Tamara, la ucraniana que ayuda y da trabajo en su bar a mujeres que huyeron de la guerra
El día en que Tamara Shpatar (65) llegó a Alberic solo tenía una mochila, algo de dinero y un papel con el número de teléfono de la única ucraniana que vivía entonces en este pueblo valenciano que ahora tiene 11.000 habitantes. Aquella mujer la acogió y le dio trabajo como limpiadora. Más de veinticinco años después, es Tamara quien acoge y emplea en su bar de almuerzos a varias mujeres que han huido de la guerra en Ucrania.
Una de ellas es Ruslana. Llegó en 2021, unos meses antes de que estallara, cuando ya se empezaba a hablar de un posible conflicto. Tenía entonces 19 años. Cuando empezó a trabajar en el bar de Tamara solo sabía decir en español: “hola”, “¿cómo estás?”, “¿de qué quieres el bocadillo?” y “¿de bebida?”. Aprendió el idioma trabajando, con libros y con vídeos de YouTube, antes de apuntarse a la escuela de adultos. “Luego conocí a Enrique –su pareja– y aprendí mucho más”, bromea Ruslana. Ahora viven juntos en una casita con un corral que le recuerda a la suya en Ucrania.
Cuando Tamara decidió dejar su país, también lo hizo forzada por las circunstancias: la crisis financiera rusa de 1998, que provocó un efecto dominó en Ucrania. Trabajaba como contable, pero muchas fábricas cerraron y sus hijos comenzaban la universidad. Necesitaba dinero para pagarles los estudios. Vino a España con la idea de ahorrar un par de años y volver, pero le gustó tanto que se quedó.
Desde entonces no le ha faltado el trabajo: ha recogido fresas, naranjas; ha limpiado casas y ha servido en bares. Hasta que un día llegó la oportunidad de alquilar un bar. Desde aquel momento, hace más de una década, regenta el Bar Pastor, uno de los más conocidos de la zona por hacer muy bien lo más importante en un pueblo valenciano: los bocadillos del almuerzo.
Con los años, el bar no solo se ha convertido en su medio de vida, sino también en una especie de primer puerto seguro para quienes han llegado sin saber el idioma y con el miedo aún en el cuerpo. La última en hacerlo todavía no habla español y ayuda a Tamara en la cocina, mientras Ruslana se encarga de servir en las mesas. Otras dos mujeres pasaron por allí antes de encontrar trabajo de lo suyo. Tamara no solo les ha dado empleo: también ha hecho de traductora, las ha acompañado al médico, a las reuniones del colegio, a lo que hiciera falta.
Una de ellas llegó desde Jersón, una de las zonas más castigadas por la guerra. Su casa quedó destrozada tras la voladura de la presa de Nova Kajovka. Tamara compara el desastre con la pantanada de Tous, localidad vecina a Alberic, donde en los años ochenta las lluvias torrenciales rompieron la presa y el agua del pantano anegó por completo decenas de municipios. “Pero esto no fue por la lluvia –dice–, fue por la guerra”. En la comarca valenciana de la Ribera, donde la memoria de aquella tragedia aún sigue viva, la historia de Jersón no parece tan lejana.
Alberic no ha sido ajeno al sufrimiento de Ucrania. Cuando comenzó la invasión en 2022, se tejieron redes de apoyo informales para enviar ayuda y acoger a quienes iban llegando poco a poco, o para facilitarles la búsqueda de un piso de alquiler, que en los últimos años ha duplicado su precio en el pueblo. “No vinieron todos de golpe, y siguen llegando –recuerdan–, pero un año, al empezar el cole, sí que había bastantes niños nuevos”.
A principios de 2025, hay unas 230 personas con nacionalidad ucraniana empadronadas en la localidad. Si se compara con la proporción de gente ucraniana en poblaciones de la zona, el de Alberic es un número muy considerable. Tamara y Ruslana cuentan que casi todos son de su misma región, Bucovina, y que ellas conocen a unas doce o trece familias: “¡Medio pueblo, hay un montón! Y casi nadie quiere volver a Ucrania”. Muchos han abierto negocios –peluquerías, centros de uñas, talleres de coches, bares– y su presencia se ha integrado con naturalidad en el día a día del pueblo.
Fue una mujer de Alberic, dueña de otro bar, quien enseñó a Tamara lo esencial para atraer clientela a la hora del almuerzo, la más importante. Con el tiempo ella lo ha perfeccionado. “Los que vienen todos los días no dicen nada, pero el que viene de fuera me dice: ¡qué bocadillo más bueno!”. Los hace con pan del día de un horno del pueblo, producto de calidad, carne de caballo cortada fina en la carnicería y siempre usa aceite de oliva, “nunca de girasol”, puntualiza.
Tamara no se guarda el secreto. Le gusta enseñar a quienes trabajan en su cocina, igual que una vez lo hicieron con ella. Entre quienes han pasado por allí, también hay una mujer rusa que luego ha abierto su propio establecimiento. Y Tamara lo tiene claro: “Es muy trabajadora y muy buena persona. Da igual si es rusa o ucraniana, hay gente buena y gente mala en todos los sitios. Aunque mi nieta pequeña, que vive en Ucrania, no estaría de acuerdo. Ella sí que dice que los rusos son malos”, bromea.
Como cualquier abuela con smartphone, Tamara atesora cientos de vídeos que le envían de sus nietos. En uno se ve a la pequeña ayudando a su padre a clasificar pequeñas piezas para drones fabricadas con la impresora 3D de su clínica dental. La niña, concentrada, dice que hace las piezas porque no quiere ser rusa. Que va a terminar la guerra y van a vivir tranquilos, que irá al colegio sin miedo de la alarma y que no tendrá que bajar al sótano. “Tiene mucho miedo al sótano”, comenta Tamara.
También tiene nietos que han nacido aquí. Los llevan los sábados a la escuela ucraniana de València para que aprendan a leer y escribir el idioma. A veces les cocina borsch, una sopa de remolacha típica en Ucrania. Solo la prepara para la familia y, de vez en cuando, alguna amiga se lleva un poco, pero no la sirve en el bar. “¿Quién quiere comida ucraniana? Nadie. A mí ya no me gusta”, dice riendo. “No hay comida mala en ningún sitio, pero está la costumbre de comer.”
Cada domingo va con su marido a comer paella a un sitio diferente. A veces, la cocina en casa, pero lo que mejor le sale es el arroz al horno. Con 65 años, le faltan solo unos meses para jubilarse, aunque no tiene ninguna prisa. Disfruta de abrir el bar cada mañana, ver las mesas llenas y el ir y venir de los almuerzos. Ha encontrado en esa rutina, y en preparar los bocadillos favoritos de mucha gente, su forma de ser feliz.
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