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‘Queendom’: viaje al mundo lésbico del girls love tailandés

Por: Sandra Carmona

Las historias de 'girls love' en las series del país asiático son solo la punta del iceberg de un fenómeno mucho mayor. Beam Tawan y Linn Mashannoad son directora y actriz de la serie 'Queendom' y nos hablan del fenómeno y esta serie que sí ha pensado en las lesbianas.

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‘La empresa de sillas’: todo tiene un sentido (o no)

Por: Ignacio Pato

Nada más comenzar La empresa de sillas, la magia tarda apenas dos minutos en romperse. Una familia estadounidense de las que hemos solido ver siempre en pantalla, de esas que en la mesa se sienta erguida, habla por turno de palabra y nunca mezcla la guarnición con la carne, cena en un restaurante. Entonces una presencia, la de la camarera en pleno brindis por el logro laboral del padre, desemboca en una conversación que se va enrevesando hasta enseñarnos los dos ingredientes principales de la serie: el carácter obsesivo del personaje encarnado por Tim Robinson y, derivado de ello, la intención de generar escenas que causen incomodidad al espectador. Robinson, en su momento guionista de Saturday Night Live y creador de la comedia de sketches I Think You Should Leave, es un maestro en eso. Aquí encarna a Ron Trosper, al mando del proyecto de un nuevo centro comercial –algo ya medio extemporáneo si recordamos que existe la expresión dead malls para esas naves hoy poco transitadas o derruidas gracias al comercio online, pero capaces de evocar cierta nostalgia por ser un lugar de concentración de energía humana– cuando un accidente le mete de cabeza en la aventura de su vida.

Establecida esa premisa, y con la escena introductoria del restaurante, La empresa de sillas confirma que no va a solicitar de nosotros la manida empatía con el protagonista, sino que va a caminar un paso por delante de nuestra intuición. Porque sí, puede que el subtexto de esta serie nos hable de ese arquetipo de individualismo que, cuando queremos jugar a sociólogos de barra de bar, tanto nos gusta asociar al estadounidense medio. La elección del personaje de Ron Trosper invita a ello, pues es un hombre blanco de mediana edad con familia feliz y buen sueldo que habita en uno de esos suburbios en los que te reciben con una fiesta de bienvenida que es también la firma de un pacto de vigilancia mutua. Sin embargo, lo más interesante es que es un rasgo de ese capitalismo atomizador de lo que se sirve esta historia para avanzar. Ni más ni menos que la afrenta personal que Trosper siente, y que es incapaz de canalizar en sociedad, más bien al contrario, tomando casi una doble vida como detective privado. Y es ahí, cuando ya no podemos sino acompañarle, sin darnos cuenta, en su vorágine conspiranoica, metidos del todo en ese conmigo no se juega, cuando asistimos al acierto definitivo de este impredecible guion. Cuando no sabemos si lo que está ocurriendo es real o está en la cabeza de un atribulado Ron que, en el fondo, solo está practicando eso que hacemos a diario: intentar darle sentido a todo.

La empresa de sillas’ puede verse en la plataforma HBO Max.

Esta reseña se ha publicado originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

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Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine

Por: Patricia González

Reconozcámoslo, la mayoría de personas no leen a Suetonio, Tácito y las grandes monografías sobre Roma y sus mujeres para hacerse una idea sobre quién era Livia o cómo vivía su vida una buena señora ateniense. De hecho, esa imagen se va conformando aún antes de que sepamos siquiera quién es Suetonio. Nuestra primera y primaria fuente para crear ese imaginario colectivo es la ficción, tanto en literatura como, sobre todo, el cine y las series. De hecho, si decimos «Cleopatra», la primera imagen que se nos viene a la mente probablemente sea la de Elizabeth Taylor con sus sombras azules. Si nos mencionan a Livia, la de Yo, Claudio (aunque esté cambiando… por la de otras series). Y si nos preguntan por una mujer asiria miraremos con desconcierto a nuestro interlocutor.

Las romanas siempre han tenido un hueco en el mundo del cine. De hecho, ya en 1910 se estrenó una película sobre el rapto de las sabinas, de Ugo Falena. Ahora bien, el cine y las series han bebido, tradicionalmente, de las fuentes, de forma acrítica, igual que las óperas en periodos anteriores. Hay que reconocer que los autores romanos crearon personajes muy potentes. Siempre se ha pretendido contar historias contemporáneas con recursos antiguos, pero es que esos recursos antiguos eran fantásticos para dar lecciones morales sobre ángeles del hogar y femmes fatales.

Roma como justificación

Roma es, para nuestras sociedades occidentales, un espejo en el que reflejar nuestra propia vida y valores. Una especie de justificación secular. Roma sirvió para mostrar una épica en el periodo posbélico tras la Segunda Guerra Mundial y para crearla de nuevo en nuestros días. Y, en esas historias, el papel que se atribuye a las mujeres, sus presencias y ausencias, no ha sido nunca algo inocente.

Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine
Siân Phillips (izq.) como Livia, viva imagen de la perfidia en la serie Yo, Claudio (1976). BBC

Mesalina ha sido un personaje que lo ha sufrido de una manera significativa, aunque, en la actualidad, casi haya desaparecido de la pantalla. Pensad en Yo, Claudio, que es solo el final de una larga ristra de películas, óperas y novelas sobre las malvadas mujeres poderosas o las ninfómanas que destruyen a los hombres que las rodean. La Messalina de 1922, la famosa versión de 1951 con María Félix o la de 1960 con Belinda Lee van precedidas de óperas como la de 1899 escrita por Paul Armand Silvestre y Eugène Morand, o de innumerables cuadros de su muerte. Ninguna de ellas cuestiona el relato de las fuentes, y el tópico se repite hasta el infinito. Hasta que nadie duda de que la esposa de Claudio era una ninfómana que competía en burdeles por ver quién se acostaba con más hombres. Es el primer problema. El tópico se convierte en una «verdad histórica» por pura repetición, y con ello se repiten las justificaciones detrás de los tópicos, como la muerte merecida de la mujer que no se comporta de forma casta y sumisa.

Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine
Theda Bara en Cleopatra (1917), inaugurando la imagen vamp por excelencia. MPTV IMAGES / REUTERS

Estas imágenes se convierten en arquetipos que llegan incluso a quienes no han consumido los productos culturales originales. La Cleopatra de 1917, con Theda Bara, se convirtió en la imagen vamp por excelencia, aun cuando apenas se conserve metraje original. Ahora bien, estas imágenes también tenían como objetivo un público femenino, que podía ver un modelo de transgresión cómodamente situado en una alteridad oriental. Asimismo, las películas del péplum tenían modelos de masculinidad que pudieran ser atractivos para las mujeres, que eran una parte sustancial del público.

El mundo clásico, sobre todo Roma, funcionó también como una «pornotopía», como la calificaría el investigador Luis Unceta. Un lugar en que situar cómodamente las fantasías sexuales del mundo moderno. Esto es así tanto en las comedias ligeras, como Mesalina, Mesalina (1977) o Las cálidas noches de Poppea (1969), como en otras más transgresoras como la famosa Calígula (1979) de Tinto Brass o Calígula y Mesalina (1981), y también en películas pornográficas. En el extremo contrario, el péplum tuvo, en general, una fuerte carga cristiana y presentaba a unas romanas con muy poca agencia y mucha tendencia a necesitar un rescate por parte de los fuertes y valientes héroes.

El reboot romano

Ahora bien, todas estas películas, series y novelas tuvieron una época dorada que acabó con La caída del imperio romano (1964), que llevó a la ruina a su productora. La espectacularidad y coste de este tipo de obras no compensaban y se iba cerrando un ciclo. Sin embargo, desde el cambio de siglo, se ha vuelto a poner de moda el cine de griegos y romanos. Gladiator (2000) trajo de nuevo el mundo clásico a la pantalla, tras décadas de olvido. Luego vinieron series como Roma (2005) o Spartacus (2010) y sus derivados, o películas como Troya (2004), Alejandro Magno (2004) o 300 (2007). Como inciso, entre medias se estrenó la serie Xena: La princesa guerrera, a mediados de los noventa. Fue enormemente transgresora en su representación de las mujeres y se ha convertido en un icono LGTBIQ+. Años después volveríamos a ver a su protagonista, Lucy Lawless, vestida «a la romana», aunque esta vez como villana en la serie Spartacus.

Las cosas habían cambiado, en cierto modo. El color se extendía por las calles de Roma y las batallas se volvieron más espectaculares ¿Y las mujeres? La modernidad ha traído a la pantalla a mujeres mucho más «anónimas», que dejaron de ser las esclavas casi invisibles, simples figurantes o damas cristianas que necesitaban ser rescatadas. Sin embargo, también, el cine y las series crearon un mundo de matronas que salían a la calle con el pelo suelto y túnicas semitransparentes, que hablaban en igualdad con sus maridos, que paseaban solas o que usaban sexualmente a gladiadores y esclavos. La serie Spartacus, es un buen ejemplo. Esas mismas matronas, representadas de una forma más cercana a como realmente vivieron, veladas y con manga larga, darían menos juego en pantalla.

Seres domésticos

Por otro lado, también han reproducido una imagen de las mujeres como seres domésticos. Un audiovisual del mundo clásico en que aparecieran mujeres herreras, carniceras, pintoras, en las obras o dirigiendo talleres parecerían «forzadas» o serían acusadas de woke, pese a ser lo que documenta la historia.

El trend de redes sociales de «¿cuántas veces piensas en el imperio romano?», en el fondo, era un trend muy masculino, como masculinas siguen siendo sus representaciones. Recordemos que tanto en Gladiator como en su secuela las esposas de los protagonistas no tienen siquiera nombre. Asimismo, mientras que nos resulta fácil repetir el alegato y el nombre de Máximo Décimo Meridio, igual nos costaría más recordar el nombre de Lucilla. Lo mismo pasa con 300 y la reina Gorgo. De hecho, en La legión del águila (2011), adaptación de una novela de Rosemary Sutcliff, directamente se eliminaron muchos de los personajes femeninos.

Aun así, las cosas también han ido cambiando. La serie de Domina (2021-2023) se centra en la vida de Livia, e intenta darle una vuelta a su imagen tradicional. También en Romulus (2020-22) la esposa de Rómulo, Ilia, tiene un papel destacado, que no viene, precisamente, de las fuentes clásicas. Puede que, en un futuro, veamos más mujeres griegas y romanas siendo protagonistas, y no meras comparsas, villanas o ninfómanas, aunque hayamos tenido grandes oportunidades perdidas, como hubiera podido ser una representación diferente de Artemisia de Caria en la secuela de 300 o una Fulvia que nunca llegó a aparecer en la serie Roma. Habrá que ver, en los estrenos que se adivinan en lontananza, como la Odisea de Nolan, qué papel juegan mujeres tan potentes en la historia original como Penélope o Circe.

Este reportaje se ha publicado originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

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A tiros con el patriarcado

Por: José Ovejero

15 de enero

Me dicen que mi diario recibe más visitas cuando trato temas de actualidad (que casi siempre es rabiosa). Y yo estoy tan cansado de actualidad, de seguir o de comentar la última babosada del ultraderechista de turno, la última maldad de un lacayo que quiere hacer méritos, los ataques cada vez más frecuentes a nuestros derechos.


16 de enero

Martin Niemöller fue un pastor luterano anticomunista, antisemita y nacionalista, que se pasó a la Iglesia Confesante, opuesta a Hitler, después de que éste acabara con la independencia de las iglesias e incumpliese sus promesas de no exterminar a los judíos (antes a Niemöller le parecía mal que se los asesinara o introdujera en guetos, pero no que se limitasen sus libertades y el su acceso a cargos públicos). Tras la guerra, y después de pasar varios años en los campos de Sachsenhausen y Dachau, derivó hacia el pacifismo, fue un vehemente opositor contra la guerra de Vietnam y en una carta en la que reconocía las culpas y responsabilidades de la iglesia protestante en el ascenso de Hitler, escribió una frase, que me ha llamado la atención al releerla hoy: «Hemos negado el derecho a hacer la revolución, pero hemos soportado y aprobado la evolución hacia una dictadura absoluta». La frase de este hombre que empezó siendo ultraconservador y decía haberse convertido en revolucionario –aunque exageraba un poco– y que si alcanzaba a vivir cien años acabaría siendo anarquista, me recuerda a tantos derechistas actuales que maldicen la revolución pero apoyan a quienes han iniciado un proceso cada vez más violento para llegar a la dictadura absoluta. Sus soniquetes en los que defienden la legalidad, la libertad y la democracia duran solo hasta que alguien tiene la suficiente fuerza para acabar con las tres e imponer una dictadura derechista.

(Si alguien, a estas alturas, me dice que el NSDAP era socialista puedo entrar en combustión espontánea).


22 de enero

Pienso con tristeza que la época final de la dictadura española no era mejor que lo que tenemos hoy. Pero entonces teníamos la sensación de constituir una anomalía y que el mundo a nuestro alrededor nos ayudaba a corregirla: sabíamos hacia dónde dirigirnos. Ahora el mundo que nos rodea es amenazante y, en lugar de sentirnos atraídos por la luz, estamos fascinados por la oscuridad.


23 de enero

Cuando hace dos semanas escribía que, a pesar de las apariencias, Fargo es una serie feminista, habíamos visto solo dos temporadas. Más adelante el toque feminista es obvio y, a menudo, banal o perverso. Quiero decir que la mayoría de los personajes femeninos fuertes lo son de una forma ultraviolenta, hiperambiciosa o mezquina. Por supuesto, ya el solo cambio de los hombres salvadores y fuertes acompañados de mujeres siempre asustadas y exhalando quejidos, por mujeres poderosas y resolutivas anima un poco el panorama, aunque acabará también siendo cansino. Pero el feminismo de Fargo que me interesa no está en esos ejemplos obvios y desviados de mujeres cuyo empoderamiento estriba en matar a los contrarios. Me interesan más esas mujeres capaces en su profesión, como la policía de la primera temporada, aunque la estupidez de sus jefes acabe siendo tan caricaturesca que se huele el truco comercial, esa capacidad del cine americano para usar el señuelo ideológico para atraernos –ya escribí sobre ello en relación con el falso feminismo de Barbie.

Para mí el personaje que pone sobre la mesa el feminismo de forma más sutil es Peggy (interpretado por Kirsten Dunst), personaje fundamental en la segunda temporada. Peggy atropella a un hombre –que resulta ser hijo de una poderosa pareja de jefes mafiosos–; en lugar de detenerse, se va a casa con el atropellado empotrado en el parabrisas y aparca en su garaje. Ella se niega a que la realidad le estropee los planes, por ejemplo el de participar en un taller de fin de semana de superación personal. Peggy tiene la casa llena, literalmente llena, de revistas de decoración y cosmética. Es mentirosa, desequilibrada, inculta, no parece muy lista y no tiene escrúpulos en usar la violencia, sacando de apuros con frecuencia a su marido Ed, que, él sí, comienza a verse superado por la realidad. Al final, cuando ha sido detenida, Peggy se pone a hablar al policía que la conduce a prisión de sus problemas familiares y de sus deseos de realizarse. El policía, ejemplo perfecto, de hombre honesto, valiente y razonable le recrimina: Peggy, ha muerto mucha gente, para que entienda que hay problemas más graves que sus quejas de ama de casa.

Ahí está, esa mujer banal, preocupada por sus pequeñeces después de una masacre, en la que también ha muerto su marido.

Un paseo por Internet me descubre que Peggy es uno de los personajes más odiados entre el público de Fargo, que la ve como una insoportable desequilibrada egoísta y mezquina.

Otra manera de verlo pondría el foco en la insoportable presión a la que están sometidas mujeres como ella: vive en el pueblo de su marido, un carnicero cuyo objetivo en la vida es comprar la carnicería en la que trabaja y tener hijos, vivir una vida apacible en la que él gana el dinero con un negocio sólido, en su entorno habitual, y la mujer es el ángel del hogar que le hace la cena y cuida de los niños. Y Peggy se asfixia: quiere huir de ahí, toma la píldora en secreto, ella quiere salir de un hogar y un pueblo que son prisiones sin rejas, de un marido que la quiere pero no la escucha y considera que las necesidades de su mujer son infantiles, comparado con el proyecto de familia sólida que él quiere fundar. Así que ella se refugia primero en el mundo ideal de las revistas para mujeres, después en las promesas de crecimiento personal, después en una posible huida y por fin plantando cara al mundo con violencia paralela a la que recibe.

Y cuando el policía le afea que esté preocupada por asuntos insignificantes tras una matanza, ella no sabe qué responder, pero no se la ve conforme, porque siempre hay asuntos más importantes que los derechos de las mujeres que se dejan para después de la seguridad, del bienestar, de la lucha de clases, de…

Si Peggy está desequilibrada es porque las presiones y violencias que recibe desequilibran a cualquiera. Ya antes que Carol Hanisch y Kate Millet, Ulrike Meinhof decía en una entrevista que lo privado es político, y que todos esos destinos individuales de mujeres eran resultado de una estructura opresora que había que hacer saltar por los aires. Ella se tomó al pie de la letra la tarea.

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