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Salarios, sindicatos e izquierdas

Por: Fernando Luengo

Tres mentiras, repetidas hasta la saciedad, sobre el papel de los salarios en la economía.

La primera de estas mentiras nos dice que los costes laborales constituyen una pieza esencial de la competitividad de las empresas, de su presencia tanto en el mercado doméstico como en el internacional, de modo que su reforzamiento y la propia supervivencia de las mismas obligaría a la implementación de políticas de contención salarial. El segundo de los supuestos es tan atrevido como el primero, pues supone la existencia de una relación inversa entre los salarios y el nivel de ocupación; por lo que el mantenimiento y la creación de puestos de trabajo obligaría a moderar o en su caso reducir las retribuciones de las personas trabajadoras. En tercer lugar, esa contención sería condición imprescindible en el éxito de las políticas de reducción de la inflación y del mantenimiento de los precios en niveles bajos.

Si la evidencia empírica disponible apunta en una dirección muy distinta, si la complejidad de las relaciones económicas cuestionan abiertamente postulados tan simplistas, si, al contrario de lo que sostiene la economía convencional y dominante, el crecimiento de los salarios no sólo es compatible con la mejora de la competitividad de las empresas sino que es condición imprescindible de la misma, si el aumento de las retribuciones de los trabajadores supone una pieza clave de las políticas de creación de empleo, si el comportamiento de los precios trasciende con mucho la dinámica retributiva de los asalariados, si las denominadas políticas de austeridad salarial, además de ser injustas, además de ser un factor esencial en el aumento de la desigualdad, han tenido un efecto calamitoso sobre las dinámicas económicas, si las medidas de disciplina aplicadas sobre los salarios han penalizado sobre todo a los colectivos más débiles y, por esa razón, más vulnerables, dejando intactos los privilegios de los equipos directivos y las cúpulas empresariales… si todo esto es así, ¿por qué se insiste en la necesidad de implementar políticas de moderación salarial como condición sine qua non de una dinámica económica fuerte, saludable y sostenible? ¿Cuál es la razón de que este conjunto de falacias y lugares comunes continúe siendo una de las piedras angulares de la docencia en las facultades de Economía? ¿Qué explicación tiene que, tanto en coyunturas recesivas como de crecimiento, se repita una y otra vez el mantra de la contención salarial?

Yo lo tengo claro, más allá del razonamiento estrictamente económico –si es que tal cosa existe– detrás de esa retórica hay una estrategia política. Porque el triunfo de esa lógica, de esa deriva salarial, que, más allá de la coyuntura, se defiende con carácter estructural, representa, en primer lugar, el debilitamiento, el fracaso de las organizaciones sindicales, cuya razón de ser pasa necesariamente por exigir y conseguir la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Y, no hay que olvidarlo, el salario constituye la piedra angular de esa mejora: para la gran mayoría es su principal fuente de ingreso. Si los sindicatos mayoritarios renuncian a librar esa batalla o si la dan por perdida o si la pierden por no apostar decididamente por la movilización –presuponiendo, erróneamente, que el aumento de los niveles de ocupación se traduce automática y necesariamente en una mejora de los niveles salariales– queda cuestionada para muchos su razón de ser como sindicatos de clase.

Pero no sólo está la dimensión sindical. Hay una clave política que resulta asimismo imprescindible poner sobre la mesa. La institucionalización de la austeridad salarial, la centralidad de la misma en las estrategias económicas, su aceptación de facto no sólo debilita sino que contribuye a la deslegitimación de las izquierdas, que para muchos trabajadores pasan a formar parte del statu quo.

¿Nos preocupa el hasta ahora imparable ascenso de la extrema derecha y de las derechas extremas (que en aspectos fundamentales son lo mismo)? ¿Nos inquieta la desmovilización social ante el evidente ascenso de los fascismos? ¿Y el discurso de «todos son iguales» o «nada se puede hacer»? No hay respuestas fáciles, ni caben simplificaciones, pues son muchos los factores que pueden ayudar a explicar esa deriva, pero, como he querido plantear en las líneas precedentes, me parece en todo caso necesaria una reflexión acerca de las estrategias y las prácticas sindicales y políticas de las (denominadas) izquierdas.

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Trabajo a Tiempo Parcial y Austeridad Voluntaria: Algo básico en Economía Sostenible

Por: Pepe Galindo
Más gente, trabajando menos, para más felicidad: No necesitamos trabajar un tercio de nuestra vida.
Más gente, trabajando menos, para más felicidad: No necesitamos trabajar un tercio de nuestra vida.

En las sociedades opulentas de los países ricos sus ciudadanos trabajan mucho… los que tienen trabajo, pues en todos los países hay siempre gente sin empleo (algunos dicen que el pleno empleo no interesa a ciertos sectores de la sociedad).

¿Necesitamos trabajar tanto?

La respuesta no es evidente. Depende de muchos factores: la cantidad de dinero que queramos ganar es sólo uno más. Pero si el trabajo es escaso (como lo es, y más aún en épocas de crisis), lo más sensato es repartir el trabajo, y repartir los ingresos de dicho trabajo.

Esto conlleva una reducción de los ingresos de unas personas, y un aumento de los ingresos de otras. Con esto la sociedad en su conjunto se beneficia: Unos podrán tener unos ingresos mínimos, mientras otros tendrán que aumentar algo su austeridad. La austeridad voluntaria es una corriente denominada también como minimalismo existencial (sin necesidad de extremos como los de algunos famosos filósofos ascetas).

Los motivos para consumir menos y aprovechar mejor lo que ya tenemos son ya evidentes ante la dos crisis: económica y ambiental. Muchos proponen experimentos minimalistas, para ir asimilando poco a poco que necesitamos poco.

Como ciudadanos podemos aumentar nuestra austeridad voluntaria (cuidando que no nos afecte el perverso efecto rebote), pero repartir el trabajo es algo complicado de hacer sin contar con la colaboración de una legislación adecuada. ¿Qué puede hacer el gobierno de un país para caminar hacia el pleno empleo, la sostenibilidad, y reducir las crisis económica y ambiental? Muy fácil:

  • Reducir la jornada laboral general. Podría empezarse en algunos sectores, para ir avanzando paulatinamente. Habría que explicar que esto es para repartir mejor el empleo y la riqueza, con evidentes ventajas para toda la sociedad.
  • Fomentar el trabajo a Tiempo Parcial: Al menos, que el trabajador que lo desee pueda voluntariamente reducir su jornada laboral, repartiendo parte de su trabajo y sueldo con tanta gente sin trabajo. Podría empezarse por los funcionarios públicos, pero habría que llevar esta filosofía a todas las empresas: Esto facilitaría la conciliación de la vida personal y laboral, y aumentaría el número de gente con empleo. Esto no es apostar por el empleo precario: No es lo mismo cobrar poco por hora, que trabajar menos horas. Como han hecho empresas en Alemania, ante la crisis es mejor trabajar menos horas, que despedir a empleados.
  • Condonar parcialmente algunas hipotecas: La gente que se atenga a trabajar a tiempo parcial debería ver reducidas sus hipotecas proporcionalmente, especialmente aquellas hipotecas concedidas de forma irregular o abusiva, por el tiempo o por la cuantía. Es evidente que los bancos han abusado mucho de su poder de crear dinero con abusivas hipotecas en las que concedían más dinero del legal (dando dinero para comprar un coche, amueblar el piso…). Más vale perdonar deudas parcialmente, que aumentar la morosidad de un país.

Aquella gente que piensa que cobra poco, puede no gustarle la idea de cobrar menos, aunque sea a costa de trabajar menos. Pero hay que pensar que otros que no cobran nada, pasarán a cobrar algo, y que algo es más que nada (hablamos de economía y de solidaridad). Y también deberían pensar en una reducción de su hipoteca, y en otras ventajas: una sociedad más sostenible, más ecuánime, con mayor igualdad, con menos estrés, más salud, más tiempo libre…

También es cierto que trabajar a tiempo parcial implica trabajar más años para jubilarse y también influye en la pensión. Hablamos de repartir solidariamente, hasta la pensión, teniendo en cuenta que o afrontamos la crisis con medidas posibles y efectivas o, aunque salgamos de ella parcialmente, será para meternos en la GRAN CRISIS. Desde luego, este tipo de medidas no son más que “parches” al auténtico problema. Si buscas una revolución mayor, tal vez la encuentres en una entrada anterior de este blog como invitación a la reflexión y a la revolución.

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