El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.
Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.
Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?
El problema no es solo técnico; es cultural y ético
La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.
Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.
La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva
Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.
Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.
Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda
En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.
Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.
Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.
La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología
La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:
Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.
Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella
No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.
La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.
El modelo actual de “sostenibilidad” es insuficiente. Durante las últimas décadas se ha producido un avance indudable en la conciencia ambiental. Hoy hablamos de biodiversidad, de cambio climático, de límites planetarios, de huella ecológica y de economía circular con una naturalidad impensable hace cincuenta años. Este esfuerzo colectivo ha tenido un mérito enorme: ha conseguido que la destrucción del planeta deje de ser invisible.
Sin embargo, ese mismo éxito ha traído consigo una paradoja inquietante: cuanto más hablamos de sostenibilidad, más se intensifica la degradación de la Tierra. La crisis ecológica no se ha frenado. La pérdida de especies continúa. Los ecosistemas siguen fragmentándose. Y el consumo global no deja de crecer.
Esto obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿Estamos cambiando de verdad o solo estamos maquillando el mismo modelo?
El problema no es solo técnico; es cultural y ético
La mayor parte de los discursos ambientales actuales se centran en cómo producir mejor: energías renovables, eficiencia, reutilización, reciclaje, productos “eco”, neutralidad de carbono, compensaciones, certificaciones verdes… Todo esto es necesario, pero no suficiente, porque el núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en la mirada con la que entendemos el mundo natural.
Seguimos viendo a la Tierra como un conjunto de recursos que deben gestionarse bien para que el sistema continúe funcionando. Seguimos preguntándonos cómo crecer sin destruir demasiado. Seguimos colocando al ser humano en el centro (antropocentrismo) y al resto de la vida como soporte de ese centro (especismo). Este enfoque, por muy verde que se pinte, mantiene intacta la lógica que nos ha traído hasta aquí.
La naturaleza no es un “servicio”, es una comunidad viva
Cuando decimos que los bosques “producen oxígeno”, que los ríos “prestan servicios ecosistémicos” o que los animales “tienen valor ambiental”, en realidad estamos traduciendo la vida a un lenguaje económico. Lo hacemos, por ejemplo, con el lobo. Esto es útil para convencer, pero peligroso como visión de fondo. Porque así la naturaleza solo merece protección cuando es rentable, provechosa o funcional para nosotros. Y todo lo que no encaja en esa utilidad queda en riesgo.
Un humedal no es valioso porque filtre agua. Un lobo no es importante porque regule poblaciones. Un ave no merece vivir porque polinice. Son valiosos por sí mismos, porque forman parte de una comunidad viva de la que dependemos y a la que pertenecemos. Cuando olvidamos esto, la sostenibilidad se convierte en una herramienta para optimizar la explotación, no para transformar nuestra relación con la Tierra.
Crecimiento “sostenible”: una contradicción incómoda
En un planeta finito, el crecimiento infinito es imposible. No es una opinión ideológica, es una realidad física. Sin embargo, seguimos hablando de “crecimiento verde” como si bastara con cambiar la fuente de energía para que todo pueda seguir aumentando sin consecuencias.
Más producción implica más materiales. Más infraestructuras implican más suelo ocupado. Más consumo implica más extracción, más residuos y más presión sobre los ecosistemas. Podemos hacer ese crecimiento menos destructivo, pero no inocuo.
Aceptar los límites no es pesimismo, es madurez ecológica. Significa reconocer que el bienestar humano depende de respetar los ritmos y la integridad de la biosfera, no de forzarla indefinidamente.
La verdadera transición es un cambio de lugar, no solo de tecnología
La transición ecológica no consiste solo en sustituir combustibles fósiles por renovables. Consiste en recolocarnos dentro del sistema vivo del que formamos parte. Esto implica, por ejemplo:
Reducir de verdad el consumo material, no solo hacerlo “más eficiente”.
Y, sobre todo, aceptar que no todo lo que es técnicamente posible es ecológicamente deseable.
Conclusión: Proteger la Tierra es cambiar nuestra forma de estar en ella
No basta con hacer sostenible el modelo actual. Hay que transformarlo desde la raíz. Esto no significa renunciar al bienestar humano, sino entender que nuestro bienestar depende de la salud del conjunto del planeta.
La Tierra no es una fábrica que debamos optimizar; es una comunidad viva de la que somos una pequeña parte. Cuando comprendamos esto de verdad, la sostenibilidad dejará de ser un eslogan y empezará a ser una forma honesta de habitar el mundo.
RBA edita el libro «No tengo enemigos, no conozco el odio» con ensayos y poemas de Xiaobo escritos durante más de 20 años, denunciando la falta de libertad en China, el abuso del PCCh (Partido Comunista Chino), la violación de Derechos Humanos, la contaminación de sus ríos y paisajes, y hasta la esclavitud infantil de su país, ante la pasividad de los países ricos que compran sus productos sin importar sus costes ocultos.
(liusi): Literalmente significa “seis cuatro” en chino, por el 4 de Junio, cuando se produjo la masacre de Tiananmen. La expresión es prácticamente imposible de encontrar en la prensa china y su búsqueda está bloqueada en Internet.
Breve biografía y sus peticiones
Liu Xiaobo, activista por los derechos humanos y la democratización de China, fue profesor en la Universidad de Pekín, y fue arrestado en diversas ocasiones. En 1989 regresó de Estados Unidos para participar en el Movimiento que desembocó en la masacre del 4 de Junio en Tiananmen, donde muchos murieron pidiendo democracia en China, y por lo que ingresó en prisión acusado de «propaganda e incitación contrarrevolucionaria». Para él «la libertad de expresión es el fundamento donde se asientan los derechos humanos, la esencia de la humanidad, la madre de la verdad».
Reconoce que a final del siglo XX China se ha desembarazado «de la pobreza generalizada y el totalitarismo absoluto de la era Mao», han mejorado las condiciones de vida, los derechos sociales y las libertades, pero su caso es una muestra de que aún hay mucha represión en su país, y el gigante crecimiento económico de China deja al margen a mucha gente, mientras el PCCh usa el soborno para «comprar la estabilidad con dinero» y «solo recurre a la represión violenta ante esa minoría que no se vende».
En Diciembre 2008 fue detenido por ser uno de los redactores y firmantes de la Carta 08. Al año siguiente fue condenado a 11 años de cárcel que cumple actualmente. En dicha carta, firmada por miles de chinos, se pide, en síntesis, la reforma constitucional, la separación de poderes, democracia, derechos humanos (abolir el sistema de reeducación por el trabajo), libertad de asociación y formación de partidos políticos, libertad de reunión, manifestación y de expresión («erradicar definitivamente la práctica de considerar las palabras como crímenes»), libertad de prensa, de cátedra, de culto, derecho a la propiedad privada, seguridad social (sanidad, jubilación, educación, y empleo), protección medioambiental (sostenibilidad con responsabilidad hacia las generaciones venideras), y «liberar a todos aquellos que han sido criminalizados por sus creencias e ideales».
La nueva China, consumista, acomodada e hipócrita
Liu Xiaobo nos dibuja distintos puntos de vista de China. Como la de los jóvenes nacidos tras la masacre del 4 de Junio en Tiananmen, jóvenes que han vivido el apogeo económico y no vacilan en esgrimir la abundancia para justificar las injusticias del gobierno, y a los que Xiaobo etiqueta como malcriados, egocéntricos absolutos, y consumistas. Xiaobo critica que algunos jóvenes salieron del campo para ir a la universidad, y luego se han despreocupado de mitigar la pobreza de la que proceden. También critica un tipo de nacionalismo chino imperante en las juventudes, que es falso y radical, que quiere ingresar en el Partido sin tener fe en el comunismo, con pasión patriótica antiamericana, pero con todas las modas que provienen de ese país, que critican al régimen actual, pero que contribuyen a su estabilidad, que critican, como todos, el lujo ilimitado de los altos oficiales, pero sólo en privado.
Xiaobo critica un patriotismo violento y falso, que magnifica los éxitos chinos, hasta inventarse «noticias falsas para inflar la vanidad nacional», y arremeter contra occidente, sin importar los valores que van predominando en la humanidad desde la II Guerra Mundial (Derechos Humanos, pacifismo, democracia…), valores que no llegan a China a pesar de que la liberalización gradual de su economía ha llevado un desarrollo económico relativamente alto. Para Xiaobo, «una característica que todos los dictadores comparten es hacer sonados y reverenciales llamamientos a la paz internacional mientras en el fondo de su corazón adoran la violencia, pues siempre ambicionan hacerse con el control y dominar el mundo». Pero según él, «el mundo se ha encaminado hacia unas relaciones basadas en la ayuda y el respeto mutuo, asumiendo por el contrario que el hombre es un hombre para el hombre. Ante un orden injusto, la resistencia pacífica fue reemplazando las luchas violentas», y la negociación aparcaba la violencia. Afirma que «en estos tiempos, los verdaderos héroes ya no son los que hacen demostraciones de fuerza, ni mucho menos los déspotas que mantienen sus sistemas dictatoriales mediante la violencia. Los héroes de hoy son personas como Gandhi», Martin Luther King, la birmana Aung San Suu Kyi, el sudafricano Nelson Mandela, o el palestino Yasser Arafat.
El totalitarismo personal de la era Mao se apoyó, según Xiaobo, en cuatro pilares: «La nacionalización total, que despojó a los individuos de la más mínima autonomía económica», «la organización total, que eliminó todas las libertades individuales e hizo a todas las personas dependientes», «la tiranía férrea» que consiguió que todos estuvieran controlando a todos los demás, y la «dominación del espíritu, lograda por medio de la imposición ideológica». Ante esto, Xiaobo resalta que «la excelencia de la resistencia no violenta reside en que, allí donde los seres humanos se ven forzados a sufrir la violencia dictatorial, responden al odio con amor, al prejuicio con tolerancia, a la arrogancia con humildad, a la humillación con dignidad, a la violencia con razón. (…) La víctima invita al verdugo a entrar de nuevo en razón, le invita a la paz y las reglas de la humanidad, trascendiendo así el círculo vicioso que sustituye una tiranía por otra, que responde a la violencia con violencia». En el mismo artículo indica que China necesita «la desobediencia civil y los movimientos por los derechos civiles», que fuercen un cambio de régimen paulatino.
Las últimas reformas en China son también criticadas, por dar «prioridad a la productividad descuidando la justicia social», y por idolatrar el PIB, mientras la libertad se coarta prohibiendo hasta cierta música (como la de Deng Lijun con su dulce voz, prohibida por hablar de amor en un régimen insensible), y cercenando la libertad de expresión del llamado Movimiento del Muro de la Democracia, surgido en un muro del barrio pekinés de Xidan donde los estudiantes colgaron carteles con sus reivindicaciones hasta que el gobierno lo impidió en 1979, por criticar al Partido. Según Xiaobo, este movimiento alentó un sentido de justicia colectivo y su generación es pionera en la lucha por la libertad en China.
El despertar de China ante la corrupción y la esclavitud infantil
Pero el pueblo chino está despertando, pues ya hay miles de campesinos de muchos municipios que se han organizado para repartirse la tierra, sin contar con el PCCh (además de otras victorias recientes del pueblo chino). Durante años, Mao y el PCCh han estado abusando de los campesinos, los más débiles, quitándoles sus tierras. La rebelión contra eso se está extendiendo por toda China, ante la acumulación exagerada de casos de corrupción, abusos, y violaciones de los derechos humanos. En cualquier momento, por ejemplo, las autoridades pueden echar a la gente de su casa, y ante tanta injusticia, el número de gente que se inmola para protestar también va en aumento. Esto contrasta con el aumento de la desigualdad y la corrupción en China: «El más capitalista entre los capitalistas palidece ante la rápida acumulación de propiedad privada de los poderosos». Con dinero los poderosos en China compran a las élites intelectuales, silencian las resistencias, regatean con los países occidentales, y compran el apoyo de ciertos países: «Quizás en su fuero interno, las élites se oponen a la ideología del régimen actual, e incluso lo desprecian, pero la gran seducción de las ganancias tangibles y los altos riesgos ligados al terror político se combinan para que se supediten al régimen». «En la trastienda de semejante milagro económico se encuentran los milagros de la corrupción sistémica, de la injusticia social, de la moral en ruinas, del futuro hipotecado, del precio desorbitado que pagan los derechos humanos».
Uno de los puntos más espinosos son los innumerables casos de esclavitud infantil, para trabajar en hornos clandestinos de ladrillos. Se raptan niños, se les maltrata, y las autoridades hacen la vista gorda y, los casos que llegan a juicio acaban con penas muy blandas, y castigando principalmente a oficiales de bajo rango, por lo que el sistema que origina el trabajo forzado infantil a gran escala se perpetúa. Xiaobo cuenta el caso de unos padres que buscaron a su hijo visitando cientos de hornos, y denuncia que el sistema judicial es «una herramienta del poder dictatorial del PCCh», a lo que se une la falta de libertad de prensa, y de expresión, que mantiene a la gente en la ignorancia. Xiaobo termina diciendo sobre esto que «los dictadores del PCCh han demostrado que se preocupan tan solo por su poder, la vida humana no les importa. Y en consecuencia, sin un cambio de sistema, crímenes como el de los hornos clandestinos no podrán sanearse, y mucho menos cortarse de raíz».
Alabanza a Internet
Sin embargo, gracias a Internet, la gente se va enterando cada vez más de todo, «ha mejorado las condiciones para la expresión en el país», y se va saliendo de ese «servilismo» (del que Xiaobo culpa a una errónea visión tradicional de Confucio). Xiaobo afirma que «Internet es verdaderamente un regalo del cielo para que la gente china pueda defender sus derechos». Como ejemplo de esto cuenta casos que el gobierno intentó ocultar, pero que no pudo hacerlo por la existencia de Internet (como el incidente de Weng’an).
Internet tiene en China una doble visión: como «herramienta para amasar grandes fortunas», básica en el de desarrollo económico, pero también como herramienta para «el despertar de la conciencia civil y en la defensa de los derechos humanos», porque su bloqueo total es imposible. «Ingentes cantidades de dinero se invierten en la vigilancia policial de la red, forzando también a las compañías occidentales a colaborar en la censura por medio de incentivos económicos».
Xiaobo recuerda cuánto le costaba antes recoger firmas para alguna petición, en bici, en bus, puerta a puerta, mientras que ahora Internet facilita mucho la tarea, y hasta hay portales dedicados a la salvaguarda de los derechos. «El impacto de la opinión de los internautas ha obligado a innumerables oficiales a comparecer públicamente, e incluso las autoridades han tenido que castigar a algunos a modo de chivo expiatorio» (como los casos de SARS, accidentes en la minería, o la contaminación del río Songhua).
Datos del crecimiento económico de China
«La reserva de divisas extranjeras es ya la primera del mundo (supera el billón de dólares americanos), su fuerza militar ha crecido sustancialmente, los peces gordos del PCCh tienen inversiones por todo el mundo, los productos chinos llegan a todos los rincones del planeta, los turistas chinos gastan dinero a espuertas, los chinos son los primeros del mundo en teléfonos móviles» … pero «China paga un altísimo precio por el desarrollo económico»: «Los productos baratos y de baja calidad provienen de la falta de derechos de los trabajadores y de las fábricas de sangre y sudor, (…) el despilfarro de recursos naturales y el deterioro medioambiental». Y por eso afirma que China «nunca podrá llegar al nivel económico de EE.UU. y Japón, pues el planeta no puede soportar el peso de otra superpotencia». Y concluye: «Yo no sitúo mis esperanzas en la prosperidad de ninguna nación o colectividad».
Ausencia de derechos humanos en la base de los éxitos de China
Hasta los éxitos deportivos. Xiaobo dice que han convertido a China en «el paraíso del deporte elitista, y el infierno del deporte popular. El número uno en medallas viene de la inversión financiera número uno (…), inversión humana y material»: 4 veces el gasto en sanidad de 2007, y 3 veces el gasto en educación: «Un deporte tan lujoso como éste sólo puede realizarlo un país dictatorial que ignora el interés colectivo» y que se usa como «instrumento de propaganda de los dictadores» (el record en medallas lo tiene la antigua URSS en los juegos olímpicos de Seúl 88, mientras que en Pekín 2008 fue China la número uno). Para conseguir tantos éxitos deportivos, China entrena a sus atletas desde muy niños, perdiendo éstos su libertad, sus relaciones familiares, y su salud (como el caso de las enfermedades oculares de los saltadores de trampolín, ocasionadas por su exagerada juventud).
Fortalezas y debilidades de la cultura occidental: Una NUEVA civilización
Ante los graves problemas en su China natal, Xiaobo reconoce que idealiza la cultura occidental y que ignora «adrede las muchas debilidades (…) de la cultura occidental que revelan precisamente las debilidades de la especie humana». Xiaobo se da cuenta de que muchos occidentales recurren a la cultura ancestral de China buscando alternativas, pero en su opinión «uno de los mayores errores cometidos por la humanidad en el siglo XX ha sido justamente intentar salir del atolladero recurriendo a las civilizaciones existentes», mientras que «la humanidad no ha sido capaz de crear una civilización totalmente nueva que pueda resolver los problemas de la superpoblación, la crisis energética, el desequilibrio ecológico, la proliferación de armas nucleares, el hedonismo extremo»… o «los dolores espirituales». En esta línea el libro El odio a Occidente, de Jean Ziegler, responsabiliza a los países desarrollados de los males del mundo.
Xiaobo levanta un monumento a Lin Zhao diciendo que el testamento que escribió con su vida es la única voz de libertad que aún existe en la China contemporánea. Lin Zhao (1932-1968) fue una mujer intelectual condenada por criticar el régimen maoísta, y que se hizo célebre por escribir desde la cárcel, con su propia sangre, críticas a Mao y al Partido.
¿Qué es el consumo responsable? (PINCHA EN LA IMAGEN)
¿Qué es crecimiento económico? Casi todos los políticos, cuando hablan de “crecimiento” se refieren al crecimiento del PIB (Producto Interior Bruto), y no al crecimiento del bienestar de la gente. El PIB es una medida muy mala del desarrollo de un país, pues sólo mide la cantidad de dinero que se mueve en un país, y no en qué se gasta.
Veamos algunos ejemplos que hacen que suba el PIB. A esto le llaman “crecimiento económico”:
Un bosque sólo influye en el PIB si se tala y se vende su madera. Si se deja vivo, no tiene valor para el PIB, y por tanto no mejora la economía. ¿Cuánto vale un bosque?
Dejar luces encendidas hace subir el PIB. No importa si ese gasto sirve para alumbrar a alguien o no.
Tener mala salud, hace subir el PIB, porque genera gastos en cuidados y medicinas. Un país enfermo con dinero para pagar sus medicinas, tendrá mejor PIB que un país sano.
El excesivo tráfico de vehículos genera más accidentes, mayor consumo de combustible, y enfermedades respiratorias, todo lo cual aumenta el PIB. Mejorar el transporte público no es buena idea si queremos subir el PIB.
Como vemos, el PIB es una mala medida, incluso aunque viviéramos en un planeta con recursos infinitos. Pero por desgracia, los recursos son finitos y menguantes, por lo que es urgente reducir nuestro consumo de materiales y de energía, y reconducir nuestro crecimiento, no hacia crecimiento económico, sino hacia crecimiento en bienestar, en justicia, en equidad, y en sostenibilidad. De hecho, los recursos (bosques, pesca, minerales…) han sido ya tan fuertemente explotados que somos muchos los que vemos que los países ricos deberían reducir su PIB, por justicia global. Es lo que se ha llamado decrecimiento.
Los gobernantes deben entender que la gente demanda mejoras en su calidad de vida, y no a cualquier precio. La gente no quiere comprar ropa barata a costa de la semi esclavitud de trabajadoras (niñas incluso) en Bangladesh. Los que compran esa ropa no son responsables (si ignoran lo que esa ropa esconde). Los máximos responsables son los que lo hacen, y los gobiernos que lo consienten a sus empresas, o en su territorio.
Mucha gente piensa que si aumentamos el consumo, crecerá el PIB y se crearán empleos. Es posible. Pero si no se tienen en cuenta factores de sostenibilidad, serán empleos NO sostenibles. Talar un bosque crea empleo, pero cuando el bosque se agota sólo queda destrucción, y los empleos que se crearon, se pierden.
La austeridad es mejor que gastar dinero en algo insostenible, que nos hunda más en el problema.
Ya hay medidas alternativas al PIB que usan más factores que el meramente monetario. Examinemos algunas de manera rápida, empezando por la más importante:
Definido por Lew Daly, el IPG se usa ya en algunos estados de EE.UU. (Maryland o Vermont). Si comparamos el PIB con el IPG en ese país, vemos que mientras el primero no ha parado de subir, el segundo es casi estable desde 1968. Ahí se muestra que mientras una minoría gasta más dinero, hay sectores de la sociedad que están empeorando en aspectos claves de la calidad de vida. Mientras el PIB sólo mide un aspecto, el IPG incluye 26 indicadores en 3 áreas temáticas:
Indicadores económicos: Incluyen medidas económicas, como los gastos en general, pero también tienen en cuenta la duración de los bienes duraderos (electrodomésticos, coches…). Esto último beneficiará a las sociedades que construyan bienes más duraderos, evitando la obsolescencia programada. El PIB en cambio, crece más cuánto más se rompan las cosas. El IPG también tiene en cuenta lo que llama subempleo (desempleados crónicos, a tiempo parcial sin desearlo, etc.), además de la desigualdad de ingresos, y las inversiones netas (deudas y déficit).
Indicadores ambientales: Miden la contaminación del aire, del agua, y por ruido, además de la pérdida de ecosistemas (humedales, tierras de cultivo, bosques…). También se cuantifican los daños del cambio climático (93 dólares por tonelada de CO2), los costos del agotamiento del ozono, y los costos del agotamiento de recursos no renovables. Sin embargo, el actual PIB considera beneficioso el agotamiento de recursos, porque ese proceso mueve dinero.
Indicadores sociales: En este apartado se pretende medir la calidad de vida de las personas. Por tanto, considera positivo y cuantifica actividades que el PIB ignora totalmente: tareas del hogar, cuidados de los hijos, trabajo de voluntariado, valor de la educación, y el uso de infraestructuras. Ahora como algo negativo, mide el coste del crimen, si el tiempo libre disminuye, los gastos familiares para contrarrestar la contaminación (por ejemplo, en China mucha gente compra aparatos purificadores de aire, lo cual es bueno para el PIB, pero demuestra una peor calidad de vida), el coste de los accidentes de tráfico, y el coste en los desplazamientos (pagar el medio de transporte, y por emplear tiempo que podríamos usarlo en otra actividad más agradable o productiva). En general, se trata de valorar como negativas las principales cosas que empeoran la calidad de vida de la gente.
2. SCAEI (Sistema de Contabilidad Ambiental Económica Integrada)
Elaborado por la ONU en el lejano 1993, el SCAEI incluye un completo análisis ambiental, aunque deja fuera aspectos que sí mide el ya visto IPG. Sintetizando, el SCAEI incluye el agotamiento de los recursos naturales en la producción y el consumo final, además de los efectos de la contaminación causada por las actividades de producción y consumo en la calidad del medio ambiente (emisiones).
El SCAEI amplía el concepto de capital para abarcar no sólo el capital producido por el hombre sino también el capital natural no producido, como los recursos marinos o los bosques tropicales, la tierra, el suelo, los activos del subsuelo (yacimientos minerales), y los recursos aire y agua.
Consiste en dar valor económico a los daños provocados a la Naturaleza, y restarlos al PIB tradicional. China prometió usarlo, pero los resultados fueron tan negativos que se descartó usar el PIB Verde, pues resultó mejor para la economía taparse los ojos a los daños ambientales. Aunque no es fácil medir el valor de la biodiversidad, de los bosques… lo cierto es que es un error muy grave no medir nada de eso, y eso es justamente lo que hace el actual PIB.
Definido por la ONU, usa 3 parámetros para medir la calidad de vida de un país:
Esperanza de vida,
Nivel de vida digno (PIB per cápita), y
Educación (años de educación obligatoria, alumnos matriculados en distintos niveles, y tasas de alfabetización).
Es una medida muy referenciada, pero muy incompleta, pues no mide nada de lo ambiental, ni la desigualdad existente. Para evitar la injusticia de no considerar la desigualdad existe el IDH ajustado por desigualdad, que será igual al IDH en un país en el que no haya desigualdad en salud, educación e ingresos (los 3 únicos aspectos que se tienen en cuenta).
Miden la sostenibilidad de una región, producto o actividad, respecto a su consumo de recursos naturales. Valores altos de estos indicadores indican un alto consumo de recursos, es decir, mayor huella indica menor sostenibilidad. La huella ecológica mide la cantidad de territorio que se requiere para mantener una actividad o modo de vida, y la compara con el territorio disponible real. Todos los países industrializados necesitan para mantener su estilo de vida más del doble del territorio que poseen, por lo que están usando recursos que, en justicia, corresponden a otras personas. La huella ecológica es una de las medidas que usa el Informe Planeta Vivo de WWF.
Por su parte, la huella hídrica mide el volumen de agua dulce empleado por un producto, empresa, país… teniendo en cuenta todo su ciclo y no sólo el empleo directo de agua. Así, por ejemplo suelen sorprender estos datos:
1 kg. de oro requiere 230 000 litros de agua (además de la contaminación que no se cuenta aquí);
1 kg. de carne de vaca requiere utilizar 13 000 litros de agua (y también produce contaminación que no contamos);
1 kg. de pollo necesita 3 920 litros de agua;
1 camiseta de algodón, 2 700 litros de agua;
1 kg. de papel, 2 000 litros de agua;
1 café necesita más agua que la que se bebe: 140 litros de agua;
¿Cuál es la huella ecológica de lo que usas cotidianamente, o de lo que fabrica tu empresa? Por internet hay webs que te permiten calcular tu huella personalizada, y también se habla del foodprint, la huella de nuestra comida (agricultura, transporte…).
6. FIB (Felicidad Interior Bruta)
Conscientes de que tener muchos bienes materiales no implica tener felicidad, en Bután definieron este indicador que tiene en cuenta la asistencia sanitaria, el tiempo disponible para la familia y los amigos, la conservación de los recursos naturales y el medio ambiente, o el disfrute del arte. Así por ejemplo, reducir la jornada laboral es sin duda una buena medida, porque no sólo se reduciría el paro, sino que tendríamos más tiempo libre. La idea es muy interesante, siempre que no sirva para dejar de preocuparse por la pobreza y la desigualdad.
Conclusión
Sin quitar importancia al hecho de medir la economía, es absolutamente inaceptable que no se mida la ecología. Decía Georgescu-Roegen que «la economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre».
Aunque todos los indicadores tienen su utilidad práctica, el indicador que debería estandarizarse debiera ser, por ahora, el IPG, ya que es suficientemente completo. La ONU, y todos los gobiernos, deberían calcular el IPG y estudiar en qué aspectos del IPG se puede, o se debe, mejorar en cada país o región, para conseguir una sociedad mejor para todos.
A partir de ahora, cuando alguien hable de que hay que potenciar el “crecimiento”, tal vez queramos preguntar: “¿Crecimiento de qué? ¿de PIB? NO, GRACIAS”.
Más información:
Web oficial del IPG o IPR (Indicador de Progreso Genuino, o Real) o, en inglés GPI (Genuine Progress Indicator): genuineprogress.net (en inglés).
Sus dos anteriores libros fueron “Sapiens” y “Homo Deus” y en ellos se exploraba la historia del hombre y su futuro, respectivamente. Aquí, Yuval Noah Harari nos presenta un compendio de 21 temas esenciales para el presente. Mientras estamos atareados en nuestros problemas cotidianos, están pasando cosas a nivel global que nos deberían importar.
“A la filosofía, a la religión y a la ciencia se les está acabando el tiempo”. La inminente crisis ecológica, la creciente amenaza de las armas de destrucción masiva y el auge de las nuevas tecnologías disruptivas no permitirá prolongar mucho más el debate sobre el significado de la vida. Porque ese significado se ha de usar para tomar decisiones importantes (en ciencia, biotecnología, inteligencia artificial…). Los mercados son impacientes y no toman siempre las mejores decisiones para todos.
1. Decepción ante la ausencia de una ideología convincente
“Relatos Ecoanimalistas” —Colección de relatos cortos, ideal para regalar a personas, sean o no ecologistas o animalistas. Aumentará la conciencia ambiental del planeta. Gracias.
Tras la caída del fascismo y del comunismo, el liberalismo se ha impuesto casi por todo el mundo de una u otra forma, defendiendo cosas tan bonitas como la libertad, los derechos humanos, la libertad de movimiento (más para el dinero que para las personas, ciertamente), o el libre mercado (que con tanto acierto criticó N. Klein). Pero desde la crisis global de 2008, los decepcionados por el liberalismo crecen y hay, además, dos retos que para Harari son muy inquietantes: la infotecnología(desarrollos tecnológicos, inteligencia artificial, robots…) y la biotecnología(modificar genes, transgénicos…). “Los humanos siempre han sido mucho más duchos en inventar herramientas que en usarlas sabiamente. Es más fácil reconducir un río mediante la construcción de una presa que predecir las complejas consecuencias que ello tendrá para el sistema ecológico de la región”.
El poder de “manipular el mundo” ha llevado a que “nos enfrentamos a un colapso ecológico”, porque las revoluciones en biotecnología y en infotecnología las lideran científicos o emprendedores “que apenas son conscientes de las implicaciones políticas de sus decisiones”. Así, “Donald Trump advirtió a los votantes que mexicanos y chinos les quitarían el trabajo y (…) nunca advirtió a los votantes que los algoritmos les quitarían el trabajo” (poniendo a las máquinas a trabajar). “Quizá en el siglo XXI las revueltas populistas se organicen no contra una élite económica que explota a la gente, sino contra una élite económica que no la necesita”. Cada vez se precisan menos trabajadores y ahora debemos ya empezar a buscar soluciones (como reducir la jornada laboral o la renta básica), antes de alcanzar el “desempleo masivo”.
Los que votaron a Trump en EE.UU. o a favor del Brexit en Reino Unido, no rechazaron el liberalismo totalmente pero sí quisieron encerrarse un poco en su casa y que se adoptaran “políticas intolerantes para con los extranjeros”. Pretender aislarse, como pide el nacionalismo, es una política inviable en la era de internet y del calentamiento global. China lo hace al revés: aplica el liberalismo más fuera de sus fronteras que dentro, mientras Rusia aplica un liberalismo atroz que genera la “mayor desigualdad del mundo” (el 87% de la riqueza está en manos del 10% de los más ricos) y el islamismo solo atrae a algunos de los que crecieron en su seno. A pesar de todo, la humanidad no puede abandonar el liberalismo, “porque no tiene ninguna alternativa”, aunque tampoco ofrece respuestas “a los mayores problemas a los que nos enfrentamos: el colapso ecológico y la disrupción tecnológica”. El liberalismo todo lo resuelve con el crecimiento económico pero esa solución no sirve porque ya sabemos que esa es precisamente la causa de la crisis ecológica y que gran parte de la tecnología tiene un fuerte impacto social y ambiental. Por eso, para Harari la primera medida es la perplejidad: reconocer que no sabemos lo que está ocurriendo.
2. Trabajo: en el futuro habrá mucho menos empleo
Es obvio que las máquinas y los robots están efectuando cada vez más trabajos: mejoran nuestra vida y, a la vez, nos quitan el trabajo. El poder de las máquinas, junto con la IA (Inteligencia Artificial) es inmenso y tienen dos capacidades muy importantes: la conectividad y la capacidad de actualización. Por ejemplo, en conducción automática de vehículos, dos coches podrían conectarse para acordar quien pasa primero y evitar colisionar. Además, cualquier nueva norma de tráfico o mejora del software podría actualizarse en todos los vehículos automáticos de forma inmediata.
También es cierto que se están creando nuevos empleos, pero en general exigen “un gran nivel de pericia y, por tanto, no resolverán los problemas de los trabajadores no cualificados”. Podría ocurrir que padezcamos “a la vez unas tasas de desempleo elevadas y escasez de mano de obra especializada”. Además, dado la vertiginosa velocidad de cambio, podrían ser profesiones que surgen y desaparecen en cuestión de una década, por lo que es muy complicado exigir derechos laborales o crear sindicatos en tales circunstancias. El autor sostiene que “hoy ya son pocos los empleados que esperan ocupar el mismo empleo toda la vida”. Además reconoce que “el cambio es siempre estresante” y podría ser complicado reeducar a miles de empleados.
Por otra parte, evitar la pérdida de puestos de trabajo no es una buena opción, porque supone abandonar las ventajas de la mecanización, pero tampoco podemos hacerlo sin dar alternativas a los empleados. Harari alaba lo que ocurre en Escandinavia, donde los gobiernos siguen el lema «proteger a los obreros, no los empleos». Una forma de hacer esto es lo que llamamos las dos erres urgentes: Reducir la jornada laboral y la RBU (Renta Básica Universal). Por supuesto, también se está aplicando en muchos países la subvención de servicios básicos universales: educación, sanidad, transporte… Pero en estas opciones el problema está en definir qué es «universal» y qué es «básico»:
Por universal se suele interpretar la población nacionalizada en un país, pero hay que tener en cuenta que las principales víctimas de la automatización quizá no vivan en donde se apruebe la RBU o esos servicios básicos universales. Automatizar en exceso podría generar la ruina en países en desarrollo que actualmente están dando mano de obra barata a los países ricos.
Por básico se puede interpretar la comida que un sapiens requiere (entre 1500 y 2500 calorías), pero también se pueden considerar básicos aspectos como la educación, la sanidad, el acceso a internet…
El problema es complejo, porque contentar a los sapiens no es tarea sencilla. La felicidad puede depender de las expectativas y éstas dependen de las circunstancias. Por tanto, aunque se mejoren las condiciones, no se garantiza que haya satisfacción. Como ejemplo exitoso cita el caso de Israel, país que obtiene buenos resultados en la satisfacción de la población, en parte gracias a un montón de personas pobres que no trabajan y que se dedican exclusivamente a cuestiones religiosas (el 50% de los hombres judíos ultraortodoxos). El gobierno da generosas subvenciones y se constata que debatir el Talmud es más satisfactorio que el trabajo de los obreros. Así pues, “la búsqueda de plenitud y de comunidad podría eclipsar la búsqueda de un puesto de trabajo”. El objetivo debería ser combinar una red de seguridad económica universal y básica, comunidades fuertes con servicios básicos universales y educar para una búsqueda de una vida plena. Esto podría compensar la pérdida de empleos y mejorar la calidad de vida de la gente.
“Dado el inmenso poder destructor de nuestra civilización, no podemos permitirnos más modelos fallidos”, pues equivocarnos ahora podría acabar en una guerra nuclear, en desastres por manipulación genética o en un colapso completo de la biosfera.
3. Libertad: computadoras y big data contra los derechos humanos
Lee un resumen de este otro libro de Harari. En Nexus habla de la Inteligencia Artificial, de la democracia y del futuro.
Dice Harari que “los referéndums y las elecciones tienen siempre que ver con los sentimientos humanos, no con la racionalidad”. Aunque algunas personas están más informadas y otras son más racionales, al final cada voto cuenta lo mismo y los sentimientos son los que guían a la mayoría. El biólogo Richard Dawkins dijo a propósito de la votación del Brexit que someterlo a referéndum es como «dejar que los pasajeros de un avión votaran en qué pista debería aterrizar el piloto». Teniendo esto en cuenta, queda claro el alto interés en acceder al corazón humano, a sus entresijos y a cómo manipularlo. Si se consiguiera en grado suficiente, la política sería “un espectáculo de títeres emocional”.
Pensemos que, al final, los sentimientos están basados en el cálculo. Millones de neuronas calculan, por ejemplo, cuando tener miedo según la probabilidad de ser dañados. Los sentimientos “encarnan la racionalidad evolutiva”, pero “pronto los algoritmos informáticos podrán aconsejarnos mejor que los sentimientos humanos”. Seguramente cometerán errores, pero solo se necesita que sean, de media, mejor que nosotros, lo cual “no es muy difícil, porque la mayoría de las personas no se conocen muy bien a sí mismas, y (…) suelen cometer terribles equivocaciones en las decisiones más importantes de su vida”. Incluso en ética, las máquinas superarán a la mayoría de los humanos, porque las máquinas no tienen emociones. Se ha demostrado que las emociones humanas controlan las decisiones humanas, por encima de sus ideologías o de sus planteamientos filosóficos. La selección natural no ha seleccionado a los homínidos más éticos, sino a los que gracias a sus emociones (miedo, deseo…) han conseguido reproducirse con más éxito. Por otra parte, “los ordenadores no tienen subconsciente” y si fallaran, resultaría “mucho más fácil corregir el programa que librar a los humanos de sus prejuicios”. Esto abre mercado a los filósofos, pues hará falta la filosofía para hacer buenos programas.
Cuando las decisiones importantes las tomen los algoritmos, basados en el cómputo de millones de datos (macrodatos o big data), ¿dónde queda nuestra libertad? ¿Confiaremos en los algoritmos para que nos escojan pareja, qué estudiar o dónde trabajar? ¿Escogerán también a quien votar? ¿Qué sentido tienen entonces las elecciones y los mercados libres?
Ya hoy día la gente confía en Google para hallar respuestas mientras “la capacidad para buscar información por nosotros mismos disminuye”. Esto hace que la gente considere «verdad» lo que aparece en los primeros resultados de la respuesta de Google. Más aún, la capacidad para orientarse es como un músculo que o lo usas o lo pierdes, y mucha gente depende tanto de Google Maps que si falla se encuentra completamente perdida.
El que controle esos algoritmos de macrodatos, controlará buena parte del mundo. Un ejemplo está en Israel, país que controla el cielo, las ondas de radio, el ciberespacio y el mar y, gracias a ello, un puñado de soldados pueden controlar a 2.5 millones de palestinos en Cisjordania. Y lo hacen usando IA: en 2017 un palestino publicó una foto poniendo en árabe “¡Buenos días!”. Un algoritmo israelí confundió las letras árabes y lo tradujo como “¡Mátalos!” y el obrero fue detenido. Quedó en libertad cuando se aclaró el error, pero el incidente demuestra la importancia de la IA para controlar a la población. Llevado al extremo, en manos de gobiernos autoritarios las herramientas de IA podrían controlar a la población “más incluso que en la Alemania nazi”.
Usando las reglas de la selección natural, hemos criado vacas dóciles que producen más leche, pero que son inferiores en otros aspectos. Igualmente, “estamos creando humanos mansos” pero que “en absoluto maximizan el potencial humano”. De hecho, “sabemos poquísimo de la mente humana”, mientras la investigación se centra en mejorar los ordenadores y los algoritmos. “Si no somos prudentes, terminaremos con humanos degradados que usarán mal ordenadores mejorados”. Para Harari esto podría provocar el caos, “acabar con la libertad” y “crear las sociedades más desiguales que jamás hayan existido”. La inmensa mayoría de la gente podría sufrir algo peor que la explotación: la irrelevancia.
4. Igualdad: El que tenga los datos dominará el mundo
Los primeros grupos de sapiens eran más igualitarios que cualquier sociedad posterior. La revolución agrícola multiplicó la propiedad (tierra, herramientas…) y con ella la desigualdad. En el siglo XX se ha reducido la desigualdad en muchos países, pero “hay indicios de una desigualdad creciente”: “El 1% más rico posee la mitad de las riquezas del mundo” (y es responsable de la mitad de la contaminación mundial) y las 100 personas más ricas tienen más que los 4.000 millones más pobres. En el futuro, la biotecnología podría dar ventajas a ciertos sapiens (mayor longevidad, mejores capacidades físicas…) y podrían generarse “castas biológicas”, lo cual ahondará en la desigualdad. También insiste en el poder de la infotecnología para eliminar la utilidad de los humanos para las élites.
Antiguamente la tierra era el bien más importante. Luego pasaron a ser las máquinas y la industria. Hoy, cada vez tienen más importancia los datos. Empresas como Google, Facebook, Baidu y Tencent lo saben bien. Por ejemplo, Google nos proporciona servicios gratuitos, pero gracias a eso consigue millones de datos de sus usuarios. Esos datos valen mucho. No solo para ponernos la publicidad en la que caeremos con mayor probabilidad. Creemos que Google nos ayuda mucho, pero nosotros ayudamos a Google mucho más, porque mientras Google solo nos hace la vida un poco más fácil, nosotros somos los que permitimos que Google pueda existir haciendo negocio con nuestros datos. Así, en el futuro habrá que responder a una pregunta clave en nuestra era: ¿quién es el propietario de los datos? (datos sobre nuestros hábitos, nuestro ADN, nuestros gustos…). Tenemos experiencia regulando la propiedad de la tierra y la propiedad de la industria, pero “no tenemos mucha experiencia en regular la propiedad de los datos”, los cuales tienen características especiales (fáciles de copiar y de transportar, están en muchos sitios y en muchos formatos…).
5. Comunidad: “La gente lleva vidas cada vez más solitarias en un planeta cada vez más conectado”
Las redes sociales están rompiendo aún más las comunidades íntimas, las cuales ya están bastante sustituidas por gobiernos y empresas. Facebook se propuso conectar a los humanos, pero el escándalo de Cambridge Analytica reveló que se recogían datos “para manipular las elecciones en todo el mundo”. En teoría, las redes sociales pueden contribuir a fortalecer el tejido social y a hacer que el mundo esté más unido (ingeniería social), pero es complicado porque eso choca con intereses empresariales. Mientras la gente esté más interesada en el ciberespacio que en lo que pasa en su calle hay mayores posibilidades de manipularlo y de sacarle el dinero online. No olvidemos que los gigantes tecnológicos han sido acusados repetidas veces de evasión fiscal. ¿Es creíble que empresas que no pagan sus impuestos nos vayan a ayudar realmente a crear comunidades fuera del mundo virtual?
6. Civilización: Solo existe ya una civilización
Harari desmonta la teoría de que hay un choque de civilizaciones, pues en realidad la globalización tiende a unir cada vez más a la gente y no es posible, ni deseable, dar marcha atrás. “Hace diez mil años la humanidad estaba dividida en incontables tribus aisladas. Con cada milenio que pasaba, estas tribus se fusionaron en grupos cada vez mayores”. El proceso de unificación de la humanidad se ve claro si uno piensa los vínculos que hay entre los distintos grupos y las prácticas comunes entre ellos. Con sus diferencias, todos los países aceptan una serie de protocolos diplomáticos, leyes internacionales… y participan en los Juegos Olímpicos bajo las mismas reglas, lo cual es “un asombroso acuerdo global” y debemos “sentir orgullo porque la humanidad sea capaz de organizar un acontecimiento de este tipo”. Más aún, todos comparten similares reglas económicas, confianza en el dinero, los médicos comparten conocimientos y tienen similares protocolos… “La gente tiene todavía diferentes religiones e identidades nacionales. Pero cuando se trata de asuntos prácticos (…) casi todos pertenecemos a la misma civilización“. Nuestras diversas opiniones traerán debates y conflictos, pero eso nos hará aún más conectados, más interdependientes.
7. Nacionalismo: La historia tiende a unirnos, no a separarnos
El Brexit o el nacionalismo en Cataluña… ¿a qué se deben? ¿pueden dar respuestas a los problemas más importantes? Las formas moderadas de patriotismo pueden ser benignas. “El problema empieza cuando el patriotismo benigno se metamorfosea en ultranacionalismo patriotero”, lo cual es “terreno fértil para los conflictos violentos”. En el pasado era razonable buscar seguridad y sentido en el regazo de la nación, pero hoy, sin negar eso, tenemos al menos tres retos que nos obligan a trabajar más conjuntamente. La guerra nuclear es el primero y ciertamente en este campo lo estamos haciendo bien: a pesar de las guerras, hoy mueren menos personas por violencia humana que por obesidad, accidentes de tráfico o suicidio. El miedo a la guerra nuclear hace que los estados poderosos piensen bien antes de meterse en una guerra que sería desastrosa para el planeta.
El segundo reto es el cambio climático y el desastre ambiental (contaminación de la agricultura, pérdida de biodiversidad…). “Un agricultor que cultive maíz en Iowa podría, sin saberlo, estar matando peces en el golfo de México”. Homo sapiens ha pasado de ser un asesino ecológico en serie (como explica Harari en su libro Sapiens) a ser un asesino ecológico en masa. “Los científicos están de acuerdo en que las actividades humanas (…) hacen que el clima de la Tierra cambie a un ritmo alarmante. (…) Es fundamental que realmente hagamos algo al respecto ahora”. Harari tiene claro que el nacionalismo no puede sino empeorar la respuesta a este problema, porque las actuaciones “para ser efectivas, tienen que emprenderse a un nivel global”. Harari subraya que la industria de la carne, además del enorme sufrimiento que infringe, “es una de las principales causas del calentamiento global, una de las principales consumidoras de antibióticos y venenos, y una de las mayores contaminadoras de aire, tierra y agua” (producir 1 kilo de carne puede consumir 15.000 litros de agua).
El tercer reto es la disrupción tecnológica (biotecnología e infotecnología). A muchos nacionalistas les gustaría volver a tiempos pasados, pero eso es algo imposible. Estos tres retos pueden servir para “forjar una identidad común” que permita afrontar los riesgos. Por supuesto, queda espacio para “ese patriotismo que celebra la singularidad de mi nación y destaca mis obligaciones especiales hacia ella”. Harari ve claro que debemos “globalizar nuestra política”, lo cual no implica necesariamente un gobierno global, sino que todos los gobiernos (nacionales o de ciudades) “den mucha más relevancia a los problemas y los intereses globales”. Por ejemplo, recientemente muchas ciudades se han propuesto muchos retos en el llamado Pacto de Milán, como por ejemplo reducir el consumo de carne.
8. Religión: ¿Una ayuda para la unión del mundo o un inconveniente?
¿Pueden las religiones ayudar a resolver los problemas? Para Harari hay tres tipos de problemas —técnicos, políticos y de identidad— y las religiones solo pueden ayudar en el último tipo. Precisamente porque no ofrecen soluciones interesantes a los dos primeros tipos de problemas, “la autoridad religiosa ha estado reduciéndose”. Por ejemplo, cada vez menos gente acude a la religión ante problemas de salud, y si acude, lo hace después de acudir a la ciencia. A nivel político tampoco la religión ofrece alternativas globales a los retos actuales. De hecho, en muchos casos se desoye la religión cuando están en juego intereses políticos. Harari dice que “aunque algunas de las cosas que dijo Jesús suenan a comunismo total, (…) buenos capitalistas norteamericanos seguían leyendo el Sermón de la Montaña sin apenas darse cuenta”. Otras veces es la religión la que intenta meterse en política, con escaso éxito. Tal es el caso de la encíclica “ecológica” del Papa Francisco, “Laudato Si” (véase aquí un resumen sobre ella).
Las religiones determinan quiénes somos y quiénes son los demás. Es aquí donde la religión puede jugar un papel importante. Las religiones continuarán siendo importantes y pueden contribuir a la unión del mundo pero, como el nacionalismo, en demasiados casos lo que hacen es dividir y generar hostilidades.
9. Inmigración: La discriminación por la cultura genera injusticias
“Aunque la globalización ha reducido muchísimo las diferencias culturales en todo el planeta, a la vez ha hecho que sea más fácil toparse con extranjeros y que nos sintamos molestos por sus rarezas”. Pero las migraciones son naturales en el hombre a lo largo de toda su historia, y hoy el problema más grave está en Europa. La Unión Europea ha conseguido convivir con las diferencias entre los distintos países pero tiene problemas para convivir con todos los inmigrantes y refugiados que llegan.
Para Harari, “mientras no sepamos si la integración es un deber o un favor, qué nivel de integración se exige a los inmigrantes y con qué rapidez los países anfitriones deben tratarlos como ciudadanos de pleno derecho, no podremos juzgar si las dos partes cumplen sus obligaciones”. Pero si esa evaluación se hace de forma colectiva pueden generarse injusticias. Por otra parte, cada cultura tiene distinto nivel de aceptación a otros. Harari resalta que “Alemania ha acogido a más refugiados sirios de los que han sido aceptados en Arabia Saudí”.
Harari dice que la gente “lucha contra el racismo tradicional sin darse cuenta de que el frente de batalla ha cambiado”, porque ahora hay discriminación por la cultura (que este autor llama «culturismo»). Así, muchas veces se culpa a los inmigrantes de tener una cultura y valores no adecuados, pero por otra parte, “en muchos casos, hay pocas razones para adoptar la cultura dominante y en muchos otros se trata de una misión casi imposible”, pues podría, por ejemplo, requerir un nivel económico o educativo imposible de alcanzar por las clases inferiores (sean o no inmigrantes). Los dos grandes problemas de la discriminación por la cultura son:
Usan afirmaciones generales, poco objetivas, que evalúan una cultura como superior a otra, sin hacer una valoración completa y objetiva.
Discriminan a individuos concretos en base a esas afirmaciones generales.
“Si 500 millones de europeos ricos no son capaces de acoger a unos pocos millones de refugiados pobres, ¿qué probabilidades tiene la humanidad de superar los conflictos de mucha más enjundia que acosan a nuestra civilización global?”. “La humanidad puede dar la talla si mantenemos nuestros temores bajo control y somos un poco más humildes respecto a nuestras opiniones”.
10. Terrorismo: los terroristas son débiles y su arma es el miedo
Los terroristas “matan a muy pocas personas, pero aún así consiguen aterrorizar a miles de millones”. Desde el 11-S los terroristas han matado anualmente a unas 50 personas en la UE, 10 en EE.UU…. y hasta 25.000 en el mundo (principalmente en Irak, Afganistán, Pakistán, Nigeria y Siria). “En comparación, los accidentes de tráfico matan anualmente a unos 80.000 europeos, 40.000 norteamericanos (…) y 1,25 millones de personas en todo el mundo”. Por su parte, la contaminación atmosférica mata a unos 7 millones y nuevas formas de contaminación nos invaden con efectos desconocidos.
“Existe una desproporción asombrosa entre la fuerza real de los terroristas y el miedo que consiguen inspirar”, pero ellos son débiles. Si tomamos conciencia de su debilidad, ellos serán aún más débiles, porque su mayor poder radica en el miedo que generan. Por supuesto, los gobiernos y los medios de comunicación deben luchar contra el terrorismo e informar, pero evitando la histeria. “El dinero, el tiempo y el capital político invertido en luchar contra el terrorismo no se han invertido en luchar contra el calentamiento global, el sida y la pobreza; en aportar paz y prosperidad al África subsahariana, o en forjar mejores vínculos” entre las naciones del mundo.
11. Guerra: hoy se pierde más con las guerras de lo que se gana
“Las últimas décadas han sido las más pacíficas de la historia de la humanidad” (ver datos). Antiguamente, ganar una guerra era un símbolo de prosperidad pero las cosas han cambiado. Hoy las guerras no traen prosperidad, sino miseria, porque “los principales activos económicos consisten en el conocimiento técnico e institucional más que en los trigales, las minas de oro o incluso los campos petrolíferos, y el conocimiento no se conquista mediante la guerra“. De hecho, tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias derrotadas prosperaron como nunca antes (Alemania, Japón…). La guerra fue producto de un “error de cálculo”. Pensaron que sin nuevas conquistas estaban condenados al estancamiento económico, pero se equivocaron. Por todo esto, las nuevas guerras merecen menos la pena, pero Harari nos advierte de que no podemos confiarnos, pues “los humanos son propensos a dedicarse a actividades autodestructivas”. Y dado que un detonante de la guerra es el sentimiento de superioridad, Harari recomienda “una dosis de humildad”.
12. Humildad: ¿Y si aprendemos más de las demás culturas?
“La mayoría de la gente suele creer que es el centro del mundo y su cultura, el eje de la historia”. Pero no es así. La historia de la humanidad empezó mucho antes que las culturas actuales y continuará, tal vez, tras ellas. Harari dice que su pueblo, los judíos, “piensan también que son lo más importante del mundo”, para luego pasar a desmontar punto por punto esa “desfachatez”, desde el origen de la ética hasta las importantes contribuciones científicas de los judíos. Con respecto a lo primero, “todos los animales sociales, como lobos, delfines y monos, poseen códigos éticos, adaptados por la evolución”, así como sentimientos que muchos atribuyen solo a humanos. Además, Buda, Mahavira o Confucio crearon sistemas morales anteriores al judaísmo. Por tanto, “humanos de todas las creencias harían bien en tomarse más en serio la humildad”.
13. Dios: ¿Quién dice lo que es correcto?
Dios puede verse como un enigma del que “no sabemos absolutamente nada”, o bien, como un “legislador severo y mundano, acerca del cual sabemos demasiado”, pues se han escrito bibliotecas enteras, y se ha usado el nombre de Dios para justificar intereses de todo tipo. Aunque las religiones pueden generar amor y paz, también han generado odio y violencia y por eso, para Harari no son estrictamente necesarias, pues la moral se puede justificar sin acudir a Dios. “Hacer daño a los demás siempre me hace daño también a mí”, porque antes de hacer algo mal hay un sentimiento interno que hace daño: “antes de que matemos a alguien, nuestra ira ya ha matado nuestra paz de espíritu”.
14. Laicismo: Ser responsables sin que lo mande Dios
El laicismo no es rechazar todo lo espiritual, sino no confundir verdad con fe, no santificar ningún libro, persona o grupo como poseedores de la verdad absoluta. Y también es el compromiso con la compasión y la comprensión del sufrimiento. Por ejemplo, “la gente secular se abstiene del homicidio no porque algún libro antiguo lo prohíba, sino porque matar inflige un sufrimiento inmenso a seres conscientes”. Es mejor encontrar la motivación en la compasión que en la obediencia divina. Pero el laicismo también se encuentra con dilemas complejos y, en tal caso, “sopesan con cuidado los sentimientos de todas las partes”. El laicismo también valora la responsabilidad: “En lugar de rezar para que ocurran milagros, necesitamos preguntar qué podemos hacer nosotros para ayudar”.
15. Ignorancia: A la gente no le gustan los hechos reales
Los humanos nos movemos en la ignorancia y en la irracionalidad. “La mayoría de las decisiones humanas se basan en reacciones emocionales y atajos heurísticos más que en análisis racionales. (…) No solo la racionalidad es un mito: también lo es la individualidad. Los humanos rara vez piensan por sí mismos. Más bien piensan en grupos. (…) Es probable que bombardear a la gente con hechos y mostrar su ignorancia individual resulte contraproducente. A la mayoría de las personas no les gustan demasiado los hechos y tampoco parecer estúpidas”. Más aún, los poderosos en vez de aprovechar su poder para obtener una mejor visión de la realidad, suelen emplearlo en distorsionar la verdad. Así, los que buscan la verdad deben alejarse del poder y permitirse “la pérdida de mucho tiempo vagando por aquí y por allá en la periferia” y como hizo Sócrates, “reconocer nuestra propia ignorancia individual”.
16. Justicia: ¿Somos responsables de las injusticias de las empresas?
“Nuestro sentido de la justicia podría estar anticuado”. Dependemos de una red alucinante de lazos económicos y políticos, hasta el punto de costarnos responder preguntas sencillas como de dónde viene mi almuerzo. ¿Podemos ser inocentes de las injusticias que generan las multinacionales? Harari afirma que es erróneo tener en cuenta solo las intenciones sin hacer un esfuerzo sincero por saber lo que se esconde. Pero también sostiene que “el planeta se ha vuelto demasiado complicado para nuestro cerebro de cazadores-recolectores“. “Padecemos problemas globales, sin tener una comunidad global” y por tanto, entender bien tales problemas es misión imposible. Por eso, mientras unos simplifican la realidad para hacerla abarcable, otros se centran en alguna historia conmovedora olvidando los demás datos, otros inventan teorías conspiratorias, y otros depositan su confianza en algún líder o teoría, porque “la complejidad de la realidad se vuelve tan irritante que nos vemos impelidos a imaginar una doctrina que no pueda cuestionarse” y que nos dé tranquilidad, aunque difícilmente proporcione justicia.
17. Posverdad: Los poderosos siempre mienten
Estamos rodeados de mentiras y ficciones, pero la desinformación no es nada nuevo. El autor comenta varios casos de mentiras históricas, como los relatos falsos de asesinatos rituales por parte de judíos en la Edad Media, lo cual costó la vida a muchos judíos inocentes.
Si el ser humano es capaz de matar por una causa, ¿cómo no va a ser capaz de mentir? De hecho, como explica Harari en su libro anterior, el ser humano conquistó el planeta gracias a su capacidad de crear ficciones. Cuando un grupo cree en las mismas ficciones, son capaces de cooperar de manera eficaz. “Cuando mil personas creen durante un mes algún cuento inventado, esto es una noticia falsa. Cuando mil millones de personas lo creen durante mil años, es una religión, y se nos advierte que no lo llamemos «noticia falsa» para no herir los sentimientos de los fieles”. Pero Harari aclara que no niega “la efectividad ni la benevolencia potencial de la religión”. Las religiones inspiran buenas y malas acciones.
Una de las mentiras más aceptadas en la actualidad procede de los anuncios de las marcas comerciales. Nos cuentan repetidamente un relato hasta que la gente se convence de que es la verdad. Por ejemplo: ¿con qué se asocia la Coca-Cola? ¿Con jóvenes divirtiéndose o con pacientes con diabetes y sobrepeso en un hospital? Beber Coca-Cola aumenta la probabilidad de padecer obesidad y diabetes, y no nos va a hacer jóvenes . ¿Ha funcionado el relato falso que nos cuenta Coca-Cola en su publicidad?
Harari asegura que “si queremos poder, en algún momento tendremos que difundir ficciones”, pues la verdad no siempre gusta a todos. “Como especie, los humanos prefieren el poder a la verdad. Invertimos mucho más tiempo y esfuerzo en intentar controlar el mundo que en intentar entenderlo”. Por eso, “es responsabilidad de todos dedicar tiempo y esfuerzo a descubrir nuestros prejuicios y a verificar nuestras fuentes de información”. Harari ofrece dos reglas para evitar el lavado de cerebro: a) “Si el lector consigue las noticias gratis, podría muy bien ser él el producto”. b) “Haga el esfuerzo para leer la literatura científica relevante”, pues la ciencia suele ser objetiva. Y por eso hace un llamamiento a los científicos a hacer oír su voz cuando el debate caiga dentro de su campo.
18. Ciencia ficción: No te puedes librar de la manipulación, pero tú puedes hacerte feliz a ti mismo
La ciencia ficción es un género artístico que ha de tomar importancia, porque modela lo que la gente piensa sobre cuestiones tecnológicas, sociales y económicas de nuestra época, dado que poca gente lee los artículos científicos. Muchas películas de este género, como Matrix, reflejan el miedo a estar atrapado y manipulado y el deseo de liberarse. Sin embargo, “la mente nunca está libre de manipulación”. Por ejemplo, las películas de Hollywood socavan el subconsciente creando paradigmas de lo bueno y lo correcto. Pero cuanto experimentamos en la vida se halla dentro de nuestra mente y nosotros mismos podemos manipularlo también. O sea, no podemos librarnos de la manipulación, pero tampoco necesitamos ir a Fiyi para sentir la alegría.
En la novela Un mundo feliz, Aldous Huxley describe una sociedad idílica, sin sufrimiento ni tristeza. Todo el mundo es virtuoso gracias a soma, una droga que consigue volver a la gente paciente y sin problemas. La gente sabe lo que tiene que hacer y lo hace sin esfuerzo. Es una sociedad libre de mosquitos. Pero hay un personaje, El Salvaje, que se queja alegando que la sociedad se libra de todo lo desagradable en vez de aprender a soportarlo. El Salvaje, reclama su derecho a ser libre con todas las consecuencias y el líder le dice que lo que está reclamando es el derecho a ser desgraciado, a enfermar, a vivir con incertidumbre, a sufrir hambre, miedo… El Salvaje asiente y entonces le permiten salirse de la sociedad para vivir como un ermitaño, un bicho raro en una sociedad que no le entiende y que le lleva a un triste final.
19. Educación: Conócete a ti mismo mejor que los algoritmos
Lo único que podemos asegurar del futuro es que habrá grandes cambios en poco tiempo. ¿Qué debemos enseñar a los jóvenes? Gracias a Internet y a los medios de comunicación, estamos inundados de información, contradictoria casi siempre. En educación, proporcionar más información no es lo más necesario, sino que debemos enseñar a dar sentido a la información y a discriminar lo que es o no importante. Expertos pedagogos recalcan que se deben enseñar «las cuatros CES»: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad.
Esta necesidad de aprender constantemente y de reinventarnos choca con el hecho de que con cincuenta años “no queremos cambios”. Pero además, enseñar resiliencia, enseñar a aceptar los cambios con equilibrio mental es mucho más difícil que enseñar una fórmula de física. Para Harari, el mejor consejo que dar a los jóvenes es que no confíen demasiado en los adultos, pues aunque tengan buenas intenciones no acaban de entender el mundo.
La invención de la agricultura sirvió para enriquecer a una élite minúscula, al tiempo que esclavizaba a la mayoría de la población. Algo similar podría ocurrir con la tecnología. “Si sabes lo que quieres hacer en la vida, tal vez te ayude a obtenerlo. Pero si no lo sabes, a la tecnología le será facilísimo moldear tus objetivos por ti y tomar el control de tu vida“. Por eso, hoy es más importante que nunca algo que han repetido filósofos desde antiguo: Conócete a ti mismo, “saber qué eres y qué quieres en la vida”. Y hoy eso es más importante que nunca porque ahora hay una competencia seria: multinacionales sin conciencia ética (y partidos políticos) están trabajando duro para usar los algoritmos y el big data para conocerte mejor que tú mismo (cada vez que usas tu teléfono o tu tarjeta estás regalando valiosos datos sobre ti mismo). “Vivimos en la época de hackear a humanos” y “si los algoritmos entienden de verdad lo que ocurre dentro de ti mejor que tú mismo, la autoridad pasará a ellos”. Pero si quieres conservar cierto control de tu existencia, tendrás que conocerte bien y saber cómo liberarte porque… “¿Has visto esos zombis que vagan por las calles con la cara pegada a sus teléfonos inteligentes? ¿Crees que controlan la tecnología, o que esta los controla a ellos?”
20. Significado: ¿Para qué dar sentido a nuestras vidas?
¿Cuál es el sentido de la vida? Eterna pregunta para la que “cada generación necesita una respuesta nueva”. El libro sagrado hindú Bhagavad Gita sostiene que cada ser debe seguir su camino concreto (dharma) y si no se sigue, no se hallará paz ni alegría. Ideologías de todo tipo (religiones, política, nacionalismos…) cuentan un relato para hacer que los suyos se sientan importantes, un relato que da trascendencia a sus vidas pero que siempre tiene contradicciones que evitan aclarar. Los nacionalistas, por ejemplo, suelen centrarse solo en el valor de su nación pero no suelen aclarar el porqué de esa superioridad. Para Harari, los relatos que cuentan esas corrientes de pensamiento son invenciones humanas y siempre tienen errores. Sin embargo, esas invenciones humanas nos han permitido colaborar entre nosotros y montar sociedades complejas que podrían desmoronarse si todos nos damos cuenta de que esos relatos son falsos: “La mayoría de los relatos se mantienen cohesionados por el peso de su techo más que por la solidez de sus cimientos” (y el peso del techo representa el peligro que hay al mostrar que los cimientos son débiles).
“Si queremos conocer la verdad última de la vida, ritos y rituales son un obstáculo enorme”. Los ritos solo sirven para ayudar a mantener relatos falsos, pero también cierta armonía y estabilidad social. “Una vez que sufrimos por un relato, eso suele bastar para convencernos de que el relato es real”, porque el sufrimiento es de las cosas más reales que existen. Dado que a la gente no le gusta admitir que es tonta, cuanto más se sacrifica por una causa, más se fortalece su fe en ella. También se usa el sufrimiento hacia los demás, y dado que a la gente no le gusta admitir que es cruel, también fortalece la fe en una causa el hacer sufrir a los demás por ella. Ese “sufrimiento” (o esfuerzo) puede ser de muchos tipos: corporal, dedicación de dinero o tiempo… Harari pregunta: “¿Por qué cree el lector que las mujeres piden a sus amantes que les regalen anillos de diamantes?”. Creen que cuanto mayor es el sacrificio mayor es el compromiso. Por todo esto, los embaucadores adoran las palabras sacrificio, eternidad, pureza, redención…
Para dar sentido trascendente a la vida, algunos se centran en dejar tras la muerte algo tangible (un poema, genes…), pero puede ser complicado y, al fin y al cabo, ni siquiera el planeta es eterno (dentro de 7.700 millones de años el Sol absorberá la Tierra y el fin del universo llegará, aunque tarde al menos 13.000 millones de años). Con ese panorama, Harari se pregunta: “¿No será suficiente con que hagamos que el mundo sea un poco mejor? Podemos ayudar a alguien, y ese alguien ayudará a continuación a alguna otra persona, y así contribuiremos a la mejora general del mundo y seremos un pequeño eslabón en la gran cadena de la bondad“. En el fondo, el amor es más seguro que los demás relatos.
La gente corriente suele creer en varios relatos a la vez, sentir distintas identidades, y muchas veces hay contradicciones importantes, porque en el fondo no están convencidos de su propias creencias. La historia está llena de estas “disonancias cognitivas”. Un ejemplo son los que han ido a la guerra para defender el cristianismo, religión del amor. Pero aún hoy día hay muchos cristianos que se oponen a las políticas de bienestar social, que se oponen a ayudar a los inmigrantes o que apoyan las armas, por ejemplo. También es fácil encontrar gente que se lamenta de la injusta distribución de la riqueza pero tienen inversiones en bolsa, cuando es bien sabido que invertir en bolsa genera injusticias y desigualdad (y si tu banco no es ético también estás colaborando con sucios negocios).
Nuestros deseos nos llevan a actuar y Harari sostiene que somos libres para elegir nuestras acciones, pero no nuestros deseos. Muy poca gente es la que controla sus pensamientos. Para la mayoría, los pensamientos vienen y van de forma caótica y descontrolada. Algunas religiones enseñan a controlar la mente. Buda enseño que hay tres realidades básicas del universo: que todo cambia sin cesar, que no hay nada eterno y que nada es completamente satisfactorio. Aceptando esto, el sufrimiento cesa: “según Buda la vida no tiene sentido, y la gente no necesita crear ningún sentido”. El consejo de Buda es: «No hagas nada. Absolutamente nada». “Todo problema radica en que no paramos de hacer cosas” (física o mentalmente). No hacer nada es conseguir que la mente tampoco haga nada.
21. Meditación, para conocernos mejor
En el último capítulo, el autor nos cuenta su experiencia personal aclarando que no tiene porqué funcionar bien a todo el mundo. Casi por casualidad, descubrió la meditación Vipassana (introspección) que, simplificando, consiste en centrar la atención en algo concreto, como el aire que entra y sale por la nariz. La gente corriente es incapaz de mantener esta atención de forma prolongada y Harari confiesa que al instante perdía la concentración. El objetivo de esta meditación es observar las sensaciones personales. Cuando uno se enfada se centra en pensar en el objeto que supuestamente provoca el enfado y no la realidad sensorial. Harari dice que aprendió más cosas sobre sí mismo y los humanos observando sus sensaciones en diez días que durante el resto de su vida hasta ese momento y, además, sin tener que aceptar cuentos o mitologías. Basta solo con observar la realidad como es.
El origen del sufrimiento está en la propia mente. Cuando deseamos que ocurra algo y no ocurre, generamos sufrimiento. Es una reacción de la mente. Es la mente la que provoca el sufrimiento. “Aprender esto es el primer paso para dejar de generar más sufrimiento”. La meditación es cualquier método de observación directa de nuestra propia mente y, aunque la han usado muchas religiones, la meditación no es necesariamente religiosa. La meditación Vipassana advierte que no se debe practicar solo como búsqueda de experiencias especiales, sino para comprender la realidad de nuestra propia mente, aprovechando todo tipo de sensaciones por simples que sean (calor, picor…).
Harari dice que medita dos horas diarias y que le ayuda al resto de tareas del día. Además, recomienda meditar para conocernos a nosotros mismos, antes de que los algoritmos decidan por nosotros quiénes somos realmente.