«…el mundo está cuerdo… terriblemente cuerdo» León Felipe
En el imaginario popular el loco es, en el mejor de los casos, un taimado perezoso que pretende vivir a costa del Estado -como si el Estado no viviera a costa de nosotros – o, en el peor de los casos, un criminal homicida de facto o en potencia. Si bien, hasta entre ellos hay clases: el deprimido mueve a conmiseración, mientras que la figura del esquizofrénico, tan maltratada por los medios de formación de masas, se asocia a la violencia gratuita e imprevisible.
En todo caso, y por señalar un apunte de la realidad, ¿oyen voces los dirigentes de Hamás e Israel?, ¿las oyen sus soldados? No. El despliegue de muerte con el que se comportan es producto de un cálculo frío y racional, efectuado en nombre de Yavhé y Alá, de la patria y el Estado que es la excusa de todas las guerras la única diferencia entre Hamás y el Estado de Israel es la brutal superioridad en cuanto a capacidad y potencia asesina se refiere del Estado de Israel. Por otra parte se calcula que en la actualidad hay cincuenta y ocho conflictos armados abiertos. A ningún tertuliano se le ha ocurrido, hasta el momento, llamar esquizofrénico a Netanyahu (de Putin sí se ha sugerido el padecimiento de alguna enfermedad mental o física, pero esa es otra guerra). Cuidado con los racionalistas, los pragmáticos, los realistas, pues sus razones son más asesinas que nuestra sinrazón. Con una ínfima parte de lo que los Estados se gastan en armamentos, se podría acabar con el hambre en el mundo, y este hecho también es producto de un cálculo frío y racional.
Todos los días, a la misma hora, la gente madruga para ir a los centros de estudio o de trabajo. Aglomeraciones urbanas, caras de sueño y aburrimiento, monotonía para realizar una actividad que, a la mayor parte de la población, no le deja desarrollar su creatividad. No son satisfactorias para la mente y el cuerpo. Trabajos aburridos que permiten malvivir. Vuelta a casa, la cena para la pareja y los niños -trabajo doméstico mayormente realizado por mujeres, un rato de televisión y a dormir (el ingreso de la mujer en el mercado laboral ha acarreado, como efecto secundario pero no por ello menos pernicioso, el rol de la super woman: trabajadora fuera de casa y dentro de ella).
Los y las jóvenes ya no ven la tele: la han sustituido por otras pantallas. Se los puede ver, sentados en un banco, sin hablar entre sí, pendientes cada cual de su móvil. Los fines de semana, maratón alcohólico, no hay ocio desmercantilizado, somos productivos cuando trabajamos y en nuestro tiempo libre -concepto éste revelador , pues si hay una porción de tiempo libre, se reconoce implícitamente que hay tiempo esclavo-. Tiempo de vida irreversible, que se nos escapa entre las manos, mientras vivimos una vida que llamamos normal.
El concepto normalidad está relacionado y es presentado como reverso del término locura. El loco es el que no puede llevar a cabo tareas normales para el resto de la población. Agorafobia, claustrofobia, fobia social, paranoia… sí, todo esto existe e impide a unos cuantos y cuantas llevar a cabo actividades que la mayoría de la población considera intrascendentes, cotidianas y exentas de peligro alguno. La alienación, masificación y despersonalización inherentes al sistema tecnológico-industrial, ¿son normales ?, ¿Son normales el fanatismo de los seguidores del deporte de alta competición en general, y el futbol en particular? ¿Son normales los programas del chisme del corazón y los del chisme político, en los que en los primeros se hurgan y exponen mierdas sentimentales y en los segundos se nos alecciona sobre cualquier tema, debido a que los tertulianos poseen un conocimiento, al parecer enciclopédico, y que tienen un sesgo partidista tan evidente y descarado que sólo un gilipollas puede creerles?
¿Es normal que hayan multitudinarias concentraciones permitidas, cuando no patrocinadas por las autoridades, como las presentes en discotecas, eventos deportivos, fiestas patronales, macrofestivales musicales, efemérides religiosas y ,por contra, cualquier reunión de más de veinte personas en la vía pública por motivos socio-políticos se considere manifestación ilegal? Si todo esto te parece normal, amigo, amiga, tranquilos: sois personas perfectamente cuerdas y funcionales.
(Y ya que se habla tanto de fundamentalismo islámico, ¿para cuándo se va a mencionar el fundamentalismo judío de Israel o el fundamentalismo cristiano de Occidente?)
Una editorial que, además de revista, publica libros, sacó hace poco uno de estos últimos dedicado a la Izquierda basura, con un refuerzo sugerente sobre el neoliberalismo “progresista”. Como resulta que a mi lo del progresismo me suena a explotación capitalista: explotación de personas, de sociedades, de naturalezas; y como, además, eso de “izquierda basura” me suena cercano…, pues que leí el libro y no lo recomiendo.
El libro habla, una y mil veces, y dos mil veces, y tres mil… de que la izquierda se ha unido a la derecha para salvar al capitalismo, algo que un alumno de primaria empieza a comprender desde que le hablan de “democracia” y, si la profe o el profe sabe explicar, eso que llaman como tal, entonces libros como ese que no recomiendo sobran. Otras miles de veces repite que “el fascismo terminó en 1945”, que el migrante es un “cosmopolita errante” y otras mentiras edulcoradas con frases de otros filósofos de renombre, pues él, el autor, un tal Diego Fusaro, también lo es y la verdad es que en lugar de eso parece un nuevo Goebbels, por aquello de repetir mil veces…, y por esto otro que ahora se llama “rojipardo”.
Ahí lo tenéis, compañeras: el migrante es un “cosmopolita errante”. Cagüentodo. He recurrido a un migrante, un senegalés llamado Mamadou Dia que, allá por los principios de este siglo ya tan joven y tan castigado, decidió convertirse en “cosmopolita” y se lanzó a la aventura y, como no tenía dinero y posibilidades de obtener pasaporte, decidió embarcarse en un navío último modelo que, por estos andurriales por los que nos rodeamos de fascistas llamados ahora rojipardos, llamamos patera. Su deseo de buscar el Dorado lo narra en un libro llamado 3052. Persiguiendo un sueño (editado por él mismo. 2014). En él su autor habla del viaje en primera clase: los pasajeros eran pescadores, soldadores, albañiles, mecánicos, agricultores, comerciantes, estudiantes…, “todos se mareaban y llevaban la noche vomitando lo que habían comido, hasta perder las fuerzas”, por eso ya no comían, excepto los que eran pescadores. Y recuerda que los “cosmopolitas errantes” son “las víctimas de la esclavitud, de la corrupción, de la marginación y del maltrato”, en busca de “un potencial que nos permita volver un día a vivir en África, exactamente lo mismo que hacían los españoles hace pocos años en otros países de Europa y Latinoamérica”. Y nos recuerda algo muy importante: el Consejo General de la Abogacía de España, afirma que “no cabe integración real sin igualdad de derechos y deberes de todas las personas, población inmigrante y autóctona, que conviven en un mismo territorio”. A ello podemos añadir aquello de que la tan cacareada Constitución dice que todo extranjero goza de las libertades y que los derechos universales son para eso, para todas las personas sin excepción, eso sí, no podrán votar ni ser elegidos, salvo en las municipales. Algo que olvidan conscientemente aquellos de la “prioridad nacional”. Claro que el olvido es universal para todo: vivienda, trabajo, alimentos, sanidad, justicia, enseñanza…, eso solo está en la letra.
En fin, compañeras. Que el fascismo se ha metido en nuestras mentes a través del miedo, de la mentira convertida en “verdad”, de la publicidad, de la “política”, de la enseñanza, de…, estamos acostumbradas a creer que unos “tengan derecho a viajar hacia donde quieran y cuando quieran y otros no”, como grita Mamadou. Y también a través de una nueva aparición llamada “rojipardismo”, que no es más que puro pardismo, el rojo es para endulzar. Claro que banderas hay muchas, pero solo hay una, la roja y negra o simplemente negra, que no conoce país, fronteras, diferencias…
Los motivos de la segunda edición del libro “La Revoución Traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti”
“El anarquismo es el viandante que va por las calles de la historia y lucha junto a los hombres como son, y construye con las piedras que le proporciona su época.”
Camilo Berneri
Durante la década de los setenta del pasado siglo hubo en el Estado español un movimiento obrero autónomo, “salvaje”, acompañado por un renacimiento libertario. El franquismo se revolcaba en el fango de una crisis sin salida, y si el proletariado no había cambiado de objetivos finales, a saber, la autogestión total de la sociedad, el simple conocimiento del pasado, de su pasado, era fundamental. Solamente así los nuevos protagonistas de la lucha de clases podían comprender la posición real que ocupaban en la sociedad presente, cuál era su finalidad y hacia dónde tenían que avanzar. Pero el pasado permanecía mitificado. Los vencidos suelen compensar el mal sabor de las derrotas subiéndolas al altar. Bajo una perspectiva revolucionaria una desmitificación se volvía necesaria mediante la revisión crítica de la historia de la guerra civil. Los hechos de Mayo del 37 constituían el momento crucial de la revolución española y por consiguiente deberían ser el eje de esta revisión. La agrupación de Los Amigos de Durruti sería el elemento lúcido y ejemplar que resaltar. Balius vivía todavía.
En su momento, un muro de dificultades me impidieron escribir la verdadera historia de Balius y Los Amigos, y cuando ya podía hacerlo la situación había cambiado radicalmente. La sociedad capitalista es hiperdinámica y se renueva sin cesar, aprovechando todo lo que se le pone por delante, sea bueno o malo. Debido a los pactos sociales, a la reconversión de la industria nacional, a la expansión del funcionariado y al trabajo de zapa de los sindicatos oficiales, la clase obrera se había disgregado; ya no aspiraba a una transformación social ni tenía ideales por los que combatir.. A finales de los ochenta sobrevivía desvinculada de cualquier meta transgresora. Nunca pasó a la ofensiva contra el capital, por lo cual los organismos autónomos -comités, consejos, asambleas…- no pudieron consolidarse, ni las finalidades revolucionarias concretarse La organización de pequeños sindicatos libertarios abrió la puerta a estériles disputas burocráticas, y obviamente, no aportó ninguna solución al enorme retroceso proletario. Entonces, el mundo del trabajo sufrió las consecuencias de los rápidos cambios capitalistas. La principal fue la pérdida de centralidad de los trabajadores en la economía. La clase dirigente imponía sus reglas neoliberales sin oposición que contara. Atomizado, pasivo y sometido a liderazgos espurios, el proletariado había dejado de ser un factor político y social a tener demasiado en cuenta por la clase dominante. Menos aún el anarquismo, su fallida punta de lanza.
No obstante, la publicación de “La Revolución Traicionada” sacudió los residuos de aquel naufragio al colocar a los libertarios recién venidos ante un dilema histórico no resuelto. La prueba es que fue muy leída y bastante citada. No pasó desapercibida. La revelación de un anarquismo de Estado muy manifiesto por encima de la anécdota ministerial tuvo efectos desmitificadores positivos e hizo más difíciles las adhesiones sentimentales a siglas devaluadas. Los historiadores orgánicos del anarcosindicalismo nunca han podido con ello. Tampoco la indiferencia desdeñosa de los nuevos pequeño burócratas. Asimismo, la primera edición fue útil para trabar las manipulaciones de los historiadores profesionales destinadas a legitimar el régimen político vigente desde la universidad. El golpe de estado militar no fue jamás un simple alzamiento ilegal contra un régimen democrático, sino una revolución que pronto mostró sus dos vertientes, la fascista y la republicana. Pero sobre todo, en julio de 1936 arrancó una revolución obrera y campesina que fracasó por las concesiones hechas al estado forzadas en nombre de un antifascismo ficticio.
Bueno. Los cambios sociales tan intensos y exhaustivos provocados en las masas asalariadas por el consumismo, la internacionalización de los mercados financieros, el extractivismo, el desarrollo exponencial de la tecnología y el refuerzo sin precedentes de la capacidad represora de los Estados, hacen que el planteamiento de la cuestión social sea hoy mucho más complejo que en los años setenta y ochenta; no digamos en los años treinta. La clase obrera ya no es la misma. Tampoco es demasiado clase, ya que no tiene la cohesión suficiente, ni vida fuera del capitalismo. De entrada no es la principal fuerza productiva y tal característica resta rasgos anticapitalistas a la lucha sindical y al obrerismo político. El concepto abstracto de “clase obrera” portadora de virtudes revolucionarias es tan solo el reflejo de la demagogia friki de las sectas populistas leninistoides. El auténtico sujeto de la revolución se configurará –o no- a medida que las nuevas luchas prosigan en los diversos frentes abiertos y se alejen tanto de la administración estatal como de los elementos políticamente equívocos.
La distancia en el tiempo nos permite una mayor objetividad y, por consiguiente, una mayor aproximación a la verdad histórica, aquella que, según el dicho conocido, nos hará libres. A día de hoy, la nueva edición, aunque bastante ampliada, puede no ser demasiado provechosa en los detalles para los rebeldes actuales, pero viene al pelo para reafirmar la separación completa entre sociedad civil y Estado como punto de partida de cualquier proceso revolucionario, y a la vez, el carácter reaccionario de cierto antifascismo burgués o pequeño burgués. Eso es básico para la elaboración de una estrategia rupturista, o como antes se decía, una estrategia de clase. También la posesión de muchos más datos facilita el estudio de la sicología de los protagonistas, sobre todo de su evolución ideológica, como es el caso de Balius. Y precisamente este aspecto, ligado al paso del separatismo insurreccional al anarquismo revolucionario, y así pues a la deserción de las filas de la pequeña burguesía por una causa superior, universal y liberadora, es lo que devuelve al presente la lectura de “La Revolución Traicionada.”
Miquel Amorós
Charla del 29 de abril de 2026 junto con Luis Blanco en la librería Anònims de Granollers.
No existe un fascismo abstracto, etéreo, de manual. El fascismo siempre ha tenido nombres, apellidos, uniformes, iglesias cómplices, jueces obedientes, falangistas disfrazados de policía o empresarios beneficiados y víctimas perfectamente identificables. El fascismo no es una opinión incómoda ni un exceso del pasado: es un régimen criminal, una práctica sistemática de terror, exterminio y saqueo, cuya huella sigue viva allí donde no se ha hecho justicia.
El fascismo español no fue una reacción, fue una agresión. La guerra civil de 1936 no fue una guerra entre hermanos, fue una guerra de clases iniciada por una sublevación militar contra un régimen democrático. Desde el primer día se impuso la lógica del exterminio: fusilamientos masivos, cunetas y pozos, cárceles, campos de concentración, exilio, robo de bienes, de dignidad y hasta de bebés. No hubo simetría posible. Hubo vencedores armados que saciaron su sed de venganza hasta el hartazgo y vencidos indefensos y humillados con destino de víctimas, sin más misión que el sufrimiento.
Durante cuarenta años, el franquismo prohibió incluso el derecho más elemental: enterrar a los muertos. Como en la tragedia de Sófocles, el Estado se arrogó la potestad de decidir quién merecía sepultura y quién debía pudrirse como escarmiento. Esa prohibición no fue solo material, fue moral y política. A una parte del país se le negó el duelo, la memoria y la palabra. Ese es el auténtico síndrome de Antígona: la condena a vivir sin verdad ni justicia.
La llamada Transición no rompió con ese crimen fundacional. Lo administró. Consagró la impunidad de los verdugos y el silencioso miedo de las víctimas. Se amnistió a los criminales y se exigió paciencia a las familias de los asesinados. Los archivos permanecieron cerrados, los jueces pasaron página y los responsables murieron en la cama, con honores, medallas y funerales de Estado. Mientras tanto, los familiares de los fusilados o desaparecidos envejecían sin saber dónde estaban los huesos de los suyos.
De esa claudicación nace la farsa de la equidistancia: la llamada “Tercera España”. Una ficción cómoda que pretende igualar a víctimas y verdugos, a fascistas y antifascistas, a quienes dieron órdenes de matar y a quienes yacen aún en las cunetas, pozos y acequias. No es neutralidad: es blanqueo. No es reconciliación: es continuidad del crimen por otros medios, su permanencia e institucionalización.
No se puede meter en el mismo saco a quien defendía un gobierno legítimo y a quien lo destruyó a sangre y fuego. No se puede hablar de “excesos en ambos bandos” cuando solo un bando construyó un Estado basado en el terror… durante décadas, mientras el otro bando sobrevivía en el exilio o fue sometido a la brutal dictadura del tirano. No se puede condenar la violencia en abstracto para evitar señalar al fascismo y a los ejecutores fascistas en concreto, con su nombre y su apellido. Eso no es rigor histórico, es cobardía política.
El fascismo no terminó con la muerte del dictador. Fraga hizo suya la calle en Vitoria y aún hoy sobrevive en la estructura del poder, en la impunidad judicial, en la corrupción heredada, en los monumentos de exaltación, en los discursos que criminalizan a los vencidos y absuelven a los vencedores. Sobrevive cada vez que se niega una exhumación, cada vez que se relativiza un crimen, cada vez que se pide olvidar. Sobrevive en la cruz del Valle de los Caídos, porque esa cruz es una cruz gamada.
No queremos monumentos huecos ni homenajes oficiales sin consecuencias. Queremos la verdad completa: todos los archivos abiertos, todas las fosas exhumadas, todos los nombres sobre la mesa. Queremos saber quién mató, quién lo ordenó, quién delató, quién se enriqueció. Queremos justicia, aunque llegue tarde, porque sin justicia no hay ni el menor simulacro de democracia, solo administración del pasado criminal.
El fascismo no se discute: se combate. Se combate con memoria, con verdad, con justicia y con una repulsa sin matices. No hay término medio entre verdugos y víctimas. No hay tercera vía entre la barbarie y la dignidad. Mientras quede un solo desaparecido en una cuneta, en un pozo, en una acequia, en una fosa y un solo criminal sin juzgar, el combate continúa.
Porque callar no es neutralidad. Callar es tomar partido por el fascismo.
Que un criminal de guerra, confeso y victorioso, que un asesino de masas ocupase la Jefatura del Estado durante cuarenta años no se borra fácilmente, y sus secuelas son innumerables y persistentes, incluso cincuenta años después de su muerte en la cama.
Y los nostálgicos del tirano se cuentan por millares, sobre todo entre jóvenes algo ingenuos y demasiado ignorantes que no vivieron ni sufrieron el franquismo.
Sin embargo, siempre nos quedará el golfo del Borbón nominándose a sí mismo impulsor y protector de una reconciliación y una transición fantasmagóricas. Como si reconciliación y transición no hubieran sido la impunidad definitiva y absoluta de los verdugos fascistas a todos sus crímenes, desde 1936 hasta 1976.
Una crítica radical de la democracia y el capitalismo
Introducción
Contra el Estado. Tesis sobre guerra, revolución y proletariado, de Agustín Guillamón, plantea una tesis central: Estado, democracia y capitalismo no constituyen esferas separadas ni reformables, sino un mismo sistema histórico de dominación de clase. Desde esta perspectiva, el libro formula una impugnación frontal del orden político contemporáneo y se sitúa como una de las aportaciones más contundentes del pensamiento crítico radical.
Lejos de inscribirse en el debate académico o institucional, la obra adopta una posición abiertamente revolucionaria. El Estado no aparece como un instrumento neutral susceptible de transformación, sino como el eje organizador de la explotación; la democracia, como su forma más eficaz de legitimación; y el proletariado como el sujeto histórico capaz de destruir ese orden.
En este marco, el texto de Guillamón no se limita a interpretar la realidad, sino que se inscribe en una tradición teórica que vincula crítica y praxis, orientando el análisis hacia la transformación revolucionaria de la sociedad.
Una crítica total del orden político: Estado, democracia y capital
Uno de los rasgos distintivos del libro es el carácter total de su crítica. Guillamón no analiza instituciones aisladas ni procesos parciales: su tesis es que Estado, democracia representativa, derechos humanos y capitalismo forman un mismo entramado histórico de dominación, inseparable en sus fundamentos.
El autor afirma que “libertad y democracia son opuestas y contradictorias” y que la democracia burguesa “se fundamenta en la existencia de individuos aislados, insolidarios y separados entre sí”.
Esta lectura se inscribe en la tradición libertaria y consejista, llevada aquí hasta sus últimas consecuencias: la democracia liberal no expresa la soberanía popular, sino la capacidad de la clase dominante para presentar sus intereses como universales.
El libro desarrolla con fuerza la tesis de que la representación política es incompatible con la libertad, porque reproduce la división entre dirigentes y dirigidos.
Derechos humanos: crítica ideológica y perspectiva histórica
El análisis de los derechos humanos se sitúa en la misma lógica. Guillamón los interpreta como productos históricos de las revoluciones burguesas, ligados a la consolidación del individuo propietario y a la legitimación del orden capitalista.
Desde este enfoque, los derechos no son herramientas neutrales, sino formas ideológicas que despolitizan el conflicto social y lo reducen a la esfera individual. La libertad se redefine así como separación, como derecho al aislamiento.
El planteamiento del autor destaca por su coherencia y profundidad, al situar estos instrumentos en la organización del sistema que los produce, revelando su función en la reproducción del orden existente.
El Estado: forma histórica, fetiche y organización de clase
El núcleo teórico más sólido de la obra se encuentra en su análisis del Estado. Guillamón distingue con precisión entre formas estatales premodernas y el Estado moderno, vinculado al surgimiento del capitalismo hace aproximadamente cinco siglos.
El Estado aparece así como una estructura histórica específica cuya función fundamental es garantizar la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. Esta idea se desarrolla mediante una distinción clave:
• el Estado como fetiche, que se presenta como árbitro neutral;
• el Estado como organización de clase, que concentra y monopoliza la violencia.
Este doble carácter permite explicar tanto su legitimidad como su función real, ofreciendo un marco interpretativo de gran claridad y potencia analítica.
El proletariado: proceso, conflicto y actualidad
Frente a las lecturas que anuncian la desaparición de la clase obrera, Guillamón propone una definición dinámica del proletariado. No se trata de una categoría fija ni de una identidad social, sino de un proceso que se constituye en la lucha.
Esta concepción permite actualizar la teoría revolucionaria de clase en el contexto contemporáneo, marcado por:
• la precarización generalizada,
• la globalización del trabajo asalariado,
• la proletarización de amplios sectores de las clases medias.
El proletariado no desaparece: se transforma y se expande. En este sentido, el libro ofrece un diagnóstico especialmente lúcido del capitalismo posterior a la crisis de 2008, caracterizado por la intensificación de las desigualdades, la omnipresencia del poder financiero, una economía de guerra y la creciente inestabilidad social.
Revolución y praxis: la centralidad de la acción histórica
Guillamón constata que el capitalismo es, hoy, un sistema obsoleto y criminal, sin más salida que la revolución o la barbarie.
Uno de los aspectos más relevantes del libro es su rechazo a la elaboración teórica de modelos alternativos de sociedad. No propone un programa detallado ni un diseño institucional del futuro. Esta ausencia responde a una posición política consciente. Las formas de organización revolucionaria no pueden ser anticipadas desde la teoría, sino que deben surgir de la práctica histórica del propio proletariado.
En coherencia con la tradición consejista y libertaria, la alternativa al Estado se concibe como un proceso de autoorganización que emerge en la lucha de clases. Los consejos obreros, las asambleas y otras formas de organización directa se presentan como expresiones históricas concretas de esa dinámica.
Esta configuración afirma con claridad la primacía de la praxis revolucionaria como terreno donde se define la emancipación.
Estilo y pensamiento
El estilo de Guillamón es directo, combativo y sin concesiones. Su escritura rehúye el lenguaje académico y adopta un tono militante que refuerza la claridad de sus tesis.
Esta elección estilística es plenamente coherente con su rechazo a la neutralidad teórica: el libro no busca el diálogo con ninguna rama del pensamiento burgués, sino afirmar una posición de clase claramente definida.
También plantea la necesidad de analizar las derrotas históricas del movimiento obrero, desde la revolución española de 1936 hasta las revoluciones rusa (1917) y alemana (1918-1919), en diálogo crítico con autores internacionalistas, consejistas y libertarios como Rosa Luxemburg, Herman Gorter, Anton Pannekoek, Amadeo Bordiga, “Bilan”, Marc Chiric, Onorato Damen, Josep Rebull, Munis, “Alerta”, “El Amigo del Pueblo”, “Révision”, Jaime Balius, Ridel y Prudhommeaux, entre otros.
Guillamón ofrece un marco interpretativo que invita a repensar profundamente la relación entre democracia, Estado, capital y emancipación del proletariado, en continuidad con la reflexión libertaria del Grupo franco-español de los Amigos de Durruti, expuesta en el capítulo 9 del libro.
En este contexto, resulta pertinente añadir una breve referencia a la trayectoria del autor. Guillamón es un historiador y ensayista vinculado desde hace décadas al estudio del movimiento obrero, especialmente la Revolución española de 1936 y las corrientes libertarias. Su obra se caracteriza por una lectura crítica de las derrotas históricas del proletariado y por su interés en las formas de autoorganización y democracia directa, lo que sitúa este libro en continuidad con sus investigaciones previas.
Las Once tesis clasistas: la derrota de la revolución por el Estado
El combate de los trabajadores por conocer su propia historia no es puramente teórico, ni abstracto o banal, porque forma parte de la propia conciencia de clase, y se define como teorización de las experiencias históricas del proletariado internacional, y en España debe comprender, asimilar y apropiarse, inexcusablemente, las experiencias del movimiento anarcosindicalista en los años treinta. Por eso, las once tesis teorizan las experiencias del proletariado en la revolución de 1936 y 1937.
En julio de 1936, tras derrotar al ejército en las principales ciudades, la clase trabajadora no defendió el Estado republicano: lo dejó sin funciones reales. En su lugar, en Cataluña, surgieron comités de barrio, de fábrica, de defensa y de abastos; milicias obreras; colectivizaciones industriales y agrarias. Por primera vez, amplios sectores de la vida social fueron organizados directamente por los trabajadores, sin mediación estatal ni dirección burguesa. Fue una de las experiencias de autoorganización proletaria más profunda y extensa de la historia del movimiento obrero.
Eso fue la revolución social: la expropiación de la burguesía, la supresión práctica de su poder, y la gestión directa de la producción y la vida social por el proletariado.
Sin embargo, esa revolución no se constituyó como poder político. El Estado no fue destruido, sino desbordado, fragmentado y temporalmente incapacitado. Sus estructuras fundamentales permanecieron intactas, y con ellas su fundamento: garantizar la reproducción del orden capitalista.
La cuestión decisiva fue la incapacidad de esa revolución para afirmarse como poder obrero alternativo al del Estado. Los comités revolucionarios, aunque asumieron funciones reales, no se coordinaron ni se unificaron en un organismo capaz de destruir al Estado. Existió una multiplicidad de poderes locales, pero no un poder proletario coordinado y consciente de sí mismo, con voluntad manifiesta de destruir al Estado.
Ese vacío no podía mantenerse indefinidamente. En ausencia de un poder obrero, el Estado se recompuso. Y lo hizo a través de un proceso material y político en el que la ideología antifascista jugó un papel fundamental.
El antifascismo fue la ideología que permitió la reconstrucción del Estado. Al plantear la prioridad absoluta de la guerra, subordinó la revolución a las necesidades militares y reintrodujo la lógica estatal: centralización, disciplina, jerarquía, represión de los revolucionarios, control del orden público y de la economía.
En este proceso, las organizaciones obreras, incluidos los comités superiores de la CNT, se integraron en las estructuras del Estado. No se trata de una cuestión moral, ni de “traiciones”, ni de decisiones individuales, sino de una transformación objetiva: asumir funciones de gobierno implica actuar como Estado.
La revolución social quedó así progresivamente subordinada, encauzada y finalmente desmantelada. Las colectivizaciones fueron reguladas, controladas y orientadas hacia una economía de guerra, dirigida por la Generalidad. Las milicias fueron militarizadas. Los órganos de autoorganización fueron disueltos o integrados.
Las jornadas de mayo de 1937 expresaron el momento en que esta contradicción se hizo abierta y violenta. En ellas se enfrentaron, de forma irreconciliable, la tendencia a la autonomía proletaria y la consolidación del poder estatal. Su desenlace no creó la contrarrevolución: la consumó.
La revolución de 1936 mostró la capacidad del proletariado para autoorganizarse y transformar radicalmente la sociedad desde abajo. Pero también mostró que esa transformación no puede sostenerse sin la destrucción del Estado y sin la constitución de un poder obrero capaz de coordinar, centralizar y defender esas conquistas.
No hay, por tanto, términos intermedios. O el proletariado destruye el Estado y afirma su propio poder, o el Estado se recompone y destruye la revolución. Esa es la lección fundamental de 1936–1937.
Conclusión
Contra el Estado reafirma con contundencia la tesis que recorre toda la obra: Estado, democracia y capitalismo constituyen un mismo sistema de dominación de clase, inseparable e irreformable, cuya superación solo puede plantearse en el terreno de la praxis revolucionaria del proletariado.
Desde esta perspectiva, el libro no ofrece soluciones dentro del orden existente, sino que cuestiona sus propios fundamentos. Más que proponer alternativas cerradas, desplaza el problema hacia la necesidad de una transformación histórica radical, situada en la acción colectiva y en las formas de autoorganización que emergen en la lucha.
En este sentido, Contra el Estado no es solo una obra teórica, sino una intervención política en el presente. No es un libro para confirmar certezas, sino para destruirlas: quien salga indemne de su lectura, probablemente no lo ha entendido.
Balance. Cuadernos de historia, marzo de 2026
GUILLAMÓN, Agustín: Contra el Estado. Tesis sobre guerra, revolución y proletariado. Calúmnia Edicions, Benissalem, 2026, 190 páginas.
Vivimos tiempos difíciles, lo sabemos. Por arriba, los sectores dominantes, dibujando una realidad que sólo ellos se creen, mientras que con el discurso de lo «moral» se están robando todo. Por abajo, nuestras vidas se precarizan cada vez más y la supuesta «oposición’ brilla por su ausencia o sólo apela a transiciones por derecha con más «racionalidad». Por todo esto, necesitamos retomar un horizonte superador, que sin prisa pero sin pausa, se plantee abordar las luchas por venir, desde una lógica que no actúe «administrativamente» sobre lo dado, sino que se impulse sobre lo que nunca ha sido…
Guillamón, Agustín. Ocho días de julio. 1936: La situación revolucionaria en Barcelona. Descontrol, 2026, 208 páginas, PVP 18 euros.
Introducción
Ocho días de julio es una obra fundamental dentro de la historiografía del movimiento obrero revolucionario durante la Guerra Civil española. Su autor, Agustín Guillamón, historiador especializado en la CNT-FAI y en las dinámicas sociales de la revolución de 1936, ofrece una reconstrucción minuciosa de los acontecimientos que tuvieron lugar en Barcelona durante la semana en la que se produjo la derrota del golpe militar y el estallido de una profunda revolución social. El texto se publica en un contexto historiográfico dominado por visiones académicas, burguesas e institucionales, y se presenta como una revisión crítica desde “abajo”, desde los comités obreros y las milicias populares.
Contenido y objetivos de la obra
El objetivo principal de Guillamón es demostrar que los sucesos del 19 y 20 de julio de 1936 en Barcelona no constituyeron únicamente la defensa de la República frente al golpe militar, sino el inicio de una insurrección obrera victoriosa que generó una situación revolucionaria. Para el autor, la derrota del ejército en la calle no solo frustró el intento de alzamiento, sino que provocó la desaparición fáctica del poder estatal, sustituido por una multiplicidad de comités, patrullas y órganos de poder obrero.
Un elemento innovador de su interpretación es la negación de la clásica tesis de la “dualidad de poderes”. Guillamón sostiene que no hubo dos poderes coexistiendo, sino una atomización del poder, donde la autoridad se fragmentó entre los organismos locales revolucionarios, especialmente los comités de defensa de la CNT-FAI, los verdaderos protagonistas del proceso insurreccional, transformados en comités revolucionarios de barrio (o locales), patrullas de control y milicias obreras, gracias a su victoria armada.
Originalidad y contexto historiográfico
La obra destaca por su riqueza documental y su detallada reconstrucción de los combates de la batalla de Barcelona, en julio de 1936, con especial atención a los barrios obreros. Guillamón rescata el papel de los comités de defensa, tradicionalmente relegados, cuando no ignorados, en la historiografía académica, y muestra su preparación previa, su organización militar y su capacidad para movilizar multitudes. En este sentido, el libro constituye una contribución importante e insustituible a la historia social de la Guerra Civil española, ofreciendo una perspectiva que cuestiona, ningunea, desacredita y desafía los enfoques de autores como Hugh Thomas, Gabriel Jackson, Ángel Viñas o Paul Preston.
Asimismo, Guillamón inscribe su análisis en la tradición de los movimientos revolucionarios internacionales, situando los acontecimientos barceloneses en conexión implícita con los soviets de la Revolución rusa o los consejos alemanes de 1918-1919, aunque subraya que en Barcelona no existió una dirección política centralizada que unificara el poder obrero.
Crítica y limitaciones
Aunque el libro aporta una mirada original y necesaria, su interpretación presenta elementos discutibles desde una perspectiva académica. La obra está escrita desde una posición ideológica clara, cercana al consejismo y al anarquismo revolucionario, lo que en ocasiones conduce a sobredimensionar la importancia y eficacia de los comités obreros y a subestimar la persistencia del Estado republicano, incluso en una situación de colapso parcial.
Otro punto debatible es su lectura contrafactual: la idea de que la CNT “tenía el poder” y podría haber instaurado una “dictadura anarquista” si hubiese querido. Esta afirmación, aunque tiene una base real y es coherente con su perspectiva, subvalora factores como la falta de unidad interna cenetista, la presión internacional, la necesidad de coordinar el esfuerzo bélico y los conflictos entre los distintos grupos antifascistas.
Contribuciones destacadas del libro
a) Reconstrucción detallada
Guillamón ofrece una narración extremadamente precisa, barrio por barrio, calle por calle, de los movimientos de tropas, comités y milicianos. La riqueza documental y la descripción casi cronística de los combates convierten el libro en una de las reconstrucciones más exhaustivas del 19 y 20 de julio en Barcelona.
b) Perspectiva de los comités de defensa
El autor rescata el papel de los comités de defensa confederales, protagonistas frecuentemente ignorados por la historiografía más institucional. Su análisis contribuye a valorar el grado de organización previa existente en la CNT.
c) Situación revolucionaria o revolución proletaria
La situación revolucionaria existente en Barcelon tras la victoria insurreccional del 19 y 20 de julio no desembocó en una revolución proletaria, porque ninguna organización planteó la destrucción del Estado y la conversión de los comités revolucionarios de barrio y locales en órganos de poder obrero. La ideología de unidad antifascista fue la temprana fórmula que adoptó la deriva contrarrevolucionaria.
d) Valor historiográfico
La obra tiene valor como historia social y política desde abajo: ilumina la acción colectiva, la espontaneidad popular y la formación de poderes no estatales. Es un contrapeso necesario y realista al relato habitual centrado en partidos, líderes y decisiones gubernamentales.
Conclusiones
Ocho días de julio es una obra imprescindible para comprender la revolución social en Cataluña durante los primeros días de la Guerra Civil. Su apuesta por una historia “desde abajo” y su énfasis en los comités de defensa como sujetos históricos ofrecen una perspectiva alternativa y profundamente rupturista con las visiones académicas o burguesas. Aunque su interpretación está marcada por una fuerte carga ideológica obrerista, su valor documental, su aportación a la historiografía social y su análisis innovador hacen de este libro un texto de referencia para lectores, estudiantes e investigadores interesados en la revolución española de 1936.
A día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una pieza clave en la socialización exitosa de una idea de salud y bienestar que, paradójicamente, adolece de invisibilizar el origen de nuestros malestares.
Se han convertido en un elemento reconocible del espacio urbano. Sus fachadas no pasan desapercibidas: colores sólidos y llamativos, vinilos publicitarios con mensajes motivacionales y modelos esbeltos. Con amplios ventanales y locales insonorizados, sus diseños arquitectónicos respiran una modernidad solemne. Además, ahora que forman parte de grandes grupos empresariales, hasta se anuncian en televisión. A la entrada, tornos para fichar; se diría que dan cuenta del momento en el que hay que poner a producir el cuerpo.
Los gimnasios, claro está, siguen siendo el lugar adecuado para rendirle culto a cierta idea de salud, pero también se han convertido en espacios de sociabilidad donde exhibir el éxito en la carrera por lograr un cuerpo fit, o, en el peor de los casos, dar cuenta de la fe en el progreso personal y la voluntad de cambio. Porque se diría que, a día de hoy, el gimnasio se ha convertido en una institución del capitalismo de pantallas a través de la cual perseguimos una optimización permanente de nuestra marca personal; un ejercicio de branding capaz de combinar elementos de la filosofía clásica, con disciplina militar y una compleja maraña de tendencias nutricionales.
Y no se trata solo de cuerpos musculados… Pareciera que la preocupación obsesiva por nuestro bienestar y nuestra imagen corporal, se inserta a la perfección en los discursos del crecimiento personal y la autosuperación que, al mismo tiempo que aumentan nuestro capital social y nuestra escala de valor en las aplicaciones de citas, alimentan el scroll de las redes sociales, facilitan la extracción de nuestros datos y multiplican los beneficios de la industria del coaching y la psicología positiva.
Porque somos muy conscientes de que nuestra imagen comunica. Y lo somos, además, en un momento en el que se compite ferozmente por el tiempo y la atención de otros. Por eso, quizá, aprovechamos cualquier pedazo de nuestra piel para contarnos cuentos, para lanzar mensajes al exterior. En este contexto, da pánico pensar en los miles y miles de cuerpos de clase obrera, machacados por el trabajo y la ansiedad, que lucen tatuado un mensaje no consumado nunca: carpe diem.
Nuestra imagen comunica, decimos, y añadimos, como lo ha hecho siempre. Pero si pensamos en el gimnasio, en su historia más reciente, resulta inquietante pensar que son los menos quienes los usan para entrenar el cuerpo de cara a la práctica deportiva continuada. Efectivamente, a pesar de las apariencias, el gimnasio se ha desconectado de su genealogía. Porque sí, vamos al gimnasio para cuidarnos y mantener la forma necesaria para la competición, pero también para machacarnos; nos tiramos a los aparatos con el ánimo de reparar algo que estuviera roto, con la intención de agotarnos, desfogar, olvidarnos de los problemas de una manera sana y consecuente con nuestros deseos de transformación (individual).
Nos atraviesa el mantra de que acudir al gimnasio una hora al día es una forma de autocuidado. Y podemos verlo así. Pero invertimos tanto tiempo en reparar lo que hace en nuestras vidas un sistema desquiciado, creemos tanto en ello, que ya ni cuestionamos el origen de nuestros problemas. Y no, no hablamos del capitalismo como sistema. Es que no tenemos ni diez minutos para hablar con nuestros compañeros de trabajo de cómo mejorar nuestra situación en el curro, dejamos que sean otros quienes luchen contra el cierre del consultorio de nuestro barrio o ignoramos que tenemos en nuestras manos un margen de actuación que podría cambiarlo todo… Y ese todo, nos afecta directamente, también a nuestro cuerpo, también a nuestra salud mental y física.
Por mucho que intentemos minorizar el daño, la historia nos enseña que no hay escapatoria posible si nos pensamos solos, que no hay soluciones que partan del individualismo egótico y solipsista que nos está vaciando por dentro.
Llegados a este punto de la reflexión, pensamos que no puede haber cuerpos sanos en una sociedad intoxicada por el veneno de la desigualdad y la cultura del privilegio. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad tutelada por los valores del capital y avocada al desastre ecológico. No puede haber cuerpos sanos en una sociedad que se desprecia a sí misma, porque desprecia la vida.
Y lo anterior no quiere decir que aboguemos por descuidar el cuerpo, sino justo lo contrario. Debemos pensar en cuidarlo desde una perspectiva materialista que no lo piense aislado y que tampoco lo idealice. Precisamente por eso, debemos pensar en cuáles son los discursos que nos animan a moverlo de una determinada manera, en unos determinados espacios, para unas determinadas finalidades. Frenar el proceso de total desposesión al que nos está sometiendo el capital, empieza por pensar cómo nos relacionamos con nuestro propio cuerpo, y eso implica analizar políticamente qué papel juegan los gimnasios en la socialización de una idea de salud y bienestar que no cuestiona el origen de nuestros malestares.
Si examinamos el fascismo empecemos a verlo desde su etimología, que es, en su origen, el elemento común de todos los tipos de fascismo presentes en nuestros días, donde se manifiesta la lógica de su pensamiento.
Se ha pasado por alto la peor manifestación que encierra su significado.
Vamos primero a empezar por su ETIMOLOGÍA
Desde los fasces romanos viene a indicar unión sagrada, intocable, narcisista, de un grupo.
Desde aquí os hacéis ya una idea ¿no?
Pues esa idea llevarla a todo lo que significa realmente la palabra no solo llevada a lo que se conoce vulgarmente o lo que viene siendo vulgar: relativo a la gente común.
Si atendemos a la etimología y es generalmente todo lo que conlleva este concepto fascismo no es solo por lo que conocemos de la historia de todos los tiempos, más la de nuestro siglo XX, pero esta palabra la podemos encontrar en cualquier grupo que considere enemigo a otro y que se considere como el modelo y cosmovisión perfecta y la que debería ser en todas las partes del multiverso.
CARÁCTERÍSTICAS DE LO QUE IMPLICA LLAMARSE FASCISTA A CUALQUIER MOVIMIENTO O ACCIÓN: LA LÓGICA Y LÍNEA METODOLÓGICA DEL FASCISMO NO COMO FENÓMENO HISTÓRICO SINO COMO FORMA DE PENSAR:
Es un error fijarnos ahora en los movimientos históricos pasados donde vulgarmente se sitúa su nacimiento y las críticas que giran en torno a ellos; una de las cuales ha sido la base de la concienciación anarquista.
Y no. La óptica debe ser reorientada para hacer útil y evidente, desde nuestro propio ejercicio autovalorativo aplicado, un auténtico análisis aptitudinal, desde lo que no es, la actividad anarquista. El pasado no es la base de la crítica. Es el presente donde se debe intervenir. Desde nuestro propio ejercicio matutino y vespertino.
Nuestra competencia anarquista empieza por nosotros mismos y por las conductas que nos rodean y dentro de cualquier campo en el que situamos nuestra actividad diaria. Aquí está lo difícil de la lucha porque ir por delante y de frente, sin sumirse en el silencio ni protestando por detrás.
¿Y qué vemos? y ¿qué es? y ¿en qué consiste nuestra denuncia representada en nuestras propias vidas y no sólo en un papel o grupo?
Desde el sesgo catastrofista en todo lo demás que no sea basarse en la peligrosa razón basada en principios democráticos y constitucionales.
Desde el sesgo dicotómico aniquilador porque la culpa siempre es de los demás o de tu actitud desacoplada.
Desde la razón escondida en el sesgo emocional en la que toda injusticia queda normalizada diariamente desde la complicidad de los monos voladores que rodean el autoritarismo normativo unilateral e ilegítimo.
Nuestra actividad anarquista debe no pasar por alto y hacerse consciente en el momento en que la deshumanización es revelada y pública, constante e insistente, enunciada y evidente.
Desde el sesgo de arrastre en el que perdemos la identidad por el grupo, en el que somos absorbidos por los deber ser de los roles (recomendable la película del experimento). Todo lo que está fuera se excluye y no tolera: ¡Qué ironía verdad! Ahora que estamos con políticas sobre la inclusión de la diversidad. Me echo a llorar. O a reír, ya no sé, es tan preclaro e ilustre.
Imbuidos en la cosmovisión de la pureza, del ideal de la salud, del ideal del cuerpo, del ideal de una cultura adiestrada bajo el sesgo elitista. Y entendemos este concepto de élite como el grupo adocenado.