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✇Conciertos en Albacete

Ballet en cines de Albacete: 'Woolf Works'

Por: Discos Ruidosos

 

Woolf Works Ballet ROH 25-26

Lunes 9 de febrero, 20:15 h

Yelmo Imaginalia

Entradas: general 13,90€ / reducida 10,90€



Cines Yelmo de Albacete proyectan 'Woolf Works', un ballet inspirado en las obras de la escritora Virginia Woolf. La obra, incluye fragmentos de novelas como 'La señora Dalloway',  'Orlando' y 'Las olas'.

'Woolf Works', ganadora de un Premio Olivier, destaca por su innovador estilo narrativo y la colaboración de un talentoso equipo artístico. Este ballet, creado por Wayne McGregor, coreógrafo residente del Royal Ballet de la Royal Opera House (ROH).

Virginia Woolf es considerada una de las autoras más innovadoras del siglo XX, conocida por desafiar las normas literarias y plasmar su intensa y conmovedora realidad. 

 

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¿La película es mala o es que yo soy viejo?

Por: Manuel Ligero

Hay un reduccionismo que campa a sus anchas en esta época: el de juzgar las opiniones según la edad de quien las emita. Si tienes una cierta edad y algo no te gusta, y lo dices, la respuesta suele ser: «Es normal. Tú no puedes entenderlo. Eres viejo». Y hay algo de verdad en eso. Pero sólo algo.

La audiencia que acudió en 1913 al estreno de La consagración de la primavera, de Stravinsky, creyó que se le iba a ir la olla. Cuando empezó el segundo acto ya no podían soportar más aquel ritmo disonante y epiléptico. Elegantes señores, con sombrero de copa y monóculo, empezaron a gritar y a patalear. Las damas propinaban paraguazos a diestro y siniestro. La histeria acabó en batalla campal, a hostia limpia en la platea del Teatro de los Campos Elíseos, en París. Lo que le ocurrió a aquel público tiene una explicación neurológica: el cerebro aprende a lo largo de su vida frecuencias y patrones musicales, y cuando algún sonido se sale de ellos, saltan las alarmas. Este aviso puede provocar un malestar extremadamente desagradable. Y eso es precisamente lo que buscaba Stravinsky: que el público aprendiera algo nuevo. Por las malas. En esa misma época llegaría también Schönberg con un arma de destrucción masiva, el dodecafonismo, que cambiaría para siempre lo que entendemos por «música clásica». Molestar, irritar, cabrear es algo intrínseco a las vanguardias.

Hoy nos parece inconcebible que hace 70 años hubiera gente que pensara que el rock and roll era simplemente «ruido». Hasta los Beatles tuvieron que hacer frente a críticas parecidas. Y lo que ocurría, simplemente, es que sus cerebros no estaban preparados. Y, ojo, esto no está ligado necesariamente a la edad sino al aprendizaje: los cerebros jóvenes tampoco están preparados para determinadas cosas (en principio, para prácticamente nada), pero lo aprenden. Igual que los viejos, sólo que estos lo hacen con más dificultad.

Hace unos días, en las redes sociales de La Marea, un usuario se sinceraba sobre la opinión que le merecía Bad Bunny: «Es un reguetonero y yo por eso le tuve rechazo, luego me enteré más de quién es y es una buena persona, y además un tío valiente. Ya con canas, pero otra lección que aprendí sobre los prejuicios». Aquel señor es un ejemplo de que se puede aprender algo nuevo sin importar la edad, pero hay que poner voluntad (o desprenderse de ella, si nos ceñimos a la peculiar interpretación de Schopenhauer). En resumidas cuentas, el gusto se cultiva.

Queda claro, pues, que está al alcance de todo el mundo introducir un factor corrector en la contemplación de cualquier expresión artística. No es sólo decir «esto no me gusta», sino preguntarse «¿por qué no me gusta esto? ¿qué es lo que no entiendo? ¿qué me estoy perdiendo?». Son preguntas muy pertinentes a la hora de acercarse, por ejemplo, al cine de Albert Serra. Y a partir de esas simples preguntas nuestra «representación del mundo» (por continuar con Schopenhauer) cambia, se densifica, se refina, se ensancha. La otra opción es tirar por el camino de en medio y decir «Albert Serra es un payaso», lo que convendremos en que, sin entrar en descalificaciones, es un juicio apresurado.

Otro ejemplo de atropellamiento crítico sería ver Los pecadores y exclamar: «¡Pero qué puta mierda es esta!». Un juicio apresurado, sí, pero absolutamente comprensible. Y más comprensible aún entre un público mayor que, por un lado, está poco acostumbrado a las narraciones caóticas y, por el otro, tiene la sensación de haber visto ya esta película.

Los pecadores y la neuroplasticidad

La sensación de vértigo ante una narración incoherente es algo puramente generacional: los cerebros de personas de mediana edad, como los de los asistentes al estreno de La consagración de la primavera, no están acostumbrados al tsunami de información que sí consumen sin dificultad los nativos digitales. La generación Z puede pasar horas haciendo scroll, saltando de unos contenidos a otros sin más conexión que la proporcionada por el algoritmo de la plataforma elegida y de hacerlo, además, sin remordimientos. Pero como el mundo globalizado es como es, tampoco los mayores de 40 pueden abstraerse a los cantos de sirena de la economía de la atención. A veces pican y quedan atrapados en la rueda de hámster de los reels. La diferencia está en el impacto emocional que esa actividad les produce a jóvenes y a mayores; estos últimos, cuando miran el reloj y se dan cuenta de que se han pasado media hora mirando vídeos de gatos en el móvil, entran en pánico. Muchos sintieron lo mismo al ver Todo a la vez en todas partes, otro ejemplo doloroso de relato deslavazado à la mode.

Como ya anticipó Marshall McLuhan, cada vez que inventamos una herramienta, esta altera el equilibrio de nuestros sentidos y, por lo tanto, cómo funciona nuestra mente. El medio es más importante que el mensaje. Y el medio por excelencia, hoy en día, huelga decirlo, es un pandemonio digital infinito, ensordecedor, absorbente, confuso e inhabitable… para ciertas personas, claro. Para otras es simplemente el aire que respiran, la cultura de su tiempo, lo normal.

En Los pecadores se encadenan el cine negro, la cuestión racial, la religión, el sexo, la historia estadounidense, el folklore global y los vampiros. ¿Un cóctel con demasiados ingredientes? Para los jóvenes espectadores, no. La película de Ryan Coogler es un bocadillo de nocilla con sobrasada que paladean con verdadero deleite. ¿Se equivocan –ellos y los académicos de Hollywood, que la han nominado a 16 premios Oscar– al ensalzar semejante revoltijo? Puede que sí, pero no del todo. Ya lo veremos después.

Batiburrillo posmo

Otra de las sensaciones que atormentan al público adulto de Los pecadores es la constatación –demasiado evidente– de asistir a una redundancia. Y efectivamente lo es para ellos, claro, que pagaron una entrada en 1996 para ver Abierto hasta el amanecer y que, 10 años antes, alquilaron en el videoclub Cruce de caminos. Pero el mundo actual (el mundo como voluntad, y volvemos a Schopenhauer) no son ellos. O mejor dicho, sí son ellos (como lo es todo hijo de vecino), pero su representación del mundo tiene poca o ninguna influencia en la producción audiovisual actual. Se hacen escasas películas para ellos. De hecho, los grandes estudios de Hollywood hacen escasas películas en general, ya que siempre están a la búsqueda del pelotazo, del blockbuster, de la devolución inmediata y multiplicada con creces de unas (pocas y contumaces) inversiones multimillonarias. «Este Superman no ha funcionado. Vamos a hacer otro. Y otro más. Y otro. Y otro Spiderman. Y otro más. Y un Spiderman de dibujos animados. Y otro más…», y así andan, obsesionados con encontrar la gallina de los huevos de oro y desatendiendo a un público cada vez menos dispuesto a pagar una entrada para que le cuenten lo mismo de siempre.

La gran paradoja es que, desde los bisontes de Altamira, el arte cuenta «lo mismo de siempre» con variaciones, ligeras en unos casos y súbitas en otros –cuando aparecen movimientos vanguardistas–, sin que se llegue a romper nunca el hilo que une la pintura rupestre con el iPhone. El «todo se ha hecho ya», el «todo está inventado» es una constante histórica; lo que ocurre ahora es que se nota especialmente, y a eso lo llamamos posmodernismo. La quintaesencia posmoderna sería la IA, que todo lo chupa, lo mezcla y lo escupe como si fuera nuevo.

Lo que chirría en cierto posmodernismo es que su técnica de collage, ejecutada de forma grosera, acaba por producir hastío. Como explicaban Jordi Balló y Xavi Pérez en Yo ya he estado aquí, el público adora los escenarios conocidos, pero si te pasas de rosca, determinados espectadores sentirán rechazo. Son aquellos que por razón de edad, es decir, por pura biología, sin que sea necesario poseer una cultura excepcional, han visto más cine, han leído más libros y han escuchado más música. A esa gente, precisamente, Los pecadores les parecerá comida recalentada.

En un libro anterior, La semilla inmortal, Balló y Pérez concentraban aún más su discurso y se ocupaban de los mitos esenciales que, una y otra vez, reaparecen en todas las narraciones desde que el mundo es mundo, y con singular insistencia desde la invención del cine. No hablamos aquí de ese déjà vu típicamente posmo, sino del mapa genético de la ficción occidental, de los verdaderos pilares de nuestra cultura. En el conjunto de historias enunciado por los autores están, por ejemplo, el retorno al hogar (La Odisea), la búsqueda del tesoro (las Argonaúticas), la fundación de una nueva patria (La Eneida), el amor prohibido (Romeo y Julieta) o el ansia de poder (Macbeth). También está, lógicamente, el mito de Fausto, el del pacto con el diablo, y ese es precisamente uno de los elementos más sugerentes en el alambicado pastiche de Ryan Coogler.

El Fausto americano

En el folklore estadounidense, la leyenda fáustica por excelencia es la de Robert Johnson. Se cuenta que Johnson era un músico de blues del montón hasta que una noche, en la intersección de las autopistas 61 y 49, en Clarksdale (Mississippi), tuvo un encuentro con un hombre misterioso. El hombre en cuestión tomó su guitarra y la afinó. Cuando se la devolvió, el pacto quedó sellado: Johnson se convertiría en el mejor guitarrista del mundo. ¿La única pega? Que su alma ya no le pertenecía. Murió con 27 años.

La leyenda ha dado pie a multitud de versiones, como la ya citada de Walter Hill o la de la tercera temporada de Hap and Leonard, que adorna la historia dándole un toque escatológico: el guitarrista y el diablo cierran su trato orinando en el mismo frasco y bebiendo de él. Hap and Leonard es una serie deliciosa, en serio.

Coogler ubica la historia de Los pecadores precisamente en Clarksdale y en torno a una guitarra alrededor de la cual concitará los grandes pecados de su país, con la segregación racial y el puritanismo a la cabeza de sus pertinaces abominaciones. Ese ambiente, esa música, esa vocación por vestir la acción con temas importantes son lo mejor de la película. De hecho, evitan que se despeñe cuando la narración se entrega al disparate y aparecen los vampiros, que son una metáfora… ¿de qué exactamente? Pues ese es el problema, que muy claro no está, pero podemos barruntar que se trata de la asimilación cultural: los vampiros ofrecen a la comunidad afroamericana una falsa libertad, sin racismo, a cambio de renunciar a su identidad. La tentación por esquivar el dolor es grande, pero ninguno da el paso voluntariamente. A pesar de las bonitas palabras del vampiro jefe, tiene que mediar la violencia para que abandonen el blues y se pongan a chupar sangre y a bailar blanquísimas tonadas irlandesas. Más o menos como ocurre con el capitalismo: sin bellas palabras, falsas promesas de libertad y la amenaza de una existencia miserable, nadie entregaría su vida para enriquecer a otro.

Pero en la comunidad vampírica de Los pecadores hay un matiz incluso más interesante que ese: el hecho de que esté comandada por un irlandés. Se trata de la persona que ocupa el penúltimo peldaño de la escala social (el irlandés) tratando de someter a quien ocupa el último peldaño (el negro). Jorge Dioni López, siempre perspicaz, ilustró el fenómeno en estas mismas páginas: «Tener a alguien abajo [el rider que te lleva la comida a casa, por ejemplo] nos da la sensación de estar arriba». Esta pretensión explica en parte el actual auge de los obreros de ultraderecha, dispuestos a impedir por cualquier medio (mentiras, racismo, agresiones y votos) la movilidad social de quien está por debajo de ellos: los migrantes.

Pero todas estas líneas son un ejercicio de intelectualismo. Buscamos explicaciones plausibles a algo que no entendemos muy bien. En realidad, si la película de Coogler, a pesar de todas sus extravagancias, logra conectar con el espectador mayor es porque toca una tecla (aunque sería más exacto decir una cuerda) que, no por misteriosa, deja de ser absolutamente real: «Hay leyendas que hablan de personas que nacen con el don de hacer una música tan auténtica que puede traspasar el velo que separa la vida de la muerte, invocando a espíritus del pasado y del futuro». Es difícil expresar mejor un prodigio que se antoja inefable, el de la emoción producida por una música que atraviesa océanos de tiempo, que arrastra ecos de culturas lejanas, que parece surgir del centro de la tierra y que conmociona, trastorna los sentidos y revuelve las entrañas. Es algo misterioso, sí, pero es real. Los flamencos lo llaman «duende». Quien haya oído una siguiriya de Terremoto o una soleá de Fernanda, lo entiende.

Si una película es capaz de sostenerse sobre una idea tan difícil de trasladar, tan mala no será, ¿no?

O sí.

Vaya usted a saber.


‘Los pecadores’, estrenada el año pasado, aún se proyecta en algunas salas y también se encuentra disponible en la plataforma de Movistar+.

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Cuaderno de la noche IV A un paso del Abismo

Por: Radio Almaina
Aloha, superviviente. Esta noche volvemos a abrir el Cuaderno de la noche de Thomas Ligotti. Esta noche, tenemos doble session de cine ciego, pero no mudo… Noctuario es una colección de relatos que se agrupan en tres partes: Estudios de Leer más

Radio Almaina - Cuaderno de la noche IV A un paso del Abismo

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Cine y música: "Por todo lo alto"

Por: Discos Ruidosos

 

Por todo lo alto

Viernes 30 de enero, 18:30 – 20:30 y 22:15 h

Filmoteca Albacete

Entradas: general 3€ / reducida 2,50€  

 


Por todo lo alto (En fanfare). Película francesa dirigida por Emmanuel Courcol.

Sinopsis:

Thibaut es un director de orquesta de renombre internacional. Cuando se entera de que es adoptado, descubre la existencia de un hermano, Jimmy, un empleado de un comedor escolar que toca el trombón en una banda de música en el norte de Francia. Al parecer todo les separa, excepto el amor por la música.

 

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Apocalypse Now (Redux)

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Amelie

Precio: 3€

 

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¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Por: La Marea

Consigue tu ejemplar en papel o digital en el kiosco de La Marea

Mientras cerrábamos el número 110 de la revista de La Marea, la policía migratoria de Donald Trump tiroteó al enfermero Alex Pretti en Minneapolis. Unos días antes, el ICE había matado ya a Renée Good. Las acciones del presidente de EE. UU. y la inacción de la comunidad internacional están dejando sin palabras a una sociedad que, paradójicamente, mira cada vez más a los líderes ultras. Lo hemos visto en Chile recientemente o, más cerca aún, en Portugal. En España, Ayuso se mueve con soltura y las encuestas pronostican también una amplia subida de Vox. Lo peor es que no es nuevo –ya buscamos en estas mismas páginas hace diez años antídotos de izquierdas–. Y lo aún peor es que va a más.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Ahí tenemos siempre al Carnaval de Cádiz cantando las mejores crónicas: «Mamá, perdóname, pero yo de mayor quiero ser un fascista». En el dossier de nuestra última revista (con portada de Candela Sierra, premio Nacional de Cómic 2025) tratamos de dar respuesta a todas estas cuestiones, qué lleva a la clase obrera a votar políticas en contra de sus propios intereses. ¿Por qué hay cada vez más obreros de derechas o, como dice el pasodoble de Los hijos de Cádiz, más fascistas modernos? Por un lado, en un reportaje firmado por Guillermo Martínez, contamos con los testimonios de trabajadores y trabajadoras forjados en la izquierda que han terminado virando su voto en los últimos tiempos hacia opciones como Vox. Y, por otro, con entrevistas y análisis de especialistas (Pablo Batalla, Patricia Simón, Sebastiaan Faber, Olivia Carballar, Jorge Dioni López, Barbara Celis, Antonio Avendaño…) que interpretan las causas más profundas del contexto global en el que estamos inmersos. La conciencia de clase ya no es un factor clave en la elección del voto, avisan. Y ridiculizarlos tampoco es la solución.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y además…

En este número también nos hemos desplazado a la frontera entre Venezuela y Colombia para tomar el pulso a la doctrina Donroe, ese nuevo viejo orden impuesto desde la Casa Blanca y que sitúa a América Latina, con ánimos redoblados, como su «patio trasero».

Entrevistamos a Hernán Zin, cineasta y reportero con 20 años de experiencia en conflictos armados. Su última película, nominada al Goya, es el documental Todos somos Gaza. Es la segunda parte de Nacido en Gaza (2014) y en ella sigue los pasos, en mitad del genocidio, de tres de los niños (ya adultos) que aparecían en la primera entrega.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Fieles a nuestra agenda, seguimos cerca del Sáhara Occidental. En esta ocasión nos acercamos a una paradójica realidad: alejados de su mar y de uno de los bancos de pesca más importantes del mundo, el pueblo saharaui cría pescado fresco en una piscifactoría situada en mitad del desierto, cerca de los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Sin perder de vista la actualidad, tras el trágico accidente de Adamuz y el de Rodalies en Barcelona, ponemos el foco en el impacto que tiene el cambio climático sobre las infraestructuras dedicadas a la movilidad.

Por su parte, nuestro compañero Eduardo Robaina, coordinador de Climática, nos explica qué es y cómo nos afecta la calima, el polvo en suspensión procedente del desierto. En torno a este fenómeno meteorológico ha publicado un foto-libro con imágenes espectaculares.

La Marea 110: Obreros de ultraderecha

Y Bob Pop nos presenta a Víctor, alguien verdaderamente fascinante: recoge ropa de la basura y la reutiliza, con un ojo excelente para combinar prendas y un discurso político muy potente contra la moda del usar y tirar.

La Marea 110. Obreros de ultraderecha: ¿Y por qué, hijo, quieres ser un fascista?

Que no falte la cultura

Como siempre, llevamos temas muy interesantes en nuestra sección cultural, El Periscopio, que en esta ocasión cuenta con una preciosa portada diseñada por Sara Betula (sí, ahora que abundan las ilustraciones instantáneas generadas por IA, nosotras seguimos apostando, más que nunca, por las manos humanas).

Entrevistamos a la canadiense Sophie Deraspe, directora de Hasta la montaña, un bucólico alegato contra las prisas y las pantallitas que nos amargan la existencia. Analizamos el papel subalterno de las mujeres en las películas de romanos. Y publicamos fragmentos del diario personal de la artista Marta Cárdenas.

Como veis, la revista de enero-marzo viene cargada de temas actuales, profundos y sugestivos.

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Cine en Albacete: "Amadeus"

Por: Discos Ruidosos

 

Amadeus

Martes 20 de enero, 19:30 h 

Filmoteca Albacete

Entradas: general 3€ / reducida 2,50€  

 


Proyección en versión original de Amadeus (1984). Película dirigida por: Milos Forman. Reparto: Tom Hulce, F. Murray Abraham...

El montaje original de "Amadeus", tal y como fue vista y premiada en 1984, pero restaurada y remasterizada. Mozart, Salieri y un conflicto eterno entre genio y dedicación. Sesión en colaboración con el Festival de Música Barroca.


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Cine y música: "A Complete Unknown"

Por: Discos Ruidosos

 

A Complete Unknown

Jueves 8 de enero / Viernes 9 de enero – 18:00 y 20:30 h

Filmoteca Albacete

Entradas: general 3€ / reducida 2,50€  

 


A Complete Unknown, película dirigida por James Mangold y protagonizada por Timothée Chalamet.

Sinopsis: A principios de los años 60 un joven cantante folk de 19 años, llamado Bob Dylan, comienza una meteórica ascensión de las pequeñas salas de conciertos a las listas de éxitos. 

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Trump y el monstruo de Frankenstein

Por: José Ovejero

28 de diciembre

Muere Brigitte Bardot y me propongo ver o volver a ver alguna de las películas que protagoniza. Mirando los comentarios a El desprecio en Filmin me encuentro con uno que me parece muy bonito: «No tengo el conocimiento suficiente para saber por qué me ha gustado». Y la valora con un nueve.

¿No nos esforzamos a menudo en razonar por qué nos gusta una obra de arte y a veces le añadimos interpretaciones que quizá no aporten nada? Me encanta esa sencillez: aceptar que desconoces los motivos del placer y el interés que te provoca una película o una novela o un poema.

Y es verdad que el arte nos emociona o interesa por razones y sensaciones tan complejas que intentar explicarlas puede llevar a simplificarlas.


En el otro extremo, el Frankenstein de Guillermo del Toro no me ha gustado nada y sí sé explicar por qué. No me parece que aporte nada de valor a lo que ya nos han dado el monstruo y su creador –o el creador monstruoso y la criatura–. Es verdad que hay un despliegue técnico y digital que puede resultar apabullante, pero también decepcionante. ¿Tal derroche de recursos para esto, para una nieve que parece hecha de algodón y para unos lobos de cartón piedra y para que en ningún momento la forma se convierta en contenido?

Es posible que fuera benévolo si se tratara de una obra más artesanal, pero me irrita este despilfarro grandilocuente que me ofrece tan poca cosa. Aunque me parece perfecto que se aleje del original, también me irrita el cambio que afecta a la coprotagonista. Entiendo que hoy es difícil repetir la figura femenina inventada por Mary Shelley, tan devota al genio, cuidadora abnegada, sacrificada. Pero al final Del Toro nos presenta a una mujer de carácter, con su propia agencia y que no se amilana ante el científico, pero muere sacrificándose por la criatura y enamorada de ella y de su cuerpo. Lo de la figura woke pero entregada al amor romántico no puede satisfacer a nadie porque pretende satisfacer a todos.


29 de diciembre

Leo un artículo sobre gastronomía de moda y me doy cuenta de que, aunque tenga mis pequeñas ínfulas gourmet, para algunas cosas vivo a espaldas de mi tiempo: no sé lo que es un smash burger, no tenemos un satisfryer ni hemos pensado tenerlo, no pagaríamos cinco euros por una gilda de diseño, me entero de la existencia del chocolate Dubai por el artículo y me maravillo de que se hayan puesto de moda los kebabs sofisticados. Y me quedo un rato meditando sobre el misterio de que se hayan convertido en tendencia –signifique esto lo que signifique– las prensas para hacer carpaccio; pero sé lo que es el carpaccio, así que tan fuera del mundo no estoy.

En realidad, no tiene sentido escandalizarse. Cada época tiene sus modas y seguirlas es a menudo una forma de distinción social, de mostrar que eres parte de un grupo especial. La diferencia con tiempos pasados es la siguiente: antes había gente que se arruinaba para poder seguir un determinado tren de vida al que correspondían vestidos lujosos, fiestas deslumbrantes, comidas pantagruélicas. Ahora puede suceder lo mismo, pero en la era del simulacro también puedes sugerir esa pertenencia elitista por medio de fotos que luego subes a redes sociales; quizá no te hayas comido tú ese chocolate Dubai ni sea tuya la satisfryer, pero fotografiándote con ella te cuelas en la tendencia y te autopublicitas como persona introducida en un modelo de vida al que no alcanzas…

Pero me acuerdo ahora del hidalgo al que sirve brevemente el Lazarillo, que se desperdigaba migas sobre la pechera para sugerir que había almorzado aunque las tripas le gritaran de hambre. Como decía aquel anuncio de bourbon: en realidad, las cosas no cambian.


6 de enero

Trump ha invadido Venezuela. No es que haya cambiado tanto la actitud de Estados Unidos, que siempre han entendido el mundo como conjunto de territorios que explotar; recordemos Chile, Bolivia, Honduras, Granada, Panamá, Irak, y por supuesto todos esos ataques en países africanos que desde España entendemos aún menos y por eso les prestamos poca atención. Lo único que ha cambiado es que a la administración de Trump le da igual guardar las formas. Si Eisenhower ocultaba que la CIA había sido instrumental en el asesinato de Lumumba, Trump se enorgullece de sus fechorías e indica claramente que no es una cuestión de legalidad ni de democracia sino de los intereses puros y duros de su país. Él no enarbola el derecho, muchos menos los derechos humanos, sino la fuerza. Al menos, sabemos a qué atenernos.

¿Le sucederá a Trump como al doctor Frankenstein, que esté poniendo en marcha una fuerza que escapará a su control y lo destruirá? No sucede siempre con los mundos monstruosos creados por los experimentos dictatoriales. Franco y Stalin murieron en la cama.


Leo las primeras reacciones de la derecha española, cómo intentan instrumentalizar el desastre para atacar a su némesis y vuelvo a pensar que no tienen absolutamente nada que ofrecer al país y por eso se dedican a embarrarlo todo, porque una vez que se ensucien todos los que están en el terreno, es más difícil distinguir quiénes son.

Ni una medida económica con cabeza, ni una medida social, ni una idea sólida de la política internacional que les gustaría defender. Tenemos a la peor derecha de la historia; y eso que el listón estaba muy alto. O muy bajo, según se mire.


Leyendo de forma alterna Política sexual y Viaje al manicomio, de Kate Millett. Me encanta cómo, en el primero, desvela la fanfarronería ridícula y misógina de Henry Miller y Norman Mailer –nunca me interesó ninguno de los dos, tampoco cuando Miller era mirado como un pope de la liberación sexual–. Ambos me parecían vagamente repulsivos sin que en la época en la que los leí –era jovencísimo– tuviese las herramientas para comprender y explicar por qué.

También me ha entusiasmado la contraposición que hace entre Ruskin y Stuart Mill a través de sus ensayos sobre la situación de la mujer. El primero, un liberal aparentemente bondadoso y a la vez, diríamos hoy, machista; el segundo de una valentía considerable al enfrentarse a las concepciones de su tiempo y al defender de manera radical la igualdad entre hombres y mujeres. Nunca ocultó el papel esencial en esos escritos de su mujer Harriet Taylor y de su hija Helen. En España lo publicó Emilia Pardo Bazán y escribió un interesante artículo sobre el ensayo. Leí el ensayo hace años y me pareció admirable no solo la reflexión, también su valentía al enfrentarse a la gente biempensante de la época y al reventar el consenso liberaloide. Por supuesto, Ruskin tuvo más éxito.

¿No sucede lo mismo ahora, que los libros que triunfan son los más complacientes, aquellos que nos dan exactamente lo que esperamos?

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Mohammad Bakri: la partida del padrino del cine palestino

Por: Lora Abuaita

En el verano de 2021, mientras una nueva chispa de dignidad encendía las calles de Palestina, tomé una decisión. Marqué el número de Mohammad Bakri. «Necesitamos ver Jenin, Jenin aquí, en Beit Sahour», le dije. Mi ciudad, otrora símbolo de resistencia pacífica, navegaba entonces un letargo político profundo. Su respuesta no fue la de un artista distante, sino la de un compañero de ruta: «Vamos». No era una invitación a proyectar un documental, era una convocatoria para ejercer la memoria como acto de presencia.

Proyectar Jenin, Jenin en cualquier parte nunca fue un acto inocente. La película, filmada entre los escombros humeantes de la masacre de 2002, era y es un artefacto de verdad explosiva. Por ella, Bakri fue sometido a un acoso judicial sistemático por parte del Estado de Israel, que lo demandó por «difamación». Durante años, convirtió los tribunales en una extensión de su activismo, defendiendo con terquedad serena el derecho de las víctimas a contar su historia. Aquella lucha no era solo suya, era la de todo un pueblo por no ser borrado del relato. Invitarlo era invitar a esa sombra larga de valor y controversia.

Tras la proyección en un café cultural, intenté cederle el escenario. Me miró, con un cigarrillo entre los dedos –siempre tenía uno–, y sacudió la cabeza. «¿Por qué yo solo? Levantaos todos. Somos una sola familia». Rechazó el monólogo. Prefirió una mesa al aire libre, rodeada de sillas desordenadas, cafés, cervezas y el humo constante de sus cigarrillos. Allí, entre historias y debates, el símbolo se disolvió. En su lugar apareció el hombre: curioso, atento, con una risa gruesa que acortaba distancias. Nos dio una lección magistral sin dar un discurso: la comunidad creativa es una familia, no un panteón de estrellas solitarias.

Mohammad Bakri
Fotograma de Jenin, Jenin (2003), de Mohammad Bakri.

Bakri era, en todos los sentidos, el padrino. Su legado más íntimo florecía en su propio hogar, donde crió a una nueva generación de artistas —actores y cineastas— que heredaron no solo su talento, sino su compromiso inquebrantable con la narración palestina. Su vida familiar y profesional eran un único tejido: la construcción de una identidad resiliente y profundamente humana desde el corazón del conflicto. Desde su papeles icónicos en Hannah K. (1983) y en Invitación de boda (Wajib) (2017), hasta su dirección en Jenin, Jenin, su carrera fue un mapa de la complejidad palestina, negándose siempre al papel plano del mártir o el militante.

Un mes después, volvió a Beit Sahour para presentar otra película. Tras la proyección, la conversación derivó hacia el movimiento de presos políticos. Entonces, sin transición, él cambió. Su cuerpo se encogió, su voz se tornó un hilo tembloroso. Interpretó, durante menos de sesenta segundos, a una madre visitando a su hijo encarcelado: «Ve y llama a mi hijo. ¿Dónde está mi hijo?». Por aquel entonces había perdido tanto peso que costaba reconocerle.

El aire se quebró. Un llanto colectivo, crudo y catártico, nos envolvió. En ese instante, Bakri no actuaba. Encarnaba. Era un canal puro del dolor colectivo. Nos demostró que su mayor talento no era para la pantalla, sino para tocar el nervio más vivo de nuestra realidad.

Desde que supe de su partida, un bucle se repite en mi teléfono: su último mensaje de voz. Una voz ronca por el tabaco, cargada de calidez y una curiosidad infinita: «Es bonita Granada. Yo estuve allí una vez… Avísame cuando vuelvas, que te echo mucho de menos. Y si puedo, iré yo a Granada». Era la promesa de un padre de que seguiría construyendo puentes, manteniendo viva la charla. Un hombre con las raíces profundamente clavadas en la tierra de Palestina, pero con la mirada siempre puesta en el horizonte, en el próximo encuentro, en la siguiente historia por contar.

Mohammad Bakri ha dejado un vacío de arquitecto. No solo el artista ha muerto, ha muerto el padre que protegía el relato, el testigo que se plantaba ante los tribunales, el hombre que convertía una mesa de café en un santuario de pertenencia. Pero su legado es indestructible. Vive en la mirada de una nueva generación de artistas, en su familia, en el valor de cada joven que levanta una cámara en Gaza o Yenín, y en el compromiso de quienes, desde la diáspora, seguimos contando. Nos enseñó que la patria no es solo un lugar, sino el espacio que creamos cuando nos sentamos, como familia, a compartir el peso de la memoria y el humo de un cigarrillo. Su lucha terminó. La nuestra, la que nos encomendó, acaba de recibir su lección más dolorosa y bella.

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Las variaciones Jarmusch

Por: Manuel Ligero

Como en un ejercicio de escritura creativa, Jim Jarmusch toma en su última película unos pocos elementos fijos para elaborar tres historias diferentes en torno a las relaciones familiares. Los combina, los confronta, los explora detalladamente, los cambia de sitio para hacer brotar una nueva interpretación o un nuevo sentimiento. Los músicos llaman a eso «variaciones» –seguro que conocen las famosas «variaciones Golberg» de Bach– y consiste en tomar una melodía y empezar a jugar con ella, alterando el ritmo, la armonía y la textura. Sobre una misma base establecida surgen de repente inesperadas sensaciones. Eso es lo que Jarmusch hace brotar en Father Mother Brother Sister, una película compuesta por tres historias autoconclusivas e independientes (aunque no del todo).

Con esta cinta logró alzar el León de Oro en el Festival de Venecia y lo hizo contra pronóstico. En la sección oficial había un puñado de títulos que conmocionaron al público (como ocurrió con La voz de Hind, ovacionada durante 22 minutos) o que encandilaron a la crítica (que escribió maravillas de las últimas películas de Yorgos Lanthimos, Park Chan-wook o Benny Safdie). Pero ganó Jarmusch, replicando quizás el mismo modelo utilizado un año antes con Almodóvar y La habitación de al lado: ¿son sus mejores películas? Pues no, pero son buenas, ellos son unos maestros y queremos hacerles un reconocimiento, pensaría el jurado. Nada que objetar.

La base melódica, por así decir, de Father Mother Brother Sister, son unos padres, unos hijos, una visita esporádica, un reloj Rolex (verdadero o falso, no se sabe), unos patinadores callejeros y una sensación de extrañamiento (marca de la casa) que se resume en «Spooky», la canción de Dusty Springfield que abre y cierra la película. «Siempre me tienes adivinando, parece que nunca sé lo que estás pensando», entona la cantante británica. Sobre ese pie Jarmusch construye sus variaciones en un sutil ejercicio de polisemia: los mismos elementos sugieren diferentes estados de ánimo.

Por ejemplo, los patinadores que se cruzan con los hijos cuando van camino de ver a sus padres pueden significar anhelo, sorpresa, nostalgia o todo a la vez. El tono de las visitas a los padres también varía, abarcando un amplio espectro de eso que se llama «comedia incómoda», hilarante en el caso de Tom Waits y más cáustica en el de Charlotte Rampling. Completan el reparto Adam Driver (habitual en los últimos filmes de Jarmusch, incluida esa obra maestra titulada Paterson), Mayim Bialik, Cate Blanchett (cuyo poder de transformación nunca dejará de sorprendernos), Vicky Krieps, Indya Moore, Luka Sabbat y Françoise Lebrun. Todos espléndidos en la interpretación de los diferentes matices de una partitura que se basa en un malestar sordo y, paradójicamente, graciosísimo.

‘Father Mother Sister Brother’, de Jim Jarmusch.
Vicky Krieps y Cate Blanchett bajo la estricta mirada de Charlotte Rampling. YORICK LE SAUX / VAGUE NOTION

La incomodidad (que es una excusa para reflexionar sobre las relaciones familiares) tiene su origen en el poco contacto que hijos y padres tienen entre sí, en las pocas cosas que tienen que decirse, en las muchas preguntas que no se atreven a hacer explícitamente y que quedan flotando en mitad de unas conversaciones banales. Los hijos, en la edad adulta, descubren que no conocen realmente a sus padres. Parte de su crianza, de hecho, se basa en ese ocultamiento protector. Y todas las familias del mundo, absolutamente todas, saben de lo que está hablando Jarmusch. No tiene por qué tratarse de grandes tragedias, ese no es el escenario habitual de sus películas. Todo es mucho más mundano, también mucho más profundo.

El cine de Jarmusch, poblado de personajes raros y fuera de sitio, transcurre en «no-lugares» que, curiosamente, resultan agradables. Al menos desde fuera. El tiempo se detiene en un taxi o en una cafetería (como en Noche en la tierra o en Café y cigarrillos) y brotan silencios y conversaciones triviales (sobre la calidad del agua que bebemos, por ejemplo) entre gente que nunca acaba de encajar del todo en el mundo que le rodea.

Lo fundamental, en todas sus películas, es que ama a sus personajes. Incluso aquellos a los que deja en mal lugar (y en Father Mother Sister Brother hay unos cuantos) son retratados con simpatía. Puedes tener a un padre un poco golfo o a una madre un tanto fría y Jarmusch nunca planteará un explosivo choque generacional entre los viejos y su prole. Los quiere a todos, con sus dudas, sus extravagancias y sus mezquindades. Hay un mensaje ahí, ¿no?

Feliz Navidad.


‘Father Mother Sister Brother’, de Jim Jarmusch, se estrena en cines el 24 de diciembre.

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Cine y música: "Flores para Antonio"

Por: Discos Ruidosos

 

Flores para Antonio

Viernes 12 de diciembre, 17:00 h

Yelmo Imaginalia, Albacete

Entradas: €

 


Flores para Antonio.

Sinopsis:

Una hija se dispone a buscar la verdad sobre quién fue su padre, un músico legendario, fallecido cuando ella tenía 8 años. Él es Antonio Flores, ella la actriz Alba Flores. Alba dejó de cantar al perder a Antonio y ahora se dispone a recuperar su voz y su historia, preguntando por primera vez a sus familiares y amigos.

Dirigido por: Isaki Lacuesta y Elena Molina.

 

 

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Cine y música: "Hasta que me quede sin voz"

Por: Discos Ruidosos

 

Hasta que me quede sin voz

Viernes 12 de diciembre, 18:30 – 20:30 y 22:15 h

Filmoteca Albacete

Entradas: general 3€ / reducida 2,50€  

 


El músico Leiva narra en primera persona un retrato crudo y sin artificios de la espiral de frenetismo vital que atraviesa, y concede un acceso insólito a su vida. Un problema irreversible en una cuerda vocal desafía de manera constante el presente y el futuro de un Leiva que no concibe otra opción que seguir. Hasta que se quede sin voz

 

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‘Belén’: “Esta historia es el fuego de todas”

Por: Paloma Navarro

La película argentina está basada en un hecho real: una mujer fue presa por un aborto espontáneo. La actriz Dolores Fonzi la retoma y cuenta cómo un nombre anónimo se volvió bandera de una lucha que todavía incomoda al poder.

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‘Buscando a Pedro Baigorri’, cocinero y guerrillero

Por: Manuel Ligero

Hay personas que viven vidas «de película». Una de ellas es, sin duda, Pedro Baigorri, un hombre que cocinó para Franco, participó en los movimientos revolucionarios de su tiempo y acabó siendo asesinado en una emboscada en la selva colombiana. El periodista y cineasta Unai Aranzadi presenta ahora un documental sobre su azarosa vida: Buscando a Pedro Baigorri. El estreno tendrá lugar mañana, en el cine Maldà de Barcelona, dentro del marco del XXII Festival de Cine y Derechos Humanos.

«La película habla del sentido de la lucha, de la clandestinidad y de las raíces, en muchos casos, cristianas de eso de sacrificarse cual “Cristo con un fusil al hombro”, que diría Kapuscinski», explica su director. Aranzadi ha dedicado a esta historia casi 20 años de investigación que le han llevado a Cuba, Francia, Venezuela, España, México, Suecia y Colombia tras la pista de Baigorri.

Todo empezó en Navarra, en la década de 1950. Baigorri era hijo de guardia civil y se crió en diferentes casas cuartel hasta que, gracias a sus dotes de cocinero, fue contratado en el Hotel María Cristina de San Sebastián. Trabajando allí, fue llevado al buque Azor para cocinar para el mismísimo Francisco Franco. Aunque políticamente hablando no podía estar más alejado del dictador. Tanto, que en 1959 se marcharía a Francia para eludir el servicio militar obligatorio.

En la capital francesa comienza su etapa guerrillera, en las filas del Frente de Liberación Nacional argelino. Luego se traslada a la meca revolucionaria de la época: Cuba. Allí trabó amistad con los hermanos Castro y con el Che Guevara. Tras unos años de trabajo en la isla, hace un curso de guerrillas y es enviado a Colombia. En ese país todos sus proyectos revolucionarios fracasan y, finalmente, es asesinado en 1972 a manos del Ejército colombiano. En la trampa que le tendieron cayeron otros tres compañeros de armas, pero uno sobrevivió. Unai Aranzadi consiguió entrevistarlo antes de su muerte.

Por su documental desfilan varias personas que conocieron y trabajaron junto a Baigorri, como su paisano Lucio Urtubia (célebre anarquista exiliado como él en París), el escritor y guerrillero Alfredo Molano o el fotógrafo mexicano Rodrigo Moya (cuya hermana fue pareja de Baigorri).

Recomponer la historia del chef y revolucionario navarro ha sido una tarea muy ardua. Tras su martirio en Colombia se perdió toda pista de él, hasta el punto de que no se sabía muy bien si se trataba de una leyenda o era un personaje real. Pero era muy real. El primero que empezó a tirar del hilo fue Fermin Munarriz, periodista de Gara que en 2005 se propuso rastrear sus huellas a la manera tradicional: agarró la guía telefónica y empezó a llamar a todos los Baigorris navarros hasta que dio con su hermano Pablo, compositor de textos en la rotativa del Diario de Navarra durante más de 40 años. Gracias a él, la historia de Baigorri empezó a tomar forma.

Pedro Baigorri
Pablo Baigorri muestra una foto de su hermano mayor en sus últimos años de vida. UNAI ARANZADI

El documental será presentado mañana al público por el propio director, que se refiere a su obra como algo concienzudo y artesanal, «hecho con pocos medios, pero con mucho fondo». Aranzadi, reportero de guerra y colaborador habitual de La Marea, ha recibido premios en festivales de cine de Houston, México, Italia, Barcelona o Bahía entre otros. En la presentación de su nueva película le acompañarán los hermanos y sobrinos de Baigorri.


‘Buscando a Pedro Baigorri’ se estrena mañana, 6 de diciembre, en el Cinema Maldà de Barcelona, a las 18.00 horas.

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Cine y música: "Honkytonk Man"

Por: Discos Ruidosos

 

Honkytonk Man

Jueves 4 de diciembre, 20:30 h 

Filmoteca Albacete

Entradas: general 3€ / reducida 2,50€ 

 


Proyección de Honkytonk Man (El aventurero de medianoche), película dirigida y protagonizada por Clint Eastwood.

Red Stovall (Clint Eastwood) es un cantante de country alcohólico que se gana la vida cantando en bares cutres y miserables. Su gran sueño es llegar a tocar en el legendario programa Grand Ole Opry. Así emprende un emotivo viaje con su sobrino (Kyle Eastwood) que lo lleva desde Oklahoma a Nashville, donde le han concedido una audición.

 

 

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Albinaren gomendioak: ‘A Wong Foo, ¡Gracias por todo! Julie Newmar’

Por: Albina Stardust

Ikusi duzue ‘A Wong Foo, ¡Gracias por todo! Julie Newmar’ pelikula?

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Un ‘Frankenstein’ sin sombras

Por: Manuel Ligero

Hay algo terriblemente incómodo en la reciente versión de Frankenstein dirigida por Guillermo del Toro, y no es precisamente el hecho que tanto ha dado que hablar: que el monstruo sea guapo y tenga las facciones de Jacob Elordi. Eso, podría decirse, es una legítima apuesta artística que, bien mirada, tiene incluso algo de sugestivo. No, no es eso. Lo que molesta en la versión de Del Toro es el hecho de haber renunciado a las sombras. Pero vamos a explicarnos.

En el cine actual todo se ve estupendamente. Cada detalle del decorado (o del fondo generado por ordenador) está perfectamente iluminado y contrastado. Todo brilla, a veces con una intensidad cegadora, lo que propicia que todas las películas acaben pareciéndose a un videojuego. Ya no se filma en aquel viejo y delicado celuloide que había que manejar con manos expertas para no quemarlo ni dejarlo en penumbras. Iluminar bien, en su justa medida, contribuyendo al espíritu de la historia que se quería contar, era un arte delicadísimo que fue desarrollado durante siglos por los maestros de la pintura y que heredaron los pioneros de la fotografía y del cine.

El manejo de la luz, tan sutil entonces, tan difícil en el cine por tratarse éste, esencialmente, de un proceso químico, es bastante grosero hoy en día. Grosero por su abundancia y, sobre todo, por su uniformidad: todas las iluminaciones pasan por los mismos procesos informáticos para ser corregidas e igualadas. Todas las luces son idénticas, sobre todo en las grandes producciones. Son iguales en cantidad (siempre demasiada) y en calidad (ya no hay matices). Todo tiene que ser perfecto, entendiendo por perfección esa nitidez extrema que los malos fotógrafos buscan siempre en sus fotos, confiando en el mejor objetivo y en el mejor sensor electrónico de la mejor cámara del mercado. ¿Resultado? Una ordinariez. Superdefinida, pero ordinariez al fin y al cabo. Ya lo dijo Henri Cartier-Bresson: «La nitidez es un concepto burgués».

No le pedimos al Frankenstein de Guillermo del Toro una iluminación como la de Barry Lyndon –porque eso sería como pedirle a cualquiera que agarrara un boli que escribiera Guerra y paz–, pero sí un poco más de naturalidad y un poco menos de esa perfección mal entendida, y también un poco menos de convencionalismo. En la actualidad hay un etalonaje, convencional hasta la náusea, que consiste en iluminar con tonos naranjas los interiores y con tonos azules los exteriores para contraponer la calidez del hogar a la frialdad de la intemperie. Y todo con ese brilli-brilli digital que, por repetitivo y anodino, se ha vuelto absolutamente insoportable. Esta ramplonería recorre el Frankenstein de Del Toro de principio a fin. Y aun así, no es lo peor de la película. Lo peor, repetimos, es que ha renunciado a las sombras.

¿Se imaginan a alguien diciéndole a Caravaggio: «Miguel Ángel, coño, mete un foco ahí detrás, que no se ve»? Pues eso, que era el gran defecto de la televisión en sus primeros años, y que no era voluntario sino que estaba motivado por limitaciones técnicas, es lo que ahora se ve habitualmente en las producciones de Hollywood. Ese hecho de querer iluminarlo todo tiene en este Frankenstein una vocación jactanciosa. Es como poner un neón parpadeante que diga: «No te pierdas ni un detalle de este gótico y fastuoso diseño de producción». Un subrayado (vulgar, como todos los subrayados en el cine) que afecta directamente al corazón narrativo de esta historia: la falta de sombras elimina cualquier posibilidad de terror, incluso de misterio.

Frankenstein
Oscar Isaac interpreta al doctor Victor Frankenstein en la versión de Guillermo del Toro. KEN WORONER / NETFLIX

Como ya se explicaba en Cautivos del mal (1952), si el monstruo no se ve da más miedo. Todo el mundo conoce la anécdota de Tiburón (1975): un fallo mecánico hizo imposible que hubiera planos demasiado explícitos del escualo, lo que contribuyó a que fuera más aterrador. Si apartas la cámara en el momento álgido de una escena especialmente violenta –como hace Tarantino en el célebre rebanamiento de oreja de Reservoir dogs (1992)–, el impacto sobre la audiencia se multiplica, porque lo que pueda poner ahí la imaginación del espectador será siempre muchísimo peor que lo que pueda ser percibido por el ojo. Una vez visto, el terror queda acotado y empieza a ser manejable. Ejemplos hay muchos, pero, en este caso, ninguno más oportuno que el que nos brinda la propia Mary Shelley en la novela original: allí apenas hay descripciones del monstruo. «Es tan verdaderamente espantoso, es tan horrible —como explicaba el catedrático Antonio Ballesteros González— que no tiene descripción posible». Por eso «los contemporáneos de Shelley leyeron esta obra con profundo terror, y así lo demuestran las reseñas que se hicieron en aquel tiempo». Como dice el Tao Te Ching, «lo visible construye la forma, pero lo invisible le otorga el valor».

Pero hablamos de una película, claro, y la criatura de Frankenstein tiene que verse en algún momento. Con los rasgos rectilíneos y expresionistas de Boris Karloff o con los más viscosos y repulsivos de Christopher Lee, el monstruo, forzosamente, tiene que verse. Y aquí es donde Del Toro toma por primera vez una decisión artística audaz: convertir a ese engendro remendado en un Adonis con cicatrices. Y no sólo eso, además lo dota de superpoderes. Físicamente es Superman; psicológicamente, por el maltrato al que lo somete su creador, es El hombre elefante (1980). En cuanto a estética, es como si a uno de los estudios anatómicos de Leonardo da Vinci le colocara la cabeza de un busto frenológico. Recuerda poderosamente al imponente doctor Manhattan de Watchmen (2009), más incluso que al cómic de Bernie Wrightson en el que Del Toro confiesa que se ha inspirado. ¿Traiciona el original de Shelley? Absolutamente, pero al menos se aparta del trilladísimo camino formal que transita durante todo el filme.

Frankenstein
La apolínea criatura concebida por Del Toro para su Frankenstein. KEN WORONER / NETFLIX

De hecho, podría decirse que la traición más penosa no la comete ahí sino cuando simplifica el relato original, como si el público no fuera lo suficientemente inteligente para entender su complejidad. Los personajes de la novela son buenos y malos a la vez. Son inocentes y culpables al mismo tiempo. Una vez más, las luces y las sombras. «He asesinado a seres encantadores e indefensos; he estrangulado a inocentes criaturas mientras dormían, y he apretado la garganta de quien no me había hecho daño a mí ni a ser humano alguno», confiesa el monstruo de Shelley. El de Del Toro, en cambio, es un ser de luz, más bueno que el pan (en fondo y forma). Y Victor Frankenstein, el atormentado científico de la novela, el hombre que juega a ser Dios y que acarrea el peso insoportable de la culpa, en esta película no es más que un cretino, sin cambios ni arco narrativo. No hay matices. Hay buenos y hay malos, y ambos están perfectamente delimitados. La alta definición, ay, llega hasta ahí. Todo está clarísimo. Todo se ve. Pues vale. ¿Y?


‘Frankenstein’, de Guillermo del Toro, se estrenó en salas el pasado 20 de octubre y también está disponible en la plataforma de Netflix.

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Costa-Gavras: “Para mí la política es el comportamiento que tenemos todos los días con los demás”

Por: Manuel Ligero

Esta entrevista con Costa-Gavras se publicó originalmente en #LaMarea106. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y seguir apoyando el periodismo independiente.

En 2018, una fake new consiguió colarse en las redes sociales de grandes medios de comunicación como el New York Times o el Washington Post: Costa-Gavras había muerto. El bulo resultaba plausible por la avanzada edad del cineasta, que se tomó aquello con humor: «Lo prometo: cuando me muera, avisaré a todo el mundo». Hoy, en Madrid, en una deliciosa mañana de primavera, el director greco-francés, de 92 años, nos recibe haciendo gala del mismo humor afable y sencillo para presentar su película más reciente (nadie se atreve a decir todavía «su última película»): El último suspiro. Trata, precisamente, de la muerte, pero de la muerte como celebración de la vida. De la muerte digna, apacible, indolora que pueden proporcionar los cuidados paliativos. Es un tema que, por razones obvias, le apela directamente, aunque viéndolo nadie lo diría.

Costa-Gavras se esfuerza en hablar español por dos razones: la primera, porque quiere mantener su mente ágil, y la segunda, por la propia dulzura de su carácter. Se esfuerza por resultar cercano a sus interlocutores. Siempre fue así, desde que empezó a chapurrear el idioma hace 65 años, cuando aún era ayudante de dirección y vino a rodar a Torrevieja. «Yo pensaba que con mi escaso español y un poco de francés me haría entender, pero la script girl me dijo: “Para ya. Los técnicos quieren partirte la cara. No entienden nada”», recuerda riendo. «Fue un electricista el que me tomó bajo su protección y me dijo: “Yo te ayudo. Yo te voy a enseñar español”. Virgilio se llamaba. Nunca lo olvidaré. Aquella película [Hola, Robinson, de 1960] no pasará a la historia del cine, pero hicimos una amistad extraordinaria. Así es como España empezó a formar parte de mi vida. Luego conocí a Jorge Semprún… y todo lo demás».

Con ese escueto «todo lo demás» se refiere a Z (1969), La confesión (1970) y Sección especial (1974), las tres obras maestras que escribieron juntos. Con ellas vinieron los premios, el reconocimiento internacional, la consagración de sus carreras. Aunque a Costa-Gavras no le gusta la palabra «carrera». «Los que hacen carrera son los militares y los políticos», dice tirando de ironía. «Nosotros contamos historias. Escribimos para la gente, como ustedes, los periodistas. Es más una pasión que una carrera. Yo cuento historias que me tocan profundamente. Y las cuento con todas las consecuencias: pueden interesar al público o no. Puedo quedar como un idiota o resultar interesante, pero es lo que me gusta hacer. Y creo que esto se lo debo a mi padre, que participó en dos guerras y tuvo una vida muy difícil, llena de aventuras, y le encantaba contar historias. Ese placer de contar historias me ha perseguido desde siempre».

Aquella no fue la única herencia paterna: como hijo de opositor al régimen (su padre era radicalmente antimonárquico), no se le permitió matricularse en la universidad en Grecia, por lo que hizo las maletas con 19 años y se marchó a París a estudiar. De entrada, literatura en la Sorbona; más tarde, cine en el Instituto de Altos Estudios de Cinematografía. Trabajó como ayudante de dirección de Henri Verneuil, Jacques Demy y René Clément. En los años sesenta ya estaba listo para contar sus propias historias, lo que consiguió hacer gracias al apoyo de dos amigos (y camaradas) muy queridos: Yves Montand y Simone Signoret.

Las historias de Costa-Gavras han versado sobre el poder, la tiranía, el colaboracionismo, la resistencia, la justicia, el trabajo, las finanzas… Pero hay un tema muy concreto que le interesa especialmente desde que se puso detrás de una cámara por primera vez: «La relación de mi generación con el comunismo», admite.

La izquierda contra Stalin

«La lucha de Stalin contra Hitler fue fundamental», nos cuenta el cineasta. «En la batalla de Stalingrado, Hitler perdió 500.000 soldados y aquello a nosotros nos pareció algo extraordinario. Luego, poco a poco, nos fuimos dando cuenta de la verdad, cesó aquel entusiasmo por Stalin y yo me propuse contar lo contrario». Lo hizo explícitamente en La confesión, en la que adaptaba el libro del checoslovaco Artur London, exbrigadista durante la guerra civil española, superviviente de los campos de concentración nazis y viceministro de Asuntos Exteriores que fue víctima de la purga estalinista organizada alrededor del llamado «proceso Slansky». Aquella película, que mostraba los crueles interrogatorios a los que fueron sometidos los acusados, fue severamente criticada por los comunistas ortodoxos. A pesar de todo, Yves Montand, que se dejó la piel interpretando a London (perdió 12 kilos durante el rodaje para darle verosimilitud a su torturado personaje), también recibió telegramas de felicitación por parte de muchos militantes. La película se cerraba con la imagen de una pintada real en mitad de la trágica Primavera de Praga de 1968: «Lenin, despierta. Se han vuelto locos».

«La confesión se estrenó en España cuando aún vivía Franco y cambiaron algunos diálogos en el doblaje –explica Costa-Gavras–. London dice en la película: “Yo sigo siendo comunista”. Y explica por qué, pero eso en España no se oyó. La película no iba en contra de la ideología del comunismo sino contra Stalin y lo que hizo con esta ideología. ¿Qué es el comunismo? Yo no lo sé, porque nunca ha habido una auténtica aplicación».

Los comunistas fieles a Moscú le acusaron de venderse a los americanos, pero les cerró la boca con su siguiente título: Estado de sitio (1973). Simone Signoret contaba en sus memorias lo que significó esta película: «Desmonta y pone a la luz el funcionamiento de la CIA en América Latina. Con la ayuda de Allende rodó esta película en Chile antes de que Chile cayera. Nunca nadie ha mostrado un film-documento tan terrorífico y tan riguroso sobre la CIA». Era lógico, claro, que Costa-Gavras se ocupara de saldar cuentas con la dictadura chilena en Desaparecido (1982), con la que ganó la Palma de Oro en Cannes y el Oscar al mejor guion. Después se atrevió también con el conflicto palestino-israelí en Hannah K. (1983), una película que volvió a encender la polémica: narraba la historia de un palestino que quiere recuperar su casa familiar y de la abogada judía que lo defiende. La cinta, tras las protestas israelíes, fue retirada abruptamente de la cartelera estadounidense.

«En un cierto momento, Arafat hizo amistad con Isaac Rabin. Ambos llegaron a un acuerdo para parar el conflicto, pero mataron a Rabin y la situación desde entonces es peor y peor, hasta llegar al terrible estado actual», expone el director. «Rodamos Hannah K. con actores y técnicos israelíes y palestinos. Todos juntos. Pasé mucho tiempo allí y el tema me afectó mucho. Llegué a entrevistarme con 12 alcaldes palestinos y todos decían lo mismo: queremos paz, una relación directa con Israel, nada de violencia… Todo eso se acabó. Murió. Es una tragedia».

Costa-Gavras
Ángela Molina abraza a Costa-Gavras durante el rodaje de El último suspiro, calificada por la crítica como «su mejor película en 20 años». WANDA FILMS

En 2021 Costa-Gavras publicó un libro junto a Edwy Plenel, entonces director de Mediapart, titulado Todas las películas son políticas. Es algo que cree realmente y lo aplica incluso a un título tan íntimo y reflexivo como El último suspiro. «La política no es votar por la izquierda, por el centro o por la derecha cada cuatro años –explica–. Para mí la política es el comportamiento que tenemos todos los días con los demás, cómo nos tratamos, cómo nos cuidamos unos a otros. Esta relación continua es la política. Vivir todos juntos en una ciudad es una manera de hacer política. Y hacer cine o teatro implica también una relación. Lo que usted va a escribir, este triángulo que ahora tenemos usted, yo y sus lectores es completamente político. No podemos escapar de eso».


‘El ultimo suspiro’, de Costa-Gavras, se estrenó en cines el pasado mes de abril y se encuentra ya disponible en la plataforma de Movistar+.

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María Luisa Elío, una autora “sorprendentemente contemporánea” exiliada en el franquismo

Por: Millanes Rivas

La artista visual Celia Viada rescata en su documental 'Volver a casa tan tarde' la historia de una escritora y actriz olvidada, a pesar de que realizó su propia película autobiográfica, estrenada en 1961, y que fue una de las personas que inspiró 'Cien años de soledad'.

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