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Slava’s SnowShow: volver a ser niño

Por: Ana Veiga

Dicen que no hay nada más puro que la risa de un niño. Pero lograr que un adulto sonría como tal puede ser, en muchos sentidos, una experiencia aún mayor. Porque esa risa abre un canal directo hacia el niño que fuimos y lo trae de vuelta por unos instantes, a pesar de la nostalgia, la tristeza y la apatía de un mundo diseñado para aplastar ilusiones en nombre de la optimización, la racionalidad y la productividad. Esa pausa vital, sostenida por una curva en los labios, es lo que consigue Slava’s SnowShow, una tragicomedia visual que su creador, el artista escénico ruso Slava Polunin –antes también actor principal–, define como “un espectáculo teatral, poético, universal y atemporal”.

Desde 1993 se ha representado en decenas de países y cientos de ciudades, con miles de funciones que han transportado a millones de espectadores a su infancia más temprana. Ahora, este espectáculo —nominado al premio Tony al Mejor Evento Teatral Especial y ganador del premio Laurence Olivier en Inglaterra— se encuentra de gira por España hasta el 4 de enero. A Coruña, Gijón, Bilbao y Madrid serán sus paradas.

Su inicio, crudo y desconcertante, es toda una declaración de intenciones. Un payaso entra en escena cabizbajo, avanzando a cámara lenta, arrastrando una cuerda al son de La petite fille de la mer, de Vangelis. La música, atmosférica e instrumental, arrulla al público mientras el payaso estira el cordel y lo convierte en una soga que se coloca alrededor del cuello. No hay risas ni histrionismo: solo una nariz roja —más realista de lo habitual— y una mueca triste, enmarcada por labios y ojos blancos. Es un comienzo oscuro e inquietante que lanza una advertencia clara: hay un payaso en escena, pero su humor está hecho por y para adultos, aunque esos adultos acabarán, inevitablemente, transformándose en niños. De hecho, esa transformación del espectador es una de las proezas más notables del espectáculo.

A partir de ahí, Slava’s SnowShow despliega un universo poético, visual y profundamente onírico que, por momentos, nos hace sentir inmersas en el delirio infantil de una noche de invierno. Al fondo, una pared blanda que evoca un paisaje nevado y, a la vez, recuerda a una manta nórdica bajo la que acurrucarse. Frente a ella, una sucesión de clowns encadena escenas aparentemente inconexas –o casi–, sin otro argumento que observar cómo interactúan en pequeñas secuencias minimalistas, con pocos elementos, milimétricamente medidos, y con unos tiempos perfeccionados desde las primeras representaciones en los años noventa.

Miles de pompas de jabón, pelotas gigantes, una cama que se convierte en barco, un gorro que simula un tren, una bola que simula ser luna y, finalmente, una ventisca que envuelve a toda la audiencia en un momento apoteósico en el que lo único posible es estar. Y ese estar –esa presencia plena de cuerpo y alma– resulta profundamente revolucionaria en una época acostumbrada al scroll eterno y al consumo rápido.

“Todos los adultos fueron primero niños. (Pero pocos lo recuerdan)”, escribía Antoine de Saint-Exupéry en El principito. Si eres de los que quieres –o necesitas– recordarlo, tienes una cita ineludible en el teatro.

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