Radio Almaina - El Canto de la Tripulación nº57: En el manantial de soledad con Las Nuestras
El Canto de la Tripulación nº57: En el manantial de soledad con Las Nuestras
¿La película es mala o es que yo soy viejo?
Hay un reduccionismo que campa a sus anchas en esta época: el de juzgar las opiniones según la edad de quien las emita. Si tienes una cierta edad y algo no te gusta, y lo dices, la respuesta suele ser: «Es normal. Tú no puedes entenderlo. Eres viejo». Y hay algo de verdad en eso. Pero sólo algo.
La audiencia que acudió en 1913 al estreno de La consagración de la primavera, de Stravinsky, creyó que se le iba a ir la olla. Cuando empezó el segundo acto ya no podían soportar más aquel ritmo disonante y epiléptico. Elegantes señores, con sombrero de copa y monóculo, empezaron a gritar y a patalear. Las damas propinaban paraguazos a diestro y siniestro. La histeria acabó en batalla campal, a hostia limpia en la platea del Teatro de los Campos Elíseos, en París. Lo que le ocurrió a aquel público tiene una explicación neurológica: el cerebro aprende a lo largo de su vida frecuencias y patrones musicales, y cuando algún sonido se sale de ellos, saltan las alarmas. Este aviso puede provocar un malestar extremadamente desagradable. Y eso es precisamente lo que buscaba Stravinsky: que el público aprendiera algo nuevo. Por las malas. En esa misma época llegaría también Schönberg con un arma de destrucción masiva, el dodecafonismo, que cambiaría para siempre lo que entendemos por «música clásica». Molestar, irritar, cabrear es algo intrínseco a las vanguardias.
Hoy nos parece inconcebible que hace 70 años hubiera gente que pensara que el rock and roll era simplemente «ruido». Hasta los Beatles tuvieron que hacer frente a críticas parecidas. Y lo que ocurría, simplemente, es que sus cerebros no estaban preparados. Y, ojo, esto no está ligado necesariamente a la edad sino al aprendizaje: los cerebros jóvenes tampoco están preparados para determinadas cosas (en principio, para prácticamente nada), pero lo aprenden. Igual que los viejos, sólo que estos lo hacen con más dificultad.
Hace unos días, en las redes sociales de La Marea, un usuario se sinceraba sobre la opinión que le merecía Bad Bunny: «Es un reguetonero y yo por eso le tuve rechazo, luego me enteré más de quién es y es una buena persona, y además un tío valiente. Ya con canas, pero otra lección que aprendí sobre los prejuicios». Aquel señor es un ejemplo de que se puede aprender algo nuevo sin importar la edad, pero hay que poner voluntad (o desprenderse de ella, si nos ceñimos a la peculiar interpretación de Schopenhauer). En resumidas cuentas, el gusto se cultiva.
Queda claro, pues, que está al alcance de todo el mundo introducir un factor corrector en la contemplación de cualquier expresión artística. No es sólo decir «esto no me gusta», sino preguntarse «¿por qué no me gusta esto? ¿qué es lo que no entiendo? ¿qué me estoy perdiendo?». Son preguntas muy pertinentes a la hora de acercarse, por ejemplo, al cine de Albert Serra. Y a partir de esas simples preguntas nuestra «representación del mundo» (por continuar con Schopenhauer) cambia, se densifica, se refina, se ensancha. La otra opción es tirar por el camino de en medio y decir «Albert Serra es un payaso», lo que convendremos en que, sin entrar en descalificaciones, es un juicio apresurado.
Otro ejemplo de atropellamiento crítico sería ver Los pecadores y exclamar: «¡Pero qué puta mierda es esta!». Un juicio apresurado, sí, pero absolutamente comprensible. Y más comprensible aún entre un público mayor que, por un lado, está poco acostumbrado a las narraciones caóticas y, por el otro, tiene la sensación de haber visto ya esta película.
Los pecadores y la neuroplasticidad
La sensación de vértigo ante una narración incoherente es algo puramente generacional: los cerebros de personas de mediana edad, como los de los asistentes al estreno de La consagración de la primavera, no están acostumbrados al tsunami de información que sí consumen sin dificultad los nativos digitales. La generación Z puede pasar horas haciendo scroll, saltando de unos contenidos a otros sin más conexión que la proporcionada por el algoritmo de la plataforma elegida y de hacerlo, además, sin remordimientos. Pero como el mundo globalizado es como es, tampoco los mayores de 40 pueden abstraerse a los cantos de sirena de la economía de la atención. A veces pican y quedan atrapados en la rueda de hámster de los reels. La diferencia está en el impacto emocional que esa actividad les produce a jóvenes y a mayores; estos últimos, cuando miran el reloj y se dan cuenta de que se han pasado media hora mirando vídeos de gatos en el móvil, entran en pánico. Muchos sintieron lo mismo al ver Todo a la vez en todas partes, otro ejemplo doloroso de relato deslavazado à la mode.
Como ya anticipó Marshall McLuhan, cada vez que inventamos una herramienta, esta altera el equilibrio de nuestros sentidos y, por lo tanto, cómo funciona nuestra mente. El medio es más importante que el mensaje. Y el medio por excelencia, hoy en día, huelga decirlo, es un pandemonio digital infinito, ensordecedor, absorbente, confuso e inhabitable… para ciertas personas, claro. Para otras es simplemente el aire que respiran, la cultura de su tiempo, lo normal.
En Los pecadores se encadenan el cine negro, la cuestión racial, la religión, el sexo, la historia estadounidense, el folklore global y los vampiros. ¿Un cóctel con demasiados ingredientes? Para los jóvenes espectadores, no. La película de Ryan Coogler es un bocadillo de nocilla con sobrasada que paladean con verdadero deleite. ¿Se equivocan –ellos y los académicos de Hollywood, que la han nominado a 16 premios Oscar– al ensalzar semejante revoltijo? Puede que sí, pero no del todo. Ya lo veremos después.
Batiburrillo posmo
Otra de las sensaciones que atormentan al público adulto de Los pecadores es la constatación –demasiado evidente– de asistir a una redundancia. Y efectivamente lo es para ellos, claro, que pagaron una entrada en 1996 para ver Abierto hasta el amanecer y que, 10 años antes, alquilaron en el videoclub Cruce de caminos. Pero el mundo actual (el mundo como voluntad, y volvemos a Schopenhauer) no son ellos. O mejor dicho, sí son ellos (como lo es todo hijo de vecino), pero su representación del mundo tiene poca o ninguna influencia en la producción audiovisual actual. Se hacen escasas películas para ellos. De hecho, los grandes estudios de Hollywood hacen escasas películas en general, ya que siempre están a la búsqueda del pelotazo, del blockbuster, de la devolución inmediata y multiplicada con creces de unas (pocas y contumaces) inversiones multimillonarias. «Este Superman no ha funcionado. Vamos a hacer otro. Y otro más. Y otro. Y otro Spiderman. Y otro más. Y un Spiderman de dibujos animados. Y otro más…», y así andan, obsesionados con encontrar la gallina de los huevos de oro y desatendiendo a un público cada vez menos dispuesto a pagar una entrada para que le cuenten lo mismo de siempre.
La gran paradoja es que, desde los bisontes de Altamira, el arte cuenta «lo mismo de siempre» con variaciones, ligeras en unos casos y súbitas en otros –cuando aparecen movimientos vanguardistas–, sin que se llegue a romper nunca el hilo que une la pintura rupestre con el iPhone. El «todo se ha hecho ya», el «todo está inventado» es una constante histórica; lo que ocurre ahora es que se nota especialmente, y a eso lo llamamos posmodernismo. La quintaesencia posmoderna sería la IA, que todo lo chupa, lo mezcla y lo escupe como si fuera nuevo.
Lo que chirría en cierto posmodernismo es que su técnica de collage, ejecutada de forma grosera, acaba por producir hastío. Como explicaban Jordi Balló y Xavi Pérez en Yo ya he estado aquí, el público adora los escenarios conocidos, pero si te pasas de rosca, determinados espectadores sentirán rechazo. Son aquellos que por razón de edad, es decir, por pura biología, sin que sea necesario poseer una cultura excepcional, han visto más cine, han leído más libros y han escuchado más música. A esa gente, precisamente, Los pecadores les parecerá comida recalentada.
En un libro anterior, La semilla inmortal, Balló y Pérez concentraban aún más su discurso y se ocupaban de los mitos esenciales que, una y otra vez, reaparecen en todas las narraciones desde que el mundo es mundo, y con singular insistencia desde la invención del cine. No hablamos aquí de ese déjà vu típicamente posmo, sino del mapa genético de la ficción occidental, de los verdaderos pilares de nuestra cultura. En el conjunto de historias enunciado por los autores están, por ejemplo, el retorno al hogar (La Odisea), la búsqueda del tesoro (las Argonaúticas), la fundación de una nueva patria (La Eneida), el amor prohibido (Romeo y Julieta) o el ansia de poder (Macbeth). También está, lógicamente, el mito de Fausto, el del pacto con el diablo, y ese es precisamente uno de los elementos más sugerentes en el alambicado pastiche de Ryan Coogler.
El Fausto americano
En el folklore estadounidense, la leyenda fáustica por excelencia es la de Robert Johnson. Se cuenta que Johnson era un músico de blues del montón hasta que una noche, en la intersección de las autopistas 61 y 49, en Clarksdale (Mississippi), tuvo un encuentro con un hombre misterioso. El hombre en cuestión tomó su guitarra y la afinó. Cuando se la devolvió, el pacto quedó sellado: Johnson se convertiría en el mejor guitarrista del mundo. ¿La única pega? Que su alma ya no le pertenecía. Murió con 27 años.
La leyenda ha dado pie a multitud de versiones, como la ya citada de Walter Hill o la de la tercera temporada de Hap and Leonard, que adorna la historia dándole un toque escatológico: el guitarrista y el diablo cierran su trato orinando en el mismo frasco y bebiendo de él. Hap and Leonard es una serie deliciosa, en serio.
Coogler ubica la historia de Los pecadores precisamente en Clarksdale y en torno a una guitarra alrededor de la cual concitará los grandes pecados de su país, con la segregación racial y el puritanismo a la cabeza de sus pertinaces abominaciones. Ese ambiente, esa música, esa vocación por vestir la acción con temas importantes son lo mejor de la película. De hecho, evitan que se despeñe cuando la narración se entrega al disparate y aparecen los vampiros, que son una metáfora… ¿de qué exactamente? Pues ese es el problema, que muy claro no está, pero podemos barruntar que se trata de la asimilación cultural: los vampiros ofrecen a la comunidad afroamericana una falsa libertad, sin racismo, a cambio de renunciar a su identidad. La tentación por esquivar el dolor es grande, pero ninguno da el paso voluntariamente. A pesar de las bonitas palabras del vampiro jefe, tiene que mediar la violencia para que abandonen el blues y se pongan a chupar sangre y a bailar blanquísimas tonadas irlandesas. Más o menos como ocurre con el capitalismo: sin bellas palabras, falsas promesas de libertad y la amenaza de una existencia miserable, nadie entregaría su vida para enriquecer a otro.
Pero en la comunidad vampírica de Los pecadores hay un matiz incluso más interesante que ese: el hecho de que esté comandada por un irlandés. Se trata de la persona que ocupa el penúltimo peldaño de la escala social (el irlandés) tratando de someter a quien ocupa el último peldaño (el negro). Jorge Dioni López, siempre perspicaz, ilustró el fenómeno en estas mismas páginas: «Tener a alguien abajo [el rider que te lleva la comida a casa, por ejemplo] nos da la sensación de estar arriba». Esta pretensión explica en parte el actual auge de los obreros de ultraderecha, dispuestos a impedir por cualquier medio (mentiras, racismo, agresiones y votos) la movilidad social de quien está por debajo de ellos: los migrantes.
Pero todas estas líneas son un ejercicio de intelectualismo. Buscamos explicaciones plausibles a algo que no entendemos muy bien. En realidad, si la película de Coogler, a pesar de todas sus extravagancias, logra conectar con el espectador mayor es porque toca una tecla (aunque sería más exacto decir una cuerda) que, no por misteriosa, deja de ser absolutamente real: «Hay leyendas que hablan de personas que nacen con el don de hacer una música tan auténtica que puede traspasar el velo que separa la vida de la muerte, invocando a espíritus del pasado y del futuro». Es difícil expresar mejor un prodigio que se antoja inefable, el de la emoción producida por una música que atraviesa océanos de tiempo, que arrastra ecos de culturas lejanas, que parece surgir del centro de la tierra y que conmociona, trastorna los sentidos y revuelve las entrañas. Es algo misterioso, sí, pero es real. Los flamencos lo llaman «duende». Quien haya oído una siguiriya de Terremoto o una soleá de Fernanda, lo entiende.
Si una película es capaz de sostenerse sobre una idea tan difícil de trasladar, tan mala no será, ¿no?
O sí.
Vaya usted a saber.
‘Los pecadores’, estrenada el año pasado, aún se proyecta en algunas salas y también se encuentra disponible en la plataforma de Movistar+.
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Hablar con fascistas
2 de febrero
En 1991 Donna Haraway escribe: «La dolorosa fragmentación existente entre las feministas (por no mencionar la que existe entre las mujeres) en todos los aspectos posibles ha convertido el concepto “mujer” en algo esquivo, en una excusa para la matriz de la dominación de las mujeres por ellas mismas».
El mundo siempre ha sido una colonia, en el sentido de que gente ajena al territorio se ha beneficiado de sus recursos y para ello ha impuesto estructuras de poder ajenas a la voluntad de la población autóctona (y cuando digo «ajenas a la voluntad» incluyo voluntades manipuladas por el soborno, el chantaje y la desinformación). Su descolonización aparente en la segunda mitad del siglo XX, que daba una apariencia de legitimidad a la explotación, está dando paso a sus más desvergonzadas manifestaciones. El marionetista ya no se oculta tras un telón oscuro, podemos ver las manos moviendo los hilos de sus criaturas y su gesto autocomplaciente al revelar su poder casi absoluto.
4 de febrero
Al pobre Pasolini le sucede como a Hannah Arendt y a Adorno, que los cita con entusiasmo gente que no los ha leído nunca. La filosofía de Arendt se ha visto reducida a un concepto que es de buen gusto citar y que vale para un roto y para un descosido: la banalidad del mal. Si las y los columnistas de opinión se acuerdan alguna vez de Adorno es para repetir como papagayos, a menudo mal o de forma sesgada, que la poesía es imposible después de Auschwitz.
Y Pasolini, como hemos visto estos días, sirve a los tibios para hablar del fascismo de los antifascistas.
¿Han leído alguno de sus artículos sobre el tema? Y, de paso, ¿han visto esa foto en la que Pasolini se lía a puñetazos con un fascista del MSI? En sus artículos sobre el asunto, que se pueden consultar en el breve volumen publicado por Galaxia Gutenberg, Pasolini condena sobre todo dos cosas: el antifascismo de los liberales burgueses, que es fingido o solo útil para ellos en determinados momentos históricos y puede cambiar de bando con facilidad, y que el antifascismo se entretenga con el inocuo deporte de condenar fieramente los fascismos del pasado, que ya no existen.
A él le parecía que se estaba perdiendo la oportunidad de hablar con los jóvenes fascistas, y esto puede parecer que lleva el agua al cansino molino de los y las que afirman que es fascista no sentarse a conversar con Aznar o Espinosa de los Monteros. Afirmaba que el diálogo no debía establecerse con los que llamaba los «fascistas arqueológicos» (con ellos, como hemos visto, podía liarse a puñetazos), ese residuo insignificante de la historia formado por quienes aún creían en Mussolini o en el fascismo histórico, sino con todos aquellos jóvenes cansados y rabiosos que buscaban una salida y una liberación en la energía de los neofascismos –creo que él no usó esa palabra–. Había que hablar con ellos, entenderlos, y por supuesto ofrecerles otras posibilidades.
El error en el análisis de Pasolini era pensar que los fascistas arqueológicos habían perdido la batalla debido a la televisión: afirmaba que Mussolini fue capaz de enardecer desde la tribuna pero no lo sería ante una cámara, que desvelaría su vacío y su estupidez, mostrándolo tal como era. Así que dedicarse a criticar aquel fascismo era una postura inocua y falsa.
¿Qué pensaría hoy Pasolini viendo a Trump, Abascal o Milei? Esos ignorantes de discurso vacío y brutalmente agresivo –como sucedía con Mussolini– que sin embargo no paran de crecer. ¿Qué pensaría, en España, viendo a personajes así vendiendo su mercancía averiada por los platós, en las páginas de una prensa subvencionada –por los partidos o por las grandes empresas– y en encuentros supuestamente «culturales»? ¿Querría conversar con ellos en aras de la tolerancia?
La ética impone límites a la cortesía; hay ciertas manos que no se deben estrechar salvo en contadísimos y urgentísimos momentos en los que ese contacto indeseable puede servir, por ejemplo, para salvar vidas. Me parece mezquino y sucio afirmar que es fascista el antifascismo de quien sencillamente no quiere compartir espacio y titulares con quienes han iniciado guerras mintiendo, con quienes han pertenecido a partidos que prohíben la entrada a sus actos a periódicos no afines –pero ahora se quejarán de que los cancelen a ellos– o fomentado la persecución de menores; con quienes aún hoy se niegan a condenar una dictadura, ayudando así a legitimarla.
No querer hablar con gente que apoya la deriva fascistoide y autoritaria y despiadada de la sociedad, puede parecer o no una buena estrategia. Condenar moralmente esta actitud está tan fuera de lugar como apuntarse al latiguillo supuestamente pasoliniano para poner en el mismo plano a quien defiende una posición ética no queriendo estar en ciertos lugares con ciertos individuos, y a quienes, con sus actos y palabras y sus omisiones culpables, normalizan la dictadura. No estamos hablando de un pasado remoto sobre el que conversar apaciblemente. Franco, Mussolini, Hitler, Stalin no están tan muertos como creíamos y no se puede exigir a nadie que venza su repugnancia y departa con quienes contribuyen a mantenerlos vivos.
Hacer además una contorsión intelectual para decir que si han sido elegidos democráticamente hay que respetarlos es otra forma de vileza. ¿Hace falta recordar los dictadores de todo el mundo que llegaron al poder a través de elecciones? Me voy a subir yo también un momento a la ola neocristiana que nos inunda y citar a Jesucristo: por sus hechos los conoceréis. Y los conocemos de sobra.
Releyendo lo que acabo de escribir pienso algo que he pensado más de una vez y que no contradice lo anterior: me gustaría escribir más en periódicos con cuya ideología no concuerdo y cuyos lectores no concuerdan con la mía. No tengo miedo al contagio ni a conversar con quien piensa diferente. Es solo que traspasar ciertos límites te hace salir sucio del otro lado.
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Sabiduría del agua: lo que las primeras civilizaciones sabían (y nosotros hemos olvidado)
Cuando hablamos de civilización y tecnología, solemos pensar en el presente: satélites, inteligencia artificial, rascacielos de cristal, embalses colosales… y sin embargo, cada vez que excavamos el pasado, algo nos hace detenernos.
Una y otra vez, las primeras civilizaciones de la humanidad nos dan una lección de sabiduría que resulta más moderna y más urgente que muchos avances de hoy. Especialmente en algo esencial y sagrado: el agua.
¿Quiénes son los verdaderamente avanzados?
Observamos las antiguas civilizaciones de Caral, Sumeria, Egipto, Harappa, los Olmecas, los Anasazi, los Celtas o los Minoicos y nos enfrentamos a un espejo incómodo pero revelador: fueron pueblos que vivieron en profunda armonía con la naturaleza, frente a una civilización moderna que ha hecho del desequilibrio su norma.
Estas culturas, a pesar de haber surgido en entornos climáticos difíciles (desiertos, selvas, montañas, islas volcánicas…), no impusieron su voluntad sobre la Tierra, sino que aprendieron a escucharla, leerla y fluir con ella.
- Su gestión del agua no era extractiva, sino ritual y cooperativa: desde los canales sagrados de Caral hasta las cisternas de Dholavira o los pozos urbanos de Harappa, el agua era vista como fuente de vida y equilibrio, no como recurso ilimitado para explotar.
- Su agricultura era regenerativa, local y sabia: sin monocultivos, sin pesticidas, sin devastación masiva del suelo. Cultivaban con la luna, rotaban los cultivos, respetaban el descanso de la tierra. La productividad no se medía en toneladas, sino en sostenibilidad multigeneracional.
- Sus construcciones estaban integradas en el paisaje: ciudades de adobe que respiraban con el clima, terrazas que evitaban la erosión, palacios con ventilación natural, drenajes que imitaban el curso del agua. La arquitectura no se alzaba contra la naturaleza, sino que se tejía con ella.
En cambio, la civilización actual es tecnológicamente brillante pero espiritualmente desarraigada; ha olvidado esa danza antigua con el entorno. Nuestra relación con la naturaleza se ha vuelto instrumental, industrial y destructiva:
- Construimos megaciudades que devoran suelo fértil.
- Contaminamos ríos y construimos represas sin alma.
- Industrializamos la agricultura hasta el punto de envenenar la tierra que nos da de comer.
- Hemos sustituido el calendario solar por el de las bolsas de valores.
¿A qué precio? Todo esto se paga con crisis hídrica, colapso de suelos, pérdida de biodiversidad, enfermedades crónicas, ansiedad colectiva, cambio climático, etc.
Y, sin embargo, esas culturas del pasado —que llamamos «primitivas»— nos dejaron un mapa diferente. Un mapa basado en el equilibrio, la observación, la reverencia y la reciprocidad.
Ellos no hablaron de «desarrollo sostenible». Vivieron sosteniblemente. No necesitaban salvar el planeta, porque nunca lo pusieron en peligro.
El agua: de diosa a mercancía
Para las culturas ancestrales, el agua no era simplemente un recurso. Era vida, madre, deidad, ritmo del mundo.
Desde el Nilo en Egipto hasta los canales de la civilización Caral en Perú, pasando por los pozos de Harappa y los acueductos subterráneos de los Nazca, el agua se entendía como algo que se respeta, se honra y se distribuye con sabiduría.
En cambio, el mundo moderno ha convertido el agua en una mercancía: se compra, se desperdicia, se contamina y se sobreexplota. Hoy, el agua fluye al ritmo del dinero, no del ciclo natural.
¿Más antiguos o más avanzados?
Las culturas de la antigüedad desarrollaron sistemas hidráulicos tan ingeniosos y sostenibles que, muchas veces, superan en eficiencia ecológica a los de nuestra era.
A continuación, veamos algunos de los logros hidráulicos más sorprendentes de la historia antigua.
Egipcios (Egipto, ~3000 a.C.)
- No represaban el Nilo. Lo seguían, lo escuchaban.
- Usaban nilómetros para medir las crecidas y planificar cosechas.
- Sus canales de irrigación respetaban el cauce natural del río.
La ingeniería iba de la mano del cosmos, no en contra de él.
Harappa y Dholavira (India, ~2600 a.C.)
- Diseñaron ciudades enteras con sistemas de drenaje pluvial subterráneos.
- Cada casa tenía su propio pozo de agua limpia.
- Construyeron depósitos escalonados para recolectar agua de lluvia.
¿Moderno? Sí. ¿Contaminante? No. Más de 4000 años antes que los sistemas urbanos actuales.
Minoicos (Creta, ~2000 a.C.)
- Tenían tuberías presurizadas de cerámica, baños con desagüe y agua corriente.
- Colectaban agua de lluvia desde los techos hacia cisternas internas.
Su sistema de plomería era más higiénico y ecológico que el de muchas ciudades del siglo XXI.
Nazca (Perú, ~500 d.C.)
- Crearon los puquios, acueductos en espiral que traían agua subterránea del desierto.
- No necesitaban bombas ni motores. Solo gravedad, piedra, aire y precisión.
A día de hoy, varios puquios siguen funcionando. ¿Cuánto duran nuestras infraestructuras modernas sin mantenimiento?
Anasazi (EE.UU., ~1000 d.C.)
- Vivían en el desierto y captaban agua de lluvia en cisternas.
- Usaban diques de piedra y zanjas para evitar la erosión.
- Practicaban agricultura de secano sin agotar el suelo.
Con técnicas que hoy llamamos «resiliencia hídrica», vivieron siglos sin colapsar su ecosistema.
¿Qué hacemos hoy? Comparemos
Civilizaciones antiguas:
- Uso del agua: moderado y cíclico.
- Infraestructura: adaptada al entorno.
- Contaminación: casi inexistente.
- Relación con el agua: sagrada/espiritual.
- Durabilidad de sistemas: algunos siguen funcionando hoy.
- Agricultura: rotación, policultivo, respeto a la tierra y su biodiversidad.
Civilización actual:
- Uso del agua: excesivo y lineal.
- Infraestructura: invasiva, cara y contaminante.
- Contaminación: masiva, industrial y continua.
- Relación con el agua: técnica y comercial.
- Durabilidad de sistemas: requieren mantenimiento constante.
- Agricultura: monocultivos con agroquímicos y sobreexplotación de recursos.
La ecología como legado, no como moda
Como decíamos, estas culturas no hablaban de «sostenibilidad». La vivían. No necesitaban tratados climáticos ni cumbres de emergencia, porque sabían —de forma orgánica y colectiva— que si destruyes la fuente, no hay futuro que salvar.
Hoy, a pesar de nuestra tecnología, inteligencia artificial y satélites, hemos olvidado lo más básico:
El agua no se domina, se comprende.
La tierra no se explota, se honra.
El entorno no es recurso, es hogar.
Las civilizaciones antiguas, lejos de ser primitivas, fueron profundamente sofisticadas en su relación con el planeta. Y en ese espejo, vemos más que el pasado: vemos una guía hacia el futuro.
¿Y si el verdadero avance… es volver a recordar?
Quizás no necesitamos inventar tanto como creemos. Tal vez solo debamos escuchar lo que ya sabían los sabios del agua: que el conocimiento verdadero no destruye. Cultiva. Conecta. Cuida.
Margarita Arnal Moscardó
Escritora y novelista espiritual
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invitadoespecial
Panorámica de las ruinas de Mesa Verde, en el parque nacional del mismo nombre, Colorado, EEUU.

Sabiduría del agua: lo que las primeras civilizaciones sabían (y nosotros hemos olvidado)
Cuando hablamos de civilización y tecnología, solemos pensar en el presente: satélites, inteligencia artificial, rascacielos de cristal, embalses colosales… y sin embargo, cada vez que excavamos el pasado, algo nos hace detenernos.
Una y otra vez, las primeras civilizaciones de la humanidad nos dan una lección de sabiduría que resulta más moderna y más urgente que muchos avances de hoy. Especialmente en algo esencial y sagrado: el agua.
¿Quiénes son los verdaderamente avanzados?
Observamos las antiguas civilizaciones de Caral, Sumeria, Egipto, Harappa, los Olmecas, los Anasazi, los Celtas o los Minoicos y nos enfrentamos a un espejo incómodo pero revelador: fueron pueblos que vivieron en profunda armonía con la naturaleza, frente a una civilización moderna que ha hecho del desequilibrio su norma.
Estas culturas, a pesar de haber surgido en entornos climáticos difíciles (desiertos, selvas, montañas, islas volcánicas…), no impusieron su voluntad sobre la Tierra, sino que aprendieron a escucharla, leerla y fluir con ella.
- Su gestión del agua no era extractiva, sino ritual y cooperativa: desde los canales sagrados de Caral hasta las cisternas de Dholavira o los pozos urbanos de Harappa, el agua era vista como fuente de vida y equilibrio, no como recurso ilimitado para explotar.
- Su agricultura era regenerativa, local y sabia: sin monocultivos, sin pesticidas, sin devastación masiva del suelo. Cultivaban con la luna, rotaban los cultivos, respetaban el descanso de la tierra. La productividad no se medía en toneladas, sino en sostenibilidad multigeneracional.
- Sus construcciones estaban integradas en el paisaje: ciudades de adobe que respiraban con el clima, terrazas que evitaban la erosión, palacios con ventilación natural, drenajes que imitaban el curso del agua. La arquitectura no se alzaba contra la naturaleza, sino que se tejía con ella.
En cambio, la civilización actual es tecnológicamente brillante pero espiritualmente desarraigada; ha olvidado esa danza antigua con el entorno. Nuestra relación con la naturaleza se ha vuelto instrumental, industrial y destructiva:
- Construimos megaciudades que devoran suelo fértil.
- Contaminamos ríos y construimos represas sin alma.
- Industrializamos la agricultura hasta el punto de envenenar la tierra que nos da de comer.
- Hemos sustituido el calendario solar por el de las bolsas de valores.
¿A qué precio? Todo esto se paga con crisis hídrica, colapso de suelos, pérdida de biodiversidad, enfermedades crónicas, ansiedad colectiva, cambio climático, etc.
Y, sin embargo, esas culturas del pasado —que llamamos «primitivas»— nos dejaron un mapa diferente. Un mapa basado en el equilibrio, la observación, la reverencia y la reciprocidad.
Ellos no hablaron de «desarrollo sostenible». Vivieron sosteniblemente. No necesitaban salvar el planeta, porque nunca lo pusieron en peligro.
El agua: de diosa a mercancía
Para las culturas ancestrales, el agua no era simplemente un recurso. Era vida, madre, deidad, ritmo del mundo.
Desde el Nilo en Egipto hasta los canales de la civilización Caral en Perú, pasando por los pozos de Harappa y los acueductos subterráneos de los Nazca, el agua se entendía como algo que se respeta, se honra y se distribuye con sabiduría.
En cambio, el mundo moderno ha convertido el agua en una mercancía: se compra, se desperdicia, se contamina y se sobreexplota. Hoy, el agua fluye al ritmo del dinero, no del ciclo natural.
¿Más antiguos o más avanzados?
Las culturas de la antigüedad desarrollaron sistemas hidráulicos tan ingeniosos y sostenibles que, muchas veces, superan en eficiencia ecológica a los de nuestra era.
A continuación, veamos algunos de los logros hidráulicos más sorprendentes de la historia antigua.
Egipcios (Egipto, ~3000 a.C.)
- No represaban el Nilo. Lo seguían, lo escuchaban.
- Usaban nilómetros para medir las crecidas y planificar cosechas.
- Sus canales de irrigación respetaban el cauce natural del río.
La ingeniería iba de la mano del cosmos, no en contra de él.
Harappa y Dholavira (India, ~2600 a.C.)
- Diseñaron ciudades enteras con sistemas de drenaje pluvial subterráneos.
- Cada casa tenía su propio pozo de agua limpia.
- Construyeron depósitos escalonados para recolectar agua de lluvia.
¿Moderno? Sí. ¿Contaminante? No. Más de 4000 años antes que los sistemas urbanos actuales.
Minoicos (Creta, ~2000 a.C.)
- Tenían tuberías presurizadas de cerámica, baños con desagüe y agua corriente.
- Colectaban agua de lluvia desde los techos hacia cisternas internas.
Su sistema de plomería era más higiénico y ecológico que el de muchas ciudades del siglo XXI.
Nazca (Perú, ~500 d.C.)
- Crearon los puquios, acueductos en espiral que traían agua subterránea del desierto.
- No necesitaban bombas ni motores. Solo gravedad, piedra, aire y precisión.
A día de hoy, varios puquios siguen funcionando. ¿Cuánto duran nuestras infraestructuras modernas sin mantenimiento?
Anasazi (EE.UU., ~1000 d.C.)
- Vivían en el desierto y captaban agua de lluvia en cisternas.
- Usaban diques de piedra y zanjas para evitar la erosión.
- Practicaban agricultura de secano sin agotar el suelo.
Con técnicas que hoy llamamos «resiliencia hídrica», vivieron siglos sin colapsar su ecosistema.
¿Qué hacemos hoy? Comparemos
Civilizaciones antiguas:
- Uso del agua: moderado y cíclico.
- Infraestructura: adaptada al entorno.
- Contaminación: casi inexistente.
- Relación con el agua: sagrada/espiritual.
- Durabilidad de sistemas: algunos siguen funcionando hoy.
- Agricultura: rotación, policultivo, respeto a la tierra y su biodiversidad.
Civilización actual:
- Uso del agua: excesivo y lineal.
- Infraestructura: invasiva, cara y contaminante.
- Contaminación: masiva, industrial y continua.
- Relación con el agua: técnica y comercial.
- Durabilidad de sistemas: requieren mantenimiento constante.
- Agricultura: monocultivos con agroquímicos y sobreexplotación de recursos.
La ecología como legado, no como moda
Como decíamos, estas culturas no hablaban de «sostenibilidad». La vivían. No necesitaban tratados climáticos ni cumbres de emergencia, porque sabían —de forma orgánica y colectiva— que si destruyes la fuente, no hay futuro que salvar.
Hoy, a pesar de nuestra tecnología, inteligencia artificial y satélites, hemos olvidado lo más básico:
El agua no se domina, se comprende.
La tierra no se explota, se honra.
El entorno no es recurso, es hogar.
Las civilizaciones antiguas, lejos de ser primitivas, fueron profundamente sofisticadas en su relación con el planeta. Y en ese espejo, vemos más que el pasado: vemos una guía hacia el futuro.
¿Y si el verdadero avance… es volver a recordar?
Quizás no necesitamos inventar tanto como creemos. Tal vez solo debamos escuchar lo que ya sabían los sabios del agua: que el conocimiento verdadero no destruye. Cultiva. Conecta. Cuida.
Margarita Arnal Moscardó
Escritora y novelista espiritual
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La GRAN CRISIS (que no es esta crisis de juguete)
¿Estamos en crisis? Se usa la crisis económica como excusa para hacer recortes en lo que los políticos consideran menos rentable a sus intereses, pero no se atreven a hacer cambios sustanciales, como quitar el senado, reducir la jornada laboral, o avanzar hacia la democracia y la sostenibilidad real.
Por tanto, los políticos pretenden volver a la situación anterior a esta crisis, como si nada hubiera ocurrido. Y… eso es sencillamente imposible o, si se consigue, será para caer desde más alto. Esta crisis que sufrimos es una crisis de juguete, nada serio para los países ricos. Crisis es lo que llevan sufriendo los países del llamado tercer mundo desde hace años. Eso es una Crisis, de verdad: asfixiados por la deuda externa, moribundos por el trueque de comida por armas (véase el documental “La Pesadilla de Darwin“), explotados por el Coltán (mineral de nuestros portátiles y móviles, que provoca guerra en el Congo), por empresas del mundo rico que abusan en el mundo pobre, o por dictadores que interesan a grandes economías… más un larguísimo etcétera.
Nuestra crisis de juguete, si acaba, no será para volver a la situación anterior, sino a una situación más moderada (sin tanto boom inmobiliario, especulación y sin tanta bonanza económica basada en préstamos y dinero fácil e irreal). Pero ATENCIÓN: como no desviemos nuestro rumbo, entonces llegará la GRAN CRISIS (the BIG one), el colapso. Los abusos sociales (crisis de valores) y ambientales (otra crisis más) no son gratis y hay que pagarlos, en cómodos plazos, o bruscamente… y bruscamente no será plato de gusto para la inmensa mayoría de la superpoblación mundial (como les ocurrió a los pobres renos de la isla de San Mateo).
Solución: Trabajar para mejorar… Pedir menos préstamos a los bancos, y menos préstamos a la naturaleza. Gastar menos y tomar de la naturaleza lo que esta es capaz de reponer al mismo ritmo, más energías renovables con sus ventajas, y hasta comer menos carne (como dice el informe Planeta Vivo 2010), menos lácteos y menos huevos. O conseguimos ser “sostenibles” o algún día desearemos que vuelva esta crisis actual, la crisis de juguete.
Lee sobre crisis en:
- Nuestras soluciones a las crisis (que no se diga que no somos constructivos).
- Lecciones impartidas por el coronavirus de la COVID-19: El decrecimiento “ordenado” es posible.
- Enumeremos las consecuencias de la crisis climática (que es una crisis ambiental) y algunas soluciones.
- Libro “En la espiral de la energía” de R. Fernández y L. González (Volumen I, resumen).
- Encarecer la carne y el pescado, una medida más que necesaria.
Una Visión más de la Nueva Conciencia: Del Amor a la Felicidad
Este principio de siglo debería ser conocido por su cambio de conciencia. Los trágicos atentados del 11-S (2001) hicieron surgir algunas esperanzas en conseguir un cambio de paradigma político, económico, social, y, en definitiva, humano. Sin embargo, parece no haber generado más que esas esperanzas, y más violencia de estado. Pero seamos optimistas. Puede que esas esperanzas, sean ESPERANZAS (con mayúsculas), y distintos grupos están trabajando desde la humildad, para conseguir una nueva conciencia local, que lleve al cambio global.
Esta nueva conciencia (que otros llaman nueva era) no es algo fijo y simple, sino más bien una maraña de ideologías —difusas a veces— que se entremezclan entre sí, y que no son nuevas en su mayoría. Navegando por estos mares encontramos temas de filosofías y religiones orientales (budismo, hinduismo, tantra, yoga…), cristianismo, filosofías grecolatinas (epicureísmo, estoicismo, cinismo…), además de otros temas paranormales o esotéricos (contactos con ovnis, con los guías espirituales, ángeles, el calendario maya y el 2012, los atlantes, niños indigo, la resonancia de Schumann, ondas alpha, la era de acuario, la ley de la atracción, la de la sincronicidad… y un larguísimo etcétera).
Aquí no pretendemos aclarar esos conceptos de la nueva conciencia, sino dar una visión más sobre lo que debería y podría ser esta nueva conciencia y, al menos, intentar que las ESPERANZAS a las que antes aludíamos crezcan y puedan hacerse una realidad global.
Esta visión de la nueva conciencia puede dividirse en algunos aspectos muy conectados entre sí, y todos referidos a la persona individual, pues como decía Krishnamurti, «el individuo es el mundo (…) y sin transformación del individuo no puede haber ninguna transformación radical del mundo»:
- Ética Básica: Debe incluir la no violencia (aunque no se llegue a la ahimsa hindú), no mentir, no robar, y el desapego material que lleve a la generosidad. Como los cínicos de la Grecia antigua, no se trata de rechazar sistemáticamente los bienes materiales, sino de mantener una cierta indiferencia, que evite la avaricia y que nos haga aceptar las pérdidas cuando lleguen (todo llega). Se trata de ese desapego cristiano, o del Bhagavad Gita (obra cumbre de la espiritualidad hindú del siglo V a.C.). Los pecados capitales también sobran, pero como todo lo que nos hace sufrir, pueden verse como semillas de algo mejor.
- Austeridad: Consumir más de lo necesario debe estar fuera de cualquier nueva conciencia, la cual debe ser, por esencia, sostenible. Esta austeridad se llevará poco a poco (cada uno a su ritmo) a todos los aspectos de la vida, incluyendo la alimentación. El reto es, como decía el filósofo estoico y emperador romano Marco Aurelio, renunciar hasta a la propia idea de renuncia (y por extensión, a uno mismo, aceptando la vida que ha de vivirse).
- Espiritualidad: Aunque pueda, en un primer momento, parecer que no es imprescindible, al menos sí que es de gran ayuda. Puede ser un motor que nos mueva más deprisa a esta nueva conciencia. Cualquier espiritualidad es posible, siempre y cuando sea sincera y sentida, sin dogmatismos impuestos desde fuera.
- Por ejemplo, el sentimiento tántrico de que todo es sagrado, o el de que todos somos Uno (puede que seamos Dios, como sostienen las Upanishads del siglo VII-VI a.C.), o el mismo sentimiento cristiano de amor universal, hace aflorar el necesario sentimiento de respeto del siguiente punto.
- Respeto General, a lo Viviente, y TAMBIÉN a lo Material: Todo tiene su esencia y todo procede de la naturaleza.
- Con este sentimiento, reciclar por ejemplo, será algo natural pues no es admisible despilfarrar recursos naturales, siempre valiosos (aunque sean baratos). Pero más allá de reciclar, se intentará ni siquiera contribuir a explotar la Madre Tierra más de lo necesario, y, por supuesto, darle las gracias por los bienes que nos dan la vida o nos la facilitan.
- Una dieta básicamente vegetariana (si no totalmente) surgirá de forma natural, bien sea por la propia salud, por respeto a los animales, a nuestros semejantes hambrientos, o por conciencia de la contaminación que genera la producción de carne (véanse cuatro razones para ser vegetarianos, y los 12 problemas del consumo de carne).
- Es básico el respeto a uno mismo, por lo que fumar y otras auto-agresiones similares desaparecerán naturalmente si se camina por esta senda.
- Sosiego o Paz Interior: Es la ataraxia de los antiguos griegos, algo básico en un auténtico yogui, místico, o sabio. Esta tranquilidad se consigue de muchas maneras: Los religiosos dirán que rezando, o meditando, pero también basta con disfrutar con algo (lo ideal es disfrutar con todo). Cuando uno hace algo disfrutando cada instante, sobreviene esa paz interior y alegría que es contagiosa (ser feliz es fácil). La meditación oriental puede resultar muy útil, y aunque hay miles de técnicas, lo más simple es sencillamente sentarse y observar nuestra tranquila respiración con su movimiento abdominal. Observarnos es una clave de la filosofía oriental, pero de la cultura griega procede el “Conócete a ti mismo”, atribuido a Sócrates y que dicen que estaba inscrito en la puerta del templo de Apolo en Delfos. La importancia de esta introspección se debe a que nos invita a explorar nuestra realidad interior, donde se encuentra todo lo que necesitamos para poner fin a nuestro sufrimiento.
- Búsqueda: Consiste en buscar la propia senda para simplemente «ser». Este es, quizás, el punto más importante y permite saltarse cualquier punto de los anteriores, pero haciéndolo con conciencia, y no movido por los hilos de la sociedad o de la comodidad. Esta búsqueda es algo más que la búsqueda del ecologismo y acaba cuando uno encuentre lo que busca, y entonces, se intuye una felicidad que nadie ni nada te puede arrebatar. Si no es la felicidad suprema, al menos debe ser la mayor que se puede conseguir en este mundo.
- Amor: Por todo lo anterior este punto sobra, pero a la vez, no podía faltar, para sustituir a todo lo anterior. Se empieza amando a los más cercanos, puede que sólo a una persona, pero el camino que parece más sensato es llegar a amar a todos, y a todo. En otra entrada de este blog, puedes leer unas citas sobre el amor que apoyan esta conciencia.
Todo esto está dominado además por dos reglas simples que surgen del respeto y del compromiso: 1) No debe haber radicalismos, ni imposiciones, pero tampoco puede faltar ningún punto de los anteriores, y 2) Sin tibiezas: Tampoco hay que contentarse con «ser superficial» para calmar la conciencia. La decisión de seguir esta senda, o (no tan nueva) conciencia, es decisiva y, por supuesto, notaremos cambios en nosotros y los demás notarán esos cambios, que pueden ser graduales, por supuesto. La senda puede seguirse desde la soledad, o buscar un grupo en el que unir esfuerzos.
NOTA 1: La inmensa mayoría de las personas notamos que seguir estas pautas al 100% no es fácil, pero… ¿No sería fantástico que mucha gente se propusiera seguir esta senda con ataraxia, sin estrés? El mero propósito es un buen avance.
NOTA 2: Se admiten todo tipo de críticas (denuncias), hacia cualquier idea, o hecho. Lo que no se admite es la falta de autocrítica.
España y los Piratas del Índico: Sobrepesca Subvencionada con Dinero Público

«La armada española mata a un pirata somalí». Es una noticia que estremece a cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Pero luego hay que preguntarse ¿por qué? ¿qué hace la armada española en el océano Índico? ¿estamos en guerra allí tan lejos? Para responder, no os perdáis el vídeo que hay más abajo (unos 20′ en dos partes), y este artículo sobre los otros piratas.
En resumen:España está sobrepescando en los mares de todo el mundo, y tiene la mayor fl
ota en tonelaje de toda la UE. Nuestros barcos viajan miles de kilómetros para pescar en las costas y en aguas que debieran ser protegidas (reservas marinas), o bien explotadas por países con una crisis mayor que la nuestra (Somalia, por ejemplo… que ellos sí saben lo que es crisis).
El negocio de la PESCA, principalmente de atún, es tan lucrativo que “justifica” que se defienda incluso c
on nuestra armada y la de otros países: Es la llamada Operación Atalanta, en la que España paga con dinero público más de 6 millones de euros al mes, a lo que hay que sumar la mitad de la “seguridad privada” que llevan los pesqueros, que también se paga con dinero público. Y hasta modificaron las leyes para que esa seguridad pudiera llevar armas de guerra (estupenda noticia para la industria armamentística española).
Ante este despilfarro e injusticia, hay dos cosas muy evidentes:
- Nuestros barcos no deberían estar pescando tan lejos, y encima en aguas que aunque sean internacionales deberían respetarse para países cercanos que tienen crisis alimentarias (ya lo dijo el economista De Jouvenel en 1976 en uno de sus libros que no me canso de recomendar).
- Nuestros militares no deberían estar para defender intereses privados. Este es otro gasto extravante más, a incluir en la lista de despilfarros de nuestros sucesivos gobiernos.
Algunos datos extra:
- La flota de bajura española supone el 80% de los barcos, con el 13% de las capturas y bajo impacto ambiental. Sin embargo, la flota de altura tiene un enorme impacto ambiental y sólo supone el 20% de los barcos, que se llevan el 87% de la pesca y, encima, recibe más ayudas. Recientemente, la pesca de arrastre, recibió enormes subvenciones por destrozar los fondos marinos. GreenPeace lo denunció resaltando que los subsidios europeos financian actividades pesqueras insostenibles.
- Al menos el 77% de las poblaciones de peces están sobreexplotadas, y cada vez se demanda más pescado. El atún rojo y el bacalao, por ejemplo, están al borde de su extinción comercial (aquí tienes otros pescados que no deberíamos comer).
- Sólo está protegido el 1% de los océanos, lo que conlleva una rápida pérdida de biodiversidad marina (únete a la petición de una red global de reservas marinas).
- GreenPeace ya expuso varias propuestas para modificar la PPC y garantizar unos mares llenos de vida.
- Durante años, la basura nuclear de distintos países ricos de Europa se ha estado tirando al Índico, y el tsunami de 2004 llevó muchos barriles a las costas de Somalia. Nadie se ha responsabilizado de esa basura nuclear. Al menos España ya no tiene motivos para tirar allí nuestra basura nuclear, pues nuestro gobierno ha regalado (con dinero de todos) un ATC a la industria nuclear… lo cual no es buena inversión.
Pero lo más importante… no os perdáis este vídeo no apto para gente sensible:
NOTA FINAL: Evidentemente este artículo no debe entenderse como una defensa de ninguna actividad pirata.
Fuegos artificiales, petardos… son placer para unos pocos y dolor para todos los demás
Los fuegos artificiales y los petardos hacen daño directo a personas y animales. Molestan a casi todo el mundo con la excusa del disfrute de una minoría. Ya hay fuegos artificiales silenciosos que son los únicos que deberían usarse, pero incluso ese tipo tiene inconvenientes que vamos a enumerar.
Tirar petardos en las calles está prohibido en casi todos los municipios, pero se hace la vista gorda, especialmente en ocasiones festivas. Entendemos que puede ser divertido para el que los utiliza, pero hay fuertes argumentos para no hacerlo. En caso de “necesidad” se pueden habilitar lugares concretos, en horarios concretos.
Debemos concienciarnos de que el ruido afecta a nuestra salud y, por tanto, debemos ser más severos y restringir todo lo que genere ruido innecesario. Para ello, una de las mejores herramientas es la información y, con ese objetivo, aquí pretendemos informar de lo que ocurre detrás de cada explosión:
Los animales sufren. El ruido es atronador para multitud de animales, generándoles dolor y ciertas enfermedades. Además, muchas las mascotas se pierden al huir aturdidas y asustadas.
- Los perros y los gatos sufren ansiedad, miedo descontrolado, taquicardias, infartos, daños en el oído y, en algunos casos, la muerte. También se han provocado muertes por atropellos al salir el perro corriendo desesperadamente.
- A las aves de las ciudades tampoco les hace ninguna gracia: muchas mueren por paro cardíaco o al chocar con algo en su huida.
- Similares molestias sufren otros animales, como caballos, animales de granja, o los pobres animales encerrados en los zoos.

- Molesta también a las personas. La pirotecnia afecta negativamente a todo el mundo, pero especialmente a los que ya padecen enfermedades auditivas, respiratorias o cardiovasculares.
- La molestia es más evidente en bebés (durmiendo) y ancianos, por no hablar de enfermos, que intentan recuperarse en la tranquilidad de su casa o de un hospital.
- La pirotecnia molesta especialmente a determinadas personas. Hay multitud de enfermedades y síndromes que padecen muchas personas y que las hace especialmente vulnerables ante ruidos fuertes. Por ejemplo, las personas con autismo, epilepsia, síndrome de Asperger o enfermedad de Alzheimer sufren muchísimo. También molesta mucho a las PAS (Personas Altamente Sensibles). La ligirofobia es, de hecho, el miedo a ruidos fuertes.
- Provoca heridas y muertes. El uso de material pirotécnico genera numerosas quemaduras, amputaciones, e incluso la muerte, entre las personas que manipulan estos artefactos o los que están cerca. Especialmente grave es cuando lo que explota son los almacenes de este material. Un solo petardo puede llegar a los 120dB (decibelios), y con eso los oídos pueden ser fácilmente dañados. La OMS recomienda no exponerse a más de 65dB y un petardo siempre supera esa cifra.
- Contaminación química y de partículas. No es solo contaminación acústica. La pirotécnica genera contaminación con distintos tipos de gases (CO2, NO, SO2 entre otros) y también contaminación por partículas, pues contamina el aire con las peligrosas PM2.5. Para conseguir distintos colores se añaden metales en la pólvora, los cuales son liberados con la explosión y pueden ser respirados hasta llegar a los pulmones. No olvides que los petardos afectan a los pulmones y al oído.
- Otros daños ambientales. Para calcular el impacto ambiental completo, hay que tener en cuenta la contaminación de la industria en su fabricación y en su transporte, y considerar que la contaminación química no desaparece en el aire, sino que acaba llegando a otros lugares, contaminando la tierra y el agua.
Si lo piensas bien, solo unos pocos seres humanos disfrutan con el ruido. Son una minoría, incluso dentro de su especie. Por ello, hay propuestas para que se regule adecuadamente.
La feria de Sevilla de este año tendrá cuatro horas sin ruido, lo cual demuestra que la concienciación frente al ruido aumenta y es cosa de todos.
Sin duda alguna, todos podemos divertirnos sin molestar a los demás. Por tanto, aquellas formas de diversión que molesten, debemos abandonarlas urgentemente.
Información relacionada:
- Otros casos de ruido intolerable:
- EXAMEN: ¿Es tu ciudad sostenible?
- La pirotecnia causa un gran sufrimiento a humanos y otros animales: Una propuesta sensata para su regulación legal.
A tiros con el patriarcado
15 de enero
Me dicen que mi diario recibe más visitas cuando trato temas de actualidad (que casi siempre es rabiosa). Y yo estoy tan cansado de actualidad, de seguir o de comentar la última babosada del ultraderechista de turno, la última maldad de un lacayo que quiere hacer méritos, los ataques cada vez más frecuentes a nuestros derechos.
16 de enero
Martin Niemöller fue un pastor luterano anticomunista, antisemita y nacionalista, que se pasó a la Iglesia Confesante, opuesta a Hitler, después de que éste acabara con la independencia de las iglesias e incumpliese sus promesas de no exterminar a los judíos (antes a Niemöller le parecía mal que se los asesinara o introdujera en guetos, pero no que se limitasen sus libertades y el su acceso a cargos públicos). Tras la guerra, y después de pasar varios años en los campos de Sachsenhausen y Dachau, derivó hacia el pacifismo, fue un vehemente opositor contra la guerra de Vietnam y en una carta en la que reconocía las culpas y responsabilidades de la iglesia protestante en el ascenso de Hitler, escribió una frase, que me ha llamado la atención al releerla hoy: «Hemos negado el derecho a hacer la revolución, pero hemos soportado y aprobado la evolución hacia una dictadura absoluta». La frase de este hombre que empezó siendo ultraconservador y decía haberse convertido en revolucionario –aunque exageraba un poco– y que si alcanzaba a vivir cien años acabaría siendo anarquista, me recuerda a tantos derechistas actuales que maldicen la revolución pero apoyan a quienes han iniciado un proceso cada vez más violento para llegar a la dictadura absoluta. Sus soniquetes en los que defienden la legalidad, la libertad y la democracia duran solo hasta que alguien tiene la suficiente fuerza para acabar con las tres e imponer una dictadura derechista.
(Si alguien, a estas alturas, me dice que el NSDAP era socialista puedo entrar en combustión espontánea).
22 de enero
Pienso con tristeza que la época final de la dictadura española no era mejor que lo que tenemos hoy. Pero entonces teníamos la sensación de constituir una anomalía y que el mundo a nuestro alrededor nos ayudaba a corregirla: sabíamos hacia dónde dirigirnos. Ahora el mundo que nos rodea es amenazante y, en lugar de sentirnos atraídos por la luz, estamos fascinados por la oscuridad.
23 de enero
Cuando hace dos semanas escribía que, a pesar de las apariencias, Fargo es una serie feminista, habíamos visto solo dos temporadas. Más adelante el toque feminista es obvio y, a menudo, banal o perverso. Quiero decir que la mayoría de los personajes femeninos fuertes lo son de una forma ultraviolenta, hiperambiciosa o mezquina. Por supuesto, ya el solo cambio de los hombres salvadores y fuertes acompañados de mujeres siempre asustadas y exhalando quejidos, por mujeres poderosas y resolutivas anima un poco el panorama, aunque acabará también siendo cansino. Pero el feminismo de Fargo que me interesa no está en esos ejemplos obvios y desviados de mujeres cuyo empoderamiento estriba en matar a los contrarios. Me interesan más esas mujeres capaces en su profesión, como la policía de la primera temporada, aunque la estupidez de sus jefes acabe siendo tan caricaturesca que se huele el truco comercial, esa capacidad del cine americano para usar el señuelo ideológico para atraernos –ya escribí sobre ello en relación con el falso feminismo de Barbie–.
Para mí el personaje que pone sobre la mesa el feminismo de forma más sutil es Peggy (interpretado por Kirsten Dunst), personaje fundamental en la segunda temporada. Peggy atropella a un hombre –que resulta ser hijo de una poderosa pareja de jefes mafiosos–; en lugar de detenerse, se va a casa con el atropellado empotrado en el parabrisas y aparca en su garaje. Ella se niega a que la realidad le estropee los planes, por ejemplo el de participar en un taller de fin de semana de superación personal. Peggy tiene la casa llena, literalmente llena, de revistas de decoración y cosmética. Es mentirosa, desequilibrada, inculta, no parece muy lista y no tiene escrúpulos en usar la violencia, sacando de apuros con frecuencia a su marido Ed, que, él sí, comienza a verse superado por la realidad. Al final, cuando ha sido detenida, Peggy se pone a hablar al policía que la conduce a prisión de sus problemas familiares y de sus deseos de realizarse. El policía, ejemplo perfecto, de hombre honesto, valiente y razonable le recrimina: Peggy, ha muerto mucha gente, para que entienda que hay problemas más graves que sus quejas de ama de casa.
Ahí está, esa mujer banal, preocupada por sus pequeñeces después de una masacre, en la que también ha muerto su marido.
Un paseo por Internet me descubre que Peggy es uno de los personajes más odiados entre el público de Fargo, que la ve como una insoportable desequilibrada egoísta y mezquina.
Otra manera de verlo pondría el foco en la insoportable presión a la que están sometidas mujeres como ella: vive en el pueblo de su marido, un carnicero cuyo objetivo en la vida es comprar la carnicería en la que trabaja y tener hijos, vivir una vida apacible en la que él gana el dinero con un negocio sólido, en su entorno habitual, y la mujer es el ángel del hogar que le hace la cena y cuida de los niños. Y Peggy se asfixia: quiere huir de ahí, toma la píldora en secreto, ella quiere salir de un hogar y un pueblo que son prisiones sin rejas, de un marido que la quiere pero no la escucha y considera que las necesidades de su mujer son infantiles, comparado con el proyecto de familia sólida que él quiere fundar. Así que ella se refugia primero en el mundo ideal de las revistas para mujeres, después en las promesas de crecimiento personal, después en una posible huida y por fin plantando cara al mundo con violencia paralela a la que recibe.
Y cuando el policía le afea que esté preocupada por asuntos insignificantes tras una matanza, ella no sabe qué responder, pero no se la ve conforme, porque siempre hay asuntos más importantes que los derechos de las mujeres que se dejan para después de la seguridad, del bienestar, de la lucha de clases, de…
Si Peggy está desequilibrada es porque las presiones y violencias que recibe desequilibran a cualquiera. Ya antes que Carol Hanisch y Kate Millet, Ulrike Meinhof decía en una entrevista que lo privado es político, y que todos esos destinos individuales de mujeres eran resultado de una estructura opresora que había que hacer saltar por los aires. Ella se tomó al pie de la letra la tarea.
La entrada A tiros con el patriarcado se publicó primero en lamarea.com.
Permitidme que os aburra con mis asuntos
10 de enero de 2026
Escribo. Leo. A veces miro por encima de la pantalla y el libro. Sonrío. Un cielo gris plomizo sobre el mar, un arcoíris vibrante lo atraviesa hasta media altura. A pesar de lo sombrío del horizonte, el sol ilumina los montes más cercanos, también dos aves blancas –¿gaviotas?– muy lejos, se elevan brillantes e inquietas, como dos hojas de papel de aluminio que reflejan una y otra vez la luz para desaparecer entre nubes.
Leo alternándolos dos libros de Kate Millett y Parentesco animal, de Noelia Adánez. Sonrío al descubrir que Adánez interrumpió la lectura de El cuaderno dorado, de Doris Lessing, cuando empezó a leerlo muy joven, y no lo retomó hasta bastantes años después, cuando supo apreciarlo de otra manera. Yo, aunque devoto de Lessing, también cerré anticipadamente aquel libro, pero no lo he vuelto a abrir. Quizá debería regresar a él; aunque, como a los lugares, nunca regresamos de verdad a los libros: la persona que supuestamente regresa ya no es ella, sino otra, a pesar de que haya mantenido algunas constantes básicas. Y podría pensarse que mientras los lugares cambian y por eso es imposible volver al espacio exacto que abandonamos, los libros permanecen idénticos; no es verdad del todo; los libros también cambian según el contexto histórico y social en el que se leen. Libros que fueron una revelación en su momento hoy los leemos con interés pero quizá sin la capacidad de maravillarnos que habríamos sentido unas décadas antes.
Por supuesto, me atraviesa la cabeza la pregunta de cómo se leerán mis libros dentro de unas décadas, pero eso significa presuponer que mis libros se seguirán leyendo, cosa improbable y, además, de poco interés. No solo porque estaré muerto, sino sobre todo porque no puedo ni imaginar cómo será el mundo entonces. Tampoco es que me apetezca imaginarlo en este aciago inicio de año.
Más adelante en el libro de Adánez, me encuentro con referencias a una obra de Joyce Johnson, Personajes secundarios. Es posible que ya lo haya mencionado en este diario, pero me impresionó mucho la primera novela de esta autora, Come and join the dance, que inexplicablemente, no se encuentra en español, creo, y como no lo está el también recomendable Bad Connections. De su primera novela me impresionó la claridad con la que Johnson mostraba cómo muchas mujeres de su generación fueron capaces de liberarse de las expectativas de sus padres (a menudo con un coste personal elevado) para caer presas de las expectativas de sus parejas, hombres encantados de explicarles cómo tenían que ser libres –pero al servicio de las fantasías sexuales y también de las necesidades económicas de esos mismos hombres–. A cambio, les permitían ser espectadoras en primera fila de la liberación masculina y figurantes a menudo maltratadas en sus dramas.
14 de enero de 2026
Releyendo los párrafos anteriores me acuerdo de un libro que descubrí mientras me documentaba para escribir Escritores delincuentes: Off the Road, la autobiografía de Carolyn Cassady (esta sí está traducido al español, en Anagrama). Un libro tristísimo, un testimonio más de una mujer que dio buena parte de su energía a sostener a hombres supuestamente libres y autónomos de la generación beat: su marido, el fascinante e infeliz Neal Cassady, y su amigo y amante Jack Kerouac.
Anoche, en la duermevela, le daba vueltas a una idea: una de las desgracias de nuestras sociedades es que la mayoría opina –u opinamos– más de lo que piensa.
Solemos reaccionar ante cualquier acontecimiento con un juego limitado de respuestas, basadas a menudo en prejuicios a su vez basados en una capa muy delgada de información y reflexión. Apenas pensamos, pero creemos con pasión. No estaría demás pensar con pasión y creer con mesura.
Hace un par de días le decía a Edurne que había llegado a la conclusión de que, a pesar de las apariencias, Fargo es una serie feminista. Pero tendría que argumentarlo con calma, porque también es cierto que en la serie hay un número considerable de mujeres extremadamente ambiciosas, mezquinas, desequilibradas o idiotas; o varias de esas cosas a la vez. Y, sin embargo… Pero esto tengo que dejarlo para otro día.
Volviendo a lo del exceso de opinión, me he dado cuenta de que mi diario se ha convertido también en una fuente de opinión, más que de reflexión o narración. Y estoy un poco cansado de oír mis propias homilías. No sé si le interesará a alguien leerme cuando solo me refiero a mis lecturas, las películas que veo, lo que observo, lo que me sucede, las ideas que me pasan fugazmente por la cabeza. Pero tampoco sería una catástrofe si no fuera así. Quién no ha aburrido alguna vez a sus amigos con las propias historias. Las relaciones humanas están hechas también de esos momentos en los que no nos interesa demasiado lo que dice el otro. No podemos ser todo el rato, ni siquiera la mayor parte del tiempo, fascinantes.
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La casa encantada
Estuvimos disfrutando del paisanaje que hace R&R
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Trump y el monstruo de Frankenstein
28 de diciembre
Muere Brigitte Bardot y me propongo ver o volver a ver alguna de las películas que protagoniza. Mirando los comentarios a El desprecio en Filmin me encuentro con uno que me parece muy bonito: «No tengo el conocimiento suficiente para saber por qué me ha gustado». Y la valora con un nueve.
¿No nos esforzamos a menudo en razonar por qué nos gusta una obra de arte y a veces le añadimos interpretaciones que quizá no aporten nada? Me encanta esa sencillez: aceptar que desconoces los motivos del placer y el interés que te provoca una película o una novela o un poema.
Y es verdad que el arte nos emociona o interesa por razones y sensaciones tan complejas que intentar explicarlas puede llevar a simplificarlas.
En el otro extremo, el Frankenstein de Guillermo del Toro no me ha gustado nada y sí sé explicar por qué. No me parece que aporte nada de valor a lo que ya nos han dado el monstruo y su creador –o el creador monstruoso y la criatura–. Es verdad que hay un despliegue técnico y digital que puede resultar apabullante, pero también decepcionante. ¿Tal derroche de recursos para esto, para una nieve que parece hecha de algodón y para unos lobos de cartón piedra y para que en ningún momento la forma se convierta en contenido?
Es posible que fuera benévolo si se tratara de una obra más artesanal, pero me irrita este despilfarro grandilocuente que me ofrece tan poca cosa. Aunque me parece perfecto que se aleje del original, también me irrita el cambio que afecta a la coprotagonista. Entiendo que hoy es difícil repetir la figura femenina inventada por Mary Shelley, tan devota al genio, cuidadora abnegada, sacrificada. Pero al final Del Toro nos presenta a una mujer de carácter, con su propia agencia y que no se amilana ante el científico, pero muere sacrificándose por la criatura y enamorada de ella y de su cuerpo. Lo de la figura woke pero entregada al amor romántico no puede satisfacer a nadie porque pretende satisfacer a todos.
29 de diciembre
Leo un artículo sobre gastronomía de moda y me doy cuenta de que, aunque tenga mis pequeñas ínfulas gourmet, para algunas cosas vivo a espaldas de mi tiempo: no sé lo que es un smash burger, no tenemos un satisfryer ni hemos pensado tenerlo, no pagaríamos cinco euros por una gilda de diseño, me entero de la existencia del chocolate Dubai por el artículo y me maravillo de que se hayan puesto de moda los kebabs sofisticados. Y me quedo un rato meditando sobre el misterio de que se hayan convertido en tendencia –signifique esto lo que signifique– las prensas para hacer carpaccio; pero sé lo que es el carpaccio, así que tan fuera del mundo no estoy.
En realidad, no tiene sentido escandalizarse. Cada época tiene sus modas y seguirlas es a menudo una forma de distinción social, de mostrar que eres parte de un grupo especial. La diferencia con tiempos pasados es la siguiente: antes había gente que se arruinaba para poder seguir un determinado tren de vida al que correspondían vestidos lujosos, fiestas deslumbrantes, comidas pantagruélicas. Ahora puede suceder lo mismo, pero en la era del simulacro también puedes sugerir esa pertenencia elitista por medio de fotos que luego subes a redes sociales; quizá no te hayas comido tú ese chocolate Dubai ni sea tuya la satisfryer, pero fotografiándote con ella te cuelas en la tendencia y te autopublicitas como persona introducida en un modelo de vida al que no alcanzas…
Pero me acuerdo ahora del hidalgo al que sirve brevemente el Lazarillo, que se desperdigaba migas sobre la pechera para sugerir que había almorzado aunque las tripas le gritaran de hambre. Como decía aquel anuncio de bourbon: en realidad, las cosas no cambian.
6 de enero
Trump ha invadido Venezuela. No es que haya cambiado tanto la actitud de Estados Unidos, que siempre han entendido el mundo como conjunto de territorios que explotar; recordemos Chile, Bolivia, Honduras, Granada, Panamá, Irak, y por supuesto todos esos ataques en países africanos que desde España entendemos aún menos y por eso les prestamos poca atención. Lo único que ha cambiado es que a la administración de Trump le da igual guardar las formas. Si Eisenhower ocultaba que la CIA había sido instrumental en el asesinato de Lumumba, Trump se enorgullece de sus fechorías e indica claramente que no es una cuestión de legalidad ni de democracia sino de los intereses puros y duros de su país. Él no enarbola el derecho, muchos menos los derechos humanos, sino la fuerza. Al menos, sabemos a qué atenernos.
¿Le sucederá a Trump como al doctor Frankenstein, que esté poniendo en marcha una fuerza que escapará a su control y lo destruirá? No sucede siempre con los mundos monstruosos creados por los experimentos dictatoriales. Franco y Stalin murieron en la cama.
Leo las primeras reacciones de la derecha española, cómo intentan instrumentalizar el desastre para atacar a su némesis y vuelvo a pensar que no tienen absolutamente nada que ofrecer al país y por eso se dedican a embarrarlo todo, porque una vez que se ensucien todos los que están en el terreno, es más difícil distinguir quiénes son.
Ni una medida económica con cabeza, ni una medida social, ni una idea sólida de la política internacional que les gustaría defender. Tenemos a la peor derecha de la historia; y eso que el listón estaba muy alto. O muy bajo, según se mire.
Leyendo de forma alterna Política sexual y Viaje al manicomio, de Kate Millett. Me encanta cómo, en el primero, desvela la fanfarronería ridícula y misógina de Henry Miller y Norman Mailer –nunca me interesó ninguno de los dos, tampoco cuando Miller era mirado como un pope de la liberación sexual–. Ambos me parecían vagamente repulsivos sin que en la época en la que los leí –era jovencísimo– tuviese las herramientas para comprender y explicar por qué.
También me ha entusiasmado la contraposición que hace entre Ruskin y Stuart Mill a través de sus ensayos sobre la situación de la mujer. El primero, un liberal aparentemente bondadoso y a la vez, diríamos hoy, machista; el segundo de una valentía considerable al enfrentarse a las concepciones de su tiempo y al defender de manera radical la igualdad entre hombres y mujeres. Nunca ocultó el papel esencial en esos escritos de su mujer Harriet Taylor y de su hija Helen. En España lo publicó Emilia Pardo Bazán y escribió un interesante artículo sobre el ensayo. Leí el ensayo hace años y me pareció admirable no solo la reflexión, también su valentía al enfrentarse a la gente biempensante de la época y al reventar el consenso liberaloide. Por supuesto, Ruskin tuvo más éxito.
¿No sucede lo mismo ahora, que los libros que triunfan son los más complacientes, aquellos que nos dan exactamente lo que esperamos?
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Cuento de Navidad, el Musical
Cuento de Navidad, el Musical
Viernes 26, sábado 27, domingo 28, lunes 29 y martes 30 de diciembre, 19:00 h.
Función matinal el día 28 a las 12:00 h.
Teatro de la Paz, Albacete
Entradas: 12€. El beneficio obtenido irá destinado a: Cáritas (Economato Social), Sagrado Corazón (Residencia y comedor Social) y Banco de alimentos de Albacete
Cuento de Navidad, el Musical.
El musical más familiar y navideño de la Asociación Cultural Spirale vuelve al Teatro de La Paz de Albacete.
Inspirado en el clásico de la literatura de Charles Dickens, se trata de una adaptación musical, cargada de sentimientos, coreografías, voces en directo, un cuidado vestuario y unos decorados que nos llevan a distintas partes de Londres del siglo XIX.
