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Cocina que vence el destierro

Por: Adriana Bertorelli

Este reportaje sobre la cocina saharaui se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea, dedicado íntegramente a la cultura del Sáhara Occidental. Puedes comprar la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.


Tuve hambre,
de pan, de paz,
y tus cantos me colmaron.
Zahra Hasnaui

La de la vida, la del amor, la de la muerte

Desde hace más de 40 años de exilio forzado en la inmensidad de una tierra tan inhóspita que se conoce como hamada, el desierto dentro del desierto, miles de personas celebran varias veces al día la ceremonia del té.

Este ritual es el hilo que zurce el tejido social. Es el triunfo del espíritu, de la dignidad. Una liturgia meticulosa y simbólica, sostenida en la paciencia, donde el oficiante elabora tres tazas a fuego lento: la primera, amarga como la vida; la segunda, dulce como el amor; la tercera, suave como la muerte.

Con ese vaso humeante de té verde, azúcar y hierbabuena fresca, los saharauis no solo combaten el clima, también honran la hospitalidad y la inquebrantable esperanza del retorno. Así, condensan entre sorbos pausados y espuma la filosofía de la resistencia.

La épica de lo cotidiano

La cocina saharaui es un arte de supervivencia. En sus casas de adobe sin agua corriente la mesa es sencilla, socorrida y comunal. Disponen de pequeños hornillos de gas, casi siempre en el suelo, aunque algunas familias gozan del privilegio de tener cocina y horno. Las neveras, a pesar de las temperaturas, son un lujo inexistente.

La vida familiar se congrega en el suelo, o alrededor de una mesa baja, y comen con las manos de un plato común. Su dieta es austera y sus condimentos básicos, ajenos a las especias de otras zonas del Magreb, como la canela o el azafrán, prefiriendo el arroz al cuscús.

El inventario de la escasez

Desde el exilio, en 1975, el pueblo saharaui ha sufrido cambios drásticos en su alimentación, con un déficit importante de alimentos frescos. Esta población sufre malnutrición crónica y registra la mayor tasa de celíacos del mundo, en torno al 6%. Desde entonces, las mujeres han asumido casi la totalidad del liderazgo operativo de los campamentos, convirtiéndose en la columna vertebral de la supervivencia, administrando la llegada de ayuda humanitaria y liderando las cooperativas.

Allí, donde el siroco abrasador y los suelos salinos, pedregosos, amenazan cada brote, la perseverancia ha forzado la tierra. Las granjas avícolas y los pequeños huertos donde cosechan patatas, remolachas, cebollas, berenjenas, zanahorias, naranjas, tomates o calabacines demuestran que la voluntad y la persistencia siembran el desierto.

Aunque el pollo es la proteína más presente en su dieta, la carne de dromedario sigue siendo de las más populares, junto con el cordero y la cabra –los únicos animales que logran sobrevivir–, y que por su coste suelen disfrutarse solo en festejos. Los dromedarios han sido pilar de la vida saharaui y, además de ser transporte, proporcionan carne y leche. Su sabor intenso, dicen, es como el de la carne de caza.

Además de la ayuda humanitaria y los huertos, también se adquieren alimentos en Tinduf, desde donde los saharauis completan la despensa familiar, según su capacidad económica. Asimismo, desde 2013, cuentan con una fábrica de pasta gracias a organizaciones solidarias andaluzas.

Cocina del desierto

Del escasísimo registro de la gastronomía saharaui destaca la disposición de Miguel Ángel Lozano, un bombero español que desde hace doce años pasa temporadas en el campamento de Smara y ha documentado recetas y costumbres en su canal de Instagram y YouTube «Cocina para bomberos».

Su proyecto solidario «Cocina del desierto», es un recetario autoeditado cuyos beneficios totales se destinan a la alimentación de la conocida como «Escuela de Castro», un centro de inclusión donde a diario enseñan a niños y jóvenes con discapacidades físicas o psíquicas a valerse por sí mismos. Su lema, inmenso, es un manifiesto contra la desesperanza: «Aquí no crecen plantas ni árboles, pero florecen personas».



Mreifisa de cordero

Receta para 4 personas

Este guiso también se hace con dromedario. Cuando los saharuis eran realmente nómadas, antes de la ocupación de sus tierras, podían hacerlo con el conejo que cazaban con trampas en el desierto.

Cocina que vence el destierro
© MIGUEL ÁNGEL LOZANO

Ingredientes:

  • 500 grs de carne de cordero troceada
  • 3 cebollas
  • 6 patatas pequeñas
  • 1 litro y medio de agua o caldo
  • Aceite de oliva
  • Sal
  • 1 pan tipo mollete, preferiblemente del día anterior

Preparación:

Se sala el cordero y se aparta. En una olla se pone el caldo o agua y se agrega una cebolla con sus tallos, un chorrito de aceite, sal, y se cuece a fuego lento. Mientras tanto, en otra cazuela se calienta aceite y se pochan dos cebollas cortadas en juliana. Cuando se transparenten, se agregan las patatas y al tomar color se añade el cordero, cociendo de 5 a 8 minutos, a fuego lento. Luego, se añade el caldo con la cebolla, quitándole los tallos, hasta que la carne y las patatas estén blandas, durante una hora aproximadamente. Para servir, se desmiga el pan en trozos medianos y se vierte encima el guiso para que absorba todos los sabores.

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Delicada y compleja como el aleteo de los pájaros

Por: Adriana Bertorelli

Dibujar un mundo terriblemente difícil de entender, y contarlo desde la óptica sutil e incómoda de su protagonista, es una de las infinitas grandezas de Los pájaros (publicado por Nórdica), de Tarjei Versaas, (Vinje, 1897-1970), uno de los escritores noruegos más importantes del siglo XX, varias veces precandidato al Nobel de Literatura.

Este clásico de la literatura noruega, publicado originalmente en 1957 y ahora traducido al castellano por primera vez (por Juan Gutiérrez-Maupomé, Bente Teigen y Mónica Sainz), narra a pinceladas el mundo alterado de Mattis, un hombre de mediana edad con discapacidad intelectual, y su relación con su hermana, Hege, tejedora por encargo y su única familia, con quien vive en medio de un bosque de abedules cerca de un lago en una zona rural.

Desde la perspectiva única de Mattis, dominada por percepciones sensoriales y que combina inocencia con fatalidad, siempre hay algo a punto de suceder: «Le parecía que, cuando pronunciaba la palabra rayo, una especie de curiosos surcos se formaban dentro de su cráneo, y eso le atraía. Los rayos que desgarraban el cielo le causaban un miedo mortal, por lo que jamás usaba esa palabra cuando el clima del verano era bochornoso y nublado». Busca darle un sentido al mundo, pero sin la capacidad para poder asumir estructuras sociales preconcebidas, lo que lleva a su inevitable aislamiento dejando en el aire el presagio de la pérdida, la fragilidad humana y la incomprensión.

Los pájaros
Portada de Los pájaros, de Tarjei Vesaas. NÓRDICA

Su monólogo interior, a ratos sofocante, lo hace cuestionar todas las decisiones que toma, pero, también, las que él cree que toman los demás. Por eso se desvive buscando simbolismos y significados ocultos tanto en la naturaleza como en las reacciones de la gente que lo rodea. Mattis tiene un sistema de creencias propio basado en sus miedos, supersticiones y convicciones absolutas, pero, a la vez, sujeto por unos hilos tan finos que jamás dependen de él mismo, sino del entorno.

También es atormentado por su miedo a las burlas, a que los demás se den cuenta de que él no es igual al resto y por el terror a ser abandonado por su hermana, con quien tiene una relación en constante fricción debido al agotamiento de ésta por la precariedad, pero, sobre todo, por la culpa que lo atraviesa. Culpa por depender totalmente de ella, porque es la única que lleva comida a casa con su trabajo, y culpa de no ser como los demás, pero, además, culpa por no poder serlo.

La narrativa de Los pájaros está cruzada por temas existenciales. La omnipresencia de la naturaleza en una dimensión simbólica y onírica es una invitación al silencio para poder percibir los olores, el sonido del vuelo de los pájaros, la agitación del agua y los cambios tenues, apenas perceptibles, de la naturaleza.

El encuentro con Anna e Inger, las muchachas que aparecen en el islote, y luego su trayecto a tierra firme, de gran belleza y de un simbolismo premonitorio, guarda vestigios de la mitología nórdica y evoca a las Nøkk o Nokken: criaturas temperamentales del folclore noruego que se describen como espíritus del agua que cambian de forma, muy complejas en sus interacciones con los humanos y que pueden guiar a los pescadores o encantarlos.

Evocativa y llena de elementos místicos, Los pájaros es una delicadísima y compleja pieza de artesanía. De esas que, no importa cuánto tiempo pase, siempre van a descubrir tesoros escondidos.

Esta reseña se publicó originalmente en El Periscopio, el suplemento cultural de La Marea. Puedes descargar gratuitamente la revista aquí o suscribirte para seguir apoyando el periodismo independiente.

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