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Trivial

Por: Ana Carrasco-Conde

Este artículo se publicó originalmente en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.

¿Es lo banal algo trivial? ¿Es el mal banal? ¿Y el daño? ¿Son triviales? ¿Qué hay de trivial en matar a alguien? ¿Es eso lo trivial? ¿Hemos naturalizado que el que haya bajas en la guerra sea «normal»? ¿Es eso lo que carece de valor o de interés? ¿Qué hace que un asesinato sea tolerable y otro intolerable? ¿El modo de matar o el modo de morir?

El adjetivo banal hace referencia a un vocablo francés que apunta a lo común de un pueblo que comparte la figura de un gobernante, de ahí bando. Tan común es que carece de importancia, ¿lo común no es importante? ¿Y si es precisamente lo más importante? ¿Y si a lo que debemos prestar atención es precisamente al modo en el que nuestras formas sociales de organizarnos normalizan ciertos actos que deberían causarnos un profundo rechazo? ¿Y si lo banal tuviera que ver con cerrar los ojos?

Entonces la banalidad del mal, según la conocida fórmula de Hannah Arendt, no sería aquella relacionada con la falta de reflexión, sino con la normalización de lo que en realidad va contra toda norma: atentar contra la vida de personas (y otros animales) inocentes. Entonces, ¿atentar contra la vida de culpables sí es lo normal? Con pesar, esta pregunta puede responderse afirmativamente. Ahora bien, ¿quién es culpable en una guerra y de qué? ¿Qué es una guerra? ¿Y qué una matanza? ¿Cuál es la diferencia entre matanza y genocidio?

Para responder a estas cuestiones, volvamos a la palabra trivial: ¿hay un mal trivial o hay un daño trivializado? Lo trivial es asunto intrascendente, elemental y sabido por todo el mundo. Es por ello objeto de conversación vacua y superficial, tema de ascensor o, como apunta el origen del término, de lo que se habla en el cruce de caminos en el que se encontraban viajantes y posadas (lat. trivium). Lo trivial sería, entonces, por un lado, lo común que todos saben y, por otro, tema fácil de conversación.

Desde esta perspectiva, cuando pensamos en una guerra, todo el mundo sabe que mueren personas y pueden darse expresiones circunspectas que dan cuenta de lo mal que está el mundo, como qué horror lo que sucede en la otra punta del planeta. Elemental. Desde este punto de vista, el genocidio en Gaza es trivial: tema de conversación en el que todos saben lo que sucede y todo el mundo opina.

Sin embargo, lo trivial es la conversación, no el asunto mismo, es decir, trivializamos algunas cosas cuando, en lugar de convertirlo en tema sobre el que pensar, lo convertimos en tema del que charlar. Esta sería una banalización del mal (el que se ejerce) y del daño (el que se experimenta). Para pensar en un tema sin trivializarlo es preciso profundizar en él y para ello, en lugar de buscar información que secunde lo que queremos pensar, escuchar también lo impensado por nosotros hasta el momento.

¿Qué hace de una matanza un genocidio? La planificación de la muerte. ¿Es lo acontecido en Gaza uno? Algunos dirán que no, que son víctimas de una guerra, de la que tan responsable es Hamás como Israel. Pero profundicemos un poco más. Tenemos matanzas masivas, torturas, guerras incesantes, prácticas brutales, conflictos de sangre y restos mortales, tenemos desaparición de cuerpos, descuartizamiento de personas, hambrunas por corte de suministro, guetos, caza de brujas, de mujeres, de personas por su identidad u orientación sexual. Hay donde elegir. ¿Todo esto es banal? ¿Todo ello se debe a la falta de reflexión? Afirmar tal cosa es no entender qué se afirma cuando se habla del mal banal o del daño trivializado.  

En otros lugares he señalado que no es cierto que el mal se repita, sino que es nuestra forma de abordarlo la que nos da sensación de ciclicidad y repetición. Decir que el ser humano es violento o malo, sea por naturaleza o a causa de la sociedad, es etiquetarlo y con ello ceder a la pereza de pensar y pensarnos. La etiqueta nos posiciona en un punto de vista que muchas veces es difícil abandonar. No se trata de juzgar, de opinar, de creer, sino de analizar, profundizar y comprender.

Si el ser humano es violento, ¿qué podemos hacer salvo quejarnos, darnos por vencidos, condenarnos o atarnos con leyes que nos protejan de los demás? Porque son los demás, según pensamos muchas veces, los que hacen daño, casi nunca nosotros. Una de las primeras acciones que podemos llevar a cabo es no trivializar el daño, esto es, convertirlo en objeto de una conversación vacua, en la que nos escandalizamos pero al poco tiempo, pasamos a otra cosa. Romper esta inercia a la que tendemos, incluso en la más inocente intención y sincera preocupación, es ya interrumpir el círculo de la repetición para abrir la posibilidad a otro modo de referirse a lo que a alguien le está sucediendo y alguien está realizando.

Ahora bien, ¿entonces cómo hablar de ello? ¿cómo pensarlo? Preguntándonos cómo hablamos de ello y en qué contexto, si se reduce a una conversación aunque sea preocupada o si pensamos en emprender acciones que vayan más allá de lo corriente y que alteren las lógicas de lo común de los modos del mal naturalizados, que no sea motivo de cháchara en encrucijadas de caminos, es decir, que no sea trivial en sentido literal, sino que lo sea en otro sentido: el de ponernos a nosotros mismos en la encrucijada, en el cambio de dirección y de sentido. Que no sea insignificante, digno de olvido, sino que signifique porque en sentido contrario nos significamos como personas superficiales incapaces de responder ante una situación y ejercer la libertad con conciencia. Saber de lo que hablamos es también saber cómo lo hablamos. 

Decía al comenzar que lo común es lo más importante. Por eso no hay que caer en la ceguera de lo corriente: para reconstituir y recomponer lo común. Aunque haya culpables en una guerra, no por ello se merecen la peor de las muertes. Ahora bien, los genocidios, aunque suelan darse en el contexto de una guerra, no son sinónimo de guerra. Son el resultado de todo un mecanismo planificado de exterminio de quien solo es culpable de ser. Asesinar a miles por tener en común la cualidad de ser de una determinada manera. Eso sería un genocidio. Habrá que pensar entonces en el modo en el que lo común de ellos es también lo común que tenemos con ellos.

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