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‘The Washington Post’, una crisis en tres instantes

Por: Josep Carles Rius

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

Cuando Jeff Bezos se hizo con la propiedad de The Washington Post, en 2013, la pregunta era si su objetivo era recuperar la figura del editor tradicional, el que encontraba el equilibrio entre el negocio y el servicio público del periodismo, o, si, por el contrario, lo que pretendía era contar con la credibilidad de un medio para blindar su inmenso poder. La respuesta ha llegado inexorable después del segundo mandato de Donald Trump. El magnate de Amazon, la primera fortuna del mundo, se ha convertido en una amenaza para uno de los grandes símbolos globales del periodismo.

Los despidos masivos y las injerencias editoriales tienen un especial significado en la medida que afectan a un pilar esencial del periodismo frente a los riesgos antidemocráticos crecientes en Estados Unidos y en el mundo occidental. The Washington Post tiene su cabecera asociada a la investigación del caso Watergate, que forzó la salida de Richard Nixon en 1974 de la Casa Blanca. Fue el resultado de la determinación de la editora, Katharine Graham, el director, Ben Bradlee, y el trabajo de los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein. Aquella gesta marca un antes y un después en la historia del periodismo. Como ahora lo hace, en sentido contrario, el despido de 300 de los 800 trabajadores del periódico.

La crisis de The Washington Post tiene, en la última década, tres instantes claves. Los recordamos.

Primer instante: de la crisis del 2008 a Trump en 2016

En 2008 cambió todo. La suma de crisis en torno a los periódicos resultó devastadora. Los editores vieron cómo se hundía el mundo sobre el que habían basado su rentabilidad. Muchos sucumbieron a intereses ajenos a la información, y aquella crisis de credibilidad que venía de lejos se aceleró de forma dramática. The Washington Post fue una de las víctimas más visibles del nuevo escenario al que se enfrentaba la prensa en todo el mundo. Marty Baron, director del periódico entre 2012 y 2021, reconocía en una entrevista en El País, justo después de dejar el cargo, que su diario «no tenía en 2013 un modelo de negocio viable» y por eso la apuesta de Jeff Bezos era vista como una salvación.

«¿Le inquietan los posibles motivos por los que el hombre más rico del mundo podría querer un periódico en la capital del poder político?», le pregunta el periodista. Y Baron responde: «No. Nunca creí que pudiera tener ningún sentido para él creer que podría usar el Post para ejercer poder político. No necesitaba el Post para eso. Lideraba una enorme corporación y podía ejercer el poder político como siempre hacen las corporaciones, con donaciones y cabildeo. Él dijo que no tenía ninguna intención de hacerlo y luego he podido observar, desde el primer día, que no ha dado ninguna prueba de lo contrario. Nos deja funcionar independientemente, no interfiere en nuestro periodismo, no sugiere historias, no suprime historias, no critica historias. ¡Nos deja hacer nuestro trabajo!».

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016 provocó un estado de shock en el ecosistema mediático de Estados Unidos. La victoria interpeló a los medios de comunicación en dos planos: debían preguntarse, primero, por qué no habían detectado el fenómeno Trump y, después, cómo podían revalorizar su función de frontera cívica en defensa de la democracia. Es muy relevante observar, con la perspectiva del tiempo transcurrido, las reflexiones que siguieron a este terremoto político. The New York Times lideró desde el periodismo la respuesta a Donald Trump. En el intermedio de la ceremonia de los Oscar de 2017, el periódico emitió un anuncio en el que decía: «La verdad es difícil…, difícil de encontrar…, difícil de saber…, y más importante ahora que nunca». The Washington Post también libró el mismo combate. Tras la victoria de Trump, situó debajo de la cabecera la frase: «La democracia muere en la oscuridad».

«En una democracia —defendía Baron en la entrevista—, debemos tener un debate vigoroso y vibrante, pero necesitamos operar desde una serie común de hechos. Y hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer. Uno debe preguntarse cómo puede funcionar la democracia en un ambiente así. ¿Cómo funciona la prensa cuando una parte sustancial de la población cree en cosas que son directamente falsas y en teorías conspiratorias disparatadas?». La segunda victoria de Donald Trump ofrecía respuestas muy pesimistas para la sociedad norteamericana y, también, para The Washington Post.

Tras la primera victoria de Trump, una parte significativa de la ciudadanía de Estados Unidos se tomó el apoyo a los medios como una forma de militancia. Ante los ataques de Trump, miles de ciudadanos se implicaron en la sostenibilidad de la prensa libre. En las semanas que siguieron a las elecciones de 2016, revistas (como The New Yorker, The Atlantic y Vanity Fair), periódicos (como The New York Times, The Wall Street Journal, Los Angeles Times y The Washington Post) y organizaciones sin fines de lucro (como NPR y ProPublica) experimentaron grandes aumentos en las tasas de suscripción o donaciones. The Guardian y Mother Jones también se beneficiaron de la reacción de los ciudadanos. Tras la primera victoria de Trump, The Washington Post contrató más periodistas y apostó por historias de investigación y más profundas.

Segundo instante: Trump vuelve a la Casa Blanca

Con la segunda victoria de Trump todo fue muy distinto. La sociedad que había apostado por los demócratas entró en estado de shock. Esta vez todo fue muy distinto. También para The Washington Post.

Ya antes de las elecciones se hizo evidente que, en el fondo, lo que buscaba Bezos era contar con la credibilidad de un gran medio para lograr su verdadero objetivo: figurar, junto a Elon Musk y otros tecnomagnates, en la cima de la simbiosis entre poder económico, tecnológico y político. Y el espíritu independiente de la redacción de The Washington Post dejaba de ser un plus para convertirse en una carga.

Trump ya no era un accidente de la historia. Encarna una nueva era y Jeff Bezos no dudó. Prohibió a ‘su’ periódico posicionarse en favor de la candidata demócrata, Kamala Harris, y el 26 de febrero de 2025 interfirió directamente en la línea editorial en un mensaje publicado en X: «Os escribo para informaros de un cambio que se producirá en nuestras páginas de opinión. Vamos a escribir todos los días en apoyo y defensa de dos pilares: las libertades personales y el libre mercado. Por supuesto, también trataremos otros temas, pero los puntos de vista opuestos a esos pilares serán publicados por otros».

Más de un cuarto de millón de suscriptores –una décima parte de los que conservaba en el 2025– se dieron de baja del diario tras tal decisión de Bezos. El jefe de Opinión de The Washington Post, David Shipley, presentó inmediatamente la dimisión. La democracia, como había rezado su cabecera, se adentra en tiempos de ‘oscuridad’.

Tercer instante: despidos masivos

La crisis abierta por Jeff Bezos en The Washington Post marca el inicio de una nueva etapa. Por eso es importante recordar los consejos de quien fue su director: «Tenemos una misión, y parte de esa misión es hacer que la gente poderosa y las instituciones rindan cuentas. Eso incluye, claro, a aquellos a los que se les confía gobernar el país. Tenemos que ceñirnos a esa misión, independientemente de quién esté en el poder. Por eso tenemos una prensa libre en Estados Unidos. Por eso se redactó la primera enmienda. Se trata de hacer nuestro trabajo. Eso es todo». Sin embargo, para poder seguir haciendo «nuestro trabajo», The Washington Post necesitó ponerse en manos del propietario de Amazon, Jeff Bezos. Y ahora sufre las consecuencias.

Trescientos de los 800 trabajadores de The Washington Post han sido despedidos. Los recortes masivos afectan a todas las secciones, especialmente deportes, la redacción de local y los suplementos de libros. También afecta a los corresponsales internacionales y los enviados especiales al extranjero. Un caso paradigmático es el de la responsable de la oficina del periódico en Ucrania, Siobhán O’Grady, quien recordó en X que «durante casi un siglo, los corresponsales extranjeros del Post han estado en primera línea en guerras, pandemias, crisis económicas, levantamientos civiles y mucho más». Y concluyó «Washington nos necesita. El mundo nos necesita».

Para Martyn Baron, estamos ante uno de los momentos «más oscuros en la historia de una de las organizaciones de noticias más importantes del mundo. Las ambiciones de The Washington Post se verán drásticamente mermadas, su talentoso y valiente personal se verá aún más reducido, y el público se verá privado de la información objetiva y de primera mano en nuestras comunidades y en todo el mundo, que se necesita más que nunca».

Peggy Nooanan, columnista de The Financial Times, escribía el 5 de febrero que lo que ocurre en The Washington Post «es un duro golpe porque se percibe como otro factor desmoralizante en nuestra vida nacional (…) Los despidos no significan una reestructuración de un periódico ni una reorganización de prioridades, sino la ruina de un periódico, uno excelente, una figura de grandeza periodística desde algún momento de la década de 1960 hasta algún momento de la década de 2020″.

El director ejecutivo de The Washington Post, Will Lewis, presentó la dimisión el sábado 7 de febrero. Será reemplazado por el director financiero de la publicación, Jeff D’Onofrio. Todo un signo de los nuevos tiempos.

Conclusión: dos modelos de prensa global y un fracaso

La batalla para regenerar la prensa es global. Por eso son tan importantes, también, los referentes globales. Existían tres grandes modelos. El que representa The New York Times, el de una familia editora (los Sulzberger) que afianza su periódico como diario de una ciudad y, a la vez, del mundo. The New York Times rediseñó íntegramente su edición digital en 2015 y consolidó su condición de periódico de referencia a escala mundial. El diario mantiene un sostenido crecimiento y a finales de 2025 tenía 12,78 millones de suscriptores, de los cuales más de 95% son digitales. Resulta significativo que las suscripciones internacionales crecen más rápidamente que las de Estados Unidos.

El otro gran modelo de prensa global es el británico The Guardian, que está editado por una fundación, una sociedad sin ánimo de lucro. El diario se ha convertido en una organización multiplataforma, que apuesta por el periodismo de datos y la visualización infográfica de la información, los contenidos multimedia y el uso intensivo de las redes sociales. Su espíritu innovador, le ha llevado también a explorar nuevos modelos de financiación, basados siempre en la implicación de los lectores.

El tercer modelo lo encarnaba The Washington Post, que se había convertido en un gran laboratorio al pasar de manos de una familia (los Graham) a las de un magnate de la venta online, (Jeff Bezos). The Washington Post en los primeros años de la ‘era Bezos’, logró mantener el pulso con su gran rival, The New York Times. En el mes de octubre del año 2015, el Post consiguió alcanzar la cifra de 66,9 millones de usuarios únicos en todas las plataformas, superando por primera vez al NYT, que se quedó en 65,8 millones de usuarios, según datos de comScore. Pero al final su talón de Aquiles, estar en manos de un editor sin un compromiso ético con el periodismo, le ha pasado factura.

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Caso Pujol: juicio a una época de Cataluña

Por: Josep Carles Rius

Este artículo se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.

Jordi Pujol es el primero en saber que en el juicio que hoy (24 de noviembre de 2025) comienza en la Audiencia Nacional está en juego la última oportunidad de salvar su lugar en la historia. Su legado. Su confesión (25 de julio de 2014) generó un profundo sentimiento de estafa moral e intelectual entre cientos de miles de catalanes. Mientras escribía el principal relato político de la Cataluña contemporánea, Jordi Pujol y su familia mantenían importantes fondos en paraísos fiscales. Mientras basaba su liderazgo en un discurso de principios y valores, mantuvo durante más de 30 años fondos ocultos y de origen ilícito.

Entonces, Jordi Pujol se dirigió “a quienes se han sentido defraudados en su confianza”, y habló de “dolor” mientras pedía perdón. Pero aquel día se rompió uno de los grandes espejos en los que una parte de Cataluña se había mirado durante décadas. Y el espejo sigue roto. En el fondo, lo que está en juego en el juicio es qué hay de cierto y qué hay de falso en aquella versión exculpatoria que abrazó el pujolismo: la de unos hijos díscolos y un padre entregado al país, a la patria. Un líder que confesaba, para defender a la familia, ser el único responsable de la fortuna escondida en el extranjero. Pero, al hacerlo, provocaba una inmensa crisis entre los cientos de miles de catalanes de diversas generaciones que habían otorgado a Jordi Pujol un liderazgo moral. Primero fue un sentimiento de vacío, de desconcierto. Y muchos intentaron superar aquella orfandad con la utopía de la independencia.

El entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, se apresuró a decir que era un tema familiar que nada tenía que ver con Convergència Democràtica de Catalunya, el partido-movimiento creado por Jordi Pujol en 1978. Pero Mas sabía perfectamente que no era así. Pujol era el gran referente del partido y, especialmente, de su base social. La confesión fue un golpe letal para Convergència, que se vio obligada a cambiar de nombre en dos ocasiones: del PDECat a Junts.

El primer “juicio político”

En esta historia hay un segundo momento clave: la comparecencia de Jordi Pujol en el Parlament, en febrero de 2015, ante la comisión de investigación creada por el caso que llevaba su nombre. Fue una nueva escenificación del hundimiento de la era en la que el expresidente de la Generalitat y su partido mantuvieron la hegemonía política en Cataluña. Jordi Pujol menospreció al Parlament —y al país que tanto había utilizado como bandera— con sus silencios y con sus expresiones (“Dicen, dicen, dicen…”). Pero la sucesión de preguntas y la falta de respuestas resultaron demoledoras. Configuraron un retrato del pujolismo, de un régimen clientelar en torno al clan familiar que lleva su nombre.

La estrategia de la familia en aquel momento era remitirse a los tribunales, pero lo que se dirimía en aquella comisión de investigación del fraude fiscal, conocida como Comisión Pujol, era la responsabilidad política. Y en el Parlament se celebró un juicio a una época, un juicio político. No jurídico y, por tanto, no pendiente de sentencias ni de recursos. Aquello que ahora sí, 10 años después, llega a la Audiencia Nacional.

Sobre las intervenciones en aquella comisión pesaban como una losa los intentos de refundación, de soltar lastre, del mundo convergente. La familia Pujol se sentía abandonada. Jordi Pujol lo verbalizó: “Suponiendo que mi partido me hubiera abandonado —que no le digo ni que sí ni que no—, no me siento nada abandonado por mucha, mucha gente”. Marta Ferrusola fue más lejos y proclamó que “Catalunya no se merece” una comisión de investigación como la del Parlament. Su hijo, Jordi Pujol Ferrusola, mantuvo un tono desafiante ante los parlamentarios. Los tres —padre, esposa e hijo— reflejaban la Cataluña que el clan Pujol consideró su patrimonio. Era el final de una época que ahora vuelve a juzgarse, esta vez en los tribunales.

Revivir el trauma

Con el juicio en la Audiencia Nacional, la Cataluña que creyó durante tantos años en el liderazgo político y moral de Jordi Pujol revivirá el trauma provocado por todo lo que, durante estos años, se ha ido conociendo sobre el caso.

“Reverend Mossèn. Soy la madre superiora de la congregación. Desearía que traspasara dos misales de mi biblioteca a la biblioteca del capellán de la parroquia. Él ya le dirá dónde deben colocarse. Muchas gracias”. Este es el texto de la nota manuscrita, firmada por Marta Ferrusola el 14 de diciembre de 1995. Palabras que contribuyeron al sentimiento de tristeza de los millones de catalanes que durante veintitrés años dieron el poder a su marido, Jordi Pujol.

Jordi Pujol construyó un relato basado en valores y principios compartidos por una amplia mayoría social en Cataluña. La decepción de sus votantes es infinita. Quienes creyeron en Pujol descubrieron el cinismo de la apariencia, de la moral que se aplica a los demás pero no a uno mismo; la que sirve como instrumento de control social. El clan por encima de todo, el sentido patrimonial de la política y del país. Y no es solo una cuestión personal o familiar. El pujolismo fue un régimen construido sobre múltiples complicidades y silencios: de políticos, de empresarios que pagaban, y de la prensa que calló.

Complicidades y silencios que solo se explicaban en un país aún sumergido en los viejos hábitos del franquismo; en una Cataluña y una España donde perduraban (¿y perduran?) los caciques. La fortuna descubierta a los Pujol en paraísos fiscales no revela solo un fraude fiscal, sino el saqueo del dinero público a través del pago de comisiones por parte de contratistas de la Administración. Dinero para los partidos y dinero para el clan. Corrupción sistémica.

El “factor humano”

Para entender el “factor humano” que explica por qué tantos catalanes, durante tanto tiempo, otorgaron su confianza y admiración a Jordi Pujol es muy recomendable recuperar ¡Esto es una mujer! Retrato no autorizado de Marta Ferrusola. El libro explica cómo el clan Pujol-Ferrusola logró tejer a su alrededor un verdadero régimen político que mantuvo la hegemonía en Cataluña. El libro, escrito por la periodista Cristina Palomar en 2014, fue prácticamente silenciado por la prensa, una prueba más del poder que todavía conservaba entonces la vieja Convergència.

La obra refleja muy bien una época de una cierta Cataluña: la que, tras la posguerra y el franquismo, abrazó el catalanismo y la democracia de la mano del movimiento político y social liderado por Jordi Pujol. Esa Cataluña sufrió, el día de la confesión del expresidente, un demoledor golpe emocional, seguido de una sensación de duelo colectivo.

Quienes habían convertido a Pujol en el padre de la patria, en su referente político e incluso moral, necesitaban encontrar un porqué. Sin una explicación, el fracaso de Pujol era también el fracaso vital de quienes lo habían votado y admirado durante “toda una vida”. Era imprescindible encontrar un culpable que, de algún modo, “salvara” al presidente. Y, de repente, todas las miradas se dirigieron a Marta Ferrusola (1935–2024). La esposa de Pujol era el “factor humano” que explicaba el desastre. Su nota manuscrita parecía reforzar esta tesis.

Pero no estábamos ante un “error humano”, de una persona o de una familia, sino ante un caso sistémico: un régimen de clientelismo que utilizó Cataluña como patrimonio para enriquecerse y acumular poder. Y que, incluso, no tuvo reparos en utilizar como tapadera el Palau de la Música, símbolo de la cultura catalana. La Cataluña que creyó en Jordi Pujol y en su obra política, CDC, necesitó primero hacer una catarsis, que en buena parte explica el Procés. Y aún tiene pendiente recomponer el espejo roto y abrir un profundo proceso de regeneración para evitar que aquel legado derive hacia planteamientos de extrema derecha, en los que, conviene insistir, Jordi Pujol nunca participó.

Los cargos que se juzgan

El juez instructor del caso, José de la Mata, concluyó que Jordi Pujol y su familia se aprovecharon de su poder para “acumular un patrimonio desmesurado”. El juez relaciona ese dinero con “percepciones económicas derivadas de actividades corruptas”. La Fiscalía Anticorrupción sitúa a la familia en el centro de una “red de clientelismo” en la que los Pujol y “empresarios afines” a Convergència “se repartían” los “excelentes beneficios” de concursos públicos dependientes de administraciones catalanas. La Fiscalía evalúa el impacto de esta trama: entre 2008 y 2012, las cuentas de la familia Pujol pasaron de 106.796 euros a 12,2 millones.

El juez considera que la familia diseñó un “plan preconcebido” para ocultar “grandes sumas de dinero de origen desconocido” mediante el blanqueo de capitales (sociedades mercantiles instrumentales, testaferros y grandes cantidades de dinero en efectivo).

Según el juez, Jordi Pujol era quien lideraba “la organización criminal”. Aunque quien se enfrenta a una pena mayor es Jordi Pujol Ferrusola, que, según el juez instructor, seguía las “instrucciones” de su padre y “dirigía” toda la estrategia.

En el banquillo de los acusados también se sentarán los otros seis hermanos porque “seguían las instrucciones” y se beneficiaron del dinero “directa y conscientemente”. Además, será juzgada Mercè Gironès, exesposa de Jordi Pujol Ferrusola, y diez empresarios, acusados de cooperación necesaria en el blanqueo de capitales. En total hay 19 acusados. Las principales penas que solicitan la Fiscalía y la Abogacía del Estado son: Jordi Pujol Ferrusola (29 años), Mercè Gironès (17 años), Josep Pujol Ferrusola (14 años) y Jordi Pujol (9 años). La Fiscalía pide, además, multas que suman 50 millones de euros.

Más allá de los 19 acusados, en el banquillo se sentará una época. Jordi Pujol representó la resistencia de cierta pequeña burguesía catalana al franquismo; fue una pieza clave en la construcción del ideario catalanista y creó el movimiento nacionalista que, con su hegemonía, lo mantuvo veintitrés años en la presidencia de la Generalitat. Fue, en definitiva, un líder político e ideológico decisivo en la configuración de la Cataluña contemporánea. Tanto es así que, sin su tránsito intelectual del autonomismo al independentismo, no se entiende en toda su dimensión el proceso que vivió Cataluña y que alcanzó su cenit en 2017.

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