Este artículo se publicó originalmente en la revista de La Marea. Puedes conseguirla y suscribirte en nuestro kiosco.
No cabe duda. En Triste tigre (2023) Neige Sinno describe de forma directa y clara un abuso sexual infantil del que no cabe duda alguna: contra ella, llevado a cabo por su padrastro. Su relato es un golpe conciso que nos coloca de lleno en el centro de su páramo. Puede parecernos, como ella sostiene, que lo fascinante de la pederastia es el victimario: ¿cómo alguien puede hacer algo así? ¿cuáles son sus motivaciones? ¿de dónde saca la capacidad para dañar de este modo y seguir viviendo como si tal cosa? Perdóneme, lector, por la dureza de la cita que reproduciré a continuación: «Estar en un cuarto a solas con un niño, una niña de siete años, tener una erección ante la idea de lo que le vas a hacer. Pronunciar las palabras que hagan que ese niño se te acerque, meter el pene erecto en la boca de ese niño […] Eso sí que es fascinante […] Por no hablar de lo que sigue al terminar: vestirte, regresar con la familia como si no hubiera pasado nada». Pero sabemos que ha pasado todo. Indudablemente. Nos queda claro el daño. Nos queda claro que la vida de ese niño o de esa niña han cambiado para siempre. Nos queda clara la ruptura del círculo de seguridad del niño cuando quien abusa de él o ella es un adulto de confianza (porque en la mayoría de los casos los abusadores son adultos cercanos al infante). Quien ha de cuidarle, le hace algo así. Lo tenemos claro. Sabemos que es abuso sexual infantil (ASI).
Puede que quizá no nos quede claro el sentimiento de vergüenza que arrastrará el niño. Su incapacidad para procesar lo que le está pasando. Su idea de que quizá haya hecho algo para merecerlo o para provocarlo. Y eso no es fascinante. Es atroz. Que no pueda contarlo a su familia por miedo a que le hagan daño o al rechazo de los suyos al denunciarlo. El sentimiento de traición que se puede llegar a experimentar debido a la ambivalencia de sentimientos hacia el adulto.
Hay veces, ciertamente, en las que es indudable, pero tal es el silencio, el oscurantismo, los pliegues de excusas y de mentiras, la ceguera, que lo indudable no se aborda. Otras veces es tan cierto y claro, que por su gravedad pensamos que no puede ser verdad, que nos estamos equivocando, que algo no interpretamos bien. Es terriblemente creíble que algo así suceda en un colegio o que lo lleve a cabo un desconocido, pero ¿alguien cercano? Es impensable. Es aquí cuando lo indudable genera un ciclo de incomprensión e incluso negación, cuando lo ambivalente y lo contradictorio comienzan a enredarse, cuando quien nos cuida nos hace daño, cuando quien a veces es bueno a veces es malo. En el caso de ASI en el seno familiar ocurre así. Sabemos que sucedió, pero las propias víctimas a veces no están seguras porque el abuso no implica siempre penetración o no lo recuerdan. Y pensamos que lo estamos interpretando mal. Dudamos. En estos casos, por muy indudable que sea, los supervivientes de esta devastación a veces creen que fue una pesadilla (o muchas), que han entendido mal la situación. Creen incluso que lo han provocado. Y llega entonces la vergüenza y la culpa, el sentimiento de suciedad y rechazo hacia uno mismo.
Fascinante, por seguir la terminología de Sinno, es la actitud de aquellos que saben y que hacen lo posible por no saber. Quienes prefieren mirar hacia otro lado. A ello se suma que no tenemos claro –o no queremos tener claro– muchas veces en qué consiste el ASI. Hay muchas más formas de abusar sexualmente de un niño. ¿Las sabemos reconocer? ¿Las saben reconocer las propias víctimas? Aún más ¿las queremos reconocer?
A veces un niño solo quiere jugar o ser abrazado y se acerca con esta intención al adulto que lo llama. Sin embargo, el adulto quiere otra cosa. Es lo que Ferenczi en un conocido y polémico texto titulado «Confusión de lenguas entre el adulto y el niño» (1933) aborda para explicar el trauma sexual que encontraba en sus pacientes adultos que fueron víctimas de niños de violencias y violaciones. El niño busca ternura y el adulto busca sexo. En este encuentro de dos deseos expresados en lenguas distintas y con intenciones diferentes, al encontrar el horror que no quería, el niño se reprocha haberlo buscado porque no sabe identificar que son dos planos muy distintos y así, se siente culpable. Otras, como sabemos, son forzados y controlados con amenazas. El problema con el primero de los casos es la insidiosa pregunta del niño de si él ha hecho algo. No se escandalice, lector: la lógica es parecida a la frase dirigida a mujeres adultas según la cual «andan provocando». No se nos ocurriría pensar algo así en el caso de un niño, pero ¿no es lo que sucede en Lolita de Nabokov? Vemos todo desde los ojos de Humbert Humbert. El niño duda. Devenido adulto, duda de sus recuerdos (vagos, borrosos). No puede ser. Pero fue.
Si esto es así en abuso con penetración, imagínense cuando no ha ido tan lejos. Ferenczi añade en su texto que estos casos son mucho más frecuentes de lo que cabe pensar. Los últimos estudios apuntan a que uno de cada cinco menores en Europa es o será víctima de alguna forma de violencia sexual antes de cumplir la mayoría de edad. De ellos, entre el 70 y el 85% de los casos, conoce al victimario. ¿Cuántos casos conocemos? Existe la opción de que no podamos hablar y no se denuncie; que sepamos que ocurrió pero dudemos de ello para negarlo y protegernos (¿protegerle?) o que no lo reconozcamos, pero ¿cómo es posible si era indudable?
De forma muy clara, el ASI consiste en una interacción sexual entre un niño y un adulto, en la que este último usa a un menor para estimularse sexualmente u obtener un beneficio. Engloba casos extremos como penetración, prostitución, trata; y otros menos reconocibles, como tocamientos, descripciones lascivas de contenido sexual o exposición a pornografía. Me gustaría detenerme aquí un momento: exponer a un niño a pornografía es abuso. El abuso sexual incluye un abanico de formas de abuso que generan un trauma en el niño y unos efectos de largo alcance, como afectación en los círculos de intimidad, autoimagen, falta de autoestima, falta de confianza en los demás, hipersexualización o asco al sexo. ¿Intuyen por dónde voy? No hace falta penetrar el cuerpo de un niño. Basta con penetrar su mente. Cabría preguntarse si en nuestras sociedades vivimos en un estado de abuso sexual infantil a plena luz del día sin darnos cuenta: no porque esté oculto, sino porque está normalizado y neutralizado. Nos escandalizamos cuando oímos hablar de los casos extremos de pederastia en la Iglesia o en casos indudables de violaciones en familia ajena, pero ¿cuándo se trata de algo cercano? ¿Realmente creemos que estas situaciones son algo circunscrito solamente a la Iglesia o son estructurales dentro de las modulaciones de ASI? Vemos que los niños reciben alto contenido sexual a través de pornografía para beneficio económico de algunos, que aprovechan la curiosidad y la necesidad de saber en la infancia, pero ni nos planteamos que eso sea abuso. ¿Estamos preparados para tomar conciencia de lo que tenemos delante y de afrontar las consecuencias en nuestras sociedades?
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