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Cuba a la espera

Por: Fotos: Alex Zapico / Texto: Patricia Simón

Cuba es un país paralizado desde que, el pasado diciembre, el presidente Trump amenazase con represalias a cualquier país que exportase petróleo a la isla. Un castigo colectivo ilegal según el derecho internacional con el que el mandatario estadounidense intenta doblegar al Gobierno cubano para que acepte sus condiciones en unas negociaciones erráticas.

Solo las viviendas y comercios con placas solares o generadores disponen de luz durante los apagones que sufre regularmente la isla desde hace tres años y, especialmente, desde el bloqueo energético impuesto por Donald Trump.
Solo las viviendas y comercios con placas solares o generadores disponen de luz durante los apagones que sufre regularmente la isla desde hace tres años y, especialmente, desde el bloqueo energético impuesto por Donald Trump.

Mientras tanto, el pueblo cubano sufre una crisis humanitaria agravada por décadas de bloqueo norteamericano, por políticas locales ineficaces y por el desplome del turismo desde la pandemia de COVID-19. Todo ello ha provocado el mayor éxodo de la historia reciente cubana. De acuerdo a las cifras oficiales, entre 2021 y 2024 más de 1,2 millones de personas han abandonado la isla.

Juan, vendedor de café, tabaco y retratos de los líderes de la Revolución en una plaza del barrio de El Vedado.
Juan, vendedor de café, tabaco y retratos de los líderes de la Revolución en una plaza del barrio de El Vedado.

Según una investigación del economista y demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos, del Centro Cristiano para la Reflexión y el Diálogo en Cuba, la pérdida poblacional asciende hasta el 20%: unos 2,1 millones de personas. Uno de cada cinco cubanos. La mayoría, jóvenes de entre 25 y 40 años. Y muchos de los que no han logrado aún una vía para huir, no ven otro horizonte para mejorar sus vidas.

Medallas de la participación en batallas cruciales de la Revolución que triunfó en 1959.
Medallas de la participación en batallas cruciales de la Revolución que triunfó en 1959.

Por ahora solo pueden pensar en cómo «resolver» un día más. Aunque los apagones son la manifestación más evidente del colapso energético, la falta de combustible tiene múltiples consecuencias: los cortes de agua pueden durar días porque los depósitos funcionan con electricidad, como los repetidores de Internet y telefonía móvil; no hay apenas transporte público, por lo que se han tenido que reducir las jornadas laborales y suspender las clases universitarias; los agricultores han tenido que sustituir los tractores por los bueyes, se ha reducido la recogida de basuras…

El Capitán, como se le conoce y se presenta a sí mismo. Es un antiguo capitán de la Inteligencia cubana que se enorgullece de haber trabajado en la guerra de Ángola. Ahora sobrevive con la compraventa de enseres de todo tipo.
El Capitán, como se le conoce y se presenta a sí mismo. Es un antiguo capitán de la Inteligencia cubana que se enorgullece de haber trabajado en la guerra de Ángola. Ahora sobrevive con la compraventa de enseres de todo tipo.

Y muchos días ni siquiera hay gas para cocinar, así que muchas familias usan cocinas artesanales de carbón. Una de ellas es Emma Navarro, de 84 años. «Yo quisiera que hubiera un cambio, para mejor, como quiere todo el mundo, ¿no?», dice en su casa a las afueras de La Habana. Y, efectivamente, Cuba es un país paralizado a la espera de un cambio. Nadie se aventura a predecir cuál será.  

Emma Navarro, de 84 años. Ha tenido que volver a cocinar con carbón, como hacía su madre en su infancia, por la falta de gas y electricidad.
Emma Navarro, de 84 años. Ha tenido que volver a cocinar con carbón, como hacía su madre en su infancia, por la falta de gas y electricidad.

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Eyal Weizman: “Israel emplea la arquitectura para continuar el genocidio”

Por: Patricia Simón

El arquitecto israelí Eyal Weizman (Haifa, 1970) se ha convertido en uno de los grandes investigadores de crímenes de guerra gracias a la metodología que ha desarrollado junto a su equipo en Forensic Architecture. Este grupo interdisciplinar radicado en Goldsmiths, Universidad de Londres, reúne a arquitectos, programadores, juristas y periodistas, entre otras disciplinas, para construir representaciones en 3D con imágenes satelitales, vídeos y fotografías, así como testimonios de testigos de graves vulneraciones de derechos humanos. Entre sus decenas de investigaciones destacan las que realizaron sobre los bombardeos sistemáticos en Siria contra hospitales por parte de las aviaciones rusa y siria, así como los ataques con armas químicas del régimen de Al Asad; la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, en México; el genocidio alemán en Namibia; así como numerosos trabajos sobre la ocupación israelí y el genocidio en curso en la Franja de Gaza, por el que forman parte de la causa presentada por Sudáfrica contra Israel en el Tribunal Internacional de Justicia.

En 2023, Weizman publicó A través de los muros (Errata Naturae), en el que abordaba cómo el Ejército israelí aplicó las teorías posmodernistas del urbanismo en su forma de hacer la guerra durante la Segunda Intifada, agujereando y atravesando los hogares de los civiles palestinos para evitar las zonas abiertas y convirtiéndolas en una red de pasadizos destinada a ahondar en el control y la ocupación. Tres años después publica Ungrounding, The Architecture of Genocide (Fern Press), un libro excepcional por su capacidad para revelar, de manera científica, humanista e histórica, cómo el genocidio de Gaza es un proceso que el sionismo ha ejecutado durante el último siglo a través del colonialismo por asentamiento y cómo Israel ha transformado el suelo, el subsuelo y el espacio aéreo para cumplir su objetivo final: expulsar al pueblo palestino de su tierra.

Penguin publicará este volumen en España en 2027. El libro, en palabras del escritor y profesor Tareq Baconi, “sienta los fundamentos de la arquitectura de la liberación”. Francesca Albanese ha dicho que “prueba que la descolonización no es revancha, sino una condición de justicia para la liberación de los palestinos e israelíes”. Ilan Pappé, por su parte, lo ha definido como “extraordinario”.

Weizman acaba de presentarlo en Barcelona, aprovechando su participación en el Congreso Internacional de Arquitectura, al que Forensic Architecture aporta, además, una instalación sobre el genocidio de Gaza. Buscando un poco de sosiego, la conversación con él transcurre en una de las escaleras de emergencia del ajetreado Centro de Convenciones Internacionales. Weizman tiene poco en común con la labor de la mayoría de los asistentes. Él se define como defensor de los derechos humanos. La arquitectura es su forma de hacerlo.

En Ungrounding explica y muestra –a través de las reconstrucciones en 3D que hacen en Forensic Architecture– cómo Israel está borrando de distintas formas las pruebas del genocidio y de la existencia misma de la vida en Gaza. Una de ellas resulta especialmente infame, incluso en el marco del peor de los crímenes, un genocidio: explica cómo el Ejército israelí está aplastando con buldóceres los escombros de los edificios destruidos, la vegetación, los cristales, los plásticos, todo, incluidos los restos de las más de 10.000 personas desaparecidas, hasta convertirlos en dunas de arena. Allí se suben los francotiradores y los tanques para atacar. También conforman campos cerrados de interrogatorios y detención, delimitan nuevas rutas y fronteras y, sobre todo, encierran a los 2 millones de palestinos que ya viven hacinados en un 30% de la Franja de Gaza. ¿Cuál es el objetivo de eliminar todo lo que había en Gaza cuando estamos viendo el genocidio en directo?

El genocidio siempre implica varias cosas: un crimen contra las personas, contra el territorio y contra las condiciones que permiten la vida, e implica también una violencia contra las pruebas que demuestran que han ejecutado ese genocidio. 

El genocidio israelí en Gaza es parte de una estructura histórica más amplia: el colonialismo por asentamiento. El colonialismo por asentamiento, ya sea el español en América Latina, el australiano  o el israelí en Palestina, tiene una lógica de eliminación de lo existente para imponer unos nuevos paisajes, estilos de arquitectura y de infraestructuras, una nueva botánica…

La eliminación de la población indígena no siempre ocurre con grandes masacres, como estamos viendo en Gaza. También puede llevarse a cabo durante décadas, incluso siglos, privándoles de las condiciones necesarias para la vida. Por eso este libro dedica mucha atención al suelo, porque es la condición de la vida indígena, la fuente de toda la agricultura, de los acuíferos. Y el colonialismo por asentamiento sionista y, después, el israelí han estado muy vinculados a la transformación del suelo de Palestina y a la ocupación de aquellos más fértiles, como la cuenca de Wadi Gaza. Al final de la Nakba, Israel expulsó a los agricultores de sus tierras, los desplazó al desierto y borró todas las pruebas de su presencia. El objetivo es que no tuvieran dónde volver, porque todos los pueblos indígenas desplazados intentan regresar a las tierras en las que se forjó su cultura, su identidad y donde tenían su sustento. 

Así que la creación de Israel sobre Palestina implicó la destrucción de todas las evidencias de la existencia palestina: demolieron los edificios, araron los campos en la dirección contraria a cómo lo hacían los palestinos, crearon fincas grandes en lugar de las pequeñas explotaciones familiares palestinas y crearon un nuevo espacio que los palestinos no pudieran reconocer como suyo para, en última instancia, que no pudieran reclamar su derecho al retorno.

De hecho, la Convención para la prevención y sanción del delito de genocidio incluye entre sus supuestos el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial. Y su libro comienza y acaba explicando cómo en el último siglo Israel ha convertido el medio ambiente y la arquitectura en un arma para destruir las condiciones de vida. ¿Cómo lo está haciendo durante el genocidio? 

Hemos recopilado todas las órdenes de evacuación que Israel ha enviado en estos casi tres años. Cada vez que decían que iban bombardear un vecindario y ordenaban a sus habitantes a desplazarse en pocas horas a una supuesta zona de seguridad, les advertían de que si no cumplían la orden, perderían su condición de civiles. Se trata de una más del millón de manipulaciones legales que Israel está empleando para alegar que estaba intentando salvar vidas en el caso presentado por Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia. Al recoger todas las direcciones de los lugares a los que desplazaban a la población durante estos tres años, hemos comprobado que los han ido empujando al suroeste hasta encerrarlos en un campo de concentración situado justo donde acaba la zona fértil y comienzan las dunas de arena. Es decir, que siguen creando las condiciones para provocar la destrucción de los supervivientes. Esta cláusula arquitectónica de la convención es como si definiese el genocidio por desgaste, en el que los pueblos indígenas son asesinados lentamente a través del hambre, de las epidemias, de la pobreza intergeneracional, de la enfermedad…  El genocidio sigue en curso.


Cuanto más controla Israel el espacio aéreo, más ahonda en el subsuelo la resistencia palestina” 


Divide usted los capítulos de su libro en suelo, subsuelo y espacio aéreo. ¿Por qué es tan importante entender cómo Israel controla estos tres espacio para entender la ocupación y el genocidio?

Necesitamos desarrollar una concepción tridimensional del territorio. Un mapa muestra la superficie, pero debajo hay un paisaje subterráneo variado: arqueología, infraestructura, acuíferos… El espacio aéreo, incluso el de las ciudades palestinas, también está controlado por Israel. Por tanto, tenemos una arquitectura tridimensional que sí ha sido comprendida por los combatientes de la resistencia palestina. 

Los agricultores palestinos comprendieron la tridimensionalidad del terreno y fueron los que desarrollaron los túneles, que es la arquitectura de resistencia más extraordinaria. Estos agricultores aprendieron durante siglos a excavar pozos de más de 100 metros de profundidad porque sabían cómo excavar sin apenas oxígeno, a través de la arcilla, de la arena y la arenisca, y cómo reforzar las cavidades en el subsuelo. Cuando les expulsaron de sus tierras y quedaron recluidos en campos de refugiados en las dunas de arena, emplearon ese conocimiento ancestral para excavar túneles y estar en contacto con sus seres queridos, que habían sido desplazados a Egipto. Después, cuando Israel asfixió Gaza con el bloqueo, se convirtieron en vías de suministro para la Franja. Y, por supuesto, se establecieron también como medio de defensa. Cuando Israel cava búnkeres, los palestinos cavan túneles, que además no pueden ser volados tan fácilmente por la fuerza aérea israelí.

Ahora Israel ha declarado que ha destruido el 20% de los túneles. No tiene por qué ser cierto. Si dan ese porcentaje, probablemente sea menor. Pero sí han destruido el 80% del suelo de Gaza, así que debajo existe una matriz social que contiene la memoria de la relación con una superficie tan destruida que es irreconocible.

Hay una guerra tridimensional en la que cuanto más controla Israel el espacio aéreo, más ahonda en el subsuelo la resistencia palestina. 

El doctor Abu-Sittah relata su experiencia de la noche del ataque al hospital Al-Ahli de Gaza mientras un investigador de Forensic Architecture recorre la reconstrucción en 3D del complejo médico.

A menudo, la prensa occidental presenta a los colonos como un grupo radicalizado y fuera del control del Estado israelí. Pero como bien explica en su libro, los colonos son el pilar del Estado israelí desde su fundación, algo lógico si tenemos en cuenta que se trata de un proyecto colonial. ¿Cuál es el plan israelí para Gaza y qué papel juegan los colonos en él?

El objetivo de Israel con el genocidio no era matar a todos los palestinos, sino los suficientes para que el resto huyese a Egipto y cerrar las puertas de Palestina tras ellos. Pero Egipto mantuvo la frontera cerrada y lo que Israel persigue ahora es lo que llama la transferencia silenciosa o voluntaria por parte de los palestinos. Israel mantiene Gaza en unas condiciones tan difíciles para que los palestinos dejen de resistir, para que se marchen a cualquier país que les dé un visado y terminen por renunciar a su derecho al retorno. Y la arquitectura y la reconstrucción juegan un papel importante en el objetivo de la limpieza étnica. 

Ni el estúpido plan de Trump de la Riviera de Oriente Próximo, que nunca se va a desarrollar, ni el egipcio de construir viviendas de forma masiva tienen que ver con la reconstrucción, sino con el desplazamiento. Ambos son una vía para forzar a los palestinos a irse mientras, supuestamente, se levantan los edificios nuevos. Pero Israel nunca les permitiría regresar. Como dijo un ministro israelí, las fuerzas del mercado harán lo que el Ejército israelí no pudo hacer: la limpieza étnica total de los palestinos de la Franja de Gaza. Es decir, Israel emplea la arquitectura para continuar con el genocidio por otros medios. Pero el pueblo palestino tiene memoria de la Nakba, del 47 y del 48, de los años cincuenta, de los sesenta y de todas las campañas por medio de las cuales Israel ha intentando expulsarles. Por eso, tantos no se fueron de sus casas, y por eso, también, muchos siguen viviendo entre los escombros de las mismas.


Necesitamos luchar por la descolonización de Palestina”


A menudo pensamos que el envilecimiento de la mayor parte de la sociedad israelí, así como la deshumanización que ha desarrollado contra el pueblo palestino, son el resultado de los sistemas y políticas que han hecho posible casi 80 años de ocupación. Sin embargo, en su libro vemos que los patrones de odio y crueldad que nos horrorizan hoy ya los empleaban las milicias sionistas en los primeros años de ocupación. ¿Cómo podían emplear esa maldad desde el principio tras la experiencia tan reciente del Holocausto?

El colonialismo de asentamiento se basa en la deshumanización de los palestinos. La noción misma del Estado de Israel como un Estado judío significa que ese lugar es solo para los judíos y que todos los demás son solo visitantes –ya sean del pasado, del presente o del futuro– y que no serán concebidos como personas conectadas con ese territorio. Nunca han aceptado la relación de los palestinos con Palestina, ni su arquitectura o su agricultura como algo valioso. La deshumanización de los palestinos es total y opera en todos los ámbitos. Así podemos entender también por qué la deshumanización operó en la dirección contraria el 7 de octubre de 2023 y por qué surgió esa crueldad contra los civiles capturados en los kibutz. Aun así, me inspiraron mucho las relaciones humanas que se establecieron entre algunos secuestrados y los palestinos, los testimonios en los que israelíes contaban cómo compartían la comida, sus despedidas conmovedoras… No he visto que esto ocurra en el sistema penitenciario israelí, donde tantos palestinos son violados y mueren por las torturas.

Creo que esos momentos de humanidad y cuidado son los que hay que perseguir para que Palestina vuelva a ser un lugar respetuoso y democrático en el que todas las religiones convivan y tengan los mismos derechos. Y ninguna frontera va a lograr eso. Necesitamos luchar por la descolonización de Palestina y desmantelar el régimen de apartheid, que es el motor del colonialismo de asentamiento que busca que la tierra palestina sea transferida a los judíos. Hay que democratizar ese lugar a través del derecho al retorno.


Ningún poder fascista, racista o colonialista dura para siempre” 


Pero según varias encuestas, como la que realizó por el Penn State Institute y publicó el diario Haaretz, el 80% de los israelíes judíos encuestados apoya la limpieza étnica de Gaza. ¿Cómo se puede recuperar a una sociedad tan radicalizada en el odio?

Cuando un Estado se basa en la discriminación, en la supremacía judía, cuando todo el sistema educativo está orientado a la deshumanización, la deshistorización, la despolitización de la sociedad palestina, no puede sorprender que el 80% de los israelíes persiga la expulsión de los palestinos. Para desmantelar ese pensamiento hay que hacerlo en todos los ámbitos.

No sé cuándo ocurrirá la descolonización, puede venir por presiones externas o por la implosión de la sociedad por sus propias contradicciones. Los choques entre la extrema derecha y la derecha menos extrema están desgarrando la sociedad israelí. En Israel, apenas una quincena de parlamentarios apoya un Estado palestino con las fronteras de 1967 modificadas por acuerdo. Así que no hay nada en el sistema político actual que represente la posibilidad de un cambio real. Pero ningún poder fascista, racista o colonialista dura para siempre. No puedo saber cuándo llegará su fin, pero como investigador debo insistir en las conexiones a pequeña escala de humanización y de convivencia.  

¿Cómo está cambiando y dificultando el trabajo de Forensic Architecture este borrado del territorio que está llevando a cabo Israel durante el genocidio?

Israel no permite que los investigadores de derechos humanos entren en Gaza y ha asesinado a cientos de periodistas. Y aun así, los palestinos se arriesgan a grabar sabiendo que los soldados israelíes tienen la política de disparar contra cualquiera que les enfoque con una cámara. Lo hacen para que veamos lo que está ocurriendo. Así que tenemos el deber ético de examinar cada vídeo con mucho cuidado para ver dónde están, cómo se conecta con otros vídeos, con otros testimonios, con el flujo de documentación que nos llega de ese genocidio. Y necesitamos comprobar que es auténtico, dónde y cuándo fue filmado, para presentarlo como prueba en el caso de genocidio de Sudáfrica contra Israel. Y mes tras mes, año tras año, Gaza está desapareciendo: los edificios que aparecían al fondo de un vídeo ahora son dunas serpenteantes. Tenemos gazatíes trabajando con nosotros que no pueden reconocer Gaza. 

Reconstrucción de la masacre cometida por Israel en 2025 contra 15 trabajadores humanitarios cuando viajaban en un convoy claramente identificado. Los cuerpos y los coches fueron enterrados en una fosa común.

Forensic Architecture es un trabajo del corazón, así como una ética de la precisión y de la identificación”


Se ha demostrado que Gaza está usando la inteligencia artificial (IA) para acelerar el genocidio, ¿pero cómo la está usando para borrar las pruebas? 

Todo el mundo sabe que Israel está usando la IA para seleccionar objetivos, pero no debemos exagerar su importancia porque Israel quiere dar la impresión de que utiliza los mejores medios para distinguir entre los operativos de Hamás y la población civil; la realidad es que lo ha destruido todo. Hay cerca de 100.000 muertos, además de los desaparecidos, y ciudades enteras borradas del mapa. ¿Qué tiene que ver eso con el uso de la IA? 

Nuestro trabajo consiste en escuchar testimonios, analizar las pruebas e identificar lo que está sucediendo. No tiene cabida la IA más allá de la catalogación del material. Yo diría que Forensic Architecture es un trabajo del corazón, así como una ética de la precisión y de la identificación. Miramos los vídeos como si nos los enviara un ser querido, escuchando, mirando y compilando vídeo por vídeo un archivo del genocidio.  

En el libro, además de explicar los mecanismos de borrado de Palestina, la reconstruye a través de personas que sufrieron el destierro de la Nakba. ¿Por qué es tan importante ese proceso de reconstrucción?

Mapear las aldeas de donde fueron expulsados es una forma de honrarles a través de la precisión y de la belleza de reconstruir un pozo, su casa, en un paisaje que ya no existe. Porque lo opuesto a desenraizar es volver a enraizar, reescribir el paisaje con lo que era, mientras se acepta la herida y se trabaja por el retorno de los refugiados.

Forensic Architecture ha reconstruido la aldea palestina de Al-Ma’in con Salman Abu Sitta, que era un niño cuando las milicias paramilitares sionistas la ocuparon horas después de declararse la constitución del Estado de Israel. En la imagen se han recreado las columnas de humo tal y como las recuerda Abu Sitta, lo último que vio cuando huía en medio de la Nakba. FORENSIC ARCHITECTURE

¿Cómo fue su toma de conciencia de la cuestión palestina?

Soy de Haifa, una ciudad un poco singular porque no todos los palestinos fueron expulsados de ella en 1948. Crecí teniendo contacto con palestinos y con la determinación de ser arquitecto. Así fue como empecé a ver que las ruinas que quedan de la vida palestina, cómo los barrios judíos israelíes rodean a los palestinos, cómo se divide la tierra. La arquitectura me abrió los ojos a la lógica colonial de asentamiento de la ocupación israelí.

Usted reside en el Reino Unido, donde se ha criminalizado la protesta contra el genocidio y donde la organización Palestine Action ha sido ilegalizada. En Alemania, sufrió un fuerte un señalamiento cuando fue a dar una conferencia sobre el genocidio con la relatora Francesca Albanese. ¿Cómo ha afectado a Forensic Architecture su trabajo sobre Palestina?

Hemos perdido financiadores. Muchos de los que pensábamos que eran liberales y defensores de los derechos humanos, cuando empezamos a trabajar sobre el genocidio y el apartheid, nos dijeron: «Oh, eso es demasiado, no deberíais trabajar en eso». Necesitamos encontrar nuevos financiadores, pero es muy difícil. 

Nuestra sede en Alemania casi tuvo que cerrar y la policía alemana me ha designado como alguien a quien hay que vigilar. ¿Cómo es posible que un defensor de los derechos humanos, un defensor israelí de los derechos humanos, miembro de una familia superviviente del Holocausto, esté señalado en Alemania por antisemitismo? ¿Cómo hemos llegado a esto?

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[Adelanto editorial] Vivan quienes quieren no morir nunca

Por: Patricia Simón

Epílogo de ‘Yo quiero no morir’ (Astiberri, 2026), escrito por la periodista Patricia Simón.

Conocí a Jaime Garzón en 2006. Hacía siete años desde que lo habían asesinado y, sin embargo, me salía al paso en algunos de los rincones más aislados y abandonados por el Estado colombiano. En la selva profunda del Chocó, en pequeñas veredas del Cauca, en las carreteras de la Antioquia más recóndita, su rostro me miraba desde muros y carteles. En medio de la violenta oscuridad que sacudía el país en aquellos tiempos, su sonrisa ancha era un símbolo de la hospitalidad que, pese a todo, seguía desprendiendo el pueblo colombiano.

En aquellos años, el gran problema del periodismo en España era una precariedad en la que muchos se escudaban para traicionar nuestra función pública y venderse a la manipulación, la propaganda, la espectacularización y la propagación del odio. En Colombia aprendí que allí, como en buena parte de los países más azotados por la guerra, quienes deciden ejercer este oficio con honestidad e independencia lo hacen a sabiendas de que pueden ser asesinados por cumplir con su deber deontológico. Periodistas reconocidos y anónimos que compartieron conmigo sus contactos y conocimientos para que pudiese llegar a las veredas más recónditas y entrevistar a los supervivientes de las masacres paramilitares, a las madres de los llamados “falsos positivos” –civiles asesinados por el Ejército para presentarlos como bajas en combate–, a los líderes comunitarios amenazados por las guerrillas, a las maestras y sindicalistas asediados por todos los actores armados, al campesinado desplazado forzosamente para construir macroproyectos de multinacionales europeas, canadienses y estadounidenses. Y en muchos de esos lugares me encontraba con grafitis en los que con unos cuantos trazos –las gafas redondas, el pelo acaracolado–bastaba para reconocer a quien ya era un icono de la decencia y de la defensa de los derechos humanos: Jaime Garzón.

Recuerdo el impacto que me produjo la admiración con la que me hablaban de él periodistas que, poco después de conocerlos, ya se habían convertido para mí en maestros de lo que debe ser este oficio y de lo que una nunca debe olvidar. Compañeros que me enseñaron a no perder de vista el retrovisor por si nos seguía algún coche o moto, a no abrir la puerta a nadie que llevase el casco puesto porque habían perdido a muchos colegas ejecutados tras abrir a supuestos repartidores, a que siempre había que tener una habitación preparada para esconder a quienes llegaban huían de las amenazas… Todos ellos compartían una devoción por la figura de Garzón que también me transmitieron mis amigos y amigas defensoras de los derechos humanos, académicas, lideresas sociales, dramaturgas, pintores… Personas que siguen siendo hoy mis referentes éticos y humanistas se esforzaban por explicarme la influencia social de una figura que yo no terminaba de entender, probablemente, porque no había conocido nada igual hasta entonces. Tuve que ir desentrañando la figura de Jaime Garzón para comprender por qué se había convertido en una de las más escuchadas, respetadas y queridas por la mayoría social de Colombia. Y, también, en una de las más odiadas por una minoría, aquella que nunca ha dudado en usar la violencia para preservar su poder, privilegios, supremacismo y concentración de la riqueza.

Potada de 'Yo no quiero morir' (Astiberri).
Portada de la novela gráfica Yo quiero no morir (Astiberri, 2026).

Así fui sabiendo que Jaime Garzón había sido un hombre bueno que había estudiado varias carreras movido por la curiosidad y la pasión por entender el mundo; un hombre valiente que se había implicado en la política institucional para defender la vida desde los territorios más ninguneados por el Estado en un país en el que eso se castiga con la muerte; un hombre heterodoxo que sustituyó el marxismo por el “grouchomarxismo” cuando las guerrillas se empezaron a parecer a sus antagonistas; un hombre sabio que se había dado cuenta de que el humor es la forma más elevada y transformadora de la inteligencia; un hombre erudito que había volcado su talento en desnudar el negocio de la guerra y a sus mercaderes en los medios de comunicación –los mismos que, mayoritariamente, estaban y están al servicio de la oligarquía que se blinda reproduciendo la violencia–; un hombre valiente que se dedicó a mediar con las guerrillas para la liberación de más de cien personas secuestradas; un hombre alegre, divertido y disfrutón que amaba tanto la belleza de la vida que consagró la suya a conseguir que una vida que merezca ser vivida fuese un derecho universal.

Y así fue como, conociendo la trayectoria y la personalidad de Jaime Garzón, fui también entendiendo mejor la historia e idiosincrasia de Colombia: un país compuesto, mayoritariamente, por hombres y mujeres buenos, generosos, verracos y bellos en su sentido ético y estético; personas que han respondido a décadas de guerra, expolio, barbarie y dolor construyendo el tejido asociativo, cívico y de defensa de los derechos humanos más potente, imbricado y vanguardista del mundo; gente pobre que tras sobrevivir a las peores atrocidades se convirtieron, de facto, en juristas, comunicadores, activistas para defender su dignidad en alianza con profesionales extraordinarios de todos los ámbitos que anteponen el bien común a su bienestar; un pueblo que coopera vereda por vereda, ciudad por ciudad, departamento por departamento, para llevar su lucha contra la impunidad hasta las más altas instancias de justicia internacional; una sociedad que sumida en el horror ha sido capaz de aportar contribuciones vanguardistas y cruciales al terreno del derecho internacional y de la construcción de paz. Una excelencia y excepcionalidad las del pueblo colombiano de las que Jaime Garzón es uno de sus embajadores más universales.

Cuando “las palabras no alcanzan”

Quienes nos dedicamos a intentar entender los peores contextos para explicarlos después convivimos con la angustia permanente de que “las palabras no alcanzan” para nombrar lo inenarrable, como escriben Alfredo Garzón y Verónica Ochoa en su magistral obra Garzón. El duelo imposible. Pero les aseguro que esta novela gráfica no solo logra recoger, evocar, explicar y mostrar la complejidad y brutalidad de la historia reciente de Colombia, sino también lo más valioso, difícil y extraordinario: el ingente esfuerzo de buena parte de su sociedad por transitar a un país justo, seguro, respetuoso, dialogante, pacífico, incluyente, boyante y orgulloso de su diversidad. Y, desgraciadamente, el alto coste en vidas, destierros y tristeza que ha pagado por la osadía de pretender redistribuir su tierra y recursos, juzgar a los dirigentes y empresarios que ordenaron –y ordenan– los crímenes, señalar a colaboradores tan poderosos como el Estado de Israel o las transnacionales del Norte Global, y a los medios de comunicación que legitiman y presentan la violencia como un fenómeno natural, imprevisible, inevitable, sin responsables ni beneficiarios. Sin el trabajo sucio de una prensa corrompida, el negocio de la guerra se hundiría porque no habría pueblo que lo apoyase. Por ello, algún día, también deberían ser juzgados sus consejos de administración.

Pero, frente a su inmundicia, también hubo y hay quienes no se pliegan. Y Garzón. El duelo imposible también los honra. Como al director de El Espectador Guillermo Cano, asesinado en 1986 por denunciar el fenómeno del paramilitarismo y sus vínculos con el Estado. “No vendemos, no hipotecamos, no cedemos nuestra conciencia ni nuestra dignidad a cambio de un puñado de billetes”, dejó escrito. Unas palabras que deberían estar impresas en todas las redacciones del mundo.

En este libro, su coautor y coprotagonista Alfredo Garzón, hermano de Jaime, encarna en lo que convierte la guerra a aquellos que sobreviven a la pérdida de sus seres queridos: personas en “diálogo constante con el asesinado”, como escribe sobre sí mismo. “Para mí, el asesinato de Jaime no es un hecho del pasado. Cada día sin justicia es un día más en que Jaime es asesinado. Un día más en que los asesinos vencen”, explica, resumiendo así la violencia que esta impunidad inflige a las víctimas.

Colombia es un país “de cementerios llenos de personas a las que se les ha negado la palabra”. Este libro se la devuelve, convirtiéndola en un alegato por el diálogo como antídoto frente a la violencia. Un acto de justicia para quienes siguen sin recibirla. Pero esta obra llega mucho más allá: construye cultura de paz al resucitar a todos esos hombres y mujeres que intentaron parir un mundo mejor para que puedan estudiarse en todas las escuelas e institutos del mundo, referentes con los que enseñar a los niños, niñas y adolescentes que no hay forma más ética, legítima, enriquecedora, apasionante y digna de estar en el mundo que defendiendo los derechos humanos, que no hay otra forma de impedir que la internacional del odio que recorre el planeta imponga un orden del miedo y la crueldad, que no podemos permitir que hagan lo que ya hicieron en Colombia: deshumanizar a “los otros” para convertirlos en “desechables”, exterminables, desaparecidos, en nadies.

La novela gráfica de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa es un canto a la vida vivida adrede, un homenaje a los y las idealistas, esos locos utópicos que a lo largo de la historia fueron despreciados tachándolos de ilusos e ingenuos y a quienes les debemos los derechos sin los que seguiríamos siendo esclavos, súbditos, animales de compañía, subhumanos. Personas como Jaime y Alfredo Garzón, como sus amigos, que se dejaban el alma trabajando por un horizonte esperanzador, que bailaban, cantaban y gozaban hasta el amanecer cada vez que podían, y que lloraban y lloran a sus muertos escribiendo obras de arte como este libro. ¡Viva la vida y quienes quieren no morir nunca!

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Educadas en la pederastia

Por: Patricia Simón

Este artículo forma parte del dossier ‘Pederastas’. Puedes conseguir la revista y suscribirte en el kiosco de ‘La Marea’.


Stepfather y stepdaughter son dos de las temáticas más demandadas en las webs de pornografía, según los datos publicados anualmente por una de las más importantes, Pornhub. Padrastro e hijastra en español, subterfugios para evitar el concepto que realmente evocan, el incesto. Es decir, una de las construcciones del deseo más demandadas por los consumidores de pornografía a nivel global es aquella en el que niñas, adolescentes y jóvenes son violadas por un adulto en posición de superioridad, que, además, es pareja de sus madres, y que en realidad, representan el rol de sus hijas. Es decir, la representación de una de las violencias pederastas que más afectan a las menores en todo el mundo –aquella que ejerce un adulto de su entorno familiar y social más estrecho– engrasa uno de los negocios más lucrativos reproduciendo un modelo de la sexualidad violento y basado en el poder sobre los menores, las personas más vulnerables –en el porno, son una minoría las escenas que representan una sexualidad libre, igualitaria, segura y consentida–.

En el caso del incesto, los vídeos se dividen, mayoritariamente, en dos tramas: el sometimiento de la menor contra su voluntad o, por el contrario, la seducción del hombre que, pese a sus reparos, no se puede resistir a la tentación de la menor. El binomio desde el que tradicionalmente se nos ha leído a las niñas y mujeres: víctimas perfectas o pérfidas manipuladoras. En estas producciones, las actrices deben ser mayores de edad porque, de lo contrario, las empresas estarían incurriendo en un delito de trata de menores para la explotación sexual. Por ello, eligen a las que tienen rostros más aniñados y cándidos, y suelen obligarlas a depilarse totalmente el pubis, algo que se ha extendido a buena parte de las actrices porno. Es decir: el aspecto predesarrollo menstrual como cenit de lo deseable. Y todo ello, presentado como manifestaciones de la juventud, un concepto que en el imaginario sexual masculino abarca la década de la veintena, suele extenderse hasta la barrera legal de los 18 años, y otros, muchos, a la fantasía de los «15 años tiene mi amor», como escuchamos cantar durante décadas al Dúo Dinámico. En España, sólo desde 2015 la pederastia incluye relaciones con menores de 16 años. En Francia, el límite se establece en los 15, en Alemania en los 14 y en Argentina baja hasta los 13.

La mayoría de las nacidas en los años 80 ya no crecimos cantando «las niñas bonitas no pagan dinero» pero sí inauguramos la adolescencia asumiendo que entrábamos en las discotecas gratis porque la mercancía éramos nosotras: un reclamo para los chicos adolescentes y, también, para hombres adultos que podrían haber sido nuestros padres. Probablemente para entonces ya habíamos escuchado más de una vez aquello de «donde hay pelito, no hay delito» y nos habría dado tiempo a normalizar que, desde que nos desarrollamos, familiares y amigos de nuestros padres empezaran a sexualizarnos con la mirada, hacer comentarios sobre nuestro cuerpo y bromear o preguntar por los novios. Algo que sigue ocurriendo hoy exactamente igual. Con la diferencia de que por entonces, nuestras experiencias vitales eran legitimadas por la narrativa de buena parte de los productos audiovisuales que consumíamos.

En 1990, se estrenaba Pretty Woman, una cinta en la que Richard Gere interpretaba a un putero multimillonario de 40 años que sacaba de la calle a una prostituta de 22. En 1994, se estrenó en todo el mundo Mi padre, qué ligue. Considerada una comedia para mayores de siete años, retrata la envidia y la admiración que despierta la relación de pareja que, supuestamente, mantienen un Gérard Depardieu de 41 años y una Katherine Heigl de 14 durante unas vacaciones en una isla. La cinta es una versión norteamericana de la misma historia estrenada tres años antes en Francia, con gran éxito, y también protagonizada por el actor galo. En realidad, son un padre y su hija que se hacen pasar por pareja, y si entonces su visionado provocaba preguntas incómodas entre el público adolescente que la veíamos, hoy resulta nauseabunda –y eso, sin tener en cuenta las condenas y acusaciones por abusos sexuales contra Depardieu–.

Un lustro después, inauguramos los 2000 con una de las películas más taquilleras de la década, Otoño en Nueva York. Protagonizada por Richard Gere, de nuevo, y Winona Ryder, idealizaba una relación entre un hombre de 48 años con una joven de 22. Una diferencia de edad de 26 años no era algo excepcional en aquella época en la que, en la televisión, también veíamos cómo jóvenes modelos como Sofía Mazagatos o Mar Flores conseguían el marchamo de respetabilidad cuando se emparejaban con empresarios y aristócratas, al menos, 20 años mayores que ellas.

Cuando accedimos a la considerada cultura elevada, descubrimos que el director más venerado por la intelectualidad europea estaba casado con una de sus hijastras y denunciado por abusos sexuales por parte de otra de ellas. Woody Allen hizo pública su relación con Soon-Yi Previn en 1992, cuando ella cumplió 21 años, él, 57, y cuando Dylan Farrow denunció que sufrió sus agresiones sexuales. Tenía siete años y el caso nunca se resolvió.

En 2010, el escritor y agitador ultra Sánchez-Dragó publicó una biografía en la que se jactaba de haberse acostado con dos niñas de 13 años en Japón, admitiendo en público lo que no era sino una violación. Casi al mismo tiempo, en Telemadrid, el polemista Salvador Sostres se guaseaba sobre su preferencia por «las vaginas que no huelen a ácido úrico». Y en los carnavales, la fiesta donde tenemos licencia para ser otras personas, las niñas y las mujeres nos encontramos, entonces y ahora, con que el uniforme de colegiala sigue considerándose como un disfraz sexy y vendiéndose como tal no solo en los bazares, sino también en los sex shops. Para que el look sea total, dos trenzas o coletas. De hecho, Francia y la UE están investigando al gigante chino Shein por vender muñecas penetrables con aspecto infantil. Y en la cuna de la Ilustración cada vez salen más libros y documentales protagonizados por supervivientes de depredadores sexuales de la élite intelectual y artística del país, violadas sistemáticamente cuando eran niñas, a menudo con el conocimiento de progenitores y círculo social.

El multimillonario pederasta Jeffrey Epstein entendió que no había método más eficaz para atraer a empresarios, políticos, aristócratas e intelectuales de todo el mundo que ofreciéndoles mujeres jóvenes y niñas para su explotación sexual. Según declararon los demócratas Jamie Raskin y Ro Khanna y el republicano Thomas Massie tras revisar en el Departamento de Justicia algunos de los documentos que no se han hecho públicos, habría referencias a víctimas de hasta 9 años explotadas por funcionarios de alto nivel de un gobierno .

Epstein sabía que el concepto de jóvenes en el mercado del sexo es un concepto líquido, resbaladizo, interpretable y subjetivo que puede abarcar desde los señores diligentes que esperan que las ‘piezas de la cacería’ cumplan o superen la mayoría de edad para preservar su respetabilidad hasta quienes claramente entran en la categoría de pederastas. En medio, un abanico infinito de manipulación psicológica, oprobios, abusos y violencias físicas, psíquicas y sexuales que aún estamos aprendiendo a identificar y nombrar. Y sobre todo, el abismo de asumir que la mayoría de los victimarios no son multimillonarios ni pobres desconocidos, sino padres, padrastros, abuelos, tíos, profesores, entrenadores, vecinos y amigos de la familia. Hombres normales educados, como nosotras, en un sistema cultural correosamente pederasta.

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María Carrión: “El Ministerio de Exteriores español no quiere que el FiSahara exista”

Por: Patricia Simón

El Festival Internacional de Cine del Sáhara (FiSahara) acaba de celebrar su decimonovena edición en los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia). Su directora, María Carrión, explica el milagro de un festival que reúne a cineastas, periodistas, cinéfilos y activistas de todo el mundo, pero que, sobre todo, es disfrutado y protagonizado por el pueblo saharaui.

La mayoría de las personas que asisten a las proyecciones son saharauis, y lo mismo ocurre en las charlas y en los talleres. ¿Cómo han conseguido que una población refugiada en condiciones tan extremas haga suyo el FiSahara?

Este proyecto aterrizó en los campamentos en 2003 con una edición muy especial que aún no sabemos cómo salió adelante. Fue un chute de energía pero también algo muy ajeno a la cultura y a las tradiciones saharauis, a pesar de que muchas películas eran españolas y de que tienen ese vínculo con España. Pero a través de los talleres de cine del FiSahara y, en 2011, de la creación de la Escuela de Cine Abidin Kaid Saleh, los jóvenes saharauis se apropiaron de la herramienta del audiovisual. Empezaron a hacer sus propias películas y a usarlas para hablar de temas sensibles o de aquellos de los que les costaba hablar. También tenemos un cine móvil que realiza proyecciones en las wilayas. Las mujeres están usando el cine como un instrumento de educación. Y los mayores, que en un principio lo veían como una imposición occidental, y hasta cierto punto lo era, al ver cine saharaui en las pantallas lo han incorporado a sus vidas.

Una estudiante de la Escuela de Cine nos explicaba que ha dedicado su primer corto al rechazo de una joven a casarse, como le quiere imponer su padre, para poder seguir estudiando y ser libre. ¿Cómo ha sido el trabajo con las mujeres para que usen el cine para defender sus derechos?

Muy importante, porque lo usan precisamente para abordar estos temas. Es mucho más fácil romper el hielo en una charla tras una proyección. Así que la escuela ha tenido siempre muchas alumnas con historias muy potentes. Además, llegó un momento en el que fue necesario que la formación la diera un equipo saharaui. A través de becas internacionales, cada vez ha habido más formadores y formadoras con esa visión de género de la mujer saharaui.

¿Cuáles son los temas que más necesitan abordar desde el cine?

Sus preocupaciones: la falta de oportunidades, de trabajo, la depresión, la salud mental, el tema de las drogas, que es tremendo… También han hecho un par de sitcoms y a través del humor abordan cuestiones cruciales como la inmigración, las cada vez mayores desigualdades… La televisión de la RASD [República Árabe Saharaui Democrática] emite muchos de sus trabajos y algunos están llegando a los territorios ocupados por Marruecos. Es más, cada año nos llegan trabajos hechos por saharauis bajo la ocupación, sin ninguna formación, que están haciendo sus propias películas. Y nosotros les damos el espacio y la atención que necesitan.

¿Están ayudando las redes sociales a su difusión?

Mucho. Por ejemplo, la sitcom Tonterías en el exilio se ha vuelto viral gracias a que la pueden ver en sus teléfonos. Y un signo de lo potente que se ha vuelto el Fisahara es que Marruecos se ha inventado un festival de cine en la Dajla ocupada. Está dotado con una cantidad de dinero impresionante, con hoteles de cinco estrellas, e invitan a gente del cine de todo el mundo que a menudo no es consciente de que está yendo a un territorio ocupado. Marruecos intenta competir con el FiSahara, pero no se puede comparar un festival hecho por un pueblo con uno organizado por un régimen.


Un signo de lo potente que se ha vuelto el FiSahara es que Marruecos se ha inventado un festival de cine en la Dajla ocupada»


¿Cuáles son las mayores dificultades que encuentran los aspirantes a cineastas?

Todas. Grabar el sonido cuando ruge el viento es imposible, lo mismo que proteger los equipos para que no les entre la arena. Aquí, además, se está haciendo cine, como dijo un compañero, con los mismos elementos que utilizaron sus abuelas para construir los campamentos en medio de la hamada. Un año, hubo una subida de tensión eléctrica y se quemaron todos los equipos de la escuela. Lo que sale de los campamentos saharauis es un cine urgente hecho con herramientas muy básicas. Pero las historias contrarrestan las dificultades técnicas.

En un momento como el actual, en el que hay un mayor número de personas desplazadas en el mundo, en el que vivimos el genocidio de Gaza, las guerras de Líbano e Irán, en el que hay grandes similitudes entre la ocupación de Palestina y del Sáhara Occidental, dedicáis esta edición al derecho al retorno, que es uno de los derechos más olvidados.

Como no se aborda en las negociaciones, de las que están excluidos los propios interesados, nos toca reivindicarlo a nosotros. Estamos en un mal momento, pero estos pueblos llevan décadas, sino siglos, luchando. En España nos alarmamos mucho por la situación del Sáhara, pero los saharauis están tranquilos porque tienen claro que para ellos la cuestión no es si van a retornar, sino cuándo lo harán. Y ese espíritu es también el del FiSahara. Por más retos y obstáculos que encontremos, va a seguir adelante porque va a acompañar al pueblo saharaui hasta que su tierra sea libre.

FiSahara
Proyección del documental de apertura del festival FiSahara, Aminetou, de Lucía Muñoz Lucena. BEATRIZ VELASCO / FISAHARA

La Agencia Española de Cooperación al Desarrollo (AECID) fue una de las principales financiadoras del FiSahara en sus inicios, pero tras los recortes de la crisis de 2008, nunca ha vuelto a apoyarlo. ¿Con qué apoyos contáis?

Pasamos una cantidad absurda de tiempo buscando financiación. El año pasado no pudimos celebrar el festival por falta de dinero. Hay mucho trabajo voluntario, cada año perdemos dinero por emergencias y cambios de última hora, como invitados que no pueden asistir, y pese a todo conseguimos que el festival salga adelante con muy poquito dinero.

El Gobierno español no aporta financiación, y eso lo dice todo de la política de España. Que no nos financien demuestra lo ruin que es la política española. Es algo que no perdono a mi país. España no solo se desentiende de sus obligaciones legales con el pueblo saharaui, sino que se alinea con la potencia ocupante.

En cuanto a la AECID, he intentado retomar esa vía de financiación, pero no ha sido posible. Lo que nos llega es que se trata de una decisión política. El Ministerio de Exteriores español no quiere que el FiSahara exista porque es un problema para ellos. Lo que está haciendo es ruin y cruel.

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‘Reuníos’: el legado de esperanza de Arcadi Oliveres

Por: Patricia Simón

Cuesta imaginar un acto más revolucionario en tiempos crueles como el actual que reunirse para celebrar la vida de un hombre bueno, para hablar sobre cómo seguir su ejemplo y construir un mundo más pacífico y justo, y terminarlo cantando Blowing in the wind, L’Estaca e Imagine con su hijo, Albert, tocando el piano. Y exactamente así fue como transcurrió el homenaje a Arcadi Oliveres celebrado la mañana del sábado en el salón de actos de La Unió Santcugatenca de Sant Cugat del Vallès (Barcelona).

Una mañana que prometía lluvia y que regaló esperanza a las más de doscientas personas que se reunieron para cumplir uno de los mandatos más reiterados por quien rehusaba los imperativos, enseñaba rebeldía y dedicó su vida a sembrar espíritu crítico: el “Junteu-vos” (Reuníos, en español) con el que solía salpicar sus charlas Arcadi Oliveres.

Durante las pausas del encuentro, activistas de todas las edades y de los movimientos sociales más activos en la actualidad se saludaban y abrazaban con afecto y familiaridad. Algunos, incluso sin conocerse entre sí pero con la fraternidad de saberse parte de una genealogía muy particular: la de los arcadistas. Hombres y mujeres en los que Arcadi Oliveres sembró la defensa de la cultura de paz y que ha fructificado en una pléyade de organizaciones que han convertido Catalunya en el epicentro de la investigación y desarrollo de propuestas de construcción de paz –Unipau, Fundipau, la Escola de Cultura de Pau, Institut de Drets Humans de Catalunya, Institut Català Internacional per la Pau, Novact, Centre Delàs…–. Pero, también, en la incorporación de esta perspectiva en el resto de luchas sociales, como se constató en la mesa redonda dedicada a analizar su legado en el activismo actual.

La clarividencia optimista de Oliveres

Javi Raboso, de Greenpeace España, explicó que conoció a Oliveres en un foro alterglobalización a principios de los 2000. “Por entonces, casi no se hablaba de decrecimiento. Y él ya lo hacía, además con un optimismo que no siempre hemos sido capaces de reproducir”, apuntó ante un aforo tan lleno que parte de los asistentes tuvieron que permanecer de pie durante las cuatro horas de homenaje.

“Arcadi supo ver con clarividencia que la crisis climática era resultado del capitalismo criminal y depredador del que él hablaba. Y la ponía en relación con la justicia global”. Raboso incidió en que el planeta no da para la codicia de todo el mundo, pero sí que surte de lo que necesita a todo el mundo. Por eso, “Arcadi invitaba a decrecer de una manera ordenada y en aquellos ámbitos en los que habíamos crecido irracionalmente”, a la vez que había que crecer “en el tiempo del que disponemos para nosotras mismas, para los cuidados y en todo aquello que reproduce la vida”, añadió.

Pero si en algo quiso poner el acento Raboso es en que la lucha prioritaria en la actualidad es la defensa por la democracia. Y puso como ejemplo, el asedio que está sufriendo Greenpeace en Estados Unidos, condenada a pagar 660 millones de dólares a una petrolera. “Una muerte civil. O los activistas condenados por manchar con remolacha -que se limpia con agua- la fachada del Congreso de los Diputados para poner el foco en la gravedad de lo que está ocurriendo con la crisis climática”, apuntó Raboso.

En sus últimos años de vida, Oliveres estuvo muy vinculado al movimiento juvenil climático. Raboso tiene claro dónde están hoy sus integrantes: “La Greta Thunberg que en 2018 estaba en huelga pidiendo medidas ante el Parlamento sueco, en 2025 estaba en la Flotilla contra el genocidio de Gaza. Esa es la evolución que han hecho esos jóvenes que siguen implicados en luchas emancipatorias. Y esa es la esperanza”.

«Tenemos que seguir»

A su lado, Alys Samson, de la plataforma Prou Complicitat amb Israel, quien explicó que de pequeña tenía colgado en la pared de su habitación el mapa de los conflictos de la Escola Cultura de Pau, recordó que “si el Ajuntament de Barcelona y la Generalitat de Catalunya han cerrado sus respectivas oficinas en Tel Aviv y que si el Gobierno de España ha aprobado un Real Decreto-Ley de ruptura parcial de las relaciones con Israel es porque lo que hacemos funciona. Que los resultados son mínimos, por supuesto, pero por eso mismo tenemos que seguir”. De hecho, apuntó Samson, “Israel está más aislado que nunca. Ya solo cuenta con el apoyo de la extrema derecha”.

Cheikh Drame, presidente de SOS Racisme, en representación del movimiento antirracista, subrayó que para la población que sufre el racismo su problema “no empezó ni es solo con la extrema derecha, sino que es un continuum de la historia colonial europea”. Y añadió que “la racialización no es casual, es la que marca quién trabaja para quién. Un sistema que te da o no papeles para poder trabajar de manera digna”. Y, en representación del movimiento por el derecho a la vivienda, Max Carbonell, del Sindicat d’Habitatge Socialista de Catalunya, quien compartió que se politizó en el 15M, donde, «de las charlas que más me influyeron, estaban las de Arcadi”.

Ahora, Carbonell ve la esperanza que el economista reivindicaba en “que los sindicatos se han multiplicado y en que las nuevas generaciones se están organizando con coordenadas radicales, como quienes se manifestaron el 1 de Mayo”. El moderador, Dani Gómez-Olivé, citó una frase de Oliveres que resume el corazón de su pensamiento: «Hay que abolir el capitalismo porque es un sistema perverso que mata vidas y todo el planeta».

La periodista Mònica Terribas rememoró la faceta docente del economista: «Al menos, 17.000 estudiantes han pasado por las aulas de Arcadi Oliveres y no me cabe ninguna duda de que el momento de máxima transformación que puede ejercer una persona es en las aulas universitarias”. Y recordó la sensación que le causó cada vez que lo entrevistó: “Era de esas personas a las que escuchabas y pensabas que realmente era capaz de transformar”.

Todo comienza con «alguien que sonríe»

A su lado, Xavier Domènech, con quien compartió activismo y la pasión por la enseñanza en la Universitat Autònoma de Barcelona, trazó una trayectoria vital atravesada por todas las luchas sociales importantes de su tiempo: “el antifranquismo, la Caputxinada, la lucha por las libertades, los Onze de Setembre, la lucha por la amnistía, llega el fin de la dictadura y no se acaba la lucha, llega el referendum de la OTAN, la primera guerra del Golfo, el nacimiento de un nuevo orden mundial, recorrió Catalunya explicando cómo hacer un proceso constituyente catalán…”. Y así seguiría hasta su muerte en 2021 gracias a “su capacidad de no parar. No perdía la esperanza y siempre tenía una sonrisa. Y al principio de la esperanza está alguien que sonríe”, relató su amigo Domènech, que, como el resto de ponentes, reivindicó el sentido del humor como una de las grandes fortalezas de Oliveres.

Junto a él, su editora y activista Mar Valldeoriola, quien alabó su coherencia: “Arcadi decía lo que creía y hacía lo que creía”. Además, destacó su capacidad comunicativa y dominio del escenario: “Mantenía un hilo narrativo en el que siempre presentaba alternativas: las fianzas éticas, el consumo responsable… Solía explicar que no se puede ir a una manifestación contra la guerra y tener un plan de pensiones que la financia”. Frente a la impotencia y cansancio que lastra nuestros días, Valldeoriola no tiene duda de que el pacifista anticapitalista habría espoleado a cualquiera que lo quisiera escuchar “a hacer, porque hay mucho por hacer”.

Terribas reivindicó la vigencia y la necesidad de discursos y figuras como la de Arcadi Oliveres para frenar el fascismo que puede llegar a los gobiernos de Catalunya y España en las próximas elecciones. “Sin duda, si estuviera vivo, hoy Oliveres estaría luchando contra el fascismo”, concluyó Domènech.

Un acto que insufló a los asistentes energía, ganas y determinación para juntarse, para hacer, para luchar por la paz, por la justicia, por la solidaridad y por vidas que queramos exprimir como él hizo con la suya.

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