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Nuestro armario ¿ya es vintage?

Por: Enrique F. Aparicio

Dos estrenos cinematográficos abordan la aceptación de la identidad sexual en el pasado reciente, abriendo la cuestión sobre si salir del armario es algo que ya solo se puede explicar desde otro tiempo.

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Mitos del amor romántico explicados en películas

Por: Deva Mar Escobedo

Hemos realizado una selección de mitos del amor romántico que bebe de autoras como bell hooks. ¿Eres capaz de adivinar a qué mito corresponde cada escena de película?

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Dominga Sotomayor: “El cine hace un registro histórico donde lo íntimo también puede ser político”

Por: Belén Ruiz Jelenic

La cineasta chilena habla sobre su última película Limpia (2025), su próximo proyecto cinematográfico, su cine de barrio en Santiago y reflexiona sobre el escenario político actual en Chile tras el reciente triunfo de la ultraderecha.

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El cine como herramienta antifascista: el poder de la imagen contra los discursos totalitarios

Por: Guillermo Martínez

La política está en la mirada, en la construcción de la secuencia, la inclusión de una música, en la decisión de qué se queda fuera de la cinta. Lo saben bien todos aquellos cineastas que se decantan por relatar una memoria antifascista, conscientes de que los numerosos obstáculos que encontrarán intentarán cercenar el pensamiento crítico que sus trabajos provocan en el público. En tiempos en los que el autoritarismo arrastra adeptos en todas las capas sociales y la imagen se convierte en vehículo principal a nivel comunicativo, la cultura comprometida con la justicia social y la memoria democrática se yerguen como un faro que ilumina el camino. 

En momentos en los que se impone la violencia, la represión, el genocidio, lo primero que destrozan es la cultura”, adelanta Eva Aladro Vico, catedrática de Teoría de la Información en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Esta especialista en comunicación, discurso mediático y estructuras de poder en los sistemas informativos fue una de las participantes de Cultura contra la barbarie: el cine como instrumento de resistencia antifascista

La mesa, celebrada en el Teatro del Barrio este 24 de marzo, día en que se conmemoraron los 50 años del golpe de Estado en Argentina, e impulsada por el colectivo Atado y Bien Atado, estuvo presentada por la periodista y politóloga Irene Zugasti, quien planteó debates sobre la batalla cultural, el momento político actual y el cine social.

Del entretenimiento político a la cultura-anestesia

Amparo Climent, artista multidisciplinar y autora del documental Dolores Ibárruri. Pasionaria, galardonado con la Biznaga de Plata en Málaga en 2026, defiende que, para el fascismo, “la cultura es un elemento considerado subversivo al plantear una mirada completamente diferente”. La puntualización que realiza Vicent Monsonís, productor, guionista y director cinematográfico que acaba de estrenar la película de ficción La invasión de los bárbaros, marca el devenir de la mesa: “Yo no soy tan idealista. Hablamos de la cultura como término genérico, pero los fascistas también hacen cultura”.

Sustenta su afirmación en la experiencia propia. “Yo vengo de un territorio periférico como València, con gobiernos ultraconservadores durante décadas, y hacer cultura no era imposible. Era imposible para gente como nosotros, con cierto criterio, que defendíamos algunas posiciones y nos ubicábamos contra el poder”, dice el cineasta.

Monsonís opina que la idea tan arraigada de que el cine es únicamente entretenimiento procede de Estados Unidos. Lo plantea como si esta cultura-anestesia escondiera tras de sí otros objetivos también políticos. “Nos vendieron una industria en la que cuanto más entretenida parece una película, menos comprometida es. Pero no es así. Su carga ideológica es muy superior que aquellas que te apelan de forma directa y de una manera ideológica”, sostiene.

Por su parte, Climent, quien preside la Asociación Cultural Arte y Memoria, acepta que no tiene muy claro cómo diferenciar arte de entretenimiento. “Todo lo que se hace, absolutamente todo, tiene un objetivo político. No es solo la mirada que ponemos al escribir un guion. Hay muchas cuestiones que realmente están inclinando esa mirada hacia distintos lugares”, añade.

Del cine social al cine socializante

Ante la mirada impertérrita de las casi 20 fotografías de Olmo Calvo que forman la exposición Artículo 47 y que abordan la lucha por la vivienda digna en el Teatro del Barrio, las participantes también charlaron sobre el cine social, con nombres como Ken Loach y Passolini como referencias. “Nosotras hacemos cine y que cada uno lo catalogue como considere. Yo soy militante de la memoria democrática de las mujeres, que está absolutamente olvidada y perdida”, sostiene Climent al respecto.

Sin embargo, existen productos culturales que abandonan la neutralidad para hacer del espectador una persona más ignorante, sobre todo si no abordan un tema vinculado directamente a lo ideológico. Así lo explica Aladro, quien se decanta por arrebatar el título de “cultura” a ese tipo de artefactos. Por otro lado, define como “fundamental y crucial” el cine social: “Te vincula con cosas que desconocías y que puedes llegar a sentir para entender las injusticias”. No hace falta irse a títulos grandilocuentes fuera de las fronteras españolas. Ahí queda la película de Los santos inocentes, que siempre nos enseñará quiénes son y qué hacen los señoritos.

Monsonís intenta profundizar en la cuestión con sus palabras. Además de pretender hacer cine social, como ocurre con La invasión de los bárbaros, también persigue realizar un cine socializante. Más allá de aquellos trabajos cinematográficos etiquetados como memorialistas pero centrados en biografías concretas, el cineasta valenciano asegura que prefiere dejar algo más de lado los personajes y centrarse en la sociedad. “Así toda la gente se siente interpelada y no piensan que han visto una historia ajena, sino que le hemos contado su propia historia”, señala antes de recalcar que echa de menos más películas que ayuden a crear vínculos y construir sociedad.

Un asesinato que no deja sangre

Aladro procede de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM, donde Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y líder de un Gobierno con políticas que empobrecen la universidad pública, fue nombrada Alumna Ilustra en enero de 2023. El claustro no fue lo suficientemente fuerte como para forzar que no se produjera el nombramiento. “Hay interés en hundir a la universidad pública a través de informaciones periodísticas que publican medios con intereses en la educación privada”, asegura la docente. Y exclama: “Vivimos en un mundo de ilusiones de espectros que controlan absolutamente el sistema”.

En torno a la cuestión puramente cultural y memorialista, la catedrática señala: “La memoria es lo que nos mantiene vinculados con el pasado y nos proyecta al futuro. La cultura, cuando te la cargas, no deja huellas, es un asesinato que no deja sangre”. Asiente Monsonís con la cabeza, pero también con las palabras. Tal y como finaliza: “El cine es la herramienta más potente que tiene la cultura para expresarse, y eso es algo que los Estados Unidos saben bien, por eso llevan 100 años colonizándonos con su cine”.

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¿Existe la cancelación en el sector cultural?

Por: Deva Mar Escobedo

Eduard Cortés o Carlos Vermut son ejemplos recientes de hombres prominentes de la cultura que guardan un perfil bajo tras ser acusados de agresiones sexuales. Lo que sabemos de otros casos nos señala que la única cancelación que existe es la de la salud mental o carrera de las denunciantes.

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Cine musical: "La corte de Faraón"

Por: Discos Ruidosos

 

La corte de Faraón 

Martes 24 de marzo, 19:30 h

Filmoteca Albacete

Entradas: 2,5€ reducida / 3€ general


Película dirigida por José Luis García Sánchez. Protagonizada por Ana Belén, Antonio Banderas y Fernando Fernán Gómez.

Sinopsis: A finales de los años cuarenta se produce un hecho insólito: una compañía de aficionados se atreve a estrenar una obra teatral sin los permisos ni los visados de censura correspondientes. Se trata de la obra musical "La Corte del Faraón", prohibida por sus atrevimientos políticos, eróticos y religiosos.


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Una derrota tras otra

Por: José Ovejero

15 de marzo

Nueva debacle de los partidos situados a la izquierda del PSOE, esta vez en Castilla y León. No recuerdo qué candidato, ya antes de las elecciones, atribuía los malos pronósticos a la concentración del voto útil en el PSOE. Pero quizá debería preguntarse por qué tanta gente está empezando a ver como voto inútil el de Podemos, Sumar, etc.

Y por qué, a pesar de que políticas impulsadas desde la izquierda han beneficiado a tanta gente –en los ámbitos de la vivienda y del trabajo, por ejemplo–, las y los votantes han abandonado a los partidos que las defienden.

Lo que está claro es que la derecha y la extrema derecha, cada vez más difíciles de distinguir, están arrasando. Ojalá no haya elecciones anticipadas; no tengo el estómago preparado para lo que se avecina.


16 de marzo

Me deja perplejo el Oscar a la mejor película para Una batalla tras otra. Es cierto que no estoy muy cualificado para juzgarla porque solo aguanté unos veinte minutos. Las actuaciones me parecieron tan impostadas y torpes, los diálogos tan ridículos, la sexualización de la actriz principal con un erotismo tan barato, las situaciones tan absurdas y mal rodadas, que no tuve ganas de continuar viéndola. Por suerte, a Edurne le pareció lo mismo y nos pusimos a ver otra, que he olvidado; quizá no fuera tan memorable pero si menos ofensiva.

Es la segunda vez que me pasa con una película de Paul Thomas Anderson; la primera fue con Licorice Pizza. Esta no me irritó, pero sí me aburrió y tampoco terminé de verla.


17 de marzo

Leo un bluit del periodista Alberto Moyano en el que aparece un texto de la novela Elegía, de Philip Roth (Everyman, en el original inglés), en el que se habla del llanto. En una conversación de dos personajes, se lee:


…y empezó a sollozar con las manos en la cara–. Es tan vergonzoso.

–No tiene nada de vergonzoso.

–Sí, sí que lo tiene –insistió ella, llorosa–. No poder cuidar de ti misma, la patética necesidad de que te consuelen….


Le respondo que Elegía es, precisamente, uno de los pocos libros con los que he llorado. Al releer ahora este diálogo pienso que uno no llora necesariamente para ser consolado; llorar no supone un «otro» presente que debe reaccionar al llanto. Cuando lloré leyendo Elegía estaba solo, absurdamente sentado en un avión, y desde luego no habría deseado que me consolase mi compañero de asiento.

El llanto, como la literatura, a veces busca una respuesta, establece una relación; otras veces, es la mera expresión de un estado de ánimo o un pensamiento, con el cuerpo en un caso, con el texto en otro.


18 de marzo

Hace unos meses nos pusimos a ver una serie basada en la vida de George Sand, pero no la acabamos –últimamente dejamos a medias un número considerable de películas y series–. Nos pareció demasiado plana, más pedagógica que sicológica. Leo que, cuando George Sand dejó a su marido, se fue a vivir a París llevándose a sus hijos. Tendría que revisarla para estar seguro de lo que voy a decir, pero en mi recuerdo de la serie los niños están casi absolutamente ausentes en su primera etapa en París. Me pregunto si el sentido de esa omisión se debe al deseo de mostrar a una mujer independiente, empoderada, alejada del papel de madre para centrarse en su creación y su carrera.

Si es así, creo que hace un flaco favor a las mujeres. Sería mucho más impactante verla teniendo que lidiar con dos críos dependientes de ella –por mucho que tuviese ayuda de una cuidadora– y al mismo tiempo intentando abrirse paso en el mundo literario masculino. Lo que se ajusta más a la realidad de tantas mujeres, de su época y posteriores.


La que sí terminamos, aunque tuvimos que verla en dos veces porque estábamos cansados y son tres horas de película, es Andrei Rublev, de Tarkovsky. Qué maravilla de película, qué imágenes potentes. Aunque los subtítulos son a ratos incomprensibles, pero al final la historia te la está contando sobre todo a través de lo que ves, así que no es tan catastrófico.

Hacia el final de Andrei Rublev, un ejército ruso con sus aliados tártaros entra en una ciudad en la que saquean, asesinan, torturan y violan; las cosas no han cambiado tanto, pienso. Hace poco leíamos cómo la policía israelí asesinó a un matrimonio y dos de sus niños, sin razón ni excusa alguna, y probablemente sin tener que responder del crimen. Y oigo a una mujer de no sé que instituciones israelíes decir que si se ha empezado la guerra contra Irán habrá que acabarla y que el régimen iraní mataba a mucha gente. No dice, para qué, que Trump hablaba de devastar Irán, ni que la guerra empezó con el asesinato de más de cien niñas de un colegio y está costando, también en los países vecinos, miles de muertos. Seguro que los rusos y los tártaros del siglo XV encontrarían también un discurso para justificar sus masacres.

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José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”

Por: Carlos Madrid

Al inicio de Historias del buen valle, la nueva cinta de José Luis Guerín, aparecen unas imágenes en blanco y negro, grabadas en Super 8, en las que unos niños se divierten en un arroyo, otra familia cuida un huerto o se abre un plano de un campo con naturaleza asilvestrada. Una serie de cortes que parecen de un pasado no tan remoto o de un pueblo vaciado. Pero si uno se fija bien, se da cuenta de que pertenecen al presente y que están ubicados en Vallbona, municipio del extrarradio de Barcelona.

Es un lugar en el que todavía se dan estas realidades, impensables en cualquier otra zona de la ciudad, porque se encuentra aislado por un río, vías férreas y autopistas. Un inconveniente que ha permitido al barrio ubicarse en un lugar y un tiempo a caballo entre el mundo rural y el urbano. La estampa, que podría resultar idílica, casi de resistencia, bajo la dirección de Guerín se vuelve compleja y llena de contradicciones: además de en esos espacios, el cineasta pone también la cámara en problemas que atraviesan al lugar como el racismo, la precariedad y el suicidio, entre otros.

La intención de la película es grabar la vida de un barrio. ¿Es esto posible?

Es posible, pero teniendo en cuenta que hay una mirada, un enunciador. Digo esto porque hay reportajes en los que parece que no hay nadie detrás de la cámara, que son una verdad irrefutable. La realidad que vemos es fruto y consecuencia de una mirada con ciertos intereses y preferencias. 

En esta película no se oculta esto, sino que se enseña: empieza capturando imágenes con una cámara de Super 8, sigue con un casting donde interviene la palabra y de ahí surgen los personajes que desarrollan situaciones cada vez más cinematográficas hasta acabar casi en una lógica de película de ficción. El espectador es consciente, aunque no se lo plantee, de que hay alguien detrás, que hay alguien que se está relacionando con ese espacio. A partir de esa premisa, creo que sí que es posible.

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”
Un fotograma de Historias del buen valle. ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

Comentas que es posible siempre que haya una mirada, una intención detrás. ¿Cuál era la tuya?

Mi mirada para esta película ha sido la perspectiva humanista. El paisaje de Vallbona se presenta como algo escasamente elocuente, incluso hostil. También inerte, muy amorfo, con unas arquitecturas muy poco expresivas. Aquí gran parte de la población desarrolla la mayor parte de su vida lejos de sus hogares. Se trata de una ciudad dormitorio donde todavía sobreviven algunas casitas de las autoconstruidas por los migrantes de los años 60-70. 

La única manera de humanizar el territorio era acercarme a las miradas de las personas que de verdad lo habitan. Por ello, seleccioné a aquellos personajes y personas que tienen una relación especial con el territorio: la familia india que tiene un huerto; la gitana portuguesa con una relación especial y llena de metáforas con la naturaleza; Antonio el Carbonero, que proyecta esa humanidad sobre las ruinas de la casa donde vivió; o los chavales que en verano se bañan en el arroyo. Ahí hay formas de vida que no puedes encontrar en otro lugar de Barcelona. 

Yo no quería tratar la periferia únicamente desde una perspectiva intimista, aunque está porque la carencia de servicios es flagrante, sino que también he querido celebrar formas de vida singulares, de resistencia, que han propiciado ese aislamiento. Quería dar una mirada compleja.

Ese barrio que cuentas se encuentra a mitad de camino entre el pasado rural y el presente, un tiempo difícil de identificar. Al inicio, con las tomas en blanco y negro, juegas un poco a llevar a confundir al espectador: si uno no se fija en la vestimenta, parecerían de otra época.

Lo primero que me llamó la atención fue la atemporalidad que respiraba el lugar por sus calles sin asfaltar, sus espacios asilvestrados, sus chavales en el arroyo, etc. Y de ahí que yo empezara a observarlo con la cámara de Super 8 que utilizaba en los 80 en mis primeros pinitos. Además de que me parecía que iba a favorecer esa atemporalidad. 

También indagué quién había filmado esos lugares antes de mí y pedí en la Filmoteca de Barcelona si existían imágenes de archivo. Como no las había, decidí filmarlas yo mismo. Es interesante cómo grabando el presente con esa cámara, solo por la textura del celuloide, se transforma en imagen de archivo. Me acompañaba un poco la ambición de estar creando una primera memoria visual de un lugar.

José Luis Guerín: “Me considero un cineasta periférico, lo más anticapitalista posible”
Foto: ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

¿Cómo hemos podido ceder todos esos espacios, que antes existían en todas las ciudades, al cemento?

Cuando hice la película En construcción hace 25 años –en el punto culminante del boom del ladrillo, con la burbuja que creó y las consecuencias devastadoras que supuso su estallido–, lo que contaba allí era el desalojo de las casas que destruían para construir el nuevo inmueble, algo que implicaba que esos vecinos fueran trasladados a la periferia. Es decir, cómo la vida popular, no ya la marginal, era expulsada de la ciudad.

La mayor parte de habitantes de Vallbona llegan allí porque no pueden pagar su casa en el centro de las ciudades. En una urbe como Barcelona, con la presión sobre la vivienda que hay, es casi milagroso que haya sobrevivido ese territorio ahí. Algo que solo es posible porque le protege su espada de Damocles: su aislamiento.

Vallbona es un barrio levantado por personas migrantes del sur de España y ahora de otros países. ¿A ellos solo se les reserva la periferia?

No quisiera parecer tan determinista, pero la periferia se nutre esencialmente de ellos. Y lo terrible es que muchos migrantes de las primeras olas miran con recelo a los nuevos que llegan. Vallbona no es diferente a ningún otro rincón del mundo. Cuando hice la proyección en el barrio, algunos me recriminaban que hablaba poco del pasado y prestaba mucha atención a los recién llegados. Me lo decían con un sentido casi patrimonial. Aun así, vivan en el centro o no, sus vidas van a ser siempre periféricas.

Igualmente, la periferia tiene unas cualidades que me parecen interesantes. Yo me considero un cineasta periférico: mis películas solo serían posibles desde ahí. Si le preguntas a un productor que necesitas dos años para una cinta, te trata de loco. Es lo más anticapitalista posible. En mi cine son esenciales los días improductivos, es decir, estar en el barrio sin cámaras ni sonidos, charlando con vecinos, en el bar, paseando… Una película es consecuencia de eso. Yo estoy cómodo ahí y no me quiero imaginar cómo sería estar en el otro lado. Intento mantenerme distanciado de lo que eufemísticamente llamamos el mundo del cine.

Igualmente, para no caer en la romantización de un barrio obrero levantado por ellos mismos, muestras los conflictos que existen en él y la realidad de las vidas complicadas que lo habitan.

Exactamente. En la película se enuncian los problemas de la soledad en las ciudades dormitorio, de los suicidios, de la enfermedad, de los trabajos precarios, del racismo, de los conflictos identitarios e incluso de cómo gravita la crisis climática en las hortalizas. Todo eso está como presente problemático.

Sin embargo, a diferencia del cine social, en el que la realidad queda reducida para ilustrar un discurso, en mis películas esta es compleja y tiene sus contradicciones. Es decir, al mismo tiempo que enuncio esos problemas que están ahí, celebro también los momentos de vida y de singularidad que ofrece ese espacio. Me refiero a los momentos en los que hay un paréntesis al orden urbano, espacio para la espontaneidad, etc. Es decir, una relación con el territorio más informal que yo celebro. Una realidad que está amenazada tanto por la presión urbanística como por los trenes de alta velocidad que pasan por allí sin detenerse jamás.

José Luis Guerín
El director José Luis Guerín. ÓSCAR F. ORENGO / LOS ILUSOS FILMS

Tu cine periférico se caracteriza por beber de la lentitud. También de dar espacio a los protagonistas para que puedan contarse.

Efectivamente. Prefiero renunciar a secuencias enteras y poder desarrollarlas a estar fragmentando muchos momentos dispersos. Creo que es en la unidad temporal donde aprendes a querer a los personajes, a ver cómo evolucionan dentro de la secuencia. De esta manera, me parecía que podía establecer un tiempo humano para los personajes y otro biológico. La película se inscribe en el tiempo de las estaciones, de los días y las noches, frente a otro tipo de documental que tendría uno más conceptual.

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El espectáculo teatral "Dulcinea" en Albacete

Por: Discos Ruidosos

 

Paloma San Basilio

“Dulcinea”

Viernes 6 de marzo, 20:00 h

Teatro Circo 

Entradas: zona A 31€ / zona y B 28€

 


Paloma San Basilio presenta “Dulcinea” en el Teatro Circo de Albacete.

Una propuesta escénica con fragmentos de Don Quijote de la Mancha y otras obras de Miguel de Cervantes, apuntes de Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno y textos y canciones originales.

 

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Cine en Albacete: "EPiC: Elvis Presley in Concert"

Por: Discos Ruidosos

 

EPiC: Elvis Presley in Concert

Miércoles 4 de marzo, 20:15 hh

Yelmo cines, Imaginalia. Albacete

Entradas: 8,90€

 


Proyección en Versión Original Subtitulada en Español de la película documental EPiC: Elvis Presley in Concert.

Elvis canta y cuenta su historia como nunca en una nueva experiencia cinematográfica del cineasta Baz Luhrmann.


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Unas películas en DVD a la venta

Contacto: discosruidosos@gmail.com

Gladiator

Precio: 4€

Apocalypse Now (Redux)

Precio: 4€

Amelie

Precio: 3€

 


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‘1984’ es hoy

Por: Manuel Ligero

Raoul Peck nunca estuvo «en el vientre de la ballena», por utilizar la célebre imagen con la que Orwell describía a cierto tipo de artistas que viven felizmente ajenos a los problemas de su tiempo.


El vientre de la ballena es un útero con capacidad suficiente para un adulto. Allí se encuentra uno a oscuras, en un espacio mullido que encaja a la perfección con el propio cuerpo, con metros y metros de grasa entre uno mismo y la realidad, capaz de mantener una actitud de absoluta indiferencia, al margen de lo que suceda o deje de suceder. Una tormenta que hiciera naufragar a todos los buques de guerra del mundo entero apenas le llegaría a uno salvo en forma de eco lejano. (…) Casi como si estuviera muerto, esa es la etapa final e insuperable de la irresponsabilidad máxima.


Aunque Orwell defendía la libertad inalienable del artista, creía que hay momentos en los que, inevitablemente, hay que tomar partido. Eso le llevó a él, por ejemplo, a involucrarse en la causa antifascista y en la defensa de la República durante la guerra civil española, compromiso aquel que tantas amarguras le provocó.

Tras la victoria de Franco escribió: «Casi con toda seguridad, nos adentramos en una época de dictaduras totalitarias, una época en que la libertad de pensamiento será en primera instancia un pecado moral, y después una abstracción desprovista de sentido». Años después profundizaría en estos conceptos en Rebelión en la granja y, sobre todo, en 1984.

El último documental de Raoul Peck, titulado Orwell: 2+2=5, es una mezcla de biografía del escritor inglés y de ensayo basado en estas ideas premonitorias. Asistir al espectáculo de la lucidez, que es la base de la capacidad profética de Orwell, es siempre una experiencia estimulante. Y Peck, que es un gran conocedor del marxismo, usa estas ideas para plasmar en imágenes aquella conocida frase que decía que la historia se repite «una vez como tragedia y la otra como farsa».

Peck articula su discurso a través de tres máximas enunciadas por el Gran Hermano de 1984:

  • La libertad es esclavitud.
  • La guerra es paz.
  • La ignorancia es fuerza.

Esta neolengua, que retuerce el significado intrínseco de las palabras, vive hoy un momento de esplendor. El mandatario que ha bombardeado Irán y que ha colaborado activamente en el genocidio de Gaza pide para sí mismo el premio Nobel de la Paz. Y eso no es lo grave. Lo grave es que este delirio es perfectamente razonable para sus correligionarios.

Orwell: 2+2=5
El símil utilizado por Raoul Peck en Orwell: 2+2=5: un centro comercial cubierto con los mensajes del Gran Hermano. CARAMEL FILMS

El primer aldabonazo en esta carrera hacia la locura colectiva lo dio el equipo de Trump cuando éste juró su cargo de presidente en 2017. Ya entonces se dijo que su toma de posesión fue la más multitudinaria de la historia. Las imágenes contradecían tal afirmación, pero no importó. Una de sus colaboradoras, Kellyanne Conway, dijo entonces que existían «hechos alternativos».

En sus Recuerdos de la guerra de España (y en la voz de Damian Lewis, el narrador del documental de Peck), Orwell confiesa su preocupación ante «la impresión de que el propio concepto de verdad objetiva está desapareciendo del mundo». Y no fue el odioso estalinismo, cuya crítica es la base de sus obras más celebradas, el que llevó más lejos este fenómeno, sino el capitalismo neoliberal. Porque la prueba del éxito de un régimen totalitario no está en el terror que éste puede ejercer sobre la población para que acate su ideario, sino precisamente en la ausencia de coacción, en la asunción ciega de sus postulados por parte de la gente. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy en día.

El título del documental de Peck hace referencia a un interrogatorio sufrido por Winston, el protagonista de 1984. Le muestran cuatro dedos y le preguntan: «¿Cuántos dedos hay?». La respuesta oficial es cinco, porque así lo ha decidido el líder supremo, pero no sirve de nada que Winston diga simplemente «cinco». Debe creerlo realmente, debe salir de él, sin imposiciones de nadie. Debe decir, en 2026, por ejemplo, «la violencia machista no existe». Debe decir, por ejemplo, «el cambio climático no existe». Debe decir, por ejemplo, «los inmigrantes vienen aquí para delinquir». Y hacerlo de motu proprio, íntimamente convencido, sin dudas de ningún tipo.

Peck, como intelectual que no vive «en el vientre de la ballena», ha sentido la necesidad de tomar ese toro por los cuernos y de hacerlo sin concesiones ni partidismos. Por su película, asociadas a los textos de Orwell, aparecen las figuras de Trump, Putin, Xi Jinping, Narendra Modi o Benjamín Netanyahu. Y todo encaja, lo que confirma la grandeza visionaria de Orwell. Y para que encaje mejor, para que la maquinaria del poder esté bien engrasada, los amos del mundo cuentan con la ayuda inestimable de los caudillos digitales, con sus redes sociales y sus inteligencias artificiales, un ángulo que Peck tampoco se olvida de abordar. Su cometido, como el de todo artista que se precie en un momento crítico, es el mismo que ya enunció Albert Camus cuando recogió su premio Nobel: «El papel del escritor, (… ) por definición, hoy no puede estar al servicio de los que hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren».

Orwell: 2+2=5
El escritor George Orwell. CARAMEL FILMS

Estamos viviendo un momento muy parecido a aquel periodo de entreguerras que forjó el pensamiento de Orwell y que vio nacer el nazifascismo. Y no es una exageración, sino una realidad constatable. Basta con ver cómo actúan los esbirros del ICE, los camisas pardas de Trump. Como señala Patricia Simón, «dejemos de hablar de auge de la ultraderecha porque la ultraderecha ya domina nuestra era: siembra el terror y la zozobra en todo el mundo desde la Casa Blanca, ocupa uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo, cogobierna comunidades autónomas y poblaciones españolas, y recibirá uno de cada cinco votos en las próximas elecciones generales, según la última encuesta del CIS». Así las cosas, ¿qué hacer? ¿Cuál es el deber de un intelectual en esta situación?

«Cuando me siento a escribir un libro –decía Orwell–, escribo porque quiero sacar a la luz una mentira». En la misma línea, decía Camus: «A pesar de las debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio estará siempre en dos arduos compromisos: la negativa a mentir y la resistencia a la opresión». Cuando dirige una película, Raoul Peck, consciente del mundo en el que vive, se coloca en esa misma posición. Ya quisieran otros.


‘Orwell: 2+2=5’, de Raoul Peck, se estrena en cines el viernes 27 de febrero.

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Sophie Deraspe: “Escapar del mundo capitalista es posible”

Por: Manuel Ligero

Esta entrevista forma parte El Periscopio, el suplemento cultural de la revista La Marea. Puedes conseguir un ejemplar aquí o suscribirte en nuestro kiosco.


Mathyas Lefebure era publicista en Montreal y lo dejó todo para ser pastor de ovejas en Francia. De su viaje personal salió una novela autobiográfica (D’où viens-tu, berger ?) en la que cuenta cómo, sin ninguna experiencia previa y movido por una visión romántica del pastoreo, dio un cambio radical a su vida. Hizo frente a la incertidumbre, las burlas, las inclemencias, la dureza del trabajo y el trato brutal de ganaderos sin conciencia. Y lo logró. La directora canadiense Sophie Deraspe ha llevado al cine su historia en Hasta la montaña, una película humanista y luminosa.

¿Qué contenía el relato de Lefebure para interesarle personalmente?

Me interesaba el aspecto transformador de la naturaleza. Mathyas se aproxima a ella buscando una vida simple, contemplativa, incluso filosófica. Pero la naturaleza es más ruda, desafiante y complicada de lo esperado. Esas dificultades también forman parte de una transformación que es casi mística. Trata de abandonar el materialismo para sumergir su propio cuerpo en la naturaleza, pero ese proceso –el de entrar en comunión con la belleza y la grandeza del entorno– también está lleno de obstáculos.

¿Puede decirse que su película es una defensa de la ingenuidad?

Sí, y aquí la película se separa ligeramente de la novela de Lefebure, que es muy intelectual y que tiene pasajes de autoparodia y de cierto cinismo. Eso fue quedando en un segundo plano cuando empezamos a trabajar con pastores y ganaderos reales en la Provenza. El Mathyas de la película tiene un candor perfectamente asumido. Y creo que trabajar con un actor como Félix-Antoine Duval ya te predispone a proyectar una mirada muy pura sobre el mundo. Félix-Antoine abraza el mundo, lo mira con auténtica curiosidad, sin juicios apriorísticos, lo recibe sin querer imponer su propio filtro.

¿Eso puede aprenderse? ¿Podemos aprender a ser cándidos?

Creo que puede aprenderse a callar nuestra voz cínica. Ojo, no me refiero al espíritu crítico, eso es muy importante tenerlo. Tener un poco de cinismo también es interesante porque forma parte del humor, pero tener demasiado es una desgracia porque te obliga al desapego, te distancia de la experiencia. Yo creo que acoger al otro, abrazar la naturaleza, experimentar el amor en su sentido más amplio, es una forma más agradable de atravesar el mundo y la vida.

¿Está contenta con el equilibrio entre la brutalidad y la suciedad de la primera parte de la experiencia de Mathyas como pastor y la segunda parte, más idílica?

Bueno, la parte en la que Mathyas alcanza su sueño se termina, en cualquier caso, de forma bastante dramática. Porque, en realidad, la vida tranquila no existe. Pero Mathyas recorre el camino que ha elegido y está donde quiere estar. Incluso encuentra el amor. Para ello supera muchos obstáculos, muchas dificultades, y tiene fuerza para afrontar lo que la naturaleza le presenta. Porque la naturaleza otorga dones magníficos, nutre el cuerpo y el espíritu, alimenta estéticamente, pero también es brutal.

Sobre todo son las personas las que son brutales, ¿no? Otros pastores, otros ganaderos…

Sí, pero eso también forma parte de la vida. Él asiste al nacimiento de la vida y a la llegada de la muerte. Y estar en la naturaleza le pone inmediatamente en contacto con esa finitud de la vida, que también es la nuestra y que nos resistimos a aceptar. También nosotros formamos parte de un ciclo. Eso es la ecología, finalmente. Se trata de no ejercer un dominio exterior sobre la naturaleza sino de ser parte de ella. Los cuerpos de Mathyas, de su compañera Élise, del perro, de las ovejas forman parte de ella.

Fotograma de ‘Hasta la montaña’, una película de Sohie Deraspe.
Félix-Antoine Duval y Solène Rigot en una escena de Hasta la montaña. SURTSEY FILMS

Viniendo de la ciudad, ¿ha tenido algún problema al rodar en un entorno rural? Usted sabe que, en general, en los pueblos de Francia, y también en España, la gente es muy tradicional, ideológicamente está muy alineada con la derecha, hay muchas armas de fuego…

Francamente, no he coincidido con esa gente, pero sé que existe porque aparece en el libro de Lefebure. El trabajo de localización fue bastante largo y visitamos multitud de pueblos a lo largo de un territorio muy extenso. Y vimos muchísimas personas que vivían con un cierto grado de miseria, incluso gente que no tenía acceso a un mínimo de higiene. En ocasiones quedé afectada por lo que vi, pero creo que las personas verdaderamente cerradas no deseaban encontrarse con nosotros. Yo, en cualquier caso, debo decir que me he acercado a ese mundo con muchísimo respeto. Es decir, son ellos los que conocen su oficio, su forma de vida, su manera de trabajar con los animales. Ellos saben lo que está bien y lo que no. Es su oficio y yo lo respeto. El mío es el cine. No estaba allí para juzgar a nadie y no habría podido hacer la película sin la colaboración de los pastores, de los ganaderos, de la gente de los pueblos. Con quienes estaban dispuestos a recibirnos, pudimos hablar de todo.

¿De todo? ¿Incluso de un tema tabú como el del lobo?

¡Ah, los lobos! [Ríe]. Sí, de los lobos también. Y hay todo tipo de opiniones.

¿Entre los pastores también?

Por supuesto. Tienen diferentes opiniones y diferentes maneras de abordar el tema. Muchos piensan: «El lobo está aquí. Eso es un hecho. Si me matan 10 ovejas voy a estar triste, pero no me voy a volver paranoico. Y no voy a batirme contra el hecho de que el lobo esté aquí». Otros, efectivamente, quieren sacar las escopetas. Después de tratar con ellos, puedo ponerme en su piel. Imagine que ha cuidado de unos animales durante todo un año y, de repente, una mañana descubre que ha habido una matanza. Puedo comprender su pena. Es como una inundación: evidentemente nadie la quiere, pero forma parte de los ciclos de la naturaleza. Élise lo dice sin filtros e incluso delante de los pastores: «El lobo forma parte de la biodiversidad». Pero, finalmente, también ella tendrá que hacer frente a los problemas que plantea.

Élise, el personaje que interpreta Solène Rigot, expresa abiertamente sus opiniones. Hay un momento en el que dice: «No necesito el teléfono móvil». ¿Su película es, de alguna manera, una declaración política? ¿Nos está tratando de decir que debemos dejar de vivir como lo estamos haciendo?

Sobre todo es una declaración sobre esa posibilidad. Es posible parar. Es posible despojarse de muchas cosas materiales. No necesitamos tantas cosas. Es posible escapar del mundo capitalista. Es posible elegir. Antiguamente, eras pastor porque no habías estudiado o porque tu madre, tu padre, tus abuelos eran pastores. Hoy, la mayoría de los pastores lo son por elección. Han elegido salir de la rueda del capitalismo y del consumismo. Unas veces lo hacen como un ejercicio político consciente y otras simplemente porque han elegido esa manera de estar en el mundo. En la película ni siquiera aparece el pasado de Mathyas como publicista en Montreal. Todos conocemos ya cómo es esa vida. Pensé: «La gente se va a aburrir. Pasemos directamente a su elección, al camino de salida, a su renuncia al capitalismo, al consumismo y a la supereficacia».

Tras ver la película, ¿mucha gente se le acerca para preguntarle cómo ser pastor?

Cómo ser pastor, no, pero en Canadá, en Francia y en Italia veo mucha gente emocionada. Creo que ven la película como una conexión con la vida. No se trata de lo que poseo sino de lo que soy, de cuál es mi forma de estar en el mundo. Cuidar un rebaño puede ser algo muy bello, pero creo que la película va más allá: es una invitación simplemente a cuidar, que es lo contrario de la dominación. Creo que la dominación es el gran mal de nuestro mundo: el deseo del ser humano por dominar la Tierra, por dominar otras especies, por dominar a otras personas, por dominar otros países. La ecología nos enseña a tener humildad, a aceptar que somos una pequeña parte de este vasto mundo.


‘Hasta la montaña’, de Sophie Deraspe, se estrena en cines el viernes 27 de febrero.

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Cine en Albacete: "Flores para Antonio"

Por: Discos Ruidosos

 

Flores para Antonio

Miércoles 25 de febrero, 18:00, 20:00 h y 21:45 h

Filmoteca Albacete

Entradas: general 3€ / reducida 2,50€  

 

 

Flores para Antonio

Documental dirigido por: Isaki Lacuesta y Elena Molina.

Sinopsis:

Una hija se dispone a buscar la verdad sobre quién fue su padre, un músico legendario, fallecido cuando ella tenía 8 años. Él es Antonio Flores, ella la actriz Alba Flores. Alba dejó de cantar al perder a Antonio y ahora se dispone a recuperar su voz y su historia, preguntando por primera vez a sus familiares y amigos.


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Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine

Por: Patricia González

Reconozcámoslo, la mayoría de personas no leen a Suetonio, Tácito y las grandes monografías sobre Roma y sus mujeres para hacerse una idea sobre quién era Livia o cómo vivía su vida una buena señora ateniense. De hecho, esa imagen se va conformando aún antes de que sepamos siquiera quién es Suetonio. Nuestra primera y primaria fuente para crear ese imaginario colectivo es la ficción, tanto en literatura como, sobre todo, el cine y las series. De hecho, si decimos «Cleopatra», la primera imagen que se nos viene a la mente probablemente sea la de Elizabeth Taylor con sus sombras azules. Si nos mencionan a Livia, la de Yo, Claudio (aunque esté cambiando… por la de otras series). Y si nos preguntan por una mujer asiria miraremos con desconcierto a nuestro interlocutor.

Las romanas siempre han tenido un hueco en el mundo del cine. De hecho, ya en 1910 se estrenó una película sobre el rapto de las sabinas, de Ugo Falena. Ahora bien, el cine y las series han bebido, tradicionalmente, de las fuentes, de forma acrítica, igual que las óperas en periodos anteriores. Hay que reconocer que los autores romanos crearon personajes muy potentes. Siempre se ha pretendido contar historias contemporáneas con recursos antiguos, pero es que esos recursos antiguos eran fantásticos para dar lecciones morales sobre ángeles del hogar y femmes fatales.

Roma como justificación

Roma es, para nuestras sociedades occidentales, un espejo en el que reflejar nuestra propia vida y valores. Una especie de justificación secular. Roma sirvió para mostrar una épica en el periodo posbélico tras la Segunda Guerra Mundial y para crearla de nuevo en nuestros días. Y, en esas historias, el papel que se atribuye a las mujeres, sus presencias y ausencias, no ha sido nunca algo inocente.

Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine
Siân Phillips (izq.) como Livia, viva imagen de la perfidia en la serie Yo, Claudio (1976). BBC

Mesalina ha sido un personaje que lo ha sufrido de una manera significativa, aunque, en la actualidad, casi haya desaparecido de la pantalla. Pensad en Yo, Claudio, que es solo el final de una larga ristra de películas, óperas y novelas sobre las malvadas mujeres poderosas o las ninfómanas que destruyen a los hombres que las rodean. La Messalina de 1922, la famosa versión de 1951 con María Félix o la de 1960 con Belinda Lee van precedidas de óperas como la de 1899 escrita por Paul Armand Silvestre y Eugène Morand, o de innumerables cuadros de su muerte. Ninguna de ellas cuestiona el relato de las fuentes, y el tópico se repite hasta el infinito. Hasta que nadie duda de que la esposa de Claudio era una ninfómana que competía en burdeles por ver quién se acostaba con más hombres. Es el primer problema. El tópico se convierte en una «verdad histórica» por pura repetición, y con ello se repiten las justificaciones detrás de los tópicos, como la muerte merecida de la mujer que no se comporta de forma casta y sumisa.

Una de romanas: mujeres de la Antigüedad en el cine
Theda Bara en Cleopatra (1917), inaugurando la imagen vamp por excelencia. MPTV IMAGES / REUTERS

Estas imágenes se convierten en arquetipos que llegan incluso a quienes no han consumido los productos culturales originales. La Cleopatra de 1917, con Theda Bara, se convirtió en la imagen vamp por excelencia, aun cuando apenas se conserve metraje original. Ahora bien, estas imágenes también tenían como objetivo un público femenino, que podía ver un modelo de transgresión cómodamente situado en una alteridad oriental. Asimismo, las películas del péplum tenían modelos de masculinidad que pudieran ser atractivos para las mujeres, que eran una parte sustancial del público.

El mundo clásico, sobre todo Roma, funcionó también como una «pornotopía», como la calificaría el investigador Luis Unceta. Un lugar en que situar cómodamente las fantasías sexuales del mundo moderno. Esto es así tanto en las comedias ligeras, como Mesalina, Mesalina (1977) o Las cálidas noches de Poppea (1969), como en otras más transgresoras como la famosa Calígula (1979) de Tinto Brass o Calígula y Mesalina (1981), y también en películas pornográficas. En el extremo contrario, el péplum tuvo, en general, una fuerte carga cristiana y presentaba a unas romanas con muy poca agencia y mucha tendencia a necesitar un rescate por parte de los fuertes y valientes héroes.

El reboot romano

Ahora bien, todas estas películas, series y novelas tuvieron una época dorada que acabó con La caída del imperio romano (1964), que llevó a la ruina a su productora. La espectacularidad y coste de este tipo de obras no compensaban y se iba cerrando un ciclo. Sin embargo, desde el cambio de siglo, se ha vuelto a poner de moda el cine de griegos y romanos. Gladiator (2000) trajo de nuevo el mundo clásico a la pantalla, tras décadas de olvido. Luego vinieron series como Roma (2005) o Spartacus (2010) y sus derivados, o películas como Troya (2004), Alejandro Magno (2004) o 300 (2007). Como inciso, entre medias se estrenó la serie Xena: La princesa guerrera, a mediados de los noventa. Fue enormemente transgresora en su representación de las mujeres y se ha convertido en un icono LGTBIQ+. Años después volveríamos a ver a su protagonista, Lucy Lawless, vestida «a la romana», aunque esta vez como villana en la serie Spartacus.

Las cosas habían cambiado, en cierto modo. El color se extendía por las calles de Roma y las batallas se volvieron más espectaculares ¿Y las mujeres? La modernidad ha traído a la pantalla a mujeres mucho más «anónimas», que dejaron de ser las esclavas casi invisibles, simples figurantes o damas cristianas que necesitaban ser rescatadas. Sin embargo, también, el cine y las series crearon un mundo de matronas que salían a la calle con el pelo suelto y túnicas semitransparentes, que hablaban en igualdad con sus maridos, que paseaban solas o que usaban sexualmente a gladiadores y esclavos. La serie Spartacus, es un buen ejemplo. Esas mismas matronas, representadas de una forma más cercana a como realmente vivieron, veladas y con manga larga, darían menos juego en pantalla.

Seres domésticos

Por otro lado, también han reproducido una imagen de las mujeres como seres domésticos. Un audiovisual del mundo clásico en que aparecieran mujeres herreras, carniceras, pintoras, en las obras o dirigiendo talleres parecerían «forzadas» o serían acusadas de woke, pese a ser lo que documenta la historia.

El trend de redes sociales de «¿cuántas veces piensas en el imperio romano?», en el fondo, era un trend muy masculino, como masculinas siguen siendo sus representaciones. Recordemos que tanto en Gladiator como en su secuela las esposas de los protagonistas no tienen siquiera nombre. Asimismo, mientras que nos resulta fácil repetir el alegato y el nombre de Máximo Décimo Meridio, igual nos costaría más recordar el nombre de Lucilla. Lo mismo pasa con 300 y la reina Gorgo. De hecho, en La legión del águila (2011), adaptación de una novela de Rosemary Sutcliff, directamente se eliminaron muchos de los personajes femeninos.

Aun así, las cosas también han ido cambiando. La serie de Domina (2021-2023) se centra en la vida de Livia, e intenta darle una vuelta a su imagen tradicional. También en Romulus (2020-22) la esposa de Rómulo, Ilia, tiene un papel destacado, que no viene, precisamente, de las fuentes clásicas. Puede que, en un futuro, veamos más mujeres griegas y romanas siendo protagonistas, y no meras comparsas, villanas o ninfómanas, aunque hayamos tenido grandes oportunidades perdidas, como hubiera podido ser una representación diferente de Artemisia de Caria en la secuela de 300 o una Fulvia que nunca llegó a aparecer en la serie Roma. Habrá que ver, en los estrenos que se adivinan en lontananza, como la Odisea de Nolan, qué papel juegan mujeres tan potentes en la historia original como Penélope o Circe.

Este reportaje se ha publicado originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

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‘El agente secreto’ es otro nivel

Por: Manuel Ligero

Ya tendremos tiempo de perdernos en los infinitos meandros de una película laberíntica, no impacientemos al público, vayamos al grano: El agente secreto es una obra maestra. Monumental. Exuberante. Arrolladora. Cuenta con un relato tan poderoso, con una puesta en escena tan opulenta, que ni siquiera su sofisticación narrativa logra espantar al público generalista. No se pueden apartar los ojos de El agente secreto, aunque no sepas muy bien lo que está pasando. Desde el primer plano hasta el último, a lo largo de 2 horas y 41 minutos cortísimos, la película engancha recurriendo al más difícil todavía: la falta de literalidad. Toda una audacia en este tiempo textual y sin matices.

En El agente secreto no hay ningún agente secreto. Se trata de una trampa estilística, de un guiño cinéfilo, de una atmósfera, de un macguffin, de una metáfora, todo junto: Kleber Mendoça Filho recupera el pulso de los thrillers más populares de la década de 1970 (Los tres días del cóndor, Marathon Man, Chacal) manteniendo intacto el misterio y prescindiendo de casi toda la acción (La conversación, El amigo americano), diluyendo la solemnidad con referencias cómicas (Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo) y tratando de hacer un retrato corrosivo de su país que es aplicable tanto a los años de plomo en los que está ambientada como a los actuales. Tremenda ambición… que no se queda ahí.

Cuando en la morgue encuentran una pierna humana en el estómago de un tiburón, asistimos al feliz cruce entre los universos de David Lynch y Steven Spielberg (el escualo cinematográfico por excelencia recorre toda la película). Cuando usa el truco de la doble focal (split-focus diopter), remite directamente a Brian De Palma, introduciendo una tensión que electrifica la apuesta estética de la película y trasciende lo que entenderíamos por un diseño de producción –por otra parte– extremadamente fiel a la época. Cuando presenta a la esposa del protagonista (Alice Carvalho) lo hace con un prodigioso recurso de montaje (aparece en un plano fugaz antes de introducirla formalmente), desmarcándose de la edición lógica y abrazando la nouvelle vague. Uno empieza a enumerar las filigranas técnicas de El agente secreto y no acaba. Pero la esencia (enigmática, paranoica, retorcida, violenta) de la historia va más allá de un ejercicio de estilo y de su capacidad asombrosa apara amalgamar referencias cinéfilas mainstream y artefactos vanguardistas. Mendoça Filho está condensando su país en imágenes. Y lo hace desde un emplazamiento inopinado: Recife, a más de 2.000 kilómetros de la trilladísima Río de Janeiro. Muchos brasileños no lo han entendido. Tampoco los foráneos, pero por otras razones. Así y todo, el aplauso es unánime y global. Con razón.

Otro nivel

Es inevitable comparar este título con el filme que ganó el Oscar a la mejor película internacional el año pasado, Aún estoy aquí, de Walter Salles. Ambas están ambientadas en los años setenta. Ambas hablan de un régimen opresor. Estilísticamente no pueden ser más diferentes. Mientras la de Salles es un drama político canónico (con presentación, nudo y desenlace), la de Mendoza Filho desborda los límites del género, funciona como retrato sociológico intemporal, desdibuja los contornos de los personajes, mantiene al público en vilo explicando muy poco y muy lentamente, los villanos de la historia no llevan el uniforme del ejército ni pertenecen al gobierno y los perseguidos no pertenecen a ningún partido ni a un grupo revolucionario.

Dice la crítica local que si el brasileño medio no se reconoce en El agente secreto es por la dificultad que tiene para aceptar su pasado y cómo éste acaba manifestándose en el presente. Hablan de desmemoria y de indiferencia a la hora de conocer la historia de la dictadura militar, con su corrupción galopante, y de identificarla como caldo de cultivo del Brasil actual. El diagnóstico podría ser compartido plenamente por los españoles.

Hay un momento tragicómico en el que la Policía disfraza un edificio oficial de comisaría para que una mujer rica acusada de atropellar a la hija de su sirvienta pueda prestar declaración más cómoda y a resguardo de miradas indiscretas. La escena encaja perfectamente con las desmedidas atenciones que los regímenes totalitarios suelen dispensar a la gente con dinero, pero va más allá: está inspirada en un hecho real ocurrido en 2020. La mujer acusada (blanca y rica, por supuesto) disfrutó del anonimato gracias a una ley que prohíbe difundir los rostros y los nombres de las personas procesadas si éstas tienen algún parentesco con miembros de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Cuando Lula legisló en favor de ampliar los derechos laborales de las empleadas domésticas (mayoritariamente negras y pobres), se extendió entre la clase media blanca lo que el profesor Mauro Porto llama «un pánico de estatus» que cristalizaría en la victoria electoral de Jair Bolsonaro. Mendoça Filho es capaz de sintetizar todo esto en una escena que se mueve entre el teatro del absurdo y el vodevil. Y es sólo uno de los muchos enfoques sociales de una historia que nunca es puramente social, ni puramente política, nunca es obvia, a veces ni siquiera es entendible, y sin embargo es fascinante.

También es perturbadora, como demuestra la figura de Lisa/Elis, una gata con dos caras que simboliza la doble identidad del protagonista (un sensacional Wagner Moura), de los perseguidos con los que comparte refugio y de todo un país, tan terrible y violento como arrebatadoramente cálido y bello.

Si El agente secreto no discurriera por cauces narrativos tan poco convencionales, es casi seguro que se repetiría lo que ocurrió con Parásitos hace seis años: que ganaría el Oscar a la mejor película y a la mejor película internacional. Parece poco probable, ya que se trata de una historia que está desafiando al espectador todo el rato y los académicos lo quieren todo masticado. Y tampoco le hace falta. También ahí El agente secreto se mueve en otro nivel.


‘El agente secreto’, de Kleber Mendonça Filho, se estrena en cines el viernes 20 de febrero.

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Arte para transformar la realidad. O la cuenta bancaria.

Por: José Ovejero

14 de febrero

Me gusta el cine de Wim Wenders desde que vi Alicia en las ciudades; me gusta incluso cuando hace películas que en conjunto me parecen fallidas, como ¡Tan lejos, tan cerca! o El hotel del millón de dólares. En todas encuentro momentos que me emocionan o interesan, quizá por su atención a detalles mínimos de lo humano que cobran relieve no solo por lo que dicen y hacen los personajes, sino también por la atmósfera –los encuadres, los colores, los silencios, la música– en la que discurre todo.

No me sorprende sin embargo su declaración sobre la postura de la Berlinale en cuanto al genocidio en Gaza. Al fin y al cabo, su obra apenas se acerca a asuntos sociales y políticos, mucho más centrada en cuestiones estéticas y de eso que, podríamos llamar, aunque sea simplificar un asunto complejo, la emoción individual.

Wim Wenders ha afirmado que la Berlinale debe mantenerse al margen de la política. Lo entiendo: un certamen internacional al que concurren películas de tantos países, de tantas culturas, de tantos sistemas y valores debe ser muy precavido a la hora de pronunciarse sobre cuestiones políticas, también por el riesgo de hacerlo a partir del sesgo de nuestras democracias liberales. Pero hay casos en los que mantenerse al margen de la política significa mantenerse al margen de la humanidad. Gaza es uno de ellos.


El final de la frase es importante. Quizá deberíamos preguntarnos por qué exigimos que festivales e instituciones se pronuncien sobre el genocidio en Gaza –y me parece muy bien que se haga, que nadie me malinterprete– pero no sobre el genocidio en Sudán. Y creo que tampoco se hizo con la misma intensidad cuando tuvo lugar el genocidio en Ruanda.

La respuesta obvia es que sabemos menos de esas zonas del mundo. Pero también podríamos preguntarnos por qué.


18 de febrero

Conversación en unos encuentros culturales. Una vez más sale el tema de la proliferación de escritores y escritoras que parecen más empresas de autopromoción y networking que creadores centrados en su obra. Me consuela que las críticas no vengan solo de gente de más de cincuenta años; también los hay más jóvenes y expresan su rechazo hacia una manera de concebir el arte en la cual este es secundario frente a la tarea de obtener el apoyo y la atención pública. Si no fuese por ellos, tendría la impresión de estar en un grupo de viejos refunfuñando sobre la siguiente generación. Cuento que en un papiro egipcio ya se menciona que los «jóvenes de hoy» no tenían respeto, tema que, cambiando levemente la crítica, ha atravesado los siglos y las civilizaciones.

Pero además sería injusto decir que el automarketing –puede que me acabe de inventar este palabro– y el me placement –venga, sigamos generando anglicismos de mercadotecnia– sean solo iniciativas de creadores jóvenes. Se me ocurre más de uno ya entrado en años que ha aprendido las técnicas con una agilidad sorprendente para su edad.


Por críticos que seamos con él, tendemos a apreciar más el mundo del que venimos que el que llega. Quizá porque hemos olvidado la mayoría de los miedos y malestares pasados –sabemos que los tuvimos, pero las sensaciones se han difuminado– y son más vívidos los que provoca un presente amenazante. Pero el presente siempre ha sido amenazante, en cada tiempo a su manera. La guerra fría, la guerra de Vietnam, la amenaza nuclear en los sesenta y setenta, la crisis del petróleo en los setenta, el desmantelamiento de los sindicatos y el inicio del imperio de un neoliberalismo feroz en los ochenta, las convulsiones en el Este y la guerra en la ex Yugoslavia en los noventa, el atentado contra las Torres Gemelas, guerras en Oriente Próximo, Chernóbil, Fukushima, crisis bancaria a principios de este siglo, y por supuesto los cambios de mentalidad que fue introduciendo la transición de los sistemas del bienestar a una mentalidad de competencia, individualismo y frío social.

Lo malo del presente es que su resolución es incierta, mientras que el pasado, para bien o para mal, ya ha cumplido sus promesas y sus amenazas.


No sé por qué entro en las redes a estas horas de la tarde con lo mal que me sienta. Hoy descubro a mi pesar un vídeo repulsivo de dos políticos de Vox hablando de lo que les gustaría hacer si llegan al poder. Cada vez que la extrema derecha habla del futuro, salen palabras como motosierra, buldócer, lanzallamas. Por sus metáforas los conoceréis.


19 de febrero

Durante un coloquio en Málaga sobre La ética de la crueldad, sale el tema de la insensibilización a la que nos somete la hiperviolencia en las pantallas. Y es verdad que la casquería se ha instalado en ellas de forma ya estomagante, pero pensemos que hace siglo y medio el público acudía a ejecuciones como entretenimiento.

¿Es eso lo que nos insensibiliza, asistir a la violencia en videojuegos, películas, informativos y redes sociales? ¿Es eso lo que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno? Puede que todo ello no sea la causa sino el resultado de un sistema que nos empuja a romper los lazos de solidaridad, presentando al «otro» como enemigo, amenaza o, por lo menos, competidor. El arte de cada época refleja el inconsciente colectivo, con sus hegemonías y sus disidencias. Y aunque yo aún creo que el arte cambia la realidad, también creo que la realidad cambia más aún el arte.

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«Mugitzen ninduten material batzuk modu sentsorial eta kolektiboan aktibatu nahi nuen»

Por: Danele Sarriugarte Mochales

Oreka zailak bilatu —eta lortu— ditu Irati Gorostidik bere fikziozko lehen luzean: garai bat aktibatu du, jarrera kritikoz eta epairik gabe; sekuentzia luze sentsorialak eraman ditu zine-aretoetara.

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Todas somos brujas

Por: Barbara Celis

Este artículo forma parte del dossier ‘Obreros de ultraderecha’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.

Aterrizo en madrid y escucho hablar sin parar de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Yo vivo en Italia, patria del Vaticano, donde me han dicho cosas como «yo voy poco a misa, solo los domingos». Pero visto que en el último año he sido fagocitada por un jubileo y un cónclave, decido que –de perdidos al río– voy a ver la película, aunque intuyo que hay algo raro en el ambiente porque no es normal que todo pase a la vez: Rosalía se viste de monja y habla de Dios, Javier Cercas se forra vendiendo libros sobre un viaje con el papa Bergoglio, el Madrid institucional celebra la Navidad invitando a cantar a un grupo de dudosa calidad musical pero fervor indiscutible llamado Hakuna y una serie tan alejada de la religión como Machos Alfa incluye en su última temporada la conversión a cura de uno de sus protagonistas más golfos.

En los periódicos españoles no dejan de aparecer artículos analizando precisamente la coincidencia de esos fenómenos. En Francia avisan de que hay un auge de bautismos entre adultos. En Italia, cantantes como Elodie o Annalisa también han recuperado la iconografía católica que hace décadas convirtió a Madonna en hereje oficial, pero sobre todo hay un boom de influencers que te enseñan cómo vestirte para ir a misa o te leen la Biblia por si tú no eres capaz. El fenómeno de los tiktokers que evangelizan es global: también se da en España, Latinoamérica y, a lo bestia, en Estados Unidos. Los expertos se preguntan si estamos ante un regreso de la espiritualidad. Afirman que la generación Z está perdida y desilusionada ante la falta de perspectivas laborales y necesitan volver a creer en algo. Nos dicen que estos fenómenos culturales reflejan lo que ocurre en el interior de muchas almas: la gente está volviendo a creer porque el capitalismo, ¡ay, dios!, les ha decepcionado.

Creer en Jesucristo puede que esté de moda, como lo está desde hace ya algunos años creer en la meditación y en el yoga. Pero en todos estos análisis se olvidan de que la solidaridad también estaba incluida en el cristianismo original. Pero en esta nueva ola nadie dice «ayudemos al prójimo», «creo en Dios porque él me ha enseñado que hay que luchar contra las injusticias».? ? Al contrario, creer parece ser parte del culto al yo: «Voy a meditar para sentirme mejor», cuando los verdaderos budistas meditan por la paz en el mundo. En la película Los domingos, el mensaje es acrítico: «Voy a hacerme monja porque he sentido la llamada de Dios», y punto. Otra muestra más del individualismo desmedido del siglo XXI, en realidad un subproducto de ese mismo capitalismo contra el que, en teoría, se rebela esa vuelta a la fe. Pero… ¿y si estas manifestaciones cristianas que ahora pincelan nuestra cultura pop simbolizaran algo mucho menos inocente? ¿El reflejo, en formato consumible, de esos tiempos oscuros con los que nos amenazan desde múltiples frentes ideológicos? Porque no hay que olvidar que en el Proyecto 2025, la hoja de ruta de Trump, el cristianismo, en su vertiente más rancia, guía muchas de las decisiones políticas: la única familia es la formada por un hombre y una mujer, el aborto es pecado, los inmigrantes amenazan a la raza blanca y podría sustituirla si no los echamos, la mujer tiene una sola misión: dedicarse a la crianza, y toda esa serie de valores ultraconservadores, racistas y machistas promovidos también a través de organizaciones como el Congreso Mundial de Familias o la Red Política por los Valores.

Esos centros de poder canalizan millones de euros que sirven para financiar a Vox y otros partidos ultraderechistas como Fratelli d’Italia. Con ese dinero ganan elecciones y así consiguen que esa ideología se convierta en legislación, como ya ha ocurrido en Hungría, el modelo político de éxito para la ultraderecha cristiana. Seguramente también lo replicará Chile, donde José Antonio Kast, presidente de la Red Política por los Valores, acaba de ganar las elecciones.

Aviso a navegantes: si no estamos alerta no va a ser solo Rosalía la que se vista de monja con fines comerciales sino tu compañera, tu madre o tu hermana, y no precisamente para vender discos, sino para que no la quemen en una hoguera. Porque además, las brujas han vuelto. En el nuevo relato ultraderechista, bruja es el insulto más utilizado contra la relatora especial de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, y contra toda mujer que defienda públicamente hoy cualquier idea progresista. Ideas que hasta hace unos años eran consideradas mainstream –desde la igualdad de género a la defensa de los inmigrantes–, pero que, con el empoderamiento de la ultraderecha, se han convertido en asuntos de… brujas.?

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Concierto en cines: Queen Rock Montreal

Por: Discos Ruidosos

 

Queen Rock Montreal

Jueves 12 de febrero, 20:15 h

Yelmo

Entradas: 9,90€

 


Cines de 35 localidades españolas, entre ellas Albacete, acogen el estreno de ‘Queen Rock Montreal‘. El icónico concierto del grupo, grabado en 1981 en el Forum de Montreal, regresa a la gran pantalla remasterizado en imagen y sonido como evento cinematográfico musical por tiempo limitado.

Protagonizada por Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon, la película captura a la banda en uno de los momentos más vibrantes de su carrera. Con una puesta en escena arrolladora y una energía que convirtió este concierto en referencia de la historia del rock

 

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Unas películas en DVD a la venta

Contacto: discosruidosos@gmail.com

Gladiator

Precio: 4€

Apocalypse Now (Redux)

Precio: 4€

Amelie

Precio: 3€

 

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