado por media docena de uniformados. Su madre y su hermana lloran desconsoladas sobre el féretro que se ha cubierto con una bandera de Ucrania. Según relatan, el cuerpo les ha sido entregado ahora, pero su muerte se produjo hace tiempo en Sudzha, la población rusa más importante (5.100 habitantes) que las fuerzas ucranianas tomaron durante su invasión de Rusia. «Aún hoy nos llegan cuerpos y prisioneros producto de los intercambios que realizan rusos y ucranianos», explica Nikolai Mefodiy, arzobispo de Sumy presente en el templo. Preguntado por cuántos oficios realizan a la semana, o cuántos cuerpos se entierran al mes, elude la cuestión para no entrar en contradicción con aquello que puedan decir, o callar, las fuentes gubernamentales, quienes hasta la fecha solo admiten la muerte de 55.000 soldados y la desaparición de otros 90.000 personas, casi todos militares, según ha declarado recientemente el comisario del Estado ucraniano para los Desaparecidos en Circunstancias Especiales, Artur Dobroserdov. En suma, se admitirían implícitamente alrededor de 145.000 uniformados muertos, aunque medios occidentales, como el servicio público de radio y televisión del Reino Unido, afirman que la cifra podría alcanzar los 200.000 ucranianos caídos en acto de servicio.

Sumy
Funeral de Yurii Toloka en la ciudad de Sumy. UNAI ARANZADI

Cualesquiera que sean las cifras reales, en frentes algo olvidados como el de Sumy –donde las acciones armadas de rusos y ucranianos se han caracterizado por su carácter errático–, el fin de la guerra, con sus consecuencias y detalles, parece aún lejano. La provincia sigue sufriendo bombardeos atroces, como el que costó la vida a 30 personas en abril del pasado año, y los drones continúan haciendo estragos allí donde menos se les espera, incluyendo las incursiones que estas aeronaves hacen en territorio ruso, donde las fuerzas armadas de Ucrania también asesinan deliberadamente a civiles.

Para vecinos de Sumy, como el transportista Dima, los drones generan un tipo de inquietud nueva. Según explica, la posibilidad de ser visto y elegido como objetivo por parte de un operador que te está observando en tiempo real a través de un monitor, se vuelve algo mucho más personal que la muerte por fuego de artillería lanzado al azar. «Además, los nuevos drones FPV [con visión en primera persona] tienen un cable finísimo de fibra óptica y recorren 20 kilómetros o más. Nada puede detenerlos, más allá de una escopeta, y sólo si se dispara cerca», asegura.

Sumy
Carretera principal de Stetkivska, protegida con redes antidrones. UNAI ARANZADI

A escasa distancia de aquí, durante la invasión de Kursk, fue cuando los rusos comenzaron a desarrollar tecnológicamente estos drones por fibra óptica como método de ataque frecuente y masivo. Las fuerzas ucranianas, que solo contaban con medios para causar interferencias en los drones que eran pilotados a través de emisoras de radiofrecuencia, sufrieron cientos de ataques que apenas pudieron detener. Expertos militares aseguran que esta novedosa forma de hacer volar los drones fue una de las causas de su desastre en territorio ruso. Un año y medio después, este método de lucha se ha convertido en uno de los estándares más letales para todo aquel, soldado o civil, que se mueva, no solo en primera línea, sino en espacios de la retaguardia que hasta hace poco se consideraban relativamente seguros. Valga como ejemplo el ataque de un dron ruso ocurrido al norte de Sumy el pasado 21 de febrero. En él murieron cuatro personas: los dos trabajadores de la ambulancia y los dos jóvenes que estaban siendo evacuados, lejos de la línea de fuego en la que combaten los soldados.

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Los extremos del Donbás (1)

Por: Unai Aranzadi

Dos soldados ucranianos comienzan a pegar tiros al aire con sus escopetas calibre doce, lo cual provoca la estampida de un grupo de civiles que esperaba salir del municipio de Druzhkivka en el último microbús que hace tres veces al día la ruta hasta la ciudad de Kramatorsk. Por lo visto, un dron ruso ha intentado acercarse al centro urbano, desatando el terror en los pocos vecinos que aún no se han marchado de esta localidad, martirizada a diario por la artillería rusa.

En medio del caos, Natalia, la conductora del viejo microbús al cual estaban esperando los usuarios, se baja y con mucha sangre fría, pide calma. Poco a poco, la gente que se ha dispersado buscando cobijo –casi todos ancianos– va recuperando su puesto en la marquesina del autobús para ir abordando el vehículo con una mezcla de resignación y miedo. Todo apunta a que la aeronave no tripulada ha pasado de largo, aunque no sería extraño que hubiera explotado contra el microbús.

Dos meses atrás, a cinco kilómetros de aquí, uno de estos aparatos atacó un microbús con el conductor y dos civiles a bordo. El chófer de 47 años murió en el acto, y los civiles, de 71 y 86 años, sobrevivieron, pero con heridas graves. “Lamentablemente, no sería ni el primer ni el último caso que se produce en este lugar”, afirma Natalia, la conductora de mediana edad, fuerte y decidida, que hace la ruta diaria entre Kramatorsk y Druzhkivka, probablemente, uno de los corredores más peligrosos de toda Ucrania. “Antes íbamos hasta Kostiantynivka, la siguiente población, 10 minutos más al sur, pero ya no se puede. Eso es el frente abierto. Está todo en ruinas, como lo que ves aquí en Druzhkivka, pero con más drones y más fuego de artillería”.

El Donbás se divide en dos provincias, la de Lugansk y la de Donetsk. La primera, está ya en manos de Rusia, y la segunda, podría no estar muy lejos de ser totalmente conquistada por la fuerza invasora, aunque en su interior aún resisten las dos ciudades industriales de Sloviansk y Kramatorsk, las cuales conservan unas pocas poblaciones de su perímetro en los que la vida es extremadamente difícil. Por el sur, el municipio de Kostiantynivka es la línea del frente tal y como explicaba Natalia. Un lugar bien conocido por los enviados de la prensa, puesto que era de paso obligado en el camino hacia otros escenarios de batalla, como los de Bajmut y Chasiv Yar, ambos ya perdidos por las fuerzas ucranianas.

Dados los peligros constantes que rodean a todas estas localidades del sur, lo habitual para muchos soldados, funcionarios o periodistas, es pernoctar en la ciudad de Kramatorsk, y cuando es necesario, bajar a Druzhkivka y Kostiantynivka (esta última solo accesible con escolta militar) en un corto viaje de entre 10 y 20 minutos. Ese desplazamiento se hace por una carretera parcialmente cubierta por una red antidrones. Un paisaje distópico en el que los vehículos civiles son escasos y, en su lugar, se observan blindados y camiones de suministros para las posiciones militares que se encuentran, o bien al sur, en Kostiantynivka, o bien en los aledaños de esa misma carretera, puesto que las fuerzas rusas dominan todo el flanco este (y una pequeña parte del flanco suroeste), en lo que comienza a ser el inicio de un cerco al último terruño del Donbás en manos del ejército ucraniano.

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Carretera a Druzkhkivka con la red antidrones. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

Según se calcula, un 10% del total. En el resto de este histórico territorio industrial viven los ucranianos que se opusieron manu militari al proceso del Euromaidán y aquellos que, por lo que fuere, no se han querido ir del lugar. En total, seis millones de personas. Así las cosas, desde el 30 de septiembre del 2022 (y tras 8 años de negociaciones fracasadas con Kiev), ambas provincias secesionistas se hallan integradas en la Federación Rusa gracias a un referéndum que violó el derecho internacional y no ha sido reconocido por Naciones Unidas.

Para Denis, uno de los soldados que recorre el centro de Druzhkivka armado con su escopeta calibre 12, “la artillería mata mucho, pero, de alguna manera, los drones inquietan más”, afirma blandiendo su arma al tiempo que mira al cielo. No en vano, aquí, cuando la gente escucha disparos de escopetas, significa que hay una de estas aeronaves, ágiles y rápidas, buscando objetivos por la zona. Es en ese momento cuando la gente corre espantada y se mete donde puede, tratando de no ser vista por el operador que pilota la aeronave. Por el contrario, con la artillería “es algo súbito y contundente”, explica Denis, quien por afinidad o ignorancia, no tiene problema en dejarse fotografiar frente a un retrato de Oleksandr Muzychko, el paladín del Euromaidán que antes de morir en el 2014 prometió “combatir a judíos, comunistas y rusos” mientras tuviera “sangre en las venas”.

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Soldado ucraniano frente a un retrato del líder neonazi Oleksandr Muzychko. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

A las afueras de Druzhkivka, donde ya no se ve un alma, se encuentra Oleg, un soldado de 25 años reclutado por la fuerza en la ciudad de Járkiv. Según admite, ha llegado a la guerra por obligación, se encuentra deprimido y desprecia a Zelenski, pues lo considera corresponsable de algunos de los problemas que atraviesa el país. La revuelta del Euromaidán le cogió muy joven, de modo que dice no tener formada una opinión clara de lo bueno o malo que ha sido para el país ese viraje hacia el ultranacionalismo. Él representa bien a esa mayoría silenciosa de jóvenes ucranianos que –más allá de la evidencia de que la invasión rusa ha sido un crimen contra el que es legítimo luchar– se encuentra en un estado de apatía e indiferencia frente a los discursos grandilocuentes de quienes les invitan a sacrificar su vida por un modelo de Estado que les ha dado poco o nada.

En el otro extremo del relato está Vlad, un soldado que, como tantos otros, necesita hablar de sus dramáticas vivencias en la guerra. Como hacen muchos combatientes con estrés postraumático, saca el teléfono móvil –sin que nadie se lo pida– y muestra una imagen de él mismo bañado en sangre, pero consciente, al contrario de su mejor amigo, a quien me enseña muerto en el interior de una tanqueta a la que consiguió entrar una esquirla de metralla que le perforó la cabeza. “Yo no descanso ni de permiso, porque soy de aquí. Así que llevo años entre bombas. Druzhkivka es muy peligroso. Con lo pequeño que es, muere gente casi todos los días porque el enemigo está a 10 kilómetros, demasiado cerca”. Preguntado por cómo ve una futura convivencia con sus vecinos rusos, responde que su vieja hermandad se ha acabado para siempre. Él es uno de tantos jóvenes rusófonos a quienes la invasión del 2022 les ha hecho cambiar sus referentes históricos y girarse hacia el occidente del país y Europa.

De vuelta en el centro de Druzhkivka, una gran explosión sacude un barrio del municipio, despertando la inquietud de las pocas personas que en ese momento se encuentran en la calle. Al parecer, varias bombas guiadas han caído unas manzanas más abajo, por lo que es hora de encontrar refugio y buscar la forma de salir a Kramatorsk, la ciudad dormitorio de esta guerra en su capítulo del Donbás. Al día siguiente, de regreso a Druzhkivka, surge la oportunidad de ir al hospital donde intervienen a los soldados que llegan heridos desde la primera línea. Se trata de un edificio rodeado por ruinas y ambulancias calcinadas, por lo que, de no ir con alguien que lo conozca, cualquiera podría pensar que se encuentra cerrado o abandonado. Totalmente recubierto por redes antidrones, en lugar de un portón de acceso tiene unas cortinillas colgantes a modo de lianas, para que sean atravesadas sin problema por las ambulancias blindadas, pero no por los drones, que se estrellarían al enredar sus hélices con las finas cortinillas que cuelgan hasta el propio suelo.

‘Los que esperan’

En el lúgubre vestíbulo del hospital hay camillas amontonadas, una de ellas con sangre coagulada. El militar a cargo de la sala de urgencias se llama Dima, viste de civil y lleva una pistola de 9mm al cinto. Según indica, se trata del “hospital más cercano a la línea de fuego. Cualquier herido, sea civil o militar es atendido aquí”. Quitándose unos guantes de látex y con una tijera de primeros auxilios colgada del pecho, aparece Sasha, el cirujano que opera a los soldados que están en el quirófano. Con un nivel de estrés bien visible en su rostro, informa de que no puede hacer declaraciones sin recibir una orden por escrito.

Tras preguntar por los civiles heridos en el bombardeo del día anterior, nos llevan al área civil de este hospital de aspecto semiclandestino. Tras recorrer unos pasillos que dan buena cuenta de las paupérrimas condiciones del sistema sanitario ucraniano, entramos en una habitación en la que el hedor se hace insoportable. La enfermera se ha equivocado, y nos ha llevado a donde unos ancianos que han sufrido congelaciones. Por lo general, son gentes que no han querido ser evacuados del frente y malviven en condiciones extremas sin agua corriente, electricidad y pasto de los bombardeos continuos o, aún peor, combates cuerpo a cuerpo. Habitualmente mirados con sospecha, aquí se les conoce como zhduny (‘los que esperan’). En muchas ocasiones la razón por la que no salen de casa responde a motivos tan simples como la falta de familiares a los que recurrir, la pobreza extrema o la movilidad reducida, aunque sin duda también existen los casos de gentes “que esperan”, porque tienen a sus hijos o amigos en la Ucrania bajo administración rusa.

“Hemos encontrado a un superviviente del bombardeo ruso de ayer. Es el único que quiere hablar”, dice Vita, la jefa de enfermeras, optimista y dispuesta a facilitar el trabajo de la prensa. En una habitación con luz y calor –todo un lujo en el invierno más frío y cruel que se recuerda en esta guerra– Pavel se prepara para hablar y ser retratado. Su palidez es extrema, pero se siente afortunado. “Pocos lo cuentan cuando atacan con misiles KAB”, advierte uno de los médicos que lo atienden. Con el brazo roto por varios lados, dice querer volver pronto a casa. “¿Pero a qué casa?”, se pregunta con una sonrisa forzada. Es la dura realidad de los civiles y una de las nefastas consecuencias de esta guerra fratricida.

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Pavel, superviviente de un bombardeo ruso a población civil. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

Propaganda neonazi en el Donbás

Uno de los aspectos que actualmente se percibe en el Donbás, visto con una perspectiva de 12 años visitando la región en ambos lados del frente, es el regreso de todo el culto al neonazismo, velado o no. Por ejemplo, en una de las avenidas principales de Druzhkivka, hay varios carteles, grandes y costosos, hechos con metacrilato, que exhiben fotografías del colaborador de Hitler, Stepan Bandera, un personaje cuyo proyecto e ideología jamás ha tenido el menor arraigo en esta parte de Ucrania (probablemente por eso alguien las ha apedreado y se encuentran medio rotas). Y, aún más notable si cabe, en la carretera por la que se pasa antes de entrar en la recta que da a Kostiantynivka, hay una enorme valla publicitaria igualmente dedicada a Bandera, nueva, reluciente, puesta con todo el esmero de quien quiere mandar un mensaje en tierra ajena. Así las cosas, hacer la vista gorda sobre el culto que el Estado ucraniano rinde a quien colaboró con los que llenaban trenes hacia Auschwitz parece ser la norma en los medios occidentales.

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Cartel apedreado del colaborador de Hitler, Stepan Bandera. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

A este respecto, y tras verme hacer fotos de las decenas de grafitis en loor del neonazi Oleksandr Muzychko que inundan Druzhkivka, dos hombres de mediana edad llamados Igor y Sergei se dirigen a mí para entablar una conversación sobre lo que está sucediendo en el Donbás que aún conservan las fuerzas armadas de Ucrania. Según Igor, “han venido muchos de Pravy Sektor y gente que piensa como ellos. Ni siquiera son de aquí. ¿Te parece normal que esté todo lleno de su propaganda y que nadie haga nada?» Preguntado por el giro ultranacionalista que el país ha dado a raíz del Euromaidán, Igor es contundente. “Fue malo. Se podían hacer cambios sin caer en el nazismo de Bandera ni excluir a una parte del país como hicieron”, denuncia pese al peligro de sufrir represalias.

No obstante, si bien la mayor parte de los soldados ucranianos son gente del común que ha ido a la guerra de forma obligada o voluntaria, hay un sector –bien visto por el nuevo orden de Kiev e institucionalmente empoderado– que apoya ideologías de odio a todo aquello que no encaja en su proyecto de una Ucrania delirantemente vikinga y cuasigermana. Más allá de las pintadas White Power que se encuentran por doquier, o las pegatinas que en cada esquina animan a sumarse a grupos paramilitares de ultraderecha, valga como ejemplo una escena ocurrida en la estación de autobuses de Kramatorsk. Allí, un soldado sumamente orgulloso, se deja fotografiar con una Reichsadler (águila imperial nazi) y una calavera tipo totenkopf con la gorra M43 de las Waffen SS como parte de su uniforme.

Por si fuera poco, se dedica a pedir la documentación a las personas que van a coger las marshrutkas (furgonetas de transporte público) que se dirigen hacia las aldeas que más sufren la embestida rusa. ¿No hay compañeros o un mando que lo llame al orden como ocurriría en cualquier ejército mínimamente democrático del mundo? Poco importa, porque siempre se podrá alegar lo que aquí ya es costumbre: “Son casos aislados. Son patriotas. Nos defienden”, son las respuestas habituales. De este modo, las críticas, de haberlas, se pretenden postergar para más adelante, cuando la idea de país que defienden los intolerantes (hoy por fin monolingüe, sin partidos de izquierda legales y con un programa escolar que enseña a los niños la gloria de quien defendía la Alemania nazi) se haya consolidado.

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Soldado ucraniano con simbología de la Alemania nazi en su uniforme. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

Ya saliendo de Druzhkivka, de camino a lugares de primera línea como la aldea de Raiske, se dejan de ver soldados y, por lo general, cualquier signo de vida. Muchos de los postes que sustentan las redes antidrones están destrozados por las explosiones y se debe conducir a gran velocidad en un interminable zigzag mediante el cual sortear los numerosos tanques y vehículos que se hallan calcinados en medio de la pista, pasto de los drones que recorren este cielo noche y día.

De cuando en cuando, se observa un coche civil que circula a una velocidad endiablada sacando telas blancas por las ventanas, con la esperanza de que si un operador de dron los detecta, se apiade de ellos. También es posible ver algunos vehículos militares con telas de acero malamente soldadas sobre los laterales de su carrocería y el techo. Acuden a sus posiciones por caminos repletos de raspútitsa congelada, el fango que históricamente ha protegido a rusos y ucranianos de las invasiones francesas, alemanas y suecas. Al final de una de estas pistas, el fuego de salida, potente y hueco, da constancia del lugar en el que se oculta un poderoso cañón de la artillería ucraniana. No se pueden tomar imágenes sin permiso de las fuerzas armadas, de hecho, es necesario pedirlo incluso para llegar a este tipo de lugares, aquí llamados “zonas rojas”. Nada queda al azar en el control del relato con el que invasores e invadidos quieren hacer historia.

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Soborna, la avenida principal de Druzhkivka, completamente deshabitada. UNAI ARANZADI / INDEPENDENT DOCS

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Cómo Von der Leyen está manipulando la legislación de la UE

Por: Alberto Jimenez

La ministra de Defensa alemana, Ursula von der Leyen, saluda a varios soldados.La ministra de Defensa alemana, Ursula von der Leyen, saluda a varios soldados.

Publicado por Rafael Poch.

Truco número uno: se declara una situación de emergencia que, en todo caso, solo existe en Ucrania. Sin embargo, la UE no es competente en materia de emergencias financieras, como acaba de constatar el BCE.

Truco número dos: se declara que el apoyo a Ucrania es una cuestión existencial para la UE, a pesar de que el país no es miembro de la UE y de que oficialmente no estamos en guerra con Rusia Aufgelesen: Ein Plan zur «Entmachtung» Russlands – Lost in EUrope .

Truco número tres: las sanciones contra Rusia https://lostineu.eu/best-of-2022-sanktionen-made-in-washington/, que hasta ahora tenían una duración limitada de seis meses, se convertirán en permanentes para evitar un posible veto, por ejemplo, de Hungría, y la devolución de los fondos a Rusia.

Truco número cuatro: las sanciones se complementarán con una nueva normativa que obligará a las instituciones financieras como Euroclear a entregar los activos rusos depositados en ellas. Russisches Vermögen: EU plant «Diebstahl» durch die Hintertür – Lost in EUrope Esto se aplicará en toda la UE, también en Alemania.

Truco número cinco: los actos jurídicos decisivos se aprobarán por mayoría cualificada. Esto significa que no habrá veto, ¡ni siquiera Bélgica podría impedir por sí sola el acceso a Euroclear!

Para poner en práctica estos trucos, Von der Leyen quiere invocar el artículo 122 del Tratado de la UE. No soy jurista, pero, en mi opinión, con ello está tergiversando el Derecho de la UE. Pero léalo usted mismo (aquí en español: EUR-Lex – 12012E122 – ES – EUR-Lex ):

(1) Sin perjuicio de los demás procedimientos previstos en los Tratados, el Consejo, a propuesta de la Comisión, podrá adoptar, en un espíritu de solidaridad entre los Estados miembros, las medidas adecuadas a la situación económica, en particular si se producen graves dificultades en el abastecimiento de determinados productos, especialmente en el sector de la energía.

(2) Si un Estado miembro se ve afectado por dificultades o se encuentra seriamente amenazado por dificultades graves como consecuencia de catástrofes naturales o acontecimientos extraordinarios ajenos a su control, el Consejo, a propuesta de la Comisión, podrá decidir conceder a dicho Estado miembro, en determinadas condiciones, ayuda financiera de la Unión. El presidente del Consejo informará al Parlamento Europeo de la decisión.

¿Qué tiene que ver la política económica de la UE con Ucrania? ¿Y desde cuándo es Ucrania miembro? Aquí se está manipulando el Derecho de la UE para poder pasar por alto a Bélgica y sacar a Ucrania del apuro.

No es la primera vez. El reconocimiento de Ucrania como candidato a la adhesión ya se produjo incumpliendo las normas de la UE. Von der Leyen incluso viajó a Kiev en abril de 2022 (¡!) para entregar los formularios de adhesión y echar una mano… Von der Leyen verspricht Ukraine Tempo bei EU-Beitritt – news.ORF.at

P.D.: No soy el único que piensa así. El Financial Times también enumera toda una serie de problemas jurídicos…

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HIJOS DEL AGOBIO: «BEDROOM POP, EL TRIUNFO DE RUSIA-IDK» (10/10/2025)

Por: Radio Topo

En el programa de hoy hablamos del bedroom pop y del colectivo artístico Rusia-IDK que lo representa y que se ha convertido en el nuevo ídolo de la generación Z, con Rusowsky a la cabeza.En la pandemia el aburrimiento hizo que muchos jóvenes músicos empezarán a componer, producir y subir canciones, al margen total de […]

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El antifascista ucraniano Maxim Butkevich, cautivo en Rusia

Por: cruznegraanarquista
Fuente: Pramen Bielorrusia En junio, el activista de derechos humanos y periodista Maxim Butkevich fue hecho prisionero cerca de Severodnonetsk. Era comandante de pelotón y, estando en una emboscada, decidió deponer las armas para salvar la vida de los soldados. … Sigue leyendo
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Campaña por la libertad de los cuatro anarquistas bielorusos del ‘caso Pramen’

Por: cruznegraanarquista
El Tribunal les condena a los cuatro a 19,5 años por participar en marchas de protesta y participar en un blog anarquista De FreedomIsARight El 22 de abril, el Tribunal Regional de Minsk anunció el veredicto en una causa penal … Sigue leyendo
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