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Alcalá de Henares, epicentro de la nueva ‘colonización’ de los centros de datos

Por: Guillermo Martínez

Artículo publicado originalmente en la revistra trimestral de ‘La Marea’ número 112 (julio-septiembre). Puedes comprarla aquí.

Anuncios grandilocuentes por parte de la Administración pública suelen anteceder a lo que, en unos meses, se hará realidad: grandes instalaciones tecnológicas que consumirán miles de litros de agua cada hora para permitir el funcionamiento de herramientas como la inteligencia artificial (IA). Las compañías que están detrás de estos centros de datos eligen con cuidado y precisión su ubicación. La ciudad de Alcalá de Henares, unos 30 kilómetros al este de la capital madrileña, acoge en su término municipal numerosas infraestructuras de este tipo que aprovechan empresas como Telefónica y, en un tiempo, lo hará también para Microsoft, además de otros pequeños centros de datos localizados, sobre todo, en el campus tecnológico contiguo a la Universidad (UAH).

José Antonio Portilla, director de la cátedra ISDEFE-UAH en Tecnologías de la Información y la Comunicación e Inteligencia Artificial de la Universidad de Alcalá (UAH), explica que España en general y Madrid en particular poseen unas condiciones «muy adecuadas» para la instalación de los centros de datos. «Requieren de mucha energía e intentan conseguir los máximos índices de eficiencia. En esos parámetros se mide el uso de renovables, y España es líder a nivel mundial en su producción», detalla este especialista. Por otro lado, Madrid es un núcleo de comunicaciones en un país muy centralizado, lo que favorece la capacidad de interconexión entre centros. «Y aquí se ha creado un ecosistema en el que se sitúan las grandes tecnológicas», prosigue el también vocal de la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicación (COIT).

Este docente de la UAH afirma que la región madrileña «tiene grandes recursos hídricos». Pero diferentes colectivos ecologistas sostienen que, con independencia de si son «grandes» o pequeños, resultan insuficientes para cubrir la demanda de refrigeración de los centros de datos, por lo que podrían provocar problemas de abastecimiento de agua. Para entender bien este aspecto, es imprescindible saber cómo ha evolucionado la potencia de los rack en los centros de datos. Un rack es un soporte en forma de armario o bastidor que centraliza, protege y organiza el hardware tecnológico. A finales de los 90, la potencia del rack estaba en torno a un kilovatio (kW). El despegue de las aplicaciones en nube lo aumentó de cuatro a seis kW por rack. Según comenta Portilla, la aparición de las aplicaciones hiperescalares como Amazon llevó a que el rack tuviera una potencia de 15 kW. Actualmente, el uso extendido de la IA ha conseguido que el rack tenga entre 30 y 120 kW de potencia.

Por ello, no es tan importante el número de centros de datos como su potencia instalada. A cierre de 2025, la potencia instalada en los centros de datos comerciales se situó en 439 megavatios (MW), frente a los 355 de 2024, según el Informe Anual de SpainDC, la asociación que hace lobby de este sector en España. En el caso concreto de la Comunidad de Madrid, existen 35 centros de datos que prestan un servicio de 204 MW de potencia, a los que se sumarán otros 11 que actualmente se encuentran en construcción. «La tendencia es desarrollar proyectos ya relativamente grandes, con un mínimo de 30-50 MW instalados», asume el docente universitario. En Alcalá de Henares, el centro de Nabiax, que ofrece servicio a Telefónica, está en los 50 MW.

Y ahora vayamos al consumo. Los cálculos aproximados aportados por Portilla señalan que una instalación de 50 MW implicaría un consumo de energía de entre 490-530 gigavatios hora (GWh), y de agua entre 78.840 y 175.200 metros cúbicos al año. Ese consumo energético equivale al de una ciudad de hasta 375.000 habitantes, mientras que el consumo de agua sería comparable al de una población de entre 1.700 y 3.800 habitantes. Bajemos los datos a Alcalá. 

El centro de datos de Nabiax para Telefónica posee 23 salas dedicadas a las tecnologías de la información de 681 metros cuadrados cada una de ellas y cuenta con 50 MW de potencia instalada. Ferrovial, la empresa constructora, presentó el proyecto como uno de los mayores centros de procesamiento de datos del mundo. Más allá de los trabajos de ampliación que está llevando a cabo Nabiax en la zona, al pasear por sus alrededores se escucha un ruido tan estridente como incesante. Ubicado en el Parque Tecnológico Tecnoalcalá, las cámaras de vigilancia gobiernan la zona. A la vista, hay grandes tubos metálicos y de distintas tonalidades de azul, e imponentes máquinas de refrigeración, donde trabajan operarios con cascos auriculares que les protegen del zumbido. Descampado y aparcamientos infrautilizados en su zona oeste. 

A unos 100 metros de la sede que la Biblioteca Nacional de España posee en el lugar, un coche de una empresa de seguridad privada se encamina tras los pasos del fotógrafo y el redactor de La Marea.

En septiembre de 2025, el Consistorio aprobó un Plan Especial de Ordenación para un solar situado en el polígono industrial Las Matillas de 98.700 metros cuadrados. En él se situará el Campus de Centros de Datos de Microsoft, un proyecto que «convertirá a Alcalá en un polo de innovación y referencia tecnológica en España», anunció el Ayuntamiento complutense. Según la memoria ambiental del proyecto, se «podrán crear 53 empleos fijos a tiempo completo».

El documento explicita que «con el diseño actualmente en desarrollo se estima un consumo de agua anual de hasta 1.937 metros cúbicos al año, un 70,4% procedente de la red de abastecimiento y un 29,6% de la reutilización del agua de lluvia». Hoy por hoy, en la zona perimetrada por una valla, tan solo se observan excavadoras haciendo movimientos de tierra y operarios que en todo momento buscan la sombra para resguardarse de los rayos del sol.

En Alcalá también está operativo el centro de datos Adam, de 3.500 metros cuadrados y 2 MW instalados. La empresa Vaultica anunció el pasado abril la apertura de un centro con 12 MW de capacidad instalada en la misma ciudad. Será suministrada a través de dos conexiones a la red alimentadas por dos subestaciones eléctricas independientes.

En este contexto, la Comunidad de Madrid puso en marcha también en abril tres nuevas subestaciones eléctricas en el Corredor del Henares, ubicadas en Meco y en la ciudad complutense. Su objetivo es «garantizar su desarrollo digital, industrial y residencial», explicaron desde el Gobierno regional. Las tres constituyen de manera conjunta el soporte del nuevo mallado de transporte eléctrico en 220 kW de la zona, añadieron.

Agua y placas solares

«Es muy chocante que estos centros se instalen en una zona ya tensionada por el consumo hídrico», advierte Juanmi Salvador, miembro de Ecologistas en Acción, que denuncia la opacidad por parte de las compañías que operan en ellos, lo que les impide conocer de manera exacta la procedencia de sus recursos. «Consumen muchísima electricidad y tienen un sistema de refrigeración muy potente», recalca. Portilla recuerda que la Directiva de Eficiencia Energética para centros de datos de la UE indica que todos aquellos que superen los 500 KW de potencia instalada deben reportar información sobre la energía y el agua utilizadas.

Sobre la electricidad, el ecologista incide en que este tipo de centros suele vincular su consumo con plantas fotovoltaicas. «Y toda esta zona de la Alcarria está amenazada por macroplantas de placas, con hasta 50 hectáreas de consumo de terreno cada una de ellas. Es un lavado de imagen para decir que todo es limpio y sostenible, pero la energía fotovoltaica no tiene nada de limpia», sostiene.

Por otro lado, Salvador señala a las Administraciones públicas como parte del problema, ya que permiten a las compañías «ser opacas» y argumenta que el argumento de los empleos suele estar errado: «Prometen muchos pero un gran centro de datos puede dar trabajo a poco más de diez personas», asegura.

Cristina Alcañiz, concejala de Urbanismo, Infraestructuras, Vivienda y Movilidad en Alcalá, ha expresado por escrito a La Marea que están «muy satisfechos» con que la ciudad «siga despertando el interés de grandes proyectos vinculados a la innovación, la tecnología y la economía digital». Desde su punto de vista, la llegada de esta industria al municipio confirma que Alcalá es una localidad «atractiva para la inversión, bien situada, con suelo disponible, con talento y con capacidad para acoger actividades estratégicas que generan actividad económica».

La edil, no obstante, no valora otra derivada que recuerda Salvador: la concentración de centros de datos en una misma zona geográfica puede suponer un foco de inestabilidad para la red eléctrica. Así lo aseguró en 2023 la presidenta de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, Cani Fernández. Situó en el Corredor del Henares el principal y potencial punto problemático: «A veces, si hay mucha generación junta, o mucha generación colectiva de manera conjunta, puede haber un problema de tensión», dijo en una intervención en la Comisión del Ministerio de Asuntos Económicos. En esa misma ocasión, Fernández avisó de que se «puede llegar a generar no solamente un problema de necesaria infraestructura de distribución, sino también hasta de transporte».

La tensión que pueden provocar los centros de datos concentrados en una zona, además de su afectación a la red, ya golpea en la factura de cada hogar. En Estados Unidos, estas infraestructuras orientadas a las IA han disparado un 76% el precio de la electricidad. El supervisor independiente Monitoring Analytics concluye en un informe que el aumento de la demanda energética de estos centros desequilibra el mercado eléctrico y eleva las facturas para los hogares.

«Hay que plantearse en qué contextos se instalan los centros de datos. Estamos en un momento en que se han superado siete de los nueve límites planetarios que garantizan la estabilidad de la vida humana en el planeta», recuerda Salvador, quien defiende «reducir todo tipo de consumo» en un momento en que «los centros de datos y la IA implican todo lo contrario».

Leyes a medida

Aurora Gómez, portavoz de Tu nube seca mi río, el primer colectivo ciudadano de resistencia contra los centros de datos en España, lleva años intentando visibilizar el impacto ecosocial de estas infraestructuras. Ella se suma a las denuncias de la mínima creación de empleo, pero destaca que la opacidad reinante en estas compañías imposibilita que la ciudadanía pueda ejercer su derecho a la información respecto a dónde va a parar los miles de litros de agua que necesitan para funcionar: «Hay fuertes lobbies que presionan en la Unión Europea para lograr leyes a medida, y ya las están consiguiendo». 

Sin embargo, y a pesar de tantas implicaciones potencialmente negativas, los centros de datos aún no levantan ampollas en la sociedad. «Si la gente entendiera hasta qué punto esto es un boomerang de opresión que vuelve en forma de impacto medioambiental, disminución de la democracia por la acumulación del poder y la pérdida de conocimiento al que se enfrenta la humanidad, no se utilizaría tanto la IA generativa», concluye Aurora Gómez.  

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Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.

Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.

Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.

Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.

Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.

La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.

Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural
Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?

También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.

Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.

Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?

Actualización 27/07/2026

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Ariana Basciani: “Internet está dejando de tener significado”

Por: Pere Ortín

Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural.

Hubo un tiempo en que navegar por internet era una forma de perderse. Y perderse era una manera de descubrir. Cada clic podía abrir una ventana inesperada, una conversación improbable o una idea capaz de desordenar nuestras certezas. Hoy, en cambio, parece que internet nos conoce demasiado bien. Tanto, que cada vez nos sorprende menos.

Vivimos rodeados de contenidos. Nunca la humanidad había producido tantas imágenes, tantos vídeos, tantos textos y tantas opiniones. Pero, en medio de esta abundancia, crece una sensación inquietante: todo acaba pareciéndose demasiado. Los mismos formatos, las mismas caras, las mismas frases, los mismos debates reciclados una y otra vez por unos algoritmos que han convertido nuestra atención en la principal mercancía del siglo XXI. Internet, que nació como una promesa de diversidad, experimentación y conocimiento compartido, corre el riesgo de convertirse en un inmenso espejo en el que solo vemos aquello que las plataformas deciden que queremos ver.

Es precisamente esta intuición la que atraviesa la conversación del director de Catalunya Plural, Pere Ortín, con la tecnóloga y periodista cultural venezolana especializada en marketing digital Ariana Basciani. Lejos de cualquier nostalgia tecnológica, Basciani plantea una pregunta mucho más radical: ¿y si el problema no fuera que internet genera demasiado contenido, sino que ha dejado de generar significado? Una crisis que no es solo tecnológica. También es cultural. Política. Democrática.

Porque cuando los algoritmos deciden qué merece nuestra atención, también condicionan qué recordamos, qué olvidamos, qué discutimos e incluso qué imaginamos.

Ariana Basciani es investigadora especializada en cultura digital, inteligencia artificial y sociedad. Su trabajo combina el conocimiento técnico con una mirada profundamente humanista sobre las consecuencias sociales de las tecnologías que habitamos cada día. No habla solo de máquinas. Habla de personas. De poder. De memoria. Y del derecho a seguir pensando en un ecosistema digital que tiende a uniformarlo todo.

La conversación, sin embargo, comienza lejos de los algoritmos.

Comienza en Venezuela, país de origen de la investigadora, que en las últimas semanas ha vuelto a vivir momentos de gran dolor a raíz de los terremotos que han afectado a diversas regiones. Cuando la tierra tiembla, la tecnología deja de ser protagonista. O quizá no del todo. Porque también es en esos momentos cuando internet muestra sus dos caras: la de la solidaridad que conecta a personas separadas por miles de kilómetros y la de la desinformación que circula con la misma velocidad que las emergencias.

Ariana Basciani. | Pol Rius / Catalunya Plural

A partir de ahí, el diálogo se adentra en algunas de las preguntas más incómodas de nuestro tiempo. ¿Hemos dejado de descubrir cosas o simplemente consumimos versiones ligeramente distintas de aquello que los algoritmos ya saben que nos va a gustar? ¿Qué ocurre con la cultura cuando todo tiende a parecerse? ¿La uniformización es solo estética o acaba condicionando también nuestra forma de pensar políticamente? En plena explosión de la inteligencia artificial, ¿qué sigue siendo irreductiblemente humano? Y, sobre todo, ¿es la IA la causa de esta homogeneización o simplemente acelera una dinámica que las grandes plataformas ya habían puesto en marcha mucho antes?

También hay espacio para hablar del poder. Porque detrás de los algoritmos no hay una fuerza abstracta. Hay grandes empresas globales. Inmensos intereses económicos muy reales. Modelos de negocio que compiten por retener cada segundo de nuestra atención. La pregunta, en este sentido, es inevitable: ¿estamos ante una crisis tecnológica o también ante una crisis democrática? En un momento en el que la información circula más rápido que nunca, pero la confianza en los medios convencionales, las instituciones públicas y el debate social parece erosionarse a gritos, recuperar espacios para el pensamiento crítico se convierte casi en un acto de resistencia práctica.

Por eso también preguntamos a Basciani si todavía existe un internet más ético. Un internet donde sea posible leer sin prisas, debatir sin insultos, descubrir sin que un algoritmo nos guíe constantemente por el mismo camino. Y qué papel pueden desempeñar los medios independientes en este escenario.

Quizá el futuro digital no dependa tanto de desarrollar una inteligencia artificial más poderosa como de preservar una inteligencia humana capaz de dudar, imaginar y discrepar. Porque, al fin y al cabo, la gran pregunta que atraviesa toda esta conversación es tan sencilla como inquietante: cuando internet deja de significar algo… ¿qué es lo que todavía puede devolvernos el sentido?

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Dialnet: una iniciativa de la universidad más pequeña de España cumple 25 años como la mayor base de datos en castellano

Por: Guillermo Martínez

Lo que nació en 2001 como un pequeño proyecto de la Biblioteca de la Universidad de La Rioja (UR), la más pequeña del país, ha terminado como el mayor repositorio del mundo de literatura científica en castellano. Esa podría ser, en pocas palabras, la historia de Dialnet, una base de datos y archivo de artículos científicos que ya alcanza los 10,5 millones de documentos y 400.000 tesis doctorales tanto de España como de Latinoamérica. Ahora, su objetivo a medio plazo pasa por acercar el conocimiento a la sociedad: «Queremos cerrar la cadena de trasmisión, que la ciudadanía tenga acceso directo y fácil a las novedades científicas», adelanta Elena López Tamayo, la directora-gerente de la Fundación Dialnet.

Dialnet nació hace un cuarto de siglo como un espacio online en el que se pudieran encontrar resultados científicos en español en áreas poco cubiertas por las grandes editoriales internacionales. A día de hoy, un 60% de sus contenidos versa sobre parcelas del saber como las ciencias sociales, jurídicas y humanas, mientras que el resto está enfocado en las ciencias de la salud y tecnología. «Esto es clave para entender el carácter social y público de la iniciativa», recalca López.

En 2018, Dialnet comenzó a brindar otra posibilidad. Más allá de ofrecer toda la información vertida por las bibliotecas universitarias que se habían sumado como colaboradoras, la directora-gerente de la Fundación explica que querían crear una herramienta más compacta: «Cualquier persona puede ver quién investiga qué, en qué universidad, y sus resultados».

Todavía quedaba un paso por dar. Llegó con Dialnet CRIS, portales de investigación propios para cada universidad. Por el momento, el 60% de las universidades públicas españolas utilizan este servicio, lo que supone el 53% de todo el ecosistema universitario nacional.

Todo ello es posible porque hay 192 instituciones –la mayoría bibliotecas, de las cuales 75 son latinoamericanas– que introducen el contenido de manera regular a través de una tecnología desarrollada desde la propia UR. «Esto nos da flexibilidad, autonomía y nos permite crecer de manera sostenida», completa la directora-gerente. Dos décadas y media después de su puesta de largo, Dialnet atesora casi 3 millones de usuarios registrados y 63 millones de alertas.

Corregir un sesgo

Antonio Calderón, director de Proyectos Bibliotecarios de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), recalca que Dialnet surgió de la necesidad de mostrar el contenido de las revistas científicas cuando la mayoría de ellas eran en papel. «Dialnet viene a corregir el sesgo por idioma, país y temática de la mayor parte de bases de datos científicas del mundo anglosajón», señala.

Este experto es el coordinador de Dialnet Métricas, un apartado en el que se incluyen las referencias bibliográficas y las citas de cada artículo. «Así se pueden ver las citas de una institución o investigador, las revistas y la relación entre ellas», apunta. De las 13.776 revistas científicas que Dialnet tiene indexadas, la UCM se encarga de indizar 760, entre las que se cuentan las ediciones propias de esta universidad madrileña.

Un repositorio personal

Dialnet se ha convertido en una herramienta imprescindible para numerosos investigadores y académicos en España. En resumidas cuentas, todo el mundo que se vea obligado a buscar literatura científica la conoce. Es el caso de Alicia Parras, profesora del departamento de Biblioteconomía y Documentación de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM. «Empecé a utilizar Dialnet con mi tesis doctoral y ahora, cada vez que tengo que escribir un artículo, lo consulto», señala esta docente. Asegura que esta herramienta es «un básico» a la hora de enseñar en sus clases de documentación informativa cómo buscar literatura académica.

Por otro lado, las facilidades que aporta la base de datos son utilizadas por los propios investigadores como repositorio personal de sus producciones científicas. «A la hora de preparar un currículum o una acreditación, es muy fácil ver tus publicaciones ordenadas, las citas que tiene cada una de ellas y las tesis doctorales que has dirigido», ejemplifica Parras.

Un orgullo para la profesión

El crecimiento sostenido del que hablaba Elena López Tamayo los ha llevado a pergeñar una estrategia para convertirse en el mayor espacio de datos científicos en español. «Si tengo toda la investigación que se realiza en las universidades públicas, puedo saber qué se está investigando en España. Además, es una forma de que los científicos puedan publicar en español, que no les penalice el no hacerlo así, y que sus estudios estén en el mapa», añade la directora-gerente. Antonio Calderón, por su parte, defiende que, en ocasiones, se nos olvida que ser funcionario significa estar dedicado a ofrecer un servicio público. Él siente Dialnet como algo propio, y «eso da mucho orgullo a la profesión», concluye.

Fe de errores: las siglas de la Universidad de La Rioja son UR y no UNIR, como aparecían inicialmente en este artículo.

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Organizaciones sindicales y sociales de Madrid presentan la ‘Confluencia de luchas’

Por: Miguel Ángel Fernández

Después de varios años de trabajo conjunto, CGT, CNT-Comarcal Sur, Ecologistas en Acción de Madrid, Sindicato de Manteros y Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid han decidido constituir la «Confluencia de luchas», una propuesta que busca reforzar la articulación entre los distintos movimientos sociales y sindicales de la ciudad en un escenario marcado por la crisis ecosistémica, la precarización laboral, la crisis de vivienda o el endurecimiento de las políticas migratorias. En este momento, los miembros de este frente común consideran imprescindible generar espacios compartidos que permitan construir respuestas colectivas.

La iniciativa, que se presenta públicamente el próximo sábado en Orcasur, barrio madrileño con una importante tradición popular y de asociacionismo vecinal, es el resultado de más de dos años de trabajo conjunto, así lo explica Julia Tabernero, integrante del Sindicato de Inquilinas y una de las impulsoras del proyecto: «El proceso lleva armándose casi tres cursos y surge entre organizaciones que ya nos conocíamos y habíamos colaborado en algunas ocasiones, pero necesitábamos de un análisis compartido del contexto. Y, sobre todo, de respuestas coordinadas».

El objetivo de esta suma, según nos cuenta Gonzalo Maestro, de CNT, es el de construir un espacio de encuentro, coordinación y acción, pero también «un proceso político orientado con la idea de construir estructuras militantes y organizativas sólidas, con identidad propia, con capacidad de fortalecer las distintas luchas desde un horizonte político compartido, y ganas de hacer frente a las diferentes formas de dominación del capitalismo contemporáneo».

Estas organizaciones unen fuerzas para proponer alternativas con un componente fundamental de clase: «Entendemos que las luchas de los diferentes colectivos que conforman la confluencia pueden ser diferentes, pero en este momento de policrisis y avance de la extrema derecha, hemos decidido aparcar lo que nos separa y dar el paso a organizarnos desde abajo y desde la izquierda», expone Luis Rico, de Ecologistas en Acción.

«Buscamos romper contradicciones históricas en las que nos ha sumido el capitalismo, las típicas entre sindicalismo y ecologismo, por ejemplo, y así trabajamos en cómo cerrar fábricas contaminantes o de armamento; en plantear un modelo industrial totalmente diferente que también beneficie a la clase trabajadora. Lo mismo decimos del movimiento de inquilinas e inquilinos, con el que coincidimos en que la vivienda debe ser un bien de uso y no para la especulación. Y con los migrantes nos une la solidaridad de clase: entendemos que todo el mundo tiene derecho a vivir aquí, a tener las mismas garantías y mismos derechos. Eso sí, a quienes no queremos aquí es a los capitales especulativos internacionales y a los fondos de inversión», concluye Rico.

Coincide en esa visión Mario Rísquez, integrante de CGT: «La confluencia de organizaciones que desarrollan su actividad en ámbitos aparentemente distintos nace de la lectura que hacemos de la crisis ecosocial en la que estamos inmersos: no podemos entender la precariedad en el trabajo y los bajos salarios de manera desligada del problema habitacional y los precios de la vivienda. Ponemos el foco en las condiciones de vida, del empleo, de la vivienda, del racismo y las políticas migratorias, del cambio climático, etc., todas ellas interrelacionadas. Y para afrontarlas debemos construir diagnósticos comunes, estrategias alineadas y unidad de acción».

Son las mismas razones que han llevado al sindicato de manteros a unirse a la confluencia, tal y como nos cuenta Serigne Mbayé: «Aquí hay personas con papeles, sin papeles y nativas, pero siempre trabajamos desde el apoyo mutuo. Nuestra lucha busca derribar fronteras, tanto las visibles como las invisibles, y romper esa discriminación que sufrimos como migrantes, pero también como clase trabajadora. Somos personas que estamos a pie de calle y luchamos por la igualdad de las personas, por un mundo mejor y más decente, contra las guerras y la explotación, por los servicios públicos… Todo eso nos afecta. No queremos que nos dividan, nuestra lucha es contra el destrozo del medioambiente, contra la especulación con la vivienda… somos los primeros que también sufrimos esto. Por eso es importante dar ese paso: si el sistema pretende dividirnos, nosotros sumamos fuerzas».

El proceso de confluencia ha sido largo y, según nos explican desde las organizaciones que la componen, desde el comienzo se hizo un esfuerzo en la autoformación: «Lo primero fue realizar una serie de encuentros de aprendizaje e intercambio de experiencias, en los que contar también con otras voces que nos parecían interesantes. Por ahí pasaron personas como Pastora Filigrana, Yayo Herrero, Amaia Pérez Orozco… Es decir, se trataba de establecer una serie de encuentros estratégicos con los que ir estructurando propuestas concretas». Estos encuentros de debate han finalizado este curso 2025-2026 en la denominada Escuela de Luchas, en la que han participado cerca de 30 ponentes y varios centenares de asistentes a las sesiones que se han llevado a cabo en la Fundación Anselmo Lorenzo.

Para Julia Tabernero, la escuela «ha sido una experiencia que hemos construido entre todas, un espacio de formación política y social para personas que conocían a alguna de las organizaciones o que estaban cercanas a los movimientos sociales y organizativos, pero que todavía no estaban participando. Y también para esa gente joven a la que le apetecería tener su primera experiencia militante. Los resultados han sido tan interesantes y fructíferos que la intención es volver a repetirla».

La Confluencia de Luchas se presenta ahora en Madrid, pero tiene la vocación de ser un espacio abierto a la incorporación de otros colectivos y organizaciones, sindicales, de vivienda, feministas, antirracistas, ecologistas»“que compartan prácticas políticas similares basadas en el sindicalismo, la generación de contrapoder y la institucionalidad popular como palancas para la transformación social y la transición poscapitalista».

Y de hecho, ya están trabajando para sacar la experiencia de la ciudad, e incluso extenderla fuera de la Comunidad de Madrid, respetando «la autonomía, las dinámicas y las alianzas de las organizaciones en los distintos territorios». Eso sí, «las organizaciones que ahora conformamos la confluencia de luchas compartimos una serie de principios organizativos y estratégicos, como la autonomía frente a partidos políticos y apuestas electorales, la organización de base y asamblearia, o la desobediencia y la acción directa», finaliza Rísquez.

Confluencia de luchas
Cartel con las actividades que tendrán lugar el próximo sábado en torno a la confluencia de luchas.

De momento la Confluencia de Luchas se presenta este sábado con el evento I Encuentro Primavera de Luchas, que contará con charlas y mesas de debate sobre la internacional reaccionaria y los retos del antifascismo, la policrisis y el sujeto de la lucha, y la militancia de base y las organizaciones de masas en el siglo XXI. Contará con la participación de periodistas, historiadores y activistas como Mark Bray, Miquel Ramos, Nuria Alabao, Rubén Martínez, Helena Maleno, Josefa Sánchez Contreras y Constanza Cisneros, además de con una programación infantil simultánea durante todo el día, gracias a los colectivos Tartamuda y Ecobloco. La jornada finalizará con las actuaciones del coro de mujeres Malvaloca y las bandas Tremenda Jauría y Biznaga.

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15-M: Que reste-t-il de nos amours ?

Por: El Apunte

«Que reste-t-il de nos amours ?», cantaba Charles Trenet. «¿Qué queda de nuestros amores? ¿Qué queda de aquellos bellos días? Una foto, una vieja foto de mi juventud».

¿Qué queda de aquel 15-M que nació con vocación de cambiar España y, por contagio, el mundo? ¿Qué queda de Nuit debout? ¿Qué queda de Occupy Wall Street? Es inevitable caer preso de la tristeza cuando nos paramos a pensar lo que pudo haber sido y no fue. En el caso particular de España, el 15-M conectó, por última vez (de momento), al pueblo con la Historia. Eso ocurre pocas veces y, a la larga, casi siempre con resultados insatisfactorios para los rebeldes.

Lo que empezó como una sentada marginal de jóvenes críticos con la Ley Sinde (ideada para atajar la piratería en Internet) acabó evolucionando a impugnación total de un sistema al que, ¡ups!, se le vio el cartón con la crisis de 2008. «No es una crisis, es una estafa», rezaban las pancartas. «No nos representan», decían otras. El truco de las élites quedó al descubierto: lo que pomposamente llamaban «democracia liberal» era en realidad, simple y llanamente, un «sistema parlamentario burgués», una asamblea de mercaderes. Siempre lo fue, en realidad. Y no dejó de serlo por mucha indignación que generara. La crisis la íbamos a pagar nosotras. Nuestros impuestos servirían para tapar los agujeros de los bancos en su noche loca en el casino de las subprimes. Y llegaron las colas del paro. Y llegaron las colas del hambre. Y mucha gente saltó por el balcón antes de que la echaran de su casa. Así ocurrió porque así lo quiso el pueblo español en las urnas. Y en esas mismas estamos, 15 años después.

Se pueden hacer muchas lecturas del 15-M, pero quizás una de las más significativas sea el decalaje que existe entre la calle y las urnas. Tras la acampada de Sol, Rajoy consiguió la mayoría absoluta. Hoy, semana tras semana, cientos de miles de personas marchan pidiendo vivienda asequible y sanidad pública, pero esas reivindicaciones no quedan reflejadas ni en las políticas gubernamentales ni en ningún proceso electoral. ¿Será que España quiere todo lo contrario? ¿Será que preferimos que se usen nuestros impuestos para devolverle a los ricos el dinero que tributan por sus herencias antes que para obtener una cita con el médico de cabecera? O aún más, ¿un diagnóstico temprano y preciso de nuestro cáncer? Los recientes resultados en Extremadura, Aragón, Castilla y León, y muy probablemente los del próximo domingo en Andalucía, responden por sí solos a estas cuestiones.

El mundo ha cambiado mucho en 15 años. Cambiado en el sentido gatopardiano del término. Quienes eran dueños de nuestras vidas lo siguen siendo, pero además han inoculado en nuestras sociedades una dosis mucho más alta de su ideario. Rezuma incluso en la forma de hablar, lo que demuestra su capacidad de colonizar el pensamiento: «lo que antes estaba guapo ahora renta», apunta certeramente Ignacio Pato en uno de sus libros. Y más allá del lenguaje, han conseguido el que siempre ha sido su objetivo: dividir y desmovilizar a las masas populares. El feminismo, con su feroz fragmentación, es un buen ejemplo de lo primero. Los pobres porcentajes de las fuerzas progresistas en las urnas, de lo segundo. No sólo crece la ultraderecha, con sus recetas económicas disparatadas y su racismo oligofrénico, sino que la izquierda permanece inmóvil, catatónica en su melancolía.

Quienes participaron en aquellas acampadas de 2011 se dieron cuenta muy rápidamente de que todo el sistema estaba amañado. Constataron que cada victoria de la esperanza era un trampantojo. Del «Yes, we can» obamiano no salió en Estados Unidos el cierre de Guantánamo, ni la regulación de las armas de fuego, ni un sistema sanitario mínimamente decente, ni más impuestos para los ultrarricos, ni una política defensora del medioambiente. Del «Sí se puede» español, apenas una manera más humana de hacer política, y poco más. Y quizás sea bastante, dadas las circunstancias.

Podríamos tener la tentación de decir que lo que queda del 15-M es lo mismo que lo que queda de Podemos, es decir, casi nada, pero no sería justo. Aquel espíritu (el del 15-M, no el de Podemos) impregna a cada uno de los activistas que ponen el cuerpo para impedir un desahucio. Anima a cada una de las personas que salen a protestar contra el genocidio de Gaza. Está presente en todo el que, sintiendo rabia ante una injusticia, dirige su reprobación hacia arriba y no, en el colmo de la vileza, hacia un trabajador del campo sin papeles.

Durante la pasada Vuelta a España, mucha gente en muchas ciudades salió espontáneamente a la calle a parar una carrera manchada por la participación de un equipo sionista. Por aquel entonces, Patricia Simón daba en el clavo con su comentario: «Cualquier dirigente, comunicador, deportista o persona de bien debería sentirse profundamente orgulloso de vivir en una sociedad donde miles de personas, en lugar de limitarse a sobrevivir, se esfuerzan por recordarnos cómo ser mejores».

Después de todo, algo queda del 15-M, sí. Queda lo importante.

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