🔒
Hay nuevos artículos disponibles. Pincha para refrescar la página.
✇Portal Libertario OACA

Más proletariado y menos obituarios: del fin de la clase obrera a su reconstrucción

Por: pegasus

Introducción

Durante décadas, parte del pensamiento crítico ha sostenido que el proletariado ha dejado de ocupar la posición histórica que desempeñó durante el largo ciclo del movimiento obrero, aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta la crisis del capitalismo fordista en los años setenta del siglo XX. La desindustrialización de las economías occidentales, la fragmentación del trabajo, la expansión del sector servicios, la precarización del empleo, la individualización de las relaciones laborales y la integración creciente de la vida social en la lógica del consumo han llevado a cuestionar la vigencia de la política de clase como horizonte estratégico de la emancipación.

En el ámbito libertario, la discusión es especialmente intensa. Autores como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós argumentan que las profundas transformaciones del capitalismo han erosionado las condiciones históricas que hicieron posible el movimiento obrero clásico. La desaparición de la cultura obrera, la integración institucional de las organizaciones sindicales, la disolución de las antiguas comunidades de trabajo y de barrio y la creciente colonización mercantil de la existencia habrían privado al proletariado de la centralidad política que desempeñó durante más de un siglo. La cuestión ya no sería únicamente la derrota de determinadas organizaciones, sino el agotamiento de un ciclo histórico en el que la clase trabajadora pudo constituirse como sujeto revolucionario.

El diagnóstico contiene elementos difíciles de discutir. Resulta evidente que el capitalismo contemporáneo ha transformado profundamente las condiciones de producción, la composición del trabajo asalariado y las formas tradicionales de organización de la clase obrera. También parece indudable que las experiencias históricas del movimiento obrero —socialdemócratas, comunistas, consejistas, sindicalistas revolucionarias y anarquistas— pertenecen a un contexto histórico que no puede reproducirse mecánicamente. Quien pretenda reconstruir las formas organizativas del siglo XX ignorando las mutaciones del capitalismo global caerá inevitablemente en el anacronismo.

Sin embargo, de estas constataciones no se desprende necesariamente la conclusión de que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Entre el reconocimiento de una derrota histórica y la afirmación de una imposibilidad histórica existe una diferencia decisiva. Que las formas políticas mediante las cuales el proletariado actuó durante un determinado período hayan entrado en crisis no implica que hayan desaparecido las relaciones sociales que hicieron posible su aparición. Menos aún autoriza a concluir que la contradicción entre capital y trabajo haya perdido su carácter estructurante dentro del capitalismo contemporáneo.

La hipótesis que orienta este artículo es precisamente la contraria. La reorganización mundial del capitalismo iniciada en la década de 1970 no ha eliminado el fundamento material del proletariado, sino que lo ha transformado y ampliado a una escala desconocida hasta entonces. La desindustrialización relativa de Europa y Norteamérica ha coincidido con una extraordinaria expansión del trabajo asalariado en Asia, América Latina, África y Europa oriental; la fragmentación de los procesos productivos ha ido acompañada por una integración cada vez más intensa del mercado mundial; y la diversificación de las formas de empleo no ha reducido la dependencia salarial, sino que la ha extendido a nuevos sectores de la población.

Es crucial distinguir dos planos: crisis de conciencia de clase,  organizaciones obreras y formas históricas de la política proletaria, por un lado, y, por otro, la persistencia de condiciones objetivas que hacen posible la existencia de una clase definida por la necesidad de vender su fuerza de trabajo para vivir.

El propósito de este trabajo no consiste, por tanto, en negar la profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero durante las últimas décadas ni en idealizar unas formas de organización cuya crisis es evidente. Tampoco pretende defender una concepción esencialista del proletariado como sujeto predestinado de la historia. Su objetivo es más limitado, pero también más preciso: examinar si las transformaciones experimentadas por el capitalismo justifican realmente la conclusión de que la clase trabajadora ha perdido definitivamente toda potencialidad revolucionaria o si, por el contrario, la crisis afecta principalmente a las formas históricas de su organización y no a la posición estructural que continúa ocupando dentro de las relaciones de producción.

Responder a esta cuestión exige desplazar el análisis desde el espacio restringido de las sociedades occidentales hacia el capitalismo mundial realmente existente. Sólo desde esa perspectiva resulta posible valorar hasta qué punto la expansión planetaria del trabajo asalariado, las nuevas migraciones internacionales, la reorganización de las cadenas globales de producción y la aparición de nuevas formas de explotación modifican —o confirman— la hipótesis clásica según la cual la contradicción entre capital y trabajo continúa constituyendo el eje fundamental de las sociedades capitalistas.

El capitalismo tardío, obsoleto en su promesa de bienestar general, se aferra a la supervivencia mediante una deriva hacia la economía de guerra. Cuando la rentabilidad de la producción civil se agota, se reactivan ciclos de gasto militar, priorización de la seguridad y excepcionalidad permanente que disciplinan a la sociedad y reconfiguran las prioridades públicas. Este régimen, criminal en sus efectos, externaliza costes —ambientales, humanos y democráticos— mientras convierte el miedo y el conflicto en nuevos nichos de acumulación. En ese horizonte, la precarización del trabajo y la disolución del papel del proletariado como sujeto político no son fallos del sistema, sino condiciones de posibilidad para un modelo que necesita población disponible, desorganizada y vigilada, al servicio de una maquinaria que produce valor a través de la destrucción.

El proletariado como relación social y no como figura histórica

El debate sobre la vigencia del proletariado suele partir de los cambios del capitalismo contemporáneo para luego extraer conclusiones sociológicas. Conviene, antes, fijar el concepto: el proletariado no es una figura histórica particular —el obrero fabril fordista— sino una posición en las relaciones sociales de producción.

Desde este punto de vista, resulta significativo que buena parte de las tesis sobre la crisis del proletariado tomen como referencia una figura histórica muy concreta: el obrero industrial, concentrado en grandes establecimientos fabriles, organizado sindicalmente, integrado en barrios obreros relativamente homogéneos y portador de una cultura colectiva construida a lo largo de más de un siglo de luchas sociales. Esa figura existió y desempeñó un papel decisivo en la historia del movimiento obrero europeo. Pero identificarla con el proletariado en cuanto tal supone convertir una experiencia histórica determinada en una definición universal.

Marx nunca procedió de ese modo. A lo largo de El capital, la condición proletaria no aparece caracterizada por un oficio, una rama industrial o una forma específica de organización del trabajo. Lo que define al proletario es su posición dentro de las relaciones sociales de producción. El trabajador es proletario porque carece de medios propios para producir y reproducir su existencia y, por ello, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo al propietario del capital. Esta definición posee un grado de abstracción suficiente para abarcar formas de trabajo extraordinariamente diversas y explica, precisamente por ello, la enorme capacidad de adaptación del capitalismo a contextos históricos cambiantes.

La distinción no es un simple problema terminológico. De ella depende toda la interpretación posterior. Si se identifica el proletariado con la gran clase obrera industrial surgida durante el capitalismo fordista, resulta relativamente sencillo concluir que hoy nos encontramos ante su declive. Si, por el contrario, se entiende el proletariado como una relación social determinada por la dependencia salarial y la expropiación de los medios de producción, entonces la cuestión cambia completamente de naturaleza. Ya no se trata de preguntar si la vieja figura del obrero industrial continúa siendo mayoritaria, sino de averiguar si el desarrollo del capitalismo ha reducido o ampliado el número de personas cuya existencia depende de la venta de su fuerza de trabajo.

La respuesta parece bastante clara. Durante las últimas cinco décadas, el capitalismo ha conocido una expansión extraordinaria de las relaciones salariales. No porque haya mejorado las condiciones de vida de quienes trabajan, sino porque ha incorporado a la producción mercantil regiones enteras del planeta que hasta entonces permanecían parcialmente al margen de ella. El proceso de urbanización acelerada que ha acompañado a la globalización económica constituye, probablemente, el mayor movimiento de proletarización de toda la historia.

Conviene detenerse un momento en este aspecto, porque suele quedar oscurecido por una mirada excesivamente centrada en la experiencia europea. Desde finales de los años setenta, cientos de millones de campesinos abandonaron las economías rurales para incorporarse a la producción capitalista. La industrialización de China representa el ejemplo más conocido, pero no el único. Procesos similares, aunque de menor intensidad, pueden observarse en Vietnam, Bangladés, India, Indonesia, México o Etiopía. En todos estos casos, asistimos a la formación de enormes concentraciones de trabajadores asalariados cuya existencia social responde exactamente a la definición clásica del proletariado.

Lo que desaparece, por tanto, no es el proletariado, sino una determinada geografía industrial. La deslocalización productiva suele interpretarse desde Europa como un fenómeno de desindustrialización, cuando en realidad constituye una redistribución internacional de la producción. Las fábricas que cerraban en el norte del continente reaparecían, ampliadas en muchos casos, en el delta del río Perla, en las zonas económicas especiales chinas, en los corredores industriales del sudeste asiático o en las maquilas centroamericanas. El capital abandonaba unos territorios para instalarse en otros, pero seguía dependiendo del trabajo asalariado como condición indispensable de su valorización.

Este desplazamiento geográfico tiene consecuencias importantes para la teoría social. Si el análisis permanece encerrado dentro de las fronteras europeas, la impresión de que el proletariado se desvanece resulta comprensible. Los viejos barrios obreros desaparecen, las grandes factorías reducen plantilla, los sindicatos pierden afiliados y el empleo industrial deja paso a actividades terciarias. Sin embargo, esa imagen cambia radicalmente cuando el marco de observación deja de ser nacional o continental y pasa a ser mundial. Lo que aparece entonces no es una reducción de la clase trabajadora, sino su extraordinaria expansión, acompañada de una reorganización profunda de la división internacional del trabajo.

En este punto conviene introducir una matización importante. Reconocer que el proletariado ha aumentado numéricamente no significa negar que hayan cambiado las condiciones bajo las cuales puede constituirse como sujeto político. Sería absurdo ignorar que la fragmentación productiva, la precarización del empleo, la individualización de las relaciones laborales o la dispersión territorial dificultan enormemente la construcción de organizaciones estables y de identidades colectivas comparables a las que caracterizaron al movimiento obrero clásico. Pero, precisamente por ello, resulta necesario distinguir cuidadosamente entre la existencia objetiva de una clase y las formas históricas que adopta su organización política.

La confusión entre ambos planos ha acompañado con frecuencia las discusiones de las últimas décadas. Allí donde desaparecen las viejas organizaciones obreras, se tiende a concluir que ha desaparecido también la clase que las hizo posibles. Sin embargo, la relación puede formularse exactamente al revés. Quizás lo que ha entrado en crisis no sea el proletariado, sino las formas organizativas heredadas de una fase determinada del desarrollo capitalista. Si esta hipótesis fuera correcta, el problema político dejaría de consistir en encontrar un nuevo sujeto revolucionario y pasaría a ser el de comprender cómo puede reorganizarse una clase que continúa existiendo bajo condiciones profundamente modificadas.

Esta cuestión nos conduce directamente al núcleo del debate. Porque, en realidad, la discusión no gira únicamente en torno a la sociología del trabajo contemporáneo. Lo que está en juego es la interpretación misma de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero durante las últimas décadas. Y es precisamente ahí donde las tesis de Ibáñez y Amorós muestran, a mi juicio, sus principales limitaciones.

La derrota del movimiento obrero y la ilusión de su desaparición

La cuestión adquiere un relieve diferente cuando se deja de considerar únicamente la evolución del trabajo asalariado y se examina la trayectoria histórica del movimiento obrero. Es aquí donde, probablemente, reside el origen del diagnóstico pesimista que recorre buena parte del pensamiento crítico contemporáneo. Porque resulta difícil negar que las organizaciones que durante más de un siglo articularon la experiencia política de la clase trabajadora atraviesan una crisis de enorme profundidad. Los grandes sindicatos se han institucionalizado, los partidos obreros han abandonado hace tiempo cualquier horizonte de transformación social, la cultura proletaria que caracterizó amplias zonas industriales prácticamente ha desaparecido y las sucesivas derrotas sufridas desde finales de los años setenta han debilitado la confianza en la capacidad del conflicto social para alterar el curso del capitalismo.

Todo ello constituye un hecho histórico que ninguna interpretación seria puede ignorar. Sin embargo, reconocer esa derrota no obliga necesariamente a aceptar las conclusiones que con frecuencia se derivan de ella. Entre la constatación de una derrota política y la afirmación de que el proletariado ha dejado de ocupar un lugar central en el capitalismo existe un salto argumentativo que rara vez se justifica de manera suficiente.

Quizás convenga recordar una evidencia elemental. Las clases sociales no desaparecen porque sean derrotadas. Si así fuera, habría que concluir que la burguesía dejó de existir cada vez que perdió el poder político en algún proceso revolucionario o que la aristocracia desapareció inmediatamente después de las revoluciones liberales. Las clases no se definen por el éxito o el fracaso de sus organizaciones, sino por la posición que ocupan dentro de las relaciones sociales de producción. Las derrotas modifican la correlación de fuerzas, destruyen instituciones, interrumpen tradiciones políticas e incluso alteran profundamente la conciencia colectiva, pero no transforman por sí mismas la estructura fundamental de las relaciones sociales.

Esta observación resulta especialmente pertinente cuando se analiza la evolución del capitalismo desde la década de 1970. La ofensiva neoliberal no consistió únicamente en una serie de reformas económicas. Fue, ante todo, una gigantesca operación política dirigida a quebrar el poder acumulado por el movimiento obrero durante el ciclo abierto tras la Segunda Guerra Mundial. Las derrotas de los mineros británicos, la reconversión industrial en buena parte de Europa, la flexibilización del mercado de trabajo, la deslocalización productiva o la creciente sumisión de la economía a las finanzas no fueron procesos independientes entre sí. Formaron parte de una estrategia de reorganización del capitalismo cuyo objetivo consistía precisamente en debilitar la capacidad de negociación y de resistencia de la clase trabajadora.

Resulta paradójico que el éxito de esa ofensiva haya terminado interpretándose, en ocasiones, como la prueba de que el proletariado ha dejado de existir o de que habría perdido toda relevancia histórica. En realidad, podría sostenerse exactamente la tesis contraria. Si el capital desplegó semejante esfuerzo para transformar la organización del trabajo, desplazar la producción hacia otras regiones del planeta, fragmentar las plantillas y precarizar el empleo fue precisamente porque seguía considerando que la concentración obrera constituía uno de los principales límites para su proceso de acumulación. La reorganización del capitalismo no demuestra la desaparición del conflicto entre capital y trabajo; constituye una respuesta a ese conflicto.

En este punto conviene detenerse un momento en las implicaciones del propio concepto de reorganización capitalista. El capitalismo no modifica continuamente sus formas de producción por un simple afán de innovación tecnológica. Cada transformación importante responde, al menos en parte, a la necesidad de superar obstáculos surgidos durante el ciclo anterior de acumulación. La mecanización respondió a la necesidad de incrementar la productividad; el fordismo permitió organizar la producción en masa; la deslocalización facilitó la reducción de costes laborales; la logística global hizo posible coordinar procesos productivos dispersos geográficamente. Ninguna de estas transformaciones elimina el trabajo asalariado. Todas buscan reorganizarlo de una manera más favorable para la acumulación del capital.

Quizás por ello resulte más adecuado hablar de una crisis de las formas históricas del movimiento obrero que de una crisis del proletariado como clase. Las organizaciones que surgieron alrededor de la gran industria fordista respondían a unas condiciones muy determinadas: relativa estabilidad del empleo, concentración de miles de trabajadores en un mismo espacio productivo, continuidad de las relaciones laborales y existencia de comunidades obreras relativamente cohesionadas. Cuando esas condiciones desaparecen o se modifican profundamente, las formas organizativas heredadas dejan de funcionar con la misma eficacia. Pero de ahí no se deduce que desaparezca la clase cuya existencia dio origen a dichas organizaciones.

La historia ofrece numerosos ejemplos de esta diferencia. El sindicalismo revolucionario de comienzos del siglo XX no fue idéntico al cartismo inglés, ni este coincidía con las formas de organización artesanal anteriores a la Revolución Industrial. Cada transformación del capitalismo produjo nuevas formas de conflicto y exigió nuevas respuestas organizativas. Nadie habría concluido, por ello, que la clase trabajadora dejaba de existir cada vez que una de esas formas históricas entraba en crisis. Resulta extraño que hoy se acepte con relativa facilidad una conclusión semejante.

Todo ello obliga a replantear la cuestión inicial. Quizás la pregunta pertinente no sea si el proletariado continúa siendo idéntico al que protagonizó las grandes luchas obreras del siglo XX. Evidentemente, no lo es. Tampoco el capitalismo contemporáneo se parece al capitalismo analizado por Marx en la Inglaterra victoriana. La verdadera cuestión consiste en determinar si las transformaciones experimentadas durante las últimas décadas han alterado la relación fundamental entre capital y trabajo o si, por el contrario, únicamente han modificado las formas bajo las cuales esa relación continúa reproduciéndose.

Responder a esta pregunta exige abandonar la mirada eurocentrista y examinar el desarrollo del capitalismo como un sistema mundial. Sólo entonces resulta posible valorar hasta qué punto la aparente desaparición del proletariado constituye un fenómeno real o, más bien, un efecto de perspectiva derivado de observar únicamente una parte del proceso. La clase no muere: el capital la reconstruye.

Ahora bien, reconocer la profundidad de esa transformación no obliga a concluir que la propia posibilidad de una política de clase haya desaparecido. Significa, más bien, que las condiciones sobre las cuales dicha política deberá rehacerse son radicalmente distintas de las existentes durante buena parte del siglo XX. La diferencia es importante porque desplaza el centro del problema. Ya no se trata de decidir si el proletariado existe o no existe, sino de comprender por qué una clase objetivamente más numerosa encuentra tantas dificultades para reconocerse como tal y para dotarse de formas estables de organización.

En realidad, esta cuestión no debería sorprender. La historia del capitalismo puede leerse, en buena medida, como una historia de los esfuerzos realizados por el capital para impedir que la asociación impuesta en el proceso productivo se transforme en colaboración política contra el propio capital. Cada avance importante del movimiento obrero ha sido seguido por intentos de reorganizar la producción de tal modo que dificultara nuevas formas de solidaridad. La introducción de maquinaria, la división científica del trabajo, la descentralización productiva, la automatización, la externalización o la economía de plataformas no responden únicamente a exigencias técnicas. Constituyen también formas de organización del trabajo que modifican la capacidad de los trabajadores para actuar colectivamente.

Desde esta perspectiva, la fragmentación contemporánea del trabajo adquiere un significado diferente. No expresa el final de la contradicción entre capital y trabajo, sino una determinada forma de gestionarla. El capital no fragmenta el trabajo porque este haya dejado de ser conflictivo; lo fragmenta precisamente porque sigue siéndolo. La dispersión de las plantillas, la proliferación de empresas auxiliares, la contratación temporal o la individualización de las relaciones laborales reducen el poder de negociación de quienes trabajan y dificultan la construcción de identidades colectivas. La fragmentación no constituye la prueba de que el proletariado haya desaparecido, sino una estrategia de dominio sobre un proletariado cuya potencial capacidad de resistencia continúa siendo percibida como un problema por el propio capital.

Llegados a este punto aparece con claridad una diferencia de enfoque que atraviesa todo el debate. Allí donde algunos análisis contemplan la fragmentación del trabajo como el certificado de defunción del proletariado, cabría interpretarla, por el contrario, como una respuesta histórica del capitalismo frente a la persistencia del conflicto de clase. En el primer caso, la conclusión es inevitablemente pesimista: desaparecido el sujeto, solo quedan resistencias dispersas y luchas parciales. En el segundo, el problema adquiere un carácter muy distinto. La cuestión deja de ser la inexistencia de la clase y pasa a ser la búsqueda de nuevas formas de organización capaces de responder a las condiciones creadas por la reestructuración capitalista.

Esta diferencia no es simplemente teórica. Afecta directamente a la práctica política. Las categorías con las que se interpreta la realidad condicionan también las posibilidades que se consideran abiertas. Si se parte de la premisa de que el proletariado pertenece definitivamente al pasado, resulta lógico dirigir la atención hacia otros sujetos sociales y abandonar la perspectiva de una política de clase. Si, por el contrario, se entiende que la clase trabajadora continúa constituyendo el fundamento material del capitalismo contemporáneo, aunque profundamente transformada, la cuestión estratégica cambia por completo. El desafío ya no consiste en sustituir al proletariado por nuevos sujetos históricos, sino en comprender cómo puede recomponerse una conciencia colectiva allí donde el capital ha hecho todo lo posible por impedirla.

Esta observación permite volver, finalmente, al punto de partida del artículo. La cuestión decisiva no consiste en negar las profundas transformaciones sufridas por el capitalismo desde la década de 1970. Esas transformaciones son reales y han alterado radicalmente el paisaje social sobre el que actuó el movimiento obrero clásico. Lo discutible es convertir esos cambios en la prueba de que las relaciones fundamentales del capitalismo han dejado de existir. Porque, precisamente cuando el trabajo asalariado alcanza una extensión mundial sin precedentes, declarar agotada la categoría de proletariado parece describir menos la realidad objetiva del capitalismo que la experiencia histórica de una derrota política cuya importancia nadie debería subestimar, pero cuya explicación no puede buscarse en la supuesta desaparición de la clase que la ha sufrido.

Esta hipótesis no es meramente abstracta. Las experiencias de la autonomía obrera en Italia entre finales de los sesenta y los setenta —del ‘otoño caliente’ a la autoorganización difusa en fábrica y territorio— y los ciclos asamblearios y anarcosindicales en España durante la Transición mostraron que la asociación impuesta en la producción puede devenir participación política sin mediación de partido, mediante organización desde abajo en taller, barrio y cadenas logísticas.

Las consecuencias políticas de un diagnóstico

Hasta aquí se ha sostenido que las transformaciones experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan a hablar de la desaparición del proletariado como clase social. La expansión mundial del trabajo asalariado, la reorganización geográfica de la producción y la persistencia de la relación capital–trabajo parecen apuntar, más bien, en la dirección contraria. Sin embargo, la importancia de esta discusión no radica únicamente en una cuestión de exactitud conceptual. Lo verdaderamente relevante son las consecuencias políticas que se derivan de uno u otro diagnóstico.

Las categorías teóricas nunca son neutrales. No constituyen simples instrumentos descriptivos, sino formas de ordenar la experiencia histórica y, por tanto, de delimitar el horizonte de lo políticamente posible. Cuando se modifica la manera de comprender una realidad social, cambian también las estrategias que se consideran razonables para intervenir sobre ella. En este sentido, la discusión sobre el proletariado desborda ampliamente el terreno de la sociología y se sitúa de lleno en el de la teoría política.

Si se acepta que el proletariado ha dejado de desempeñar un papel estructural en el capitalismo contemporáneo, la consecuencia lógica consiste en abandonar toda estrategia fundada sobre la organización de clase. La emancipación deja entonces de concebirse como el resultado de un conflicto que nace de las propias relaciones de producción y pasa a depender de una pluralidad de resistencias cuya articulación aparece siempre como un problema abierto. La política revolucionaria pierde así el punto de apoyo que había orientado históricamente al movimiento obrero y tiende a desplazarse hacia una multiplicidad de luchas parciales, valiosas sin duda en sí mismas, pero cuya convergencia ya no encuentra un fundamento material evidente.

No se trata de cuestionar la legitimidad ni la importancia de esas luchas. El feminismo, el ecologismo, las movilizaciones antirracistas, los conflictos por la vivienda o la defensa de los servicios públicos expresan contradicciones reales del capitalismo contemporáneo y han enriquecido notablemente el horizonte de la crítica social. El problema aparece cuando esas luchas son concebidas como sustitutos del conflicto entre capital y trabajo, y no como dimensiones específicas de una sociedad cuya estructura continúa organizada alrededor del proceso de acumulación del capital.

En realidad, el capitalismo no constituye una simple suma de dominaciones independientes entre sí. La explotación del trabajo sigue siendo el mecanismo mediante el cual se reproduce el conjunto del sistema. Ello no significa que todas las formas de opresión puedan reducirse mecánicamente a la explotación económica, pero sí implica reconocer que la acumulación del capital continúa organizando el espacio dentro del cual aquellas adquieren sus formas históricas concretas. Prescindir de esta relación supone correr el riesgo de analizar las distintas manifestaciones de la dominación como si existieran al margen del modo de producción que las articula.

Quizás sea esta una de las principales diferencias entre una crítica del capitalismo y una crítica de determinadas consecuencias del capitalismo. La primera intenta comprender la lógica que organiza el conjunto de las relaciones sociales; la segunda corre el riesgo de limitarse a combatir algunos de sus efectos más visibles sin alcanzar el principio que los produce. El problema no reside, por tanto, en ampliar el campo de las luchas emancipadoras, sino en evitar que esa ampliación termine disolviendo el análisis de las relaciones de clase en una pluralidad de conflictos desconectados entre sí.

Desde esta perspectiva, el desplazamiento teórico que puede observarse en una parte del pensamiento libertario durante las últimas décadas adquiere un significado particular. La crisis del movimiento obrero tradicional ha favorecido una comprensible desconfianza hacia las formas organizativas heredadas del siglo XX. Esa desconfianza ha estimulado una búsqueda constante de nuevos sujetos, nuevas prácticas y nuevas modalidades de intervención política. Sin embargo, en ocasiones esa búsqueda parece haber ido acompañada de un progresivo alejamiento respecto del análisis de las relaciones de producción. La crítica del trabajo ha terminado sustituyendo a la crítica del capital, y la reflexión sobre las transformaciones culturales del capitalismo ha ocupado el lugar que antes correspondía al estudio de su estructura económica.

No deja de resultar paradójico que este desplazamiento se produzca precisamente cuando el capital alcanza un grado de concentración y de centralización desconocido hasta ahora. Nunca las grandes corporaciones habían acumulado tanto poder económico, nunca las cadenas de producción habían adquirido una dimensión tan global y nunca la dependencia salarial había afectado a una parte tan amplia de la población mundial. En estas condiciones, renunciar al análisis de clase equivale, en cierto modo, a aceptar como definitiva una de las principales victorias ideológicas del neoliberalismo: la idea de que el capitalismo habría dejado de organizar la sociedad alrededor del conflicto entre quienes poseen los medios de producción y quienes solo poseen su capacidad de trabajar.

No parece casual que esta interpretación se haya difundido precisamente después de la derrota histórica sufrida por el movimiento obrero occidental. Toda derrota importante produce inevitablemente una crisis de las categorías con las que los vencidos habían interpretado el mundo. La historia del pensamiento revolucionario ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno. Tras cada gran fracaso surge la tentación de atribuir la derrota no a la correlación histórica de fuerzas, sino a la invalidez del propio sujeto que la protagonizó. Sin embargo, una explicación de este tipo transforma un acontecimiento histórico en una supuesta necesidad estructural y convierte una derrota contingente en una conclusión teórica permanente.

Quizás sea este el punto en el que conviene introducir una última reflexión. Ninguna clase social posee garantizada de antemano una misión histórica. La existencia del proletariado no asegura por sí misma la revolución, del mismo modo que la existencia de la burguesía no garantizó automáticamente el triunfo de las revoluciones liberales. La historia no conoce sujetos providenciales. Pero reconocer este hecho no obliga a negar que determinadas clases ocupen posiciones estructurales desde las cuales pueden cuestionar el orden existente. La capacidad revolucionaria no nace de una esencia metafísica atribuida al proletariado, sino de la contradicción objetiva que enfrenta al capital con quienes producen la riqueza social y, sin embargo, permanecen separados de los medios que la hacen posible.

Por ello, el problema central de nuestro tiempo no consiste en encontrar un sujeto que sustituya al proletariado, sino en comprender las formas concretas bajo las cuales el proletariado del siglo XXI puede reconstruir su capacidad de acción colectiva. La cuestión estratégica no ha cambiado tanto como a veces se afirma. Lo que ha cambiado son las condiciones históricas en las que esa estrategia deberá desarrollarse.

Las migraciones internacionales y la producción de un nuevo proletariado global

Existe un fenómeno que, por sí solo, basta para poner en cuestión las tesis sobre la supuesta desaparición del proletariado: las grandes migraciones internacionales de trabajadores que caracterizan el capitalismo contemporáneo. Si el proletariado hubiera dejado de constituir el fundamento del sistema económico, resultaría difícil explicar por qué cientos de millones de personas abandonan sus países para incorporarse, casi siempre en las condiciones más precarias, a los mercados de trabajo de las economías más desarrolladas o de los nuevos polos de acumulación.

Las migraciones actuales no constituyen un fenómeno marginal ni una simple consecuencia humanitaria de guerras o catástrofes naturales. Forman parte del propio funcionamiento del capitalismo global. La libre circulación de mercancías, de capitales y de inversiones convive con un estricto control de la movilidad de la fuerza de trabajo. Esa contradicción no es accidental. El capital necesita trabajadores móviles, pero no necesariamente trabajadores con derechos. La existencia de una amplia masa de población migrante sometida a una permanente inseguridad jurídica constituye uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales se presionan a la baja los salarios y se debilita la capacidad de negociación del conjunto de la clase trabajadora.

Desde finales del siglo XX, Europa occidental, Estados Unidos y Canadá han recibido sucesivas oleadas migratorias procedentes de América Latina, el Magreb, África subsahariana, Europa oriental, Oriente Próximo y Asia. Estos trabajadores se concentran, de manera predominante, en aquellos sectores caracterizados por una elevada intensidad de trabajo, bajos salarios y escasa protección laboral: agricultura intensiva, construcción, hostelería, limpieza, cuidados, reparto a domicilio, logística, trabajo doméstico o determinadas ramas de la industria alimentaria y manufacturera.

La elección de estos sectores no responde a una preferencia cultural ni a una supuesta falta de cualificación. Responde a la posición estructural que el capitalismo asigna a una mano de obra cuya vulnerabilidad jurídica facilita formas de explotación mucho más intensas que las soportadas por el resto de los trabajadores. La irregularidad administrativa, la dependencia del permiso de residencia respecto del contrato de trabajo, el miedo constante a la expulsión o la amenaza permanente del desempleo convierten al trabajador migrante en una fuerza de trabajo especialmente disciplinada.

En este sentido, la figura del trabajador «sin papeles» representa una de las expresiones más acabadas del proletariado contemporáneo. Carece, en muchos casos, no sólo de propiedad sobre los medios de producción, sino incluso de los derechos civiles más elementales que permiten negociar en condiciones mínimamente igualitarias la venta de su fuerza de trabajo. Su situación revela con especial claridad la asimetría constitutiva de la relación salarial bajo el capitalismo.

Estados Unidos ofrece un ejemplo especialmente significativo. Millones de trabajadores procedentes de México, Centroamérica y otros países latinoamericanos sostienen sectores enteros de la agricultura, la construcción, la restauración o la industria cárnica. Sin embargo, esos mismos trabajadores viven bajo una permanente amenaza de deportación. Las campañas periódicas contra la inmigración irregular, la militarización de la frontera con México, las redadas policiales o el endurecimiento de la legislación migratoria no eliminan esa fuerza de trabajo. Al contrario, contribuyen a mantenerla en una situación de vulnerabilidad que beneficia directamente a numerosos sectores empresariales. La criminalización del inmigrante cumple así una función económica además de política: producir trabajadores fácilmente explotables mediante el miedo constante a perder el derecho mismo a permanecer en el país.

Una lógica semejante puede observarse en buena parte de Europa. Las fronteras exteriores de la Unión Europea se han convertido en espacios de creciente militarización mientras numerosos sectores económicos dependen estructuralmente del trabajo migrante. La agricultura intensiva del sur de España e Italia, los invernaderos, la recogida de fruta, la construcción, el trabajo doméstico o la atención a personas dependientes difícilmente podrían mantenerse sin una mano de obra procedente de África, América Latina, Europa oriental o Asia.

La contradicción resulta evidente. Los mismos Estados que levantan muros, externalizan el control de fronteras y desarrollan políticas de persecución contra la inmigración irregular necesitan simultáneamente incorporar cientos de miles de trabajadores para sostener sectores enteros de su economía. La inmigración aparece oficialmente como un problema de seguridad, mientras funciona realmente como un componente esencial del mercado laboral.

Todavía más extrema resulta la situación en los países del Golfo Pérsico. Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Baréin han construido una parte muy importante de su crecimiento económico mediante el trabajo de millones de migrantes procedentes de India, Pakistán, Bangladés, Nepal, Filipinas o Sri Lanka. Durante décadas, el sistema de patrocinio conocido como kafala subordinó jurídicamente al trabajador a su empleador hasta el punto de impedirle cambiar libremente de empleo o abandonar el país sin autorización. Aunque algunos Estados han introducido reformas parciales en los últimos años, numerosas organizaciones internacionales y sindicatos siguen documentando jornadas extenuantes, impago de salarios, confiscación de pasaportes, alojamiento indigno y graves restricciones de derechos que sitúan a muchos trabajadores en condiciones próximas a la servidumbre por deudas o a formas contemporáneas de trabajo forzado.

La preparación del Mundial de Fútbol de Catar puso esta realidad bajo el foco internacional. Miles de trabajadores migrantes participaron en la construcción de estadios, carreteras, líneas de metro y grandes infraestructuras en condiciones extremadamente duras. Lo relevante para el argumento aquí desarrollado no es únicamente la gravedad de esos abusos, sino lo que revelan acerca del funcionamiento del capitalismo global: las grandes obras del siglo XXI siguen descansando sobre enormes masas de trabajadores privados de capacidad efectiva para negociar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo.

Las migraciones asiáticas ofrecen otro ejemplo de la misma dinámica. Millones de trabajadores se desplazan cada año desde zonas rurales de China hacia los grandes centros industriales de la costa; desde Indonesia, Filipinas o Vietnam hacia las economías más desarrolladas del Este asiático; o desde Bangladés y Nepal hacia las monarquías petroleras del Golfo. En todos estos casos, la movilidad de la fuerza de trabajo constituye un elemento central de la acumulación capitalista contemporánea.

Tampoco puede olvidarse la situación del pueblo palestino. La ocupación, la fragmentación territorial y la destrucción sistemática de buena parte de la economía palestina han producido durante décadas una masa de trabajadores profundamente dependiente del mercado laboral israelí o del empleo precario en los territorios ocupados. La privación de derechos nacionales se combina aquí con una intensa subordinación económica, mostrando de nuevo cómo la dominación política y la explotación laboral pueden reforzarse mutuamente.

En conjunto, estos procesos permiten comprender que el capitalismo contemporáneo no sólo reproduce continuamente nuevas formas de proletariado, sino que las internacionaliza. La movilidad masiva de trabajadores constituye una condición estructural del proceso de acumulación. Allí donde el capital necesita reducir costes laborales, encuentra en la población migrante una fuerza de trabajo especialmente vulnerable cuya precariedad jurídica facilita formas intensificadas de explotación.

Por ello, las migraciones internacionales no desmienten la teoría de la división social en clases antagónicas; la confirman de manera particularmente contundente. El capitalismo no está sustituyendo el trabajo asalariado por otra forma de organización social. Está ampliando el mercado mundial de trabajo, incorporando continuamente nuevos contingentes de trabajadores y produciendo deliberadamente situaciones de desigualdad jurídica que permiten aumentar la tasa de explotación.

La figura del migrante sin papeles, del temporero agrícola, de la empleada doméstica extranjera, del repartidor de plataforma digital, del obrero asiático de la construcción o del trabajador palestino sometido a la ocupación expresa quizás mejor que ninguna otra la condición proletaria del siglo XXI. No representan una excepción respecto del funcionamiento normal del capitalismo; representan una de sus manifestaciones más características. Su existencia constituye, precisamente por ello, una de las refutaciones empíricas más sólidas de la tesis según la cual el proletariado habría desaparecido. Si algo demuestra el capitalismo global es exactamente lo contrario: nunca había necesitado movilizar, desplazar y explotar una masa tan inmensa de trabajadores asalariados a escala planetaria.

Programa de acción: doce líneas para la recomposición del proletariado.

Si el proletariado no ha desaparecido, sino que ha sido dispersado, precarizado e internacionalizado, la cuestión estratégica consiste en reconstruir su capacidad de organización autónoma. Ello exige abandonar tanto la nostalgia por las formas del pasado como la resignación derrotista que declara imposible toda política de clase. No existe un modelo único, pero sí pueden señalarse algunas orientaciones fundamentales.

1.Reconstruir la sociabilidad proletaria.

La primera tarea consiste en recuperar espacios de encuentro, debate y solidaridad en barrios, centros de trabajo, centros de estudio y territorios. Sin relaciones sociales permanentes no existe conciencia colectiva, y sin ésta ninguna organización puede sostenerse frente al capital.

2.Organizar allí donde hoy trabaja la mayoría.

El nuevo movimiento obrero deberá implantarse prioritariamente en la logística, el transporte, las plataformas digitales, la sanidad, la enseñanza, la hostelería, el comercio, los cuidados, la agricultura intensiva, las subcontratas industriales y los grandes centros de distribución. La organización debe seguir el desplazamiento real del capital.

3. Superar la fragmentación laboral.

La división entre trabajadores fijos y temporales, nacionales y migrantes, asalariados y falsos autónomos, empleados públicos y privados, constituye uno de los principales instrumentos de dominio empresarial. La organización de clase debe reconstruirse sobre la realidad material compartida y no sobre las categorías administrativas impuestas por el mercado o el Estado.

4. Incorporar plenamente al proletariado migrante.

La igualdad de derechos laborales, sociales, sindicales y políticos entre trabajadores autóctonos y migrantes constituye una condición imprescindible para impedir que el capital utilice la desigualdad jurídica como mecanismo permanente de reducción salarial e imposición de una disciplina colectiva.

5. Recuperar el sindicalismo de acción directa.

El sindicalismo debe volver a convertirse en una herramienta de conflicto cotidiano y no en un aparato de gestión institucional. La asamblea, la revocabilidad de los delegados, el federalismo, la autonomía respecto del Estado y la acción directa continúan siendo principios plenamente vigentes.

6. Construir instituciones propias de apoyo mutuo.

Cajas de resistencia, cooperativas de consumo, asesorías laborales, ateneos, bibliotecas sociales, redes de cuidados, centros culturales, escuelas populares y espacios comunitarios constituyen la infraestructura material indispensable para sostener conflictos prolongados y fortalecer la autonomía de la clase.

7. Coordinar las luchas a escala internacional.

Frente a un capital organizado globalmente, las respuestas exclusivamente nacionales resultan insuficientes. La cooperación entre trabajadores de una misma cadena logística o productiva, las campañas internacionales y la solidaridad efectiva deben convertirse en prácticas permanentes.

8. Vincular las luchas sociales sin diluir la cuestión de clase.

La defensa de la vivienda, la sanidad pública, la educación, el feminismo, el ecologismo social, el antirracismo o la oposición al militarismo forman parte de un mismo conflicto histórico cuando se articulan alrededor de la crítica del capitalismo y no como reivindicaciones aisladas entre sí.

9. Recuperar la formación política y la memoria histórica.

La desmemoria constituye una de las principales victorias del neoliberalismo. Resulta imprescindible reconstruir una cultura crítica mediante la formación permanente, el estudio de las experiencias históricas del movimiento obrero y libertario y la transmisión intergeneracional de saberes organizativos.

10. Combatir la economía de guerra y el autoritarismo.

La militarización creciente, el incremento del gasto en defensa, la expansión de los dispositivos de vigilancia y la normalización de los estados de excepción constituyen instrumentos destinados también a disciplinar el trabajo. La oposición al militarismo, y a la economía de guerra, forma parte inseparable de la lucha contra el capital. A las guerras del capital sólo puede oponerse la guerra de clases.

11. Democratizar la producción y la reproducción social.

La perspectiva libertaria no puede limitarse a mejorar las condiciones de venta de la fuerza de trabajo. Debe orientarse hacia el control directo de la producción por quienes trabajan, la gestión colectiva de los bienes comunes, la socialización de los cuidados y el desarrollo de formas cooperativas y federales de organización económica.

12. Construir poder popular desde abajo.

El objetivo estratégico no consiste en conquistar el Estado para administrar el capitalismo con otros gestores, sino en desarrollar una red creciente de organizaciones autónomas capaces de disputar al capital funciones económicas, sociales, culturales y políticas. La autoorganización, el cooperativismo, el federalismo, la democracia directa y el apoyo mutuo no constituyen únicamente principios éticos; representan también las condiciones materiales para una transformación revolucionaria de la sociedad.

Estas doce orientaciones no constituyen un programa cerrado ni un catálogo exhaustivo de reivindicaciones. Pretenden señalar una dirección estratégica. El capitalismo del siglo XXI ha modificado profundamente la composición del proletariado, pero no ha eliminado la contradicción fundamental entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo poseen su capacidad de trabajar. Si esa contradicción continúa estructurando la sociedad, la tarea del movimiento libertario no consiste en buscar un sujeto alternativo, sino en contribuir a la recomposición consciente, autónoma, federal e internacionalista de la clase trabajadora. Menos obituarios y más organización.

Conclusiones: la derrota del movimiento obrero y los límites del derrotismo

El recorrido realizado a lo largo de estas páginas permite extraer una conclusión que, aunque sencilla en su formulación, posee importantes consecuencias teóricas y políticas. Las profundas transformaciones experimentadas por el capitalismo desde la década de 1970 no autorizan, por sí solas, a concluir que el proletariado haya dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria. Lo que esas transformaciones ponen de manifiesto es, ante todo, la crisis de las formas históricas mediante las cuales la clase trabajadora consiguió organizarse durante el largo ciclo del movimiento obrero.

Esta es una distinción que conviene preservar cuidadosamente. La derrota del movimiento obrero europeo, la descomposición de la cultura obrera tradicional, la integración institucional de buena parte del sindicalismo, la fragmentación de los procesos productivos o la creciente individualización de las relaciones sociales constituyen hechos históricos ampliamente documentados. Negarlos equivaldría a ignorar medio siglo de evolución del capitalismo. Sin embargo, de esa constatación no se deduce necesariamente que hayan desaparecido las relaciones sociales que hicieron posible la aparición del proletariado como clase ni, mucho menos, que se haya extinguido toda posibilidad de una política fundada sobre el conflicto entre capital y trabajo.

En este punto se sitúa, precisamente, la discrepancia que este artículo mantiene con una parte del pensamiento libertario contemporáneo. Autores como Tomás Ibáñez y Miquel Amorós han descrito con notable lucidez la profundidad de la derrota sufrida por el movimiento obrero y la capacidad del capitalismo para desarticular las formas de sociabilidad que alimentaban la conciencia de clase. Sus análisis contienen observaciones de gran valor sobre la mercantilización de la vida cotidiana, la crisis de las organizaciones tradicionales, la desaparición de los antiguos barrios obreros o la integración del conflicto social en los mecanismos de gestión del sistema. Todo ello constituye una aportación imprescindible para comprender el presente.

La discrepancia aparece cuando ese diagnóstico histórico se convierte en una conclusión estratégica. Porque una cosa es afirmar que el proletariado ha perdido, hasta el momento, la centralidad política que llegó a poseer durante una determinada etapa del desarrollo capitalista, y otra muy distinta sostener que esa pérdida constituye una transformación irreversible o que el capitalismo ha dejado de producir las condiciones materiales sobre las que podría reconstruirse una política de clase. Entre ambas afirmaciones existe un salto teórico que los hechos examinados en este trabajo no parecen justificar.

La reorganización mundial del capitalismo muestra, por el contrario, una realidad más compleja. Nunca antes había existido una clase trabajadora tan numerosa, tan internacionalizada y tan integrada en un único mercado mundial. La expansión de la producción industrial en Asia, el crecimiento de la logística global, la proletarización de amplios sectores de los servicios, la extensión del trabajo precario y de las plataformas digitales, así como las grandes migraciones laborales que recorren el planeta, indican que el capitalismo continúa reproduciendo masivamente la condición proletaria. Lo que ha cambiado no es la existencia de esa clase, sino sus formas de composición, sus espacios de concentración, sus experiencias comunes y las condiciones en las que puede desarrollar una conciencia colectiva.

Precisamente las migraciones internacionales constituyen una de las expresiones más claras de este proceso. Millones de trabajadores atraviesan cada año las fronteras para incorporarse a mercados laborales donde ocupan los puestos más precarios y peor remunerados. Desde los jornaleros agrícolas del sur de Europa hasta los trabajadores latinoamericanos perseguidos y criminalizados en Estados Unidos; desde las empleadas domésticas migrantes hasta los obreros asiáticos sometidos durante años al sistema de patrocinio de las monarquías del Golfo; desde los trabajadores palestinos condicionados por la ocupación hasta quienes sostienen las grandes redes mundiales de logística y distribución, el capitalismo contemporáneo sigue produciendo nuevas formas de proletariado cuya vulnerabilidad jurídica se convierte, precisamente, en una fuente adicional de explotación. Lejos de anunciar el final de la condición proletaria, estas realidades muestran su ampliación y diversificación a escala planetaria.

El estatus jurídico precario, herramienta estatal de disciplina laboral, confirma que la lucha de clases es inseparable de la lucha contra fronteras, racismo institucional y policía del trabajo.

Por ello, el problema central ya no consiste en determinar si el proletariado existe. Esa cuestión pertenece, en buena medida, al terreno de la evidencia empírica. La verdadera pregunta es otra: por qué una clase objetivamente más extensa que nunca aparece políticamente fragmentada y qué condiciones históricas podrían hacer posible una nueva recomposición de su capacidad de acción colectiva.

Responder a esta cuestión exige abandonar dos simplificaciones opuestas. La primera consiste en imaginar que bastaría con reconstruir las formas organizativas del movimiento obrero clásico. La historia no retrocede y el capitalismo del siglo XXI no reproduce las condiciones sociales sobre las que crecieron las organizaciones revolucionarias del pasado. La segunda consiste en concluir que, puesto que aquellas formas históricas han sido derrotadas, también lo ha sido definitivamente la posibilidad de una política proletaria. Esta segunda simplificación transforma una derrota histórica en una imposibilidad estructural y convierte una coyuntura, por profunda que sea, en una ley de la historia.

Sin embargo, la historia del capitalismo enseña precisamente lo contrario. Las formas de organización de la clase trabajadora nunca han permanecido invariables. El sindicalismo de resistencia, los consejos obreros, las colectividades revolucionarias, los grupos de afinidad, las organizaciones anarcosindicalistas, las comisiones obreras revocables, los ateneos obreros, las  cooperativas, los comités revolucionarios o de defensa o de abastos, las escuelas racionalistas, las asociaciones de ayuda mutua y las coordinadoras de trabajadores surgieron siempre como respuestas específicas a condiciones históricas determinadas. Ninguna de ellas fue deducida de una teoría previa ni respondió a un modelo universal. Todas nacieron del encuentro entre una estructura objetiva de explotación y la capacidad de los propios trabajadores para construir instituciones adaptadas a su tiempo.

No existe razón para pensar que ese proceso histórico haya concluido definitivamente. Lo que la derrota del movimiento obrero obliga a reconocer no es el agotamiento de la contradicción entre capital y trabajo, sino la necesidad de repensar las formas mediante las cuales esa contradicción puede traducirse nuevamente en organización, solidaridad y proyecto emancipador. El capitalismo ha transformado profundamente el trabajo; sería extraño que las formas de resistencia no tuvieran también que transformarse.

En este sentido, el derrotismo filosófico constituye una tentación comprensible, pero políticamente estéril. Toda gran derrota induce a pensar que el enemigo ha resuelto definitivamente las contradicciones que antes alimentaban la contestación. Sin embargo, el capitalismo continúa dependiendo, hoy como ayer, del trabajo vivo; continúa organizando la producción mediante relaciones salariales; continúa concentrando la riqueza en un polo y la dependencia económica en el otro; continúa desplazando millones de trabajadores allí donde la acumulación lo requiere y continúa recurriendo a la precariedad, a la fragmentación y a la desigualdad jurídica como instrumentos para disciplinar la fuerza de trabajo. Ninguna de estas tendencias apunta hacia la desaparición de la cuestión social. Más bien indican que esta adopta formas nuevas, más complejas y más internacionales que las conocidas por el movimiento obrero clásico.

En clave libertaria, esta dispersión exige formas de organización flexibles: redes de apoyo mutuo barrio–tajo, secciones sindicales no burocratizadas, grupos de autonomía obrera no sustitutivos de la clase y coordinación federal entre nodos logísticos, riders, subcontratas y cuidados.

La tarea de una teoría crítica no consiste, por tanto, en certificar el final del proletariado como sujeto histórico, sino en comprender las metamorfosis que el propio capitalismo impone a la composición de la clase trabajadora y a sus posibilidades de organización. La cuestión decisiva ya no es si el proletariado del siglo XXI se parece al de hace cien años. Evidentemente, no se parece. La cuestión consiste en averiguar qué formas de conciencia, de solidaridad y de organización pueden surgir de las condiciones específicas creadas por el capitalismo global.

Lejos de clausurar la perspectiva de una política de clase, el capitalismo contemporáneo obliga a replantearla sobre nuevas bases. La derrota del movimiento obrero pertenece a la historia. La contradicción entre capital y trabajo pertenece todavía al presente. Confundir ambas cosas significa convertir una experiencia histórica, por dramática que haya sido, en una conclusión teórica que los hechos no autorizan. Y quizás sea precisamente esa confusión uno de los principales obstáculos para pensar las posibilidades emancipadoras de nuestro tiempo.

Ejemplos históricos cercanos avalan esta orientación. La autonomía obrera italiana (1969–1977) y las experiencias asamblearias y anarcosindicales en la España de la Transición evidenciaron que la clase puede recomponerse fuera de la tutela de partidos y Estados: autoorganización en los puntos de producción y reproducción, coordinación territorial y federal, y politización de los trabajadores sin vanguardias.

La tarea no es sustituir al proletariado por un nuevo sujeto providencial, ni subordinarlo a partidos o Estados, sino recomponer su potencia autónoma, horizontal y federal para desbordar el capital en todos los ámbitos de la vida. Si el capital es global y total, nuestra organización también debe serlo.

Nada en lo anterior confiere al proletariado una “misión histórica” garantizada. La existencia de la clase no asegura su victoria; solo indica el terreno en el que la lucha puede disputarse. La alternativa al derrotismo no es prometer la insurrección, sino reconstruir condiciones de posibilidad: sociabilidades, infraestructuras de conflicto, coordinaciones revocables, internacionalismos efectivos, comunidades de lucha. En eso consiste, hoy, sostener una perspectiva libertaria de la clase: no en proclamarla, sino en prepararla. Y ahí parecen estar Liza, Embat, Batzac y tantos otros, reclamando más protagonismo al proletariado y menos obituarios derrotistas.

“Revolución o barbarie” ya no es una consigna: es una alternativa real y, a medio plazo, entre dos futuros antagónicos.

Agustín Guillamón

Barcelona, julio de 2026

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 5 Promedio: 3.8)
✇Portal Libertario OACA

Politizar el sufrimiento: capitalismo y salud mental…

Por: Kiko Pavonic

De-liberaciones en psicología social (deliberaciones.org) es un espacio psicosocial para la acción social emancipadora y la construcción de autonomía. Somos un colectivo autónomo que pusimos en marcha hace ya más de diez años; nos articulamos con diversos movimientos sociales para la actuación psicosocial. Realizamos actividades de acompañamiento, investigación, estudio y formación en diversos aspectos relacionados con el afrontamiento del daño y el sufrimiento psicosocial y el pensamiento crítico

Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)

Introducción

Vivimos tiempos en que las condiciones sociales producen un intenso y extenso sufrimiento psicosocial; en los últimos años el tema aparece con frecuencia en el debate público en términos de “salud mental”.

Sin embargo, desde las perspectivas hegemónicas en psicología y psiquiatría se pretende acotar en el individuo el origen de las problemáticas, reduciendo las alternativas de afrontamiento a la interioridad y la biología de las personas, sin apenas consideración del enorme peso que en ese sufrimiento tiene el contexto de relaciones sociales, económicas, políticas, históricas y de poder. De esta manera, se contribuye a mantener un orden social injusto que sigue produciendo sufrimiento evitable a las personas, las comunidades y los pueblos. El actual sistema dominante de relaciones económicas y sociales es el capitalismo.

Cuando defendemos la necesidad de politizar el sufrimiento psicosocial nos referimos a que es indispensable reconocer el malestar como inmerso en el contexto de relaciones sociales dominantes, construidas históricamente y, en consecuencia, construir alternativas, también colectivas, de afrontamiento que reconozcan que el origen de numerosos problemas y daños que se producen en las personas se encuentran, en gran medida, también, en unas relaciones sociales dañadas y dañinas, que no reconocen ni respetan, en su necesaria plenitud, la dignidad de todo ser humano; y que, por tanto, es necesario ajustar, hacer más justas, esas formas de relación social, redimiendo el pasado en el presente hacia un futuro que haga justicia a las víctimas de la historia.

Estos tiempos…

En este nuestro contexto, en apenas algo más de una década, el panorama ha cambiado sustancialmente: se ha atravesado algún proceso, las crisis climáticas se revelaron más claras, nos impactó una terrible pandemia, las luchas feministas han conseguido hacer patente la interseccionalidad de los diversos ejes de opresión y su fuerza argumentadora y emancipadora ha iluminado transversalmente la vida política y social desde las estructuras más amplias hasta las capilaridades de lo cotidiano. De la inicial efervescencia desbordante del 15M se ha transitado en pocos años al auge eufórico y envalentonado de la extrema derecha y el fascismo.

De la alarma internacional ante el calentamiento global, se está transitando a la hegemonía del negacionismo climático de la ultraderecha global; de escudos sociales ante la pandemia, así resultaran medio inoperantes, a la estigmatización de las “paguitas”; de la protección del derecho a la vivienda a inquiokupas, y a la instauración de la visión del mundo de bandas de golpeadores fascistas; de las conquistas históricas de las luchas feministas al auge del machismo entre los más jóvenes; el falangismo se disfraza de rebeldía y antisistema; es el mundo al revés, la clase victimaria pretende apropiarse del lugar de quienes sufren la injusticia, de las víctimas; la guerra cultural retuerce la realidad y produce subjetividades funcionales entre sus mismas víctimas, fragmentadas y llevadas a enfrentarse por las migajas.

Pintada aparecida en la pared del psiquiátrico Germanes Hospitalàries del Sagrat Cor de Jesús – Benito Menni (Sant Boi de Llobregat). Fuente: https://xarxadegam.wordpress.com

El capitalismo se reinventa. Todo es sometido a los cambios ‘técnicos’ que requiere, hay que adaptarse, con eufórica resiliencia… Los cambios se suceden inexcusablemente, a mayor velocidad, mayor profundidad, agudos, intensos y ex-tensos, en todo espacio y tiempo, en cada fibra relacional. Del acontecimiento excepcional del shock, se siguió a la crisis total constante de una cotidianeidad que no admite tregua en una carrera ineludible, de confusión desbocada hacia no se sabe dónde, y que en el camino pulveriza por agotamiento nuestros cuerpos y nuestras almas. La podredumbre y el fatalismo llega a los más básicos vínculos sociales.

Los cambios geoestratégicos se andan dibujando en guerras como las de Ucrania y Palestina, en donde se valida el genocidio de un pueblo, si sirve a los propios intereses. El orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en paradigmas de legalidad y derecho internacional, así se utilizara hipócrita e instrumentalmente en la realidad, se sustituye sin tapujos por la ley del más fuerte, de quien puede dispensar más violencia de manera organizada. Es la profundización de la lógica del cálculo militar para el mercado. No importa qué se destruye, la destrucción, como forma de gobierno y transformación global, abre oportunidad de negocio, así lleve a la destrucción del planeta. Volvió a aparecer la posibilidad de la destrucción nuclear. Los bloques geoestratégicos se andan recomponiendo.

Las plutocracias de la clase rica y dominante acumulan cada vez más riqueza y mayor poder de dominio; las clases pobres y trabajadoras, cada vez son más numerosas, más pobres, más presionadas para tratar de alcanzar los bienes necesarios para vivir, y resultan más explotables, más desechables. La destrucción, como forma de gobierno y transformación, también se abre paso fractalmente hacia el interior de las sociedades: con la destrucción de los valores y los lazos sociales de solidaridad y comunidad, el individualismo lleva la fragmentación hasta la interioridad de cada persona.

La clase trabajadora es insertada en el cálculo de la escasez. Con el salario mínimo no se puede pagar ni el alquiler de una vivienda, pero desde el gobierno se declara que ya no es de subsistencia. Hay que trabajar más años para conseguir una peor jubilación, pero se explota más intensamente y se desecha más prontamente a quienes trabajan. Trabajar produce más daños en la salud, tanto físicos como psicosociales. Los derechos laborales se consideran costes económicos que impiden el desarrollo. Hay que motivar a la clase trabajadora para adaptarse a las nuevas necesidades, trabajar más por menos para evitar medidas más dolorosas. Ni el pretendido “salario emocional”, ni la intensificación de los discursos de la “resiliencia” evitan los daños psicosociales, bien al contrario, los incrementan y profundizan; la coacción y la amenaza se instalan como base sostenedora de la relación laboral. La asimetría de poder se hace cada vez más pronunciada en favor de quien detenta la ventaja de poder, el empresariado. Desde ahí, la gubernamentalidad empresarial aumenta el espectro de su intervención psicosocial sobre la interioridad de quienes trabajan, para conducir sus conductas, para que resulten más funcionales a sus objetivos de lucro.
La lógica de gobierno empresarial se autoarroga el lugar de la objetividad y lo técnico, de lo indiscutible y conquistan los dispositivos gubernamentales; la razón de la posición de ventaja de poder se camufla bajo el manto de lo científico y lo técnico en la resolución de lo conflictivo. Las condiciones laborales se deterioran, la organización de la clase trabajadora se dificulta cada vez más con la precarización. Pero a pesar de todo se da…

Y entonces, la gubernamentalidad empresarial empieza a presentar patrones de actuación que reproducen fractalmente la actuación de la ultraderecha en la vida social y política. La intensificación del juego sucio, las trampas, la mentira, la coacción, la simulación, las denuncias penales de lawfare sindical, la sofisticación de la inducción de fragmentación, los pagos miserables, el esquiroleo, la complicidad de sindicatos mayoritarios para ahogar la organización autónoma de secciones sindicales e, incluso, la violencia intimidatoria. Son cambios inquietantes, que alteran el marco relacional, que en este país remiten a otras épocas históricas y que nos interpelan a revisar nuestras formas de análisis, organización y actuación.

En jornadas técnicas, las autoridades sanitarias y laborales del Estado muestran su preocupación por la situación de las bajas laborales por salud mental. Por el coste económico que supone para las arcas públicas y empresariales, o por no tener unos buenos dispositivos para su gobierno; por el sufrimiento psicosocial y en el conjunto de las vidas de lxs trabajadores, no… finalmente, para estos agentes, así se vistan de progresistas, en su racionalidad para analizar el mundo, ese sufrimiento, evitable, no es más que una variable en el cálculo de gobierno: “recursos humanos”. En todo caso, ese sufrimiento psicosocial puede y debe ir al mercado, un nicho de mercado, que genere más negocio, lucro, ganancias, desarrollo… es el capitalismo, amigx; y para ello, será cuestión de facilitar la acción del mercado, haciendo escaso el recurso público para aliviarlo; váyase con su malestar o sufrimiento a la privada, que ahí florecen las iniciativas funcionales al sistema productivo y, por supuesto, también aquellas que se presentan como alternativas al mismo… Y si no puede pagarlo, siempre se puede acudir a ChatGPT…

Todo es sometido a los cambios ‘técnicos’ que requiere, hay que adaptarse, con eufórica resiliencia…

En nuestra época. La industria terapéutica

“Resistimos, sobre todo (es muy importante escuchar a Franz Fanon) cuando nos negamos a juzgarnos con los criterios de nuestros opresores. Cuando rechazamos los valores de la manipulación. Cuando rechazamos no sólo los términos de nuestros opresores sino la historia como ellos la cuentan”
John Berger

La industria terapéutica…

De unas redes sociales que contagiaban las esperanzas de justicia social y dignidad desde las plazas de la primavera árabe, a redes sociales que simplifican la realidad a la superficialidad fangosa de unos pocos caracteres promovidos por cálculos algorítmicos al servicio de unas élites tecnológicas que alcanzan gobiernos imperiales, saludan como nazis y pretenden colonizar Marte cuando la Tierra ya no les sirva para su crecimiento capitalista.

Mediante los canales de información se nos apresura a estar pendientes de lo que ocurre en uno u otro lado del globo, no se permite tiempo a significar lo que acontece, nada deja poso, las relaciones de poder, el contexto, la historia y las memorias están ausentes. La mentira organizada, la generación de confusión, la lucha por la atención, la emoción sobreactuada condensada en cápsulas de veinte segundos en el estímulo constante del scroll infinito del acontecimiento banal. El ideologizado mercado del capitalismo es abiertamente confundido con la realidad y la ansiedad irritada se establece como base siempre presente.

La pantallización social medra la calidad de las relaciones sociales y produce un ensimismamiento en la individualidad. A través de los dispositivos tecnológicos, los valores y el lenguaje neoliberal se cuelan en nuestras vidas y le dan forma. La productividad, la rapidez y la eficacia del mercado empapan nuestra concepción del mundo, de la vida, y de la forma en la que nos relacionamos. Nuestro hacer digital es monetizado a través de qué, con qué frecuencia y con quién nos comunicamos; de qué compramos, de cuáles son nuestros gustos, de a quién seguimos, o de cuánto tiempo utilizamos en las actividades virtuales. Nuestras vidas están en alza para el capitalismo cognitivo. La otredad solo importa como medio instrumental con qué conseguir los propios objetivos; no es otro: es un objeto a estandarizar en el mercado. El sufrimiento psicosocial y los cuidados son convertidos en un nicho de mercado más, abierto al emprendimiento…

Cartel del noveno congreso internacional de
Psicología social de la liberación, Chiapas, 2008.
Fuente: http://www.psicologiadelaliberacion.org/

Los dispositivos de esta industria terapéutica, ya sea inventando ad hoc sus propias teorías y tratamientos como marcas registradas, o bajo mantos de sucedáneos de corrientes humanistas (gestalt, trabajo de procesos, psicología positiva, psicología de la felicidad, comunicación no violenta, resolución creativa de conflictos, constelaciones varias, alternativas new age, espiritualidades de moda, el niño interior, etc.) ofrecen un sinfín de terapias catárticas, la primera gratis, en las que se tocan las teclas emocionales con que se alimenta el individualismo narcisista que ha de llevar a la compra del producto. La falacia de la pureza idealizada de la felicidad campa a sus anchas como elección obligada: todo está en tu interior, el contexto no importa, si quieres, puedes y si no puedes, hay que seguir trabajando, afortunadamente hay unos cursos intensivos de mayor nivel… Pareciera que haya que estar en un proceso constante de sanación. El negocio es muy rentable. Los productos de las estanterías del supermercado de la felicidad son inagotables.

En espacios politizados, contra-hegemónicos, alternativos…

En estos nuestros espacios también se vive y se produce un intenso malestar psicosocial; un malestar que también se origina en el marco general de relaciones sociales, pero que presenta algunas singularidades por las especificidades de sus contextos. Ante su magnitud e intensidad, cada vez más se hace más explícito el reconocimiento de la necesidad de ofrecer alguna respuesta al respecto y de generar de forma colectiva espacios de atención y discursos propios.

Sin embargo, también cada vez más fácil e inadvertidamente, la ideología del mercado va colándose a través de esta industria terapéutica que con el lenguaje empresarial neoliberal normalizado (cuantas más palabras, en inglés, más novedosa, sofisticada y eficaz se presenta la terapia), como caballo de Troya mecanicista, viene a decirnos cómo “gestionar” nuestras emociones, a ofrecernos “herramientas” para “trabajarnos” a nosotrxs mismxs, con cursos, protocolos y talleres que nos ayuden a organizarnos eficaz y eficientemente, sin dejar suelto fuera del cálculo ningún fleco de lo humano. Es necesario el cuestionamiento de cómo estas formas de terapeutización entran en los espacios que podríamos considerar como “nuestros” y transforman sus dinámicas.

Desde los espacios alternativos se critica, y en muchas ocasiones con buenos argumentos, a la academia hegemónica de las disciplinas psi por su organización vertical, burocrática o sus efectos de opresión. Sin embargo, ese espíritu crítico riguroso no se aplica a estos dispositivos, que por más que desde su sofismo terapéutico se presentan como críticos, terapéuticos, aliados, alternativos, infalibles y hasta milagrosos, carecen de cualquier rigor teórico, metodológico o práctico y producen efectos funcionales al sistema que se pretende combatir. Estos dispositivos no son perspectivas prácticas o teóricas alternativas, son marcas comerciales y como tales incluso llegan a hacer gala de ser marcas registradas®. Con sus estrategias de marketing y ventas, llegan a conseguir que un buen número de personas que participan en movimientos sociales, incluso en algunos donde se hace bandera de vivir desde una crítica radical al sistema dominante, acaban pagando cantidades desorbitantes de dinero por unos cursos y planes de formación que complementan un proceso individual presentado como terapéutico o de crecimiento interior, en el alegre convencimiento de que a pesar del esfuerzo de tamaño sangrado económico, cuando termine el programa formativo, no sólo se estará “curado” emocionalmente, sino que a su vez se podrá ejercer como “terapeuta” o profesor de cursos en los espacios alternativos en donde se habita y se podrá así rentabilizar la inversión realizada… ¿Qué hay de malo en tomarlo como una oportunidad para convertirte en tu propio jefe, ayudar a otras gentes y ganar dinero? Es el sistema piramidal de tantos otros ámbitos, ahora aprovechándose cínicamente de la necesidad y la desorientación ante el dolor de quienes cargan el sufrimiento.

Una vez en esos derroteros, entre la complicidad, la vergüenza o la presión grupal a la conformidad, va a resultar muy difícil dar marcha atrás, reconocer que te estafaron o que incluso se siguió el juego. La lógica capitalista de las empresas piramidales se cuela así hasta el tuétano de subjetividades que intentan aliviar sufrimientos y construirse críticamente en el interior de movimientos sociales, rayando las dinámicas del adoctrinamiento sectario.

Como en tantos otros otros ámbitos en las luchas emancipadoras, el lenguaje de la crítica a los paradigmas hegemónicos en salud mental es también cooptado, transformado, subsumido; algunas de sus dimensiones parciales son despojadas de su marco de significado, transformándolas en etiquetas superficiales o paradigmas totalizadores que en cualquier caso les vacían de su contenido y significado; de las perspectivas de clase se transita a las de la imagen de marca de escuelas personalistas en que lo colectivo se transforma en un scroll de cromos de rostros sonrientes y currículums inflados con trucos retóricos propios de los cursos de elevator pitch que ofertan muchos servicios de empleo de administraciones públicas. Con ese lenguaje, toda una serie de valores y visiones del mundo y de las personas se nos van colando por los tejidos organizativos y los discursos contrahegemónicos, como verdaderos mecanismos de control social. Los espacios sociales van así difuminando su potencial transformador del mundo y de las vidas de las gentes y se produce más sufrimiento.

Estos dispositivos empresariales en torno al malestar psicosocial actúan tanto en los planos de las formas colectivas de organización y relación social como en los planos individuales.

En el cajón de sastre de las psicoterapias alternativas prima la individualidad de la emoción, de las sensaciones corporales, de la propia interioridad, considerada estanca y autosuficiente como valedora de lo real, en tanto que tal, a la forma de una revelación. No se valoran especialmente las formas de argumentación que puedan ser dialogadas, ni la complejidad de la construcción relacional de los afectos, ni la problematización y significación del contexto en el que acontece el sufrimiento psíquico, por lo que las formas de relación social del sistema capitalista en que estamos inmersos no entran en la definición de lo problemático. Eso sí, se van a ofertar “terapias” (toma de alucinógenos, constelaciones familiares, búsqueda del niño interior y un largo etcétera) en las que se implementen discursividades complacientes, se aprovechen efectos de dinámicas grupales o de convivencias iniciáticas dirigidas por un gurú o un coach para promover formas de expresión afectiva catártica que pueden producir sensaciones de alivio temporal. Pese a obtenerse un sustancial beneficio económico, nadie se responsabiliza del daño que se puede producir; eso sí, se puede ofrecer otra terapia, más especializada o profunda, con un descuento…

En lo colectivo, en lugar de crear vínculos consistentes en los que hacernos cargo de la relación con las otras personas, se establecen mecanismos ritualizados, que devienen trámites burocráticos con los que se elude la responsabilidad y se exime de mayor interpelación colectiva: la ronda de emociones con que se palomea la casilla de los cuidados en cinco minutos al inicio de la asamblea; o el “¿cómo estás?” vacío en que no se espera respuesta, ni se contempla la responsabilidad que conlleva el respeto por lo que se escucha, todo a la intemperie, sin amparo. La socialización del sufrimiento no es contarle “cómo estoy” a la primera persona que se encuentra en el camino y “que sea afín”. Poner los cuidados en el centro, como tantas veces se dice, es una cuestión que requiere mucha más elaboración, profundidad y contexto que la de poner en práctica maquinal-mente un artificio superficial que se pretende “técnica” de aplicación aséptica e intrínsecamente “terapéutica”.

Es más, esos artilugios producen toda una serie de efectos contraproducentes, que añaden más daños: individualismos recalcitrantes, narcisismos siempre urgentes y demandantes, victimismos, desplazamiento de toda responsabilidad al exterior, imposibilidad de agencia, libertad y ejercicio de la responsabilidad; idealización de las propias capacidades y potencias, culpabilizaciones, imposibilidad de aceptar la dificultad, la frustración o la impotencia; falta de escucha, de reconocimiento de la otredad; competitividad, irresponsabilidad en las tareas, condescendencia en la rendición de cuentas, conflictividades y dolores que se dejan abiertos, y que retroalimentan bucles de dolores y problemas; vigilancias y evaluaciones sumarias, intrigas internas, fragmentaciones y creación de subgrupos de poder, abusos de posiciones de ventaja, chismes, protocolizaciones mecánicas que impiden elaborar sentidos o innovar, que cierran la discusión de lo político, estandarización y superficialidad de pensamientos y comportamientos, imposiciones sentimentales unidireccionales y selectivas, y un largo etcétera…

Tío vivo muerto. Fuente: https://primeravocal.org/

No pretendemos realizar una impugnación de la idoneidad de espacios individuales en que poder tratar de afrontar específicamente el sufrimiento psíquico de una persona. Entendemos su utilidad, y además lo hacemos desde nuestra propia piel, pero es nuestra intención arremeter contra la psicopatologización de la vida y la imposición de determinados paradigmas que cortocircuitan la comunicación y los procesos colectivos poniendo una y otra vez al individuo individualista y sus imperiosas necesidades en el centro exclusivo de todo espacio compartido. Cuando realizamos una crítica de determinadas prácticas, denomínense no terapias, no lo hacemos únicamente desde una validación de un saber experto avalado por la academia; también sabemos que el título en alguna disciplina “psi”, por sí mismo, no capacita para acompañar a personas que sufren psíquicamente. Nuestro desbrozar va más allá, y pretendemos cuestionar lugares desde los que se expanden esos paradigmas y la manera en la que lo hacen. En lo psicosocial, se reconoce el continuo entre la interioridad de las personas y los espacios de lo colectivo, de lo familiar, de lo comunitario, lo social, de lo político. En co nsecuencia, esas formas de relación social también son espacios de actuación para tratar de evitar el sufrimiento evitable…

Ese actuar en el espacio colectivo y común es lo que nos puede abrir, en la incertidumbre, a la esperanza. Tendremos, pues, que seguir pensando a la par que seguimos actuando. Caminar preguntando, que se hace camino al andar. En ese horizonte, ya estamos preparando una continuación a este texto…

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 2 Promedio: 5)
✇Portal Libertario OACA

El Escaparate Sangriento, el Capital y su mundial de futbol: 60 Años de Espectáculo, Censura y Control político en México (1968–2026)

Por: pegasus

La historia del capitalismo y del Estado en México se vive en la geografía del despojo y en las vitrinas ensangrentadas de sus megaeventos corporativos. Los estadios de fútbol son sofisticados laboratorios de control político, limpieza social y pacificación de masas.

A casi sesenta años de las primeras Olimpiadas militarizadas, el hilo conductor de la dominación estatal sigue intacto. La siguiente reflexión conecta los nodos de la infamia —1968, 1970, 1986 y el actual 2026— para demostrar que la crisis estructural nunca se fue, pero la voluntad de revuelta tampoco.

I. 1968–1970: El Origen del Blindaje Político y la Paz de los Sepulcros

La genealogía del espectáculo deportivo como arma del Estado mexicano se consolida entre 1968 y 1970. El régimen de Gustavo Díaz Ordaz entendió que su mayor vulnerabilidad era la interrupción material de la narrativa de modernidad y progreso que representaba el llevar a cabo los XIX Juegos Olímpicos en México. La respuesta del Estado frente al intento de boicot del grupo CAOS (Comité Anti-Olímpico de Subversión) y la interferencia del Movimiento Estudiantil fue el terrorismo abierto que derivo en el autoexilio de dicho grupo y la represión y posterior masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Fue el bautizo de sangre necesario para garantizar el flujo mercantil de la antorcha olímpica.

Apenas veinte meses después, en 1970, el aparato estatal utilizó el primer Mundial de Fútbol en México como una gigantesca cortina de humo para camuflar el inicio de la Guerra Sucia. Mientras la Federación futbolera y el monopolio televisivo vendían una fiesta de fraternidad global, la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y grupos paramilitares perseguían, torturaban y desaparecían a la disidencia radicalizada en la clandestinidad, de los cuáles varios elementos anarquistas pasarían a nutrir las filas del entonces naciente movimiento armado. Se decretó la expropiación forzada de decenas de hectáreas ejidales de Santa Úrsula Coapa. El suelo no solo se usó para el polígono que hoy ocupa el estadio y sus enormes estacionamientos privados, sino también para abrir las grandes arterias viales indispensables para que el turismo y la televisión internacional circularan sin problemas: la Calzada de Tlalpan, el Anillo Periférico Sur y el Circuito Azteca. La protesta abierta fue asfixiada por una censura de prensa absoluta y hasta el audio de las transmisiones. El 13 de septiembre de 1966, la policía junto con el cuerpo de granaderos entró por la fuerza a los predios ejidales, acompañados de bulldozers (retroexcavadoras), demolieron viviendas hechas de madera, adobe y lámina, expulsando a decenas de familias a la calle de manera inmediata para limpiar los terrenos de las obras complementarias del estadio.

II. 1986: La Necropolítica sobre los Escombros

Dieciséis años más tarde, la receta de la dominación se perfeccionó bajo el amparo de la tragedia. El terremoto de 1985 expuso la total parálisis del gobierno de Miguel de la Madrid, forzando el nacimiento de una sociedad civil autoorganizada mediante la solidaridad y el apoyo mutuo. Ante el peligro de perder el control de la narrativa pública, el Estado y la mafia transnacional de la FIFA, en complicidad económica con el «soldado del PRI» Emilio Azcárraga Milmo y su emporio, decidieron que el Mundial de 1986 marchara sobre las fosas comunes y las ruinas aún calientes del centro de la ciudad.

Se canalizaron millones de pesos de un erario público quebrado e inflacionario hacia la logística del fútbol, ignorando a los miles de damnificados sin vivienda. De nuevo, la maquinaria mediática y los ingenieros de sonido de la televisión censuraron el descontento. El fútbol operó, una vez más, como la anestesia obligatoria para procesar una crisis económica y social asfixiante.

III. 2026: La Gentrificación Militarizada

Hoy, a cuarenta años de la farsa del 86, a 56 años del despojo en el 70 y a casi sesenta del terror del 68, la Ciudad de México vuelve a ser el epicentro de la rapiña corporativa de la FIFA -La pelota vuelve a casa-. La crisis estructural no se ha ido; se ha sofisticado. El pretexto actual ya no es la reconstrucción post-terremoto ni el «Milagro Mexicano», sino el mito del progreso inmobiliario y la turistificación masiva. El Mundial de 2026 consagra el despojo habitacional mediante la gentrificación.

Este nuevo megaevento es una extensión de la guerra del Estado contra el pueblo que aún no se amansa por el espectáculo futbolero. Los nietos de los antiguos ejidos, hoy las colonias populares que rodean al “coloso” de Santa Úrsula (Santa Úrsula Coapa, Huipulco, Pedregal de Carrasco), el Mundial ha significado el encarecimiento de la vida, el aislamiento o expulsión de sus viviendas por el auge de los alojamientos digitales a corto plazo y el robo sistemático del agua (como en 1970). Las calles de la ciudad se encuentran bajo un estado de sitio político no oficial: cámaras de reconocimiento facial, cordones policiales y patrullajes militares destinados a «limpiar estéticamente» el espacio público de trabajadores informales, indigentes y sobre todo de manifestantes.

IV. Romper la Normalidad del Espectáculo. A la Acción insurrecta

El hilo histórico que une 1968, 1970, 1986 y 2026 demuestra que el Estado es el administrador violento de los recursos en favor de la burguesía transnacional, y que el espectáculo requiere obligatoriamente el silencio y el desplazamiento de los oprimidos.

El boicot y el sabotaje es la acción para ejercer en las calles: la intervención de la propaganda oficial, el bloqueo de vías neurálgicas de transporte y el ataque directo a las marcas e infraestructura de las corporaciones patrocinadoras. El Capital y el Estado niegan la vivienda, al agua y a la vida en nuestros propios barrios, nuestra obligación política es negarle la paz a su fiesta multimillonaria.

¡¡¡Frente al balón del Capital, ¡guerra a los templos del consumo y solidaridad activa con lxs compañerxs en lucha y resistencia!!!

Carlos (anemias)

Julio de 2026

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 7 Promedio: 5)
✇Portal Libertario OACA

Mi prioridad nacional

Por: pegasus
Carros

Me levanto cuando suena el despertador inteligente o smartwatch chino de Xiaomi, que me indica de todo, desde mi presión arterial, hasta el norte haciendo de brújula, por si me desoriento.

Salgo de mis sábanas de algodón 100% egipcio.

Me preparo un café colombiano en mi cafetera italiana.

Mientras, escucho las noticias de la mañana en mi televisor Samsung coreano.

Salgo a la calle y conduzco mi coche Dacia Lodgy, fabricado en Rumania, segunda marca de la multinacional francesa Renault.

Llego a la oficina y me engancho al ordenador Hewlett Packard, fabricado en Singapur.

El router de la oficina es de Huawei y la fibra optica que ha suministrado e instalado Movistar también es china.

Accedo a la estadounidense Gmail para analizar los correos.

Desayuno unos copos de maíz de la estadounidense Krispies de Kellogs.

A mediodía voy a comer a un restaurante cercano, donde me ofrecen un menú del día consistente en un primero de ensalada de tomate, lechuga, cebollas y aceite de oliva, según ellos virgen extra y vinagre y algo de atún migado, eso si, casi todo creo que español, aunque sospecho que las verduras las han recolectado inmigrantes marroquíes en invernaderos del sur de España y el atún ha sido pescado seguramente en el banco sahariano, por pesqueros españoles, con tripulación senegalesa, impulsados por motores Volvo Penta, creo que suecos. De segundo me pido una rodaja de merluza, que ha sido pescada en el Atlántico Sur y de postre debo elegir entre un plátano de Costa Rica, que es más barato que el canario y el dueño del restaurante no anda para detalles menores o elijo uvas que veo a contratemporada, que vienen sin pipos y veo que son de Perú.

Vuelvo a casa y subo a casa al ascensor de Otis, que aunque parezca alemana es estadounidense.

Recibo y atiendo llamadas en mi móvil o celular de marca Samsung coreana.

Por la tarde voy al centro comercial de la francesa Carrefour a hacer la compra. Utilizo las escaleras mecánicas y me fijo que son de la marca Schlinder suiza.

Compro mandarinas de Marruecos, patatas y veo que vienen de Israel. Pan, cuyo trigo seguramente viene de Argentina. Espárragos de China. Los ajos si, son de Pedroñeras. Pido una bolsa de plástico, porque se me olvidó la mía e intuyo que viene de un petróleo que no es nacional.

Voy a la gasolinera de bajo coste de Carrefour y charlo con el empleado al que han instruido para que trate de vender gasóleo del caro. Supongo que de momento, es un gasóleo que ha salido de alguna refinería española que habrá importado el crudo de Nigeria o Guinea Ecuatorial o del golfo Pérsico, porque petróleo nacional no tengo.

Llego a casa cansado y preparo una ligera cena con el gas natural que me llega por tubería de la comercializadora y mientras salta la llama azul, me pregunto si ese gas vendrá de Argelia o ahora incluso de Estados Unidos.

Me tumbo en un sofá de la sueca Ikea y pongo el telemando nuevo (el original de Samsung se había roto y compré uno universal y veo que es de Singapur y que las pilas son de Duracell y ya no se si el dueño de esta empresa era Procter &Gamble o de Buffet.

Hoy me ofrecen varias opciones: puedo entrar en Netflix, una plataforma controlada por el fondo BlackRock y ver unas series o conectarme para ver la eliminatoria de la Champions, donde el Atleti se enfrenta al Arsenal. Al fin un equipo muy español y mucho español. Me preparo con un cervecita de la holandesa Heineken, bien enfriada en mi frigorífico alemán Miele. Ya estoy deseando poder gritar de una vez, eso de «¡yo soy español, español, español…!» y el «¡a por ellos, oé, a por ellos, oé!»

No hay nada como la prioridad nacional. Primero nosotros, después nosotros y después, nadie.

Pedro Prieto. Vicepresidente en la Asociación Española para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN).

Fuente: https://t.me/DefensaTerritorio/

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 8 Promedio: 4.8)
  • No hay más artículos
❌