Nada más terminar la conversación que ha dado cuerpo a este artículo, el periodista Sergio C. Fanjul da las gracias a un servidor por el tiempo invertido. Estas palabras, que en otra entrevista quizá son pura cordialidad, aquí tienen mucho sentido: Fanjul sufre de cronofobia, término que se usa para nombrar el miedo al paso del tiempo y que también ha dado título a su nuevo libro, publicado en la editorial Arpa.
En este ensayo reflexiona sobre todo lo que implica el tiempo, desde un intento por describirlo hasta su perspectiva más social. De esta manera, muestra la relación problemática que tenemos con él; cómo nos organizamos con respecto al trabajo, los cuidados o el ocio; lo que pensamos del futuro y del pasado; la prisa con la vivimos hoy en día; y un largo etcétera de cuestiones más. Una entrevista que, esperemos, no te haga perder el tiempo.

¿Qué es la cronofobia?
Como su nombre indica, es el miedo al paso del tiempo. Yo empecé a sentirla a los 14 años y desde entonces la arrastro. Ahora que he sacado el libro hay mucha gente que me dice que la comparte también. Y, aunque tenga ese nombre feo y amenazante, creo que es algo connatural al ser humano. De hecho, la mayoría de las filosofías, religiones y espiritualidades se han peleado con este concepto y con qué va a venir después. Algo que sucede porque es una cosa que pasa a través de nosotros, que no sabemos lo que es y que no podemos controlar.
Estamos rodeados de él, lo manejamos en el día a día. Pero, ¿qué es exactamente? ¿Cómo podemos tener control sobre él?
Es la gran pregunta filosófica. Ya Agustín de Hipona dejó dicho que notaba el tiempo, sabía lo que era, pero que si le preguntabas sobre él no podía explicarlo. A nosotros nos pasa igual, algo que también nos ocurre con palabras como amor o arte. Con respecto al tiempo, podemos diferenciar varios conceptos: desde eso que nos sirve para ordenar las cosas, para medir duraciones, para concertar citas, está el tiempo objetivo (el del reloj) y el subjetivo (cómo lo percibimos), etc.
Un tiempo que cada vez está más acelerado. ¿Por qué?
Uno de esos tiempos de los que hablaba antes es el que rige el planeta, que se crea a finales del s. XIX con sus usos horarios. Uno que es fundamental que sea igual en todas partes porque es lo que permite que funcionen los medios de comunicación, que lleguen los transportes de mercancías, que haya transacciones financieras, etc. Todo depende de él. El problema es que es un tiempo al que los seres humanos tenemos que adecuarnos, además con la lengua fuera, y que no tiene nada que ver con cómo somos cada uno.
¿Cómo afecta esto a los cuidados?
El tiempo, tal como está pensado, no tiene que ver con nosotros: ni con nuestro cuerpo físico y ni en la forma en la que deberíamos vivir. Algo que se ve muy bien en la conciliación con la crianza, la pareja, el ocio o el autocuidado. Por ejemplo, yo tengo una niña de cuatro años que exige una temporalidad completamente diferente a la que se propone laboralmente. Los niños necesitan la atención constante de sus padres, algo que el trabajo no permite, por lo que tenemos que externalizar los cuidados. Pero esto ni muchas veces sirve: cuando se habla de conciliar, de lo que se habla es de cómo tener algún sitio donde almacenar a los hijos para trabajar, no en cómo adaptar el trabajo a la crianza.
«Cuando se habla de conciliar, de lo que se habla es de cómo tener algún sitio donde almacenar a los hijos para trabajar, no en cómo adaptar el trabajo a la crianza».
¿La lucha por el tiempo debería de ser una de las principales luchas políticas?
Totalmente. Desde Sumar han estado muy preocupados con esto y han intentado reducir la jornada laboral. Cuando trabajas ocho horas en una oficina sientes que te están succionando la vida, porque es eso literalmente lo que hacen: el tiempo es la esencia de la existencia. La política tiene que meterse ahí y, aunque no haya salido por culpa de las derechas, tiene que seguir peleándose. Ahora que el término libertad está tan instrumentalizado por la derecha –desde una perspectiva muy malentendida y muy egoísta–, debería empezar a ser enarbolada por la izquierda para defender una idea de la libertad de disponer del propio tiempo. No hay libertad más grande.
Dejando de lado el aspecto laboral, ¿qué necesitamos para ralentizarlo?
Otro factor que ha supuesto una aceleración del tiempo es la tecnología, sobre todo por el teléfono móvil: un aparato que nos está pidiendo atención todo el rato, lo que se traduce en tiempo. Una forma de luchar contra ello es intentar tener un uso razonable de las redes, si es que esto es posible. Ni yo predico con el ejemplo.
«No hay libertad más grande que disponer del propio tiempo».
Ligado con esto, el otro día leía una entrevista en la que un científico decía que el scroll infinito y la conexión constante hacen que el tiempo pase más rápido no solo porque reclaman nuestra atención, sino porque son un chorro continuo sin momentos que se abran y se cierren. Es decir, no hay hitos que cortan el tiempo ni lo almacenan, como si la vida fuera un churro y no distinguiéramos nada en ella. Aparte de eso, hay otra forma que han repetido desde diferentes lugares a lo largo de la historia que sirve también para ralentizar el tiempo: el estar presente en el ahora. Cada cosa en su momento y su lugar hace que la experiencia del tiempo sea más lenta y menos agobiante.
¿Cómo se relacionan tiempo y memoria?
El cerebro tiene diferentes formas de entender el tiempo. Hay algunas partes, como la amígdala o el hipotálamo, que se dedican a uno más presente. La memoria, por su parte, es una forma de organizar el tiempo pasado. Nos sirve sobre todo para entenderlo a largo plazo, cuando hablamos de nuestra vida en general. Por eso nos permite recordar cuando íbamos al colegio, cuando éramos pequeños… Ahí radica nuestra identidad. De esta manera, la memoria es lo que somos y a la vez el tiempo pasado: somos lo que hemos sido. Por eso cuando una persona sufre demencia o alzhéimer, pierde su identidad.
Dos conceptos que tienen su vertiente en la nostalgia y, actualmente, en la corriente más reaccionaria.
Hace unos años se empezó a discutir si la nostalgia era revolucionaria o no, si se podía ser nostálgico de un mundo que no respetaba las minorías y, por lo tanto, que era peor. Yo defiendo que hay que diferenciar de qué tipo de nostalgia hablamos, porque quizá se es nostálgico de los movimientos culturales del pasado o de la niñez, cuando la vida, al menos en términos generales, suele ser mejor.
«Quizá se es nostálgico de los movimientos culturales del pasado o de la niñez, cuando la vida, al menos en términos generales, suele ser mejor».
En el libro, además, explico la diferenciación entre dos tipos de nostalgia que hace la pensadora Svetlana Boym. La primera, la restaurativa, es una que quiere volver al mundo anterior y materializarlo, como intenta la extrema derecha. Pero esto no tiene mucho sentido porque no es posible recuperar el pasado en los mismos términos y seguramente se corresponda con uno que no es tan esplendoroso como se piensa. La otra nostalgia es la reflexiva, una más amable que suele estar vinculada al arte: no quiere volver al pasado, sino que se alegra de que haya tenido lugar. Es una alegría por haber vivido y a la vez triste porque ya pasó.
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