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La deriva autoritaria de Trump: las doce alarmas señaladas por un informe de Amnistía Internacional

Por: Ana Veiga

“Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald J. Trump, está mostrando un patrón reconocible de prácticas autoritarias y de erosión de los derechos humanos”. Con esta frase inicia la organización Amnistía Internacional su informe Suena la alarma: aumento de las prácticas autoritarias y erosión de Derechos Humanos en Estados Unidos, publicado con motivo del primer aniversario del segundo mandato de Trump.

Este documento hace un repaso por las doce alarmas que alertan de las prácticas de Trump, entre las que destacan los ataques a los medios de comunicación y a la libertad de expresión, las amenazas a las universidades y docentes, las coacciones al sistema judicial y al Estado de derecho, la normalización de la militarización y del control a través de la inteligencia artificial, así como el señalamiento de comunidades específicas, el aumento de políticas que marginan a grupos vulnerables y las deportaciones masivas.

“Los esfuerzos de la administración Trump por intimidar, silenciar y castigar a manifestantes y críticos, restringir a la prensa y reconfigurar el acceso a la información, y erosionar sistemáticamente el Estado de derecho están creando una emergencia de derechos humanos”, insisten. Desde Amnistía advierten que han visto “a dónde conduce este camino cuando se castiga la disidencia” pero también subrayan que “la deriva no es inevitable”.

Por eso, el informe incluye recomendaciones que animan a la sociedad civil a movilizarse para “salvaguardar el espacio cívico, restablecer las garantías del Estado de derecho y evitar la normalización de la represión”. 

Sin voces críticas

Los medios de comunicación están en el punto de mira. A menudo son atacados verbalmente en las ruedas de prensa de Donald Trump, quien incluso les amenaza con retirarles acreditaciones -y de ese modo el acceso a información- y financiación. Esta última configura la supervisión periodística del gobierno permitiéndole «controlar el mensaje y desalentar la cobertura crítica”, escribe Amnistía Internacional.

Otro ejemplo de condicionar las voces críticas es el de Mario Guevara, periodista con 20 años de trayectoria en Estados Unidos, detenido por el ICE el pasado junio mientras transmitía en directo las protestas del No Kings Day contra las redadas de inmigración en el estado de Georgia. Guevara contaba con un permiso de trabajo y una “suspensión administrativa” de órdenes de deportación. Sin embargo, las autoridades migratorias reabrieron su caso tras arrestarle por cargos de tres delitos menores: reunión ilegal, obstrucción y ubicarse como peatón en la calzada. Según informó The Guardian, se trata de uno de los periodos de encarcelamiento más prolongados de un periodista detenido por su labor profesional en la historia de Estados Unidos. Y es tan solo uno de los casos que muestra el viraje de la administración pública hacia prácticas más autoritarias.

Aunque el foco de Trump no está solo puesto en los medios de comunicación sino en cualquier voz crítica. A través del programa “Catch and Revoke” (“Capturar y revocar”) -que combinaba el monitoreo de redes sociales, el seguimiento del estatus migratorio y evaluaciones automatizadas de amenazas para revocar visas de manera masiva-, la administración Trump detuvo y trató de deportar a estudiantes que expresaron opiniones y participaron en protestas, en particular, con los derechos del pueblo palestino. 

Al inicio del mandato presidencial, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, anunció que había revocado las visas de al menos 300 estudiantes y visitantes, alegando que esas personas habían participado en “actos de vandalismo en universidades, acoso a estudiantes, ocupación de edificios y alteración del orden”.

Un ejemplo es el de la activista palestina Leqaa Kordia, detenida por primera vez en marzo de 2024 en una manifestación de solidaridad con Gaza en la Universidad de Columbia. Los cargos en su contra fueron desestimados, pero en marzo de 2025 la volvieron a arrestar cuando se presentó a una cita de control del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

«El presidente Trump ataca a quienes imparten la docencia y la forma en la que lo hacen. Ataca a la libertad de expresión, la autonomía institucional y la gobernanza compartida, y esto amenaza con socavar la solidez de la educación superior estadounidense que hasta ahora presumía de independencia frente a la interferencia política», denunciaba Lynn Pasquerella, presidenta de la Asociación Estadounidense de Colegios y Universidades, en RTVE.

El sistema judicial maniatado

Abogados particulares, bufetes y asociaciones de abogados fueron amenazados con investigaciones y sanciones por llevar a cabo su trabajo. También algunos fiscales han sido despedidos, como Michael Ben’Ary. Con más de 20 años de experiencia, fue relevado de su puesto mientras estaba trabajando en un caso de terrorismo que el propio Trump había mencionado en su discurso al Congreso. ¿El motivo alegado? Se difundió que había trabajado con Lisa Monaco, una figura clave en la administración de Joe Biden, y que supuestamente había sido parte de una «resistencia interna» contra Trump.

Los ataques verbales del presidente Trump contra jueces también han sido habituales. Incluso el presidente de la Corte Suprema, John Roberts, reprendió públicamente a Trump después de que este solicitara el juicio político contra el juez Boasberg -quien supervisa un litigio contra Trump que impugna la implementación de la Ley de Enemigos Extranjeros-. 

Como informó Reuters, el presidente Trump atacó al menos a 470 personas, instituciones y grupos mediante despidos, suspensiones, investigaciones y la revocación de autorizaciones de seguridad. También los amenazó con investigaciones o sanciones, incluida la congelación de fondos federales.

Expulsiones masivas y asedio a las personas migrantes

La aceleración de las detenciones masivas y las deportaciones aterroriza a las comunidades y crea una narrativa deshumanizante. “Paraliza la vida cotidiana: las familias evitan la escuela, la atención médica y los servicios básicos por miedo”, explican en el informe. “Desde el primer día, la administración Trump impulsó una agenda anti-migrante y anti-refugiados, implementando órdenes ejecutivas racistas y xenófobas que deshumanizaban y criminalizaban a los migrantes y a las personas que buscaban seguridad”. 

El sistema de detención masiva de inmigrantes se expandió, manteniendo a miles de personas en instalaciones superpobladas. Se construyeron nuevos centros de detención financiados por el Estado, como “Alligator Alcatraz” y Krome, en Florida. En ambos centros se ha denunciado trato cruel, inhumano y degradante.

La expulsión masiva de migrantes y solicitantes de asilo venezolanos mediante la invocación de la Ley de Enemigos Extranjeros el 15 de marzo de 2025 -se había utilizado por última vez para detener a más de 120.000 estadounidenses de origen japonés en campos de internamiento en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial- es una de las violaciones de los derechos humanos señaladas por Amnistía Internacional. Para Trump es tan solo la respuesta a una «invasión» que motivó el uso extraordinario de una ley de tiempos de guerra. 

Un ejemplo del uso de esta ley es el caso del venezolano Andry Hernández Romero, quien fue deportado acusado de ser miembro de la banda criminal Tren de Aragua. Después de esto, fue detenido durante cuatro meses en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) de El Salvador. Su deportación fue una más de las 200 hechas a sus compatriotas sin antecedentes penales.

Además, la administración Trump ha puesto fin al Estatus de Protección Temporal para muchas nacionalidades.

El control como objetivo: militarizado o con IA

El uso de los recursos militares para las protestas bajo el pretexto de combatir la delincuencia urbana se ha hecho “con el fin de apoyar una aplicación agresiva y a menudo ilegal de la ley migratoria”, denuncia el informe. El patrón de despliegues puso sobre la mesa la relación entre delincuencia y raza. Seis de las nueve ciudades donde el presidente Trump amenazó o desplegó a la Guardia Nacional tenían un alcalde negro y una gran población negra y latina. 

Pero el control no llega solo por la fuerza sino que el monitoreo de las redes sociales es otra de sus herramientas. La IA Babel X, proporcionada por Babel Street, y el sistema operativo Immigration OS de Palantir, permiten la vigilancia masiva de las redes sociales de millones de personas bajo la potencial amenaza del «terrorismo».

Además, Trump también ha recortado la financiación de las instalaciones y programas de atención reproductiva, forzando el cierre de clínicas -según el Gender Equity Policy Institute, las mujeres embarazadas que viven en estados que prohibían el aborto tenían casi el doble de probabilidades de morir-. Asimismo, ha atacado los derechos y la atención LGBTI, en particular de las personas transgénero, firmando una orden ejecutiva para “restaurar la verdad biológica”, definiendo el sexo como una “clasificación biológica inmutable como masculino o femenino”.

«Estamos presenciando una escalada alarmante de la represión patrocinada por el Estado y el abandono del estado de derecho y las normas de derechos humanos en todo el mundo», dice Erika Guevara-Rosas, directora sénior de Investigación, Políticas, Incidencia y Campañas, en el informe. Aunque el gobierno de Estados Unidos se había posicionado durante mucho tiempo – al menos en teoría- como un defensor mundial de los derechos humanos, la administración Trump ha hecho que Estados Unidos dé marcha atrás retirándose de acuerdos y organismos globales cruciales en materia de derechos humanos.

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25 organizaciones exigen “poner fin a la impunidad” de la violencia estructural contra las trabajadoras del hogar

Por: Ana Veiga

«La violencia en el empleo de hogar no es un caso aislado: es un sistema«, afirman en un comunicado 25 organizaciones, entre las que se incluyen Oxfam Intermón y Territorio Doméstico. En su texto, denuncian el desamparo y precariedad que sufren las trabajadoras del hogar, la vulnerabilidad jurídica, económica y social así como el régimen de explotación y abuso que significa estar internas con disponibilidad las 24 horas durante todos los días de la semana.

Para acabar con la «impunidad» de quienes ejercen esta «violencia estructural», exigen diez medidas urgentes e inmediatas. Entre estas, destacan la petición habilitar canales de ayuda, aumentar las inspecciones laborales en los domicilios y regularizar la situación administrativa de residencia de las trabajadoras del hogar y los cuidados, garantizando plenamente sus derechos de ciudadanía.,

Investigaciones realizadas por Oxfam Intermón y la Asociación Por ti Mujer revelan que el 49,2 % de las trabajadoras encuestadas afirman haber vivido algún tipo de violencia en el trabajo a lo largo de su trayectoria laboral. Además, el 70 % conocía algún caso cercano. El 17,1 % asegura haber recibido proposiciones de naturaleza sexual y el 8,5 % dice haber sufrido tocamientos de naturaleza sexual sin consentimiento. En el caso de las trabajadoras extranjeras, las cifras de proposiciones se multiplican por cuatro y las de tocamientos se duplican.

«Los casos que trascienden, como el reciente caso mediático que involucra a una figura pública, revelan cómo la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar permanece oculta y normalizada, sigue siendo un tabú y muchas víctimas no se atreven a hablar, se aprovecha la indefensión de las víctimas, siempre cuestionadas por el sistema patriarcal y racista que domina las relaciones laborales de las trabajadoras extranjeras», recalcan en el comunicado.

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‘Wicked II’: la construcción de un mito

Por: Ana Veiga

Leones, tigres y panteras. ¡Dios mío! canturreaba una y otra vez, embebida de unas canciones en inglés que no entendía pero que trataba de replicar. Recuerdo mirar fascinada los zapatos rojos brillantes que Dorita –al menos así la llamaban en la película traducida– calzaba mientras recorría el camino de baldosas amarillas. Esos recuerdos son parte de mi infancia, como lo es ir a la huerta a coger tomates con mis abuelos o cenar en Nochebuena esperando que los regalos llegaran mágicamente al árbol. Pero igual que en esos recuerdos, hay cosas que la mente de una niña no detecta. La atención de una niña se pone en el tomate pero no en por qué mi abuela estaba ese día tan enfadada o por qué mi abuelo no vino a cenar. La vida de los niños es más simple, no tiene tantos matices y la memoria nos ofrece una versión simplificada y a menudo dulcificada de lo que pasó entonces. 

Esa misma sensación me ha recorrido al ver la segunda parte de Wicked II, el ver más allá de la que, en su día, fue la historia principal. En transitar las entrañas de la historia, colarme en las bambalinas de un teatrillo orquestado por El Mago de Oz y en comprender –una vez más– que las brujas a menudo eran mujeres fuertes, con voces disidentes, que no se dejaban doblegar. 

En esta ficción, la odisea de esa niña de Kansas que quería volver a casa es tan solo una pequeñísima parte de todo lo que pasaba a su alrededor, la inocencia de una infante inocente que juega despreocupada mientras a su alrededor se desata una guerra, a sus espaldas vemos cómo se reparte el poder y se construye un mito. Los buenos no son tan buenos y los malos tampoco –aunque a veces, sí– y, sobre todo que, como en la vida, todos tenemos una historia que nos explica. Por eso, quizá, Wicked tiene el poder de hacernos viajar atrás en el tiempo –en mi caso. a ese momento en que recogía tomates– y poder analizar con mirada adulta qué pasaba por las mentes de esas personas, en qué momento estaban y por lo que estaban pasando. La cinta nos permite entender por qué el espantapájaros, el león o el hombre de hojalata llegan a ser quien luego serán pero también nos deja abierto su futuro; les da una entidad como personajes e incluso los destaca por encima de la pequeña Dorita, que aparece como una marioneta al servicio de la historia real.

La construcción del relato

No es casual que la película empiece con algo que parece pequeño, casi insignificante: una baldosa amarilla. Esa imagen es, en realidad, el resumen perfecto de lo que sucede en Wicked II. La segunda parte de esta historia –contada en los teatros de Broadway desde 2003 y que hace poco desembarcó en Madrid– empieza en esa construcción del camino de baldosas amarillas por manos de animales esclavizados. Y lo que parece casi un plano recurso es una síntesis de lo que veremos: la construcción de un mito a dos niveles.

Por un lado, y dentro de la película, ese sendero es parte de una estrategia de marketing del Mago de Oz, un auténtico “funnel o embudo de ventas” como diría los marketinianos, para que toda la población quiera ir hasta él, hasta ese deseado destino final que supone conocer a esa criatura mítica y mágica.

Pero, a la vez, en la metahistoria de la película, esta obra de ingeniería de caminos es una forma de decirnos que vamos a ver más allá del mito, de lo que ya conocemos las amantes del Mago de Oz y que vamos a entender en una profundidad mucho mayor qué es lo que sucede en esta historia.

Como el musical original, Wicked II despliega un repertorio de baladas explosivas y gorgoritos infinitos interpretados por Ariana Grande y Cynthia Erivo. El metraje se rinde a sus voces y a sus actuaciones, dignas de convertir la película en un futuro clásico, más oscuro, intimista y profundo que la primera parte.

La propaganda y el trumpismo

«Mi Oz no es solo un lugar. Es promesa, una idea», dice Elphabba hablando de esa dicotomía entre huir de donde no te quieren o quedarte para cambiarlo. Y no es una decisión fácil porque ha sido escogida por la maquinaria de la propaganda del Mago de Oz como el objetivo a batir, la enemiga que al pueblo en el odio y, sobre todo, la distracción para que los poderosos sigan con sus artimañas. Y como en la mejor estrategia trumpista, se tiñen los matices de blancos y negros y, como hacía ya Goebbles, se usa la caricaturización de ese enemigo común para mantener al pueblo controlado.

Como en la realidad, una campaña de marketing es la que crea una imagen pública de Glinda como lo deseable, el arquetipo de lo femenino y bondadoso, dentro de los cánones de belleza y atenta a cada instrucción de su «creador». El contrapunto perfecto frente a esa mujer que protesta por las injusticias, a la que se acaba considerando como ‘bruja’.

Así, a pesar de lo fantástico, la película aborda también temas contemporáneos como las fake news, mostrando cómo la información puede manipular percepciones y moldear la opinión pública. Wicked II no se limita a entretener: nos invita a observar cómo los mitos se construyen y se venden, cómo se seleccionan y reinterpretan los relatos para mantener un poder o un control social, y cómo los héroes y villanos no son siempre lo que parecen. Al combinar estas ideas con un despliegue visual, la película logra un equilibrio entre espectáculo y reflexión. Y nos recuerda que conviene siempre repensar las historias que nos contamos y las verdades que aceptamos sin cuestionar.

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Slava’s SnowShow: volver a ser niño

Por: Ana Veiga

Dicen que no hay nada más puro que la risa de un niño. Pero lograr que un adulto sonría como tal puede ser, en muchos sentidos, una experiencia aún mayor. Porque esa risa abre un canal directo hacia el niño que fuimos y lo trae de vuelta por unos instantes, a pesar de la nostalgia, la tristeza y la apatía de un mundo diseñado para aplastar ilusiones en nombre de la optimización, la racionalidad y la productividad. Esa pausa vital, sostenida por una curva en los labios, es lo que consigue Slava’s SnowShow, una tragicomedia visual que su creador, el artista escénico ruso Slava Polunin –antes también actor principal–, define como “un espectáculo teatral, poético, universal y atemporal”.

Desde 1993 se ha representado en decenas de países y cientos de ciudades, con miles de funciones que han transportado a millones de espectadores a su infancia más temprana. Ahora, este espectáculo —nominado al premio Tony al Mejor Evento Teatral Especial y ganador del premio Laurence Olivier en Inglaterra— se encuentra de gira por España hasta el 4 de enero. A Coruña, Gijón, Bilbao y Madrid serán sus paradas.

Su inicio, crudo y desconcertante, es toda una declaración de intenciones. Un payaso entra en escena cabizbajo, avanzando a cámara lenta, arrastrando una cuerda al son de La petite fille de la mer, de Vangelis. La música, atmosférica e instrumental, arrulla al público mientras el payaso estira el cordel y lo convierte en una soga que se coloca alrededor del cuello. No hay risas ni histrionismo: solo una nariz roja —más realista de lo habitual— y una mueca triste, enmarcada por labios y ojos blancos. Es un comienzo oscuro e inquietante que lanza una advertencia clara: hay un payaso en escena, pero su humor está hecho por y para adultos, aunque esos adultos acabarán, inevitablemente, transformándose en niños. De hecho, esa transformación del espectador es una de las proezas más notables del espectáculo.

A partir de ahí, Slava’s SnowShow despliega un universo poético, visual y profundamente onírico que, por momentos, nos hace sentir inmersas en el delirio infantil de una noche de invierno. Al fondo, una pared blanda que evoca un paisaje nevado y, a la vez, recuerda a una manta nórdica bajo la que acurrucarse. Frente a ella, una sucesión de clowns encadena escenas aparentemente inconexas –o casi–, sin otro argumento que observar cómo interactúan en pequeñas secuencias minimalistas, con pocos elementos, milimétricamente medidos, y con unos tiempos perfeccionados desde las primeras representaciones en los años noventa.

Miles de pompas de jabón, pelotas gigantes, una cama que se convierte en barco, un gorro que simula un tren, una bola que simula ser luna y, finalmente, una ventisca que envuelve a toda la audiencia en un momento apoteósico en el que lo único posible es estar. Y ese estar –esa presencia plena de cuerpo y alma– resulta profundamente revolucionaria en una época acostumbrada al scroll eterno y al consumo rápido.

“Todos los adultos fueron primero niños. (Pero pocos lo recuerdan)”, escribía Antoine de Saint-Exupéry en El principito. Si eres de los que quieres –o necesitas– recordarlo, tienes una cita ineludible en el teatro.

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Cuarentona capitalista

Por: Ana Veiga

Bueno, pues llegó el día. Puedo decir que tengo 40 años y mucho sueño. Según una buena amiga, esto es culpa del capitalismo. Para ella, todo suele ser culpa de lo mismo, y muchas veces debo admitir que tiene razón. ¿Y qué tiene que ver?, pensaréis.

Lo primero que me dijeron fue: “Ya eres una cuarentona”. Todo entre risas y golpecitos en el brazo, todo desde un tono amigable que no esperaba ofender aunque sí picar un poco. La cuestión es que, en este mundo, todo es etiquetado y etiquetable –y lo que no, molesta, véanse las personas de género fluido cuya existencia parece una ofensa para las más cuadriculadas–; y esta etiqueta de “cuarentona” viene con una sibilina advertencia adjunta de una próxima “fecha de caducidad”.

No digo que el término cuarentón no tenga asociado lo mismo, pero todas sabemos que se nos cataloga por nuestro cuerpo y escala de follabilidad desde demasiado temprano en nuestra vida. Y que para nosotras el plazo de expiración es clave para ser más o menos escuchadas. Ellos, en cambio, pueden convertirse fácilmente en maduritos atractivos o zorros plateados.

Lo segundo no fue lo que me dijeron, sino lo que me dije. “¿Ya ha pasado casi la mitad de mi vida? ¿He conseguido lo que esperaba?”. Y esto, amigas, se me cayó encima como una losa. Hay muchos países que no he visitado, pelis que no he visto, libros que no he escrito y árboles que no he plantado. No tengo un ático en Nueva York como pensaba de pequeña –las series Friends y Sexo en Nueva York han hecho mucho daño a las aspiraciones inmobiliarias de toda una generación–. No soy lo que esa niña que fui esperaba. Pero, quizá, soy mejor en otros sentidos menos capitalistas, menos cuantificables, más cualitativos que esa Ana de 10 años no tenía en la cabeza. Porque como bien dice esa compañera a la que me refería al inicio, esa obsesión por ver más, hacer más, aprovechar más, producir más… es la maquinaria del sistema que se nos ha colado en nuestro engranaje mental.

Compro menos y mejor, gracias en parte a la pareja que tengo al lado. Me analizo y deconstruyo poco a poco, y soy consciente de las mil cagadas diarias que sigo cometiendo. No he dejado de cometerlas pero, al menos, trabajo en ello. Soy, creo, una persona más consciente y pausada. Y sorprendentemente más segura, aunque a veces me asalten las dudas sobre mi valía porque no cumplo los cánones de lo que la sociedad espera. Pero quién coño es la sociedad sino una voz instalada en mi cabeza construida de retazos de imágenes publicitarias, frases escuchadas desde que tengo memoria y autosabotajes recreados en base a relaciones tóxicas pasadas. Esa voz, amigas, se escucha cada vez más bajito. Por suerte, hay otra que me dice: “Ahora, querida, no tienes que demostrar nada. Solo ser feliz”.

No os voy a mentir, ese sonido primigenio y cruel no ha desaparecido pero se aleja cada vez más. Y eso es gracias a amigas, como la que ha inspirado este texto, que me dicen: “Que le jodan al mundo. Plantemos lechugas y bañémonos desnudas y sin depilar en la primera playa que veamos”. Esas amigas son las que nos abrazan y destruyen el capitalismo integrado que tenemos enraizado a nuestro ADN. Y solo por tenerlas al lado sé que, a mis recién estrenados 40 años, algo he hecho bien. Y que la vida no es como esperaba, y que quizá eso es lo mejor que me ha podido pasar.

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