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Lo único importante es ganar

Por: Jorge Dioni López

Artículo publicado en el número 112 de La Marea.

¿Las ratas pueden nadar? El pasado 10 de mayo, alguien introdujo esa consulta en una IA y sacó un pantallazo para ganar una discusión. Hasta aquí, todo bien, salvo que la charla no se desarrollaba en un bar o en una casa rural, sino en el marco de una crisis sanitaria que implicaba a una larga lista de administraciones de varios países. Una de ellas, el gobierno autonómico de Canarias, quería algo muy propio de nuestra época: tener voz propia. Dentro de nuestro modelo competitivo, aceptar el criterio de otro significa una derrota porque no existe el concepto de bien común. Si alguien gana, alguien pierde. Por eso, si una administración decía que no había peligro, había que demostrar que sí. Había que ganar la discusión. 

El pantallazo salió del ámbito del gabinete de presidencia y entró en esa conversación pública. La otra administración respondió con una argumentación exhaustiva y el inclemente coro digital sancionó el argumento de las ratas nadadoras con toda la dureza de la ironía. No hay cuchillo más afilado que el humor.

Ante ese callejón sin salida, sólo cabía una actitud: el victimismo. Reconocer el propio error también es admitir la derrota y la única posibilidad pasa por culpabilizar al otro, algo que tiene dos objetivos: que no pueda sacar partido de lo que se interpreta como victoria y, sobre todo, justificar cualquier actuación en el futuro. Como nos muestra cada edición de La isla de las tentaciones, el victimismo es la carrera armamentística de las malas personas

Es importante detenerse en ese momento en el que alguien decide hacer esa búsqueda en Internet, alguien decide incorporarla a la argumentación pública y el presidente opta por defender todo lo anterior. ¿No había nadie más a quién hacer esa pregunta? ¿El gabinete de una presidencia autonómica no tiene acceso directo al conocimiento especializado? Claro, la clave es que no se buscaba una respuesta que se aproximase a la verdad, sino algo contundente que sirviera para mantener la propia posición y, sobre todo, algo comprensible. Realizar esa pregunta a un especialista entrañaba el riesgo de evidenciar las propias carencias. La IA siempre es amable. Nunca te dejaría en evidencia.

El punto de partida del conocimiento es la sensación de ignorancia. ¿Esto es así? No lo sé. Voy a verlo. El Quijote o Segismundo son personajes que salen de un encierro en el que han tenido mucho contacto con los libros y comprueban que la autoridad que hay en ellos no sirve. Hay que experimentar para conocer el mundo. Hay que medir, pesar, tomar notas y contrastar con otra gente que mide, pesa y toma notas. Da igual la posición de cada uno en la jerarquía social porque lo importante es el método. No discuten las personas y no lo hacen sobre lo que creen. Los experimentos se comprueban reproduciéndolos: distintas personas en distintos sitios hacen lo mismo. El saber es colectivo y acumulativo. Por lo tanto, cada vez más complejo. 

Al neoliberalismo le molesta todo lo colectivo. La ciencia, también. El economista Friedrich Hayek dividía entre el conocimiento específico que proporciona el mercado a los que participan en él y el saber abstracto de las élites científicas, artísticas o académicas, los nuevos clérigos, que quieren imponer una verdad y un estilo de vida a los demás, algo que está muy cerca de la planificación socialista. Las estructuras de conocimiento experto imponen un monopolio de los hechos y deben adaptarse al modelo del mercado desregulado.

Es lógico que se desmantelen las estructuras académicas y las instituciones internacionales, que un antivacunas sea secretario de Estado de Sanidad o que se cambie el nombre de un accidente geográfico. El conocimiento experto del dermatólogo tiene que convertirse en un producto que se enfrente al saber irreflexivo que ofrece el futbolista porque lo importante es la energía espontánea que crea esa competición. La clave es el formato. 

La clave para acabar con lo colectivo es el otro factor. Al ser acumulativo, participar de ese conocimiento experto requiere cada vez más formación hasta un punto en el que resulta incomprensible para los no especializados. Aunque no haya sido una voluntad consciente, son fortalezas. Las herramientas que abren la conversación pública son también las que permiten asaltar esas fortalezas.

La ignorancia tiene menos vergüenza porque nuestro modelo nos invita participar del mercado del conocimiento y tenemos herramientas para conseguir información en poco tiempo. Hay gente, sobre todo varones, que tiene pánico a quedarse fuera de la conversación y es irrelevante que al otro lado haya una historiadora que ha dedicado treinta años a estudiar la legislación romana. El punto de partida de la ignorancia es la sensación de conocimiento. Da igual. Lo importante es ganar la conversación. Nada más.   

Actualización 27/07/2026

La entrada Lo único importante es ganar se publicó primero en lamarea.com.

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Lo único importante es ganar

Por: Jorge Dioni López

Artículo publicado en el número 112 de La Marea.

¿Las ratas pueden nadar? El pasado 10 de mayo, alguien introdujo esa consulta en una IA y sacó un pantallazo para ganar una discusión. Hasta aquí, todo bien, salvo que la charla no se desarrollaba en un bar o en una casa rural, sino en el marco de una crisis sanitaria que implicaba a una larga lista de administraciones de varios países. Una de ellas, el gobierno autonómico de Canarias, quería algo muy propio de nuestra época: tener voz propia. Dentro de nuestro modelo competitivo, aceptar el criterio de otro significa una derrota porque no existe el concepto de bien común. Si alguien gana, alguien pierde. Por eso, si una administración decía que no había peligro, había que demostrar que sí. Había que ganar la discusión. 

El pantallazo salió del ámbito del gabinete de presidencia y entró en esa conversación pública. La otra administración respondió con una argumentación exhaustiva y el inclemente coro digital sancionó el argumento de las ratas nadadoras con toda la dureza de la ironía. No hay cuchillo más afilado que el humor.

Ante ese callejón sin salida, sólo cabía una actitud: el victimismo. Reconocer el propio error también es admitir la derrota y la única posibilidad pasa por culpabilizar al otro, algo que tiene dos objetivos: que no pueda sacar partido de lo que se interpreta como victoria y, sobre todo, justificar cualquier actuación en el futuro. Como nos muestra cada edición de La isla de las tentaciones, el victimismo es la carrera armamentística de las malas personas

Es importante detenerse en ese momento en el que alguien decide hacer esa búsqueda en Internet, alguien decide incorporarla a la argumentación pública y el presidente opta por defender todo lo anterior. ¿No había nadie más a quién hacer esa pregunta? ¿El gabinete de una presidencia autonómica no tiene acceso directo al conocimiento especializado? Claro, la clave es que no se buscaba una respuesta que se aproximase a la verdad, sino algo contundente que sirviera para mantener la propia posición y, sobre todo, algo comprensible. Realizar esa pregunta a un especialista entrañaba el riesgo de evidenciar las propias carencias. La IA siempre es amable. Nunca te dejaría en evidencia.

El punto de partida del conocimiento es la sensación de ignorancia. ¿Esto es así? No lo sé. Voy a verlo. El Quijote o Segismundo son personajes que salen de un encierro en el que han tenido mucho contacto con los libros y comprueban que la autoridad que hay en ellos no sirve. Hay que experimentar para conocer el mundo. Hay que medir, pesar, tomar notas y contrastar con otra gente que mide, pesa y toma notas. Da igual la posición de cada uno en la jerarquía social porque lo importante es el método. No discuten las personas y no lo hacen sobre lo que creen. Los experimentos se comprueban reproduciéndolos: distintas personas en distintos sitios hacen lo mismo. El saber es colectivo y acumulativo. Por lo tanto, cada vez más complejo. 

Al neoliberalismo le molesta todo lo colectivo. La ciencia, también. El economista Friedrich Hayek dividía entre el conocimiento específico que proporciona el mercado a los que participan en él y el saber abstracto de las élites científicas, artísticas o académicas, los nuevos clérigos, que quieren imponer una verdad y un estilo de vida a los demás, algo que está muy cerca de la planificación socialista. Las estructuras de conocimiento experto imponen un monopolio de los hechos y deben adaptarse al modelo del mercado desregulado.

Es lógico que se desmantelen las estructuras académicas y las instituciones internacionales, que un antivacunas sea secretario de Estado de Sanidad o que se cambie el nombre de un accidente geográfico. El conocimiento experto del dermatólogo tiene que convertirse en un producto que se enfrente al saber irreflexivo que ofrece el futbolista porque lo importante es la energía espontánea que crea esa competición. La clave es el formato. 

La clave para acabar con lo colectivo es el otro factor. Al ser acumulativo, participar de ese conocimiento experto requiere cada vez más formación hasta un punto en el que resulta incomprensible para los no especializados. Aunque no haya sido una voluntad consciente, son fortalezas. Las herramientas que abren la conversación pública son también las que permiten asaltar esas fortalezas.

La ignorancia tiene menos vergüenza porque nuestro modelo nos invita participar del mercado del conocimiento y tenemos herramientas para conseguir información en poco tiempo. Hay gente, sobre todo varones, que tiene pánico a quedarse fuera de la conversación y es irrelevante que al otro lado haya una historiadora que ha dedicado treinta años a estudiar la legislación romana. El punto de partida de la ignorancia es la sensación de conocimiento. Da igual. Lo importante es ganar la conversación. Nada más.   

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Algoritmos y redes: no es un fallo, es el diseño

Por: Jorge Coronado

Me hallo sentado frente a la página en blanco, como tantas veces, y pienso en esa niña. En una habitación compartida de un centro de menores de Tenerife, una cría mata el tiempo como ahora mata el tiempo medio planeta: mirando vídeos. Reels, que se llaman. Esa sucesión hipnótica de imágenes breves que Instagram escupe sin cesar, una tras otra, hasta que el dedo se cansa o la conciencia se disuelve. Ella disocia, que es la palabra técnica para decir que se va, que deja de estar. Lleva horas así, quizá toda la tarde. Y lo que ni ella ni sus compañeras de cuarto saben –ni tampoco usted, ni casi nadie– es que mientras ella mira, una inteligencia artificial ha generado más de 90 millones de predicciones por segundo para mantenerla ahí. No es un dato sacado de la manga. Lo dijo uno de los creadores de esta bestial droga que consumimos bajo el eufemismo de «red social».

Porque de eso hablamos: una droga. No se fuma, no se inhala, no se inyecta. Entra por los ojos y se instala en el cerebro con la complicidad silenciosa de un algoritmo diseñado para secuestrar la atención. Y está al alcance de sus hijos, de sus hijas, de los niños que aún no saben que están siendo el producto, no el cliente. Son la antesala de algo peor: la normalización de la cosificación. Y aquí conviene recordar de dónde viene todo esto, porque la memoria, aunque no guste, es necesaria. El dueño de Instagram se llama Meta, y Meta es la misma empresa que fundó un tal Mark Zuckerberg en una residencia universitaria.

Su primer proyecto no fue una red social para conectar al mundo, sino una página llamada Facemash. Funcionaba así: tomaba fotografías de las estudiantes de Harvard, sin su consentimiento, de los directorios universitarios, y las enfrentaba en pares para que los usuarios votaran quién era la «tía más buena». Un ranking de mujeres reducidas a puntuación. Ese fue el origen. Ahí nació la criatura que hoy le muestra a su hija cómo debe verse para ser validada.

Llevo años analizando crímenes con pruebas digitales. He visto cómo evolucionan las herramientas, pero también cómo se mantienen intactas ciertas inercias. Internet no es neutral. Nunca lo ha sido. Tampoco es un espejo fiel de la sociedad: es una lupa. Amplifica lo que ya somos. Y si algo somos es profundamente machistas. Por eso no me trago el discurso naíf de que estas plataformas pueden ser, por sí mismas, espacios de igualdad. No lo digo desde el cinismo, sino desde la experiencia. No se puede construir un entorno justo sobre una arquitectura diseñada para explotar la atención y monetizar el deseo.

No se puede levantar un templo a la igualdad sobre un solar donde la base fue la cosificación. Hace tiempo decidí comprobarlo. Me creé cuentas nuevas, limpias, sin historial, sin sesgos previos. Quería ver qué ofrecía la máquina cuando aún no sabía nada de mí. El resultado fue quirúrgico: en perfiles femeninos, cocina, decoración, ternura domesticada. En perfiles masculinos, cuerpos. Mujeres fragmentadas en curvas, en poses, en estímulos rápidos. Desde el minuto uno. Sin contexto. Sin historia. Solo consumo.

No es un fallo. Es diseño, como ha dictado una sentencia contra Meta y YouTube. Y, sin embargo, convivimos con ello como si fuera inevitable. Hemos integrado Instagram  en nuestras dinámicas más íntimas. Es nuestra carta de presentación, es filtro previo a cualquier relación. Nadie da ya su número sin pasar antes por ese escaparate digital donde competimos por parecer algo que no somos.

Pero hay algo que me inquieta más. ¿Cómo es posible que una empresa capaz de detectar automáticamente un pezón en una imagen –y censurarlo en milisegundos– no sea capaz de detectar a un menor en riesgo? ¿Cómo puede afinar hasta el absurdo para proteger su moral estética y  fallar sistemáticamente en la protección real? La respuesta es sencilla: porque el menor también es producto. Y mientras el producto genere interacción, no hay incentivo real para detener la maquinaria.

En paralelo, las redes se llenan de una estética imposible. Una carrera en la que las mujeres compiten contra versiones irreales de sí mismas, mientras los hombres consumen esa ficción como si fuera norma. Y entonces me pregunto: ¿de verdad creemos que estos sistemas se han diseñado desde una mirada equilibrada? ¿Que un algoritmo así es fruto de equipos de hombres y mujeres? La historia de la tecnología nos dice lo contrario.

Durante décadas, las mujeres han sido expulsadas de los espacios donde se decide cómo se construye el mundo digital. No es solo una cuestión de números. Es una cuestión de cultura. De cómo se percibe a quien entra. De cómo se cuestiona su talento. No es casualidad que muchas hayan abandonado. Ni que otras tengan que demostrar el doble para ser tomadas en serio. Ni que los productos finales reflejen ese sesgo. La exclusión no es un accidente. Es estructura. Y esa estructura se replica en el código, en los algoritmos, en las decisiones de producto. Lo que vemos en pantalla no es solo tecnología: es ideología empaquetada en forma de entretenimiento.

Ahora bien, no todo está perdido. Estamos en un momento histórico peculiar. La IA ha democratizado, en parte, el acceso al conocimiento y a la creación tecnológica. Hoy, más que nunca, cualquiera con capacidad y determinación puede aprender, construir, intervenir. Las barreras siguen existiendo, sí, pero ya no son infranqueables. La pregunta no es si podemos cambiar esto. La pregunta es si queremos hacerlo.

¿Estamos preparados para que entren más mujeres en el diseño de la tecnología y cambien las reglas del juego? ¿Podemos imaginar algoritmos diseñados desde la empatía, desde la protección, desde una comprensión distinta del poder? Yo, como hombre que ha crecido en este entorno y que ha participado –consciente o no– de sus inercias, quiero pensar que sí. Que es posible. Pero eso exige renunciar a ciertos beneficios, cambiar modelos de negocio, asumir pérdidas a corto plazo. Y eso, siendo honestos, es lo verdaderamente difícil.

Mientras, la niña de Tenerife sigue deslizando el dedo. Sigue ahí, atrapada en una secuencia que no diseñó y de la que nadie parece querer rescatarla. Porque no es una historia individual. Es un patrón. Como lo son tantos casos que terminan en violencia, en explotación, en situaciones donde la tecnología facilita el daño. Y aquí está el problema real: no estamos ante una herramienta que se usa mal. Estamos ante un sistema que funciona exactamente como fue diseñado.

La próxima vez que hablemos de redes sociales, quizá deberíamos dejar de preguntarnos cómo usarlas mejor y empezar a preguntarnos si estamos dispuestos a aceptar lo que realmente son. Porque tal vez el mayor engaño no sea el algoritmo y seguimos discutiendo si esto es bueno o malo, útil o inútil, educativo o peligroso… como si aún no hubiéramos entendido que el debate real es otro. No va de redes sociales. Va de esa niña que terminó siendo captada para la prostitución en el caso 18 lovas… Va de qué tipo de sociedad estamos dispuestos a tolerar. Y, sobre todo, de si vamos a seguir entregando a nuestros hijos e hijas a un sistema que no los protege… porque en realidad nunca fue diseñado para hacerlo.  

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