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Las cuentas de ‘La Marea’ 2025 | Un superávit insuficiente para cubrir el coste del periodismo a fondo y de investigación

Por: La Marea

El año 2025 arrancó con uno de los proyectos más ambiciosos de La Marea. En enero estábamos preparando la revista dedicada a La industria de los vientres de alquiler (número 105), con reportajes sobre el terreno de las periodistas Patricia Simón y Queralt Castillo desde Ucrania, Georgia y Grecia, cuando desde la redacción decidimos investigar a fondo las agencias que se dedican al negocio de la gestación subrogada desde España.

Fueron meses de trabajo especialmente complejos y agotadores, pero el esfuerzo mereció la pena. El resultado, disponible en abierto a través de una página interactiva, incluye la cobertura por la que recibimos el primer Premio Nacional de Periodismo de Investigación El Confidencial el pasado mes de junio.

Paradójicamente, este trabajo también ha supuesto la única demanda judicial en nuestros casi 14 años de trayectoria. El litigio ha sido considerado como una SLAPP (demanda estratégica contra la participación pública, por sus siglas en inglés) tanto por Media.cat como por el Centro Europeo para la Libertad de Prensa y Medios (ECPMF). Ambas organizaciones lo han incluido en sus respectivos anuarios. 

Responder a la demanda de una agencia de gestación subrogada nos ha obligado a destinar recursos adicionales y a dedicar varias semanas a preparar nuestra defensa. Ese impacto tiene también un reflejo contable: las cuentas de 2025 incorporan por primera vez una partida específica de gastos legales, que el año pasado ascendió a 8.300 euros. 

Nuevos proyectos

Por suerte, todo ese esfuerzo nos ha reafirmado en nuestra apuesta por el periodismo de investigación y de largo aliento. Es más que obvio que hay temas que apenas se tratan en los medios de comunicación, salvo cuando una efeméride los coloca durante unos días en la agenda mediática. Ocurrió el año pasado con el 50.º aniversario de la traición de España al pueblo saharaui. Pero ni siquiera entonces la cobertura fue tan amplia como cabría esperar en un país que sigue siendo, de iure, la potencia administradora del Sáhara Occidental.

En La Marea 108 publicamos un ambicioso dosier centrado en el Sáhara Occidental, en el que participaron varias personas y para el que asumimos el coste de enviar a una periodista a los territorios ocupados. Pero no nos quedamos ahí, sino que decidimos seguir incluyendo reportajes sobre la realidad del pueblo saharaui en nuestra revista durante los siguientes 12 meses.

La misma lógica guía nuestra reciente cobertura de las agresiones sexuales contra niñas, niños y adolescentes. Un dosier no basta para informar sobre un problema estructural que, según distintos estudios, afecta aproximadamente a una de cada cinco personas menores de edad. Por ello, tras publicar un especial sobre pederastia en el número 111, estamos buscando nuevos enfoques periodísticos que ayuden a concienciar sobre su alcance y consecuencias y, sobre todo, que contribuyan a la prevención.

2025 también fue el año en que tomamos conciencia de cómo la expansión de la inteligencia artificial estaba condicionando el trabajo periodístico. La Marea 106 estuvo dedicada a historias “humanas” sobre la IA. En el último número publicado, el 112, abordamos el tema desde el punto de vista del coste ambiental y social de los centros de datos, y denunciado la opacidad de este negocio en expansión. 

Este tipo de periodismo es costoso en todos los sentidos. Por ello, es lógico que los gastos destinados a producir y difundir información sean los más abultados. De los 334.216 euros de gastos que tuvo La Marea el año pasado, 132.200 corresponden a salarios y cotizaciones sociales. A estos se suman los 107.809 en colaboraciones. Ambas partidas suman un 72 % del total del presupuesto. 

Le siguen en volumen los gastos generales, desarrollo web y gastos financieros (13,19 %). La impresión, los envíos de revistas y recompensas para mecenas de crowdfunding ascendieron a 27.406 euros (8,2 %). En 2026 se imputarán el resto de gastos asociados a la última campaña de microfinanciación, ya que se están produciendo durante este año.

Ingresos

Al analizar los ingresos, que en 2025 ascendieron a 362.056 euros, se aprecia que el porcentaje más importante corresponde a nuestra comunidad: un 65,5 %. Por primera vez, contabilizamos en la misma partida a las personas que nos apoyan mediante una suscripción y a quienes lo hacen mediante una aportación en una campaña de micromecenazgo, una de las formas preferidas por nuestros lectores y lectoras de cofinanciar este medio editado por una cooperativa sin ánimo de lucro. 

La campaña en Goteo en el último trimestre del año obtuvo 100.031 euros brutos, a los que hay que descontar la comisión de la plataforma, los gastos destinados a la campaña y los costes de la producción y envío de recompensas. 

Los ingresos por publicidad en La Marea  supusieron en 2025 un total de de 17.191 euros (4,75 %). El porcentaje de publicidad institucional sobre los ingresos totales fue un 0,69 %. 

La partida de subvenciones y becas sumó 95.377 euros (26,3 %). La principal ayuda corresponde a la segunda parte del proyecto europeo TakTak, en el que participamos ocho entidades. Durante 2025, contabilizamos 58.790 euros por este concepto. De estos, 25.000 euros brutos se destinaron a la elaboración por parte de la Universidad de Málaga de dos libros blancos: uno sobre la situación de los periodistas independientes en Europa y otro sobre la financiación del periodismo independiente europeo. 

Asimismo, La Marea recibió 29.450 euros del Ministerio de Trabajo y Economía Social, el 50 % de los costes de los proyectos CRM y Altacoop, el altavoz de las cooperativas.  

La organización Journalism Fund concedió 5.700 euros a La Marea para financiar parte de la coordinación y edición de varios reportajes sobre gestación subrogada en Colombia, Irlanda y Países Nórdicos, y para diseñar y producir la página interactiva del proyecto. 

El detalle de todas las ayudas, becas y subvenciones recibidas tanto por La Marea como por la cooperativa MásPúblico SCCL puede consultarse en su página de Transparencia.

La cooperativa MásPúblico SCCL

El superávit de 28.000 euros de ‘La Marea’ en 2025 es insuficiente para compensar las pérdidas del año pasado de la cooperativa, que ascienden a 38.542 euros. Estas se deben al déficit de Climática, medio de comunicación también editado por MásPúblico SCCL, que cerró el año con unas pérdidas de 66.381 euros.

A continuación, se detallan las cuentas de MásPúblico aprobadas por la Asamblea General el 25 de junio de 2025. Los resultados de Climática pueden leerse aquí.

Actualización: 27/7/2026

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Alberto Castrillo-Ferrer (Manhattan Fest): “Se infantiliza e hiperprotege al público rural”

Por: Ana Veiga

Una isla cultural en mitad de la Hoya de Huesca. Eso es lo que ha tratado de construir el actor, director teatral y dramaturgo Alberto Castrillo-Ferrer con el festival de teatro Manhattan Fest en Murillo de Gállego. Una localidad zaragozana de poco más de un centenar de habitantes donde se enraíza su historia familiar, y a donde ha decidido volver tras desarrollar su carrera profesional en diversas ciudades, estudiar en l’École International de Mimodrame Marcel Marceau (París) y en la RESAD de Madrid, y recibir el Premio MAX al Mejor Espectáculo de Teatro Musical, entre otros galardones. “Es mi casa”, dice despacio, con una calma contagiosa. Por eso, es justo ahí donde ha decidido construir también un proyecto de vida que le permita desarrollar su profesión y llevar el teatro a una población a la que, hasta hace seis años, le resultaba algo ajeno.  

¿Cómo nace la idea de crear un festival como el Manhattan Fest en 2020, en plena época de pandemia?

La idea es más antigua porque esta es la casa de mi familia, y Murillo de Gállego es el pueblo al que iba de niño, donde después trabajé como guía de montaña antes de irme a estudiar fuera. Es un lugar que para mí… es mi lugar, mi punto de referencia. Después me fui a estudiar a Francia, a Madrid, hice mi vida y me fui dando cuenta de que en las ciudades es muy difícil ensayar. En Francia estuve en residencias de amigos que tenían granjas donde trabajaban y vivían, y esa idea me rondaba siempre la cabeza. Tener un sitio que fuera casa y trabajo, y pensé en unir esta idea a un festival.

También es un pueblo donde ya hay público natural en verano, porque hay turismo de deportes y escalada, además de los propios vecinos del pueblo y comarca. La casualidad quiso que lo hablara con Víctor López Carvajal, antiguo director del Teatro Principal de Zaragoza y entonces productor de mis espectáculos, uno o dos días antes de que nos confinaran. Aun así quisimos continuar e hicimos un primer año con las restricciones propias de pandemia pero que, dentro de esa situación, tuvo muy buena acogida. Recuerdo que yo iba llamando casi casa por casa contándoles cuáles eran sus asientos; también en los grupos de Whatsapp del pueblo. Fue un esfuerzo muy bonito que creo que todo el mundo agradeció. El mundo del teatro para esos momentos tan duros. Luego, lamentablemente, mucha gente se olvida de ti.

¿Y cómo ha evolucionado desde los inicios hasta hoy, seis años después?

En 2021 lo celebramos con mejores condiciones aunque todavía con restricciones; en 2022 ya completamente bien. Y en 2023 recibimos ayudas y fue cuando el festival cogió mucho vuelo, pero también es verdad que cada año había pérdidas que asumía y asumo yo. El año pasado decidimos dejar de lado la música, el cine y otras actividades culturales que incluíamos en la programación, y centrarnos exclusivamente en el teatro porque es lo que dominamos. También porque casi no hay festivales de teatro como lo entendemos, ese que te emociona, que te llega, que tiene otro ritmo… Ese teatro es una especie que, quizá no está en extinción, pero desde luego es una especie a proteger.

¿Qué perfil de público tiene? 

El otro día tuvimos un lleno de 100 personas, pero solo un 40% eran del pueblo. Hay un grupo muy fijo de autóctonos que nos apoyan. Pero sobre todo empieza a moverse en la comarca (Huesca, Zaragoza) y luego gente que viene de fuera.

¿Qué cree que busca la gente en este festival? 

Depende del público. Tenemos a gente fija del pueblo que siempre vienen como, por ejemplo, una pareja con hijos. Ellos vienen a todo porque lo que buscan es una cultura a la que generalmente no tienen acceso fácil. Por otro lado, los veraneantes que a lo mejor viven en Barcelona, Zaragoza, Huesca… buscan la experiencia. Pues nos vamos a este pueblo, hacemos un rafting por la mañana, nos alojamos en un albergue rural y, por la tarde, acudimos al festival que además está en un anfiteatro al aire libre, con un panorama impresionante, con la torre, con la iglesia al fondo, con las estrellas. Aunque decía Federico Luppi que al cine entras y al teatro vas. El teatro implica una decisión previa: lo miras antes, te informas, lo has reservado o has estudiado un poco de qué va la cosa. Creo que quien asiste es porque ha decidido que lo hará, no solo porque se lo encuentre.

Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego (Huesca). Marta Marco ©.

Con la programación, ¿busca descubrir nombres nuevos o traer a grandes artistas reconocidos?

Aspiro a traer obras que puedan despertar emociones, desde la risa, el dolor, el asombro… Eso es el teatro. Quiero que la gente descubra que hay otro tipo de teatro que no es el de los famosos y que no es el de los musicales. En la programación, que preparo con Blanca Carvajal, estamos trayendo a todo tipo de compañías: pequeñas, algunas con gran solera y arraigo, y otras que empiezan a hacer muy poquito, pero que lo suyo es de calidad. Y con algunas hago intercambios de funciones, como con Teatro de Ábrego; ellos hacen su función aquí y yo voy a Ábrego. Estoy defendiendo la pequeña compañía, esas que encima del escenario son príncipes y luego tienen que cargar y descargar su propia furgoneta. También eso es bonito.

El Manhattan Fest celebra este año su séptima edición. ¿Considera que se ha convertido en un festival de referencia o de culto?

Si el año que viene no lo hago, nadie va a venir a preguntarme por él. Bueno, quizá algunos. No sé si puedo decir que el festival está consolidado pero creo que sí está respetado como festival de calidad. Es muy difícil consolidar nada porque vas a concurrencia competitiva todos los años, y que te den subvenciones, a veces, parece que depende de que estén de acuerdo contigo. Yo, por ejemplo, me siento vetado por el Ayuntamiento de Zaragoza; no me dan ayudas ni me programan en la ciudad, y creo que es porque tengo una columna en la SER donde escribo mi opinión. En la cultura dependemos de los políticos de turno… ¿Qué me gustaría que fuera el Manhattan Fest? Mi referente es la Royal Shakespeare Company y su teatro en Stratford-upon-Avon, pero claro, es el pueblecito de Shakespeare, el mejor dramaturgo del mundo. Y está muy apoyado de forma pública y privada.

¿El Manhattan Fest recibe apoyos?

Aún no han resuelto algunas subvenciones y este año todavía no sé si voy a poder cubrir gastos o voy a perder dinero otra vez, como casi todos los años. En las últimas ediciones, hemos recibido ayudas del Gobierno de Aragón, la Diputación Provincial de Zaragoza, de la Comarca, de la Fundación Caja Rural… Pero nunca sabes si te lo van a dar o no y así es muy difícil hacer un proyecto a largo plazo. El Ayuntamiento de Murillo de Gállego, por ejemplo, nos ayudaba y ya no. Llegará el día en que me canse de arriesgar y de estar con el corazón en un puño todo el verano. Es una pena que las ayudas no puedan plantearse para sostener proyectos a medio plazo porque se harían cosas mucho mejores.

Comenta que no es un proyecto rentable económicamente hablando. ¿Cuál es entonces su objetivo con el festival?

Yo soy muy ambicioso precisamente porque no es dinero lo que quiero. La gente con ese dinero lo que quiere es gastar el dinero en ser querido, en amistades, en generar momentos felices y de plenitud… Yo intento evitarme ese paso intermedio del dinero y lo que quiero es ser querido, ser reconocido por la profesión, por los amigos, traer a gente que disfrute de esta casa. Tengo una ambición de felicidad. Luego, bajándolo a tierra, el Manhattan Fest me aporta visibilidad, reconocimiento, experiencia, currículum y luego que aprendo mucho de otras compañías. Me ha empujado a crear esta casa de ensayos en la que, probablemente, en agosto ensayemos una obra, o recibamos a otras compañías en invierno. El hacer siempre te devuelve cosas. Hay que apartar un poco la vista de que lo más importante es ganar dinero, porque es falso, de verdad. A veces hay que parar y mirar alrededor. En la pandemia lo vimos; y cuando la gente tiene tiempo de pensar, lo dice, lo nota. Este festival me da eso, ese momento de espiritualidad, de paz e incluso contra estos gigantes económicos. A pequeña escala, claro, como un mini Quijote (risas).

¿Cómo se recibe esto de que venga gente de fuera? 

No estamos muy acostumbrados. Pero, a veces, pasa como en Estados Unidos, que los que más protestan no son de allí y sus padres llegaron en los años 80. Aquí pasa también. Y es como ‘oye, perdona, en este pueblo te acogieron y no pasó nada’. De todas formas, es un pueblo que ha tenido siempre una carretera, por lo que siempre ha estado acostumbrado a recibir viajeros, también por el tema del turismo de aventura. En mi caso, yo soy del pueblo desde hace muchas generaciones –he encontrado un documento del año 1.000–. Y en los pueblos, que conozcan a tu familia es importante. Tú pagas lo que han hecho tus antepasados, y yo he notado mucho respeto, por ser parte de una familia muy normal, modesta pero recta. También por traer teatro, que parece que le da una categoría al pueblo y es una actividad cultural bien vista. Otra cosa es que no vengan al teatro (risas) pero yo sé que fuera se presume. 

Manhattan Fest. Don Chisciotte. Sala Gato Negro en Murillo de Gállego. Marta Marco ©.

Por cierto, ¿por qué el nombre de ‘Manhattan Fest’?

Quería un festival que no fuera lo que ya hacen otros, y hacen muy bien. No quería una orquesta local y a Leticia Sabater, ni siquiera a famosetes que hacen sus pinitos. Entonces pensé en un nombre que nos llevara a pensar en todo lo contrario a un pueblo, y que pueda ofrecer espectáculos que se puedan ver en cualquier sitio del mundo, en París, en Madrid o en Nueva Orleans. Y me vino a la cabeza Manhattan. Al buscar el nombre, vi que significa isla entre colinas. Y digo pues es lo que tenemos: una isla cultural entre los promontorios de Los Mallos de Riglos.

Hablar de ‘isla cultural’ me lleva a pensar en un espacio aislado y al concepto de La España Vaciada. ¿Puede ser la cultura una herramienta contra la despoblación?

Esa es una pequeña lucha que tengo. Existen unas ayudas que vienen de vertebración del territorio, y las dan para programaciones culturales en invierno pero no permiten que haya venta de entradas. Y no las he pedido porque creo que te impide educar a la gente, y contarles que el teatro es trabajo y cuesta un dinero, como puede costar cualquier otra actividad. Entonces si en invierno organizo algo gratis, ¿luego cómo les voy a decir que el teatro se paga? Además, creo que es una visión paternalista de la gente del rural, como de pobrecitos, con la idea de organizarles algo, lo que sea, y limpiar la conciencia. No, señor; no traigan cualquier cosa, ofrezcan algo bueno, de calidad. A los políticos se les llena la boca con lo de luchar contra la despoblación, pero creo que merece mucha reflexión porque se está pensando desde los despachos. No se dan cuenta de que, muchas veces, se infantiliza o hiperprotege al público rural. Llévales algo bueno, que puedan ver en cualquier gran ciudad, y que paguen como todo el mundo.

Como ayudante de dirección junto a Javier Fesser, han creado el corto‘Más suerte que Zelenski’, donde imaginan un futuro mejor –con una portada de La Marea– que precisamente vuelve un poco a las costumbres típicas de los pueblos, de botijo y vida analógica. 

Sí, pensé “hay sacar a La Marea porque es la que va a aguantar en el futuro” (risas). Yo principalmente soy freelance, quiero decir, soy actor, director y, de vez en cuando, hago alguna adaptación, dramaturgia o, en este caso, le eché una mano a Javier (Fesser), que tuvo la generosidad de ponerme de ayudante de dirección. Con el corto, que hicimos por una propuesta de Greenpeace, quisimos darle una vuelta a las distopías. Pensamos: ¿y si tanta distopía pesimista está dando pie a que efectivamente suceda? Por eso, lo llevamos a una idea de un futuro mejor, una utopía bonita. ¿Y cómo? Pues imaginando que la naturaleza se carga a los cuatro hijos de puta que todos tenemos en la cabeza. Ahora, habrá que currárselo por si acaso la naturaleza no nos ayuda (risas) y pensar que, quizá, el mejor futuro es donde volvemos a usar el botijo, dejamos las prisas y paramos de comprar todo desde casa para hablar con la tendera. Ojalá ese futuro llegue a cumplirse.

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El incendio de Los Gallardos: una tragedia humana a la que se suma el impacto del calor extremo

Por: Eduardo Robaina

El incendio forestal desatado en el municipio de Los Gallardos (Almería) ya ha sido estabilizado. El fuego, que trascendió la categoría de desastre medioambiental para erigirse como una devastadora tragedia humana, ha calcinado 7.000 hectáreas. Sus consencuencias son las más graves registradas hasta la fecha en Andalucía. Según las actualizaciones del Gobierno andaluz, al menos 13 personas han perdido la vida y 23 continuaban «ilocalizadas» el domingo, 12 de julio, por la noche.

La virulencia de las llamas y la extrema rapidez de su avance dibujó un escenario caótico en las primeras horas de la emergencia. Según Antonio Sanz, vicepresidente de la Junta de Andalucía y consejero de Presidencia, Sanidad y Emergencias, la pérdida de vidas humanas se concentró en dos escenarios distintos, marcados por lo que ha calificado como una decisión «trampa». Ante la proximidad del fuego, las víctimas optaron de manera tardía por buscar vías de evacuación alternativas a través de una rambla, alejadas de las rutas oficiales coordinadas por las autoridades.

En un primer punto, los servicios de emergencia hallaron los cuerpos sin vida de cuatro personas en el interior de un vehículo. El hecho de que el automóvil tuviera el volante situado a la derecha apunta a que los ocupantes eran de nacionalidad británica. En un segundo escenario se localizó a otras siete víctimas mortales. Estas formaban parte de un grupo de nueve personas que se desplazaban a pie tras abandonar sus vehículos y buscar una salida desesperada. Los equipos de rescate lograron salvar a dos integrantes de este grupo. Entre los fallecidos confirmados se encuentra un ciudadano de nacionalidad española, mientras que el resto serían turistas o residentes extranjeros de la zona, a la espera de su identificación oficial. 

Evacuaciones y atención a los heridos

El fuego ha dejado a su paso ocho personas heridas, cuatro de ellas en estado grave por diversas tipologías de quemaduras. Se prevé que estos pacientes más críticos sean trasladados en helicóptero al hospital Virgen del Rocío de Sevilla desde el complejo hospitalario Torrecárdenas. Otras cuatro personas han recibido asistencia sobre el terreno por patologías respiratorias y quemaduras leves.

La magnitud del incendio ha obligado a desplegar un operativo de evacuación que ha afectado a más de 600 vecinos. Las llamas forzaron el desalojo de las barriadas de Almocáizar, Fuente del Albarico, Los Pinos y La Serena, así como de las viviendas de la zona del Pinar en la localidad vecina de Bédar. Del total de evacuados, cerca de doscientas personas permanecen realojadas en albergues provisionales. En concreto, 54 damnificados están recibiendo asistencia en el Centro de Artes Escénicas.

Para ofrecer apoyo en estos momentos de desolación, el Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Desastres (GIPED) ha habilitado un teléfono de atención e información para los familiares de los afectados: 677 904 624.

Un origen bajo investigación

Todos los indicios apuntan a que el incendio se inició tras la caída de un poste de tendido eléctrico. Así lo ha adelantado el presidente andaluz, Juanma Moreno, quien ha subrayado que este hecho derivará inexorablemente en la exigencia de «responsabilidades hacia el mantenimiento» de dicha instalación. El incendio, avivado por vientos muy fuertes, ha sido descrito por las autoridades como «muy complejo» y «de cuneta». Las labores de extinción se enfrentan a enormes dificultades añadidas por la complicada orografía y la abundante presencia de viviendas diseminadas, donde, en palabras del consejero Sanz, «hay casas por todos los sitios».

A este cóctel catastrófico originado por el viento y el estado del tendido eléctrico, hay que sumar un factor estructural ineludible para entender el comportamiento de las llamas: el calor extremo, que también ha sido señalado por Moreno. Durante las últimas semanas, la región ha estado sometida a un estrés térmico brutal tras el paso consecutivo de dos intensas olas de calor, un escenario cada vez más recurrente debido a la crisis climática. Estas altísimas temperaturas, sumadas a la sequía crónica, han deshidratado por completo la masa forestal, que ha actuado como el combustible perfecto.

Actualmente, el flanco derecho es el que presenta mayor actividad, acercándose peligrosamente a zonas de cultivo anexas a la carretera principal, mientras que en la zona norte se trabaja con maquinaria pesada. Un posible cambio en la dirección del viento podría revertir por completo el comportamiento del fuego.

Para hacer frente a este incendio, se ha desplegado un contingente técnico y humano colosal. Cerca de 500 profesionales trabajan en el operativo, integrando a retenes del INFOCA, efectivos del Ministerio para la Transición Ecológica, Protección Civil y Fuerzas de Seguridad del Estado. A ellos se suman unidades de la Unidad Militar de Emergencias (UME), operando con el apoyo de más de 120 vehículos terrestres y una veintena de medios aéreos.

Sin embargo, la magnitud de este despliegue de emergencia contrasta con la preocupante merma de efectivos especializados al inicio de esta campaña de alto riesgo. Según ha denunciado Antonio Maestre en LaSexta, el Gobierno andaluz presidido por Juanma Moreno ha reducido un 14% la plantilla de agentes de medio ambiente, un cuerpo de funcionarios clave en la prevención y extinción de los incendios forestales. En menos de un año, la región ha pasado de contar con 698 de estos profesionales a solo 602 (96 agentes menos), un recorte que la Junta justifica por el elevado número de jubilaciones y la imposibilidad de ejecutar la tasa de reposición al no haberse aprobado los presupuestos de 2026. 

Luto institucional y llamadas a la prudencia

El impacto de la catástrofe ha provocado una cascada de reacciones institucionales. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha expresado su «enorme tristeza y desolación» trasladando sus condolencias a las familias y su solidaridad a los vecinos. Por su parte, Juanma Moreno ha manifestado estar «consternado» ante lo que Antonio Sanz no ha dudado en definir como una «tragedia sin precedentes», asegurando que «hoy el corazón de todos los andaluces está de luto».

También ha querido dejar un mensaje de pesar la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen: “Todo nuestro apoyo a España y a los valientes bomberos y socorristas que están haciendo frente a esta emergencia”, ha escrito en Twitter (X).

Las autoridades insisten en la necesidad vital de evitar las zonas afectadas y de no tomar vías de escape al margen del guiado explícito de los profesionales. En medio del desastre, la prioridad del dispositivo sigue siendo perimetrar el fuego y evitar, a toda costa, más pérdidas humanas.

Actualización: 13 julio.

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Fabian Scheidler: “Europa está desmontando el Estado del bienestar para construir un Estado de guerra”

Por: Guillem Pujol

Esta entrevista se publicó originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerla en catalán aquí.


Desde los atentados del 11 de septiembre hasta la guerra de Gaza, pasando por la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, Fabian Scheidler (Bochum, 1968) observa un mismo mecanismo político. Las crisis, sostiene, se convierten en oportunidades para ampliar los poderes excepcionales del Estado, transferir recursos públicos a grandes corporaciones y acelerar la militarización de las sociedades occidentales.

En El estado de guerra y la lucha por un nuevo orden de paz (publicado por Icaria), el ensayista alemán argumenta que Europa está abandonando progresivamente el modelo de Estado social construido tras la Segunda Guerra Mundial para entrar en una economía de guerra permanente. En esta conversación reflexiona sobre los límites del sistema de partidos, la crisis de la hegemonía occidental, el ascenso de China y las posibilidades de reconstruir una política de paz en el siglo XXI.

En el libro identificas un patrón común que atraviesa acontecimientos aparentemente distintos, desde el 11-S hasta la pandemia, la guerra de Ucrania o Gaza. En todos ellos observas una expansión de los poderes excepcionales del Estado y una creciente militarización de la política. ¿Crees que existe una racionalidad consciente detrás de este proceso o más bien una capacidad de las élites para instrumentalizar acontecimientos imprevistos?

No creo que hace 20 o 30 años hubiera un grupo de personas sentado alrededor de una mesa diseñando un estado de excepción permanente porque anticiparan el declive de Occidente o el caos global. La historia es mucho más compleja que eso. No funciona mediante planes perfectamente trazados.

Lo que sí observamos es que cuando se producen acontecimientos traumáticos –el 11-S, una pandemia o una guerra– esos acontecimientos son rápidamente utilizados para reforzar determinadas estructuras de poder porque hacerlo responde a los intereses de las élites políticas y económicas.

La pandemia es un buen ejemplo. Algunas personas se preguntan por qué la incluyo en un libro sobre guerra y paz. La razón es que toda la retórica desplegada durante aquellos años fue una retórica de guerra. Emmanuel Macron llegó a declarar que Francia estaba «en guerra contra el virus». Lo hizo en un momento en que el movimiento de los chalecos amarillos había puesto en cuestión el orden político francés y había protagonizado una movilización social muy importante. El estado de excepción también sirvió para contener ese conflicto. Algo parecido ocurrió con la llamada guerra contra el terrorismo. François Hollande reconoció que algunas de las medidas introducidas para combatir el terrorismo terminaron utilizándose contra activistas climáticos durante la cumbre del clima de París de 2015.

Existe una lógica recurrente. Se produce una crisis y esa crisis se utiliza para reforzar el poder ejecutivo, ampliar el poder corporativo y transferir enormes cantidades de recursos públicos hacia determinados intereses privados. Lo vimos en la guerra contra el terrorismo, donde el complejo militar-industrial fue uno de los grandes beneficiarios. Lo vimos también durante la pandemia, cuando sectores como las grandes farmacéuticas o las corporaciones tecnológicas obtuvieron enormes ventajas.

Y todo esto resulta especialmente relevante porque vivimos una crisis estructural del capitalismo que, en mi opinión, se arrastra al menos desde 2008. Cada vez más corporaciones dependen de subsidios estatales, rescates públicos o contratos gubernamentales. Los estados de emergencia se han convertido en mecanismos de transferencia masiva de recursos hacia esas estructuras de poder.

La crisis bancaria fue otro ejemplo. Se utiliza dinero público para rescatar grandes corporaciones privadas. Así funciona gran parte del capitalismo contemporáneo.

Sin embargo, algunos de los principios que definieron la gobernanza económica europea después de la crisis financiera parecen estar siendo revisados. Alemania ha flexibilizado sus restricciones constitucionales al endeudamiento y Europa parece abandonar algunas de las reglas que defendió durante años. ¿Interpretas estos cambios como una rectificación o simplemente como una adaptación a nuevas prioridades?

No creo que hayan aprendido demasiado de la crisis financiera. Muchas voces importantes siguen advirtiendo de la posibilidad de nuevas crisis bancarias. Lo que sí ha ocurrido en Alemania es que se ha modificado la Constitución para eliminar los límites de deuda cuando se trata de financiar la militarización. Los Verdes añadieron además excepciones relacionadas con los servicios de inteligencia. El resultado es muy claro. Se mantiene la austeridad para la mayoría de la población mientras se eliminan las restricciones cuando se trata de gasto militar. Estamos entrando en una situación en la que podemos destruir gran parte del Estado del bienestar europeo mientras destinamos recursos prácticamente ilimitados al ejército.

Recuerdo un titular del Financial Times que resumía muy bien esta lógica. Venía a decir que Europa tendría que recortar su Estado del bienestar para construir un Estado de guerra. Esa es precisamente la dirección en la que nos estamos moviendo.

Si el Estado-nación y el capitalismo forman parte de una misma arquitectura histórica, ¿sobre qué fundamentos podría construirse una política de seguridad diferente? ¿Existe alguna alternativa que no reproduzca la lógica de competencia geopolítica entre Estados?

Fabian Scheidler: "Europa está desmontando el Estado del bienestar para construir un Estado de guerra"
Editorial ICARIA

Superar el Estado-nación es una tarea tan enorme como superar el capitalismo porque ambos forman parte de una misma estructura histórica. No son fenómenos independientes.

No sé si el capitalismo y el Estado-nación moderno sobrevivirán a lo largo de este siglo. Lo que sí sé es que ambos atraviesan una crisis profunda y que la respuesta de las élites está siendo avanzar hacia formas permanentes de estado de excepción e incluso de estado de guerra. Precisamente por eso creo que debemos resistir esa deriva militarista.

Para la izquierda esto implica recuperar la cuestión de la paz como un tema central. En Alemania, por ejemplo, una parte importante de la izquierda ha relegado esta cuestión porque considera que genera conflictos internos o dificultades mediáticas. Pero si los gobiernos europeos siguen avanzando en esta dirección, la militarización terminará destruyendo los fundamentos materiales del Estado social.

Por eso necesitamos construir una nueva coalición política que conecte paz, justicia social, ampliación del Estado del bienestar, límites al poder corporativo y diplomacia internacional. Sin paz será imposible abordar la crisis climática o la crisis ecológica. Los recursos necesarios para esas transformaciones desaparecerán. Todo está conectado.

En cierto sentido, necesitamos recuperar la intuición original del movimiento ecologista europeo, que vinculaba paz, democracia, justicia social y crítica al capitalismo como partes de una misma agenda.

Pero incluso las fuerzas políticas que nacieron para desafiar el consenso dominante parecen terminar adaptándose a él. Esto es algo de lo que se acusó por ejemplo a Podemos en ciudades como Cádiz, dónde coexistía un discurso transformador y una defensa de industrias vinculadas a la producción militar debido a su importancia para el empleo local. ¿Cómo se resuelve esa tensión entre transformación social y dependencia económica de las estructuras existentes?

Es una cuestión muy difícil. Soy bastante crítico con el sistema de partidos, aunque no podemos ignorarlo porque existe y sigue teniendo poder. Mi impresión es que cualquier transformación profunda tendrá que construirse también fuera de los partidos, mediante nuevas coaliciones sociales capaces de articular una visión diferente de Europa.

Lo que me da esperanza son experiencias concretas. Hemos visto trabajadores portuarios en Italia y España bloqueando envíos destinados a la guerra de Gaza. Hemos visto activistas bloqueando instalaciones del complejo militar-industrial en Alemania. Hemos visto formas de resistencia que surgen desde abajo.

También observamos resistencia entre los jóvenes frente a la posibilidad de reinstaurar el servicio militar obligatorio. Muchos no quieren participar en estos conflictos geopolíticos. Nada de esto constituye todavía un movimiento masivo, pero son elementos a partir de los cuales puede construirse algo diferente.

Consideras también que el declive de la hegemonía occidental podría abrir la posibilidad de un nuevo orden internacional. Sin embargo, ¿por qué deberíamos asumir que potencias como China, India o los Estados del Golfo actuarán de forma menos dominadora que las potencias occidentales? ¿Qué tendría de más pacífico un mundo multipolar?

La multipolaridad no garantiza la paz. También puede conducir a la guerra. De hecho, muchos de los grandes conflictos de la historia moderna surgieron precisamente durante momentos de transición hegemónica. Ocurrió antes de la Primera Guerra Mundial, antes de la Segunda y en muchos otros momentos donde varias potencias competían por el liderazgo global. La cuestión es si existen factores que permitan evitar ese resultado.

China tiene una trayectoria histórica diferente. No completamente pacífica, por supuesto, pero sí distinta de la experiencia occidental. La relación entre Estado y capital es diferente. Existe una tradición política que insiste en mantener el control del capital y del ejército desde el poder civil. Además, la memoria histórica china está profundamente marcada por el llamado siglo de la humillación, cuando las potencias occidentales intervinieron y fragmentaron el país. Desde la perspectiva china, el objetivo principal consiste en evitar que algo semejante vuelva a ocurrir.

La narrativa dominante allí no es la construcción de un imperio militar global, sino la recuperación de la seguridad y la autonomía nacional mediante el desarrollo económico. Eso no significa que no existan sectores nacionalistas o militaristas en China. Existen. Pero sí abre la posibilidad de evitar una guerra por la sucesión hegemónica similar a las que hemos visto durante los últimos 500 años. No sabemos si lo conseguiremos. Solo sabemos que esa posibilidad existe.

¿Y qué papel desempeña Taiwán en esa ecuación?

Taiwán es probablemente el punto más peligroso. Mientras continúe el statu quo actual, con toda la retórica que queramos añadirle, es posible evitar una guerra. Pero si Taiwán declarara formalmente la independencia y Estados Unidos respaldara explícitamente esa decisión, entraríamos en un escenario completamente distinto.

Conviene recordar que la política de una sola China ha sido reconocida durante décadas por Naciones Unidas, por Estados Unidos y por la mayoría de los Estados del mundo. Mantener ese marco es probablemente una condición necesaria para evitar una confrontación militar de consecuencias imprevisibles.

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Tu TV Box podría estar prestando tu conexión a delincuentes sin que lo sepas

Por: Marco Dalla Stella

Muchas aplicaciones gratuitas de streaming pirata (instaladas en algunos televisores y cajas Android) esconden un pequeño programa que convierte estos dispositivos en una puerta de entrada a la conexión de casa. Eso permite a personas y empresas de cualquier parte del mundo hacer pasar su tráfico por tu conexión a internet. Quien reciba ese tráfico (una web, una tienda online, un banco) verá tu dirección IP, no la de quien realmente está detrás.

Este mercado tiene un nombre, proxies residenciales, y se vende como un servicio legal: las empresas que lo ofrecen alquilan millones de conexiones domésticas a clientes que, en teoría, las usan para tareas comerciales, como comprobar precios desde distintos países. El problema, según una serie de investigaciones de la organización de seguridad digital Qurium Media Foundation, es doble: buena parte de esas conexiones se consiguen sin que sus dueños lo sepan, y buena parte del tráfico que circula por ellas no tiene nada de inocente.

Qurium empezó a tirar del hilo cuando la web de una organización de periodismo de investigación jordana recibió, en apenas un día, una avalancha de visitas automatizadas desde 1,35 millones de direcciones de internet de todo el mundo. Siguiendo el rastro, los investigadores encontraron un componente oculto, conocido en la comunidad de seguridad como «Popa», instalado en decenas de aplicaciones populares que ofrecen contenido sin licencias de distribución para ver deporte y películas gratis, como CRICFy, DooFlix o Sportzfy, y hasta en una versión manipulada de SmartTube, una conocida app para ver YouTube en televisores Android. El programa no pide permiso al usuario, y Google estima que la red llegó a incluir más de dos millones de dispositivos en todo el mundo.

Detrás de todo eso, según las conclusiones de Qurium, está la empresa israelí NetNut, que pertenece al grupo cotizado en bolsa Alarum Technologies. Qurium llegó hasta ella siguiendo el rastro de las sociedades que gestionaban la infraestructura, una de las cuales estaba registrada a nombre de un cofundador de NetNut. En respuesta a los investigadores, la compañía rechaza las acusaciones y sostiene que estos hallazgos son inexactos y que su software solo funciona con el consentimiento de los usuarios.

Qurium, que denomina a esta operación Nutcracker (cascanueces, en inglés), comprobó qué sucedía con las conexiones “prestadas” haciendo que sus propios dispositivos formaran parte de la red. Tras hacerlo, recibió millones de peticiones relacionadas con publicidad, apuestas, criptomonedas y compra masiva de entradas (incluidas entradas del Mundial de fútbol de 2026), además de campañas de correos fraudulentos que podrían utilizarse en actividades maliciosas o de fraude.

«Los operadores afirman que obtienen su infraestructura de forma ética, pero nosotros podemos demostrar que los dispositivos se captan mediante puertas traseras escondidas en aplicaciones, por ejemplo en servicios de streaming gratuito», explica a La Marea Tord Lundström, director ejecutivo de Qurium. Y no se trataría de excepciones. «Todo lo que hemos registrado proveniente de estas redes son actividades enormemente abusivas».

¿Qué puedo hacer yo?

Poca cosa, más allá de no entrar en el juego. «Los usuarios deberían pensárselo dos veces antes de descargar aplicaciones y servicios gratuitos para evitar pagar», advierte Lundström. «Lo mismo aplica a los dispositivos que dan acceso a canales de pago: lo más probable es que tengan una puerta trasera», añade. Detectar la infección por cuenta propia, admite, está fuera del alcance del usuario medio. Tras estos hallazgos Google ha configurado su sistema de protección de Android, Play Protect, para avisar y desactivar las aplicaciones afectadas. 

Asimismo, Google anunció el desmantelamiento de las cuentas que controlaban la red el pasado 2 de julio. Ese mismo día, el FBI incautó sus dominios principales, en los que ahora aparece un aviso de decomiso. Tras esta operación, Alarum emtió un comunicado. La compañía asegura que se toma este asunto muy en serio y que cooperará plenamente con las autoridades para garantizar que cualquier uso debido de su infraestrudcdtura sea investigado a fondo y que los responsables rindan cuentas. 

Qurium, que sigue la actividad de la red en tiempo real, vio cómo desde ese momento se desplomaba su  tráfico a medida que se desmantelaban muchas de sus cuentas, pero advierte de que no es un apagón total. Por el momento, es solo una «victoria simbólica»: buena parte de la infraestructura sigue activa y NetNut no es la única empresa en este negocio. «Necesitamos una rendición de cuentas real. Muchos de estos proveedores son conocidos por la comunidad de investigación, pero se ha tomado poca o ninguna acción contra ellos», argumenta. 

Actualización: 13.15h

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Chantal Flores: “En México, los métodos para hacer desaparecer a la gente son cada vez más brutales”

Por: Isa Grumbach-Bloom

La periodista Chantal Flores había escuchado tantas historias de mujeres mexicanas que perdieron a un ser querido que cuando viajó a Bosnia, Serbia y Kosovo para entender el impacto de las desapariciones forzadas allí, no le hizo falta entender las palabras de las mujeres que le compartían sus experiencias en serbocroata o albanés: le bastó con leer su lenguaje corporal.

En su libro Huecos. Retazos de la vida ante la desaparición forzada, Flores, que nació en Monterrey en 1985, sigue a seis mujeres en México, Colombia y los Balcanes –Mirna, Lucy, Dragana, Zekija, Margarita y Valdete– que viven, o sobreviven, con el dolor de la pérdida. Nos cuenta sus historias en una serie de viñetas que a veces adoptan un tono periodístico y otras se leen más como novela o poema. A lo largo del libro, Flores escribe como una persona solidaria que se deja afectar por el duelo de estas seis mujeres que se enfrentan a silencios, intimidaciones, injusticias y sistemas rotos.

Lo que motivó a Flores a escribir este libro fue una sensación de impotencia ante el problema de la desaparición forzada en su propio país, donde se producen entre 35 y 40 desapariciones diarias. Al conectar las experiencias de mujeres mexicanas con las vividas en Colombia y los Balcanes, nos obliga a asumir que el sufrimiento que causa la desaparición forzada es universal, sin borrar la especifidad de cada lugar y cada experiencia individual.

Para comprender México, ha tenido que visitar otros países.

Mi intención nunca fue ser la corresponsal extranjera que le va a enseñar al mundo cómo son las cosas en los Balcanes o Colombia. Mi punto de partida siempre fue: esto que está pasando en mi país, en México, es muy grave. No tenemos un marco de referencia para entenderlo. No se compara con el periodo de desapariciones que México vivió en los años setenta, por ejemplo. Así que viajé a otros países para ver qué podía aprender. Sabía muy bien que los contextos no son los mismos, pero, por otra parte, supuse que algunas de sus luchas son similares.

Hay muchos países con desapariciones. ¿Cómo llegó a Colombia y los Balcanes?

Acabé en Colombia por el papel que allí tiene el narcotráfico, que es uno de varios agentes diferentes que perpetran las desapariciones. Me pareció similar a lo que está sucediendo en México. A los Balcanes llegué más bien por mis lecturas sobre el trabajo de la ciencia forense en la identificación de los restos. En esos libros siempre sale el ejemplo de los Balcanes, donde se ha usado la identificación de ADN con mayor efecto. Mi pregunta era: ¿tendrán paz esos familiares? Lo que ellos sufrieron se reconoció como una guerra –algo que en México no ocurre–. Segundo, atrajo una gran inversión y apoyo internacionales. Dado todo esto, me preguntaba, ¿cómo siguen estas familias, que además ya llevan unos 20 años desde que terminó la guerra? ¿Cómo viven con el dolor, con todo este camino ya recorrido?

¿Qué descubrió?

Más allá de las diferencias que he mencionado, encontré muchas similitudes. Al final del día vi el mismo dolor, la misma forma de organización entre las mujeres, que han construido redes, pero que también se encuentran algo aisladas de sus propias familias. Esta dimensión de género me llamó mucho la atención. Yo sabía que se tenían que comunicar entre ellas. Y como no las pude juntar en un espacio físico, las junté en las páginas de Huecos. Lo que quiero es que sepan que no están solas, que de cierta forma están aprendiendo unas de otras. Y que tienen cosas que enseñar a las otras que están por venir, porque esto no termina. Nunca va a haber suficiente información sobre la desaparición forzada.

Su propia voz y experiencia están muy presentes en el libro.

La verdad es que, cuando empecé Huecos, mi idea era escribir un libro serio de investigación periodística, con datos, cronologías y análisis políticos. Así que, cuando empecé a escribir, me encontré cortando todos los pasajes en los que aparecía yo: todo lo que sucedía después de que se apagara la grabadora –por ejemplo, los momentos en los que Mirna y yo estábamos platicando en la cama–. Pero cuando lo hablé con mi editor, me dijo: “Eso no lo cortes: tú eres la única que estuviste ahí y tienes que contarlo”.

¿Le costó incluir esa dimensión más personal?

Mi miedo inicial era que yo me convirtiera en la protagonista del libro. Yo era muy consciente de que las cosas de las que fui testigo pasaron en parte porque yo estaba allí cubriéndolas como reportera. Las familias que buscan a sus desaparecidos muchas veces sienten la presencia de los medios como una presión para que sucedan cosas, para que encuentren algo. A fin de cuentas, ¿qué son las familias que buscan si no encuentran cuerpos?

El resultado es un libro que logra conectar directamente con las lectoras. A mí, al menos, la lectura ha llegado a afectarme mucho.

Mi idea era, precisamente, que si yo me pongo ahí, a lo mejor el lector o la lectora se va a identificar con más facilidad. No soy la periodista inalcanzable que ni contesta al mail, sino al contrario, soy quien lleva a mis lectores de la mano. Eso era lo que yo quería que sintieran los lectores: ese dolor que te destroza cada vez que entras a estos viajes y entras en contacto con esta realidad. Con Huecos, yo quería aportar esa capa extra. Más que informarte, quiero que sientas y veas que estas son familias como la tuya o como la mía.

¿Cómo lidió usted misma con la carga del dolor?

Los primeros años me sentía mal conmigo misma, porque veía la desaparición por todas partes. Me afectó mucho. Pero acabé por encontrar las herramientas creativas para darle salida a ese dolor, a esa crueldad. Y cuando ahora alguien me dice, “no tengo corazón para leerlo”, le digo: “¡Si yo ya lo mastiqué por ti! Lo que te está llegando por mi libro es el 1%. No te lo estoy dando crudo”.

En algunas de las viñetas más literarias, como “Y no está”, abandona su voz narrativa regular para recurrir a una especie de corriente de conciencia. Me ha parecido muy poderoso.

En realidad, fue mi solución a un problema complicado. Hablé con muchísimas familias sobre sus vivencias. Fue muy difícil escoger a las seis mujeres que acabaron siendo mis protagonistas. Por otro lado, irónicamente, también fue muy fácil, porque ellas son las que estuvieron más dispuestas a contestar a las dudas que me surgían. Aun así, al escribir Huecos no me abandonaban esas otras familias a las que había dejado fuera, por más que también dieran forma a mi proceso de escritura. En esa viñeta que mencionas, intento incluir sus vivencias y algunos de los muchísimos detalles que me contaron. Es mi forma de decirles a mis lectoras: “Todo esto está pasando. Puede que no tenga nombres y fechas para todo, que no tenga los datos concretos, pero esto está pasando”. La verdad es que fue una viñeta que empecé a escribir con hartazgo, vomitándole al lector. Lo que sentí fue algo así como: “Ya me cansé yo de cargarlo todo sola”. Luego, cuando me puse a procesarlo, mi actitud cambió. Me imaginaba diciéndoles a mis lectores: “Quiero compartirte esto; espero puedas ver que no son solo Mirna, Lucy o Chuchita. Es todo esto”.

A las mujeres colombianas y mexicanas les podía hablar en español, pero para las entrevistas en los Balcanes tuvo que recurrir a intérpretes. ¿Cómo funcionaba eso?

El tema me estresaba mucho, la verdad, porque sabía que yo no iba realmente a entender toda la entrevista hasta que leyera la transcripción traducida. Por más rápida que fuera mi traductora, nunca iba a hacer lo mismo que yo en una entrevista en castellano o inglés. Además, cuando llegué a la primera cita en Ilijas, una ciudad bosnia, me encontré con un grupo grande de mujeres, aunque yo me había preparado para una entrevista con la líder. Entonces cerré los ojos y dije: “A ver, no voy a comprender el 100% de lo que se está compartiendo aquí. ¿Qué puedo ver?”. Y empecé a observar cómo esas mujeres se organizaban, cómo se sentaban unas, cómo se paraban otras, cómo se juntaban unas y se apartaban otras… Debo agregar que soy maestra de yoga y que lo que me mantiene sana en este trabajo es mover el cuerpo. Ahora bien, antes de ir a los Balcanes, una amiga me invitó a tomar un cursillo de yoga informada por el trauma. Es una forma de enseñar que enfoca en el impacto de la vida, de las experiencias, del trauma, en el sistema nervioso, y cómo el trauma se manifiesta en los movimientos y en los dolores físicos de las personas.

¿Esa experiencia le sirvió con el grupo de mujeres en Bosnia?

Pasó un proceso muy raro. Yo no podía más que asociar cómo movían el cuerpo las mujeres bosnias con los movimientos corporales de las mujeres que yo ya había visto en México. Entonces entendí: ahora, ella me está platicando de esta parte de la desaparición. En otras palabras, me di cuenta de que yo ya traía una idea de cómo se cuenta la desaparición de un ser querido. Es una estructura narrativa que, de cierta forma, se vuelve rígida con el paso del tiempo. Porque la mayoría de ellas han contado esa historia muchísimas veces: a los medios, a gobiernos, a organizaciones de derechos humanos.

La comprensión de estas dinámicas, ¿también le permite relacionarse de otra forma con sus entrevistadas?

Sí, claro. De hecho, ahora la uso mucho. Por ejemplo, el jueves pasado hicimos unas entrevistas en la cárcel para un proyecto sobre el narcomenudeo en el que estoy metida. Yo nunca había entrado a una cárcel de mujeres, y no era el mejor espacio o el espacio más seguro para hacer ese tipo de entrevistas, que además son por tiempo muy limitado y en presencia de las autoridades. Pero cuando empecé a relajar mi cuerpo, ellas se empezaron a relajar y nuestro lenguaje corporal se conectó. Fluyó muy bien la entrevista a pesar de ese entorno restrictivo. Eso, en fin, es algo que aprendí de las mujeres en los Balcanes: cómo acoplarme al espacio de ellas, a cómo se mueven, cómo sirven el café. Todos esos son detalles que la gente cree que son extras en una entrevista, pero que son realmente parte de crear ese entorno para que la gente comparta realmente lo que siente sobre ese momento de su vida. Y eso fue algo que quise transmitir en Huecos: cómo cargamos las historias con el cuerpo.

Huecos se publicó hace un par de años ya. ¿Sigue con el mismo tema?

Cuando salió Huecos, necesitaba como un refresh mental. Viendo el escenario en México, la falta de cambio, no ayuda. Y lo que sí cambia, es para peor: los métodos de desaparecer a la gente son cada vez más brutales, y es cada vez más cínico el manejo de los casos de desaparición. Todavía noto que tengo una respuesta muy emocional ante eso, lo que me impide cubrirlo de buena forma, periodísticamente hablando. Por tanto, he intentado abordarlo de otra forma. Ahora estamos por lanzar una plataforma que se llama Mapping Absence. Es una plataforma bilingüe enfocada en la desaparición forzada, pero globalmente, desde distintas miradas. Somos un colectivo chiquito de académicos y artistas; yo estoy como periodista. No tenemos recursos, realmente hay mucho de voluntariado, pero el punto es crear una plataforma fija donde podamos estar discutiendo la desaparición forzada desde distintos ángulos y visibilizando a los colectivos que lideran esta búsqueda, no solo en México. La desaparición forzada ha evolucionado mucho y se maneja en diferentes contextos. Ya llegamos a un punto donde hasta se niega que se trate de desapariciones forzadas, como hemos visto en Estados Unidos con el ICE.

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Duele Venezuela

Por: Arantxa Tirado

El pasado 24 de junio, Venezuela padeció dos terremotos simultáneos de gran magnitud, 7,2 y 7,5 en la escala Richter, que provocaron graves daños, especialmente en La Guaira y en los Palos Grandes, en el municipio Chacao de Caracas, así como un número todavía indeterminado de víctimas mortales. Hasta la fecha, las cifras oficiales reportan 1.943 personas fallecidas, 10.571 heridas y 6.461 rescatadas con vida de los escombros. Habida cuenta del colapso de 189 edificios, muchos de ellos de gran altura, es previsible que el número de muertos se multiplique exponencialmente cuando finalicen los rescates.

Los sismos han ocurrido en un país que estaba viviendo una situación excepcional después de que el 3 de enero pasado fuerzas especiales de los EE. UU. secuestraran al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, actualmente presos en Nueva York y pendientes de juicio. Ese hecho marcó un punto de inflexión en las relaciones entre EE. UU. y Venezuela, que han pasado de la guerra multifactorial abierta y encubierta al marco de una sui géneris negociación diplomática. El resultado, fuera de todo eufemismo, es que Venezuela es hoy un país tutelado de facto por las autoridades estadounidenses, quienes hacen alarde de ello anunciando, además, un plan de tres fases para poner fin a la Revolución Bolivariana: estabilización, recuperación y transición.

Muchas cosas han cambiado en la política entre EE. UU. y Venezuela en los últimos meses, pero ni siquiera estos cambios han puesto fin al sesgo y el prejuicio con el que se informa sobre cualquier cosa que acontece en el país suramericano. Quienes pensábamos que el nuevo momento de la política venezolana iba a ahorrarnos el antiperiodismo, como lo definió Fernando Casado, que se ha ejercido contra la Venezuela bolivariana desde que en 1999 Hugo Chávez llegó a la Presidencia y el país inició un proceso de transformación revolucionaria, estábamos equivocadas. 

No sin estupefacción, y ciertas dosis de indignación agravadas por el dolor profundo ante la tragedia colectiva que se está viviendo todavía en estos momentos, observamos cómo los medios españoles, sea prensa, televisión o radio, se están cubriendo de gloria una vez más al tratar el impacto de los terremotos en Venezuela. De repente, lo que no pasaría de ser un comentario secundario en la información sobre un fenómeno devastador en cualquier otro país, es decir, la capacidad de un Estado, y de sus autoridades gubernamentales, para responder a una catástrofe de tal calibre, adopta una categoría central cuando se trata de Venezuela

Los terremotos como excusa para enjuiciar al chavismo

Rescatar todas las noticias, artículos de opinión, editoriales, comentarios o preguntas insidiosas que nos han regalado nuestros medios en una semana sería inabarcable, pero como muestra destacaré sólo algunos ejemplos con los que me he topado, sin haber realizado una búsqueda sistemática, en los últimos días: “Cuando lo que tiembla es el Estado” (editorial del ABC, viernes 26 de junio), “La solidaridad suple las carencias del Estado en Venezuela” (portada de La Vanguardia, 29 junio), “Los venezolanos esperan que el Gobierno les pueda realojar lo que parece una utopía teniendo en cuenta el debilitamiento crónico de las estructuras venezolanas” (voz en off en el programa “La Hora de La 1” de RTVE), “¿Usted cree que estos terremotos acabarán con un cambio de régimen en Venezuela?” (pregunta a un invitado venezolano en el programa Més Nit de TV3).

En las mesas de opinión, tertulianos convertidos en especialistas en política venezolana se dedican no sólo a cuestionar al Estado sino al Gobierno encargado, a los gobiernos chavistas previos, y, sobre todo, al proceso político en su conjunto. Salvo contadas excepciones en las que el opinador de turno trata de mantenerse en un estado de prudencia, a riesgo de ser tachado de defensor de una “dictadura”, el chavismo es llevado a los tribunales mediáticos con la excusa de los terremotos: “El país está deteriorado después de 20 años de un régimen corrupto, podrido, que ha abandonado a sus propios ciudadanos”; “Yo creo que el chavismo ha sido absolutamente devastador para Venezuela”; “Todos aquí somos perfectamente conscientes de lo que ha sido el régimen chavista”. 

Estas frases se dijeron en 10 minutos de tertulia de un programa matutino de RTVE a pesar de que la televisión pública española está bajo control de un Gobierno supuestamente bolivariano según la (ultra)derecha de este país. El nivel de desubicación llegó al punto de que un venezolano presente, parte de una asociación civil de venezolanos en España, tuvo que poner sentido común llamando a dejar las valoraciones políticas y a centrar el debate en el tema de los terremotos.

Además del juicio sumario al proyecto bolivariano, todavía más desenfrenado, si cabe, en las tertulias de los medios privados, la opinión se ha mezclado con afirmaciones directamente falsas que se han hecho pasar por información: “No hay políticas públicas en Venezuela”; “El Gobierno ni siquiera puede recoger escombros”; “Los edificios caídos fueron construidos por el Gobierno como parte de la Misión Vivienda”; “El Ejército venezolano no está interviniendo”; “El Gobierno está bloqueando el acceso a La Guaira porque quiere impedir que llegue la ayuda” (obviando la necesidad de poner orden ante la avalancha de población voluntaria que trancaba la única vía de acceso a la zona más afectada); y, el remate: “El Gobierno venezolano carece de empatía”. Y así en un no parar de afirmaciones, algunas de las cuales son desmentidas por las propias imágenes que se presentan en dichos programas o tomándose la molestia de informarse por vías alternativas. 

Para dimensionar el nivel de sesgo existente en cómo se está presentando la información sobre la gestión de los terremotos en Venezuela, invito a quien me lea a realizar el ejercicio de pensar qué se dijo sobre la diligencia de las autoridades, o el sistema político mexicano, cuando se produjo el terremoto de 7,1 que padeció México en septiembre de 2017. ¿Alguien en España recuerda quién gobernaba en México entonces? ¿Qué modelo político y económico tuvo en las décadas precedentes? ¿Alguna crítica a las políticas neoliberales? ¿Alguien relacionó los edificios caídos en el epicentro del terremoto, en el Estado de Puebla, con la responsabilidad de su gobernador, la acción de su partido político o la ausencia de políticas públicas? La respuesta a estas preguntas permite entender que Venezuela es objeto, una vez más, de una campaña de deslegitimación y descrédito que parece operar a escala mundial, pues los mismos argumentos los encontramos en otros medios internacionales. 

Cuando la oposición venezolana entra en escena

Con Venezuela todo se “politiza” en el peor sentido del término. Evidentemente, la visión política es importante y debe estar siempre presente. Nadie niega la política que existe en toda actividad o respuesta humana a problemas colectivos. También en la gestión de crisis hay política, y la desidia, la falta de medios o la acción insuficiente por las autoridades, del país que sea, nunca deben ser ocultadas pero sí hay que realizar un ejercicio de transparencia que parta de análisis dimensionados y contextualizados, además de informados, algo que no sucede cuando se trata de valorar cualquier cosa que haya pasado en territorio venezolano. 

A nadie que conozca Venezuela se le escapa que, desde antes de la llegada del chavismo, el país ha adolecido de problemas de gestión, organización y planificación pública seguramente vinculados a una cultura política impregnada de la lógica cortoplacista que otorga la opulencia petrolera. Sin partir de esta verdad, cualquier análisis que ponga un punto de partida problemático en el chavismo carece de honestidad.

En el caso de Venezuela, es prácticamente imposible realizar una evaluación ecuánime porque el debate sobre las limitaciones estatales acaba repitiendo los gastados mantras de cuestionamiento de la soberanía venezolana. De tal manera que el foco sobre lo humanitario, que debería ser prioritario en estos momentos, se desplaza a los intereses partidistas para acabar situando en primer lugar una agenda política que pervierte el debate y pulveriza cualquier atisbo de buenas intenciones. Como resultado, entrevistas a Leopoldo López, tribunas a María Corina Machado o Edmundo González Urrutia se combinan con entrevistas a otros venezolanos de oposición de perfil más bajo sin el contrapeso de análisis con un enfoque distinto.

Desde el momento en que se da voz exclusiva a la oposición venezolana para que sitúe su agenda política, de manera oportunista e irresponsable en medio de la tragedia, sin aportar el testimonio de autoridades venezolanas a un mismo nivel, que puedan desmentir algunas de las mentiras que de manera interesada vierten estas personas, se está tomando un partido que no debería ser propio de una prensa que hace alarde de pluralidad, imparcialidad e independencia

Todo lo que estamos viviendo no es nuevo, es un episodio más de la muerte del periodismo cuando se trata de Venezuela. Periodistas que filtran la información a través de sus prejuicios ideológicos y que son incapaces de esconder su animadversión manifiesta hacia un proceso político soberano y legítimo. Un mal que afecta a todo el espectro ideológico de la profesión periodística, en mayor o menor medida, desde la progresía hasta las posiciones más reaccionarias.

Sólo los rescatistas en el terreno y las voces más técnicas están realizando este ejercicio de evaluación situado, sin prejuicios ideológicos previos, destacando los límites que impone una catástrofe dantesca, imprescindibles para dimensionar las posibilidades de respuesta de cualquier Estado, con independencia de lo eficiente o ineficiente que haya sido con anterioridad. Como lo decía el jefe de la expendición de los Bomberos de la Generalitat de Catalunya el otro día, “Ningún Estado está preparado para una situación de una magnitud como esta, es imposible que el país la pueda atender sin ayuda”.

Conocimiento histórico, análisis geopolítico y defensa de la soberanía venezolana

La realidad de los países se ha de contextualizar históricamente y, también, geopolíticamente. Pero eso está ausente en toda información interesada que quiere aprovechar este momento para seguir atacando al chavismo en Venezuela. Las más de 1.000 medidas coercitivas unilaterales impuestas por EE. UU. que provocaron, en gran parte, la caída del PIB venezolano casi un 80% entre 2012 y 2020, están fuera de la mayoría de los análisis que destacan las limitaciones del Estado venezolano, pero no se preguntan el porqué. 

Evidentemente, tal ofensiva ha tenido como objetivo la asfixia económica y financiera del país, evitar su autonomía e impedir que Venezuela pudiera acceder con libertad a los mercados internacionales, con todo lo que ello conlleva. Conviene recordar, además, que EE. UU. y otros países tienen congelados más de 30.000 millones de dólares del Estado venezolano y que, ahora mismo, es precisamente EE. UU. quien gestiona los ingresos petroleros del país. No estamos hablando de datos menores ni de información irrelevante. Estamos destacando las coordenadas políticas en las que han tenido que actuar los gobiernos chavistas precedentes y con las que tendrá que lidiar el actual Gobierno, ahora con la problemática adicional de necesitar esos recursos para suplir las pérdidas calculadas en 6.700 millones de dólares, en un escenario de poca autonomía política. 

En conclusión, destacar las limitaciones del Estado para atender a una crisis de esta magnitud sin poner en el centro el impacto que ha tenido en el propio Estado el despliegue de una ofensiva bélica en el ámbito económico por parte de la principal súper potencia mundial durante décadas, en cómo EE. UU. está limitando ahora mismo, además, que Venezuela pueda disponer de sus ingresos petroleros y sus reservas, en cómo ni siquiera es capaz de levantar sus restricciones unilaterales –salvo licencias muy puntuales que son funcionales a sus empresas y bancos–, es un ejercicio de deshonestidad. Una deshonestidad todavía más grave porque se da en un contexto en que EE. UU., junto con continuar desangrando a Venezuela, puede aprovechar la crisis para profundizar en su agenda de cambio de régimen, ahora queriendo controlar también el pingüe negocio de la reconstrucción.

Dejemos a Venezuela trabajar en conjunto, desde su Estado, su Gobierno, los numerosos voluntarios, su protección civil, sus bomberos, los rescatistas de las más de 51 delegaciones internacionales, los perros de rescate que tanto ayudan a salvar vidas y todas las personas que, en estos momentos, están preocupadas por lo más urgente e importante: la vida humana. Y, sobre todo, seamos conscientes de que la mejor manera de ayudar a largo plazo es abogar por que el sistema internacional del futuro sea un orden en que Venezuela, y cualquier otro país del mundo, tenga o no recursos petroleros, pueda tener un desarrollo soberano, aunque sea en contra de los intereses de los EE. UU. Este sería el primer paso para respaldar a Venezuela. Quizás algunos lleguen tarde, pero, como dice el refrán, más vale tarde que nunca.

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Huelga indefinida en el servicio de atención al público del Museo Reina Sofía

Por: Guillermo Martínez

Si uno decide visitar el Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía (MCARS) de Madrid, seguramente en la puerta se encuentre con varios trabajadores que advierten de la huelga del servicio de atención al público que realizan desde el 13 de junio. Se trata de algo más de una veintena de empleados que cumplen con un trabajo estructural y continuado en la pinacoteca pero que, sin embargo, son gestionados a través de contratos externalizados a terceras empresas. La gota que ha colmado un vaso ya demasiado rebosante han sido los nuevos pliegos. Según explica Víctor –prefiere no dar su apellido–, portavoz del sindicato Solidaridad y Unidad de los Trabajadores (SUT), que da cobertura a los paros, el Museo ha licitado el servicio con la desaparición de dos puestos de atención al público por turno.

De esta forma, la nueva compañía adjudicataria tendrá que ejecutar dicha reducción como despido o como reducción horaria con la consiguiente reducción salarial. Desde el Reina Sofía han respondido a La Marea que esta reducción “responde precisamente a una reivindicación sindical reiterada sobre las condiciones climáticas intolerables que presentan los puntos de información situados en el Palacio de Velázquez y el Palacio de Cristal”. 

Por su parte, Víctor contradice esta versión. Según asegura, la plantilla en la sede principal del Museo, en la plaza de Juan Goytisolo, siempre ha sido de diez posiciones por turno que ahora se reducen a ocho. “Esto no tiene nada que ver con las posiciones de palacios cuando estaban abiertos hace dos años que eran tres por la mañana, tres por la tarde y tres el fin de semana”, a las que se añadían una decena más en la sede principal.

El SUT recuerda que el Reina Sofía ha experimentado un incremento paulatino del número de visitantes, hasta que este 2025 han superado los 1,6 millones. “Pese a esto, la dirección quiere reducir un 20% la plantilla de atención al público, la que se dedica a la accesibilidad universal al centro, la necesidad de sillas de ruedas, atención e identificación de grupos, validar entradas, así como informar sobre los accesos”, reitera el portavoz.

Este servicio indispensable para el Museo se encuentra externalizado, al igual que el de mediación cultural, cuya plantilla decidió secundar los paros desde su comienzo hasta el pasado 24 de junio. El MNCARS ha detallado que la última oferta de empleo pública resuelta, que corresponde a 2020 pero ofertada en 2025, recogía ocho plazas de informadores que resultaron vacantes. “En los tres años que esta dirección lleva al frente del Museo la plantilla ha aumentado en más de 160 personas, reduciéndose en 140 los contratos externalizados de vigilancia de sala”, han cifrado.

Denuncian los servicios mínimos

La huelga también ha encontrado cierto conflicto con los servicios mínimos establecidos por el Ministerio de Cultura, marcados en un 30%. Desde el SUT denuncian que los servicios mínimos están pensados para servicios de “inaplazable necesidad” que experimentan huelgas por parte de la plantilla que los ofrece. “Y ahora obligan a unos servicios mínimos en un museo que cierra cada martes y domingo por la tarde con la excusa de garantizar el acceso a la cultura”, insiste Víctor. El sindicato considera falso que no poder entrar al Reina Sofía por un conflicto laboral sea motivo suficiente para poder afirmar que por ello se vulnera el derecho a la cultura de la población. Ya han recurrido esta medida implantada por la cartera que tiene a Ernest Urtasun al frente.

“Con esta decisión, que toma el Ministerio, que no es un ente imparcial sino el responsable directo del Museo, sabotean y diluyen totalmente nuestra fuerza frente a la prepotencia institucional y los despidos”, añade Víctor. Cultura ha afirmado a La Marea que el Tribunal Constitucional dictamina que el responsable de establecer los servicios mínimos en una huelga es el órgano gubernamental con competencias en la materia y en los servicios afectados por la misma. “Al ser una cuestión de cultura, le corresponde al Ministerio de Cultura”, han dictaminado.

Tal y como han remarcado, para decretar los servicios mínimos se han basado en jurisprudencia del Tribunal Constitucional y en dos cuestiones: la “relevancia singular dentro del sistema cultural español” que posee el MNCARS por tratarse de la institución nacional de referencia para la conservación, investigación, exhibición y difusión del arte moderno y contemporáneo; y que “el acceso a la cultura es un derecho constitucional que cualquier administración competente debe garantizar”. Según defienden, se han decretado unos servicios mínimos que garantizan tanto el derecho al acceso a la cultura como el derecho a huelga.

Los efectos de la huelga

Pese a los servicios mínimos establecidos, los paros se dejan ver en las largas colas que se forman a la entrada del Museo, sobre todo en las franjas horarias gratuitas o determinados días de especial afluencia, ya que una de las funciones de la plantilla de atención al público es la validación de entradas. “El Museo ha utilizado a personal propio y a vigilantes de seguridad para sustituir a los huelguistas y hacer que su presión se reduzca”, afirma Víctor, quien apunta a que el SUT también ha denunciado estos hechos ante los tribunales de lo Social. El Museo, por su parte, niega cualquier tipo de sustitución de huelguistas.

El primer impacto directo de la protesta laboral ha sido el cierre del acceso por el edificio Nouvel. Asimismo, el SUT reivindica un descenso de hasta un millar de visitantes desde que comenzó la huelga, un extremo confirmado por el MNCARS, aunque no lo relacionan directamente con los paros. “Si el Ministerio no hubiera establecido los servicios mínimos, el Museo ya se tendría que haber sentado con la plantilla para negociar las futuras licitaciones. Así no habría habido ninguna huelga y el servicio no se habría degradado”, esgrime el portavoz del SUT.

Asimismo, Víctor aclara que cualquier comprador online de la entrada al Reina Sofía no sabrá hasta que llegue al museo que menos de un tercio de la plantilla de atención al público estará en disponibilidad de atenderle. “Una parte no desdeñable pero de difícil cuantificación de los visitantes se solidariza con nosotros al conocer nuestras demandas y no entra al ver cómo la institución tiene un discurso específico de puertas para afuera pero que no se corresponde con la realidad”, prosigue el portavoz. Las pantallas del centro de arte sí advierten in situ de los paros en el servicio de atención al público.

El equipo de 22 trabajadores de la plantilla de atención al público mantiene los ánimos altos gracias a la solidaridad de los primeros días de sus compañeros de mediación cultural y de la caja de resistencia que tantas personas están engrosando con sus aportaciones. “Estamos ante cuatro despidos y un enfado muy grande por el desdén y la hipocresía institucional del Museo”, recalcan desde el SUT.

Un cátering cuesta más que un salario anual

La cuantía de los salarios tampoco ayuda. El sindicato sostiene que los trabajadores de atención al público perciben unos 13.000 euros al año cuando el director de la institución, Manuel Segade, se embolsa más de 145.000 euros anuales. Le siguen la subdirectora con casi 96.000 euros y el director de gabinete, con más de 88.000 euros. Solo el cátering que el MNCARS encargó hace unas semanas para celebrar su 40 aniversario ya costó 14.000 euros, tal y como han confirmado fuentes internas del Museo. 

“Aquí hay trabajadores obligados a trabajar que van a ser despedidos dentro de unas semanas. Hoy son imprescindibles, mañana se van a la calle y no pueden hacer huelga contra su propio despido. Que se fomente esto desde un Museo que, al menos desde su márketing, defiende toda una serie de discursos alternativos y progresistas, es especialmente grave”, finaliza el portavoz.

Por último, el MNCARS ha incidido en que la dirección “ha trabajado conjuntamente con las organizaciones sindicales mayoritarias que representan a las más de 700 personas que integran la plantilla del Museo Reina Sofía con el objetivo de mejorar las condiciones laborales dentro de la institución”. Además, han subrayado que en un contexto de tres años con los presupuestos prorrogados se ha disminuido la rotación de personal, se ha reducido la salida de trabajadores y trabajadoras fuera del Museo y existe un buen clima laboral.

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El final de la Guerra Civil: más cálculo que épica

Por: Guillermo Martínez

Este reportaje se publicó originalmente en papel, en La Marea 111. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.

La Guerra Civil podría haber terminado meses antes de aquel 1 de abril de 1939. La victoria del bando golpista vino precedida por una operación de inteligencia, diplomacia y logística sin parangón en la historia bélica hasta aquel momento. La rendición tenía que ser total. No hubo espacio para armisticio alguno. Todos los presos fieles a la República serían tratados como presos comunes, no como prisioneros de guerra. Tampoco alargar la contienda habría significado entrar en la Segunda Guerra Mundial. Aquel primero de abril, la Guerra Civil llegó a muchos lugares que no la habían vivido. La épica cacareada por los gallos de la victoria no fue tal. La rendición al completo estuvo medida al milímetro, no así la crueldad que se desataría en cada lugar en el que los vencedores tuvieran sed de venganza.

Estas son las grandes tesis que deja tras de sí Cómo terminó la guerra civil española (Crítica, 2026), un extenso ensayo que contiene documentación con información procedente de fuentes hasta ahora no accesibles a los investigadores. En él, Gutmaro Gómez Bravo reescribe los días clave en los que el bando franquista pergeñó la victoria incondicional. Este catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) huye de la versión más extendida y se aleja de las desavenencias entre los gerifaltes militares republicanos para poner la mirada sobre los golpistas: «Su operación fue todo un éxito», adelanta.

El investigador asegura que la contienda podría haber concluido el 31 de enero, tras la caída de Barcelona, porque el conflicto ya se encontraba resuelto desde el plano militar. «Es en el cuartel general de Burgos donde se decide otro final. Quieren una rendición sin condiciones de los republicanos y evitar una mediación internacional y un tratado que convirtiera a los presos en prisioneros de guerra», explica Gómez. Lo consiguieron, pero solo tras un trabajo calculado hasta el mínimo resquicio.

Entre el hambre y el perdón

Junto al bando golpista, que se veía a sí mismo más victorioso cada día que pasaba tras la victoria en la batalla del Ebro y la caída de Catalunya, luchaba el hambre. «El hambre es decisiva para esta estrategia de rendición que proyectan, sustentada también en la guerra psicológica», sostiene Gómez. La aviación franquista bombardeaba con pan las grandes ciudades republicanas que sobrevivían con gran dificultad al asedio. En los paquetes, proclamas que aseguraban que las personas que no tuvieran las manos manchadas de sangre no tenían nada que temer.

El final de la Guerra Civil: más cálculo que épica
Ejemplar de octavilla lanzada por el bando golpista sobre las ciudades asediadas. EDITORIAL CRÍTICA

El historiador asegura que los franquistas proyectaron la rendición a través del hambre y la promesa del perdón. «Lo que no querían era tener que combatir en las ciudades, como pasará en la Segunda Guerra Mundial. Buscan una rendición ordenada, planimétrica, y lo comunican dándole la vuelta. Dicen que la culpa del hambre son los republicanos y la resistencia», añade el también director del Grupo de Investigación de la Guerra Civil y el Franquismo de la UCM.

Europa, a favor de Franco

El plano internacional fue determinante en estas últimas semanas de conflicto. En su ensayo, Gómez corta esa línea recta historiográfica trazada entre el final de la Guerra Civil y la posibilidad de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Consultada la documentación de Inglaterra y Alemania, el historiador resuelve que «a partir de la caída de Catalunya todo el mundo quiere que la guerra termine». Es precisamente en enero de 1939 cuando tanto soviéticos como alemanes, que pronto firmarían entre ellos el pacto de no agresión, empezarían a virar sus posiciones.

Las jornadas que pasarían a la posteridad se suceden. El 15 de febrero, los británicos reconocen en secreto a Franco como jefe del Estado, una decisión que harán pública el día que Francia también la tome. El día 27 hacen lo propio los franceses, justo una semana después de que España haya firmado, también en secreto, el tratado Antikomintern, que confirma la entrada militar de España en el Eje junto a Alemania, Italia y Japón, y que hará público el 31 de marzo, el último día de guerra en España.

Durante marzo, el último mes antes del fin de la contienda y el inicio de la dictadura, desde Burgos los franquistas se esmeran en hacer llegar a los republicanos las normas que deberán respetar en la rendición. «Se da un encuentro entre los militares del Estado Mayor de los dos ejércitos cuando, en realidad, ya trabajan para el mismo. Ahí se ve cómo el servicio de inteligencia franquista ha absorbido al servicio republicano. Les dan órdenes, trabajan juntos. No los matan, los utilizan», apostilla Gómez tras haber recabado esta información durante visitas a archivos extranjeros.

La entrada en Madrid

El coronel José Ungría es uno de los grandes nombres propios de esta historia. Sabedor de su papel decisivo a la hora de crear un gran aparato de información en el territorio republicano, Francisco Franco le encargó que definiera el desenlace de la guerra desde la perspectiva militar. Gracias a él, el Estado Mayor de Burgos terminó absorbiendo al Estado Mayor leal a la República.

José María Taboada Lago es otro de los nombres determinantes en el fin de la guerra. Secretario de Acción Católica, se movió diplomáticamente para interrumpir la mediación iniciada por el Vaticano en la Navidad de 1938 y, más tarde, se encargó de la unificación de las fuerzas derechistas en la capital, Madrid, republicana hasta el final de la guerra. Para salir de sus escondites y saludar al nuevo régimen que arrebataría la democracia a España durante cuatro décadas, Taboada y sus seguidores tenían que estar atentos a Radio Nacional. «Cataluña está nublado» significaba que la operación no había culminado en la región mediterránea; «geografía extensa», que se acercaban a la capital; y el día que anunciaran un «reparto de caramelos» en Madrid, sería la jornada señalada para que los franquistas tomaran la ciudad tras casi tres años de guerra.

Ungría y Taboada son dos de las entradas que recoge un dramatis personae con el que, acertadamente, la editorial Crítica ha decidido acompañar el ensayo y cuyas definiciones casi alcanzan las siete decenas. Entre ellas se cuentan personajes como Manuel Azaña, Pablo de Azcárate, Julián Besteiro, el cardenal Isidro Gomá y Diego Martínez Barrio, al igual que entidades o conceptos, como Comité propaz civil, Consejo Asesor, Consejo Nacional de Defensa y Servicio de Información y Policía Militar.

Por otro lado, los sindicatos no perdieron su papel predominante. La ocupación de las grandes ciudades por parte de los franquistas estuvo pactada con la UGT y la CNT, «quienes representaban realmente el primer gobierno de Francisco Largo Caballero frente al de Juan Negrín», apunta el historiador. Gómez apunta que la entrega de Madrid tenía que venir acompañada del aseguramiento de industrias como la logística, las comunicaciones, el Metro, el agua o la electricidad. «Hacen coincidir la transición con la ocupación, y es un éxito de manual para ellos», agrega.

Necesidad de rendición

De todas formas, la caída de Madrid el 27 de marzo estuvo precedida por una operación planificada y pensada para que todo concluyera como deseaban los franquistas. Dos días antes tuvo lugar la entrega de toda la aviación republicana que quedaba. «Después vendieron una victoria clara, pero estuvo planeada al milímetro porque no se fiaban: los republicanos que se rendían seguían siendo 400.000 hombres armados», detalla el autor del ensayo. Llegaba el tiempo de las salvas al aire como gritos de rendición, de sacar la bandera blanca, de que los militares republicanos se descosieran una manga de su uniforme.

Gómez recalca que esta versión de los hechos, contada desde la perspectiva interna del bando franquista, quedó opacada con el paso de los años. «Los protagonistas nunca lo contaron y la población en general desconoce que llegaron hasta este nivel de acuerdo, que realmente el ejército de Franco necesitó que los otros se rindieran y entregaran. Siempre ha parecido que se debió a una conquista, algo épico, pero no es así», se explaya.

El final de la Guerra Civil: más cálculo que épica
EDITORIAL CRÍTICA

El historiador, preguntado por aquello que le ha parecido más llamativo de esta investigación que le ha llevado años, responde que «el nivel de orden» que ejecutaron los franquistas a la hora de la rendición. Pero no solo eso. «Ahora vemos las consecuencias que tuvo ese final tan planificado a nivel logístico, diplomático y militar, algo muy complejo. Sin embargo, también vemos que a nivel local se desató una venganza brutal», comenta. Así lo refleja en su trabajo: la fase final de la operación «llevó a la rendición, al cese de las hostilidades, pero también al castigo masivo de la población civil».

El 1 de abril llegó el último parte de guerra, el único firmado a título particular por Franco: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». Sin embargo, la batalla por la verdad se sigue librando investigación tras investigación precisamente para desterrar lo maniqueo, aquello que Gómez describe así en su libro: «Seguimos en una historia de vencedores y vencidos, de héroes y villanos, de ingenuos y clarividentes. Una historia, en definitiva, de buenos y malos».

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Mujeres en guerra

Por: José Ovejero

Vemos Mujeres heroicas, de la polaca Wanda Jakubowska. La directora había estado prisionera en Auschwitz y regresa allí para rodar esta película ya en 1947. Probablemente es la primera película no documental centrada en la vida en un campo de exterminio. Hay otras –pocas– de esos años que tocan el tema del Holocausto, pero a menudo más interesadas en situaciones rocambolescas fuera del campo –en general, persecuciones de nazis– que en aproximarse de verdad al horror cotidiano. Y estoy seguro de que es la primera película con ese tema dirigida por una mujer y la primera que relata la vida de ellas en los barracones. En Mujeres heroicas –en polaco se titula, si entiendo bien, La última etapa, menos rimbombante– lo central es el día a día de la supervivencia de las mujeres en Auschwitz, atravesado por las humillaciones y la violencia continuas a las que son sometidas, y sostenido por la solidaridad –sororidad, diríamos hoy–, la ayuda mutua, el afecto, aunque también amenazado por la mezquindad y la avaricia de algunas; o, sencillamente, porque el miedo a morir empuja a otras a realizar acciones de una dureza extrema, como cuando una prisionera convence a una enfermera para que no dé un medicamento a una compañera cercana a la muerte y se lo dé a ella.

No solo es una película importante por su contenido; la puesta en escena y la fotografía son impresionantes.


23 de junio

El año pasado, cuando apenas llevábamos tres meses en nuestro nuevo barrio, una vecina nos invitó a participar en la hoguera de San Juan que organiza todos los años en su prado. L., que después se convirtió en nuestra profesora de euskera, también nos había invitado este año. Solo que este año al final no ha habido hoguera: después de varias semanas sin llover y con un calor inusual, habría sido temerario encender una.


24 de junio

He leído muchas comparaciones entre la época actual y la República de Weimar; es comprensible, si nos fijamos en el auge de la ultraderecha, la división de la izquierda, la búsqueda de chivos expiatorios –entonces, los judíos, ahora los inmigrantes o los musulmanes–. Pero mientras leo El cielo y las ruinas, de Juan Andrade, me pregunto si no sería más acertado establecer la analogía con los años previos a la Gran Guerra de 1914. Si antes del 14 hubo un cambio fundamental en la producción industrial –el fordismo y la cadena de montaje– que se puso al servicio de la guerra, en las últimas décadas hemos asistido a la digitalización y la aplicación de la inteligencia artificial, que como toda revolución tecnológica, también es una herramienta básica de las confrontaciones bélicas. Y si en la Primera Guerra Mundial el submarino, el avión y la industria química transformaron las maneras de matar al enemigo –y, cada vez más, a la población civil– hoy desempeñan esas tareas los drones y la automatización de la destrucción.

Hubo entonces como hoy una crisis de identidad masculina; las máquinas que suplantaban su trabajo, el aumento de los empleos en el sector de servicios, la disolución de los vínculos masculinos tradicionales en la vida urbana, el crecimiento del empleo femenino –con la consecuente mayor independencia de las mujeres– y las reivindicaciones feministas empujaron a muchos hombres a buscar en la guerra una expectativa de autoafirmación individual y de la esfera masculina. Hoy los rasgos y las causas son algo diferentes, pero está claro que el ego herido de muchos hombres es una base sólida para nuevas propuestas políticas agresivas y la reivindicación de una virilidad cuyo prestigio añoran.

Y si entonces había una pelea encarnizada por las materias primas y los mercados de las colonias que fomentó el nacionalismo más agresivo, hoy la escasez de recursos tradicionales como el petróleo, pero sobre todo la necesidad de hacerse con las materias primas para la revolución de la inteligencia artificial, está promoviendo también la vuelta al nacionalismo competitivo más desaforado.

Antes del 14 parecía imposible que sociedades más prósperas de lo que habían sido nunca estuviesen dispuestas a embarcarse en una gigantesca tarea de destrucción y autodestrucción. También hoy podría parecérnoslo. Pero hoy y ayer coinciden en que las principales fortunas empujan a la confrontación y financian una prensa cada vez más vocinglera y polarizadora.

Podría continuar con las analogías –que las hay, como también diferencias– y profundizar en ellas. Pero ahora lo que me interesa anotar es que la bestialidad de la guerra es una posibilidad no tan lejana de Europa Occidental como pensamos. La condición sine qua non para toda escalada bélica, el rearme, ya está en camino.

Y también el trasvase de votos y de conciencias hacia las opciones más beligerantes. Cuando empezamos a justificar masacres a nuestra puerta, es que estamos preparando el terreno para comenzar a cometerlas.

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Democratizar el acceso a las carreras judicial y fiscal

Por: Arantxa Tirado

El pasado 15 de junio, se publicó en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el “Acuerdo de 4 de junio de 2026, de la Comisión de Selección a la que se refiere el artículo 305 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, por el que se convocan pruebas selectivas para la provisión de plazas de alumnos y alumnas de la Escuela Judicial para su posterior acceso a la Carrera Judicial por la categoría de juez/a, y plazas de alumnos y alumnas del Centro de Estudios Jurídicos, para su posterior ingreso en la Carrera Fiscal por la categoría de Abogado/a Fiscal”. 

Detrás de tan extenso título se encuentra la “macroconvocatoria”, en palabras del ministro de Justicia, Félix Bolaños, a oposiciones a la carrera de juez y fiscal. El Gobierno oferta, así, 700 plazas, 575 de las cuales serán para jueces y fiscales por oposición y 125 para la vía de acceso por el cuarto turno. Esta vía de acceso, muy criticada por los sectores más corporativos del poder judicial, permite la incorporación como magistrados a juristas “de prestigio” que demuestren más de 10 años de ejercicio profesional. 

El mismo Bolaños anunció en su cuenta de X esta convocatoria como “la mayor transformación de la justicia en décadas”. Sin embargo, aumento de la cantidad no necesariamente es igual a cambio de la cualidad. Es decir, nada garantiza que aumentar los efectivos encargados de impartir justicia haciendo cumplir el imperio de la ley vaya a transformar algunos de los problemas que arrastra la justicia española, que no sólo tienen que ver con la insuficiencia de recursos o de personal. 

Ni siquiera la posibilidad de aumentar la presencia de magistrados por el cuarto turno abre necesariamente la puerta a la entrada de visiones que rompan el corporativismo que impide la autocrítica y la transformación de este rígido poder. Tampoco garantiza per se mayores dosis de independencia e imparcialidad. A modo de ejemplo, el célebre Juan Carlos Peinado, magistrado instructor en la causa de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, se incorporó a la carrera judicial por el extinto tercer turno, derogado en 2003, una vía directa similar al cuarto turno por la que “juristas de reconocida competencia” podían pasar a ser jueces, sin realizar oposiciones, si cumplían con seis años de ejercicio profesional. 

En un contexto en que la justicia está en el ojo del huracán por el protagonismo –voluntario o involuntario– de ciertos jueces en la vida política española, cuyas decisiones condicionan el decurso de una agenda política plagada de juicios a miembros del poder político y sus familiares, el acceso a la carrera judicial reviste una importancia crucial. Una importancia que trasciende el mero debate sobre la mejora de las oportunidades profesionales, o de los recursos al servicio de los ciudadanos, y entra de lleno en el plano político. 

Aunque el poder judicial trate de desvincularse del estigma de la politización de la justicia, lo cierto es que los jueces también son ciudadanos que, en su aplicación de la ley, pueden estar contaminados de sus propios sesgos, valores y prejuicios que los llevan a determinada interpretación de las leyes existentes. A quienes niegan la ideología presente en los impartidores de justicia, que en ocasiones puede comprometer la independencia e imparcialidad en el ejercicio de su profesión, habría que recordarles los vasos comunicantes entre el poder político y el poder judicial que se expresa en las posibilidades de promoción a puestos de poder institucional una vez dentro de la carrera judicial.

Uno de esos elementos es el origen de clase, que condiciona no sólo las posibilidades de acceso a unas oposiciones altamente disuasorias para quienes no se pueden permitir dedicar un promedio de casi 5 años de estudio exclusivo sin remuneración, y con los gastos añadidos de pagar a preparadores que cobran cantidades de dos ceros mensuales en sobres que no suelen declarar a Hacienda. No extraña, por tanto, que el 96% de quienes realizaron oposiciones en la promoción 2025-2026 contaran con la ayuda de sus padres para poder estudiar. 

Garantizar la democratización del acceso a las carreras judicial y fiscal, mediante la promoción de condiciones estructurales de igualdad de oportunidades, mitigando las desigualdades sociales preexistentes más allá del formalismo vacío de las “oposiciones libres basadas en los principios del mérito y la capacidad”, es un paso imprescindible para superar la justicia de clase que todavía padecemos en el Estado español

Para ello es perentorio que las iniciativas recogidas en el “Anteproyecto de Ley Orgánica para la ampliación y fortalecimiento de las carreras judicial y fiscal” que el Consejo de Ministros aprobó el 21 de enero de 2025 y que actualmente se encuentra en fase de tramitación en el Congreso, puedan ir adelante en una Ley Orgánica que siente las bases de una democratización -siempre tímida e insuficiente si no va de la mano de transformaciones de la correlación de fuerzas estatales y del poder económico, como sabemos– que permita la entrada de aire fresco a uno de los poderes del Estado que se presenta como garante de derechos y libertades pero que aparece, con demasiada frecuencia, como un freno para los cambios sociales.

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Raina Lipsitz: “Mamdani parecía salir de la nada, pero representa algo que lleva más de una década gestándose”

Por: Sebastiaan Faber

Esta entrevista se publicó originalmente en la revista de ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.


Para la izquierda norteamericana, las victorias más ilusionantes de estos últimos años no se han logrado contra la derecha, sino contra el propio Partido Demócrata. De la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) al alcalde neoyorquino Zohran Mamdani, la nueva generación de líderes progresistas –más mujeres que hombres, más personas de color que blancas– se ha visto obligada a enfrentarse a un establishment partidista reacio, desconfiado y, muchas veces, abiertamente obstructor.

¿Cuáles son las claves de sus improbables éxitos o cómo se pueden repetir? Esta es la pregunta que planteaba la periodista Raina Lipsitz en su libro The Rise of a New Left: How Young Radicals Are Shaping the Future of American Politics (‘El auge de una nueva izquierda. Cómo una juventud radical está transformando el futuro de la política estadounidense’, publicado por Verso en 2022). Lipsitz (Buffalo, 1982) vive en South Brooklyn (Nueva York), donde acaba de entrar en el Comité Organizador de los Demócratas Socialistas (DSA), una organización nacional fundada en los años ochenta que hoy cuenta con más de cien mil militantes, entre ellos el nuevo alcalde neoyorquino. Hablamos a comienzos de marzo.

Su libro sobre la nueva izquierda radical se publicó hace tres años. Hoy, Zohran Mamdani es alcalde de Nueva York. ¿Su victoria confirma las conclusiones a las que llegaba usted?

En muchos sentidos, sí. De hecho, muchas de las cosas que creí percibir alrededor de 2020 hoy están más claras. El propio Mamdani es un ejemplo muy potente. Ha logrado algo que muchos creíamos imposible: derribar la dinastía política de los Cuomo. No quiero decir que predije su éxito, que en verdad nos sorprendió a todos, pero no deja de ilustrar un fenómeno que describo en el libro: toda una generación de jóvenes que entraron en política durante el primer mandato de Trump, y que han trabajado con tesón –en las estructuras del DSA y en otras organizaciones de izquierdas– se han convertido, con el tiempo, en organizadores curtidos y candidatos avezados. Mamdani parecía salir de la nada, y así se le retrató en los medios, pero en realidad representa algo que lleva más de una década gestándose. La broma que se cuenta por aquí es que Zohran reúne todos los bulos que el Partido Republicano difundía sobre Barack Obama: es un socialista musulmán nacido en África, pero de verdad. De tanto repetir las mismas mentiras, la derecha logró que su pesadilla se hiciera carne y ¡llegara a alcalde de Nueva York! [Risas].

Además de una historia de éxitos, su libro también es un relato sobre las enormes barreras que no todos los candidatos progresistas logran superar, por más talento que tengan. Irónicamente, el mayor escollo ha sido el propio Partido Demócrata.

Esos obstáculos siguen en pie en la mayor parte del país. Una victoria como la de Mamdani –que se logró gracias a una combinación propicia de un talento realmente excepcional y una labor de organización brillante y multitudinaria– será muy difícil de replicar en otros lugares.

Yo tuve la impresión de que la cúpula del Partido Demócrata, en sus intentos desesperados por pararle los pies, se convirtió en algo muy parecido al Partido Republicano. No solo en sus tácticas y discursos, que solo buscaban infundir miedo, sino en los caudales millonarios que movilizó para financiar la contracampaña.

Fue el mismo dinero, en efecto.

Estas luchas del ala izquierda contra el establishment demócrata, ¿son un buen entrenamiento para luchas futuras contra una derecha cada vez más radical?

No necesariamente. Estados Unidos es un país tan diverso que todas las luchas políticas acaban siendo locales, con su propia idiosincrasia. Cuando la cúpula del Partido Demócrata arguye que las victorias de Mamdani o AOC en una ciudad como Nueva York, que es mayoritariamente demócrata, serán imposibles de replicar en otras partes, no le falta razón. Para mí, la lección más importante de estas experiencias no es la lucha contra el Partido Demócrata como tal, sino que es posible montar una campaña exitosa sin depender del dinero de las grandes corporaciones. Este es, con diferencia, el mayor desafío en este país –tanto más ahora que el Tribunal Supremo ha permitido que entren cantidades ingentes de dinero oscuro–. Zohran, en verdad, pudo sobrevivir porque logró recaudar mucho dinero de muchos pequeños donantes, pero también porque Nueva York proporciona una financiación pública que multiplica las donaciones pequeñas. Solo un puñado de otros estados y ciudades tienen un programa similar. La otra gran lección de Mamdani, para mí, ha sido el enfoque positivo y propositivo de su campaña. Las campañas políticas en este país suelen tener un aire que aterra, oscuro, apocalíptico, con mensajes muchas veces centrados en la violencia. La campaña de Zohran, en cambio, nos habló de la ciudad que nos gustaría tener, con alquileres controlados, supermercados asequibles, guarderías y autobuses gratis que, además, anden sin retrasos. No es que Hillary Clinton o Kamala Harris no hablaran de cosas parecidas, pero no eran creíbles. Su compromiso no parecía real.

Lo común es que la política establecida se burle del «idealismo» de candidatas y candidatos que prometen mejoras de este tipo. Pero lo que predomina en alguien como Mamdani, ¿no es, precisamente, el pragmatismo? No ha dudado en recurrir a la Casa Blanca, por ejemplo.

Estoy completamente de acuerdo en que estos jóvenes políticos radicales son los auténticos pragmatistas de la política actual. Son los únicos empeñados en cambiar las cosas de verdad. Como explico en el libro, esto se debe también a que se sienten en deuda con las organizaciones que les han ayudado a montar sus campañas, que pueden ser el DSA o, por ejemplo, un sindicato. No es una deuda que les moleste necesariamente, porque en lo personal siguen alineados con esas mismas organizaciones. El resultado es que son candidatos con programas y perfiles ideológicos mucho más sólidos y coherentes que los del típico candidato demócrata, cuya única deuda suele ser la que contrae con sus donantes millonarios. Esto a menudo significa que lo que los candidatos ven como su tarea principal no es cambiar la vida de la gente, sino gestionar sus expectativas para que no acabe demandando o esperando demasiado del partido.

Sin embargo, los mayores éxitos los han tenido las y los candidatos del DSA que se presentan por el Partido Demócrata.

Es otra de las lecciones que hemos tenido que aprender. En este país, y en este momento, parece haber razones estructurales por las que necesitamos al Partido Demócrata. Digo parece, porque dentro del DSA existen grandes desacuerdos sobre estos temas, que se debaten continuamente. Personalmente, creo que estamos a muchos años de poder ganar con candidatos independientes en la mayor parte del país.

En su libro parece rechazar la política profesionalizada. Un obstáculo para la joven izquierda, dice, no solo es el Partido Demócrata en sí, sino sus consultoras, que cobran mucho dinero e impiden la renovación. Sin embargo, también resalta el talento político y el talante profesional de muchos de las y los candidatos nuevos. ¿No es una contradicción?

No lo creo. Lo que ocurre es que las nuevas generaciones han venido desarrollando una pericia también nueva, basada en sus experiencias en el trabajo de campo, pero también, por ejemplo, en la comunicación por redes. En otras palabras, estamos formando a nuestras propias expertas, como lo es Tascha Van Auken, la field director [‘directora de campo’] de la campaña de Zohran, que hoy ha pasado a dirigir la nueva Oficina de Participación Ciudadana en el gobierno municipal. Quizá sea importante explicar que el DSA no ha abrazado el horizontalismo de Occupy Wall Street [el 15-M norteamericano]. Somos una organización democrática, pero con una estructura vertical: elegimos a nuestras y nuestros líderes, pero son líderes. Y aquí las personas con ganas y talento pueden llegar a ocupar posiciones dirigentes. Claro que también damos la bienvenida a personas de fuera.

Raina Lipsitz
Tascha Van Auken, miembro de los Demócratas Socialistas, durante su nombramiento como directora de la Oficina de Participación Ciudadana, junto al alcalde Zohran Mamdani. JEENAH MOON / REUTERS

¿Se presenta mucha gente?

El éxito atrae al talento. A la gente le gusta trabajar para un equipo ganador.

De hecho, se me ocurre que, estos últimos años, el DSA y otras organizaciones que figuran en su libro, como Justice Democrats, se han convertido para la izquierda norteamericana en lo que sería la cantera de un club de fútbol. Hay procesos sofisticados de reclutamiento y una búsqueda constante de nuevos talentos a los que incorporar, entrenar y lanzar.

Así es. Pero lo importante, para mí, es que el umbral de entrada para muchos de estos grupos, incluido el DSA, es bajo, al mismo tiempo que la organización ofrece muchas trayectorias de aprendizaje y desarrollo. Cualquiera puede unirse y, si está dispuesto a poner el esfuerzo y tiene talento, es fácil que suba a posiciones de mayor responsabilidad o llegue a presentarse como candidato.

¿Las cosas no funcionan así en el Partido Demócrata?

Para nada. Allí, si alguien expresa interés en presentarse a elecciones, lo primero que le piden es que les abra el móvil y que diga cuántos de sus contactos pueden donar, en ese mismo momento, 500 dólares por cabeza. Es un modelo de reclutamiento que, desde luego, produce candidatos de otro calibre.

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Élites, esa ‘gente diferente’

Por: Manuel Ligero

«Esos no son como nosotros». La frase ha sido repetida por individuos de la especie Homo sapiens desde tiempo inmemorial. Se entiende perfectamente cuando se habla de tribus o etnias. Se entendía también cuando la sociedad estaba claramente dividida en estamentos. Hoy, quizás por su desacomplejada exposición publica, existe cierta tendencia a considerar a la llamada «alta sociedad» como algo cercano. Nada más lejos de la realidad. Las élites son grupos cerrados que se mueven con códigos propios y en compartimentos estancos, ajenos a cualquier contacto con el resto de la sociedad. Entonces, ¿no sería interesante considerarlos como objeto de estudio antropológico? Un grupo de académicos de la Universitat Autònoma de Barcelona cree que sí y para ello ha organizado «Élites», un simposio internacional de antropología y sociología que tendrá lugar los próximos 11 y 12 de junio.

Aunque la idea no es nueva, este campo no se ha explorado lo suficiente. «La antropología siempre ha estudiado las élites, pero de forma integrada», explica Jose Mansilla, profesor de la Autònoma y miembro del comité organizador del simposio. Cuando esta disciplina daba sus primeros pasos, «los brujos, los jefes de aldea o los ‘grandes hombres’ aparecían dentro del análisis de comunidad, sin recorte específico. Se estudiaba cómo funcionaba el sistema político y organizativo de un territorio, pero sin desligarlo del resto. El punto de inflexión llega con la descolonización», añade. A partir de entonces, aparecen las primeras grietas teóricas en los marcos clásicos y la academia empieza a cuestionarse a sí misma como instrumento al servicio del poder. «Ahí convergen, de forma casi simultánea, Laura Nader –con su llamada a estudiar hacia arriba, a dirigir la mirada antropológica hacia quienes mandan– y Pierre Bourdieu, sociólogo pero también etnógrafo, que hizo trabajo de campo en Argelia», señala Mansilla.

Habiendo expandido su ámbito de investigación, desde hace décadas la antropología analiza también las sociedades urbanas, pero centra su interés en determinados grupos minoritarios (étnicos, religiosos, sexuales) que habitan en los márgenes. Desde este punto de vista, ¿puede considerarse a las élites como grupos marginales completamente aislados de la sociedad general? «Absolutamente», responde el periodista y doctor en Filosofía Guillem Pujol, quien participa también en el comité científico del simposio. Esta autosegregación, de hecho, es un marco distintivo de las élites. «Se ve reflejado perfectamente en los barrios de renta más alta de las urbes, que a menudo cuentan con recintos privados, con su propia ‘seguridad’. Estas personas están aisladas del resto y tienen la capacidad económica de ‘externalizar’ acciones tan cotidianas como ir al supermercado», agrega Pujol. «En el fondo, es también una cuestión de necesidad: solamente las élites económicas pueden permitirse vivir en burbujas aisladas. Una tendencia que, dicho sea de paso, lleva a la paranoia y, literalmente, a la bunkerización».

La cuestión política

La metodología clásica pretendía estudiar los usos y costumbres de las sociedades indígenas con un cierto distanciamiento. Se trataba de un intento, casi siempre poco exitoso, de no contaminar las conclusiones con prejuicios morales occidentales. «Yo creo que la neutralidad moral no existe y, por tanto, nunca ha sido tal», subraya Guillem Pujol. «Lo que hay es un marco de interpretación que se repite: cuando se estudia un grupo u otro, se siguen unos mismos parámetros, se analizan los códigos, los comportamientos, etc. En ese sentido, no hay diferencia entre estudiar una comunidad local de Madagascar o un grupo de jóvenes de Barcelona».

¿Pero esto puede hacerse de forma aséptica, sin implicarse ideológica o moralmente en el asunto? «En el caso del estudio de las élites económicas –admite Pujol– es evidente que hay una vocación política implícita de comprender a un “otro” cada vez más desvinculado, física y simbólicamente, del resto de la población, así como los mecanismos de reproducción de su propia clase».

La amplitud semántica del término «élites» (mucho más elástico que el clásico «burguesía») permite colocar las modernas sociedades urbanas y occidentales bajo la lupa antropológica con variaciones mínimas. El simposio pretende «tomar marcos teóricos clásicos —desarrollados durante décadas para analizar grupos subordinados— y aplicarlos a quienes subordinan. Pasar del estudio de los subordinados al de los subordinadores. Lo que hay es una reutilización y actualización de herramientas teóricas antiguas, orientadas ahora a entender cómo funcionan y se reproducen las élites», explica Jose Mansilla.

Con este objetivo, el comité organizador ha recibido más de 50 propuestas de investigadores e investigadoras de todo el mundo. «Todo un éxito que revela el interés por el estudio de las élites, un campo que, lamentablemente, todavía nos es muy opaco», apunta Pujol.

Andrés Villena Oliver, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense y doctor en Sociología, abrirá el congreso con una intervención sobre las élites que dominan España, el tema central de su último libro. El historiador y periodista Rafa Burgos, por su parte, presentará el ensayo La Caixa. Una història mai explicada, que es, según Guillem Pujol, «la mayor contribución del periodismo crítico que se ha hecho para explicar los entresijos y mecanismos de poder alrededor del principal banco en Catalunya y uno de los más grandes de España».

Pero el simposio no se limita a las élites de nuestro país. «Tenemos mucho interés en escuchar las intervenciones de distintos ponentes provenientes de Reino Unido, de Italia, de Perú o de Ecuador, pues nos ayudará a comprender qué patrones y códigos se repiten, y hasta qué punto las diferencias culturales se diluyen cuando hablamos de élites», finaliza Pujol.

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Vicente Rubio-Pueyo: “En política conviene no moralizar demasiado”

Por: Sebastiaan Faber

Quienes nos dedicamos a escribir y pensar sobre España desde Estados Unidos llevamos una vida rara. Solo participamos a medias en la sociedad en la que vivimos y trabajamos. La otra mitad del tiempo estamos mentalmente en España, consumiendo medios ibéricos, intercambiando mensajes y llamadas con gente de allí. Siempre tenemos la mirada puesta en dos relojes. Lo nuestro no llega a ser un exilio, desde luego, pero sí manifiesta algunas de las paradojas propias del desplazamiento forzado, incluido el no saber si nuestro destierro acaba siendo una bendición o una condena.  

Vicente Rubio-Pueyo (Zaragoza, 1979) lleva 20 años viviendo así. Licenciado por la Universidad de Zaragoza y doctor por la Universidad Estatal de Nueva York con una tesis sobre la producción cultural española desde 2000 hasta el 15-M, estos días se gana la vida como profesor en Fordham University, una universidad jesuita situada en pleno Bronx neoyorquino. Desde siempre, ha combinado su trabajo académico con un continuo compromiso político, plasmado no solo en el activismo a pie de calle, sino también en una asidua labor investigadora para grupos y organizaciones políticas. Ha trabajado con el Laboratorio de Democracia Urbana (Nueva York), el Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social (IECCS, España) y con fundaciones como la Friedrich Ebert o Rosa Luxemburg, para la cual redactó un extenso informe sobre el auge de la ultraderecha española. 

El año pasado, Rubio-Pueyo publicó Un país entre dos tiempos. La década en que España experimentó políticamente (Lengua de Trapo), un lúcido ensayo que recorre la historia política y cultural española desde la Transición, con un enfoque especial sobre los últimos 15 años. El libro logra alcanzar el siempre difícil equilibrio entre la cercanía del compromiso y la perspectiva que proporciona la lejanía geográfica, enriquecida, en su caso, por el fermento intelectual de la universidad norteamericana.

¿Hasta qué punto es consciente de que la originalidad de su mirada se debe a su vivencia entre dos países?

En el libro intento partir del concepto de coyuntura para ofrecer una visión histórica más amplia que la acción-reacción del spin mediático continuo, un análisis que ayude a entender cómo se han redefinido nociones, términos y conceptos que daban sentido a la convivencia democrática y a la historia reciente de España. Pero siempre tengo muy presente cuál es mi lugar de enunciación. Al final, un libro como este es el producto de un itinerario vital. Si no es exhaustivo –me hubiera gustado hablar más sobre el Procés catalán, por ejemplo, o sobre feminismos y tecnopolítica– es precisamente porque ha terminado siendo el resultado de unas experiencias políticas y no otras. Eso sí, el proceso de escritura me ha permitido dilucidar más claramente mi trayectoria a través de los años, que reluce como el surco que va dejando el caracol. 

¿Cuál es, entonces, su lugar de enunciación?

Como persona nacida en 1979, soy un hijo del régimen del 78, al menos biográficamente. Recuerdo el impacto de 1992: la Expo de Sevilla, que fui a visitar con mis padres, y las Olimpiadas de Barcelona. Recuerdo también los años de Aznar y los atentados del 11-M. El No a la guerra de 2003, que me pilló con unos 23, 24 años, fue para mí un momento formativo en lo político.

«El No a la guerra de 2003, que me pilló con unos 23, 24 años, fue para mí un momento formativo en lo político».

Estas son las coordenadas históricas. ¿Y las sociológicas?

En ese sentido, soy hijo de una clase media progresista de Zaragoza, crítica, que va en busca de otros espacios que los que estaban disponibles en los años del postfranquismo. Fue por eso que el 15-M, para mí —y me consta que para muchos— fue un momento muy nuevo y al mismo tiempo muy reconocible. Era como encontrarme con algo que llevaba esperando toda la vida: una crítica al sistema que además podía ser muy amplia y abierta, y muy poco dogmática.

El 15-M le pilla ya viviendo en Estados Unidos; también la fundación de Podemos, tres años después.

Sí, claro, pero esto no significa que no pudiera participar en ambos. A la zaga del 15-M, formamos un espacio de Democracia Real Ya en Nueva York que fue muy importante para mí. Cuando ese mismo otoño ocurre Occupy Wall Street, me sumo con la experiencia del 15-M a cuestas. Y también participé en círculos de Podemos en EE. UU., o ayudé con visitas y contactos de Podemos y los municipalismos. En ese sentido, ha habido un camino constante de ida y vuelta, muy natural y fluido, con aprendizajes en ambas direcciones. Quiero creer que ha informado la mirada desde la que he escrito este libro.

«El 15-M era como encontrarme con algo que llevaba esperando toda la vida: una crítica al sistema que además podía ser muy amplia y abierta, y muy poco dogmática».

¿Cuál es para usted la conexión entre el 15-M y Occupy?

Para empezar, ambos tienen que hacerse cargo de una política posneoliberal, en el sentido de que tienen que partir, quieran o no, de una hegemonía neoliberal que lleva décadas consolidándose. Pero al mismo tiempo, ambos responden a tradiciones y situaciones específicas de cada lugar. En lo personal, Occupy me sirvió como una especie de curso acelerado de etnografía de la izquierda estadounidense. Fue fascinante, por ejemplo, ver cómo la gente aquí vivía el espacio público de la plaza comparado con cómo se vivía en España. No tenía nada que ver. También fue muy diferente la relación con la policía y qué significaba que te desalojaran.

Desde Estados Unidos, ¿ve cosas en España que no se ven estando dentro?

Quiero creer que sí. Sin ir más lejos, lo que se consiguió en España se ha visto con mucha más admiración desde fuera que desde dentro. Es cierto que ha habido muchas decepciones; no hemos conseguido lo que se quería. Pero también se han logrado cosas que hay que poner en perspectiva, y que, en efecto, a veces se ven mejor desde fuera.

La posición intermedia, en la que uno acaba traduciendo siempre entre dos realidades, condiciona cómo uno se relaciona con ambas. Al menos esa es mi experiencia.

La mía también. Y se manifiesta de forma curiosa. A lo largo de los años, por ejemplo, he podido ser testigo de procesos de organización entre gente que ha terminado por pertenecer a espacios diferentes. Como alguien de fuera, he tenido la suerte de seguir manteniendo amistad y confianza con todos. Pero no me cabe duda de que, si hubiera vuelto a España y hubiera podido participar más directamente en esas iniciativas, yo también habría acabado teniendo que elegir y asumir las consecuencias.

A la luz de esas divisiones, ¿cuáles son los aprendizajes de la última década?

Una cosa que he aprendido es no juzgar las decisiones personales y políticas de las personas. En política conviene no moralizar demasiado. Obviamente, hay itinerarios que comparto más que otros; tengo mis filias y fobias, como todos. Pero vistas desde fuera, muchas de las decisiones políticas y personales me han parecido comprensibles, por más contradictorias que puedan ser entre sí.

¿Hemos exagerado el peso de lo moral en política?

Bueno, obviamente la moral y la ética son muy importantes, también en política. Pero no para juzgar a las y los compañeros. 

En ese sentido, ¿cree que en España se tiende a moralizar más que, por ejemplo, en Estados Unidos?

Es una pregunta que nunca me he planteado así, fíjate. Pero, pintando muy a brocha gorda y sin querer recaer en clichés esencialistas, sí me parece que en España esa tendencia es más fuerte -quizá por la tradición católica y el legado de la Inquisición, vete a saber–. Digamos, para matizar, que en España se moraliza de manera diferente. Es obvio, por ejemplo, que al final del ciclo que acabamos de vivir en la izquierda, ha habido momentos fuertísimos de moralización y personalización, por más que las diferencias, en un principio, fueran sobre todo estratégicas e ideológicas. Esto es obvio y también es triste. Allí creo que las redes sociales, por más potentes que fueran como arma de comunicación, acabaron por acelerar la polarización no solo externa, sino también interna.

«Obviamente la moral y la ética son muy importantes, también en política. Pero no para juzgar a las y los compañeros». 

En Estados Unidos, ¿la política es menos moralizante o personalista?

No es que aquí la política sea menos personalista. De hecho, hay un personalismo mucho más fuerte. Lo que ocurre es que está incorporado el sistema desde el principio. En cierto sentido, es la base de todo el sistema electoral. La relación entre partido y candidato aquí no tiene nada que ver con la que es en Europa. Aquí es una relación casi contractual, basada en la rendición de cuentas, la accountability. Los partidos como tales no son organizaciones de masas, sino estructuras más bien vacías, cáscaras que se llenan de candidatos durante el proceso de primarias. Los equipos de cada candidato sobrevuelan todo eso. Después, se gestionan formalmente los apoyos o endorsements de diferentes organizaciones de base, como los sindicatos. 

¿La política española no se está moviendo en esa misma dirección? Los candidatos le quitan cada vez más peso a los partidos.

En efecto. También allí los partidos se van vaciando, convirtiéndose en una especie de equipos de comunicación en torno a los candidatos. Y no solo ocurrió en Podemos. También lo hemos visto en el PSOE, Ciudadanos, Vox o el PP.

Es por eso, quizá, que las alianzas políticas se van representando cada vez más como alianzas personales, basadas más en la amistad y la lealtad que en la coincidencia de idearios o una serie de intereses compartidos. ¿No crea una innecesaria vulnerabilidad?

Puede ser. Es obvio que ha incrementado el rol de los afectos en política: la nostalgia, el cansancio, la ilusión, el pánico conspiranoico. Esto también explica que tendamos cada vez más a identificarnos afectivamente con las y los candidatos. Pero, fíjate, no siempre es terrible. Yo, como persona que vive en Nueva York, estoy a tope con Zohran Mamdani, que me parece no solo muy capaz, sino adorable. Pero, volviendo a tu pregunta, estoy de acuerdo en que es peligroso confundir las alianzas políticas con las amistades personales. 

¿Cuál es el antídoto?

Por más simple o clásico que suene: volver a la calle, a los encuentros físicos. Mamdani tiene una enorme presencia en las redes, claro, pero no podemos olvidar a los más de cien mil voluntarios que tuvo, entre ellos un servidor y su familia. Para mí, la labor del canvassing, yendo de puerta en puerta, me permitió conocer mejor a los vecinos de mi propio barrio. El deseo de volver a encontrarse en espacios físicos lo veo muy generalizado y muy real. Y no solo porque las redes sociales estén en las manos de quienes están. 

«Mamdani tiene una enorme presencia en las redes, claro, pero no podemos olvidar a los más de cien mil voluntarios que tuvo, entre ellos un servidor y su familia».

Una vuelta a las prácticas de antes.

Exacto. Las viejas tradiciones de la izquierda tienen mucho que enseñarnos, incluido el sindicalismo. Yo, como miembro de mi sindicato, coincido con compañeros que a lo mejor votan al Partido Republicano, pero con quienes me toca trabajar para promover nuestros intereses compartidos. No hace falta que seamos mejores amigos, con tal de que tengamos relaciones cordiales –es decir, sanas, humanas–. El trabajo de coalición pide afectos humanos positivos, claro está; pero no necesariamente tiene por qué terminar en una especie de unidad metafísica de adoración mutua total. Así también lo común es mejor verlo como una propuesta de organización social, no una unidad mística. 

Una confusión táctica.

Algo en el mundo de hoy nos impulsa a pensar que, en política, hay que ser los mejores amigos siempre para todo. Si no, somos los peores enemigos, también para todo. La moralización y la personalización son parte de esa tendencia. En ese sentido, podemos diferenciar entre la dinámica que vimos desarrollarse dentro de Podemos, con su centro en Madrid, y la de, por ejemplo, Barcelona en Comú. No es que entre Els Comuns no hubiera tensiones. Pero se han llevado de otras maneras. Todo depende de los espacios que se generan y de las reglas que regulan la conducta dentro de esos espacios. Los individuos pueden ser mejores o peores personas, según los momentos; hay patologías y egos en todas partes. Pero cómo se procesan depende del espacio. Así, también hay espacios que manejan su pluralidad interna mejor que otros. En ese sentido, el modelo organizativo de Podemos, con su estructura clásica de partido con secretario y comité centrales –y que además se replicaba en cada pueblo y ciudad– no fue el mejor.

«Algo en el mundo de hoy nos impulsa a pensar que, en política, hay que ser los mejores amigos siempre para todo. Si no, somos los peores enemigos, también para todo. La moralización y la personalización son parte de esa tendencia».

Pero fue el más eficaz. Al menos, eso se decía.

Sigo teniendo problemas con ese marco, que opone unas tácticas supuestamente pragmáticas, realistas y eficaces a otras supuestamente idealistas, inocentes e ineficientes. En el fondo, es un binario falso. La idea de tomar el cielo por asalto, por poner un ejemplo, repudia una idea más fundamental de cooperación que había surgido durante el 15-M y que no dejaba de ser una resignificación muy interesante del consenso que se convirtió en el fetiche de la Transición. La idea de asaltar el cielo se usó como excusa para sacrificar muchas cosas que eran perfectamente prácticas, practicables y realistas. E incluso, a su modo, eficaces. Sobre todo si se trataba de convertirse en una fuerza política y cultural a largo plazo.

En su libro, analiza la función retórica de conceptos como “ventana de oportunidad” y “fin de ciclo”. Yo siempre sospecho que las y los protagonistas de la política confunden sus propias fases biográficas con las coyunturas históricas. La desilusión que parece reinar en el espacio a la izquierda del PSOE, ¿no es también un afecto vital propio de una generación de líderes y analistas que están cerca de cumplir los 50?

Es interesante que lo digas, porque en los últimos años mucha de la gente que ha participado en ese ciclo que ahora se supone se ha cerrado, ha ido sacando sus memorias. 

El suyo no es un libro de memorias, precisamente.

Claro. Aun así, lo que quizá más satisfacción me haya producido en las conversaciones que he ido teniendo sobre él es lo que han dicho varios compañeros públicamente: que les parece un libro generoso porque yo no necesito justificarme ni tirar patadas al de al lado. Quiero decir que yo no tengo cuentas que ajustar, ni decisiones que justificar. La desilusión que mencionas, por otra parte, y que coincide con un momento vital determinado, me recuerda mucho a la vivencia que tuvo la generación de mis padres después de la Transición. Mis padres fueron militantes del Partido Socialista de Aragón. Para ellos, ver cómo el PSOE copó todo ese espacio les produjo un gran desencanto. Fue un momento como el actual, en que pareció cerrarse un momento marcado por mucha energía y movilización ciudadanas. 

Su libro, sin embargo, resiste ese marco.

Obviamente, hemos vivido una decepción. Eso es innegable. Nuestra idea durante el 15-M no era terminar con un Pedro Sánchez como líder absoluto de la izquierda política. Yo también siento mi propio agotamiento, mi cansancio, mis preocupaciones, claro está. Pero también me resisto a resignarme. No hay que olvidar que la derecha juega a eso, a dejarnos dominar por esos afectos negativos. Hace falta otra mirada. Los movimientos políticos y sociales no se mueven en una hoja de cuentas que registre éxitos y fracasos. Más bien, van generando condiciones, elementos, ingredientes de visiones políticas, imaginarios políticos y lenguajes que acaban conformando un arsenal, a veces en estado latente y dormido, que puede ser convocado otra vez.

«Obviamente, hemos vivido una decepción. Eso es innegable. Nuestra idea durante el 15-M no era terminar con un Pedro Sánchez como líder absoluto de la izquierda política. Pero me resisto a resignarme. La derecha juega a eso».

Como los sobrevivientes de un naufragio que usan las partes del barco roto para construir otro.

Stuart Hall siempre insistió mucho en rechazar la fantasía de los nuevos comienzos. En el fondo nunca los hay. Lo que hay son articulaciones de elementos viejos y nuevos. Lo que pasa es que, para conseguir esa articulación, es crucial tener memoria. Sin ella, no hay manera de recuperar el hilo. Si se rompe el diálogo entre generaciones, entonces es cuando se producen esos blancos de impotencia política. 

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Organizaciones sindicales y sociales de Madrid presentan la ‘Confluencia de luchas’

Por: Miguel Ángel Fernández

Después de varios años de trabajo conjunto, CGT, CNT-Comarcal Sur, Ecologistas en Acción de Madrid, Sindicato de Manteros y Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid han decidido constituir la «Confluencia de luchas», una propuesta que busca reforzar la articulación entre los distintos movimientos sociales y sindicales de la ciudad en un escenario marcado por la crisis ecosistémica, la precarización laboral, la crisis de vivienda o el endurecimiento de las políticas migratorias. En este momento, los miembros de este frente común consideran imprescindible generar espacios compartidos que permitan construir respuestas colectivas.

La iniciativa, que se presenta públicamente el próximo sábado en Orcasur, barrio madrileño con una importante tradición popular y de asociacionismo vecinal, es el resultado de más de dos años de trabajo conjunto, así lo explica Julia Tabernero, integrante del Sindicato de Inquilinas y una de las impulsoras del proyecto: «El proceso lleva armándose casi tres cursos y surge entre organizaciones que ya nos conocíamos y habíamos colaborado en algunas ocasiones, pero necesitábamos de un análisis compartido del contexto. Y, sobre todo, de respuestas coordinadas».

El objetivo de esta suma, según nos cuenta Gonzalo Maestro, de CNT, es el de construir un espacio de encuentro, coordinación y acción, pero también «un proceso político orientado con la idea de construir estructuras militantes y organizativas sólidas, con identidad propia, con capacidad de fortalecer las distintas luchas desde un horizonte político compartido, y ganas de hacer frente a las diferentes formas de dominación del capitalismo contemporáneo».

Estas organizaciones unen fuerzas para proponer alternativas con un componente fundamental de clase: «Entendemos que las luchas de los diferentes colectivos que conforman la confluencia pueden ser diferentes, pero en este momento de policrisis y avance de la extrema derecha, hemos decidido aparcar lo que nos separa y dar el paso a organizarnos desde abajo y desde la izquierda», expone Luis Rico, de Ecologistas en Acción.

«Buscamos romper contradicciones históricas en las que nos ha sumido el capitalismo, las típicas entre sindicalismo y ecologismo, por ejemplo, y así trabajamos en cómo cerrar fábricas contaminantes o de armamento; en plantear un modelo industrial totalmente diferente que también beneficie a la clase trabajadora. Lo mismo decimos del movimiento de inquilinas e inquilinos, con el que coincidimos en que la vivienda debe ser un bien de uso y no para la especulación. Y con los migrantes nos une la solidaridad de clase: entendemos que todo el mundo tiene derecho a vivir aquí, a tener las mismas garantías y mismos derechos. Eso sí, a quienes no queremos aquí es a los capitales especulativos internacionales y a los fondos de inversión», concluye Rico.

Coincide en esa visión Mario Rísquez, integrante de CGT: «La confluencia de organizaciones que desarrollan su actividad en ámbitos aparentemente distintos nace de la lectura que hacemos de la crisis ecosocial en la que estamos inmersos: no podemos entender la precariedad en el trabajo y los bajos salarios de manera desligada del problema habitacional y los precios de la vivienda. Ponemos el foco en las condiciones de vida, del empleo, de la vivienda, del racismo y las políticas migratorias, del cambio climático, etc., todas ellas interrelacionadas. Y para afrontarlas debemos construir diagnósticos comunes, estrategias alineadas y unidad de acción».

Son las mismas razones que han llevado al sindicato de manteros a unirse a la confluencia, tal y como nos cuenta Serigne Mbayé: «Aquí hay personas con papeles, sin papeles y nativas, pero siempre trabajamos desde el apoyo mutuo. Nuestra lucha busca derribar fronteras, tanto las visibles como las invisibles, y romper esa discriminación que sufrimos como migrantes, pero también como clase trabajadora. Somos personas que estamos a pie de calle y luchamos por la igualdad de las personas, por un mundo mejor y más decente, contra las guerras y la explotación, por los servicios públicos… Todo eso nos afecta. No queremos que nos dividan, nuestra lucha es contra el destrozo del medioambiente, contra la especulación con la vivienda… somos los primeros que también sufrimos esto. Por eso es importante dar ese paso: si el sistema pretende dividirnos, nosotros sumamos fuerzas».

El proceso de confluencia ha sido largo y, según nos explican desde las organizaciones que la componen, desde el comienzo se hizo un esfuerzo en la autoformación: «Lo primero fue realizar una serie de encuentros de aprendizaje e intercambio de experiencias, en los que contar también con otras voces que nos parecían interesantes. Por ahí pasaron personas como Pastora Filigrana, Yayo Herrero, Amaia Pérez Orozco… Es decir, se trataba de establecer una serie de encuentros estratégicos con los que ir estructurando propuestas concretas». Estos encuentros de debate han finalizado este curso 2025-2026 en la denominada Escuela de Luchas, en la que han participado cerca de 30 ponentes y varios centenares de asistentes a las sesiones que se han llevado a cabo en la Fundación Anselmo Lorenzo.

Para Julia Tabernero, la escuela «ha sido una experiencia que hemos construido entre todas, un espacio de formación política y social para personas que conocían a alguna de las organizaciones o que estaban cercanas a los movimientos sociales y organizativos, pero que todavía no estaban participando. Y también para esa gente joven a la que le apetecería tener su primera experiencia militante. Los resultados han sido tan interesantes y fructíferos que la intención es volver a repetirla».

La Confluencia de Luchas se presenta ahora en Madrid, pero tiene la vocación de ser un espacio abierto a la incorporación de otros colectivos y organizaciones, sindicales, de vivienda, feministas, antirracistas, ecologistas»“que compartan prácticas políticas similares basadas en el sindicalismo, la generación de contrapoder y la institucionalidad popular como palancas para la transformación social y la transición poscapitalista».

Y de hecho, ya están trabajando para sacar la experiencia de la ciudad, e incluso extenderla fuera de la Comunidad de Madrid, respetando «la autonomía, las dinámicas y las alianzas de las organizaciones en los distintos territorios». Eso sí, «las organizaciones que ahora conformamos la confluencia de luchas compartimos una serie de principios organizativos y estratégicos, como la autonomía frente a partidos políticos y apuestas electorales, la organización de base y asamblearia, o la desobediencia y la acción directa», finaliza Rísquez.

Confluencia de luchas
Cartel con las actividades que tendrán lugar el próximo sábado en torno a la confluencia de luchas.

De momento la Confluencia de Luchas se presenta este sábado con el evento I Encuentro Primavera de Luchas, que contará con charlas y mesas de debate sobre la internacional reaccionaria y los retos del antifascismo, la policrisis y el sujeto de la lucha, y la militancia de base y las organizaciones de masas en el siglo XXI. Contará con la participación de periodistas, historiadores y activistas como Mark Bray, Miquel Ramos, Nuria Alabao, Rubén Martínez, Helena Maleno, Josefa Sánchez Contreras y Constanza Cisneros, además de con una programación infantil simultánea durante todo el día, gracias a los colectivos Tartamuda y Ecobloco. La jornada finalizará con las actuaciones del coro de mujeres Malvaloca y las bandas Tremenda Jauría y Biznaga.

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Sobre lo de Zapatero. La nostalgia es una cosa mala

Por: Guillem Pujol

En la segunda parte de El padrino, la obra maestra de Francis Ford Coppola, hay una traición entre todas las traiciones que duele más que ninguna otra. Fredo, hermano de Michael Corleone, había participado en el intento fallido de asesinato contra el menor de los Corleone, el capo de la familia. Y lo había hecho por lo mismo de siempre: la ambición de acumular más dinero, más poder. Cuando Michael lo descubre, durante la noche de fin de año, se acerca a su hermano, le coge por el cuello, y le susurra al oído: «Me rompiste el corazón».

En solo dos días desde que se ha conocido la investigación por parte de la Audiencia Nacional al expresidente Rodríguez Zapatero por el caso Plus Ultra, se ha desplegado todo un psicodrama cuyos efectos han reverberado con intensidad entre las filas progres de la sociedad española. Y vaya la presunción de inocencia por delante. Zapatero es inocente hasta que se demuestre lo contrario. No es la intención de estas líneas juzgar la solidez de una causa judicial que puede ir para largo, sino observar los efectos emocionales que provocan determinadas traiciones. Porque en Ábalos, a fin de cuentas, nadie había proyectado una imagen de integridad y honestidad de la que sentirse orgulloso. Tampoco en Santos Cerdán.

El martes, cuando la investigación del juez Calama salió a la luz, toda la izquierda – también la izquierda a la izquierda del PSOE– salía en bloque en defensa del expresidente que negociaba con Maduro y con los independentistas. El lawfare ha existido y existe, y si había una pieza de caza mayor, esa era la del expresidente del Gobierno. El miércoles, al desvelarse parte del auto, se echaba el freno de mano. Una lectura en diagonal de las diligencias previas hacía temer lo peor: ¿Y si…?

Gabriel Rufián, en el Congreso, lo sintetizaba desde su escaño con su habitual oratoria: «Si esto es cierto, es una mierda. Si esto es falso, es más mierda todavía». Como queriendo decir: ¿Tú también, ZP…?

Pero hay otra pregunta interesante: ¿cuándo se convirtió Zapatero en un referente de la izquierda más allá del PSOE? La nostalgia es un mecanismo de supervivencia importante; nos permite estar en paz con nuestro pasado, pero a cambio de distorsionarlo para que encaje mejor con aquello que nos gustaría que hubiera sido. Se olvida, por ejemplo, que Zapatero fue el presidente de España que pactó con el Partido Popular la reforma del artículo 135 de la Constitución para imponer un techo a la deuda, rindiéndose a las políticas austericidas de la UE más neoliberal hasta la fecha.

Se podría argumentar que no había posibilidad de hacer otra cosa, que la UE era Ley, y que la Ley de la UE se transpone automáticamente en el cuerpo legal nacional. Pero se nos olvida que lo hizo en pleno agosto y por sorpresa para ahorrarse el bochorno y el debate público, y que entró en vigor a principios de septiembre de 2011, cuando las plazas del país hervían de indignación. No, Zapatero no era un referente de la izquierda. Eso no significa que se le deba echar a las hienas, ahora que empiezan a oler la sangre.

Que hoy que sea un referente de la izquierda –a la vista de la decepción generalizada del mundo progre– es también sintomático de la falta de referentes en el mundo de la política española. Muy pocos nombres han conseguido sobrevivir al paso del tiempo. Igual Julio Anguita es el único de los «grandes» que mantiene su legado intacto. Ahora, el orgullo socialista puede volver a tambalearse. Porque de Felipe González, por suerte, ya nadie se acuerda. Suerte de la nostalgia.

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El uso de la pena de muerte alcanza la cifra más alta en 44 años: 2.707 ejecuciones

Por: La Marea

2.707 personas fueron ejecutadas en 2025 en 17 países. Es la cifra más alta registrada en casi medio siglo, desde 1981, según el informe Condenas a muerte y ejecuciones 2025 elaborado por Amnistía Internacional. En general, las ejecuciones aumentaron en un 78%, después de que en 2024 se registraran al menos 1.518. La organización atribuye este aumento «a unos pocos gobiernos decididos a ejercer su poder mediante el miedo».

El grueso de este incremento procede de Irán, cuyas autoridades ejecutaron a al menos 2.159 personas, más del doble que en 2024. En otros lugares, Arabia Saudí elevó su recuento de ejecuciones hasta al menos 356, y utilizó ampliamente la pena de muerte para delitos relacionados con las drogas. En Kuwait, las ejecuciones casi se triplicaron (de seis a 17), mientras que casi se duplicaron en Egipto (de 13 a 23), Estados Unidos (de 25 a 47) y Singapur (de nueve a 17). El total de 2025 no incluye los miles de ejecuciones que Amnistía Internacional considera que siguieron llevándose a cabo en China, que continuó siendo el país con más ejecuciones en el mundo.

“Este alarmante aumento del uso de la pena de muerte se debe a un grupo reducido y aislado de Estados dispuestos a llevar a cabo ejecuciones a toda costa, pese a la tendencia global continuada hacia la abolición. Desde China, Irán o Corea del Norte, pasando por Arabia Saudí y Yemen, hasta Kuwait, Singapur y Estados Unidos, esta vergonzosa minoría está utilizando la pena de muerte como arma para infundir temor, sofocar la disidencia y mostrar la fuerza que las instituciones estatales tienen sobre personas desfavorecidas y comunidades marginadas”, ha manifestado Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional.

La organización indica que el recrudecimiento de enfoques sumamente punitivos de la “guerra contra las drogas” impulsó los esfuerzos por ampliar el uso de la pena de muerte. Esto se reflejó en el número de ejecuciones, pues casi la mitad (1.257 o el 46%) de todas las que se registraron fueron por delitos relacionados con las drogas: Irán (998), Kuwait (2), Arabia Saudí (240) y Singapur (15). Argelia, Kuwait y las Maldivas emprendieron iniciativas legislativas para ampliar el ámbito de aplicación de la pena capital con el fin de incluir este tipo de delitos.

El gobierno de Burkina Faso aprobó un proyecto de ley que incluía la reinstauración de la pena de muerte para delitos como “alta traición”, “terrorismo” y “actos de espionaje”, mientras que las autoridades de Chad establecieron una comisión para revisar cuestiones relacionadas con la pena capital, incluida su reinstauración. Además, las de Israel presentaron proyectos de ley discriminatorios para introducir y facilitar el uso de la pena de muerte contra personas palestinas.

Las ejecuciones las llevaron a cabo una puñado de países

Aunque las ejecuciones aumentaron, los países que las llevaron a cabo siguieron siendo una minoría aislada. Arabia Saudí, Corea del Norte, China, Egipto, Estados Unidos, Irak, Irán, Somalia, Vietnam y Yemen son los mismos 10 países de los que se supo que habían llevado a cabo ejecuciones todos los años en el último quinquenio y que habían mostrado un desprecio sistemático hacia las salvaguardias establecidas en virtud del derecho y las normas internacionales de derechos humanos, insiste el informe.

Cuatro países reanudaron las ejecuciones el año pasado (Japón, Emiratos Árabes Unidos, Sudán del Sur y Taiwán), con lo que el total de países que ejecutaron a personas ascendió a 17.

Por decimoséptimo año consecutivo, Estados Unidos fue el único país de las Américas que llevó a cabo ejecuciones, y casi la mitad de ellas se produjeron en Florida. En el África subsahariana, las ejecuciones se limitaron a Somalia y Sudán del Sur. Afganistán fue el único país de Asia meridional que ejecutó a personas, mientras que Singapur y Vietnam fueron los únicos de los que se tuvo constancia de que lo hicieran en el sureste asiático. Tonga era el único país de Oceanía que mantenía la pena de muerte en la ley. No se tuvo constancia de ejecuciones ni de condenas a muerte en Europa y Asia Central.

“Es hora de que los países que llevan a cabo ejecuciones se unan al resto del mundo y conviertan esta práctica abominable en cosa del pasado. La pena de muerte no nos ofrece mayor seguridad. Al contrario: constituye una afrenta irreversible contra la humanidad, impulsada por el miedo y que muestra un desprecio absoluto por el derecho internacional de los derechos humanos”, ha declarado Callamard.

La llama de la abolición sigue ardiendo

Cuando Amnistía Internacional comenzó su trabajo contra la pena de muerte en 1977, sólo 16 países la habían abolido. Hoy, esa cifra ha subido a 113, más de la mitad de los países del mundo, mientras que más de dos tercios son abolicionistas en la ley o en la práctica.

Ante un telón de fondo de conductas depredadoras, miedo y odio, algunos países tomaron medidas que demostraban que, con determinación y una presión continuada, la abolición mundial está al alcance de la mano. Las autoridades de Vietnam abolieron la pena de muerte para ocho delitos, entre ellos transporte de drogas, soborno y malversación, mientras que Gambia la abolió para el asesinato, la traición y otros delitos contra el Estado. En una decisión histórica, la gobernadora de Alabama, Kay Ivey, concedió el indulto a Rocky Myers: el primer indulto que se concedía a una persona de raza negra condenada a muerte en el estado.

En Líbano y Nigeria se presentaron proyectos de ley para abolir la pena capital, mientras que el Tribunal Constitucional de Kirguistán declaró inconstitucionales las iniciativas para reintroducir la pena de muerte.

“Con los derechos humanos amenazados en todo el mundo, millones de personas siguen luchando contra la pena de muerte todos los años, en una potente demostración de nuestra humanidad compartida”, prosigue Callamard. “La abolición total es posible si nos unimos para mantenernos firmes contra los pocos países aislados. Debemos mantener encendida, brillando con fuerza, la llama de la abolición hasta que el mundo quede totalmente libre de las tinieblas de los patíbulos».

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Siria: volver a clase tras la guerra

Por: Núria Vilà Coma

Este reportaje se publicó originalmente en la revista de ‘La Marea’. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.


«Wilfing on the internet… is becoming a real problem…».

La profesora recita un texto durante la clase de inglés mientras camina de un lado a otro del aula. Los alumnos, abrigados con chaquetas e incluso con capucha por el frío invernal, repiten las frases al unísono, en voz baja.

«Most teenagers spend too much time in front of their computers…».

En la escuela de secundaria para chicos Rushdi Al Shamaa, situada a las afueras de Damasco, cada uno de los alumnos, de entre 13 y 15 años, carga a sus espaldas una historia atravesada por la guerra. «A causa de la guerra, yo y mi familia fuimos a Egipto», cuenta Kenan Al-Madany, de 13 años. Este año, con la caída del régimen de Al Asad, ha vuelto a Siria tras pasar una década en El Cairo. Ahora está en séptimo curso y le gusta sobre todo estudiar Inglés, Árabe, Matemáticas y Ciencias. En cambio, Historia y Geografía le cuestan más. Es un buen alumno, reconocen las profesoras. Él sueña con estudiar Medicina en el extranjero. «Me gustaría ir a Alemania, Estados Unidos o Egipto, y después regresar», dice convencido, pese a su corta edad.

Siria: volver a clase tras la guerra
Clase de inglés en la escuela de secundaria Rushdi Al Shamaa. NÚRIA VILÀ

Quien también sueña con un futuro fuera es Amer Al-Hilal, de 14 años, que actualmente cursa noveno en la misma escuela. Nació en Daraa, la cuna del levantamiento sirio en 2011, donde trató de estudiar, pese a los riesgos. «A veces no íbamos a la escuela porque era demasiado peligroso, ya que había francotiradores», recuerda. Finalmente, en 2018 su familia se trasladó a Damasco, donde encontró una mayor estabilidad para asistir a las clases. «Eres libre cuando hablas. Nadie irá a prisión por algo que ha dicho», dice ahora, aliviado tras la caída del régimen en diciembre de 2024. Amer quiere ser ingeniero y vivir en Australia.

Escuelas destruidas

Como le ocurrió a Kenan y a Amer, la guerra civil en Siria, que duró más de una década, truncó el acceso a la educación de millones de niños. Antes de 2011, la tasa de escolarización primaria rondaba el 97%, una de las más altas de la región. Actualmente, más de 2,4 millones de niños se encuentran sin escolarizar, según cifras de Unicef. Los datos del Ministerio de Educación sirio señalan que alrededor de 8.000 escuelas fueron dañadas o destruidas por la guerra, o convertidas en refugios para quienes perdieron sus hogares. Por este motivo, según Unicef una de cada tres no pudo reabrir al inicio de este curso escolar en septiembre.

Siria: volver a clase tras la guerra
Kenan, Amer y Mohammad, tres alumnos de la escuela Rushdi Al Shamaa. NÚRIA VILÀ

Los desafíos también son políticos, ya que las escuelas deben adaptarse a los cambios educativos impulsados por el nuevo gobierno del HTS (Hayat Tahrir al Sham), liderado por el presidente Ahmed Al Sharaa. «Reformar los currículos es más difícil que cambiar una Constitución», reconoció el ministro de Educación, refiriéndose a la revisión de manuales de Historia y la eliminación de los contenidos ideológicos previos.

En el despacho de Huda, antigua profesora y ahora responsable del archivo y registro de datos del instituto, todavía hay libretas con el rostro de Bashar Al Asad en la cabecera. Los pupitres son antiguos, las puertas y paredes tienen partes gastadas, sin pintura, y las banderitas tricolor de esta nueva era –verde, blanco y negro, con tres estrellas rojas– llenan los pasillos, recordando todavía las celebraciones del primer aniversario de la caída de Al Asad.

Siria: volver a clase tras la guerra
Mural con mensajes didácticos sobre la higiene y la cultura. NÚRIA VILÀ

Durante demasiado tiempo, dice Huda, el edificio ha estado abandonado. «Lleva 20 años descuidado. Nadie pintó la pared, nadie reparó nada en esta escuela. Sentimos que nuestra escuela es pobre», protesta. Ahora las profesoras –casi todas mujeres–, que han requerido de un permiso del Ministerio de Educación para poder hablar con la prensa, hablan aliviadas, con libertad, del largo período en el que ejercieron su trabajo bajo el régimen anterior. «El gobierno era muy rico, porque robaba. Por ejemplo, reparaban la puerta, y escribían en la factura que costaba, digamos, un millón. Y pagaban 100.000. Escribían facturas falsas y se metían el resto del dinero en los bolsillos», asegura.

Nuevos libros

La transformación que han vivido en el último año no solo se percibe en sus discursos, sino también en los detalles más cotidianos del aula. Los libros se reutilizaban curso tras curso, pero el cambio de gobierno ha propiciado una renovación casi completa. «Después de la liberación, el 90% de los libros son nuevos. Antes los alumnos solían conseguirlos de segunda mano, y fue así durante muchos años», cuenta Razan Soudan, la bibliotecaria de la escuela, que antes había ejercido de profesora de árabe y de asistente a la dirección.

Y no se trata solo de un cambio de papel: «Los libros de Historia incluían información falsa en los planes de estudio anteriores. Nombres erróneos de revolucionarios históricos, especialmente de Siria. Ahora, esta información ha sido ajustada, editada, y los nombres correctos se han añadido de nuevo», agrega Sheereen Ali Alkhalil, encargada de la supervisión de los alumnos. Por ejemplo, las clases de historia ya no glorifican el «Movimiento Correctivo» de 1970, cuando Hafez Al Asad, padre de Bashar, llegó al poder mediante un golpe militar. Ni la «Guerra de Liberación de Octubre» de 1973, la batalla contra Israel sobre los Altos del Golán.

Siria: volver a clase tras la guerra
El nuevo libro de texto de Geografía, diferente al empleado durante la época de Al Asad. NÚRIA VILÀ

Hoy los salarios han aumentado –de 400.000 a 1.200.000 libras, explican–, y perciben un intento de cambio. Pero nadie se atreve a medir resultados todavía. «Ha pasado solo un año desde la liberación. No podemos evaluar si avanzamos o retrocedemos», añade Sheereen. «Esta es la generación de la guerra. Son inteligentes, pero no se les preparó de la mejor manera», se lamenta. Lo que más preocupa a las profesoras es el hecho de que alrededor de 70 alumnos no asisten a las clases por estar trabajando, pese a que la escolarización a su edad todavía es obligatoria.

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María Carrión: “El Ministerio de Exteriores español no quiere que el FiSahara exista”

Por: Patricia Simón

El Festival Internacional de Cine del Sáhara (FiSahara) acaba de celebrar su decimonovena edición en los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia). Su directora, María Carrión, explica el milagro de un festival que reúne a cineastas, periodistas, cinéfilos y activistas de todo el mundo, pero que, sobre todo, es disfrutado y protagonizado por el pueblo saharaui.

La mayoría de las personas que asisten a las proyecciones son saharauis, y lo mismo ocurre en las charlas y en los talleres. ¿Cómo han conseguido que una población refugiada en condiciones tan extremas haga suyo el FiSahara?

Este proyecto aterrizó en los campamentos en 2003 con una edición muy especial que aún no sabemos cómo salió adelante. Fue un chute de energía pero también algo muy ajeno a la cultura y a las tradiciones saharauis, a pesar de que muchas películas eran españolas y de que tienen ese vínculo con España. Pero a través de los talleres de cine del FiSahara y, en 2011, de la creación de la Escuela de Cine Abidin Kaid Saleh, los jóvenes saharauis se apropiaron de la herramienta del audiovisual. Empezaron a hacer sus propias películas y a usarlas para hablar de temas sensibles o de aquellos de los que les costaba hablar. También tenemos un cine móvil que realiza proyecciones en las wilayas. Las mujeres están usando el cine como un instrumento de educación. Y los mayores, que en un principio lo veían como una imposición occidental, y hasta cierto punto lo era, al ver cine saharaui en las pantallas lo han incorporado a sus vidas.

Una estudiante de la Escuela de Cine nos explicaba que ha dedicado su primer corto al rechazo de una joven a casarse, como le quiere imponer su padre, para poder seguir estudiando y ser libre. ¿Cómo ha sido el trabajo con las mujeres para que usen el cine para defender sus derechos?

Muy importante, porque lo usan precisamente para abordar estos temas. Es mucho más fácil romper el hielo en una charla tras una proyección. Así que la escuela ha tenido siempre muchas alumnas con historias muy potentes. Además, llegó un momento en el que fue necesario que la formación la diera un equipo saharaui. A través de becas internacionales, cada vez ha habido más formadores y formadoras con esa visión de género de la mujer saharaui.

¿Cuáles son los temas que más necesitan abordar desde el cine?

Sus preocupaciones: la falta de oportunidades, de trabajo, la depresión, la salud mental, el tema de las drogas, que es tremendo… También han hecho un par de sitcoms y a través del humor abordan cuestiones cruciales como la inmigración, las cada vez mayores desigualdades… La televisión de la RASD [República Árabe Saharaui Democrática] emite muchos de sus trabajos y algunos están llegando a los territorios ocupados por Marruecos. Es más, cada año nos llegan trabajos hechos por saharauis bajo la ocupación, sin ninguna formación, que están haciendo sus propias películas. Y nosotros les damos el espacio y la atención que necesitan.

¿Están ayudando las redes sociales a su difusión?

Mucho. Por ejemplo, la sitcom Tonterías en el exilio se ha vuelto viral gracias a que la pueden ver en sus teléfonos. Y un signo de lo potente que se ha vuelto el Fisahara es que Marruecos se ha inventado un festival de cine en la Dajla ocupada. Está dotado con una cantidad de dinero impresionante, con hoteles de cinco estrellas, e invitan a gente del cine de todo el mundo que a menudo no es consciente de que está yendo a un territorio ocupado. Marruecos intenta competir con el FiSahara, pero no se puede comparar un festival hecho por un pueblo con uno organizado por un régimen.


Un signo de lo potente que se ha vuelto el FiSahara es que Marruecos se ha inventado un festival de cine en la Dajla ocupada»


¿Cuáles son las mayores dificultades que encuentran los aspirantes a cineastas?

Todas. Grabar el sonido cuando ruge el viento es imposible, lo mismo que proteger los equipos para que no les entre la arena. Aquí, además, se está haciendo cine, como dijo un compañero, con los mismos elementos que utilizaron sus abuelas para construir los campamentos en medio de la hamada. Un año, hubo una subida de tensión eléctrica y se quemaron todos los equipos de la escuela. Lo que sale de los campamentos saharauis es un cine urgente hecho con herramientas muy básicas. Pero las historias contrarrestan las dificultades técnicas.

En un momento como el actual, en el que hay un mayor número de personas desplazadas en el mundo, en el que vivimos el genocidio de Gaza, las guerras de Líbano e Irán, en el que hay grandes similitudes entre la ocupación de Palestina y del Sáhara Occidental, dedicáis esta edición al derecho al retorno, que es uno de los derechos más olvidados.

Como no se aborda en las negociaciones, de las que están excluidos los propios interesados, nos toca reivindicarlo a nosotros. Estamos en un mal momento, pero estos pueblos llevan décadas, sino siglos, luchando. En España nos alarmamos mucho por la situación del Sáhara, pero los saharauis están tranquilos porque tienen claro que para ellos la cuestión no es si van a retornar, sino cuándo lo harán. Y ese espíritu es también el del FiSahara. Por más retos y obstáculos que encontremos, va a seguir adelante porque va a acompañar al pueblo saharaui hasta que su tierra sea libre.

FiSahara
Proyección del documental de apertura del festival FiSahara, Aminetou, de Lucía Muñoz Lucena. BEATRIZ VELASCO / FISAHARA

La Agencia Española de Cooperación al Desarrollo (AECID) fue una de las principales financiadoras del FiSahara en sus inicios, pero tras los recortes de la crisis de 2008, nunca ha vuelto a apoyarlo. ¿Con qué apoyos contáis?

Pasamos una cantidad absurda de tiempo buscando financiación. El año pasado no pudimos celebrar el festival por falta de dinero. Hay mucho trabajo voluntario, cada año perdemos dinero por emergencias y cambios de última hora, como invitados que no pueden asistir, y pese a todo conseguimos que el festival salga adelante con muy poquito dinero.

El Gobierno español no aporta financiación, y eso lo dice todo de la política de España. Que no nos financien demuestra lo ruin que es la política española. Es algo que no perdono a mi país. España no solo se desentiende de sus obligaciones legales con el pueblo saharaui, sino que se alinea con la potencia ocupante.

En cuanto a la AECID, he intentado retomar esa vía de financiación, pero no ha sido posible. Lo que nos llega es que se trata de una decisión política. El Ministerio de Exteriores español no quiere que el FiSahara exista porque es un problema para ellos. Lo que está haciendo es ruin y cruel.

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