La escasa presencia de música urbana, proyectos femeninos o propuestas vanguardistas en las salas de conciertos no responde solo a decisiones artísticas. Tiene que ver con una infraestructura sostenida casi en exclusiva por la hostelería y con un modelo de ocio heredado del desarrollismo turístico tardofranquista que los macrofestivales consolidaron en el siglo XXI. Hoy, ese esquema condiciona qué conciertos pueden ser viables y qué propuestas quedan fuera.Temas principal: Música
Leer artículo completo