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La GRAN CRISIS (que no es esta crisis de juguete)

Por: Pepe Galindo

¿Estamos en crisis? Se usa la crisis económica como excusa para hacer recortes en lo que los políticos consideran menos rentable a sus intereses, pero no se atreven a hacer cambios sustanciales, como quitar el senado, reducir la jornada laboral, o avanzar hacia la democracia y la sostenibilidad real.

Por tanto, los políticos pretenden volver a la situación anterior a esta crisis, como si nada hubiera ocurrido. Y… eso es sencillamente imposible o, si se consigue, será para caer desde más alto. Esta crisis que sufrimos es una crisis de juguete, nada serio para los países ricos. Crisis es lo que llevan sufriendo los países del llamado tercer mundo desde hace años. Eso es una Crisis, de verdad: asfixiados por la deuda externa, moribundos por el trueque de comida por armas (véase el documental “La Pesadilla de Darwin“), explotados por el Coltán (mineral de nuestros portátiles y móviles, que provoca guerra en el Congo), por empresas del mundo rico que abusan en el mundo pobre, o por dictadores que interesan a grandes economías… más un larguísimo etcétera.

Nuestra crisis de juguete, si acaba, no será para volver a la situación anterior, sino a una situación más moderada (sin tanto boom inmobiliario, especulación y sin tanta bonanza económica basada en préstamos y dinero fácil e irreal). Pero ATENCIÓN: como no desviemos nuestro rumbo, entonces llegará la GRAN CRISIS (the BIG one), el colapso. Los abusos sociales (crisis de valores) y ambientales (otra crisis más) no son gratis y hay que pagarlos, en cómodos plazos, o bruscamente… y bruscamente no será plato de gusto para la inmensa mayoría de la superpoblación mundial (como les ocurrió a los pobres renos de la isla de San Mateo).

Solución: Trabajar para mejorar… Pedir menos préstamos a los bancos, y menos préstamos a la naturaleza. Gastar menos y tomar de la naturaleza lo que esta es capaz de reponer al mismo ritmo, más energías renovables con sus ventajas, y hasta comer menos carne (como dice el informe Planeta Vivo 2010), menos lácteos y menos huevos. O conseguimos ser “sostenibles” o algún día desearemos que vuelva esta crisis actual, la crisis de juguete.

♦ Lee sobre crisis en:

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Empleo Sostenible: Invertir en lo “Rentable” o en lo “Correcto”

Por: Pepe Galindo

Dinero con fecha de caducidadEl economista Thomas Piketty resalta el gran problema de la desigualdad (como lo hiciera el Nobel de economía A.K. Sen), encarnándolo en el drama del paro. La crisis ha servido para que haya muchos más ricos, y muchísimos más pobres. Y eso no beneficia ni siquiera a los ricos. Una sociedad desigual es una sociedad enferma, en crisis: no sostenible.

Intermón-Oxfam nos dice que las 80 personas más ricas del mundo tienen tanta riqueza como los 3.500 millones más pobres.

Pero si queremos generar empleo “sostenible” no vale talar nuestros bosques y vender la madera. Eso es “pan para hoy, y hambre para mañana“. Como sociedad, y como individuos, tenemos que invertir (dinero, recursos, y tiempo) en objetivos sostenibles, verdes, ecológicos: tomar del bosque en un año, como máximo lo que el bosque puede regenerar en un año.

Ya está bien de invertir sólo en lo que es rentable, sólo económicamente, y sólo a corto plazo. Tenemos que valorar otras formas de rentabilidad: ¿Cuánto vale dejar a nuestros sucesores un mundo menos degradado?

Los gobernantes, y los que los votan, tienen que entender que hay al menos tres conceptos en los que no se debe hablar de rentabilidad: EducaciónSanidad, y Alimentación, seguida de cerca por Investigación. En pocas palabras: Incluso aunque la educación no fuera rentable, hay que conseguir, como sea, que sea de calidad, y que la educación superior llegue a quien tenga interés (aunque no tenga dinero). Medir la rentabilidad en sanidad es también de mal gusto, como lo es dudar de la agricultura o la pesca sostenible. Lo que no es sostenible, no es admisible.

Que no nos vendan que no hay dinero, porque para lo que se quiere sí hay dinero: como para perdonar millonarias deudas a amigos, para absurdos escudos antimisiles, para nuestro inútil y caro senado, para dar dinero a industrias sucias, entre otros muchos.

Dejemos YA de dar dinero a sectores que destruyen nuestro planeta y nuestra sociedad. Hay que transferir las inversiones a sectores responsables: Crear empleos sostenibles a largo plazo, y crear empleos como inspectores de sostenibilidad.

Si el EMPLEO VERDE es la única salida a la VIDA, también lo tiene que ser a la CRISIS.

Es incomprensible que ante el paro juvenil los gobernantes (y sus votantes) opten por:

  1. Aumentar la edad de jubilación: ¿Para qué? ¿Para que trabajen los viejos mientras nuestros jóvenes se aburren?
  2. Fomentar la natalidad: ¿Para qué? ¿Para que haya más niños en un mundo donde los humanos no son precisamente especie en peligro de extinción?
  3. No mejorar la educación: ¿Acaso tienen miedo a una sociedad culta?
  4. No considerar reducir la jornada laboral: ¿Por qué no repartir mejor el valioso recurso que es el trabajo?

Un ejemplo de todo esto lo tenemos en el sector de la energía. Mientras sabemos que no debemos quemar ni siquiera todas las reservas conocidas de petróleo, los gobernantes (y sus votantes) optan por buscar más petróleo y por el peligroso fracking. Se despilfarra mucho dinero en un sector extremadamente contaminante, aunque no sea tan rentable como las energías renovables, y se ponen trabas legales a la energía solar porque amenaza la hegemonía de las grandes y obsoletas compañías de electricidad. Incluso, los que deciden instalar paneles solares en su casa suelen calcular si es rentable. Y sí, lo es. Pero… ¿Qué importa si no fuera rentable económicamente si sabemos que estamos haciendo lo correcto?

Xi Kang (siglo III) es uno de Los siete sabios del bosque de bambú.
Xi Kang (siglo III) es uno de Los siete sabios del bosque de bambú.

El dinero no debería ser quien decida qué es lo que hay que hacer. Debemos hacer lo que es correcto, aunque no haya dinero para hacerlo. Descubriríamos que lo correcto es siempre barato y rentable.

Tal vez, ayudaría que el dinero caducara: El dinero no gastado en un año desde que se ganó, lo perdería su propietario, y lo ganaría la sociedad. Podrían ponerse algunas excepciones (como para comprar la primera vivienda). Tal vez así se daría el necesario cambio de punto de vista que necesita nuestra sociedad para disfrutar más, y trabajar menos.

Te gustará, también:

  1. ¿Sabías que ya puedes pagar en toda Europa por electricidad renovable en tu casa o negocio? En España también, y es tan fácil como cambiar de compañía. Todas tus dudas se resuelven aquí: Lee esto y cámbiate YA a cualquier empresa verde.
  2. Las subvenciones a los combustibles fósiles cuadruplican las primas de las renovable.
  3. Dos Simples Soluciones para Reducir la Crisis: Gastar y Trabajar MENOS.
  4. ¿Qué Pasaría si en los Países Ricos Trabajáramos Menos? (Hacia una Economía Sostenible).
  5. Y aún dicen que las renovables son caras, por Jorge Morales.
  6. España tiene un límite a la CORRUPCIÓN: El sector energético.
  7. Autoconsumo (o autoproducción) de electricidad, y energías fósiles: Las renovables ganan, por goleada.
  8. Repartir el trabajo, aumentar el empleo, sin aumentar la producción, por Florent Marcellesi.

NOTA: Este artículo fue publicado previamente en El Samón Contracorriente, medio informativo sobre economía real, ecología y mucho más.

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Economía y Conservación (sobre economía sostenible y tecnología imposible)

Por: Pepe Galindo

A propósito de la entrada anterior de este blog, llama la atención la afirmación de Raimundo Real Giménez (Catedrático de Zoología de la Universidad de Málaga), en la revista Uciencia 5 (Nov. 2010), que dice que “una especie será más susceptible de ser conservada si tiene alguna importancia para los seres humanos». Hay ejemplos que demuestran que eso no es tan cierto como nos gustaría (los quaggas de sudáfrica se cazaron por su carne y su piel… hasta su extinción, casi lo mismo ocurrió con el búfalo americano, y algo similar está pasando hoy con el atún rojo…).

Más sorprendente aún resulta un artículo posterior de la misma revista, en el que el Dr. José Luís Torres Chacón (Director del Dpto. de Teoría e Historia Económica de la Universidad de Málaga) analiza la “economía sostenible“. Es muy complicado de entender que afirme, literalmente que «cualquier economía es sostenible», basándose en la ley de la oferta y la demanda. No es sostenible lo que no puede perdurar indefinidamente en el mismo estado, y muchos economistas prestigiosos (como B. De Jouvenel, Georgescu-Roegen, o Herman Daly) han demostrado que nuestro sistema económico no es sostenible (demostrado de forma simple con la paradoja del hámster imposible). El mismo Georgescu-Roegen criticó muy duramente la pésima formación sobre ecología-biología que se imparte en las titulaciones de Economía, llegando a afirmar que: «La economía debe ser una rama de la biología (…). Somos una de las especies biológicas de este planeta, y como tal estamos sometidos a todas las leyes que gobiernan la existencia de la vida terrestre».

Más adelante el Dr. Torres parece bromear al afirmar que el petróleo no llegará a agotarse nunca pues la dificultad de su extracción motivará la sustitución por otro tipo de energía. Resulta más que evidente que el petróleo no se agotará hasta su última gota. Lo que no es evidente es que se pueda sustituir alegremente «por otro tipo de energía». Es muy posible que no exista ninguna forma de energía capaz de sustituir al petróleo en igualdad de condiciones y respetando el mismo ritmo de consumo y tipo de vida. Confiar en la ciencia ciegamente es demasiado peligroso. Ya en 1992, un comunicado conjunto de las Academias de Ciencias de Estados Unidos de América e Inglaterra afirmaba que: «Ya no se puede confiar en los avances de la ciencia para paliar el deterioro ambiental y la pobreza».

El Dr. Torres resalta dos elementos clave para la sostenibilidad: El aumento de los recursos naturales utilizados, y el aumento de la población mundial. Respecto al primer punto llega a afirmar que «las necesidades humanas son ilimitadas [y] pueden ir satisfaciéndose cada vez en mayor medida gracias al desarrollo de tecnologías más avanzadas». Y por si queda alguna duda, lo aclara: «Mientras el progreso tecnológico sea lo suficientemente elevado, es perfectamente posible satisfacer mayores deseos». Pero esa afirmación es tan cierta como decir que se puede viajar a la Luna en 3 segundos si el progreso tecnológico es lo suficientemente elevado. Si ponemos los pies en la Tierra, nos damos cuenta de que hoy día no están satisfechas ni las necesidades más básicas de gran parte de la población mundial, y no necesitamos tecnologías mejores, sino mentes lúcidas que reconozcan el problema donde está.

Para terminar, el propio Torres derrumba el mito del progreso tecnológico porque la población humana crece desmesuradamente. Pero aunque la población fuera “estable” sería imposible que el progreso tecnológico hiciera frente a consumos exponenciales de energía y materiales. Es sencillamente imposible, hoy en día. Puede que algún día la tecnología nos sorprenda y podamos todos los humanos consumir desmesuradamente, pero eso es tan exageradamente difícil que, mientras, no debemos confiar demasiado en la inexistente tecnología futura.

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Lo que Comemos y su Influencia

Por: Pepe Galindo

Leyendo el artículo de Boix Bornay sobre Fukushima, se afirma que al final los ecologistas acaban teniendo razón, y los que afirmaban que las centrales nucleares eran seguras se quedan sin argumentos, lamentando que un terremoto les deje por simples mentirosos o ignorantes (por no hablar de los problemas de la minería del uranio). Y es que, cuando alguien afirma algo hay que mirar lo que dice, sus argumentos, y también SUS INTERESES. ¿Es fiable el Consejo de Seguridad Nuclear?, nos preguntamos muchos ciudadanos. Pero ahora no vamos a hablar aquí más sobre centrales nucleares, de las que ya hablamos no hace mucho, sino de algo más importante, la comida. Lo preocupante es que… puede que los ecologistas vuelvan a tener razón… también en esto.

La comida, y la agricultura, son temas básicos en cualquier “temario” sobre ecologismo, sostenibilidad o Ciencias Ambientales. Ya en 1999, los científicos Nebel y Wright afirmaban que: «la causa fundamental del hambre es la pobreza. Nuestro planeta produce suficientes alimentos para todos los seres humanos de la actualidad. La gente que sufre de hambre o desnutrición carece de dinero para comprar comida, o de tierras adecuadas para cultivar. Si por algún milagro la producción mundial de alimentos se duplicara el próximo año, la situación de casi todos los que padecen de hambre y extrema pobreza no cambiaría (…), [porque] los alimentos (…) fluyen en la dirección de la demanda, no de las necesidades nutricionales». Además, afirmaban que «no hacen falta ciencias ni tecnologías nuevas para aliviar el hambre y al mismo tiempo promover la sostenibilidad cuando cultivamos nuestro sustento». Un problema radica en que existe una globalización económica desigual por la que los países ricos venden libremente sus productos, mientras los países pobres tienen problemas para vender sus productos, ya que los países ricos imponen aranceles o subvencionan sus propios productos.

Los ecologistas llevan mucho tiempo diciendo que la agricultura intensiva es nefasta para el planeta y para el CC (el mayor problema de la humanidad): Producir abonos nitrogenados consume muchísima energía (consumen más de la mitad de la energía de los cultivos según un informe del IDAE), y la agricultura intensiva es la fuente principal de gases de efecto invernadero¡más que el transporte!. Pero también lo dicen algunos economistas sensatos como el genial De Jouvenel, Herman E. Daly, o Georgescu-Roegen y su BioEconomía, asegurando este último que el tamaño deseable de la población es aquel que pueda ser alimentado únicamente a través de la agricultura orgánica (ecológica), lo cual alerta también del problema de la superpoblación.

El hambre en el mundo tiene también otras causas: malas cosechas por el cambio climático, incremento del precio del petróleo, aumento en el consumo de carne, especulación con los productos agrarios, cultivos transgénicos, o el incremento en la demanda de agrocombustibles (mal llamados biocombustibles, porque el petróleo también es un biocombustible, aunque sea fósil). Y de aquí surgen algunas preguntas clave:

Las respuestas de los ecologistas son claras y simples, y SUS INTERESES no son económicos. Entonces… ¿A ver si los ecologistas van también a tener razón en esto, como con las nucleares, y no fomentar una agricultura ecológica resulta ser tan suicida como apostar por una energía nuclear que sale muy cara, tarde o temprano? Los japoneses (y gente no japonesa) están pagando con Fukushima su osadía, pero en esto de la agricultura, los osados somos todos los países del mundo…

Para saber más… recomendamos el documental “Nosotros Alimentamos al Mundo” (2005):

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Ya Somos Más de 7 MIL MILLONES de Habitantes… ¿una plaga?

Por: Pepe Galindo
Crecimiento con forma de J de la población mundial en número de habitantes y variación del incremento anual
Figura 1: Crecimiento con forma de J de la población mundial en número de habitantes.

El problema de la superpoblación se trató hace pocos meses en el programa de radio Futuro Abierto-Un Planeta Superpoblado” de RNE en el que un servidor tuvo la ocasión de participar. Hoy (31-10-2011), según el Fondo de Naciones Unidas para la Población (UNFPA) la población mundial ha superado los 7 mil millones de habitantes. Mientras se discute a qué bebé darle ese dudoso honor, la población crece en 3 ó 4 personas cada segundo, según el contador de populationmatters.org.

La anécdota sirve para recordar que las curvas demográficas pueden ser básicamente de dos tipos: Con forma de J, y con forma de S tumbada o sinusoidal. En el primer tipo la población crece rápidamente en el tiempo agotando los recursos que necesita para mantenerse (desarrollo insostenible, crecimiento desproporcionado). El crecimiento de una curva con forma de J acaba, según los datos que tenemos, en catástrofe para esa especie pues, al agotar sus recursos la población se debilita y mueren los individuos en masa (salvo los más fuertes o afortunados). La curva S sinusoidal, de crecimientos y bajadas suaves, es la normal en la naturaleza en la que el hombre apenas haya influido y denota un sistema sostenible, una población más o menos estable en el tiempo.

Figura 2: Crecimiento demográfico insostenible de los Renos en la Isla de San MateoFigura 2: Crecimiento demográfico insostenible de los Renos en la Isla de San Mateo
Figura 2: Crecimiento demográfico insostenible de los Renos en la Isla de San Mateo.

Un ejemplo bien documentado científicamente lo tenemos en la isla de San Mateo, una pequeña isla de en el mar de Bering. En 1944 una manada de 29 renos se introdujeron en la isla artificialmente, donde no tenían depredadores. En 1963 se calculó que había unos 6000 renos bastante desnutridos pues habían agotado casi todos sus recursos alimenticios. Esto se conjugó con un invierno riguroso entre 1963 y 1964 provocando la muerte de casi toda la manada (una debacle). En 1966 había sólo 42 supervivientes. La gráfica de esta isla es de tipo J (Figura 2). El crecimiento demográfico de los humanos (Figura 1) tiene, actualmente una curva en forma de J por lo que es demasiado fácil pronosticar un futuro muy incierto para tantos millones de seres humanos. Algunos pronósticos afirman que sólo quedará el 5% de los humanos a final de este siglo.

Otros creen que el planeta aún es capaz de soportar más seres humanos, aunque aún no hemos resuelto el problema del hambre y la malnutrición en gran parte de esos seres. Pero… ¿merece la pena poner a prueba al planeta?

Aprovechamos también para difundir todas las entradas sobre el tema de superpoblación de este blogSOStenible, y el informe PDF sobre el estado de la población mundial 2011 de UNFPA (132 páginas).

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Informe Planeta Vivo… pero Moribundo

Por: Pepe Galindo

El Informe Planeta Vivo 2010 de WWF (aquí un resumen para España) mide básicamente tres factores: El Índice Planeta Vivo (IPV) que mide el estado de la biodiversidad, la Huella Ecológica que mide nuestra necesidad de “territorio” para obtener recursos, y la Huella Hídrica que mide el agua que usamos. Las conclusiones simplemente son que nuestros ecosistemas están un 30% peor (hay menos vida en nuestro planeta), que hemos duplicado nuestra huella ecológica desde los años 60, y que es preocupante la situación de abuso hídrico de muchos países. Los tres factores empeorarán por el aumento de población y los efectos del cambio climático (el mayor problema de la humanidad).

La Huella Hídrica de la Producción es el agua que se emplea en las cosas que usamos, antes de que lleguen a nosotros y que, por tanto, no nos enteramos. Por ejemplo, al consumir un café se están consumiendo 140 litros de agua, ya que el café viene de lejos y… ¡ah! y si añadimos leche, azúcar, y lo servimos en un vaso de plástico, entonces llegamos a los 200 litros de agua.

Los países más depredadores de recursos son, por este orden, Emiratos Árabes, Qatar, Dinamarca, Bélgica y EE.UU. Nuestra España está en el puesto 25 mundial: Los españoles consumimos recursos como si tuviéramos 3.5 ESPAÑAS. ¡Qué barbaridad! Pero tenemos que estar contentos porque hace pocos años llegamos a consumir 4 Españas… tal vez la crisis, y las energías renovables hayan hecho bajar nuestra huella ecológica, pero aun así, necesitamos consumir menos energía (usar menos el coche, y correr a menos de 110), usar más energía solar, construir menos autovías, y otras simplezas similares (como la famosa Cadena Verde). El informe afirma que si la humanidad redujera el consumo de carne y lácteos un 9%, conseguiríamos reducir la Huella Ecológica un 35%. Reducir nuestro consumo de carne (por motivos como ESTOS), y viajar menos (en avión, sobre todo, y haciendo turismo más responsable), es fundamental para alcanzar justicia global.

Más información:

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Libro Megamenazas, de Nouriel Roubini (resumen)

Por: Pepe Galindo

Roubini es uno de los analistas económicos más influyentes y certeros del mundo. En 2006, fue apodado “Doctor Fatalidad” por su vaticinio de la crisis financiera. Dos años más tarde, se vio que estaba en lo cierto.

En este libro (Deusto, 2023), Roubini expone diez amenazas terribles que se ciernen sobre nosotros, a nivel global. Se trata de amenazas graves, económicas, financieras, geopolíticas, tecnológicas, sanitarias y medioambientales. Según él, «unas políticas adecuadas podrían evitar parcial o totalmente una o varias de ellas, pero en conjunto, la desgracia parece prácticamente asegurada [porque] las soluciones más plausibles son complejas y costosas y están cargadas de fricciones políticas y geopolíticas». Es decir, que aunque no sea lo más acertado, lo más cómodo a corto plazo es no hacer nada decisivo.

Esas amenazas podrían provocar grandes daños y miseria; y no se pueden resolver de forma rápida ni fácil. Además, todas ellas están relacionadas entre sí.

Para este analista, «nos enfrentamos a un cambio de régimen, pasando de una época de relativa estabilidad a una de grave inestabilidad, conflicto y caos». Si se cumplen sus predicciones, no solo perderemos un planeta sano y sostenible, sino también la batalla ante enfermedades infecciosas y, posiblemente, también la paz entre las grandes potencias. Para resolver esto, el autor mantiene que necesitamos tres factores: suerte, crecimiento económico y cooperación mundial. Desde Blogsostenible, no estamos de acuerdo en el segundo aspecto, porque el crecimiento económico siempre se hace a costa de degradar el planeta. Por tanto, cambiamos ese «crecimiento económico» por austeridad y solidaridad (decrecimiento).

Aunque parten de puntos de vista distintos, las conclusiones se parecen a las que llegan R. Fernández y L. González en su compendio En la espiral de la energía, por ejemplo en su rechazo a posibles soluciones que hoy no existen y que probablemente nunca lleguen a existir: tecno-optimismo o hipotéticas soluciones económicas.

La madre de todas las crisis de deuda

Desde hace bastantes años, nosotros y otras fuentes muy solventes, nos esforzamos por advertir que se está cociendo una crisis económica brutal. Nosotros le pusimos el nombre de la GRAN CRISIS (todo en mayúsculas). Resulta inquietante que este analista también lo augure poniendo una fecha aproximada: en esta década, o en la próxima. Roubini dice: «Si tenemos que dar con un nombre para la crisis que se avecina, llamémosla la gran crisis de deuda estanflacionaria».

La economía vive hinchando y explotando burbujas, alternando momentos de bonanza y de crisis, pero lo que está por venir podría ser de tal calado que será mucho peor que todas las crisis anteriores. El autor dice que «el mundo entero se parece cada vez más a Argentina» (que se endeuda una y otra vez y no es capaz de afrontar sus obligaciones). La deuda pública de los gobiernos y la privada sube a un ritmo muy alarmante. A finales del 2021, la deuda mundial sobrepasaba el 350% del PIB mundial (420% para algunas economías avanzadas; 330% para China). Ese nivel de endeudamiento es una locura para cualquier economía. Cuando una familia supera su nivel de deuda vienen problemas graves (desahucios, embargos, etc.). Sin embargo, los estados no paran de endeudarse más y más, hasta límites sencillamente insostenibles (y por tanto, son deudas imposibles de pagar).

Roubini no está en contra de endeudarse, y además, tiene claro que ante problemas de deuda no solo es culpable el deudor, sino que los prestamistas son cómplices (por correr en busca de rápidos beneficios, sin analizar bien el riesgo). Si inviertes pensando solo en ganar mucho, puede que pierdas todo. Un ejemplo —que cita el autor— es la inversión en criptomonedas y otros activos sin valor intrínseco, para los que se crean burbujas en las que solo muy pocos pueden ganar mucho, mientras que son muchos los que pierden. No olvidemos que «las burbujas siempre preceden a las quiebras y caídas, pero esta vez la escala supera con creces a todas las precursoras» (ahora hay más deuda que nunca).

Cuando un gobierno no puede devolver sus deudas (ni puede endeudarse más porque nadie se fía), viene la recesión. Por lo pronto, EE.UU. ha aumentado su techo de deuda para esquivar la crisis. Esto simplemente retrasa y aumenta la crisis. Por otra parte, los mercados emergentes fuertemente endeudados pueden sufrir «consecuencias demoledoras»; de tal forma que «en lugar de exportar bienes o materias primas (…) exportarán ciudadanos» (como ya se está viendo).

Ante problemas de impago de deudas, hay instituciones internacionales (FMI o Banco Mundial, por ejemplo) que pueden ayudar a camuflar los errores o la mala suerte (a cambio de ciertas medidas más o menos discutibles). Sin embargo, «cada vez es más difícil encontrar una ayuda sólida» y, además, hay riesgo de empeorar los problemas. Una alternativa que suele elegirse es el rescate a empresas (por ejemplo: España prestó dinero a los bancos en la crisis de 2008, pero ya se ha anunciado que no van a devolverlo). Roubini aclara: «la socialización de deuda privada insostenible suele conducir a deuda pública insostenible».

Resumiendo el caso de Estados Unidos, afirma que cuando mandan los republicanos (ultra derecha), recortan los impuestos, fingiendo que equiparan el dinero perdido a sus recortes en el gasto (para ayuda social), «y por lo general fracasan». Por su parte, los demócratas (derecha moderada) costean programas sociales sin aumentar los impuestos lo suficiente para sufragarlos. Conclusión: la deuda sube con ambos partidos.

No solo crece la deuda pública. La deuda privada también está aumentando a un ritmo exagerado, para viviendas, educación, ropa… A nivel particular lo más inteligente es reducir la deuda lo más rápido posible, aunque sea a costa de una austeridad inteligente. Esa es la receta de la escuela austríaca. Sin embargo, cuando se trata de gobiernos, las normas no son las mismas que para particulares, porque los Estados tienen otros mecanismos (emitir bonos, fabricar más dinero, estimular la demanda…). Por eso, los keynesianos tienen otro sistema para evitar la crisis: inyectar efectivo como sea. Es decir, «gastar más para resolver los problemas de deuda» (i.e. aumentar la deuda pública). Si se consigue mantener el crecimiento económico, la cosa puede funcionar, pero dado que el crecimiento no puede ser infinito, es predecible que «algún tipo de acontecimiento acabará por pinchar la burbuja de la deuda mundial». Y estamos «al borde del precipicio».

Otra solución es el impago de la deuda, con sus consecuencias (contracción del crédito, quiebra de empresas, desempleo, hogares que pierden sus ingresos y sus casas, inflación, estanflación…). Roubini apunta a que esto será lo que ocurrirá y avisa: «va a ser desagradable».

¿Habrá dinero para sanidad y pensiones?

Esta es otra megamenaza para Roubini. Algunos proponen retrasar la edad de jubilación, lo cual puede traer inestabilidad social (como ha ocurrido en Francia, por ejemplo). El envejecimiento de la población reduce la oferta de trabajadores y aumenta los gastos en jubilaciones y sanidad, pero hay que estudiar otros factores (como una menor delincuencia, por ejemplo).

Ante este problema, algunos políticos proponen erróneamente fomentar la natalidad. Es un error, porque agrava el problema para el futuro. El crecimiento demográfico no puede mantenerse indefinidamente, por lo que el problema del envejecimiento tendrá que ser afrontado tarde o temprano. Si es tarde, la humanidad tendrá que solucionarlo en un mundo más desgastado, con mayor cantidad de ancianos y donde los problemas actuales sean aún más acuciantes.

La falta de trabajadores se resuelve con dos medidas importantes: aumentar la libertad de circulación de personas (inmigración) y reducir la jornada laboral. Roubini también propone aumentar los impuestos a los multimillonarios, aunque esto puede tener el efecto contraproducente de que huyan a paraísos fiscales. Una ventaja importante de la inmigración es que los inmigrantes envían dinero a sus países de origen, lo que contribuye a estabilizar economías en países empobrecidos. Según el economista Dani Rodrik, una inmigración más libre es mejor para el PIB mundial que la liberalización del comercio y de los movimientos de capital. Por supuesto, no todo es positivo, ya que la inmigración podría implicar reducción de salarios.

Y a ese problema, se suma la pérdida de empleos por la creciente robotización. Dos soluciones ineludibles para afrontar esto son la ya mencionada reducción de la jornada laboral y, por supuesto, hacer que los robots y computadores paguen impuestos como cualquier otro trabajador.

Abaratar los préstamos es una alternativa cortoplacista, porque ello fomenta la afición al riesgo de pedir más y más dinero prestado. Demasiadas familias, empresas y gobiernos han caído y están cayendo en ese error. Por ejemplo, se generan burbujas inmobiliarias, las cuales aumentan el número de endeudados y también el número de desahuciados, además de graves destrozos ambientales. Desde la política, se puede intervenir para evitar recesiones. Inyectar dinero en el sistema y aumentar el gasto público no siempre funciona bien, porque acaba subiendo la inflación y la deuda pública. Roubini propone ser keynesiano al principio de una crisis, cuando hay falta de liquidez (i.e. facilitar el acceso al dinero), pero más adelante adoptar posturas en la línea de la escuela austríaca (austeridad y reducción de deuda).

Lo que Roubini viene a decirnos es que aunque hay shocks imprevisibles, podemos prepararnos para cuando vengan, aunque no sepamos cuándo. «Los cracs se producen porque en los buenos tiempos no somos inteligentes ni prudentes. No fomentamos lo bastante el ahorro en los sectores privado y público. Dejamos que el crédito y el endeudamiento se salgan fuera de control».

En la actual situación, el riesgo es de estanflación (estancamiento con inflación), la unión de desempleo, recesión e inflación. El economista Arthur Okun inventó el índice de miseria: una simple suma de la tasa porcentual de inflación con la tasa porcentual de desempleo. Cuanto mayor es este índice, peor es la situación.

Y todo esto en un clima en el que algunos proponen gastar más (aún) en defensa (y para esas personas la guerra en Ucrania y las locuras de Putin son la excusa ideal).

Emergencia climática desatendida y criptomonedas

Roubini nos advierte que el cambio climático es una fuerza que no pueden ignorar los bancos centrales y que empujará hacia la estanflación, al menos de cuatro formas:

  1. Sequías que expandirán los desiertos (en África, suroeste de EEUU., sur de Europa…).
  2. Aumento insuficiente en energías renovables, lo cual aumenta el precio de la energía.
  3. Catástrofes naturales que, evidentemente, frenan la industria.
  4. Nuevas pandemias globales, provocadas por la destrucción de ecosistemas o por el derretimiento del permafrost, que podría liberar virus congelados.

También apunta a otros factores como la militarización del dólar, los cada vez más frecuentes ciberataques y la desigualdad. Reconoce que la innovación tecnológica podría influir positivamente (tecno-optimismo), pero también negativamente, pues «la inteligencia artificial, la automatización y la robótica no son un bien en estado puro» (podrían alterar profesiones e industrias enteras, aumentando la desigualdad).

El libro afirma que la desigualdad es un grave problema que la inflación inevitablemente empeora. En Blogsostenible advertimos hace tiempo de este problema y dimos siete soluciones. Roubini resalta la necesidad de controlar especialmente a los que suelen quedarse atrás en una recesión: mujeres, minorías y pobres. Y advierte: «No cometas el error de pensar que la desigualdad de la riqueza solo perjudica a los que están en los peldaños más bajos». «La desigualdad es uno de los retos más terribles de nuestro tiempo».

Para este economista, las criptomonedas (que prefiere llamarlas shitcoins, del inglés shit, mierda) son también amenazas a la estabilidad financiera. Algunos motivos son su escasa estabilidad o su limitada escalabilidad. Además, en un mundo donde hay que reducir el consumo de energía, el sistema blockchain la dispara. Por si fuera poco, las criptomonedas se usan para ocultar ingresos a defraudadores y delincuentes de diversa índole (terroristas, traficantes…). Los incautos que invierten en esas monedas etéreas podrían estar colaborando con la delincuencia internacional y perder su dinero de un día para otro por invertir en «enormes riesgos», que en gran parte son «manipuladores esquemas Ponzi» (estafas piramidales).

«La desglobalización es una megamenaza»

Para Roubini, la globalización tiene más ventajas que inconvenientes. En el libro enumera tanto unas como otras, pero se olvida de los daños ambientales (por ejemplo, del transporte) y del enorme riesgo de depender del comercio internacional. Lo hemos visto con la COVID-19 y con un pequeño fallo en el canal de Suez.

Portada del libro La Doctrina del Shock de Naomi Klein: Lee un resumen de este y otros libros suyos aquí.
La Doctrina del Shock: Lee un resumen de este libro, también de Naomi Klein.

Efectivamente, la globalización traslada la producción a donde los salarios son más bajos. Con eso —simplifica— «cambiamos buenos puestos de trabajo con buenos salarios por importaciones baratas», y concluye que el proteccionismo —imponer barreras al comercio con aranceles— acaba aumentando los precios de los productos importados. Roubini olvida contabilizar las ventajas de una menor contaminación global. Naomi Klein advirtió claramente en uno de sus libros contra los peligros del excesivo libre mercado y, en otro, contra los peligros que el capitalismo ejerce sobre la naturaleza.

Es cierto que algunos partidos de ultraderecha usan la globalización como medio para justificar el racismo porque, supuestamente, los inmigrantes roban empleos a los nativos, o gastan recursos de sanidad. Según Roubini, la realidad es que «la contribución económica de los inmigrantes supera con creces cualquier carga para las finanzas públicas». No parece justo que, mientras el dinero fluye libremente, las personas pobres sufran toda clase de barreras.

Por otra parte, se reconoce que las multinacionales pueden abusar de los trabajadores en los países pobres, además de extraer recursos naturales «sin pensar en el impacto a largo plazo» (y no dice, ni una palabra, del impacto ambiental ni de la falta de derechos humanos en ciertos países, como China). Además de eso, la guerra de Ucrania nos ha mostrado los peligros de la dependencia energética excesiva de países como Rusia, y por eso Roubini habla de una globalización friendshoring, centrada en el comercio y la inversión entre amigos y aliados.

El autor se queja de las protecciones que dificultan la globalización, tales como las normas ambientales y las reivindicaciones de privacidad (por ejemplo, por parte de Europa al imponer controles y frenar el flujo de datos de poderosas empresas tecnológicas de Estados Unidos). Alega que Europa l0 hace para aumentar sus ventajas tecnológicas, cuando lo más probable es que solo se pretenda proteger el derecho a la privacidad de los europeos. De hecho, EE.UU. también impone controles de privacidad a empresas extranjeras (particularmente las de China). «Los datos son el nuevo petróleo», afirma este economista.

Roubini es un ejemplo de un economista educado en las ventajas del libre mercado y desinformado respecto a la importancia de la naturaleza y a cuánto la economía depende de la ecología (Georgescu-Roegen ya nos advirtió sobre ello). No obstante, intenta hacer un análisis completo de las ventajas e inconvenientes del libre mercado y reconoce que, a pesar de estar a favor del mismo, no garantiza un mundo equitativo en el que todos estén mejor. Para que unos tengan precios baratos, otros tienen que perder sus empleos. El autor no dedica aquí ni una palabra a comentar los males que genera el consumismo (por ejemplo, los datos ambientales), y se dedica a resaltar las bondades del «aumento neto de la producción global», dejando claro que su objetivo es crecer (en un mundo que necesita justo lo contrario: decrecer).

Ante el aumento de la pobreza y la desigualdad, Roubini sostiene que «la globalización redistribuye la riqueza» (aunque no sea de forma justa ni equitativa), y propone «políticas más generosas para las personas que sufren (…) para que todos estén mejor con un comercio más libre». Para él, la tecnología ha hecho desaparecer más empleos que la globalización y no se trata de copiar a los luditas ingleses que a principios del XIX destrozaban los telares mecanizados para conservar sus empleos. Es cierto que los robots y los ordenadores están eliminando puestos de trabajo de forma masiva, a la vez que mejoran nuestra calidad de vida. Nuestra sociedad debe buscar formas urgentes de resolver el problema de alimentar y satisfacer a millones de desempleados. El economista Richard Baldwin predijo una «convulsión globótica» (de globalización y robótica) que acabará en un enfrentamiento entre los humanos y las máquinas que los sustituyen. Como hemos dicho, nosotros proponemos implantar impuestos a los robots y a los ordenadores que desplacen el trabajo humano, así como reducir la jornada laboral (trabajar menos para repartir mejor el empleo donde sea posible). Se puede hacer manteniendo el salario o bajándolo ligeramente, de forma no proporcional (a cuenta de los impuestos a la mecanización). Incluso una microrreducción de la jornada sería algo positivo. Además, proponemos otras medidas variadas para atajar este grave problema.

El teletrabajo está haciendo que muchos empleados puedan vivir en países que les permiten bajar sus honorarios (contables, agentes de seguros, abogados, programadores…). Aunque Roubini critica la desglobalización y olvida tratar ciertos problemas, debe conocer sus amenazas ya que lo que finalmente propone es una globalización lenta.

La Inteligencia Artificial es otra megamenaza

«No importa cuál sea tu trabajo, la IA podría acabar haciéndolo mejor». Roubini nos pinta un futuro distópico donde las máquinas podrían desplazar a los humanos y generar nuevos problemas (como en relatos de ficción como Prefiero que me mientan o Son superiores, pero no en todo). Las tres leyes de la robótica de Asimov podrían ser insuficientes ante el aluvión de problemas que la IA puede conllevar (p.e., discriminación de todo tipo).

John Maynard Keynes y Bertrand De Jouvenel son economistas que nos han advertido claramente de los peligros de economizar mano de obra, cuando esta es abundante, y de despilfarrar recursos materiales y energéticos, cuando estos son escasos. Y, sin embargo, la tendencia de la IA es a sustituir el trabajo humano, aunque sea bajo la bandera de beneficiar a las personas. Todos los sectores están afectados (camareros, cocineros, profesores, sanitarios, conductores, contables…) y, aunque se crearán nuevos empleos hay algo cierto: «el sector tecnológico emplea a muchas menos personas que otros sectores más antiguos» y «la IA invade más puestos de trabajo que las revoluciones anteriores».

Incluso, Roubini añade: «Cuando los ordenadores desarrollen la motivación para aprender por sí mismos a una velocidad de vértigo sin dirección humana se producirá una explosión de inteligencia». Preguntamos: ¿A alguien le extrañaría que las máquinas concluyan que los humanos son una plaga que habría que exterminar? ¿Estamos ante una precuela de Terminator?

Sin duda, la IA y la robotización hará más ricos a los más ricos. Por tanto, es previsible que, más aún, aumente la desigualdad (con las consecuencias negativas y soluciones que debieran ser bien conocidas). Las soluciones que sugiere el libro son una Renta Básica Universal y gravar a la IA y a los robots (a sus propietarios, porque los ricos son un auténtico problema para la humanidad).

Otra guerra fría

Según el dictador de China, Xi Jinping, su país y Estados Unidos pueden prosperar juntos; pueden ser rivales sin derramar sangre. Ahora bien, cualquier excusa (como la anexión de Taiwán a China) podría ser el origen de una guerra multilateral. Para Roubini, la actual guerra fría es otra megamenaza que avanza en muchos terrenos, no solo el económico o el militar, a pesar de que ambos países «tienen muchas razones para colaborar».

Roubini aconseja que Europa se desvincule de China lo que pueda, aunque advierte que el desacople total sería terriblemente caro para ambas partes. Lo que no hay duda es de que las compras masivas de Europa a China es una forma de dar dinero a un gigante que no encaja con los más mínimos valores éticos: China es una dictadura que viola los Derechos Humanos y contribuye a emisiones de contaminación intolerables, por citar algunas cuestiones.

¿Un planeta inhabitable?

Abordar el problema climático requiere una cooperación internacional, que se ve entorpecida por la rivalidad EEUU-China. Conocemos las terribles consecuencias que nos esperan si no actuamos y —a pesar de ello— seguimos sin movernos.

Roubini advierte: «A no ser que vivas en un lugar elevado, en latitudes frías, con abundante agua potable y ricas tierras de cultivo, prepárate para mudarte». Debemos contar con migraciones masivas, y no solo de personas, sino también de microbios. A estas alturas, Roubini es muy claro: «Debatir sobre las causas del cambio climático hace que perdamos un tiempo valioso» (ya está bien demostrado que el origen es antropocéntrico).

En su rápido repaso por los múltiples desastres involucrados, está la subida del nivel del mar, que desafía no solo a ciudades y países costeros, sino a diversos emplazamientos con desperdicios peligrosos y con reactores nucleares. La salinización de acuíferos agravará el problema de la escasez de agua debido, entre otros motivos, a la sobreexplotación y a la contaminación. También hay que tener en cuenta las sequías masivas, incendios, desertización, huracanes y tifones, enfermedades zoonóticas por la destrucción de ecosistemas, etc. Como economista, Roubini tiene claro que las pérdidas van a ser billonarias (con b), por lo que cualquier inversión en prevención será rentable.

Roubini reconoce ciertos, aunque insuficientes, avances en algunas áreas, como las renovables y la electrificación, y comenta la contradicción que supone que muchos procesos de la transición ecológica requieren de energía fósil para hacerla posible (por ejemplo, la extracción de los minerales para las renovables o para el coche eléctrico, el cual hace que sea casi imposible un coche ecológico). En muchos casos, lo que se está haciendo es trasladar egoístamente las cargas económicas y los problemas ambientales a las generaciones futuras, a veces, bajo la «creencia mágica de que las nuevas tecnologías y el aumento de la riqueza resolverán el problema». Roubini alerta de las falsas promesas de la geoingeniería, tales como la captura de carbono, o la liberación de partículas en la alta atmósfera para frenar el calentamiento. Ese tipo de técnicas requieren una «inversión estratosférica» y tienen efectos laterales imprevisibles (como perjuicios a la agricultura, que evidentemente depende del sol).

Los impuestos al carbono podrían permitir tanto la reducción de la contaminación como la captura de fondos para financiar la transición. Sin embargo, esto supone un aumento de costes, lo cual puede ser algo indeseable para ciertos colectivos. Roubini afirma que la media mundial del impuesto sobre el carbono es de 2 dólares por tonelada de CO2, pero debiera estar en 200 dólares por tonelada para que las temperaturas no suban más de 2ºC. «Tres grados de calentamiento global son bastante probables y realmente desastrosos».

Este economista nos alerta de la «bomba de relojería medioambiental» que supone particularmente África, pero en realidad la bomba es planetaria. «Los que hoy no ven ninguna megamenaza en el cambio climático se preguntarán por qué no hicimos nada cuando tuvimos la oportunidad de actuar». La causa es que «hemos escuchado a la gente equivocada», no a los científicos. Tal vez, vemos que actuar es «demasiado caro»; y no queremos mirar el precio de la inacción.

Conclusiones

Al final del libro, Roubini hace dos predicciones posibles, una pesimista y otra (más o menos) optimista (como en el relato Dos futuros posibles tras una pandemia). En la opción distópica resume los peores efectos de los problemas comentados. Además, alerta de argumentos populistas (como los que auparon al Brexit o hicieron ganar a Donald Trump). Para manipular a la opinión pública, se usan frases sencillas, que buscan enemigos imaginarios para confrontarnos y crear el caldo de cultivo para sus políticas. De ahí que surjan movimientos antimusulmanes, antisemitas, antiinmigrantes, anti-LGTBI, antiecologismo, anticiencia, antirenovables (o pronucleares), etc. Son gentes que utilizan bien los medios de comunicación para manipular y crear noticias falsas que provoquen indignación. Un ejemplo, fue el asalto al Capitolio de EE.UU. en enero de 2021. Este tipo de hechos pueden acabar en guerras civiles, advierte.

En el escenario optimista-utópico, supone que el crecimiento económico lo resuelve todo, porque, según él, «genera recursos que pueden ayudarnos a abordar costosos proyectos públicos para prevenir el cambio climático, el envejecimiento y el desempleo tecnológico, o a hacer frente a futuras pandemias». Roubini se pregunta si la innovación tecnológica ayudará a crecer para salir de nuestros problemas. En nuestra humilde opinión, la respuesta es muy sencilla: NO, porque es precisamente la tecnología la que ha generado los mayores problemas. En teoría, podría traer soluciones, pero en la práctica es muy dudoso que el ser humano las aplique de forma altruísta. En este escenario utópico, Roubini parece rememorar la contradicción de un chiste de El Roto al decir que «nuestro objetivo debe ser seguir creciendo, pero también frenar bruscamente las emisiones de gases de efecto invernadero».

Respetar los ecosistemas reduciría el riesgo de enfermedades zoonóticas, pero el ser humano es reacio a valorar cuánto cuesta una pandemia que no ha ocurrido. Y cuando ocurre, ya es tarde para prevenir. Roubini fantasea con que el crecimiento podría aliviar los problemas de deuda, y traer energía barata, desalinización asequible, y carne cultivada en laboratorio. Pero no habla de que el crecimiento no puede ser mantenido indefinidamente por lo que, si llega ese crecimiento, será para retrasar y aumentar la crisis que nos espera. Desde el ecologismo, la solución es la contraria: un decrecimiento sensato y ordenado.

Resumen del Libro "Esto lo cambia todo" de Naomi Klein.
Lee un resumen de este otro libro de Klein.

Finalmente, Roubini se plantea si el bienestar de los últimos 75 años (en los países ricos) no ha sido solo una excepción en la Historia. El principio del siglo XX fue realmente aterrador: dos guerras mundiales, la mortífera gripe española, hiperinfación y luego la Gran Depresión, crisis financieras, deflación, regímenes populistas y autoritarios (Alemania, Italia, España…), etc. Para aumentar nuestra preocupación, ahora tenemos un escenario más complicado: un sistema financiero en peor estado, mayor desigualdad, armas más peligrosas (con peligro nuclear incluido), y el cambio climático, que ha venido para cambiarlo todo (queramos o no, como explicó N. Klein).

La solución está en colaborar con corazón altruista, sabiendo que cuando la cooperación fracasa, los resultados son peor para todos.

Por lo dicho, vemos que no estamos de acuerdo en todo lo que dice Roubini, pero sí en lo esencial; y también en su mazazo final: «demorarse es rendirse».

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El ecofeminismo es la unión de muchos caminos de futuro, y no puede ser especista

Por: Pepe Galindo

En una charla memorable, el natuperiodista Joaquín Araújo ironizaba —y provocaba— diciendo: «Somos demasiados y demasiado ignorantes (…). En este mundo sobramos la mitad, pero en caso de ser hombres sobramos casi todos». Y apuntalaba: «La generalizada destrucción de la naturaleza es el machismo más radical».

Es también «supremacismo», el sentimiento de ser superiores. Se ejerce la fuerza y la acumulación solo por tener poder para hacerlo (no derecho). Comportarse de forma supremacista (machista, especista…) no es convivir; es colonizar, conquistar, arrebatar, imponer… y en no pocos casos también torturar.

Ni el planeta, ni las mujeres, ni los animales son territorios que hay que conquistar y dominar; verbos que hay que cambiar por comprender y respetar. Esa debe ser la esencia del ecofeminismo y, por eso, el animalismo no es un camino muy diferente de respeto y justicia. ¿Se puede pedir el fin de la opresión para unos mientras otros siguen oprimidos?

El fin de toda opresión sistemática

Leonardo da Vinci no comía carne y pensaba que matar animales era un asesinato que debería castigarseEl ecofeminismo es un movimiento que conecta la opresión del planeta con la opresión de las mujeres. Aunque duela, hay que aceptar que el patriarcado ha desembocado en una sociedad peligrosamente insostenible e injusta, que tenemos la obligación de cambiar. El ecofeminismo no sostiene que las mujeres van a salvar el planeta sino que aspira a visibilizar las enormes injusticias que se cometen. Es un movimiento que resalta el paralelismo entre la explotación de los recursos naturales y la explotación de las mujeres. En la base de esas injusticias está la creencia firme en una jerarquía artificial por la que los seres superiores pueden oprimir a los demás.

Los animales no pueden quedar fuera de esta lucha por la justicia. Primero porque los animales y sus ecosistemas son parte de la naturaleza que se pretende respetar y, segundo, porque son seres sintientes, sienten emociones como el placer y el dolor. Igual que no tendría sentido un feminismo racista, también es incoherente un feminismo especista.

En su libro Ecoanimal, Marta Tafalla explicaba que el ecofeminismo ha sido muy explícito al comparar las distintas formas de dominio. La explotación de las mujeres, de la naturaleza y de los animales tienen muchas similitudes. La idea básica del supremacismo subyacente es que hay una jerarquía y que lo superior puede someter a lo inferior. Por tanto, la naturaleza existe para servir a nuestra especie, y «un caballo debe renunciar a su propia vida para convertirse en el sistema de transporte de un ser humano» (o cosas peores). Por el mismo motivo supremacista, una mujer debe renunciar a sus proyectos para servir a los de un hombre. «El problema es un orden metafísico jerárquico que justifica relaciones de poder y opresión».

Allí donde los animales son vistos como objetos, se abusa de ellos: las macrogranjas contaminan la Tierra, la caza y la pesca son raramente sostenibles e inevitablemente sin ética ni respeto, etc. Allí donde las mujeres son cosificadas, son vistas como medios productivos y mano de obra barata y, en paralelo, tampoco la Tierra será respetada. Conectando con la cita de Araújo del inicio, Tafalla decía que «el arma fundamental para lograr reducir nuestra superpoblación sería, sencillamente, que todas las niñas y mujeres del planeta tuvieran acceso a una educación pública y gratuita de calidad». Eso aún no ha ocurrido para demasiadas niñas y mujeres.

El cambio climático en femenino: la crisis climática

Ante el cambio climático, las mujeres están más amenazadas y se sienten más afectadas. A la vez, las mujeres han sido, en general, educadas para estar más comprometidas con las tareas de cuidados y, por tanto, practican más la cooperación, la empatía (hacia humanos y no humanos) y son más respetuosas y activistas por el planeta. Son ellas las que usan más las caricias, la ternura, la compasión… y también el transporte público; reciclan más y sin duda cumplen mejor con la Cadena Verde. También, a veces, son las mujeres las que más usan la bicicleta, a pesar de la discriminación que sufren en este medio. Son ellas las que más se benefician de una ciudad amigable para la bicicleta, porque este medio de transporte aumenta la seguridad para ellas, como demuestra un reciente estudio.

Por otra parte, en nuestra sociedad, la competición, el dominio, el uso de la fuerza, el abuso, son esencialmente características masculinas. En España, casi el 51% de la población son mujeres pero el 92,4% de las personas encarceladas son hombres y también aquí las mujeres son discriminadas: reciben condenas más duras que los hombres (tal vez porque se supone que ellas deben ser buenas), se les da peor trato sanitario, se piensa menos en su reinserción… y hasta los talleres de formación en las cárceles son concebidos por el machismo. Y eso sin tener en cuenta que en muchos casos las mujeres que llegan a la cárcel son también víctimas de una sociedad machista y discriminatoria que les lleva a delinquir.

Multiplicar lo femenino, dividir lo masculino

La película libanesa ¿Y ahora adónde vamos? (Nadine Labaki, 2011) es una comedia dramática que muestra un país destrozado por la guerra entre musulmanes y cristianos. En ese contexto sobrevive un pueblo manteniendo en inestable equilibrio las relaciones entre ambos grupos religiosos. Pero como ocurre casi siempre, son los hombres los que pretenden resolver las tensiones con violencia, mientras las mujeres usan otras estrategias, algunas esperpénticas, pero colaborando entre ellas y olvidando sus intereses particulares. Para ellas todo vale para proteger la paz en el pueblo. Es como si las mujeres nacieran sabiendo que en una pelea el ganador también acaba perdiendo. Se gana más colaborando que compitiendo.

Reclamamos estas palabras de Araújo como ecofeminismo destilado: «Vivir acariciando a la vida; no dominándola; no apropiándonos de la vida». En el fondo, la palabra ecofeminismo es la unión de muchos caminos por los que debemos caminar, aunque sea a distinto ritmo: ecologismo, feminismo, animalismo, veganismo, igualitarismo, minimalismo, pacifismo, antirracismo, anticolonialismo…

No pretendemos ser radicales. Tenemos que entender que en algunos asuntos cada uno tenga su opinión o su grado de evolución, pero estas reflexiones son necesarias. El debate hay que ponerlo sobre la mesa. Puesto queda.

Uno de los mejores libros para entender la importancia del ecofeminismo es Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla. Además, incluye un repaso de algunas de las autoras más representativas. Para una de ellas, Carol J. Adams, los modelos de opresión se parecen. Así, los animales se reducen a carne, a ingredientes, a sabores y, de un modo similar, las mujeres son reducidas a carne para proveer placer sexual. Al final, la palabra “placer” es la que genera estos dos tipos de opresión a animales y a mujeres. Por tanto, el animalismo, el feminismo y el ecologismo se niegan a obtener placeres a través de la opresión.

Para terminar, nos gustaría destacar a unas mujeres por sus aportaciones a la humanidad: Rachel Carson, Wangari Maathai, Lynn Margulis, Vandana Shiva, Marta Tafalla, Laurel Braitman, Naomi Klein, Elinor Ostrom, Mekfoula Mint Brahim

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