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Mohammad Bakri: la partida del padrino del cine palestino

Por: Lora Abuaita

En el verano de 2021, mientras una nueva chispa de dignidad encendía las calles de Palestina, tomé una decisión. Marqué el número de Mohammad Bakri. «Necesitamos ver Jenin, Jenin aquí, en Beit Sahour», le dije. Mi ciudad, otrora símbolo de resistencia pacífica, navegaba entonces un letargo político profundo. Su respuesta no fue la de un artista distante, sino la de un compañero de ruta: «Vamos». No era una invitación a proyectar un documental, era una convocatoria para ejercer la memoria como acto de presencia.

Proyectar Jenin, Jenin en cualquier parte nunca fue un acto inocente. La película, filmada entre los escombros humeantes de la masacre de 2002, era y es un artefacto de verdad explosiva. Por ella, Bakri fue sometido a un acoso judicial sistemático por parte del Estado de Israel, que lo demandó por «difamación». Durante años, convirtió los tribunales en una extensión de su activismo, defendiendo con terquedad serena el derecho de las víctimas a contar su historia. Aquella lucha no era solo suya, era la de todo un pueblo por no ser borrado del relato. Invitarlo era invitar a esa sombra larga de valor y controversia.

Tras la proyección en un café cultural, intenté cederle el escenario. Me miró, con un cigarrillo entre los dedos –siempre tenía uno–, y sacudió la cabeza. «¿Por qué yo solo? Levantaos todos. Somos una sola familia». Rechazó el monólogo. Prefirió una mesa al aire libre, rodeada de sillas desordenadas, cafés, cervezas y el humo constante de sus cigarrillos. Allí, entre historias y debates, el símbolo se disolvió. En su lugar apareció el hombre: curioso, atento, con una risa gruesa que acortaba distancias. Nos dio una lección magistral sin dar un discurso: la comunidad creativa es una familia, no un panteón de estrellas solitarias.

Mohammad Bakri
Fotograma de Jenin, Jenin (2003), de Mohammad Bakri.

Bakri era, en todos los sentidos, el padrino. Su legado más íntimo florecía en su propio hogar, donde crió a una nueva generación de artistas —actores y cineastas— que heredaron no solo su talento, sino su compromiso inquebrantable con la narración palestina. Su vida familiar y profesional eran un único tejido: la construcción de una identidad resiliente y profundamente humana desde el corazón del conflicto. Desde su papeles icónicos en Hannah K. (1983) y en Invitación de boda (Wajib) (2017), hasta su dirección en Jenin, Jenin, su carrera fue un mapa de la complejidad palestina, negándose siempre al papel plano del mártir o el militante.

Un mes después, volvió a Beit Sahour para presentar otra película. Tras la proyección, la conversación derivó hacia el movimiento de presos políticos. Entonces, sin transición, él cambió. Su cuerpo se encogió, su voz se tornó un hilo tembloroso. Interpretó, durante menos de sesenta segundos, a una madre visitando a su hijo encarcelado: «Ve y llama a mi hijo. ¿Dónde está mi hijo?». Por aquel entonces había perdido tanto peso que costaba reconocerle.

El aire se quebró. Un llanto colectivo, crudo y catártico, nos envolvió. En ese instante, Bakri no actuaba. Encarnaba. Era un canal puro del dolor colectivo. Nos demostró que su mayor talento no era para la pantalla, sino para tocar el nervio más vivo de nuestra realidad.

Desde que supe de su partida, un bucle se repite en mi teléfono: su último mensaje de voz. Una voz ronca por el tabaco, cargada de calidez y una curiosidad infinita: «Es bonita Granada. Yo estuve allí una vez… Avísame cuando vuelvas, que te echo mucho de menos. Y si puedo, iré yo a Granada». Era la promesa de un padre de que seguiría construyendo puentes, manteniendo viva la charla. Un hombre con las raíces profundamente clavadas en la tierra de Palestina, pero con la mirada siempre puesta en el horizonte, en el próximo encuentro, en la siguiente historia por contar.

Mohammad Bakri ha dejado un vacío de arquitecto. No solo el artista ha muerto, ha muerto el padre que protegía el relato, el testigo que se plantaba ante los tribunales, el hombre que convertía una mesa de café en un santuario de pertenencia. Pero su legado es indestructible. Vive en la mirada de una nueva generación de artistas, en su familia, en el valor de cada joven que levanta una cámara en Gaza o Yenín, y en el compromiso de quienes, desde la diáspora, seguimos contando. Nos enseñó que la patria no es solo un lugar, sino el espacio que creamos cuando nos sentamos, como familia, a compartir el peso de la memoria y el humo de un cigarrillo. Su lucha terminó. La nuestra, la que nos encomendó, acaba de recibir su lección más dolorosa y bella.

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