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Disfrutamos de los ecosistemas sin saber lo que son — ¿Qué es un ecosistema? ¿Por qué los maltratamos?

Por: Pepe Galindo

Un ecosistema es un sistema biológico constituido organismos vivos y el medio físico donde se relacionan. Algunos ecosistemas son reconocidos y la opinión general es que deberían conservarse. Así ocurre con los arrecifes de coral, las selvas tropicales o las sabanas africanas. En cambio, hay otros ecosistemas que son sistemáticamente maltratados y no hay conciencia de que sean ecosistemas valiosos. A veces, es triste constatar que se defienden verbalmente los ecosistemas lejanos mientras se maltratan los paraísos cercanos. Veamos unos ejemplos:

Bosque: Para algunos, si no está protegido no tiene valor

Unas 12.000 hectáreas de bosque ardieron en Huelva (septiembre 2020), un clásico punto negro de incendios en Andalucía. El gobierno local (PP) dijo literalmente en boca de su consejera de Desarrollo Sostenible que esos árboles no tienen mucho valor ecológico. Es cierto que unas 1.600 hectáreas eran de eucaliptos de la empresa papelera Ence y, aunque los eucaliptos son tal vez mejores que los naranjos, no dejan de ser cultivos y no bosques. No obstante, las palabras de la consejera indignaron a mucha gente que se sentía incomprendida ante la pérdida de un patrimonio natural inmenso, pues también ardieron dehesa de encinar, pinares, pastos y monte bajo.

La incultura ambiental es grande en la clase política. Lo vemos cada día. Por eso es importante proteger los ecosistemas con alguna de las muchas figuras de protección que existen: Parque Nacional, Parque Natural, Red Natura 2000, ZEPA… porque para algunos lo que no está protegido, no es valioso. Para otros, incluso aunque esté protegido sigue sin ser valioso (véanse las agresiones a Doñana o el caso de El Algarrobico almeriense, por citar solo dos ejemplos). Para evitar el colapso ambiental deberíamos, como mínimo, proteger el 50% del planeta y no destrozar el resto.

Río y cloaca son sinónimos en muchas ciudades

Llevamos tantos años sin bañarnos en los ríos principales que creemos que eso es lo normal, pero no. Los ríos no son solo el lugar más cómodo para tirar lo que nos sobra. Los ríos son ecosistemas y de su buen estado depende nuestra calidad de vida. La incultura ambiental es tan grande que aún hay algunos que piensan que el agua de los ríos se tira al mar y no entienden ni lo más elemental del ciclo del agua.

Algo estamos haciendo muy mal mientras no podamos bañarnos con seguridad en todos los ríos y en cualquier tramo. España es el peor ejemplo: la falta de depuradoras lleva a España a pagar la mayor multa de su historia a la UE. Ya hemos pagado 32,7 millones de euros por incumplir una directiva de hace 29 años, y la multa sigue subiendo, porque la directiva sigue sin cumplirse. Un ejemplo clásico es Nerja en Málaga que no deja de echar aguas residuales al río Chíllar y al mar. El río Cega (Segovia) es solo otro río más contaminado por los agricultores. ¿A qué clase de políticos elegimos en España?

Una playa es un ecosistema, no un centro de ocio

En las playas hay mucha biodiversidad, aunque algunos solo ven las moscas, cuando les molestan. Las playas son ecosistemas muy valiosos y cada vez más, debido a que están desapareciendo las pocas playas “naturales” que quedan. Se llenan de casas, de turismo, de espigones, de puertos deportivos, de piscinas y de campos de golf. Regenerar playas artificialmente con arena es también una mala inversión económica y ambiental.

Las tortugas se quedan sin lugar donde desovar y las aves se tienen que ir a otros lugares, al menos durante el verano. ¿Consentiríamos que los mejores bosques fueran invadidos por turistas en masa? Por eso, proponemos que al menos el 10% de todas las playas (todas) sea acordonado y no se invada nunca, ni en verano. Perderemos zona de baño, pero ganaremos en educación ambiental y compartiremos espacio con nuestras hermanas las tortugas, las aves… y las moscas.

Un desierto no es algo muerto

Todos hemos escuchado alguna vez eso de que en el desierto teníamos que poner paneles solares. Las renovables son una punta de lanza del ecologismo, pero no siempre las renovables son ecológicas. En los desiertos hay mucha biodiversidad, aunque no todo el mundo la vea ni la valore. Llenar el desierto con paneles solares no es ecológico y menos aún cuando tenemos millones de hectáreas sin paneles solares en todas las ciudades. La ocupación de territorio por paneles solares también puede ser problemática en otros ecosistemas. En Extremadura, por ejemplo, han denunciado que el boom de la energía fotovoltaica está eliminando suelo agrícola y amenazando la conservación de especies amenazadas y en peligro.

El paraíso puede no tener árboles

También se desprecian ciertos ecosistemas solo por no tener árboles: humedales, pastizales, matorrales, turberas, praderas, tundras… Un ejemplo andaluz lo tenemos en la herriza o brezal mediterráneo, un ecosistema marginado del Parque Natural de los Alcornocales. Posee una gran biodiversidad y un gran valor ecológico y paisajístico, pero ha sido injustamente despreciado por no tener árboles.

El ser humano no es propietario de todos los ecosistemas. Les debemos un respeto a las especies que allí viven, por ecologismo, por animalismo, por ética y por puro egoísmo, porque necesitamos la naturaleza para vivir y porque nos gusta la estética de sus paisajes.

La educación ambiental falla de nuevo

Si no conocemos ni respetamos los ecosistemas cercanos, ¿cómo vamos a respetar los ecosistemas que tenemos lejos?

Destruir ecosistemas genera dinero y trabajo para unos pocos, pero destruye algo valioso a largo plazo para la humanidad. Las generaciones más jóvenes se están quejando y se quejarán por lo que están haciendo sus padres hoy. Sin educación ambiental, vamos mal. Y así vamos.

♥ Aprende más:

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Los incendios forestales se apagan en las aulas y en los parlamentos

Por: Pepe Galindo

Evitar los incendios forestales es un problema complejo. En España, sabemos que al menos el 80 % de los incendios son provocados por el ser humano (algunas fuentes apuntan a un porcentaje aún mayor, llegando al 95 %). Estos siniestros son desencadenados voluntariamente (por incendiarios) o son fruto de una negligencia. Lo positivo es que todas estas causas se pueden reducir con una buena educación en las aulas. Las carencias en educación ambiental en la juventud de hoy, las sufrirá la humanidad de mañana. Más aún, los políticos que hoy toman malas decisiones ambientales tampoco recibieron una educación basada en el respeto hacia la naturaleza.

El interés en provocar incendios tiene diversas motivaciones. Por ejemplo, para conseguir pastos para la ganadería extensiva, lo cual demuestra que este tipo de explotación animal no es respetuoso con la naturaleza. Otra causa es facilitar terrenos para la caza, una motivación que provoca un menor número de incendios, pero de gran extensión. También hay pirómanos (enfermos mentales) y bomberos (que provocan el fuego para garantizar su trabajo), pero estas últimas causas no son las más relevantes. Entre las causas accidentales encontramos negligencias en los trabajos agropecuarios, tanto con maquinaria como por quemas agrícolas. E incluso, ciertos siniestros han sido provocados por excursionistas que desconocen que está prohibido hacer fuego o barbacoas en determinados lugares o épocas del año.

Dado que los incendios tienen mayoritariamente origen humano, no tiene sentido culpar a que los montes estén sucios (un bulo que se repite sin razonar, como aquel de que el agua de los ríos se tira al mar). Esto es absurdo, por dos motivos básicos:

  1. Un monte natural, con hierbas, arbustos y madera muerta, es un monte sano. La tierra necesita materia orgánica para que haya abono para los árboles vivos. Es un error grave retirar esa materia vegetal para convertirla en basura o en un negocio: combustible (biomasa, pellets, leña). Otra cosa es pastorear en los bosques, lo cual tiene menor impacto.
  2. Los bosques mejor conservados son aquellos en los que los humanos intervienen lo menos posible o aquellos en los que viven tribus ancestrales. Si la ganadería extensiva cuidara bien de los bosques, Galicia y Asturias no serían líderes mundiales en incendios forestales. Para dejarlo claro: en España, las zonas con más incendios forestales coinciden con las zonas con más granjas de ganadería extensiva (véanse estos mapas).

Respecto al primer punto, no vamos a ocultar que tampoco hay acuerdo unánime entre los ecologistas pues, aunque todos compartimos que la agricultura intensiva es peor que la extensiva, organizaciones como Greenpeace son partidarias de fomentar esta segunda como si fuera sostenible cuando en realidad plantea evidentes dudas. Es posible que pretendan evitar males mayores, o incluso, usar la ganadería extensiva como un modelo de transición, pero los estudios científicos apuntan a conclusiones muy claras: por una parte, el pastoreo de ganado no previene los incendios forestales y su eficacia es totalmente insuficiente; por otra, la ciencia nos indica la importancia de reducir todo tipo de alimentos y productos que procedan de los animales.

Los detalles son importantes. Por ejemplo, no es lo mismo mantener rebaños pequeños que puedan pastar en los bosques (cabras u ovejas), que ganado vacuno para el que los ganaderos prefieren montes sin árboles (con más pasto). Sin embargo, en general, en los modelos actuales, ninguno de los dos es realmente sostenible (ni ético con los animales). Tal vez, el pastoreo sería útil si la mayoría de los incendios fueran por causas naturales (rayos, volcanes, meteoritos…), pero resaltemos que esas causas no son las más preocupantes. Como dice Francisco Sánchez, pastorear o limpiar el monte para prevenir un presunto riesgo «es tan disparatado como amputarse una pierna para evitar un esguince».

Medidas que no se están aplicando

Además de la necesaria educación ambiental, hay otras medidas que ayudarían a que el fuego aparezca con menor frecuencia y a que, cuando lo haga, sea menos destructivo. Las siguientes peticiones son urgentes y van dirigidas a los poderes legislativos (parlamentos) y ejecutivos (gobiernos centrales, locales, autonómicos, etc.).

  1. Dedicar más recursos por parte de todas las administraciones para lo siguiente:
    • Reducir los tiempos en detectar el fuego, para comenzar la extinción lo antes posible. Por ejemplo, usando drones y otras técnicas.
    • Mejorar las condiciones laborales de quienes nos protegen frente a estos desastres: bomberos, agentes forestales, guardas forestales, peones forestales, pilotos, etc.
    • Mejorar la investigación para condenar a los culpables. Endurecer las penas apenas tendrá repercusión. Primero, porque el delincuente confía en no ser atrapado. Y segundo, porque solo en el 2 % de los incendios provocados se logra detener al culpable.
    • Establecer controles que eviten los chanchullos para amañar concursos públicos cuando se contratan empresas privadas, una forma de corrupción que, por desgracia, está asentada.
    • Impulsar la implicación de la sociedad civil, tanto en la prevención como en la respuesta a emergencias, canalizando la solidaridad espontánea que surge en estos casos.
    • Lo anterior, unido a campañas de concienciación, sin duda harán bajar la cifra de fuegos iniciados.
  2. Establecer protocolos de coordinación entre los distintos cuerpos y que no se dependa del «voluntariado» de bomberos que actúen sacrificando su tiempo libre. En la actualidad, cada comunidad autónoma en España tiene sus normas y no se coordina con eficacia, lo cual hace que perdamos también dinero y territorio verde.
  3. Tampoco hay protocolos ni mecanismos para coordinar el voluntariado y contratar profesionales. Hay muchas personas bien formadas que quedan paralizadas mientras el monte se quema y mientras se contrata personal sin experiencia ni formación adecuada.
  4. Establecer protocolos para gestionar bien la logística de los incendios forestales: comida del personal, material EPI suficiente, tareas de lavandería, etc. Téngase en cuenta que los trajes de los bomberos se impregnan de sustancias tóxicas que no deberían esparcirse por los hoteles donde se alojen ni en sus propios domicilios.
  5. Aprobar una ley de dotaciones mínimas, para que en cada época del año se sepa cuántos efectivos deben estar operativos de forma obligatoria.
  6. Evitar que alguien saque provecho del monte quemado. No se debe extraer la madera quemada y el territorio debe quedar vetado a todo tipo de aprovechamiento humano: nada de pastar ganado, ni cazar, ni cambios en el uso de los terrenos, ni recalificaciones de ningún tipo (urbanísticas, mineras o de otro tipo). Debemos estar atentos porque algunos ingenieros forestales son expertos en monetizar el bosque y no les interesa el funcionamiento real de la naturaleza.
  7. Prohibir la caza en condiciones de alto riesgo, tales como ante alertas meteorológicas de sequía o calor extremo. Estos son motivos suficientes para prohibir la media veda (caza en verano) además de los otros problemas de la caza.
  8. Establecer protocolos para salvar también a los animales: domésticos, de granja y también salvajes, cuando sea posible.
  9. Prohibir las quemas agrícolas, no solo por el riesgo de incendio, sino por la contaminación y el daño que causan frente a alternativas como el compostaje.
  10. Conseguir que la Política Agraria Común de la Unión Europea (la PAC) deje de favorecer los intereses de las multinacionales de la agroindustria, y pase a fomentar buenas prácticas sostenibles de agroecología.
  11. Educar en las ventajas de la renaturalización (rewilding), una alternativa eficiente, barata y ecológica para aumentar los bosques y las zonas naturales. Deberíamos proteger un mínimo del 50% del planeta para evitar el colapso ambiental.

Algunas de las peticiones anteriores parecen tan elementales que se puede llegar a pensar que ya se están aplicando. Pero no es así. De hecho, son denuncias de los propios bomberos y personas que conocen el problema de primera mano. Si no avanzamos en esto, España arderá cada verano y sufriremos cada vez más los efectos de nuevos desastres climáticos. De hecho, todavía no hemos aprendido las lecciones de la DANA que asoló la Comunidad Valenciana.

Es necesario resaltar que el abandono de campos o incluso de pueblos enteros no es algo inherentemente negativo. Más aún, esto puede tener efectos positivos para el medioambiente. Por supuesto, habrá que prestar atención para minimizar las consecuencias negativas en la población, si se diera el caso.

Para terminar, no debemos olvidar que la crisis climática va a aumentar los llamados fuegos «de sexta generación»: incendios tan grandes que son incontrolables; tan complicados de extinguir que los bomberos solo pueden esperar a que el fuego pierda intensidad para atacarlo. ¿Estamos preparados?

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