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Episodio 17: Entre yerba, polvo y plomo. El narco antes de la guerra contra el narco

Por: Radio Almaina
Los acontecimientos de los últimos años, desde la pandemia, el genocidio en Palestina y el ascenso del neofascismo apuntan a un cambio de época en el cual el neoliberalismo y el orden mundial que suponía su funcionamiento, están abriendo camino… Leer más

Radio Almaina - Episodio 17: Entre yerba, polvo y plomo. El narco antes de la guerra contra el narco

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Hablar con fascistas

Por: José Ovejero

2 de febrero

En 1991 Donna Haraway escribe: «La dolorosa fragmentación existente entre las feministas (por no mencionar la que existe entre las mujeres) en todos los aspectos posibles ha convertido el concepto “mujer” en algo esquivo, en una excusa para la matriz de la dominación de las mujeres por ellas mismas».


El mundo siempre ha sido una colonia, en el sentido de que gente ajena al territorio se ha beneficiado de sus recursos y para ello ha impuesto estructuras de poder ajenas a la voluntad de la población autóctona (y cuando digo «ajenas a la voluntad» incluyo voluntades manipuladas por el soborno, el chantaje y la desinformación). Su descolonización aparente en la segunda mitad del siglo XX, que daba una apariencia de legitimidad a la explotación, está dando paso a sus más desvergonzadas manifestaciones. El marionetista ya no se oculta tras un telón oscuro, podemos ver las manos moviendo los hilos de sus criaturas y su gesto autocomplaciente al revelar su poder casi absoluto.


4 de febrero

Al pobre Pasolini le sucede como a Hannah Arendt y a Adorno, que los cita con entusiasmo gente que no los ha leído nunca. La filosofía de Arendt se ha visto reducida a un concepto que es de buen gusto citar y que vale para un roto y para un descosido: la banalidad del mal. Si las y los columnistas de opinión se acuerdan alguna vez de Adorno es para repetir como papagayos, a menudo mal o de forma sesgada, que la poesía es imposible después de Auschwitz.

Y Pasolini, como hemos visto estos días, sirve a los tibios para hablar del fascismo de los antifascistas.

¿Han leído alguno de sus artículos sobre el tema? Y, de paso, ¿han visto esa foto en la que Pasolini se lía a puñetazos con un fascista del MSI? En sus artículos sobre el asunto, que se pueden consultar en el breve volumen publicado por Galaxia Gutenberg, Pasolini condena sobre todo dos cosas: el antifascismo de los liberales burgueses, que es fingido o solo útil para ellos en determinados momentos históricos y puede cambiar de bando con facilidad, y que el antifascismo se entretenga con el inocuo deporte de condenar fieramente los fascismos del pasado, que ya no existen.


A él le parecía que se estaba perdiendo la oportunidad de hablar con los jóvenes fascistas, y esto puede parecer que lleva el agua al cansino molino de los y las que afirman que es fascista no sentarse a conversar con Aznar o Espinosa de los Monteros. Afirmaba que el diálogo no debía establecerse con los que llamaba los «fascistas arqueológicos» (con ellos, como hemos visto, podía liarse a puñetazos), ese residuo insignificante de la historia formado por quienes aún creían en Mussolini o en el fascismo histórico, sino con todos aquellos jóvenes cansados y rabiosos que buscaban una salida y una liberación en la energía de los neofascismos –creo que él no usó esa palabra–. Había que hablar con ellos, entenderlos, y por supuesto ofrecerles otras posibilidades.

El error en el análisis de Pasolini era pensar que los fascistas arqueológicos habían perdido la batalla debido a la televisión: afirmaba que Mussolini fue capaz de enardecer desde la tribuna pero no lo sería ante una cámara, que desvelaría su vacío y su estupidez, mostrándolo tal como era. Así que dedicarse a criticar aquel fascismo era una postura inocua y falsa.

¿Qué pensaría hoy Pasolini viendo a Trump, Abascal o Milei? Esos ignorantes de discurso vacío y brutalmente agresivo –como sucedía con Mussolini– que sin embargo no paran de crecer. ¿Qué pensaría, en España, viendo a personajes así vendiendo su mercancía averiada por los platós, en las páginas de una prensa subvencionada –por los partidos o por las grandes empresas– y en encuentros supuestamente «culturales»? ¿Querría conversar con ellos en aras de la tolerancia?

La ética impone límites a la cortesía; hay ciertas manos que no se deben estrechar salvo en contadísimos y urgentísimos momentos en los que ese contacto indeseable puede servir, por ejemplo, para salvar vidas. Me parece mezquino y sucio afirmar que es fascista el antifascismo de quien sencillamente no quiere compartir espacio y titulares con quienes han iniciado guerras mintiendo, con quienes han pertenecido a partidos que prohíben la entrada a sus actos a periódicos no afines –pero ahora se quejarán de que los cancelen a ellos– o fomentado la persecución de menores; con quienes aún hoy se niegan a condenar una dictadura, ayudando así a legitimarla.

No querer hablar con gente que apoya la deriva fascistoide y autoritaria y despiadada de la sociedad, puede parecer o no una buena estrategia. Condenar moralmente esta actitud está tan fuera de lugar como apuntarse al latiguillo supuestamente pasoliniano para poner en el mismo plano a quien defiende una posición ética no queriendo estar en ciertos lugares con ciertos individuos, y a quienes, con sus actos y palabras y sus omisiones culpables, normalizan la dictadura. No estamos hablando de un pasado remoto sobre el que conversar apaciblemente. Franco, Mussolini, Hitler, Stalin no están tan muertos como creíamos y no se puede exigir a nadie que venza su repugnancia y departa con quienes contribuyen a mantenerlos vivos.

Hacer además una contorsión intelectual para decir que si han sido elegidos democráticamente hay que respetarlos es otra forma de vileza. ¿Hace falta recordar los dictadores de todo el mundo que llegaron al poder a través de elecciones? Me voy a subir yo también un momento a la ola neocristiana que nos inunda y citar a Jesucristo: por sus hechos los conoceréis. Y los conocemos de sobra.


Releyendo lo que acabo de escribir pienso algo que he pensado más de una vez y que no contradice lo anterior: me gustaría escribir más en periódicos con cuya ideología no concuerdo y cuyos lectores no concuerdan con la mía. No tengo miedo al contagio ni a conversar con quien piensa diferente. Es solo que traspasar ciertos límites te hace salir sucio del otro lado.

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Salomé Saqué: “Querer vivir en una democracia ya es ser antifascista”

Por: Miquel Ramos

Francia ha sido siempre un laboratorio de ideas y una avanzadilla de la extrema derecha para todo el mundo. Su producción intelectual, su política y sus éxitos son evidentes, imprescindibles casi para entender el avance de estas ideas. Salomé Saqué (Lagny-sur-Marne, 1995) estuvo a finales de octubre en Barcelona para presentar su libro Resistir (Plataforma Editorial), donde explica cómo la extrema derecha ha logrado alcanzar cotas de influencia inimaginables hace unos años, minando así consensos democráticos sobre derechos y libertades. Una obra bien condensada, clara y concisa, que desgrana las estrategias del nuevo fascismo y las complicidades de las que ha gozado para llegar a las puertas del poder. Por eso, ante la preocupación de una gran parte de la sociedad, el libro ha sido un éxito en ventas, con más de 350.000 ejemplares vendidos de su edición francesa en pocos meses. Antes de que sea demasiado tarde, dice Salomé, quiere explicar cómo ha sido posible todo esto. «Todavía estáis a tiempo», afirma refiriéndose a España.

En Francia, la extrema derecha controla gran parte del panorama mediático, domina el debate, impone sus marcos y está lista desde hace tiempo para gobernar. El libro explica quiénes son figuras como el magnate Vincent Bolloré, quien se hizo con el grupo Canal+ en 2015 y es propietario de una gran red de medios de comunicación dedicados a la promoción de la extrema derecha. Saqué llama «los ingenieros del caos» a quienes diseñan las estrategias de desinformación y la batalla cultural. Lo hacen a través de sus contactos con las élites y de think tanks como Atlas Network (también presente en España). La autora señala a estos actores y analiza su papel en las redes sociales y la disputa semántica por el significado de las palabras. Estos grupos radicales y la violencia que propagan han conseguido instalarse en el debate y en la sociedad gracias a la normalización de sus ideas.

¿Cómo ha logrado la extrema derecha esta normalidad? ¿Qué papel han jugado los medios de comunicación?

Ha habido un largo proceso de blanqueamiento en los medios, en la política, en la Asamblea Nacional, en los libros, en muchos espacios de la cultura durante muchos años… Ahora es muy difícil cambiar el ecosistema mediático porque todo el mundo está acostumbrado a ver a la extrema derecha. Si hoy empezáramos a dejar de invitarla a los platós de televisión lo presentarían como censura. Hay muchos periodistas en Francia que ni siquiera consideran a Reagrupamiento Nacional [nuevo nombre del Frente Nacional, el partido de Marine Le Pen] como un partido de extrema derecha. Ya no utilizan estas palabras. Lo hacen porque piensan que esto es ser neutral. Yo combato esta idea de neutralidad periodística, porque pienso que no es posible conseguirla y porque, en momentos como estos, es un peligro. Ahora, el canal de información más visto en el país es CNEWS, una cadena de extrema derecha. Este tipo de medios están dedicados casi en exclusiva a la propaganda y la desinformación, creando falsas polémicas. Ellos mismos crean la polémica y entrevistan a un político sobre la polémica. ¿Y qué hace el resto de los medios? Simplemente miran las redes sociales y dicen: «Oh, esto ya es demasiado grande. Tenemos que hablar de ello». Y hablan. Y le dan la palabra a la extrema derecha. Y no buscan la contradicción, ni siquiera cuando dicen mentiras. Al final, lo que ocurre en Francia es que todos vamos a comentar una polémica que no tiene ningún sentido y que a veces es pura mentira. Y cuando hablamos de todo esto, la extrema derecha gana.

Dedicas un capítulo en tu libro al peligro de la violencia y el terrorismo de extrema derecha, tanto en Francia como en el resto de Occidente. En tus charlas siempre debes ir acompañada de seguridad privada. Has sido amenazada en numerosas ocasiones. Y no eres la única. Los periodistas, y sobre todo las mujeres, se han convertido en un objetivo prioritario en las campañas de la extrema derecha, también aquí en España.

Los partidos no llaman nunca a la violencia física, pero son muy tímidos cuando hay que condenarla. Saben que estas personas les apoyan, que forman parte de un todo. Los medios de extrema derecha, los partidos, los grupos radicales… de alguna manera, todos tienen vínculos entre sí. Eso es lo que quería demostrar en el libro, que están muy bien conectados y articulados, y por eso es peligroso. Mi nombre estuvo incluido en una lista de periodistas a los que matar publicada en una web nazi. De algunos periodistas hasta ponían su dirección. Lo denunciamos a la policía y bloquearon la web en Francia. Pero si tienes un VPN todavía puedes acceder. De esto hace más de dos años. No pasó nada. No han detenido a nadie. Yo personalmente fui a la policía para denunciar amenazas de muerte, de violación, acoso, insultos…

¿Y qué han hecho las autoridades al respecto?

Hay una falta de reacción de las autoridades y de los responsables políticos. Y no sé lo que estamos esperando. Quizás necesitamos, no sé, un drama o algo particularmente terrible contra los periodistas para reaccionar, pero cuando eso pase no podremos decir que no lo sabíamos desde hace años.

Una de las banderas de la extrema derecha global es la islamofobia. En Francia, la instrumentalización del concepto de laicidad como un valor intrínseco de la República, funciona también para extender estos prejuicios más allá de la extrema derecha.

Salomé Saqué: «Querer vivir en una democracia ya es ser antifascista»
Portada del ensayo Resistir. PLATAFORMA EDITORIAL

El debate ha sido desplazado: ya no se discute realmente sobre la laicidad como concepto republicano, sino que se utiliza de forma abusiva como pretexto para justificar discursos racistas. La técnica de la extrema derecha es, con la laicidad y con todos los conceptos, la misma: neutralizar nuestra capacidad de utilizar las buenas palabras, los buenos conceptos, porque así, al final, los conceptos no tienen ningún sentido. Todo el mundo conoce el concepto de laicidad, lo aprendemos en la escuela, sabemos que es importante, es algo central en la construcción de nuestra república. Entonces, lo que hace la extrema derecha es instrumentalizarlo, por supuesto, de forma totalmente falsa. Sí, falsa, porque no van en contra de lo católico. Eric Zemmour, sin ir más lejos, acaba de publicar un libro sobre los valores cristianos. Esto lo hacen con la laicidad, pero también con la lucha contra el antisemitismo, que se ha convertido en una parte fundamental de su discurso. Es decir, extender la idea de que la izquierda es antisemita y ellos no. Cuando los estudios, los hechos, muestran aun hoy que el índice más alto de antisemitismo está siempre en la extrema derecha. Sin embargo, su relato va en contra de los hechos. Y no estoy diciendo que no haya antisemitismo en la izquierda, porque lo hay, como ocurre con todas las discriminaciones estructurales.

Esto se ha visto muy claro también con el cambio de la extrema derecha del antisemitismo clásico a la islamofobia, y de, por ejemplo, todo el alineamiento de la extrema derecha mundial con Israel.

Por eso es tan difícil luchar contra la extrema derecha. Usan los conceptos de laicidad, que muchos en Francia compartimos, o de antisemitismo, que combatimos, con bastante inteligencia. Su estrategia es crear confusión. Es lo que me gustaría que las personas que nos leen, quizás, retengan, entiendan: desorientación, confusión, vaciar los conceptos de sentido. Esa es la condición para que la extrema derecha pueda llegar al poder. No digo que sea la causa, es mucho más complicado, pero es la condición. Eso es exactamente lo que pasó con el trumpismo: al final ya nadie sabía a quién leer o qué era verdad. Estamos perdiendo colectivamente este sentido, esta realidad común. En Francia ya no sabemos lo que es la laicidad. Aunque hay una ley que podemos leer y podríamos debatir mucho sobre la laicidad, no lo hacemos ya sobre el concepto real, debatimos sobre una palabra que ya no tiene ningún sentido. Ocurre lo mismo con antisemitismo, con fascismo… Ahora hablan incluso de «fascismo de izquierdas». O de islamoizquierdismo. La estrategia es vaciar todo de sentido.

La islamofobia, así como todo el argumentario de la extrema derecha, se escuda muy a menudo en la supuesta incorrección política y hasta en el humor. Me llama mucho la atención las caricaturas y los mensajes explícitamente racistas o machistas que usa la revista ‘Charlie Hebdo’, que no es de extrema derecha, pero refuerza sus mensajes y estereotipos.

El tema es muy complejo. Es muy difícil criticarlos porque han sido víctimas de atentados horribles. Si los criticas te pueden acusar de estar en contra de la libertad de expresión y al lado de los terroristas… Pero también debemos poder señalar los sesgos y límites de cualquier medio de comunicación, eso forma parte del debate público democrático. Además, hay límites legales: en Francia, por ejemplo, Valeurs Actuelles ha sido condenada por incitación al odio racial debido a caricaturas. No todo está permitido.

¿Cuál es la posición y la relación de Reagrupamiento Nacional respecto a Vladímir Putin y el papel de Rusia en la internacional reaccionaria?

Su relación con Rusia ha sido históricamente ambivalente. El partido contrajo en 2014 un préstamo de 9,4 millones de euros con un banco ruso [First Czech-Russian Bank], en un momento en el que los bancos franceses se negaban a darle créditos. Este préstamo, que fue objeto de polémica durante años, fue finalmente reembolsado en 2023. En el plano político, Marine Le Pen mostró durante mucho tiempo una cierta simpatía hacia Putin, al que presentaba como defensor de la soberanía nacional y de los valores tradicionales. Desde la invasión de Ucrania, el RN ha condenado oficialmente la guerra, aunque mantiene una posición prudente: critica algunas sanciones consideradas «contraproducentes» y sigue presentándose como una fuerza «soberanista», ni prorrusa ni alineada con Washington. Marine se reunió con Putin en el Kremlin en 2017, en una imagen altamente simbólica.

Trump ha declarado la guerra a los movimientos sociales, usando un fantasma llamado «Antifa» como si fuese una organización terrorista. Sus seguidores han iniciado una cacería contra todos los sospechosos de formar parte de esa organización inexistente, y han conseguido incluso que un profesor universitario de Nueva Jersey, Mark Bray, haya tenido que salir del país tras ser amenazado porque hace 10 años publicó un libro titulado Antifa.

Esto es un regalo para la lucidez: deberíamos recordar que cuando movimientos políticos empiezan a designar como terroristas a intelectuales, periodistas, activistas, ese es un camino que conduce hacia la dictadura. Es la estrategia que utiliza Putin, son exactamente las mismas palabras que ha utilizado contra todos sus oponentes para justificar su política de represión, los asesinatos de opositores, y aun para justificar la guerra. Es una señal de alerta bastante clara, y no necesitamos tener una cultura política inmensa para ver lo que está pasando. Cuando empiezan a decir, sobre la base de nada, sin ninguna prueba, que los intelectuales son terroristas, entonces surge la pregunta: ¿qué hacemos con los terroristas? Pues los encarcelamos por el bien de la seguridad nacional. Esto debería ser un escándalo total.

¿Qué es para ti el antifascismo?

Mi proyecto como periodista es hablar a un público lo más amplio posible. Incluyo, por supuesto, a personas despolitizadas, a personas de derecha, conservadoras. Podemos tener ideas muy opuestas, pero en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, nos dimos un consenso colectivo: el de que la oposición a la democracia es el fascismo. Para mí, querer vivir en una democracia ya es ser antifascista. No podemos permitir que digan que los antifascistas son terroristas. El antifascismo, más allá de ciertos movimientos políticos, del activismo, merece una definición amplia que incluya a todas estas personas que no quieren vivir en una dictadura. Por eso hablo tanto de información verificada, de lucidez, de capacidad colectiva para reconocer las cosas, de utilizar bien las palabras, de definir con precisión, porque tenemos que entender quién presenta el riesgo más alto de fascismo. Hay que generar interés por todo esto, porque luego será demasiado tarde, luego será mucho más complicado resistir. De eso trata mi libro. Las democracias están enfrentando muchos problemas por sus derivas autoritarias, pero todavía estamos en democracia. El fascismo todavía no es percibido como un peligro por la mayor parte de la gente, pero hay minorías que ya lo están sufriendo y entienden perfectamente lo que significa. Por eso hay que armar una resistencia, pacífica pero con herramientas sólidas, contra las ideas fascistas. Mi objetivo no es edulcorar la definición del antifascismo, sino mostrar que defender la democracia es algo que concierne al mayor número posible de personas. Mañana cualquiera podría ser calificado de «terrorista» simplemente por oponerse a una deriva autoritaria. No sé qué pasará en 2027 en Francia o en España, si tendremos a la extrema derecha en el poder, trabajando para instalar su opresión. Porque sabemos cuando llega al poder, pero nunca sabemos cuando lo deja. Y pienso que no queremos enfrentarnos a este peligro democrático.

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El mundo según Trump

Por: Patricia Simón

Este reportaje forma parte del dossier dedicado a Donald Trump en #LaMarea109. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y apoyar el periodismo independiente.


«Primero, el miedo. Después, si no estás atento, la crueldad lo invade todo».
Isabel Bono


«Estados Unidos volverá a considerarse una nación en crecimiento, una que aumenta su riqueza, expande su territorio, construye sus ciudades, eleva sus expectativas y lleva su bandera hacia nuevos y hermosos horizontes». Con esta sola frase del discurso con el que inauguró su segunda legislatura, Donald Trump pisoteaba el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas que recoge uno de los principios que ha guiado las relaciones internacionales desde la Segunda Guerra Mundial: la inviolabilidad de las fronteras. El presidente se aliaba así con los líderes que han provocado los dos conflictos que están alumbrando una nueva era: el genocidio de Gaza y la invasión de Ucrania. El magnate había ganado sus primeras elecciones prometiendo acabar con las guerras estadounidenses en el extranjero y comenzó el segundo anunciando la vuelta a las guerras imperialistas y a las anexiones territoriales ilegales. Y lo hizo de manera explícita, sin eufemismos ni falsas justificaciones. Porque Trump está imponiendo un nuevo orden global en el que la única norma es el dominio del más fuerte, es decir, el de Estados Unidos sobre el resto de los países. Y para asentarlo, tanto él como el resto de miembros de su administración emplean un lenguaje que normaliza los pilares y el funcionamiento de un nuevo mundo regido por un desprecio declarado y absoluto por los principios democráticos, por las reglas universales, por la moralidad, por la negociación, por la diplomacia y por el multilateralismo. Un presidente que pilota un gobierno al modo de los cárteles: plata o plomo. O lo que es lo mismo: dinero o fuerza bruta.

Y para normalizar esta ideología neofascista en el imaginario global, el gabinete estadounidense se esfuerza por evidenciarlo en todos los lenguajes: el verbal, como cuando gritó en el homenaje a Charlie Kirk que a sus enemigos les deseaba lo peor, o cuando humilló al presidente Zelensky en su primera visita a la Casa Blanca; el audiovisual, con sus vídeos creados con IA que mostraban la construcción de un resort encima de las fosas del genocidio de Gaza o aquellos en los que él mismo pilota un helicóptero desde el que vierte excrementos sobre quienes se manifiestan contra su presidencia y con el que secuestra a sus opositores políticos para deportarlos; y el gestual, como cuando se hace rodear de líderes europeos en una escenografía que los presenta como súbditos en la Casa Blanca.

Y si Trump se puede permitir estos delirios autocráticos es porque su segunda victoria, tras haber ostentado ya la presidencia entre 2016 y 2020, evidencia que no se trata de un fenómeno aislado o disruptivo, sino de la manifestación de una corriente reaccionaria que recorre el mundo y que en Estados Unidos se ha solidificado en una parte de la sociedad que desprecia la democracia, reclama modos y políticas autoritarias, reivindica la hegemonía del supremacismo blanco, aplaude el insulto, la zafiedad, la ignorancia y la soberbia. La ya frágil democracia norteamericana vive un cambio de régimen y en él Trump está dando una nueva vuelta de tuerca al imperialismo que Estados Unidos ha ejercido de manera tan despiadada como desprejuiciada desde la Segunda Guerra Mundial.

El líder autocrático ha alumbrado una forma de ejercer el poder en la que verbaliza y combina la amenaza, la coerción y el chantaje comercial, económico, político y militar. Con una diferencia sustancial respecto a sus antecesores: no se molesta en justificarlo ni en crear falsas excusas o motivaciones como hizo, por ejemplo, la Administración Bush con las armas de destrucción para invadir Irak. El mundo según Trump debe regirse solo por su orden y mando, como demuestra en la propaganda en la que porta una corona y que difunde en su propia red social (a la que ha llamado Truth, porque en su mundo, él decide qué es verdad, un procedimiento que su entorno ha dado en llamar «hechos alternativos»).

Lo más preocupante es que durante este primer año de la era Trump 2.0, hemos visto cómo la mayoría de los líderes políticos mundiales no han opuesto resistencia a interpretar su rol de vasallos ante el rey, emperador o líder supremo –dependiendo de la tradición de la que procedan–, como han demostrado Ursula von der Leyen, el rey Carlos de Inglaterra o Nayib Bukele.

Cómprese (y si no, invádase)

«Obtendremos Groenlandia. Sí, al cien por cien. Existe una buena posibilidad de que podamos hacerlo sin fuerza militar, pero no voy a descartar nada», anunció el presidente Trump poco después de tomar posesión en una entrevista para la cadena NBC.

El líder republicano combina un lenguaje simplista y directo con una ambigüedad que le permite mantener uno de los rasgos distintivos de los sistemas autocráticos: la arbitrariedad.

A la vez, Trump ha roto con la percepción habitual del tiempo al hacer añicos los conceptos de imprevisibilidad e irracionalidad. Por eso, resulta conveniente repasar algunos de los hitos de la presidencia estadounidense del último año y cómo los ha comunicado para entender la doctrina del shock que está empleando. Como aquel primer sobresalto con el que inició su mandato: la amenaza contra la soberanía de Groenlandia, un territorio semiautónomo de Dinamarca. Lo cierto es que ya durante su primera legislatura, Trump intentó negociar la compra de la isla. Ante la negativa del Ejecutivo de Copenhague, el presidente estadounidense canceló su visita oficial. Y de nuevo, cinco días antes de volver a convertirse en inquilino de la Casa Blanca, llamó personalmente al primer ministro danés para advertirle de que si no se la vendía, se la quedaría por la fuerza.

El mundo según Trump
Marcando el territorio: el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, realiza una visita a la base militar de Pituffik, en Groenlandia, el 28 de marzo de 2025. JIM WATSON / REUTERS

El chantaje económico empleado por Trump bajo la amenaza de intervención militar rompe con los ya difusos límites existentes entre la coerción y la diplomacia y está dibujando nuevas formas de ejercer el poder fuera de cualquier norma. Algo que de seguir en esta senda militarista, veremos agravarse ante la lucha por unos recursos cada vez más escasos. Las áreas costeras de Groenlandia cuentan con unos 17.500 millones de barriles de petróleo y 148.000 millones de pies cúbicos de gas natural, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Y posee, igualmente, cantidades significativas de metales de tierras raras, imprescindibles para las tecnologías de energía verde. Además, se trata de un enclave con un valor estratégico creciente para el comercio marítimo con Asia a medida que la crisis climática acelera el descongelamiento del Ártico. El periodista Mario G. Mian, uno de los mayores expertos en Groenlandia, recuerda en su último libro que en esta isla China, Rusia y la OTAN están librando la llamada «Guerra Blanca» por el control geopolítico de la zona. En cualquier caso, Estados Unidos ya cuenta con una base militar allí después de que Truman también intentase comprarla por 100 millones de dólares tras la Segunda Guerra Mundial.

Amagando el golpe

Tras el primer genocidio televisado, el de Gaza, podemos estar asistiendo al primer anuncio televisado de un golpe de Estado. De hecho, si hay un caso de estudio sobre cómo Trump está empleando el lenguaje para crear un escenario en el que sus actuaciones ilegales se presenten como necesarias, lógicas e, incluso, inevitables es, sin duda, el de Venezuela.

Desde que Trump anunciase la primera ejecución extrajudicial de tripulantes de una embarcación procedente de Venezuela, tanto él como todos los miembros de su gabinete han pasado a referirse al gobierno de Nicolás Maduro como régimen «narcoterrorista». Con ese concepto, fusionan la lucha contra las drogas –con la que Washington justifica, desde hace décadas, la intervención militar de sus tropas en Latinoamérica– con el terrorismo, asemejando así al Ejecutivo de Caracas con los talibanes, Al Qaeda y el Estado Islámico. La guerra contra el terrorismo sigue siendo uno de los pilares de las políticas colonialistas estadounidenses y, al vincularla con Venezuela, reviste de seguridad lo que en realidad responde a un choque ideológico contra la izquierda bolivariana y, sobre todo, a la pugna por los recursos naturales –especialmente, el petróleo–.

El mundo según Trump
Captura del vídeo facilitado por las autoridades estadounidenses del ataque militar a una lancha en el mar Caribe.

Además de los bombardeos contra embarcaciones en el Caribe –pese a que más del 70% de la droga entra en Estados Unidos por el Pacífico–, Trump ha autorizado a la CIA a «realizar operaciones encubiertas», el eufemismo bajo el que la Casa Blanca ha impulsado golpes de Estado, instaurado dictaduras y asediado revoluciones durante décadas. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, el Gobierno estadounidense ha respaldado a la oposición política y ha impuesto severas sanciones económicas al país latinoamericano. Tras su vuelta al poder, Trump ha ofrecido 50 millones de dólares por la entrega de Maduro y ha desplegado en las inmediaciones de Venezuela su mayor operación naval desde la primera guerra del Golfo. Por tanto, la actuación de la CIA debe tener un objetivo que vaya aún más allá.

‘Supremacist First’

En su toma de posesión, Trump recuperó el concepto de «destino manifiesto», creado por el columnista conservador John O’Sullivan en 1845 para defender que, siguiendo los dictados de Dios, Estados Unidos debía ocupar Texas y expandirse por toda Norteamérica. De hecho, Trump se ha declarado seguidor de William McKinley, su homólogo entre 1897 y 1901, y quien, como él, fusionó un proteccionismo arancelario con un colonialismo que le llevó a ocupar Filipinas, Puerto Rico, Hawái y Cuba. Se estableció entonces la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos tenía el deber de controlar Latinoamérica para proteger sus intereses económicos y de seguridad. Esta visión teocrática, conocida como «excepcionalismo», sostiene que se trata de un país superior al resto, un canon al que todos deben aspirar y que, por tanto, tiene la legitimidad y el deber de guiar e imponer su modelo en todo el mundo, instaurando incluso presuntas democracias mediante bombardeos, invasiones y guerras.

La diferencia de Trump con respecto a los anteriores presidentes es que no sólo no lo oculta, sino que hace ostentación de ello. El «America First» enarbolado por el magnate es la expresión más sincera de esta concepción del mundo que tiene parte de la sociedad estadounidense y también del norte global. Un mundo en el que el sur es, si acaso, el fondo de sus postales de vacaciones o lugares en los que hacer negocio desde una posición ventajista, como escribió Zadie Smith. Por ello, el vídeo difundido por Trump sobre la construcción de un resort en Gaza es solo la expresión más descarnada de la identidad fascista estadounidense, como la define la periodista Suzy Hansen en Notas desde un país extranjero, un libro por el que fue finalista del premio Pulitzer en 2018. La actual administración está derruyendo los pocos contrapesos internos con los que contaba la democracia estadounidense y los mecanismos multilaterales internacionales en los que, sobre todo, se teatralizaba la aspiración a un futuro orden global democrático.

Nombrar para dominar

En los primeros días de vuelta al Despacho Oval, Trump ordenó a la prensa estadounidense que llamase Golfo de América al Golfo de México. Associated Press, la agencia de noticias más importante del mundo, siguió usando el nombre oficial, por lo que fue expulsada de las ruedas de prensa de la Casa Blanca. Cuando Trump se postuló como ganador irrebatible del premio Nobel de la Paz, llamó «acuerdo de paz» a lo que no era más una tregua dirigida a consolidar la ocupación de los territorios palestinos y a garantizar la impunidad de Israel por sus crímenes, incluido el genocidio. Y durante las primeras horas del anuncio, numerosos medios reprodujeron acríticamente ese concepto de «acuerdo de paz», convirtiéndose en correa de transmisión de su propaganda y legitimándolo ante la opinión pública internacional, pese a que violaba cualquier derecho de los palestinos. Sin embargo, ante la persistencia de los bombardeos israelíes sobre la Franja, muchos se vieron obligados a rectificar y emplear términos como «el plan de Trump». Pero ya había quedado en evidencia su capacidad para imponer marcos de interpretación sin apenas encontrar resistencia entre medios de comunicación y periodistas, quienes tenemos el deber de fiscalizar el lenguaje del poder para descifrar y transmitir su verdadero significado.

Fue, además, durante la presentación de este acuerdo ante la Knéset israelí donde hizo gala de su determinación para hacer de la injerencia explícita un rasgo de su política. Lo hizo al insistirle al presidente israelí, Isaac Herzog, que indultase a Benjamín Netanyahu: «Concédale el indulto. Vamos (…) nos guste o no, es uno de los mejores presidentes en tiempos de guerra. Y unos cuantos cigarros y champán, ¿a quién le importan?». Se refería a los juicios por corrupción que tiene pendientes; para evitarlos, según infinidad de expertos, Netanyahu ha impulsado un genocidio en Gaza que le permite suspenderlos mediante el estado de excepción.

Celebración del genocidio

Y, como culmen de la pedagogía de la crueldad que define todas sus políticas, convirtió su intervención parlamentaria en la celebración del genocidio: «Bibi me llamaba muy a menudo. ¿Puedes conseguirme esta arma? ¿Esta otra? ¿Y esta otra? De algunas de ellas nunca había oído hablar. Bibi y yo las fabricamos. Pero las conseguimos, ¿no? Y son las mejores. Son las mejores. Pero tú las has usado bien. También se necesitan personas que sepan usarlas, y tú claramente las has usado muy bien».

El mundo según Trump
Ciudad de Gaza vista desde un puesto militar israelí en el barrio de Shujaiya. NIR ELIAS / REUTERS

También aprovechó para ahondar en su particular doctrina del shock, basada en el desprecio por la moralidad y en la destrucción, como persiguen todos los líderes fundamentalistas, del consenso sobre los valores éticos mínimos que deben regir nuestras sociedades. Para ello, alabó a los firmantes de los Acuerdos de Abraham, a los que ensalzó por ser «hombres muy ricos», los dos elementos que, según la cosmovisión trumpista, deben regir el mundo: los hombres y el dinero. De hecho, apenas unas horas después, en la cumbre que celebró en Egipto con el mismo motivo, entre los mandatarios asistentes sólo había una mujer, Georgia Meloni, a la que enalteció señalando que era «guapa», justo después de decir que referirse a una mujer con este concepto «acabaría con la carrera de cualquier político», pero que él se iba a «atrever». Es decir, apología del machismo disfrazada de la valentía con la que se abanderan los ultras para defender la libertad de expresión que, precisamente, ellos mismos restringen en cuanto llegan al poder.

Apenas un mes después, tras la incontestable victoria de Zohran Mamdani en las elecciones para la alcaldía de Nueva York, varios medios internacionales publicaron que los republicanos habían comenzado a reformar los distritos electorales para garantizarse la victoria en las elecciones legislativas de 2026. Además, alertaban de que es más que posible que el Tribunal Supremo, con mayoría absoluta conservadora, falle en junio a favor de una reforma de la Ley del Derecho al Voto que dejaría fuera a las minorías.

Nos encontramos, pues, ante un escenario en el que incluso los analistas más conservadores y prudentes no descartan que Trump consiga sumir a Estados Unidos en una autocracia. Y lo está haciendo sin ocultar sus aspiraciones, todo lo contrario: verbaliza sus planes para normalizarlos ante la opinión pública, se reivindica como un líder al que le gustaría gozar de un poder absolutista mundial para implantar un régimen dominado por hombres blancos y ricos, de ideología neofascista, ultramachista y con el objetivo declarado de acabar con el sistema democrático, pluralista y multilateral tanto a nivel interno como internacional. Ivo Daalder, exembajador estadounidense ante la OTAN, lo resume así: «Con Trump en el cargo, el orden basado en reglas ya no existe».


El Ministerio de la Guerra

Como a cualquier buen cryptobro, a Trump no le gustaba el nombre de Departamento de Defensa. Le parecía que sonaba «demasiado a la defensiva», que los que lo nombraron así después de 1945 se habían dejado arrastrar por «lo woke». Por eso ordenó que volviese a su denominación original, Departamento de la Guerra, porque «a todo el mundo le gusta la increíble historia victoriosa» de cuando se llamaba así. Pero no se trata, o al menos no solo, de una manifestación testosterónica del presidente estadounidense, sino de un nuevo capítulo en su estrategia para legitimar lo reprobable, normalizar el oprobio nombrándolo para reivindicarlo. Incluso, o especialmente, cuando se trata de la peor actuación de la que es capaz el ser humano: la guerra. Durante el anuncio en el Despacho Oval del cambio de nomenclatura, el nuevo secretario de Defensa, Pete Segeth, resumió así su directriz: «Máxima letalidad, no una tibia legalidad».

Según medios especializados como The Diplomat, asistimos a un aumento de las posibilidades de una guerra nuclear después de que Trump anunciase la reanudación de los ensayos con armamento nuclear y de que Putin se jactase de contar con un dron submarino nuclear con capacidad para destruir ciudades enteras. Hablando de nombres: Trump ha puesto el suyo a un nuevo caza con capacidad nuclear, el F-47, llamado así en honor al 47º presidente: él.

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